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Ya acabó. Se cerró una era. No hay nada que hacer, ningún deber perentorio, no hay nada pendiente que merezca especial atención. Es liberador no esperar, que no se espere nada de ti.
Y está bien, así debería haber sido siempre. Solo me espera mi cuaderno, mi pluma y mi pensamiento arrollador y agotador.
Despiadado conmigo mismo, con mi propia verdad…
«Llega un jinete libre y salvaje» es el título de una película que no recuerdo haber visto. Solo me gusta el romanticismo del título.
Cuantas veces lo he pronunciado en mi mente deseando que fuera verdad cuando todo alrededor me asfixiaba…
Nunca seré lo suficientemente salvaje, ni lo suficientemente libre; pero estoy más cerca de ello que nunca. Así quemaré los restos de una madurez cabalgando deprisa hacia la muerte, a la vejez.
La bicicleta no es una montura a la que cuidar y que proporciona compañía; pero me gusta, me tiene que gustar, no hay otra cosa. No puede ser…
La vida me ha enseñado a sacar provecho de todo, aunque sea nada. Y desgraciadamente me sobra tanta imaginación, que mi dosis de decepción diaria está asegurada cada amanecer.
No tengo por techo las estrellas, no hay un alba o un ocaso de cinemascope cuando abro los ojos.
En su lugar hay una pierna negra e infecta que no me permitirá volver a subir jamás una montaña sin dolor.
Hay días que lío cigarrillos como haría un jinete salvaje en su caballo. Y me alegro de estar solo y no hacer el ridículo ante nadie; porque mis ojos se entornan buscando un horizonte lejano al que parece imposible llegar. Un horizonte de película.
Y eso haría reír a cualquiera, aunque yo crea que es motivo para llorar de emoción y decepción.
Me engaño pensando que mi hijo pueda sentirse orgulloso de que su padre haya emprendido un viaje de tiempo y distancia para dejar de ser un tullido que cada día sacaba a mear al perro a la misma hora. Un tullido sin nada que hacer en medio de una actividad frenética de los que le rodean. Con un futuro tan liso y predecible como una mesa de billar. Me engaño pensando que soy la representación del quebrantamiento de la monotonía y la tristeza vital.
No me engaño mucho tiempo, sujeto bien mi imaginación. Férreamente.
Me engaño lo que tarda el cigarrillo mal liado en consumirse, mientras observo nada como un idiota con los ojos entornados. Lo único que tengo en común con el jinete libre y salvaje, es que sudo.
Solo soy quien se marchó de casa por un capricho de senilidad precoz o tullido ocioso.
Y sonrío con cierta amargura, como el solitario jinete que recuerda algo amargo, porque aunque nadie lo sepa, escapé de ser el hombre del perro de la misma hora. Con el mismo bastón.
Los jinetes libres y salvajes tienen su egoísmo; pero es perdonable. No he conocido ningún Jesucristo en más de medio siglo que vago por el planeta; a lo sumo, las madres mal folladas que dan todo su ser (con amargura) por sus hijos como si fueran a ganarse algún título de santidad o un nobel humanitario.
No soy tan malo. Y menos en este planeta.
Cueste lo que cueste, quiero ser «libre y salvaje» (tener al menos una razón para creerlo), antes que ser el pensionista demasiado joven para no hacer nada y demasiado tullido para aspirar a cierta libertad.
«Se marchó un jinete libre y salvaje», quisiera que fuera mi epitafio en la tumba. Que alguien tome nota, seguro que no tardo en irme.
Se entienda o no, aunque sea mentira, no puede hacer daño una frase…
Lo que me jode, es que no habrá tumba, no ocuparé un lugar en la tierra; me quemarán como un viejo neumático. Joder, qué mierda… Dan ganas de llorar.
Fue bonito mientras duró la ilusión, el cigarrillo…
Bye.
«Dices que vagas por tu propia tierra» (canción Everybody’s Changing del grupo Keane, 2004. Mi canción, que se convirtió en una especie de premonición de lo que iba a cambiar mi vida en muy pocos meses).

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Iconoclasta

Hace tanto calor y el sol molesta tanto mis ojos, que el amargo café se hace dulce en mi boca y el humo del cigarro es aire fresco en mis pulmones. Estoy tan cansado de andar, que la incómoda silla del bar es un trono a la sombra de un edificio, en una calle extraña a pesar de mil veces visitada.
No es extraña, es ajena.
Y de repente llega una brisa suave, fresca… Como un premio, como una bendición para un católico, para un humano.
Es un aire que arranca las cosas malas de mi piel y de mi cabeza. Dolores y carencias. Ardores y vergüenzas.
Me llena de calma y me da paz. Cierro los ojos para aislarme en ese placer sensorial y me abandono a una melancolía que provoca lo que no fue, lo que no sucedió.
No importa, todo eso se lo lleva mi viento amigo. Me transporta al mundo inhóspito e ignoto, un mundo inalcanzable, como una maldición cuando el sol y el polvo de esta tierra me envuelven y me hacen débil.
Un viento que trae aromas de picantes y refrescantes cítricos que alguna vez olí.
Moho y antiguas aguas estancadas.
Ruina y eternidad.
Un mundo de dolor, muerte, lucha, vida y amor…
La trascendencia en estado puro.
Y pienso que no es tarde. No es tarde.
Sé que no lo es.
Tengo tiempo, aún puedo llegar.
El viento golpea mi pecho como las palmadas de un amigo que hace tiempo no veía. Hace una caricia en el cuello y atraviesa mi cabello convirtiéndolo en espigas frescas al alba. El cigarrillo se me cae de los dedos relajados y el humo que aún sale de mi nariz se arremolina como un tornado alejándose de mí.
Deseo con toda mi alma (porque cuando el aire me conforta, siento tener alma) ir allá, a aquel horizonte de donde llega el viento, un cielo de nubes negras que de tan pesadas, parecen aplastar lo que hay bajo ellas y hundirse en esta tierra indecente.
Son de una belleza letal, imponentes y sinceras en sus tormentosos y amenazantes cúmulos verticales hasta el cosmos, como si fuera una sólida torre al infinito.
Quiero cobijarme allá donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.
Donde los árboles muertos se convierten en bestias pétreas.
Donde la oscuridad del fin del mundo aterroriza a los demás.
En esos momentos en el que el aire me aísla de esta banalidad y agita con una ráfaga de ternura, vislumbro el mundo maravilloso oculto en aquellas peligrosas nubes. Y todo está bien, sé que soy bienvenido y habrá una complicidad inevitable entre esos seres y yo. Porque ambos somos ajenos a este mundo, solo que yo, en algún momento me perdí.
Ya no habrán silencios incómodos, no seré extraño en el planeta, no más presencias forzadas. Se acabó el trabajo agotador para soportar y ser soportado. Se acabaron los recuerdos de amados muertos y los de amados vivos ya inaccesibles, ya lejanos.
Allí, en las grises rocas celestes que bajan del espacio a la tierra, corren lobos con el lomo cubierto de rosas azules.
Qué bellos son los colores donde nadie quiere estar.
No quiero abrir los ojos, no quiero que cese el viento, dame unos segundos más, dame una eternidad. Mi Aire, dame el tiempo necesario para llegar allá.
Los dientes de los lobos imposibles están manchados de sangre, con los ojos encendidos de hambre y ferocidad, pupilas rojas, niñas amarillas… Un oso lucha contra ellos, sus garras han herido sus lomos y de ellos brotan serpentinas de hiedra que los convierte en setos en un jardín para enamorados que huele a amor y muerte.
Es algo importante, es algo trascendente.
En la glorieta, ella llora por mi muerte, yo lloraré por perderla y renaceremos tantas veces como sea necesario para hacerlo intenso hasta la desesperación. Hacemos padecer a las carnes el dolor de la pérdida y la desolación y hacer del próximo encuentro una felicidad esquizofrénica.
Es importante morir con una violencia y dolor inhumanos por amor y ser héroes, amados y deseados. Es algo por lo que vale la pena cerrar los ojos ante el viento de un universo que es el mío.
A veces ocurren errores…
Viento amigo, no sé si es error mío o vuestro, pero no me dejes morir aquí. No quiero una enfermedad triste, ni morir en la indiferencia de los humanos. Soy un guerrero perdido, llévame ahora, aunque muera en el ascenso a mi mundo perdido.
No me dejes aquí, viento mío.
¿No ves que me duele el cuerpo? Si no fuera un guerrero de verdad, lloraría. Y mis ojos están secos como la tierra que piso cada día.
Soy valiente, puedo aguantar el dolor. Necesito el dolor de mi mundo, las emociones sangrantes, los amores que matan.
Un hombre que me cae bien, lucha desnudo contra un águila grande como un avión. El animal clava sus garras en su pecho y le arranca un corazón de bronce. El hombre grita de dolor al tiempo que muere, es un segundo.
En la glorieta, mi semen corre ajeno a la muerte por la boca y pechos de mi hembra. Y sé que todo está bien. Mi pene es un latido que se escucha en medio de un silencio sepulcral expulsando las últimas gotas en el rostro de la que amo.
Hay árboles que dejan caer una lluvia de hojas frescas verdes, rojas y marrones. Pequeños frutos en forma de ataúdes.
¿Por qué eres tan precioso e inaccesible, mundo mío?
Los lobos han dejado de ser setos, han mudado a su pelaje y respiran. Buscan con gruñidos la caricia de mi amada desnuda.
Ráfagas de viento portadoras de ilusiones, robáis mi recelo y mi sabiduría y me siento tontamente ilusionado. Viento mío, haces de mi cinismo candidez, de mi abatimiento ilusión.
El águila deja caer el corazón de bronce, que al tocar el suelo, crea una placenta que arraiga en las sólidas nubes donde intensamente vivimos. Renace el hombre gritando a una nueva vida. Le ayudamos a subir a la glorieta de madera blanca cubierta de rosas rojas que sangran y hacen regueros de pasión que llegan al suelo haciendo florecer cuchillos de brillantes filos.
—No eres nuevo, has llegado por fin —me dice ofreciéndome un cigarro—. Recuerdo que hace eones, el universo rotó en un accidente sismicosmológico, y tú caíste porque estabas luchando en el mar contra un kraken. Salían naranjas de tu pecho cuando morías, cuando el pico de la bestia destrozó tu tórax. Tuviste mala suerte, amigo. Caíste a la tierra de lo posible y nadie pudo salvarte. Ella lloró y te esperó…
Besé a mi mujer , la besé deseando morir de amor y mi corazón dejó de latir para ser un héroe para ella. El dolor apenas me dejaba hablar.
—El viento a veces me encuentra, pero algo se debió romper cuando caí. Tengo miedo, amigo. No quiero volver allá, donde morimos en la calle, donde una gripe detiene el corazón, un bulto se come el cerebro, donde no hay monstruos, ni amores inmortales. Donde todos mueren de hemorragias, no hay flores ni metales preciosos saliendo por las carnes abiertas…
Los humanos huelen mal cuando mueren. Yo oleré mal.
Mi amada y mi amigo se disuelven lentamente.
Y la sensación de pérdida hace agua mis entrañas, en un llanto invisible.
Viento amigo, no me dejes.
Contigo no temo al ridículo, viento de las nubes negras, solo tú sabes ilusionarme.
Sigue amigo mío, sigue sacudiendo de mi piel y mis huesos toda esta tristeza.
Dame más sensacionesde un mundo que extraño y sin embargo no recuerdo. Hazme creer que muy pronto estaré ahí, con los seres que no existen.
Donde todos somos secretos y ocultos. Donde la muerte es puro juego y la vida cacería, risas y un buen follar.
El viento ha cesado de repente. Y toda esa ilusión se ha esfumado, observo la cajetilla de cigarros, enciendo uno y pido otro café. El lejano cielo de tormenta se ha deshilachado.
Pienso en el tabaco y el cáncer, en el calor y la sed, en la tierra caliente y los pies sangrando.
Me trago las lágrimas de la decepción con cada sorbo de café y con cada bocanada del cigarrillo.
La reminiscencia de un olor a naranjas evoca una añoranza de un lugar o tiempo donde lo importante, era luchar, morir, vivir…
He de comprar pan y tomates, jabón y…
Algo no está bien…

