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Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta

De lo profundo

Publicado: 3 enero, 2017 en Amor cabrón

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Debes creerme, debes entenderme cuando te digo que follarte es un verbo que no puede abarcar lo que sufro por tenerte en mí, contra mí, empalada en mí.
No se puede definir con «follarte».
Mucho menos con besarte.
Y follarte no es una banalidad, es la cosa más extraña y extraordinaria. Mi pene clavado en ti es un acto religioso. Es un símbolo como una cruz, una media luna o un buda en la faz de la humanidad.
No me basta el beso que hace filamentos de babas impúdicas entre nuestros labios.
No es suficientemente profundo. Eres un abismo, mi amor.
No es suficientemente hondo el beso más intenso y largo que pudiéramos cometer. Es superficial lo que otros humanos consideran el súmmum del amor.
Por ello besarte es llevar los dedos al elástico de tus bragas, porque en ese momento tu lengua se hace más ávida en mi boca.
Recorro el monte de Venus y acaricio el vértice de tu coño para que el clítoris se te endurezca y los ocultos y entreabiertos labios se humedezcan y mojen mis dedos.
Por favor… En ese momento me muerdes los labios pegándote más a mí.
Y no puedo explicar lo que siento, todo el ansia que me ciega cuando siento tus pechos aplastarse contra mí sin ningún cuidado. Tu brutalidad…
Feroz mía, nada es suficiente para saciarme de ti.
Te meto los dedos, te follo con ellos y tus piernas se separan.
Quedas en precario equilibrio abrazada a mi cuello, prendida de mi boca.
Y es entonces cuando siento que acaricio lo más profundo de ti, me lo dice tu respiración presurosa, entrecortada. Deseosa.
Mi puta…
Y sé que tu alma es así: acogedora, cálida, pulsante, húmeda.
Deseada, deseada, deseada…
Confundo el coño con tu alma.
Y tu alma reside en tu coño, o a través de él la toco.
No sé… Es demasiado profundo ese instante, soy un cosmonauta desorientado en tu inmensidad.
Es tan confuso y caótico desearte tan brutalmente…
Abismalmente.
Solo puedo llevar los dedos mojados de ti y tu orgasmo hasta nuestras bocas y besar un trozo de tu alma por si pudieras entenderme.
Mi profundo y feroz amor…
Y la locura no se acaba nunca.
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Iconoclasta

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Así es el invierno entre altas montañas: caótico.
Niebla y humo arrastrándose entre los árboles, levantando aromas viejos como la tierra.
El cobijo de una chimenea, el vapor del manto de pequeñas y anónimas muertes extendiéndose en bajo, para de una forma irónica dar más vida.
Y siento querer ser humo.
¿Quién necesita adorar a dioses cuando la vida misma es enigma y un hermoso caos que parece robar un latido al corazón ante su espectacular visión?
Insisto… Ser humo y filtrarme fantasmal entre tus labios, arrastrarme cálido por tus piernas y penetrarte caóticamente del coño hasta el alma…
Ser caos por tu piel difuminando tus pechos y tus manos.
Dejar de ser dentro de ti. Como un no parir.
Un dulce morir.
No sé qué…
Siento la nostalgia oprimir mis pulmones.
No importa, soy humo, soy niebla, no tengo pulmones.

 

