Donde vivo, hay una calle: El Carrer Perdut (la calle perdida, en catalán). Durante una epidemia de peste en el siglo XVII, se tapiaron los dos extremos de la calle para matar de hambre y peste a los enfermos y evitar más contagios. Y así estuvo cerrada por mucho tiempo, con los cadáveres pudriéndose hasta que se dieron cuenta de que aquella calle y los que vivieron en ella, se perdieron en la memoria. Alardean de que Ripoll es el bressòl de Cataluña (España), o sea la cuna; donde se fundó. No es de extrañar por su tradición que, el presidente de Cataluña (un tal Torra) y otros “valientes” y aguerridos catalanes de pura casta y sangre más pura y privilegiada aún, intente hacer lo mismo con algunas ciudades catalanas especialmente castigadas por la epidemia, y con sus propios paisanos para evitar más contagios de coronavirus. Porque ya se sabe que, muerto el perro se acabó la rabia. Es solo un ejemplo de vileza y ruindad humana, porque en el otro extremo de España, en el sur, Cádiz más concretamente; están dispuestos, y lo han intentado de corazón, matar a pedradas a los enfermos. Da igual que seas catalán, andaluz, belga, inglés, alemán, mexicano, judío o moro. La vileza es la marca de la raza humana, se extiende por todo el planeta en todas las direcciones. Junto con las estafas y mentiras del poder, la ruindad y la envidia es lo más global que existe. Esa basura que predican los seres celestiales que están de incógnito en la tierra (de ahí que no veamos sus putas alas) de la solidaridad como virtud del ser humano en malos tiempos; es una falacia populista y repugnantemente sensiblera. Un insulto a mi inteligencia y sabiduría. Los hijoputas que asesinaron hace siglos a sus vecinos en Ripoll y los actuales hijoputas que intentan matar a pedradas a los enfermos en Cádiz; son solo una pequeña y anecdótica muestra de toda la podredumbre que hay en las granjas humanas, en las ciudades y pueblos del planeta. Yo apuesto por que el coronavirus se convierta en una herramienta de extinción y el virus mate lo que deba morir de una vez por todas. Que use el tiempo que sea necesario y que llegue también a exterminar a gente muy importante del mundo de la política, la economía y sociedad. Eso ayudaría a pasar con mejor humor la puta cuarentena de mierda. Porque al igual que pasa con los perros y la rabia; muertos los cerdos, se acabó la peste porcina.
Una. Reflexión de un astronauta flotante en el espacio, su nave ha estallado cuando arreglaba una atomium-bujía del carburador trónico. Respecto al mensaje de alerta de la falta de aire en su traje: “¿Para qué cojones quiero dos minutos de aire en mitad de la nada. Ahora necesito una mamada. Y veinte rollos de papel para el culo.”.
Dos. En el 2094 (como asegura alguna película) ni de coña se harán viajes espaciales con gente hibernada. Estarán muertos todos, no habrá nada que congelar, ni una miserable merluza empanada. Las películas de ciencia ficción rozan ya la ingenuidad pueril. Deberían adaptarse a los nuevos coronavirus.
Los lugares que sueño los reconozco emocionalmente, están impregnados de recuerdos, de mis vivencias pasadas oscuramente proyectadas en insondables penumbras. Pero sus formas y arquitectura, son absolutamente irreconocibles. Jamás estuve allí, jamás existió algo así; y sin embargo, tan familiar. Hay alegrías y tristezas secretas a las que accedo cuando ciego me topo con ellas y duelen sordamente, incluso con ternura. Pensamientos que allá se quedaron flotando para siempre. O sea, hasta que muera. Grandes espacios grises e imprecisos, nada parecido a lo que de verdad eran en la vigilia de tiempos pasados. Y el silencio… La muerte debe ser así… Desasosegantes lugares donde oscuridad y penumbra ocupan grandes volúmenes que me arrancan el aire de los pulmones con su atmósfera hostil. Su presencia es ominosa y desesperadamente adictiva. Todas ese gas de oscuridad y misterio absurdo… Grises y oscuros, hasta casi ser negros… Y estoy tan bien en ellos… Poseen una intensidad perturbadora que nada en la vigilia tiene. En mis sueños no soy consciente de la oscuridad hasta que algo se mueve en ella e intento enfocar qué es. Pienso que mis ojos están muy enfermos, que no captan luz. Y me doy cuenta al palpar un bulto, que es alguien que conozco, que conocí durante mucho tiempo. Lo observo en mi mente, pero no en mis ojos. Las palabras de la oscuridad que es persona, están perfectamente sincronizadas con la imagen que de ella recuerdo. En los lugares de mis sueños no puedo