 

Iconoclasta

Está encima de una mesa forrada de cuero, sucio y húmedo, como la piel de un animal recién despellejado. Sus muslos anchos y musculosos están ceñidos por unas cintas de cuero con hebillas de hierro oxidado, de las que salen unas cadenas que se enganchan al techo, de tal forma que sus piernas están suspendidas, con las rodillas en alto, inclinadas hacia el pecho y a su vez separadas hasta el punto que los abductores de las ingles se tensan como cuerdas bajo la piel. Sus pies cuelgan lacios de los tobillos, no les llega la sangre que debiera.

«Átame pies y manos. Cuando me la mames, pon tus nalgas en mi cara, quiero sentir en la panza esos enormes pezones». «Eres una puta hermosa, porque… Te gusta que te llamen puta ¿verdad?»

No le gusta que le digan en voz alta lo que es, pero tiene que afirmar para sacarles todo el dinero que sea posible.

No siente asco ni rabia, solo indiferencia profesional por sus clientes. Es mejor ser buena actriz que saber follar. Puedes no saber hacer una mamada, dejar el coño completamente lacio y poner el culo como si te fueran a meter un supositorio. Si solo una vez en la vida te la han metido, basta con saber gemir, gritar y hablar con voz sensual para ser puta.

Las putas no saben follar, no tiene porque saber. No saben ni mamarla. Por eso escupe en la mano y se frota el coño en el lavabo, que luzca brillante para ellos y ellas.

El único sonido audible en la habitación de paredes moradas salpicadas de manchas más oscuras, es el tintineo de las cadenas y su respiración.

Cuando se pone bajo la ducha, siempre encuentra alguna escama de semen seco en su piel, siempre aparece algún resto en algún rincón de su cuerpo, el semen de los puercos, la ama, es imán para él. Y se siente desgraciada cuando se lleva «trabajo» a casa.

La vulva se exhibe obscenamente abierta, el ano luce enrojecido e indefenso, el clítoris parece cansado de tanto aire fresco y el meato se exhibe como una boca de sanguijuela en una vagina mojada y brillante.

De un pequeño tubo de silicona que sale del techo hasta aproximarse al rasurado monte de Venus, caen tres gotas de algo viscoso que aterriza muy cerca del clítoris y riega la vulva. Suspira con cada gota de ese aceite calentado a muy baja temperatura, lo suficientemente frío para que no queme, lo suficientemente templado para que sea notorio cuando cae en su sexo.

Los ojos de un verde esmeralda, enmarcados por unas largas pestañas negras y rizadas, lloriquean, observándose en el espejo que se encuentra a un metro sobre ella, en lo alto. Lloriquean del placer de verse a sí misma indefensa y  expuesta, con todos sus agujeros abiertos. Porque hasta su boca se mantiene abierta por un abrebocas de cirugía dental, se puede observar el movimiento ansioso de la lengua y la baba que cae de la boca para deslizarse por el cuello.

No puede ver otra cosa más que su rotundo y exuberante cuerpo, la cabeza está inmovilizada por un taco de madera a cada sien, unidos por una cinta de cuero que sujeta su frente. No puede alzar el cuello ni girarlo.

Un tubo de mayor diámetro que el de silicona emerge del techo y se aproxima hasta el monte de Venus, una pequeña serpiente cae enredada y recorre el vientre, se acerca a las ingles y luego opta por el olor de su sexo, donde su lengua lame los labios vaginales y todos los pliegues, hasta que en un momento dado, cuando va a explotar de placer, el asco y el deseo desaparecen. Su corazón palpita acelerado.

Su respiración es forzada, porque sus manos están atadas por una cuerda bajo la mesa, los brazos y los hombros se mantienen tensados hacia atrás, a ambos lados de la cabeza y casi dolorosamente doblados hacia el suelo. Los pechos oscilan como flanes, enormes y perfectos gracias a la cirugía y la silicona, las areolas perfectamente delimitadas, del color del melocotón están coronadas por dos pezones gordos como cerezas. Que se mantienen erizados, dolorosamente erectos.

De algún lugar de las paredes dos chorros finos, apenas visibles de agua helada, impactan con fuerza en sus pechos; cuando aciertan en sus pezones el placer se confunde con dolor, porque es una fuerte presión que duele en puntos muy concretos, enerva los nervios y lanza mensajes de un dolor confuso.

Un hombre del que apenas puede ver un poco de una bata blanca, le ha azotado el clítoris con un cinturón negro, con la hebilla. Siente pulsar ese pequeño y duro trozo de carne como si estuviera mutilado. Luego llega un beso y una lengua que se agita rápida, en el espejo ve una cabeza rasurada entre sus piernas y una mano que se apoya en el monte de Venus hiriéndole la tenue piel al enterrar las uñas allí.

Se ha aferrado a la pata de la mesa y se ha partido una de sus largas y curvas uñas de puta, siente que un corazón palpita reventándole la yema del dedo corazón, el derecho. No importa, tiene bisutería que camufla las heridas y la mierda.

Dura poco el placer viscoso de la lengua y se vuelve a quedar sola.

La melena rizada negra como el universo, se agita dejando caer gotas de sudor cuando gime y pide más.

Su piel blanca, muy pálida, tiene un tono cerúleo, casi cadáver. La luz que incide sobre ella desde las paredes, está pensada para ello.

Es una puta de alta categoría, su cuerpo ha costado ciento de miles de pesos, y en pocos años ha rendido quince veces más.

Pero su coño no sabe ya del placer, los hombres y mujeres cuando pagan solo piensan en su placer. Y ella necesitaba, algo fuerte como su cuerpo, sus tetas perfectas y obscenamente enormes donde los hombres dejan su semen invariablemente, su vagina hiper entrenada; había llegado el momento que la sentía tan enorme de tantas veces que se la habían metido, que estaba segura de que no llegaría a sentir nada jamás.

Algo fuerte omo su mente insensible…

Algo se acerca a su lado, lo percibe por el rabillo del ojo. Es un pene, el prepucio goteando se acerca a su ojo izquierdo.

Una gota de aceite templado cae en su vagina y la siente como una piedra por lo sensibilizada que está. Un dedo hijoputa oprime el clítoris y desearía curvar la espalda de placer y deseo. Sacude fuertemente los muslos para abrir más el coño y que ese dedo se meta; pero el dedo cede en su presión. El prepucio se retira lentamente, ante sus ojos. Desaparece por un segundo, como una exhalación, es el efecto de una luz estroboscópica que la aturde y la ciega.