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Las orillas están blancas por el hielo y la hierba cruje con cada paso.
No existe frío tan feroz que anule mi pensamiento animal y encelado.
Estás presente y ardiente en el desierto y en los glaciares.
De mi boca y nariz sale humo aunque no fumo y siento frío en los mismísimos ojos.
Saco la polla para mear y pienso en la calidez de tu piel, en la acogedora y viscosa humedad de tu coño.
Y aquí, en este frío páramo se me pone dura entre los dedos, y no puedo hacer otra cosa que tirar sin piedad del prepucio y descubrir el glande congestionado de sangre, deseoso de fundirse en tu vagina. Del meato cuelga un obsceno filamento espeso. Es el hambre de ti, y lo sabes, mi puta…
Es el absoluto deseo de metértela sin piedad, sin cuidado. Cuasi cruelmente.
Quiero follarte en este helor y observar fascinado tu clítoris duro, asomando desafiante entre los labios que abriré con mis dedos toscos. Esa bestia que tienes entre las piernas calentará mis fríos y presurosos dedos muertos sin ti. Antes de que te invada con mi bálano y tome posesión absoluta de tu coño y tu voluntad.
No quiero mear, solo masajear el pene. Que este vaho que sale de mi boca, cubra tus pezones duros y las enloquecedoras areolas se ericen por la amenazadora caricia de mis dientes.
Ya no hace frío, has fundido con fuego mi pensamiento y mi corazón que lanza chorros de sangre hirviendo a mi pornográfico pene.
El semen brota y convulsiona mi vientre. Se confunde con el hielo y mi gruñido de placer hace detonar en el aire las alas de los cuervos en un estampido casi diabólico.
Las desnudas ramas del árbol en el que estaban posados, parecen gemir temblorosas al cielo, rogando no ver la obscenidad que cometo.
Es indistinto el lugar, el clima o el tiempo.
Te la metería en cualquier paraje, en una gruta oscura, de día y de noche, en un prado verde o en la puta Antártida.
Tú no sabes de tu poder sobre mí…
La última gota de leche cae en mi bota.
En mi mente perturbada suenan tus gemidos incesantemente.
Y estrangulo con el puño la polla para aliviar tu omnipresente presión.
Enciendo un cigarro cuando mi pene aún cabecea el orgasmo, dejando que se enfríe mientras ardo en el infierno de un invierno sin ti.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Un llanto en soledad,
una sonrisa invertida,
un muestrario de sueños desleídos,
un abrazo vacío,
un beso árido…

¿No es maravilloso el amor, que a pesar de todas esas tristezas, acunamos como el mayor de los bienes?
Pobres enamorados, no pueden concebirse a sí mismos como lo que son: un error del planeta.
Distintos, desiguales, inadaptados…
Los que se han propuesto no aprender nada de nadie.

Caminan sin avanzar por un desierto polvoriento tapizado de banalidades secas, muertas.
Extraños mártires y ermitaños de corazón contrito y sexos húmedos y ardientes.

¿Es que no veis que aceleráis vuestro fin, locos valientes?
Porque el dolor de lo imposible os mata, aunque lo inalcanzable queráis vestir de esperanza.
Alguien os dirá que a lo mejor en un futuro…
Y el futuro os lo pasáis por el culo, lo que cuenta es el dolor, la angustia y la necesidad del presente. Porque en el futuro estaremos muertos.

El amor que os hace superiores, bestiales, impíos.
Hay seres que se deshilachan de hambre y sed, de dolor y enfermedad, de pobreza y frío.
Y no cuentan, no preocupan en vuestra mente.
Porque el dolor de amar supera a los demás dolores. Y está bien, que cada cual arrastre su mierda de cruz.
Y su felicidad es más intensa que la de cualquier otra sonrisa, sea de niño o de viejo.

Los mártires del amor son sinceridad en estado puro.
Porque el amor es un bien preciado y no se puede dar a cualquiera, aunque se esté muriendo.

Habéis escogido el camino de la pasión, quemar la vida rápidamente en una carrera contra lo imposible.
Y es que el amor es una quimera. Cuando por fin se abraza, empieza a esfumarse, a difuminarse con la vulgaridad de todos los días.

Y vuelta a empezar, mártires. Os convencéis de que debe existir el amor duradero, inviolable, sellado hasta la muerte.
Y no es así, pobres locos; e iniciáis de nuevo una carrera contra el tiempo, contra el vuestro; sucios de las cenizas del amor que se ha marchitado en apenas unas semanas.
Una carrera contra la humanidad que destruye todo asomo de amor con su adocenamiento y anonimato masivo.

El amor solo reside en vuestra mente, es un combustible que os da energía; y es tan solo la zanahoria que cuelga delante del burro.
Esa es la verdad, es la pena.
Aún así, vale la pena buscar, husmear el aire y seguir la pista que pensáis es definitiva.
Al fin y al cabo, no hay otra cosa que hacer mientras se muere.
Os deseo suerte, me caéis bien, fracasados.

