
Quien tiene un amigo tiene un forúnculo en el culo. Todo el puto día: “¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jug…”

Quien tiene un amigo tiene un forúnculo en el culo. Todo el puto día: “¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jugamos? ¿Eh? ¿A qué jug…”

Ya que en España hemos retrocedido de nuevo a los tiempos fascistas, y en Europa también; es de esperar que se ponga en marcha de nuevo el comercio de esclavos. Es bueno empezar a pensar en invertir en reses humanas; pero siempre con reglamentación y claridad en los precios.
No puedes ir a comprar un ejemplar macho de, pongamos cincuenta o sesenta años, para tareas sucias y degradantes en la casa o en el establo y esperar que el esclavista te dé su precio según crea mirándote a la cara o el reloj que llevas, no señor. El esclavo debe llevar una etiqueta grapada en una oreja con su precio.

En todo fascismo el culo cotiza al alza.
Sin complicaciones: si das culo tienes prebenda.
(Historia de la Impúdica Corrupción de España).

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Pobrecito, es un feto. Más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio o con un condón usado en el ojo.
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Las niñas bonitas no cobran dinero. ¡Qué tiempos aquellos que no conocí!
Porque me ha cobrado ochenta euros por una mamada desganada y encima con condón, la puta bonita.
¿O la canción decía que las niñas bonitas no pagan dinero?
Estoy tan acostumbrado a pagar a las putas, a las putas del gobierno, a las putas compañías, por respirar, por un vaso de güisqui, por el tabaco, por un gramo de farlopa, por una buena sentencia de un puto juez…
¡Qué perra vida y las putas que caras y viejas!

Porque consigues no sé de qué forma, desviar mi flujo sanguíneo que va al cerebro, hacia el pene.
Tal vez sea esa la causa del mal de amores, de la locura de estar enamorado. Yo no recuerdo haber descendido tan profundamente a la primitiva lujuria desde que conocí tu existencia.
O tal vez borraste mis recuerdos porque las cosas extraordinarias cubren las mediocridades, las abandonan en un desván enterrándose en polvo.
¿Y para qué quiero un cerebro si estás tú? Amar no requiere de intelecto.
Tú sabrás qué hacer conmigo, qué hacer de mí.
Confío en tu sabiduría como en tu piel. No quiero pensar cielo, estoy cansado de este humo que me sale de la cabeza.
Pareciera que las tostadas se han quemado.
Y los huevos hierven.
Mi corazón late, mis brazos son operativos para abrazarte, mis labios se mantienen hidratados con los tuyos… Tengo lo necesario para vivir.
Sé que amarte es duro (y debe serlo), que cuando me acerco a ti, debo hacer alarde de hombría quiera o no; pero me gusta ese sacrificio. Sobre todo cuando está en tu mano. ¿Ves? Soy un completo derroche de obscenidades.
Podría decir que mi cerebro se ha secado. Y así, no sé cuál de tus dos pares de labios he de besar primero.
Esta es la máxima inquietud intelectual que puedo desarrollar cuando iluminas mi día con tan solo una palabra.
Y ahí está el secreto, no se lo digas a nadie porque tengo que conservar mi carisma de hombre zafio y tosco (de hecho me sudan copiosamente las cejas con este derroche de palabrería): tan solo necesitaría de ti una palabra y poder así asomarme al vertiginoso acantilado de tu mente. Asomarme a tu alma.
Bueno, dejaré la metafísica para los inteligentes, estaba hablando de follarte y de la cremosidad de mi glande que fácilmente resbalará entre tus dedos sin ningún problema.
Estoy en celo.
Se podría decir que soy el resultado evolutivo de tu selección natural.
Lo hombres no hablan de almas, solo de follar.