El meato asoma ahora, muy cerca de su boca, sale de entre un ropaje negro, se encuentra en la verticalidad de su boca. Una pegajosa gota de fluido se desliza hasta caer en el acero del abrebocas que mantiene las mandíbulas separadas, la limpia con la lengua. Las escenas se suceden como fotogramas, la luz esquizofrénica que la baña hace una realidad nueva de un mundo que creía conocer.

El glande luce enorme y brillante y acaricia sus inmovilizados labios, con la lengua lo sigue, con dificultad consigue gritar que se lo meta en la boca. El pene sigue bordeando los labios, sube por la nariz y se apoya en cada ojo dejando un pegajoso resto de humor sexual en los párpados.

Cuando abre los ojos el glande ha desaparecido y algo duro y cálido, algo artificial está oprimiendo el ano, caen tres gotas más, las siente correr por los labios vaginales y se encharcan en el ano, entre lo que le presiona y el esfínter ahora hambriento.

«¿Es que no me vais a follar nunca, hijos de la gran puta?» Piensa desesperada, está cansada de intentar hablar, le duelen las mandíbulas y la garganta.

Unas manos sujetan un martillo próximo a una barra de madera de un diámetro semejante a la de un pene grueso. El espejo lo detalla todo y piensa que sus nalgas poderosas, bien moldeadas con silicona, están preciosas, son dignas de acoger cualquier cosa que le metan.

Un martillazo fuerte y sin piedad.

Y toda esa barra de madera le entra en el ano, otro martillazo más y cree que van a reventar los intestinos. Luego nada… Con la barra encajada en el esfínter, cuatro manos acarician sus glúteos con rapidez, con avidez, crean círculos en la piel con las palmas de las manos y aceleran el ritmo por momentos, hasta que se convierten las caricias en palmadas y las palmadas hacen eco, en la madera que la penetra, como si fuera una antena que amplifica señales obscenas de un mundo oscuro y violento.

El placer la lleva a rotar la cadera cuanto le es posible, para provocar la ilusión de movimiento en esa dureza que la hace sangrar. Ha visto dedos sucios de sangre acariciar su carne en el espejo. La madera arde en el ano, la irrita, pero está bien. No sabía que pudiera estar tan en su sitio. Aunque cualquier cosa es buena para aplacar todo ese deseo que no satisfacen.

La túnica negra parece flotar hacia ella de nuevo, las luces estroboscópicas le han arrebatado la percepción del tiempo y del lugar.  Cuando creía que estaba lejos, en su boca se mete toda aquella carne que huele a orina, a deliciosa orina. Acoge por unos segundos el deseado glande y lo acaricia con la lengua. Con horror siente que el pene se mete más adentro, más profundamente en su garganta, debe hacer acopio de serenidad para respirar por la nariz. Tiene que luchar con todas sus fuerzas por el vómito que le provoca.

Allá abajo en su coño, puede intuir lo que ocurre, porque la túnica negra de la que sale ese pene que le folla las cuerdas vocales oculta su visión en el espejo.

Le han arrancado la tranca del culo, tan rápidamente que ha sentido con toda su vergüenza como salía excremento. Una, dos, tres, cuatro, cinco gotas de ese aceite cálido han caído en su hambriento coño.

Y le alivia cuando alguna de ellas se desliza hasta el ano, ahora tan dilatado, que forma un círculo perfecto del tamaño de una moneda de diez pesos.

Siente los testículos tocar los dientes, el cuerpo de ese desconocido en sus pechos, doliéndolos y quitándole el aire…

Un tubo se desliza en su ano, intenta cerrar el esfínter, pero está tan lubricado que no puede evitar que la invada velozmente y le llene de agua caliente las tripas. Se resiste lucha contra ese agua, pero solo consigue expulsarla explosivamente y con toda la mierda que hay en sus tripas, para su humillación. Una mano con un guante de goma acaricia brutalmente la vagina, exprimiéndola, dándole manotazos y siente asco, se siente como una res maltratada, hay algo tan sucio en ello…

«Al fin y al cabo soy puta, no hay humillación para las putas», piensa con un vómito que ha subido  a su garganta y no puede salir porque esa polla lo impide.

La mano no toca el clítoris ni de cerca, siente que va a estallar de excitación.

De repente las luces se apagan, el pene sale de su boca bruscamente y el vómito sale libre de su boca abierta, deslizándose apestoso por el cuello, metiéndose en la nariz, ensuciando su piel casi cerámica.

Un brutal chorro de agua es lanzado contra la vagina, parece que la va a arrancar de la camilla, la presión en insoportable. Y el dolor. Llora y grita, no lo puede soportar… Solo puede mover las nalgas un ángulo mínimo para evitar todo ese daño, un ángulo insuficiente. Siente el agua meterse bajo la espalda, recorrer las nalgas, las ingles. Sus pechos reciben parte de ella, es la única zona donde agradece ese frescor.

Cesa el agua, siente un frío agradable, se relajan sus músculos. Solo queda un suave dolor en el ano, la vagina está hiper sensibilizada y piensa que se la dejaría lamer por un perro y correrse, correrse, correrse… Un humor caliente y viscoso le unta los labios vaginales. Hacía tiempo que eso no ocurría, hacía años que su coño solo estaba húmedo por el semen y los lubricantes de tubo.

Con la lengua intenta humedecer los labios. Su melena rizada gotea, y sus pechos se mueven tranquilos, sincronizados con la caja torácica, las costillas están sumamente marcadas en la piel.

Intenta girar la cabeza, intenta hablar, decir que ya se siente satisfecha, no quiere seguir con la sesión.

Otra vez el ser de la túnica negra, en sus manos lleva dos pequeñas pinzas de bocas dentadas con finas y pequeñas puntas agudas de las que cuelgan pequeñas cadenas.

Intenta gritar que no quiere eso, agita la cabeza y mueve las nalgas desesperada.

No hay efecto alguno, el de la túnica negra continúa su trabajo impasible. A través del espejo observa como coloca una en cada pezón, es un dolor que provoca escalofríos, escalofríos veloces, superficiales como cucarachas que corren por la piel y que parecen unirse en su coño a frotarse allí las antenas. Observa fascinada como las manos giran unos pequeños tornillos que dan más presión a las pinzas. La piel se rasga, hasta tal punto que se despide de esas hermosas cerezas que le construyeron; piensa en el cirujano, en otra sesión de quirófano para arreglar todo ese daño. Se centra en la anestesia y el no ser.

Las cadenas se sujetan también en algún punto debajo de la mesa, sus pechos ahora están forzados hacia los costados. Procura respirar suavemente, no quiere que el pezón cuelgue grotesco de la mesa del placer. Puto placer… ¿O es dolor?

«Soy puta y no hay dolor, soy puta y nada me asusta, soy puta y tengo dinero, mucho más que las que tienen el coño más estrecho del mundo».

La mesa ha empezado a vibrar, le sigue un movimiento oscilatorio lateral suave, al cabo de unos minutos es brutal, y grita. Grita como nunca ha gritado jamás, grita más que cuando su padre le reventó el ano a los diez años y corría calle abajo con las piernas escurriendo sangre.

No quiere perder los pezones, que cese esto por favor…

No se ha dado cuenta, pero se ha roto dos uñas más y ahora sangra por tres dedos, y por los pezones. ¿Por qué la excita tanto su reflejo de tetas ensangrentadas?

Su ano no sangra ya, solo está inflamado y late haciendo eco en el clítoris. No puede describir con claridad lo que siente ahí abajo.

Las luces estroboscópicas muestran su rostro dolorido en el espejo, sin embargo su lengua lame el metal del abrebocas. Sus pechos sangran, sin embargo, ella agita su tórax forzando más el dolor.

Es esquizofrenia pura.

«Qué paranoia, puta», piensa para sí.

Vuelve de nuevo el silencio y la quietud, ahora se ha hecho la oscuridad.

«Preciosa, hermosa, ahora enséñanos como se corre una mujer de verdad.»

Es un susurro apenas audible, que le pone el vello de punta, las pinzas de los pezones se han aflojado, y con cuidado alguien las desprende.

Una luz suave ilumina el sórdido y sucio cuarto donde se encuentra.

Otras manos frotan con esponjas suaves y calientes sus pechos heridos, el ano y la vagina. La excitación le acelera el corazón, demasiado…

Demasiado, teme morir.

Unos labios han empezado a besar el clítoris, lo lamen, lo aspiran y luego lo dejan ir. Se lo imagina enorme, se lo imagina creciendo y expandiéndose en su vagina.

«Hermosa, tu coño es una fuente, qué bien lo haces, te amamos».

Siente que en su vientre se hace agua, siente que se orina.

Una  cabeza en cada pezón se aplica en mamarlos. Está enloqueciendo.

«Ahora, preciosa, ahora».

Un pene asoma sobre su monte de Venus, se exhibe durante unos segundos, dos manos ocultas han abierto su vagina más allá de lo que ya estaba abierta.

El pene entra dulcemente, y solo bastan cuatro movimientos de empuje en la vagina para que sus piernas se tensen, el torso se arquee y de su boca salga un gemido casi animal. Su caja torácica parece que va a reventar. Las venas de su cuello se han hinchado tanto que parecen a punto de reventar.

Está al límite del colapso, el orgasmo sacude cada célula de su cuerpo y prefiere morir que vivir, prefiere morir así, con todo ese placer, porque sería vivir eternamente.

