Mi amigo ronroneante es como un motor bien ajustado que nunca falla cuando se siente querido. Ronronea siempre cerca de mí, muy serio. Orgulloso de hacer un buen trabajo. Un motor de pura serenidad sin envidias o ambiciones latentes y ocultas. Y no sé por qué razón me quiere, pobre…
Es un día particularmente gris y lluvioso que me desliza lenta y húmedamente a una serena melancolía. Las bajas presiones son densas y verticales emociones que gravitan en el pensamiento lloviéndolo de evocaciones, actos que fueron y todas las imposibilidades posibles. La lluvia intenta encajar todo ese caos… Siento el agua correr por dentro de la piel con una dulce fatalidad y una sosegada comprensión. Me diluye dejándome un poco indefenso, sin la capa protectora del olvido y la indiferencia. Sin el cultivado cinismo de la supervivencia. Está bien, nadie me ve… En la gris penumbra de la casa soy arrastrado por mí mismo, como la lluvia arrastra la suciedad de los viejos y sucios edificios monocromáticos y el pavimento áspero y hostil de las aceras. Y me permito pensar, con cierta ingenuidad, que estoy a salvo entre las sombras. Una mentira embadurnada de toda esta romántica y trágica grisentería. No puede hacer daño. No demasiado.
Soy el triste escribiente funerario de las actas de muerte no humanas. ¿Cuánto tardó en morir el polluelo que el viento arrancó del nido, pobrecito mío, y no pudo ver sus alas crecidas? Qué bonitas plumas para morir. Qué puta penita. Alguien debería preocuparse por los seres pequeños que mueren con un piar aterrado que nadie escucha, ni la angustia de los padres que no tienen manos para subir al pequeño al nido que se muere de frío y hambre. Piaba que lo llevaran a casa y los progenitores revoloteaban frenéticos cerca de él sin poder hacer nada más que escuchar y ver su muerte. Alguien tiene que decir que su vida importaba, que su muerte me duele. Yo lo he visto antes, es una tragedia cotidiana; pero si te acostumbras a las tragedias y dices que es normal, también dices que su vida vale una mierda. Y a eso se le llama mezquindad. No hay pequeñas muertes que sean tiernas. No hay dulzura en los pulmones que no pueden aspirar aire o en esos minutos que el corazón, tras detenerse y con la suficiente sangre en la cabeza, revela la certeza de lo definitivo en una inocente incomprensión. Soy la voz fúnebre de las pequeñas muertes que no se ven porque parecen montoncitos de hojas desde nuestra altura. Soy el pensamiento de los muertos, la certeza negra de que la naturaleza no es perfecta y mucho menos sabia. No hay armonía en ella. La naturaleza, en tanto ente, es una soberbia desquiciada bella y cruel, estremecedora e insensible. Tanto es así, que no entiendo la palabra naturaleza. No sé qué es lo natural ¿la mierda tal vez? Soy la fúnebre voz que escribe en nombre de las pequeñas y anónimas muertes. Y digo que la naturaleza es un cuento, un límite impuesto por el Dios/Estado a los humanos nacidos en esclavitud en las ciudades. La naturaleza nada tiene que ver con ellos, es sólo un parque para pasear un fin de semana con unas horas libres de su explotación ganadera. La misma invención de dioses, cristos y líderes para hacer creer a una humanidad gris y abotargada, que hay lugares maravillosos donde todo es armonía y un perfecto plan establecido de equilibrio. Cuando mueran accederán a él como premio a su servilismo. Dicen que hay un plan biológico divino. Perfecto de mierda. Pero al pequeño no le llegaron a crecer las alas. Los grandes animales lloramos a nuestros muertos con histriónicos gritos y aspavientos, algunos fariseos se rasgan las vestiduras ante el hijo muerto después degollar a un amigo o mutilar a su hija en nombre de un cochino dios. Todos ellos dignos de un Oscar a la cobardía e hipocresía interpretando su miseria. Lloran el miedo de que la muerte ha rondado cerca de ellos. Los pequeños seres mueren y pierden a sus hijos con apenas audibles lamentos, con tanta dignidad… “Nosotros sí que sufrimos y no los animales del bosque que viven en el paraíso”, dicen muy doctos los fariseos, los engañadores y los crédulos. Y si los matan, te untan su sangre en el rostro y luego dicen alguna estupidez en tono de plegaria y bendición. Qué puta misericordia. Tan lerdos… Soy la voz fúnebre que silenciosamente degrada escribiendo a las grandes bestias que creen ser las únicas en sentir dolor y pena. Que su muerte será la gran tragedia de la humanidad. Soy la voz que pone en evidencia a las bestias cobardes a salvo de que el viento los arranque de su nido. Que nadie se engañe, la naturaleza no es perfecta y es madre de nadie. Mirando al suelo se comprende de una forma, ahora sí, natural; que el concepto de naturaleza es un romanticismo infantil y puritano por la cruda realidad de una aleatoriedad caótica. Ningún ser muere feliz. Si existiera una madre naturaleza o dios, sólo se podría pensar de ambos que son entes negligentes, unos extraños retrasados mentales. He visto serpientes pequeñitas como pulseras de irisados rombos inertes en los caminos. No tuvieron tiempo de hacerse grandes y su cabecita como la punta de un flecha se dirige aún al otro lado de la senda. Hay que observar la bella tragedia de los “seres de la naturaleza” como lo que es: lanzar una moneda al aire y esperar