Iconoclasta
🤬☠️👿🙃


Iconoclasta

Es la última vez que reproduzco una comedia producida por Amazon.
Es desolador el mundo que escenifican, como si no fuera ya malo sin forzar guiones.
Ya sé que es mandamiento religioso o mística de la igualdad (aunque no sé a qué viene lo de igualdad) que deban aparecer, encajen o no en el guion, toda suerte de homosexuales de los dos sexos que existen, por ejemplo en la especie humana: hembra y macho.
Me sentía triste, tal vez por el otoño o por la mierda que cobro.
Y me dije: “Voy a ver una comedia para que me arranque una sonrisa de mi ancestral rostro curado por el tiempo, la desgracia y la dictadura. Y juro que nunca más volveré a pasar hambre y bla, bla, bla…” Y pulsé reproducir en el icoñito de una comedia confeccionada primorosamente por Amazon y que decía ser primicia.
En apenas quince aburridos y mediocres minutos, se desplegó la cuota de homosexualismo como es habitual. Un personaje supuestamente ingenioso según los cánones morales actuales, neuróticamente graciosillo y de verborrea aguda; el arquetipo de homo de las series de televisión y cine de las comedias amables sin riesgo alguno para ninguna edad.
Hay que recordar que las compañías de películas y series de pago como Netflix, HBO, Disney +, AMC, etc… Son muy rigurosas con su obediencia eclesiástica hacia el mandato de inclusión maricona en toda producción audiovisual, ya sea de temática de boxeo o de las apariciones marianas de Fátima.
Pero lo de Prime Video (Amazon) es pura paranoia inquisitorial. Es la Torquemada de todas las compañías.
Aún no recuerdo como ocurrió y que motivo había (hace ya casi treinta segundos que detuve la película) para que en una escena que transcurría en plena calle se juntaran en un encuadre seis machos y ¡todos maricas! ¡Seis!
Ni siquiera cabían, era demencial…
En los pocos segundos que atisbé aquella distopía del presente de mi vida, pude entrever un negro marica, un hindú marica, un árabe marica, un par de blancos maricas, un hispano marica, y no pude verlo; pero presentía que había allí un esquimal marica al que seguramente, por ser bajita su raza y dada la densidad demográfica del encuadre, lo ocultaban sus compañeros de reparto. Seguro que estaba allí y cobrando.
Los seis emitían sonidos y risitas en una cacofonía gallinácea diabólica, estorbando a los figurantes paseantes en su caminar hacia ningún lado, como almas en pena.
De verdad que no cabían en la pantalla, coño.
Se me cayó el cigarro de la boca y me quemé los huevos.
Aquella distopía… Seis de seis. Era más potente que la escalera de color del póquer.
Y yo sin saber el origen de aquel tumulto de “género”, pobre de mí.
Llenaban tanto la pantalla, que imagino lo mucho que tuvo que padecer el director de fotografía (si lo hubiera) para colocar al cámara en la distancia y ángulo adecuado para que cupiera esa muchedumbre de cuota homosexual en el fotograma.
No sé a que se debió; pero en ese mismo instante me sobrevino jaqueca, un dolor intenso. Y decidí volver a ver Bone Tomahawk película ingeniosa donde las haya, inteligente, de diálogos cultos, violenta y gore hasta tener que apartar la mirada en alguna escena.
Todo ello sin pagar cuota homosexual.
Y que conste en acta (y que tome nota el cabrón del notario que para eso cobra una pasta), que uno de mis villanos favoritos, además del de El silencio de los corderos (el modisto de las polillas); es el pistolero homosexual asesino de El tren de las 3:10, brillantemente interpretado por Ben Foster. Un personaje tan carismático como despiadado y eficaz en su trabajo.
Es la última vez que elijo una comedia cometida por Amazon, es igual que asistir a una de esas misas en las que un telepredicador suelta sus fanáticas e histéricas arengas con sus largas y despeinadas cejas polvorientas, sucias de farlopa.
Así de sectario es Amazon en el pago de cuota a la Iglesia Ortodoxa de la Divina Igualdad del Corazón Televidente.
De verdad, que no cabían en el televisor.
Una pesadilla.

Iconoclasta

Lo malo de creer en Dios (en cualquiera de cualquier secta) es permitir que algo sea superior a mí, cosa imposible y una humillación aceptar semejante estupidez.
Así que, como no hay nada ni nadie superior a mí, concluyendo con la lógica de los crédulos: yo soy Dios.
Tú piensa o cree en el Dios que quieras. Si crees en él, evidentemente eres también inferior a mí; pero es tu decisión, tu credulidad, no la mía.
¿A que soy listo? Tengo más recursos que una navaja suiza.
Mis padres no criaron una planta, parieron y criaron un hombre. Y al igual que todo animal salvaje: ni amo ni dios. No consigo adaptarme a ninguna autoridad, hago el mínimo trámite para sobrevivir en esta sociedad de mierda; pero ningún ser humano es superior a mí ni lo será jamás.
Insisto, mi divinidad me la otorgan los otros, los que creen. Yo solo hago mi trabajo, lo que me da la gana. Aunque me joda, que para eso soy Dios.

Ñoñerías sentimentales de viejos seniles aparte, los buenos regalos son los caros.
Todo lo demás son excusas tacañas y mezquinas y poco aprecio.
No sé porque esa manía de infravalorar lo material. ¿Para qué coño quieres una mísera foto enmarcada, por muy de latón chapado en alpaca que sea el marco comprado en un bazar asiático? Y cuando no, perpetrado de forma artesanal, con materiales reciclados de mierda.
Sentimentalismo exacerbado, pero sobre todo económico ¿eh, listillos?
Y con una sonrisa agradecida, piensan los obsequiados que podrían meterse el regalito en el culo.
La intención no importa una mierda, solo ocupa espacio.