No importa nada lo anterior, ha nacido una nueva estrella en su puto  coño.

«Es heroína, la más buena, la más pura, te hará bien, amada nuestra…» Y una bellísima aguja se hunde en su ingle. Suave y dulcemente su sangre se aplaca y llega a su cerebro como una marea de paz devorando todo el dolor.

Y se desvanece la consciencia, deja de existir con una sonrisa satisfecha.

La oscuridad, una bendita oscuridad y un coño latiendo, vivo como un gran corazón.

 

Tres cuartos de millón de pesos ha incluido la reconstrucción de los pezones y tres días de ingreso en el mejor hospital de México.

Los cuidados están siendo exquisitos.

En  la primera noche en el hospital, se acarició la vagina, y se derramó casi al instante.

Es la última noche de ingreso en el hospital, el collarín para inmovilizar el cuello se lo retirarán dentro de un mes, ha sufrido luxación en tres vértebras, podría haber quedado paralítica o muerta.

Juguetea con la tarjeta entre los dedos, un cliente, no  recuerda cual, le dijo que algo no iba bien en su coño, o en ella misma. Y le ofreció la tarjeta, un centro de rehabilitación sexual muy exclusivo para putas, era el dueño del negocio.

«Sexo vivo. Regeneración del deseo sexual en una sesión de seis horas».

Así decía la tarjeta negra con letras blancas, además de un número de teléfono de contacto.

No creía que fuera posible, le preguntó al gerente de la empresa si de verdad se creían que podrían regenerar el deseo sexual en una puta ya insensible como ella.

«Señora Margueritte, no crea que el mundo del sexo acaba solo en una habitación de hotel de lujo o con unas correas y un látigo de diseño. Le aseguro que no tendremos piedad para conseguir que su vagina se convierta en otro ser vivo en usted. Será puta, pero le aseguro que no lo sabe todo del sexo, el dolor y la crueldad» le dijo el gerente del negocio.

Se rió con vanidad y desdén. Y sobre todo, tenía demasiado dinero para gastar. Pagó la casi millonaria cifra.

Lubricaron su vagina de nuevo, pero también el alma.

Ahora siente unos felices deseos de llorar, se siente bien llorando. Ya no es una seca vida de mierda. Tal vez los lacrimales y el chocho tengan algo en común.

Con cuidado para no lastimarse los pechos vendados, se coloca de costado en la cama, y mete entre las piernas la mano con los tres dedos vendados, que tardarán más de tres meses en recuperar las uñas. Y deja que fluya todo ese humor cálido y viscoso mojando las vendas y los muslos.

Se duerme y su padre le revienta el culo, un cliente la trata como un cenicero, se aplica un escupinajo en el coño para parecer húmeda en un sórdido lavabo frente al espejo y ella solo goza.

Su coño se hace vivo y toma el poder del sueño, las riendas del placer.

Ha nacido un nuevo chocho.

Y llora… Y ríe.

 

Iconoclasta

«Qué lástima que tengas esa cara redondeada, dulce y tierna de chica manga. Eres preciosa, una Heidi deseable… Porque no te servirá de nada para que sea cuidadoso y educado contigo.
Te la voy a meter por el culo hasta que muerdas de dolor las infectas sábanas de la cama del motel.
Y luego me la chuparás con los ojos ciegos y las manos esposadas.
Estoy caliente; pero no será rápido. Te arrancaré ese precioso vello lacio del coño, con la cera de una vela negra que dejaré caer en tu raja, que mantendré abierta con unas toscas pinzas de madera.
Tu pequeño y durísimo clítoris latirá ardiendo.
Confundirás dolor y placer. Cuando de tu coño mane la leche del orgasmo, me correré en tu cara y tus manos no podrán limpiar el semen de los ojos, que se filtra por la tela negra que te mantiene ciega. Ni el de la nariz, tendrás que tragarlo o ahogarte.
Beberás tanto semen que te quedarás embarazada vía digestiva.
Si supieras, preciosa Montse, lo que destila ahora mismo mi pijo… La densidad del deseo, la pegajosa lujuria que humedece mis calzoncillos. Te masturbarías como una ninfómana, el vello castaño de tu vulva se empaparía y se pegaría a esos labios pequeños y tersos que forman tu coño.
Respirarías agitando con fuerza esas enormes tetas con los pezones endurecidos como bolas de acero, serías una asmática de la pornografía.
Te apresaría entonces el coño entero, presionándolo con la palma de la mano y cerrando los dedos hasta que entre ellos se derrame el humor que te hace puta.
Sé que eres de las que babea y se extiende toda esa ansiedad por la cara y por los pechos, pero no podrás y las comisuras de tus labios serán unos embalses desbordados.
Cerda… Cerda…
Te dilataré con el puño y no podrás mover las piernas temiendo que se te desgarre el tejido que separa el ano del coño.
Te llevaré a la confusión, donde muere el placer y nace el dolor. Aunque nunca he sabido distinguir qué es lo primero.
Te enseñaré que el dolor o el placer, nacen con la primera bofetada que hará sangrar tu respingona nariz de nena buena, para luego morder tu coño y golpear sin cuidado esa pequeña perla perfecta que escondes entre los pliegues de la vulva con el glande amoratado, henchido de sangre como una variz, como una sanguijuela».
Montse se siente abrumada por silenciosa e intensa mirada de Cristian. Se encuentran sentados frente a frente en una pequeña mesa de un restaurante italiano, en la zona alta de la ciudad, es caro, pero íntimo.
Es su primera cena en pareja, durante cinco semanas, hasta que han podido dejar a sus hijos (son divorciados) a cargo de los abuelos. Hasta ahora solo se han limitado a pequeños tocamientos y besos en los reservados de las discotecas.
Siente una especie de ternura en la mirada de Cristian, es un hombre bueno, amable. Tiene una ligera sensación de vacío en el estómago ante la incertidumbre de como será una noche entera con él; pero es una agradable incógnita.
¬—Tienes cara de niño bueno, esa mirada tuya tan tierna…
—Y tu coño es mío, lo maltrataré cuanto quiera ¬—le respondió al tiempo que metía el pie descalzo entre las piernas, separándole los muslos.
No supo que decir ni como reaccionar, la sonrisa afable de Cristian permanecía inmutable en su rostro. Su sexo se hacía agua, el tejido de la braguita estaba empapado.
—Te aseguro que no quedará ni un rincón de tu piel libre de mi leche.

Todo su cuerpo está dolorido, su ano parece tener enormes hemorroides y su vagina es un horno ardiendo. El monte de Venus está en carne viva por la cera derramada.
Y aún así se masturba al evocar a Cristian, el niño bueno. Le gustó especialmente que le violara la boca con sus manos atadas y los ojos vendados….
Cuando le metió mil dedos en el ano y sintió que la iba a partir por la mitad…
Aún mancha el papel de sangre cuando se limpia.
El clítoris tan pequeño que era, ahora está inflamado como una vejiga. Lo golpeó, lo mordió, lo succionó.
La tierna Montse, la de los ojos grandes de Heidi, se está masturbando con una recia manopla de esparto para exfoliar la piel sentada en el inodoro, con un espejo de maquillaje frente a su vulva irritada e inflamada, maravillosamente inflamada.
Y a medida que le sube el orgasmo, se ríe. Ríe del gesto infantiloide de Cristian, su ademán cortés de predador cruel. Lobos vestidos de cordero…
Se apaga el cigarrillo en la ingle y aguanta el dolor sudando, sus pezones irritados y lesionados, se estremecen con el escozor de la humedad que baja desde su rostro empapado. Evoca el momento en que le arrancó un buen trozo de prepucio con los dientes.
Toda aquella hemorragia en su boca, mezclándose con el semen y la baba.
Se comportó como un hombre, gritó de dolor pero siguió bombeando en su boca, la hizo vomitar.
Con el pene mutilado… Se ha detenido en las caricias, el dolor de los labios vaginales arrasados por la manopla es insoportable. El clítoris parece que va a estallar y se moja con agua fresca que toma del lavabo haciendo cuenco con la mano.
Ella llevaba en el bolso una enorme aguja de peletería, y se dejó atravesar la piel del escroto para follarla, con cada embestida la sangre de sus huevos mojaba su vulva, respiraba dolorosamente, pero no paró hasta eyacular. Mordió los labios de Cristian hasta que sangró y la sangre se mezclaba en las dos bocas. Era una aberración de follada.
Se ha corrido, con el agua fresca aliviando los labios vaginales…
Le duele la ingle, pero no importa.
Espera impaciente otra noche con él. Lo malo no es el dolor ni las lesiones, lo malo es el tiempo que tardan las heridas en sanar para poder volver a realizar las mismas aberraciones.
Su pene mutilado en su boca… Dios…
Ella también parece una buena chica.
Y de hecho lo son.
Serán dos buenos chicos desintegrándose con mutilaciones y heridas, hasta desaparecer en la habitación del horrible motel «chino».
Un día se dejarán la vida desangrados o infectados porque no podrán esperar a que las heridas sanen. La familia y los amigos, no podrán creerlo, se les veía tan amables, tan tranquilos…
Es hermoso soñar.
Mañana irá a ver a Cristian al hospital, el prepucio se ha infectado, los médicos le habían avisado que no se masturbara mientras la herida fuera reciente.
Es tan hombre…
Heidi y Pedro el cabrero…
Está caliente otra vez.

