Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Piernas en la penumbra

Te susurro en la penumbra donde yacen tus piernas,
que las gotas de semen se mueren-enfrían
derramadas entre mis pies
con la tristeza profunda de una muerte inocente.

Del orgasmo desesperanzador,
de una corrida solitaria
como un cometa en el espacio gélido y oscuro.

De un pene que late colapsado de sangre,
empapado de amor y obscenidad.

De tu respiración que eleva y oscila tus pechos
y me la pone dolorosamente dura.

De mi mente desesperada cuando deseo penetrarte
desde malditamente lejos.

Soy un charco blanco y resbaladizo
que la arena de un desierto absorbe
y deja un cráter vacío.

Te susurran el deseo las manos crispadas
estrangulando ante ti esta puta erección
que canibaliza la alegría.

Y te susurro que a pesar de todo.
A pesar de la tristeza
del semen que muere
sin el consuelo de tu piel,
que soy capaz de sonreírte.

 

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Iconoclasta

Un acto de silencio

Ya basta, no quiero hablar.
No quiero oír y pronunciar las tristezas de los amantes, no quiero hablar de la tragedia de amarte. Quiero descansar a tu lado, a tu espalda, que tu cabello cubra mi rostro y boca.
Que me mi mano se deslice y acaricie tu monte de Venus, en silencio.
¡Shh…! Calla…
Hasta que tus muslos se separen rendidos y pueda reseguir suavemente las crestas de los labios de tu coño.
Hasta que recibas mis dedos y hagas con ellos un sacrílego bautizo.
Calla… No más palabras tristes.
Palabras…
Que se forme la invisible y resbaladiza tinta del amor en tu coño.
Y con ella en mis dedos saciados, escribiré en tu vientre la paranoia de amarte.
Y que un beso voraz, culmine este acto de silencio.

Un amor monstruoso

Es una monstruosidad amar a quien no puedes abrazar.
Y siempre ha sido una paranoia recurrente. Goethe y su novela Las desventuras del joven Werther y la ola de suicidios por empatía que se produjo cuando se publicó, es una breve muestra.
Suman millones las palabras escritas en cartas que se demoraban eternidades en ser besadas, abrazadas con fuerza contra el pecho con una tristeza cancerígena.
En estos tiempos de inmediatez, los amantes gozan de más privilegios.
Tal vez sean los mismos viejos amantes que se han reencarnado en un tiempo menos desesperanzador.
Una especie de premio kármico a tanta desdicha, a su afán por sufrir de amor.
Dicen a través de eléctricas pantallas, conocerse desde hace tiempos perdidos en la memoria.
Tiene sentido.
Y aunque no lo tuviera, se lo merecen.
Tal vez, algunos lleguen a abrazarse; será un hecho que dará esperanza a los derrotados. Podría ocurrir…
Pero sigue siendo monstruosa la epopeya de amar así, con el pecho desgarrado y sin posibilidad de curación.
Los desdichados amantes son héroes mitológicos en un Hades hostil y sin interés.
La mediocridad que los ahoga es el peor de los infiernos.
Y chapotean palabras de amor en tiempos y distancias obscenas para la razón.
No hay serenidad alguna en ello.

 