apreciar los detalles y me angustio. Sé dónde están las paredes y las cosas que fueron cotidianas en ellos, pero los colores, sus vibraciones… ¿Existen cadáveres de cosas? Como si una pena cubriera los bordes de todo. Me canso de abrir los ojos para nada, me angustio, me siento desvalido. Y está bien, ser desvalido y dejarse tragar por las penumbras, no luchar ya… En los grandes espacios oscuros y difusos, morir es dulce, morir es consuelo. Me gusta tanto la luz en la vigilia… Amo la luz con la misma medida que la oscuridad cuando la creo, cuando me oculto en ella. Pero la oscuridad de mis sueños, me oculta a mí mismo. Me difumina hasta ser nada. No veo mis manos cuando acaricio su sexo húmedo y profundo. La gente que dejé de ver hace años, en los lugares de espacios penumbrosos tienen conmigo la familiaridad del día anterior. No quiero preocuparles diciéndoles los muchos años que han pasado. Los aprecio así como eran. De hecho, no tengo ningún interés en saber como son ahora. Un compañero habla conmigo, trabajamos en un tejado a muchos metros del suelo que se supone que hay en esa insondable y profunda oscuridad bajo nuestros pies. Da un paso en falso y cae por un agujero por el que no podría haber pasado jamás. Y muere ante mí, antes de que sus ojos desaparezcan. Es desesperante, porque la muerte es tan rápida, es tan silenciosa… Es coloquial de una forma cruel y desinhibida. Mata a la velocidad de un saludo, de un ¡ay! Las distancias de tiempo y espacio son tan grandes en mis sueños, que cuando observo mi piel tiene el color del cemento viejo, de ese gris herrumbroso que se desmorona al mirarlo. Distancias y tiempo, que pudiera ser fueran la misma cosa, me impregnan de melancolía. De una entrañable tristeza que atraviesa mis ojos que no ven y se extiende tras ellos hasta lo más profundo del cráneo. Me despierto como de una pesadilla, con la respiración entrecortada. La tristeza continúa pulsando en mi cabeza hasta que vuelvo a fumar un cigarrillo que templa el ánimo. Tengo la impresión al despertar que aquellas personas estaban muertas y no lo sabían. Las que aún viven. Siento que pierdo algo al despertar. Ya no volveré a esos lugares oscuros de dimensiones extrañas e inabarcables. Espacios que guardan oscuridades vitales, trozos de lo que fui y sentí. Porque cada sueño es una melancolía, una precisa tristeza que no se repite nunca. Trozos de oscuridad que no puedo llevar a la realidad. Pedazos oscuros que contienen tiempos largos como vidas enteras. Hay una tragedia que se clava en el vientre en cada sueño. Despertar es volver a la mediocridad, toda aquella oscuridad triste y densa, tan intensa como el latido de un corazón se desvanece repentinamente, se rasga con la luz de la realidad. No puedes arrancar un trozo que llevarte de consuelo. Amo esa melancolía, esa tristeza misteriosa. Las temibles y grandes penumbras que me hacen especial en un mundo único. Y la tristeza va grapada siempre a otra tristeza. Pérdidas abstractas que no acabo de entender e identificar; pero que siguen presentes durante muchas horas en la vigilia. Es tan perturbador que me encuentre con ellos en un presente que es pasado. Mi pasado borroso y deforme. La ingenuidad de esas personas hacia el tiempo que aplastó y mutiló lo que éramos para crear nuevas versiones es desconcertante. La tierna ingenuidad de los que no saben y habitan mis colosales espacios oscuros… ¿Quién soy yo para preocuparlos y decirles que no existen ya? Dejaron de ser aquello. Palpo la oscuridad que se agita, hablo con un amigo que cumple años y me obsequia unas botellas de cava que sobraron en su fiesta, ya que no pude asistir. No quise ir. A veces me regalan cosas que no están enteras, les falta alguna parte, o algún elemento auxiliar que las hace patéticas e inservibles. Siento pena por ellos que no saben que regalan cosas muertas. Las botellas tienen los tapones flojos, se caen con solo tocarlas, lo de dentro no huele a nada; pero él sonríe feliz de regalármelas. Esas cosas taradas, regaladas con sincera cordialidad, me provocan una extraña y asfixiante melancolía que se extiende a mi corazón y lo masajea torpemente, robándome un latido al despertar, una inspiración de aire que no acaba de llegar a los pulmones. La he besado, abrazado y follado tantas veces… No veo su rostro y sexo en la oscuridad. La observo con el pensamiento. Y es ella, reconozco su voz, siento su amor reptar por todo mi ser. Ella plena, ella que me ama, ella que me desespera. Ella en su inmensa presencia