Iconoclasta

Recitad  rápido, sin piedad, que apenas sea audible, en un susurro seseante.

Aunque no respiréis, me da igual…

Entrecortado de ira.

Entreverado de odio y asco, de la más pura aberración.

Y vuestros deseos se cumplirán…

YO os lo juro.

Os arrancaré los pulmones, cuando todo se cumpla. Cuando ejecute todos y cada uno de los horrores que me son rogados.

Lindas noches, monos míos, no quedara nada de vosotros al final de esta salmodia.

Una simple y usual declaración de intenciones, tampoco se crea nadie que es un asqueroso Credo, como los maricones ángeles se inventaron para Dios.

Que duerma y muera, que ya no despierte.

Que sus riquezas se conviertan en tumores, que sus hígados estallen y envenenen sus venas.

Que sus hijos nazcan con la piel del revés y su dolor no cese nunca.

Primate mío, te aseguro que te cantaré la nana de la peste negra.

Que se arruinen, que coman los excrementos que yo defeque en la calle y se les caigan los dientes con hemorragias imparables.

Que sus testículos queden vacíos y sus úteros secos como odres de vino.

Que en la noche lloren sangre y sus muertos sufran ante ellos.

Primate mío, te prometo que la bondad no la verás jamás, solo mi rabo sucio en tu boca.

Que sus noches todas sean de horror. Que se odien entre sí, como toda su vida han envidiado.

Que sus ojos se cristalicen y se rompan.

Que cien deficientes mentales violen y preñen a sus hijas, que sus hijos no puedan cagar sin rechinar los dientes por el dolor.

Primates míos, adoro a vuestros hijos porque son y serán fuente de vuestro dolor.

Que tosan su vida entre sangre y mocos, que el café de las mañas se haga asfalto. Amargo como la hiel.

Que su vida sea el infierno y yo lo vea.

Que los fantasmas de la noche les arranquen las uñas.

Primates míos, morid sin cariño ni consuelo, sabiendo que todo lo que desciende o viene de vosotros, será aniquilado. No habrá ni un solo gen vuestro en toda la capa de la tierra.

Que sufran en las noches ante un futuro de sed y sequía, que solo se cumplan sus más podridos sueños.

Que hablen los muertos sus penas en una letanía eterna y cansina en sus oídos.

Que el llanto de la desgracia sea el sonido de sus noches.

Primates mías, abrid las piernas, que vuestra menstruación sea el alimento de vuestros hijos. Y el mío.

Que sus sueños sean mortales y les llenen la piel de bultos y sus cerebros se ahoguen en sangre.

Que sus perros se mueran encogiendo los belfos de dolor, lanzando locas dentelladas al aire.

Primates míos, venid a mi comunión: ¿Quién será el primero que beba mi semen negro?

Los pájaros vuelan haciendo el picado de la muerte.

Están tan vacíos de vida como corrupto es Su pensamiento.

Que se mueran, que se mueran los ponzoñosos amantes el uno en los brazos del otro, antes de que sus labios puedan rozarse, antes que puedan darse los ansiados besos.

Que se mueran y se pudran.

Perdida la gracia de la divinidad del Dios cabrón, que irrumpan vuestros odiados seres en la inhóspita vereda de un bosque negro como boca de apestado; donde el coro de los niños cantores muertos, lanzan serpentinas de intestinos humanos llenos de mierda a los que inician su viaje al dolor eterno.

El camino al calvario está lleno de cristales rotos, una pendiente por la que sus hijos se dejan caer sajando su abdomen y dejando resbaladizos restos de sí mismos.

Mirad las sonrisas que se abren en sus vientres, es la gracia de mi Señor Oscuro.

Es hora de sufrir… Más.

Deseo cada noche vuestra plena de sufrimientos, hasta que pidáis muerte como el hambriento pide pan.

Os espera la aterradora nada. No es liberadora, es el tormento definitivo, la suma de los miedos de toda la humanidad.

Soñaréis todas las muertes y todos los dolores. Los cigarros se hacen hierros al rojo en los labios.

No seréis privados del miedo.

Os arrancaréis los ojos para no ver y las cuerdas vocales con garfios para no gritar; porque sentiréis terror de vuestros propios alaridos.

Yo te prometo, odiado mío, que a tu mujer le haré tanto daño en el ano, que morderá sus propios dedos y se los arrancará. Con sus muñones ensangrentados se hará el orgasmo más grande que en su vida hubiera podido imaginar.

Malditos trasgos y duendes de la noche, que portan agujas afiladas en los meatos de sus penes y el dolor los enloquece como a los animales rabiosos.

Pequeños trasgos que hieden a muerte y animal podrido. Acompañarán los sueños de vuestros niños.

Y malditos vuestros bebés que yacen lívidos y congestionados de sangre en sus cunas, con los puñitos cerrados.

¿Quién dijo que algo o alguien podía estar a salvo del dolor y la muerte?

Es hora de sufrir, los que disfrutáis de riqueza y los que sois pobres.

Los que sois bondadosos y los que sois idiotas.

Pudríos, primates, si podéis. Porque de sufrir no os libráis.

Éste es mi deseo, que le ruego a mi Señor Oscuro.

Recitad esto hasta que sangréis por los ojos y las encías, y se cumplirá.

No lo dudéis.

Es hora de sufrir de pagar el tributo de sangre por vuestra existencia apestosa.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

No hay drama en la soledad, solo descanso y serenidad.

Soledad no es un país o un lugar, es mi pensamiento sabio que todo lo sabe.

La vida se tuerce sola y lo único recto en mi horizonte es mi pene, directo y firme. Animal sin raciocinio pegado a mí. Me da placer cuando orino y cuando eyaculo.

No pide nada, solo usa la sangre que compartimos.

No quiere saber nada del cerebro, mi polla es una buena compañía. Sin complicaciones.

No os habréis fijado bien, porque lo bueno acabó apenas comenzó. Hay que ser observador: el cáncer y todos los males se activan con el nacimiento, al igual que la muerte.

Mi vida no solo se tuerce, se rompe.

Y mientras se desarrollan los embriones de las enfermedades, las desgracias, la pobreza y los desamores; la peña se cree que es feliz a pesar de la planicie de su vida. Les han enseñado que la ausencia de males y desgracias, es felicidad. Y mejor que lo crean, porque de lo contrario, se deberían suicidar.

Plano es el electrocardiograma de los que están muertos. Lo plano es inactividad, con optimismo podría ser una alucinación que hace pensar que se vive.

La humana mediocridad diaria es el súmmum de lo que obtendrán. Si acaso, sueñan con viajes en los que no conocerán nada.

Somos el reflejo de la vida en el planeta, una mecha chispeante y rápida.

Y todo lo que tocamos, sentimos, y amamos u odiamos está acorde con ello.

Follar son solo unos segundos entre tantos años de mierda.

Hay fetos que sirven de comida a las ratas y las ratas no aportan beneficio alguno. No le veo la gracia. Solo  tiene moraleja: no existe justicia alguna para los que sufren y aún no ha hecho más que comenzar el tormento.

Durará mucho más que un millón de putas mechas.

Los humanos tenemos una imaginación que no lo es, simplemente nacemos locos.

Alucinando…

Lo único que me mantiene en la realidad, lo único tangible es el semen entre mis dedos.

Y es gris…

El semen entre los dedos es placer, no reproducción. Aunque el planeta necesitara una gota de mi leche para seguir con la especie humana, la tiraría por el inodoro.

No es por misantropía, simplemente protejo la soledad, que es lo único real junto con el semen y la tos que me produce el tabaco.

Hay cosas buenas a pesar de todo, aunque duren eso: un puto cigarrillo.

Es algo que todos lo saben…

Porque… ¿lo sabéis verdad?

Tampoco es la cochina novedad del día, simplemente la locura a veces provoca idiocia y eso impide pasar un rato real con el semen entre los dedos, hasta que se seca.

Hasta que evapora.

Auto-ordeñarse no es malo ni bueno, solo necesario.

No puede hacer daño.

Iconoclasta

Un tipo camina lentamente mirando el suelo y lo que no hay en él. Un tamalero pedaleando en su triciclo amarillo con sombrilla azul, parece luchar contra la monocromía de la calle de gris asfalto roto, paredes despintadas y charcos eternos de agua que hacen espejo para las nubes de plomo. Se detiene junto al hombre que refleja en su rostro la gama de grises del mundo y el cielo.