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El destino…
Es una forma amable de nombrar a todo ese conjunto de errores que hacen mierda las esperanzas.
No existe nada predeterminado, somos consecuencia y azar.
Tal vez ni siquiera exista el azar. Si piensas, aunque duela; al final todo encaja. O ves lo que falta en un espacio vacío.
Angustiosamente vacío…
Voluntad o abulia hacen del azar una consecuencia ambigua.
Cómo entender que te ame a años y kilómetros indecentes de distancia.
Cómo entender que irrumpieras en mi trabajada y deseada soledad y la tornaras un poco triste sin ti.
Cómo asimilar que nos encontráramos en un espacio eléctrico lleno de banalidades y mentiras y creáramos un espacio de intimidades y sueños.
No hay destino. Te necesitaba y te grité sin saberlo. Te llamaba con alaridos desgarrados porque este mundo es feo, cielo. Te gritaba que si existías, te hicieras visible, táctil, sonora.
Que sabiendo que en algún lugar o momento debías existir, era crueldad no mostrarte.
No hay destino; yo te pedía, tú me oíste.
Tú también gritabas tu hastío, lo sentía en mis viejos huesos.
Ergo, nos amamos.
No hay azar, somos la consecuencia lógica de una mala ubicación espacio temporal, de una necesidad de trascender el uno con el otro.
Somos las piezas sueltas y perdidas de un puzle.
Piezas que intentan encajar tristes y con dolor en un juego al que no pertenecen.
Por favor…
Dime sí, que somos la consecuencia perfecta, la consecuencia imparable de nuestra desesperación, de nuestra soledad acosada por una multitud de extraños seres mudos.
No existe el destino, existe nuestra voluntad de encontrarnos, quien quiera que fuéramos.
Ahora solo quiero descansar en ti. Soy una consecuencia cansada y dolorida.
Que no me jodan, que no nos jodan destinos y misticismos. El mérito es nuestro, toda esa angustia vivida no es un azar.
Yo soy la cruz y tú la cara de una moneda girando en el aire.
Y eso no es azar, es la perfecta, cercana y deseada ubicación.
Lo inevitable, lo que nos propusimos sin saberlo.
Con los pies sucios de desesperanza.
Alea jacta est…
Ahora sí, elijamos cara o cruz, ganamos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

El club de los corazones palpitantes

La última hoja. Marzo 2017. Fuji
Observo con los prismáticos las lejanas montañas nevadas, nubes y ríos entre el bosque. Observo las pequeñas cosas cercanas y pequeños cadáveres que no importan a nadie.

Observo las águilas, los cuervos y las lagartijas.

Observo con fascinación malsana la obscena y enfermiza textura de un liquen en el tronco de un árbol…

Pero observar todo eso es accidental.

Es un trámite obligatorio en tu búsqueda.

Quisiera estar enfermo y delirar creyendo que te he encontrado, localizado a pocos kilómetros y que con prisa y torpeza, guardo los prismáticos en la mochila y monto en la bicicleta sin pensar más que en besarte, en abrazarte toda.

Es triste sacar la vista de los prismáticos y observar a ojos húmedos la gran improbabilidad de encontrarte.

Enciendo el enésimo cigarro de la mañana; pero… Si no te busco ¿qué hago?

Buscarte me lleva a descubrir cosas nuevas, matices cromáticos que no sabía que existieran allá tan lejos. A veces el verde del bosque tiñe una porción de nube y pierdo un latido al descubrir el secreto.

Buscarte me obliga a ponerme en movimiento aunque duela, aunque me canse.

Evocándote lleno un cuaderno ya con pocas hojas.

Los cuadernos y yo nos aproximamos en perfecta sincronización a la última página que es posible escribir.

Y no me preocupa. Extinguirse no es bueno ni malo. Es algo que ocurre.

Lo triste es no atisbar en la distancia el reflejo de tus cabellos, tus manos de largos dedos finos, el movimiento de tus nalgas que se adivina en la oscilación erótica de tu vestido cuando caminas felina. Tu mirada intensa que hace arder algún órgano de mi cuerpo.

Lo triste es guardar los prismáticos con un: «¡Mierda! No está…».

Otra vez…

Lo triste es que la última hoja de mi cuaderno y mi vida, no dirá que te encontré.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Venganza de amor