 

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Iconoclasta
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Ni por asomo estoy relajado, al fin y al cabo soy puro animal con breves momentos de habilidad intelectual para organizar palabras de forma coherente.
A pesar de la afabilidad y la serenidad aparente, estoy imaginando tus ojos entrecerrados cuando acaricio tus muslos tan indecentemente cerca de tu coño.
Y no es malo, eso es lo que me relaja, lo que me da paz: tus muslos temblorosos y el control que ejerzo en ellos.
Mi privilegio.

 

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Se dice con romanticismo y deseos de ser profundamente emotivo, que el amor lo puede todo.
Es un mito, una falacia sensiblera.
El amor no puede combatir contra algo tan banal y simple como el apego por la tierra natal.
Yo he renegado de ella, he encontrado lugares mejores.
A lo mejor, dada mi disidencia (es una posibilidad), yo sí puedo hacer del amor un arma que arrase con todo.
Está bien, no soy un mojigato; el odio también es muy gratificante.
Incluso tentador.
Voy a tener que deshojar una margarita para decidirme.
¡Qué chocho!

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Quisiera ser romántico, sutil y delicado; pero no nací para eso.
Soy más animal en celo que hombre.

Y es que amarte me duele. No el corazón, sino el pene que se entumece y endurece por una riada de sangre que se forma arrolladora al pensarte.
Quisiera decir que lloro tu ausencia; es posible, aunque no me acuerdo.
Cuando de mi glande brota el hirviente semen, mi pensamiento se queda en blanco.
Soy bestia enamorada.

Luego el semen muere enfriándose en mi vientre, entre los dedos, resbalando por los testículos y mis ingles que tiemblan aún. Y en ese instante, el inmenso vacío que has dejado a mi alrededor pesa como un puto dios tallado en granito.

Y no sé si lloro, solo puedo afirmar que siento una angustia abismal que me roba un latido en el corazón, como si muriera un segundo. Pienso en lo hermoso que sería ese semen manando de tu coño trémulo, aún excitado.

No lloro porque los hombres no hacen esas cosas; pero no estoy a salvo de una tristeza de tal magnitud que convierte todo lo que me rodea en una celda sin aire ni luz, sin paredes, sin puerta por donde escapar.
Amarte es una pesadilla de la que no quiero despertar.

No vierto lágrimas, tan solo miles de hijos que no nacerán, que mueren antes de formarse sobre mi piel ruda y animal.

Ojalá pudiera hablar de lágrimas y una trágica depresión; pero soy un hombre-pene y ambos te deseamos.
No puedo combatir mi sórdida indignidad.
Y lo que es peor: no lo haría si pudiera.

Porque mi leche dentro de ti o sobre tu piel, es la única forma palpable y posible que tengo para soñarte.

No quisiera asustarte, pero te digo que me arrancaría el corazón a puñados cuando te pienso.
¿Ves, mi amor? Soy sangre y semen, así de simple.
Así de brutal.

No hay pensamiento en mí, porque lo tienes tú. O eres tú mi mente toda.
Te amo indigna y obscenamente.