difusa que penetra por todos los poros de mi piel y hace una realidad inquebrantable del sueño del lugar oscuro. Y me quisiera arrancar la vida a puñados cuando despierto y ella se quedó allí en los lugares que sueño; dejándome solo a mí mismo. Un día no despertaré, me quedaré para siempre en los lugares que sueño, que son míos, que son mi vida entera. Espero ese día con ilusión, mascando el hastío hacia la vigilia, ese pozo inmundo de lumínica vulgaridad y asepsia. A veces me duermo con la firme voluntad de encontrarme con ella y ese amor aplastante y extraterrenal que emana. Le digo que es una diosa; pero no imagina lo sincero que soy. Muchas veces no lo consigo y vivo con triste ansiedad los tiempos de los lugares que sueño. Y trabajo en cualquier cosa en el banco de un taller hasta que un bulto que se siente solo, se agita en la oscuridad para saludarme con alegría desde su difusa y oscura naturaleza. Era un amigo que conocí en un curso de electricidad, al que ayudé… Y otro sueño más que pierdo, otro día anodino en el que despierto. No quiero despertar y escribir esto a la luz, quiero no escribir allá, en los lugares que sueño. Quiero dejar de despertar, por favor…
Otro puto día a la basura. Otro puto día más que no ha servido para nada. Acosado por los puercos del poder y sus perros uniformados, hambrientos de carne podrida. Por los chivatos marranos que espían con sus pequeñitos cerebros, los que no tendrían que haber nacido jamás en un mundo decente y correcto. Líneas sanguíneas que deberían haber sido extinguidas y lucen a la luz llamativamente, como bestias venenosas babeando sus oraciones de mierda y sus miedos anidados en sus pequeños y pálidos genitales. Otro puto día en el que he perdido mi valioso tiempo en nada, en evitar el acoso de todos los cerdos del mundo. Me cago en Dios. Por lo demás, ha sido un día asqueroso.
¿Os habéis fijado en esas reses que caminan presurosas por las calles, como las ratas al salir de la cloaca? Con sus mascarillas y guantecitos, con la cabeza gacha para estar a salvo de alientos ajenos. Así son los delatores que venden a quien sea por conseguir un favor o para distraer su cobardía repulsiva. En todas las épocas aparecen; con la cabeza inclinada y la mirada infecta de envidia y cobardía. Llenando con sus mugrientas ambiciones y mentiras cárceles, pelotones de fusilamiento, campos de concentración y hornos crematorios. Desde sus patios, tierras, balcones y ventanas espiando quien se mueve, inquietos con su pensamiento podrido, corrupto y moral. Me encanta esa podredumbre humana, me fascina observarlos y saber que morirán con sus mascarillas y guantes entre orines e intestinos vaciados, con los pulmones hechos jirones. Es precioso… Incluso pestañeo emocionado. Qué bueno… Y como soy un tanto necrofílico, me acucia la perentoria necesidad de masturbarme ante los enmascarados y enguantados cadáveres. Me he puesto cachondo con mi gran y precisa imaginación. Gracias a mi prodigiosa mente, visiono cadáveres a trillones de megapíxeles de definición, a diez millones de putos K. Si pienso en la carne muerta de los miedosos delatores me pican las palmas de las manos y no puedo dejar de imaginar la absoluta dedicación de buitres y ratas en su diligencia eliminando mierda. ¡Cómo les gusta y disfrutan de su trabajo! No sé si yo podría comerme los ojos de esos puercos. Soy un tanto mirado con la porquería. ¡Pá correrse! ¡Hala, ahí va! Decenas de miles de hijos míos que podrían haber nacido… Pobres hijos míos deslizándoos sobre el rostro de indecentes muertos.
N.del A.: me ha faltado imaginar algún héroe francotirador cazador de enmascarados y enguantados delatores; pero nada es perfecto.
A veinticinco de marzo del año del coronavirus y vuestro señor dos mil veinte. (Era de la Cobardía, como si alguna no lo fuera)
Hablando claro: de morir no te libras. Un buen consejo y recordatorio para estas señaladas fechas de peste. Feliz muerte a todos. Por gentileza de Coordinadora de Eutanasias Dulces Sueños, de Global Corporation Coronavirus Forever.
Cuando una plataforma de películas y series televisivas como Netflix, HBO, Amazon, Filmin, etc…; pagan derechos de emisión para tenerlas en su catálogo, como por ejemplo El Exorcismo de Anna Ecklund, deben reírse pérfidamente. Con el sadismo del que sabe que hace una buena. Cuánta maldad hay en el mundo del entretenimiento streaming. Lo meten todo sin pudor, sin criba alguna, como si todo fuera paracetamol y papel de limpiarse el culo para el coronavirus.