-Buenos días, mi jefe. Tengo ricos tamales de rajas de pena y asco, con dolores pulsantes en las sienes.
– ¿Y para qué quiero eso? No tengo esposa a quien regalárselo para el desayuno. Es que me meo…
-Es mejor que esa indiferencia que le pesa en los hombros, güero. El dolor y la pena dan intensidad y color a la vida, es mejor lo malo que la nada.
-Ya he tenido de todo eso, tamalero. Me ha costado mucho tiempo y desengaños ser neutro. Me va bien la vida con la indiferencia, me gusta más. Yo elijo.
-Cómpreme aunque sea uno de frustración con salsa roja, es el último que me queda.
-No. No me apetece, ya he tenido bastantes emociones a lo largo de mi vida. Soy mayor. Sé lo que digo y tú no tienes ni puta idea de nada.
– ¡Qué triste acabar así!
-Mira tamalero, lo triste es amasar cada día toda esa basura para hacer alimento con ella. No sigas convenciéndote de que la mierda es buena. Has fracasado y de ello haces un manjar, no tienes nada que contar más que la vulgaridad tuya de cada día.
-Es usted muy duro hablando, mi jefe, se nota que no es de aquí. ¿De dónde viene?
-Ni lo sé, ni me importa.
– Está bien, güerito, me tendré que comer este tamal y además solo.
-Tampoco me importa, tamalero. Cuando tengas de mole dulce, mi indiferencia y yo te compraremos uno en torta.
– ¡Ándele, mi jefe!
-Vete a la mierda con tus penosos tamales, falso romántico.
-Si es que un pesito cuesta mucho de ganar y quería vender antes los que se pasan más pronto. Todas las emociones mueren rápidas. Tengo uno de mole como a usted le gusta.
-Pues dámelo y déjame en paz.
-Parece que va a llover, mi jefe.
-Me suda la polla, los hay que van a morir y no importa.
-Tenga… ¿Quiere un vasito de atole?
– ¿También está hecho con penas de mierda?
-No, mi jefe, es puro maíz endulzado con piloncillo, leche y cacao. Si le digo la verdad, como el atole lo hago yo, no quiero mancharme las manos con dolores; porque de alegrías apenas hay ingredientes y van muy caros. Es mi mujer la que hace los tamales y el champurrado, que está aromatizado con enfermedad y pobreza.
-Dame un vaso; pero es que tomar maíz con maíz es lo mismo que hacerse una torta rellena de torta.
-Tiene razón, pero es barato… Acá entre nos, güero: la vida no es intensa, es siempre más de lo mismo. Tamal tras tamal, atole tras atole. Voy aprendiendo, mi jefe. Lo del dolor y la pena es pura publicidad, no le voy a engañar.
-Es tan gris este atole como yo me pensaba, precioso. No me gustan los colores banales. Me largo, no tengo nada que hacer y no quiero estar aquí más tiempo.
-Adiós, mi jefe. Cuando sea viejo, quiero ser como usted.
– ¿Y qué importa? Tal vez mueras antes.
-Estamos muertos los dos, mi jefe.
-Lo sé, está bien. Adiós.

Iconoclasta

-Nunca he comprado muertes, jefe.
-Pues sería bueno de probar.
-¿Son muy caras?
-Es un producto barato
hay mucha muerte, cliente.
La encarece la manufactura:
pringa mucho la piel
es tocarla y estremecer.
-No importa, morir no es caro
ni barato. Es decoro.
Me da vergüenza la vida.
-No mata, cliente
es un placer al dente.
Una exquisitez.
-Entonces erré
no quiero delicatessens
que no maten, que no acaben.
Es confuso el nombre
de su lúgubre comercio.
-Pruébela, siempre sorprende
el sabor a muerte prende
es vicio.
Es grata al paladar si
no es la muerte propia.
-Esa muerte tan negra…
La que gotea alquitrán
en el pedestal de la vida…
-Es añeja, alguien sufrió.
Alguien nació prácticamente
muerto.
Muerto, muerto, muerto…
-Debe ser fuerte, picante.
Desmoralizante tanta solera.
-No, cliente mío.
Es tan madura que dulce sabe.
La muerte es miel cuando
de sufrir la vida es el juego.
-¿Y cómo la cocino?
-Hiérvala diez minutos nada más,
en caldo de pollo
sazonada con romero y pena.
Y deje que enfríe.
Luego unos picatostes
como gazpacho de vida
para que suene la muerte
para que cruja
en el paladar y de alegría
a lo negro.
Y diga mierda como brindis.
-¿Me moriré?
-Solo nos mata nuestra
muerte nuestra.
Nuestra, nuestra, nuestra…
-La gente es supersticiosa, cliente.
Algo caprichosa, no saben
que solo nuestra muerte nos acaba.
La muerte ajena es vida
para los demás.
Una alegría para algunos,
si me permite la chanza.
– ¡Qué contradicción!
Filósofo charcutero de muerte
que das vida.
Cortas con guadaña.
-Tiene un gran humor
cliente mío,
más no es contradicción
cuanta más muerte
más espacio, más aire.
-No quisiera morir y favorecer
a quien no es de menester.
-Pues así es;
más no os desaniméis.
Habéis robado espacio
y aire a otros.
Hay un equilibrio.
Equilibrio, equilibrio, equilibrio…
– ¿Y qué me dice de la muerte tierna?
Es casi blanca, una sábana
de recién nacido.
-Es un bouquet muy refinado,
se debe haber comido
mucha muerte mucha
mucha, mucha, mucha…
para encontrarle agrado.
La más amarga de todas.
-Es curioso, cliente mío
que la muerte más tierna
sea la más recia al paladar.
Contradicciones vitae, amigo mío.
-No tengo tiempo para
apreciar muertes,
yo solo buscaba medio kilo
para echármela encima.
La vida me harta.
-Viva un poco más
para probar la muerte.
¿Le gustan las paradojas?
Bromas de buen gusto…
No puede hacer daño,
cliente mío.
-Tengo muerte seca,
pasa bien con un
negro vino divino.
Es tasajo de hombre
quemado al sol,
seco de trabajo
de venas plenas
de sangre en polvo.
Tiene el sabor de
las olivas amargas,
está tostada
sabe rica con ajo
y un poco de perejil fresco.
Más buena que papa frita.
Más buena que la vida
de muchos de cientos.
-Deme un cuarto
y luego veré.
-Aquí tiene, cliente mío.
-Gracias charcutero con guadaña.
-Qué gracioso es, amigo mío.

-Buenos días, charcutero
de muertes muchas.
Quiero más muerte,
la seca me la comí
apenas sin sentir.
-Buenos días, cliente mío.
Ya no tengo más
hasta el martes
a más tardar.
-Siempre se acaba
demasiado pronto lo bueno.
Es hora de morir,
no se preocupe, no es por su muerte
es por mi vida.
-Yo le ayudo, cliente mío,
es lo menos que puedo hacer.
– ¡Era verdad, mi charcutero
del horror!
¡Corta con guadaña!
– ¡Ay cliente mío!
¿Cómo lo sabía?
No me haga reír más,
una guadaña corta sin esfuerzo
y es sanguinariamente romántica.
-No lo sabía, cruel charcutero
siempre he tenido suerte
para acertar lo que duele
y lo que acaba.
-Adiós, cliente mío,
muera usted por fin.
-Gracias charcutero de muertes,
me llevo el buen sabor
a muerte seca.

-Buenos días, charcutero.
-Buenos días clienta mía.
-Este es mi hijo, lo que parí
lo que amo.
-Es un niño hermoso
a pesar de ser calvo.
-No es calvo, señor charcutero,
se lo come el cáncer
tal vez mañana muera.
Y quiero que antes
que la muerte se lo coma,
él muerda la muerte.
– ¿Tiene dulce muerte para él?
Negro charcutero negro.
Negro, negro, negro…
Estamos cansados de lo amargo.
-Toma pequeño que vas a morir,
ésta es muerte añeja
la más dulce, la más esperada.
Es un regalo.
-Gracias charcutero mortal,
gracias por esa negra muerte
que chorrea ahora dulce
por su boca llagada.
Te lo agradezco.
-Clienta mía, cuando
tu hijo muera mañana
ven a verme y te arrancaré
el dolor, la vida, el aire lleno de púas.
Lo haré gratis.
-Vendré mi amigo charcutero,
te lo juro.
-Adiós, que mueras feliz,
pequeño cliente mío.
Dame un abrazo.
-Adiós señor.

Iconoclasta

Nada es perfecto, ni siquiera la enfermedad.

En una pata podrida lo lógico sería que también los nervios estuvieran llenos de gusanos.

No es así y el dolor va al cerebro pasando previamente por los cojones.

Menuda novedad…

A veces lo podrido se cae, y con ello todos esos putos nervios vivos.

Eso espero; pero parece que no se desprende nunca, que no hay consuelo.

Es mejor ponerse en movimiento e irse, huir de los lugares ya monótonos y sin esperanza para conocer otros diferentes y distraer este dolor chirriante de una rodilla infecta.

Pero creo que el error es la pierna, y ya me he cansado de llevar esta mierda colgando de mí.

Un hachazo y que el miembro fantasma haga de las suyas: doler de la nada; pero lo hará sin corrupciones. Es un desahogo, es bueno.

Aunque sigue sin ser perfecto.

Es que no me gusta el dolor, soy alérgico.

A mí me gusta que me la chupen.

Y a pesar de todo, aprieto el cinturón hasta que pienso que no puede circular más sangre por ahí.

Muerto el perro se acabó la rabia.

Y la morfina es una diosa que me acaricia los huevos para acabar masajeando mi glande.

Porque los nervios que recorren un cáncer y una carne tumefacta lo pudren todo: el pensamiento, el semen y el amor si alguna vez lo hubo.

El dolor te hace cobarde e insoportable a ojos de cualquiera. E incómodo, porque una pierna negra es una avance de la muerte, de lo corrupto, de lo finito.

Está tan negra como el amor…

Bueno, el amor no duele cuando se pudre, ya tengo bastante con la pierna.

Y si he de ser sincero, a estas alturas del dolor, me importa una mierda el amor.

Las mentiras siempre han sido una constante, para la esperanza de la pata podrida, para el amor y el cariño. Pero se está bien entre ellas, lo malo son las verdades que no es necesario conocer si no aportan un mínimo de comodidad.