Te joderé en todas direcciones, en todos los sentidos.
Con todos ellos.
Por amor.
Y por venganza: me has arrebatado la voluntad y has usurpado mi pensamiento. Todo eres tú, como una diosa omnipresente.
Omnipenetrable…
Haré añicos tu voluntad atando tus piernas abiertas a la cama lamiendo tus ingles tensas, como un ser diabólico y reptante de la oscuridad.
Llegaré a ti y dentro de ti. Colapsaré tu pensamiento a través de tu coño.
Con lengua, dedos y mi pene hemorrágico de blanca sangre bombeando impune e imparable en tu coño posesor.
Serás poseída por dentro y por fuera.
No habrá exorcismo que te libere de mí. No habrá agua bendita para combatir mi leche ardiente derramándose dentro de ti, en tu maldito útero.
El amor y la venganza son mis únicas opciones ante tu bestial presencia.
Mi única defensa.
Mi puro deseo.
No imaginas lo diabólicamente que te amo.
Eres responsable de la pagana y despiadada identidad que has hecho de mí.
Y has de pagar por ello.

serena-y-equilibrada

No puedo dejar de pensar en follarte, en imaginar toda clase de obscenidades con tu cuerpo parido para ser cubierto y penetrado hasta el paroxismo; a pesar del cariño y bondad de ese momento mágico en el que compartimos el primer café de la mañana.

Es curiosa la ternura y lujuria que desatas por igual en mí.

Eres perfecta y equilibrada. Justo lo que yo no soy.

Siempre pareces serena, sorbiendo el café, fumando… O metiéndote un plátano en la vagina ante mi mirada animal en el juego más obsceno, arrastrándome a la absoluta irracionalidad de metértela violentamente.

A veces pienso, cuando abres las piernas ofreciendo tu vagina indefensa y desflorada, que tú eres la bestia y yo soy tu presa. Tu objeto.

Y me gusta.

No existe otra forma de vivir que sucumbir ante tu mirada y tus agujeros.

No pierdo el control, me lo arrebatas con tus tetas imponentes.

Chupables…

En las que me he corrido tantas veces salpicando tus labios que gimen temblorosos.

Te meas indecente, hermosa y descarada con una sonrisa. Y acaricio tu coño y el chorro de orina que sale a sorprendente presión.

Provocamos que el sol gire la cara avergonzado al vernos.

Porque somos sórdidos a ojos de los vulgares; pero cada líquido que mana de ti es mi fuente de la vida. Es un hecho, porque sigo respirando a pesar de que tú tienes el control de mí.

Serena y equilibrada, has hecho posesión de mi cuerpo y mi pensamiento.

Serena y equilibrada… Y soy tu presa.

 

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Iconoclasta

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Callamos con una sonrisa el hastío de ver los seres diarios y mascamos con sabor a sangre lo que anhelamos. Y es mejor sentir óxido en la boca aunque duela dos veces, que la letanía desesperante e indolora de los saludos estériles.

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Aún hay luz en el cielo cuando en lo profundo del bosque ya es todo oscuridad.
Y he pensado en ti, porque en todo lo que veo, en cada momento, estás presente.
Pactaría con alguna fuerza oscura por convertirme en un animal del bosque y follarte en la oscuridad violenta e impunemente.
Porque para las bestias hay más horas negras que para los vulgares seres humanos.
Y en la negritud te la metería, violándote. Arañaría tus pechos acariciándote feroz.
Sin cuidado, furioso.
Cobrarme en carne la esclavitud a la que me has sometido. No puedo vivir sin ti, hija de puta.
¿Te das cuenta que me has convertido en tu alimaña enamorada?
Y el que me ames como hombre no me da consuelo.
No serena mi alma que no tengo.
Mi oscuridad está preñada de un sexo perverso y hambriento; rozando la crueldad.
Te acecho sintiendo la desesperación de tu sonrisa que me entiende, me conoce, le divierte, le gusto… Y le enternece de un modo incomprensible.
Eres tan rara, tan exclusiva…
No soy tierno, soy feroz, no me sonrías así, mi amor.
Te amo.
Te deseo como una Caperucita Roja en el bosque, con lencería de puta.
Orinando obscenamente abierta hacia la oscuridad donde moro.
Con tu rostro de angelical lujuria mirando las sombras en las que sufro la erección de desearte.
Me vuelves loco, hija de puta.
Y no eres una hija de puta, mi amor.
Solo soy una alimaña feroz y enamorada en la oscuridad.

 

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Iconoclasta