Esto es una puta mierda, antes a los leprosos se les colocaba un cascabel y no hacía falta joder trabajos y economías que se cobrarán más muertos que el coronavirus. Los que dan positivo que caminen con una campanilla y ya está. Que cada cual guarde la distancia de profilaxis que sus genitales le dicten. Además de un relajante ambiente musical, se evitará la ruina económica y con ello el hambre y la violencia que necesaria e indudablemente matará a más gente que el virus. Ya lo dice el refrán: más cornadas da el hambre; pero no son cornadas, son cuchilladas, hachazos y tiros. Y bueno, habiendo caza, la que sea y como sea, morir de hambre no es una opción ¿verdad?
Yo no quiero, no busco que veas bondad alguna en mí, cielo. No pretendo que te enamores de mi humana generosidad. Ni la tengo, ni la quiero. Te amo. Y amarte, no me hace bueno. No sé a quien se le ocurrió pensar que amar te hace más piadoso. Amarte no puede refrenar, en modo alguno, mi repulsión hacia la humanidad. Todo lo contrario, amarte hace más horrible la faz humana. Todo lo que no eres tú… Cosa que te convierte en el ser más amado del mundo. ¿Sabes un secreto, cielo? Quiero ser una bestia feroz aplacada entre tus brazos. Una bestia cansada y herida. Penetrarte ante la mirada del dolor humano. Lamer tu coño ante los agonizantes y los hambrientos. Y fumar el primer cigarrillo de la íntima mañana frente a ti, con un cráneo humano de cenicero y un café tan dulce como tú. Lo más hermoso de estas palabras, es el atroz amor que destilan por ti. Y lo más implacable de mi amor es que desconoce el concepto de literatura. Aunque no me ames, estás condenada, maldita… Seré tu enamorada sombra impía.
Sin consideración alguna o supuestos de bondad hacia emociones humanas: Te amo, cielo.
¿Oyes reptar con sus mil patas a la muerte por las paredes, las de tus pulmones? No te fíes si está todo bien ahora, pasa como con los ataques de corazón. Son sorpresivos y no dan tiempo a despedirte de todos esos hijos de puta que has ido conociendo a lo largo de una vida de mierda. Haz lo que debas, lo que quieras; con la condición de que tu vida sea cómoda entre los puercos que te rodean y te han rodeado. Di lo que conviene, sé oculto y secreto. Miente, y sé muy selectivo con quien dices las verdades con esa persona o dos que pueden oírlas, de entre los millones que viven sin que sea necesario. Ante todo piensa libre, sin respeto, con ferocidad, con crueldad, sin condolencias. Sonríe por dentro. Di que lamentas los muertos. Imita la empatía ajena, con la que no naciste. Nunca digas que tu libertad es más importante que todos los que mueren o puedan morir tarde o temprano. Solo piénsalo. Es liberador, valga la redundancia. Nadie merece ninguna sinceridad. Que parezca que respetas la repugnante sociedad a la que emergiste del coño de tu madre. Sin pedirlo, sin responsabilidad alguna de toda la mierda que te culpan. De todas las putas responsabilidades y deberes que te quieren colgar de la polla. Muere libre, sin alegría, sin sentir que has sido feliz y que tu vida ha sido plena. Muere con ira, mordiendo el cigarrillo con fuerza. Evoca e imagina todos los que han muerto antes que tú y pensaste: “Bueno… ¿Y a mí que cojones me importan?”. Los que aún viven (desgraciadamente), si supieran de tu muerte ni pestañearían. No eres querido, nunca lo has sido. Comprende bien el concepto. Morir es un trámite, el último de esta piojosa vida. No te preocupe el alma. Se descompondrá a la vez que el cuerpo. Alégrate así, de haber muerto mucho después de otros. Ellos solo sirven ahora de colchón a tus huesos. Ya sabes, quien ríe el último… Pero tú no rías, sé feroz hasta el último hálito de vida que te quede. Que nadie pudiera llegar pensar por un segundo que en esta repugnante sociedad fuiste feliz. Deséales una corta vida y lárgate cuanto antes. Llévate un virus en tus huesos y el día que por un terremoto o una excavación aflore la miseria que de ti queda, también se desentierre un bendito virus que haga el trabajo que nadie se atreve o puede hacer en un futuro que será necesario si aún existe la especie humana. No es por justicia o ecología, es solo una maldad que trascendería más allá de la muerte.