La verdad emerge como una repugnante y tóxica medusa quieras o no.

Voy a vomitar…

Cuando se observa bien al cojo, resulta antipático, porque el dolor a veces tuerce sus sonrisas y follar no es del todo cómodo y placentero con una pierna-mierda.

Hay que tener cierta agilidad para disfrutar de una buena follada.

Aburre a cualquiera ser jodida y joder con una pierna así; más que nada porque es difícil mantener la hipocresía de una sonrisa o amor ante quien vive la miseria de la podrida carne.

Aunque esos nervios operativos de la carne casi corrupta, no son solo los responsables. Tal vez hagan de antena y capten las ondas de falsedad que los rodean.

Tal vez mi podredumbre y yo, somos receptivos a la mierda.

El hastío, el aburrimiento, los errores, las mentiras, el amor falso… Todo eso sube por los nervios aún vivos de la pata podrida y lo empeora todo.

Hay que romper con ello…

Ya habrá tiempo para una buena mamada después, hay mujeres que disfrutan con los muñones, con el fetichismo de la ortopedia. Aún puedo follar y pagar.

Tal vez me debería haber tatuado un corazón (para que hubieran creído que he llegado a creer en el amor), una tarta de cumpleaños (por aquello de la diversión) y un beso tan de plástico que nadie creería en él (por un asunto de provocación y esas cosas de escritor).

Mejor no la adorno, además, la estoy cortando y ya no tendría gracia.

Cuando me deshaga de esta pata asquerosa, lo demás se convertirá en una pesadilla más, en unos errores cuya vergüenza se diluirá con el tiempo, o tal vez con el resto de mis tejidos en un ataúd.

Si algo aprendí es a inyectarme; es lo más fácil de todo y la morfina hasta me hace reír cuando corto la carne. Es una buena risa, sincera, aunque no es perfecta tampoco: le falta cordura.

Cortar el hueso es un poco más penoso, se me han partido ya tres hojas de sierra y me cago en la virgen.

He tenido que caminar con la pata arrastrando para encontrar otro cinturón con el que frenar la sangre.

No hay nada fácil.

No hay nada perfecto.

El mendigo que rebusca en las basuras apenas hace caso de la pernera de mi pantalón chorreando sangre cuando me acerco dando saltitos sobre la pierna sana, ayudado de mi bastón con mango de plastimierda.

—¿Va a tirar esta pierna aquí?

La llevo bajo el sobaco, como quien lleva una barra de pan. Pesa mucho lo podrido, y sudo.

—Está podrida, ya no la quiero.

—No es lugar para tirar estas cosas. Las ratas lo infestan todo.

—Tampoco pedí nacer y aquí estoy de mierda. Métetela en el culo si no te gusta —le respondo muriendo un poco.

No sé en qué momento siento frío y debilidad, no sé si he caído o el mundo ha girado noventa grados a la derecha. El puto mendigo me ha tirado la pierna encima con desprecio.

Y a mí me suda la polla, ya no duele y por fin estoy solo y no mal acompañado.

Me río como un deficiente mental, seguramente por la morfina, cosa que me parece bien.

Seguramente porque me importa una mierda morir.

Los hombres con un par de cojones, no lloran. Y que yo sepa, no me los he cortado.

No es perfecto nada lo ha sido en la vida; pero este momento se asemeja a un buen sueño.

Iconoclasta

Han temblado las paredes, he oído como se ha rasgado la tierra y hay llantos de seres humanos ahí fuera, en la calle. El dolor y la desgracia siempre son de agradecer porque rompen lo plano. Aunque me joda.

Me levanto del sillón en el que me encontraba envuelto de oscuridad, la radio no emite música, los teléfonos no funcionan. No importa, no me apetece escuchar música ni llamar a nadie. Entre las lamas de la persiana descolgada entran rayos de sol hiriente que revelan el polvo del aire. Son horripilantes los días de sol deslumbrante, me molestan los ojos y me hacen arder la piel. Si ha ocurrido una catástrofe, encuentro que sería más adecuado un día gris, tormentas de rayos, toneladas de agua limpiando el polvo y la miseria que ha quedado…

Hay quien se siente confortado si algo le es familiar. Yo me siento desgraciado: “¡Oh no…! ¡Otra vez!”.

Irritado, peligrosamente herido…

Hay tanto tiempo vivido y tanto espacio, que me pudre volver a vivir lo mismo o algo parecido.

Carece de gracia repetir.

Los terremotos son novedosos siempre. Mi casa no se ha caído, he salido por mi propio pie; pero me ha interrumpido la lectura que me lleva al sopor de mediodía. Es surrealista que en un momento vulgar, ocurra algo así. Ya es casi la hora de comer, aunque pocos tienen ganas de hacerlo. Son las trece cuarenta y tres de un día diferente.

A veces la vida sorprende.

Los hijos muertos no son populares, no me gustaría saber de ellos. Hay cosas con las que soy flexible y me conformo con la monotonía. Pienso en hijos muertos porque hay padres llorando con trozos de ellos entre las manos, observan con incredulidad sus pequeños miembros sucios en los escombros de las casas.

Cuando acabo de follar me pongo en pie con el pene aún duro, aún vibrante. Y caen gotas de semen en mis pies. Son pequeñas moléculas, pequeñas suciedades que no me importan. No me limpio, dejo que se sequen mientras fumo, sintiendo-gozando la relajación del pene que se torna lacio sin que yo intervenga.

A veces me dejo llevar por el destino relajadamente. Como ahora, que tras el terremoto, me dejo invadir de pensamientos y obscenos dolores, patéticas muertes…

Un hijo mío nació por este proceso de follar.

Yo no quise, sucedió. El semen, una partícula, se enquistó en unas entrañas femeninas y se desarrolló mi hijo.

Es extraño que algo tan diferente y más valioso que yo, haya salido de mi polla.

Fumé con el vello del pubis apelmazado de semen sin imaginar que mientras tanto, algo corría por una vagina extenuada.

Siempre fumo, me gusta. Tener hijos es algo accidental, un problema más a resolver.

Tal vez follo para luego fumar. Soy raro y eso me consuela.

Soy impúdico y me niego a sentirme a gusto en un planeta que me ha sido impuesto.

Si existieran odiadores desapasionados profesionales, yo sería uno.

Lo acepto de buena gana.

Nací sin empatía, ni siquiera mi muerte me inquieta.

No puedo dejar de pensar que si mi hijo fue una cosa hermosa, se debe a la naturaleza y su instinto de conservación globlal: de algún modo se debe evitar que nazca algo como yo de nuevo. Mi genética es una aberración sin futuro en ninguna generación.

Mis vibraciones son potentes, cualquiera que no sea demasiado idiota, se dará cuenta de que no soy alguien a quien apreciar.

La tierra ha temblado, a lo mejor es por mí. Soy vanidoso.

Mi hijo se dio cuenta de lo que soy hace tiempo. Es feliz ahora que no estoy cerca de él.

Todo el mundo conoce o vuelve a revivir la felicidad cuando me alejo de sus vidas.

Yo no tengo la culpa; la mierda huele, el filo corta y a mí me parieron así.

Debería cabalgar a lomos de un caballo con el vientre abierto con una guadaña en mis manos. Con una capucha negra protegiéndome del infecto sol.

Me alegro de que los demás sean felices sin mí. Es algo que me libera.

Que nutre mi orgullo, mi vanidad.

Un perro sin patas se cuece al sol sin que nadie lo aparte, sin que nadie lo cobije en la sombra. Estaba ahí antes del terremoto, pero no ha tenido suerte de morir, aunque yo diría que se le ve feliz.

¿Por qué vive un ser tan desvalido? Me entristece que sea feliz, que agite su rabo mientras el sol lo seca, lo deseca. Quiere vivir como sea.

Lo mata. Puto sol creado por un puto dios…

Tal vez yo no quiera morir, tal vez camino entre las ruinas y el olor a muerto buscando otro planeta; con otros seres tendría oportunidades de ser feliz. Aunque lo dudo, me conformaría con no sentirme un muñeco al que levantan un brazo y siempre dice lo mismo, sin esperanza de levantar el otro. Sin esperanza, siquiera, de sangrar.

Un hombre ha caído en la sima que ha abierto el terremoto en la calzada y la tierra se ha vuelto a cerrar a la altura de su estómago antes de que pudiera salir.

—No estires —le dice con apenas un hilo de voz a un joven que pretende sacarlo tirando de sus manos—. No quiero ver lo que queda de mí, no quiero saber en qué me he convertido. No sé si aún estará el resto pegado a mí. Es humillante.

Cojones, no sé porque; pero siento ganas de bendecirlo. No lo pienso hacer, lo que está mal, mal se queda. Como yo también.

He visto un pez con las aletas cortadas caer al fondo del mar, con los ojos muy abiertos por el miedo, dejando una estela de sangre. Sus agallas trabajaban rápidas, asustadas.

La muerte se refleja en los ojos de los seres por muy fríos que sean. Por mucha sangre fría que tengan.

Es inmoral verse mutilado. Sonrío al hombre sin piernas, tiene razón.

—No fume usted —me dice escupiendo sangre viendo como enciendo mi cigarrillo—, ya es mayor para eso, los pulmones deberían descansar.

—Soy viejo para todo. Mi semen se enfría mucho más rápidamente que cuando era joven. Son detalles sintomáticos —le respondo con pocas ganas, ya más tranquilo con el humo en mis pulmones.