Y es que no puedo soñar con amarte bajo un cielo hermoso con este semen enfriándose y marchitándose entre mis dedos.
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Iconoclasta
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¿Es posible amar tanto, desear ardientemente y no sufrir consecuencias físicas por ello?
Porque evidentemente psíquicas, se padecen. Hace tiempo que perdí la razón por ti.
No temo por mi polla, no temo que explote, tú tampoco tienes que alarmarte por ello. Ríe…
Me preocupa el sistema nervioso y el cardiovascular.
Entiendo que es difícil ser yo, me complico demasiado, escribir no es sano.
Es suicida. Cuanto más desciendo a mi pensamiento, menos me entiendo y la percepción de la realidad se hace difusa y ya no sé dónde ni cómo estoy.
Solo he comprendido que amarte me hace perder el hilo de mi propio pensamiento.
Me hace inconexo.
Aunque en realidad siempre he buscado romper conexiones: demasiado orden, demasiado método.
No me quejo de mí mismo, solo constato ahora que tengo un momento de lucidez argumental.
Y te cuento:
Te podría contar del silencio majestuoso de la montaña y del lejano ruido de un tren o un coche que lo rompe. Y está bien que lo rompa, porque confirma lo profundo que estoy dentro del planeta.
Y lo profundo suele ser solitario.
Te contaría del hielo que el sol evapora formando un manto de humo que evoca un camposanto.
Del graznido de los cuervos que parecen eternamente enfadados, y sin embargo; son felices. Su vuelo juguetón e incesante lo confirma.
Te contaría de un perro enorme y sucio, que cada día sale a pasear como yo. Como si se tomara un descanso de su trabajo en la masía, de cuidar las vacas que cruzan el camino para dirigirse a los pastos.
Me mira como si me saludara con la lengua fuera. Es un buen tipo, mi amor.
Si estuvieras conmigo, aquí y ahora, te diría que toda esta profundidad no basta. Que necesito compartir contigo este mundo lejano de la infestación de la vida sórdida, artificial.
Es tan sencillo… Fluyen con tanta facilidad las emociones, la vida y la muerte; que inevitablemente te contagias.
Más que eso: te conviertes en parte de ello.
Caminas sobre miles de cadáveres y un árbol empuja a otro lenta e inexorablemente al precipicio, donde lo arrastrará un río.
Y la magia está en que no lo ves, porque es otra escala de tiempo, en la montaña el tiempo tiene distintas magnitudes según los seres, según la alegría, según el dolor.
Según el frío…
Es un conocimiento con el que se nace y al cual la soledad da luz.
No es misticismo, es praxis pura.
Un conocimiento que aparece rotundo en el lugar adecuado. Cuando te das cuenta que la propia vida tiene el mismo valor que la de un gorrión; aquí, donde la vida pelea con la vida y se alimenta de muerte. Donde Dios mata a Dios y yo los cazo si se diera el caso.
Al reconocerte, cierras la puerta a la artificialidad y a sus convenciones sociales.
Y es hermoso.
Tenía que escribirte aquí y ahora, porque cuanto más profunda y hermosa se hace la vida, más desearía estar aquí prendido de tu mano.
Prendido de tus labios.
Porque tú también eres la certeza con la que nací.
Siempre te busqué.
Desde un profundo valle de hermosa vida y muerte, te amo.
Tal vez es tarde, tal vez esto se convierta en una carta póstuma que se deshará entre las hojas muertas de otoño.
Nada se puede hacer por evitarlo.
¡Ah… Estos malditos cuervos me dan dolor de cabeza, no callan!
Seguro que les pasa como a mí: buscan a su cuerva.
Besos, mi amor.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

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Si digo que quiero atenazar tu coño con mi mano de dedos crispados, mordiéndome el labio con lujuria, no es pornografía. No es una banalidad.

No es sexo fácil.

No es pornografía.

Mis dedos invadiendo tu coño es la más primigenia posesión y deseo.

He tardado eones para encontrar a quien decírselo, para llegar a este momento de ansiedad apenas contenida.

No puedo ser más serio, no puedo ser más profundo cuando expreso mi deseo de joderte sin cuidado.

Soy demasiado primitivo para expresar sutilezas. Mi falta de inteligencia la compenso con un amor brutal.

Con una aparatosa y vanidosa violencia sexual.

Abofetearte las nalgas cuando te penetro apoyada en la mesa no es masoquismo, no es simple machismo.

Es que quiero dejar una huella en tu piel, necesito convencerme con el rabo bombeando dentro de ti, que eres mi sueño, que duraré en ti más allá del momento en que eyacule mi leche hirviendo.

No quiero dejar de ser a tu lado, quiero que quede en tu cuerpo algún rastro de mí.

Algo que justifique toda esta vida que te he estado buscando.

Eres el amor puro y brutal que me dobla, el que creía no posible.

Es lógica mi locura, mi miedo a no trascender en ti, dentro de ti.

 

 

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Iconoclasta