la suerte. Porque si hubiera un plan, una naturaleza sabia el ser humano no se hubiera convertido en la cosa que es hoy. La muerte usa la misma fuerza para acabar con un animal grande o uno pequeño. Por ello es más trágico el cadáver de los pequeños que el de los grandes seres, que es feo y huele peor. No puedo evitar ser la voz fúnebre que se pregunta cómo puede caber tanta muerte en algo tan pequeño. La muerte es tan colosal para los desamparados… Madre Naturaleza es un cuento para conjurar la prohibición y cobardía a vivir libremente. No es perfecta; sólo una muñeca sin ojos en un vertedero. El ser humano se hizo ajeno a la naturaleza cobardemente, como si de un letal cosmos se tratara, se alejó tanto de las pequeñas muertes que miró al cielo para evitar la tragedia que pisaba sin darse cuenta; pero las nubes son limpias y gaseosas, no sostienen lo muerto por mucho que el cura diga lo contrario. He visto una mariposa aletear en el suelo sin fuerza para alzarse, en agonía final. A un ratoncito que inmóvil entre la hojarasca parecía rezar con las patitas juntas, sin respirar. Y al jabato de piel aún rosada, que no consiguió llegar al otro lado de la carretera. Pobre… Y yo digo que a pesar de esos dramas, hay una belleza inconmensurable que cautiva. Y sentir una pena es más honesto que decir que han ido al cielo. A ningún ser se le debe negar su última tragedia, ni el inmenso valor que tenía su vida; no existe un cielo o dios que valga semejante precio. No quisieron morir, se equivocaron o los cazaron. No son como nosotros las bestias grandes que como retrasados mentales corren a la muerte por un Dios/Estado, por un mesías; los animales de la libertad son infinitamente más nobles y más dignos muriendo. Soy la fúnebre voz, el notario de las muertes que no importan, que no se escuchan.
Con mucho cuidado te agachas para recoger la moneda que ha caído, y al primer crujido de la cadera te cagas en dios por tu mezquina avaricia. Que los cojos tengan fama de malhumorados es lo que menos les importa.
(Memorias de un lisiado cojo)
Y si follas con alegría, calambre…
(Memorias del mismo lisiado en otro momento embarazoso)
No tiene otro sentido, más que lo ornamental, un gato sin ratones que cazar; cosa que explica el dramatismo de esta foto y todos los pelos que no se aprecian en el escritorio. Mientras esto sucede, mi pensamiento agudo y analítico, afilado como un canto rodado; Murf permanece irritantemente impasible, sin problema.
Monstruosidades en miniatura son los besos y palabras que minan a través de los intersticios moleculares de los tejidos anímicos los diques de contención, consiguiendo desbordar las emociones. Pequeñas son las lunas de plata que se deshacen como mercurio tras emerger por los lagrimales, derramando el veneno del amor en los labios durante la íntima noche de los recuerdos amontonados. Lanzándonos al mundo sin espacios, esperas y límites que nos convierten en materia onírica prácticamente perfectos, sin ansiedades, donde todo es. Ajenos a nosotros mismos. Primorosas las palabras que tan rápidas se leen y, como cargas de profundidad, explosionan en el corazón acelerándolo a cien por hora sin pensar en la posibilidad de que se rompa. Como muñequitos irrompibles porque no tienen huesos… Mágico el papel de las cartas nunca enviadas que crujen como tristes fracasos entre los dedos: el amor escarificado con la presión del anhelo, tatuadas las mortificaciones con la tinta de la pasión. Áspero como el semen seco en mi vientre. Alegres las oraciones que se dirigen al alma y su cuerpo tan palpable y lejano en las probabilidades. Y sin embargo, como un aire fresco cierra los ojos como si hubiera paz y la vida te acariciara. Acogedora soledad que cerca la intimidad necesaria para que lo llene todo de ella que la amo. Una perinola en miniatura en el bolsillo para hacer girar el mundo, cuando de tan quieto parece muerto. Para fascinarme con un equilibrio que sólo ella posee y con vanidad gira y gira y gira… Y luego, asistir a su tristeza al verse abatida con un agónico y último roce contra la superficie. Y pienso que descanse en paz, aunque podría hacerla girar y que de nuevo vibre de alegría. No soy Jesucristo, no tengo un interés especial en la dicha de las cosas sean orgánicas o no. Cuando me apetezca. La ambición, ya saciada, es un juguete que adorna la estantería de los recuerdos y las certezas de amar y ser amor. Unos pequeños dados en el bolsillo, la aleatoriedad de la vida y la muerte. Y apuesto a un doble seis de amor mis últimos cinco minutos de oxígeno en el espacio, esperando sus labios salvadores. He buceado en su mundo líquido durante horas sin necesidad de respirar. O tal vez, he respirado su agua; pero estaba pendiente de su existencia y no de la mía. Qué pequeñitas subían las burbujas hacia la superficie, contentas de haber hecho su trabajo y llevarse el aire de los pulmones y así, llenármelos de amor líquido extra fuerte. Soy la toma un trillón y… ¡Acción! Una orden innecesaria para amar sin horizontes, infinitamente. Donde la entropía me lleve. Soy un neutrino atravesando la coraza subatómica del cuántico amor. El microbio ganador asaltando el palacio de tu principio creador de carne y sueños. De fluidos y gemidos. De ropas rasgadas sin ultrajes mediante.