Con la mierda y el polvo en suspensión que hay a mi alrededor no puedo hacer nada para mejorar mi calidad de vida. No es un buen momento para dejar de fumar. Nunca lo es.

—A mí me pasa con la sangre, mire que fría está. Soy más joven que usted y me voy a morir antes. No es justo.

A mí no me parece justo ni injusto, simplemente es una cuestión de suerte que nada tiene que ver la divina providencia de san Indio, la mejor cerveza del mundo. No respondo a su delirio de agonía. No sé si dice tonterías porque muere o toda su vida ha sido así.

Mi gata aparece con un polluelo en la boca. Pía aterrorizado sin que ella se sienta aludida. Lo deja frente al hombre aleteando herido y lame sus manos ensangrentadas.

— ¿Es suya? ¡Qué cariñosa es! —habla con un rictus de dolor. Le queda muy poco que decir, a pesar de ello sonríe. Yo no.

—Está muy delgada. Suerte —me despido.

La gata me sigue y se enreda entre mis piernas para jugar. Me araña el tobillo sin pretenderlo y pienso que no es nada comparado con tener medio tronco amputado.

La vida es una mierda, padre murió sin darme tiempo a decirle una palabra y con este extraño he mantenido toda una conversación filosófica. Mierda para Dios.

Hablar con extraños siempre me ha parecido una tarea tediosa, penosa.

Mi caballo come de una bolsa de basura en una de las esquinas de la calle y una rata sarnosa roe la tripa que le cuelga. Se ha destripado al pasar por encima de las planchas metálicas del techo de una casa que se ha tragado la tierra al temblar.

Algo extraño, algo anómalo me tiene que ocurrir, no son habituales estas situaciones.

El caballo me huele y alza la cabeza mirándome con sus ojos ciegos, están blancos como pelotas de golf. Es un toque de color en un pelaje negro. En su quijada sostiene el torso de un bebé parcialmente devorado. Pobre caballo, no sabe lo que come.

La gata se arquea y su pelaje se eriza. Nunca le ha gustado ese caballo que no es mío; pero si lo reconozco como tal, por algo será. Los terremotos derriban también los muros de las mentes y rasgan la realidad, el coraje y la cordura.

Estar loco es bueno, rompe cualquier asomo de repetición.

Me gusta, me enternece la valentía de mi gata; ella cree que puede contra todo. Como yo de pequeño.

El caballo se encabrita y con una pezuña trasera aplasta a la rata que se alimenta de su miseria. Hay tanto sol, tanto calor…Y polvo que flota como una enfermedad en el aire, densa y tangible. Identificable como la muerte en un corazón roto.

El torso del bebé ha caído de la quijada que lo devoraba, sus ojos vacíos me miran acostado de lado en una bolsa de basura blanca. No tiene labios y me sonríe muertecito.

No voy a subir a mi caballo, no me gusta. Me incomoda, parece peligroso.

Estoy de acuerdo con la gata, si pudiera me arquearía y si tuviera pelaje, lo erizaría.

Aunque tengo rabo no es elegante una erección hostil en un día de destrucción masiva. Mejor pensado: no es higiénico.

Estoy cansado y aburrido de que interfieran en mi vida los demás a pesar de mi falta de empatía. Yo no tengo la culpa de que me hayan parido así. Si yo he tenido que soportarlos, otros tendrán que soportarme. Que se jodan.

Me sobreviene una arcada al pasar frente a un edificio derribado, se oyen voces entre las ruinas pidiendo ayuda; pero sobre todo, sube el hedor a sangre y carne que se calienta. Es un olor particular, aunque no se haya olido jamás, se identifica claramente como la muerte.

El caballo me sigue lentamente, con los belfos encogidos mostrando sus dientes con ira, arrastrando la tripa por el suelo. Y por alguna razón que no entiendo, caga también a pesar de su intestino destrozado.

Me interno en una estrecha calle que está extrañamente en sombras, todas las casas se han caído, no es lógico, debería llegar el sol. Mi olfato se ha saturado tanto de muerte que ya no siento náuseas. El calor se ha esfumado y me siento bien.

El caballo se acerca y con su hocico agita mi mano buscando una caricia. La gata está subida encima de la cabeza de una mujer muerta y maúlla también exigiendo su cariño.

Acaricio los ollares de mi caballo y me acerco hasta mi gata que cierra los ojos al sentir la caricia de mi mano.

Todo está bien, y la muerta no huele.

Elevo la vista al cielo para agradecer el frescor; es una pared gris como el plomo. Más allá, en la calle central de donde vengo, el sol arranca espejismos del suelo, lo hace hervir.

Espejismos de vapores de muerte… Reflejos del dolor…

La estrecha calle es larga como el infinito, como una Vía Láctea de escombros y destrucción, no hay peligro, no hay calor, no hay muerte, ni hedor.

Me agacho y meto la tripa podrida del caballo en el vientre para que no la arrastre, para que no se haga más daño si no es necesario. La gata trepa a mi regazo y avanzamos lentamente.

Los cascos del animal pisan muertos, ropas sin cuerpos, cepillos de dientes y fotografías.

Siento que la humanidad no merece perdón, una corriente de aire que da paz a mis ojos secos, me da la razón. El planeta está de acuerdo conmigo.

Una pequeña figura avanza hacia nosotros. A medida que nos acercamos, se define su rostro delgado y anguloso, su cabello rizado y oscuro, sus pechos libres bajo un vestido de gasa blanca. Los ojos son oscuros y brillantes… Sus pechos se agitan con cada paso.

Me apeo del caballo, la gata salta a unos escalones rotos, sus pupilas están dilatas absorbiendo toda la luz posible observando la figura que se acerca, ronronea plácidamente.

La mujer ha llegado hasta mí.

—Amado Jesús, cuanto tiempo, mi amor. Te extrañado cientos y cientos de años —dice mirándome con intensidad.

La amé en algún momento, lo sé, me lo dice cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

—No lo sabía, no sé si esto es realidad, tal vez duermo —le respondo confuso.

Se arrodilla ante mí, saca mi pene del pantalón y se lo lleva a la boca. Sus rodillas sangran porque se asientan en escombros de azulejos cortantes.

El caballo escarba con su pezuña delantera y muerde una mano gris de uñas sucias y piel herida que ha hecho emerger de la miseria.

Mi vientre se tensa ante la succión de María Magdalena. La recuerdo…

Parece que me arranca la polla, que me arranca la piel de hombre y me convierte en Dios.

Recuerdo mi semen corriendo por sus muslos poco antes de mi crucifixión y ahora son sus labios los que rezuman mi leche. Sus pechos se han mojado.

Acaricio y beso sus labios, trago mi propio semen.

Entre la masa de cielo gris, veo la silueta de mi padre, de Dios. Me espía inquieto, teme mi juicio. Teme mi despertar de la conciencia.

Soy mi propia revelación.

—No hay premio ni redención para ellos, María. No es necesario que venga la Bestia, no habrá lucha entre el bien y el mal. Porque todo es mal. Porque aún recuerdo los clavos en mi carne y no quiero perdonar. Mi padre se equivocó, el viejo no supo hacerlo bien, es hora de acabar con su gran obra.

—Lo sé, mi amor. Dios ha estado llorando porque sabía que su hijo no tendría compasión de sus creaciones.

Abrazo a María Magdalena, la beso con un ansia milenaria y lamo sus pezones erectos en esta estepa del caos y la muerte.

El planeta sigue crujiendo, sus entrañas se abren como el vientre de mi caballo, la muerte no ha hecho más que comenzar, el terremoto solo es un preludio.

—Sube, mi amor. Sigamos condenando, sigamos disfrutando del dolor de las creaciones de mi bastardo padre; como ellos disfrutaron con nuestra separación. Con mi tortura y muerte —le digo al tiempo que monto mi caballo.

Alza su mano y la subo delante de mí, entre mis piernas; para follarla ante la muerte de los idiotas, de los falsos, de los cobardes. Para amarla con la misma fuerza con la que deseo condenar a todo hombre, mujer y niño.

¿No querían juicio final? Ha llegado por fin. Que se jodan como yo me jodí. Como me jodieron ellos y mi padre.

La gata ha clavado sus uñas en la grupa del caballo para no caer, para no separarse de nosotros. El caballo ama el dolor, eso es todo, se jacta de ser valiente.

Llega un gemido desde lo lejos. Es un ladrido débil a la entrada de la calle, en la frontera con el sol y la penumbra. Es el perro sin patas que se arrastra como un gusano hasta la calle de la condenación.

—A ti te perdono, perro —musito en un idioma que no creía ya recordar.

A lo lejos, el perro parece crecer, sus patas se han desarrollado y se dirige a la carrera hacia nosotros, contento; tanto como cuando no tenía patas.

— ¿Cómo vas a llamar a tu primer milagro tras tu segunda venida? —pregunta María Magdalena, que intuyo, sonríe con picardía.

—Le voy a llamar Yahveh, aunque no le guste.

Mi hermosa y amada María lanza una carcajada y toma mis manos con las suyas para que abrace su cintura con fuerza.

Esta vez el juicio es correcto y los malos sufrirán su castigo, sin que ningún inocente muera por ellos.

Todo fue un error y yo no moriré otra vez en vano.

Sonrío por primera vez en más de dos mil años.

Iconoclasta