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El cansancio agota el ánimo como una sombra que lo traga todo. La fatiga vital es un agujero negro donde los genitales solo tienen la función de excretar.
Solo un esperma aleatorio y escaso mancha las sábanas. Una polución nocturna de mierda.
El placer es para los que pueden respirar sin darse cuenta que lo hacen, como médicos forenses que respiran podredumbre con amplias sonrisas.
Los cansados sufren apneas aún despiertos y huelen la orina vieja acumulado en los rincones de sus sexos.
Los agotados sueñan con dioses y muertos corruptos que juegan con ellos.
Y el sueño no es sueño, es agotamiento. No se despiertan los reventados, se limitan a abrir los ojos.
Con cada jornada empiezan una nueva pesadilla.
El cansancio es plomo, asfalto
y acero embutidos en piel y carne
y bajo las uñas.
Un alambre en la puta polla
un hierro oxidado que tapona el coño.

Es un agujero negro que roba luz y humedad
y la eventualidad de los placeres:
follar y asesinar, si acaso también
algo de drogas y alcohol y
un ocio sexual y perverso.

Elementos pesados en los genitales
que fatigados solo excretan.
Orinan sin fuerza vergas y vaginas
inertes y asqueadas, aburridas.
Los reventados cagan trozos de sí
crispando los dedos de los pies
cerrando los puños en la frente
en los aseos de lujosos almacenes,
en los asquerosos burdeles baratos
infectos de gonorreas y hepatitis.

El placer es para los que respiran
sin esfuerzo, aspiran y cagan.
Los fatigados no despiertan
abren los ojos llenos de tierra,
con los pulmones sin aire y una tos.
Los reventados cambian de pesadilla,
en un mismo mal sueño donde
muere el deseo y la esperanza.
Y el amor se convirtió en mierda
hace tiempo, hace una eternidad.

Los agotados sueñan con dioses
que jalan de sus cojones
y hacen fría carne cruda de los coños.
Los exhaustos solo cambian de delirios,
de nocturnos a diurnos.

Solsticios de otoños eternos
en un planeta seco de ilusiones,
un desafortunado accidente
en un estúpido Sistema Solar.

El sol pulsa sobre los cansados
como un mal tumor radiactivo
oculto entre nubes tristes de cemento.
Ya no queda nadie en la calle
solo ellos y sus resuellos,
caminan cuando nadie les ve.
Reventados de ver siempre lo mismo
se les evapora la sangre en las venas
lentamente muere el esperma
necrosis en las matrices.

Se duermen sin correrse
en la más árida y triste
de las solitarias pajas insomnes.
Deliran con los sexos tibios
y la muerte enfría sus tobillos
con dedos de cuchillas oxidadas.

La plomada de la vida
presiona los intestinos,
cagan sueños mal formados
como bebés de drogadictos
con brazos deformes y orejas roídas
de encías negras y pieles cárdenas.
No queda más de ellos en ellos
que una sonrisa metálica y
unos ojos de incrédula mirada.
El plomo los aplasta y su ánimo devasta.

La verticalidad de la vida,
la horizontalidad fúnebre
de una muerte que no llega nunca.
Hombres y mujeres boqueando
han mamado semen y orina,
arena y cal…
Exceso de amargo, lo dulce fue escaso.

Tristes amantes de asfixiantes vidas
sabios inadaptados que se anticiparon,
no fueron capaces de soñar
no se atrevieron a engañarse.
Cansados, agotados, cagados por la vida
como peces asfixiándose entre añicos
de una pecera destrozada.
Un buzo de juguete y un castillo de plástico
todo era mentira…

Y así mueren, ahítos de frustraciones,
Reventados…
Han gastado la vida, la han usado
a pesar de todo, por encima de todos.
Nunca creyeron que fuera fácil,
tampoco tan agotador.

Y yo eyaculo cagándome en Dios…
¡Cómo tira de mis cojones!

 

Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

El tiempo es un disolvente eficaz, lo borra todo.
Lo malo es que no es instantáneo. Es lento como una hepatitis y asistimos con una pena infinita y casi indolora a la dilución de los recuerdos y sentimientos, con la lentitud con la que el cerebro degenera inevitable y patológicamente al llegar a la vejez.
Se desdibuja la infancia y los rostros de los que murieron, tan eficazmente, que se forma una agonía gelatinosa que encoge el alma. Un vértigo lento que hace borrones de los colores y crea cada día un despertar de olvido, o confusión.
O un caos tranquilo y engañoso que nos hace idiotas a la realidad.
(Lo de idiotas no suena rabiosamente dramático ni triste o depresivo; pero la expresión está tan cercana de la humanidad, que es pecado no escribirla. Es quedar incompleto.)
La mezcla de recuerdos y tiempo-aguarrás forma melancolía: agua sucia en las entrañas, que invade pulmones y corazón como un impetuoso torrente de lágrimas. O una risa amarga.
«No te vayas», le dices a los rostros que desaparecen llevado por la ilusión. Y los pintas de nuevo, solo que mal.
(Hay que tomar clases de dibujo si queremos hacer las cosas bien. Hay gente que enseña por poco dinero, y si pierdes el tiempo olvidando, puedes perderlo pintando bien.
Claro, que siempre se sobreestima al profesorado, algunos pintan realmente mal, y todo porque les han regalado su puesto de docente en un sorteo de productos agrícolas.)
Desde un millón de metros de altura un disolvente nos llueve en la cabeza, y se deshace todo. Se confunden los recuerdos con los sueños… Como los actos de la niñez.
Nos aleja del amor y del afecto reales para hacer un amasijo de los actos que una vez cometimos o simplemente abandonamos. Una amalgama mentirosa, que roba la importancia que tuvieron realmente las vivencias pasadas y crea lo que necesitamos, lo que nos hace sentir bien.
No se puede sostener mucho tiempo la mentira, porque llega el día que ves tu rostro en el espejo, y no eres tú.
Unos recuerdos van cosidos a otros y hay días en los que desaparecen miles de matices. Lo vivido pierde brillo entre una nebulosa de tiempo.
Nos engañamos sin pretenderlo, porque no reconocemos que una vida pueda ser tan plana y mediocre. Necesitamos mantener vivas todas las sensaciones y emociones, fortificar el reducto de la memoria al precio que sea y no perder esa intensidad. E inevitablemente deformamos lo que una vez amamos y lo convertimos en algo que nunca fue.
(El autoengaño emotivo no es delito, es aconsejable para aquellos cuya ilusión es tan banal que se limita a comer, dormir, trabajar y ocasionalmente follar. Ser un buen ciudadano religioso es tener la mente enferma de alucinaciones color rosa y submarinos amarillos.)
En lugar de recordar una madre, recreas una virgen impoluta con un halo dorado en la cabeza. Reconstruimos los rostros a partir de pintura corrida y desleída en una pared negra.
El tiempo hace de los recuerdos delirios, creando imágenes caprichosas y abstractas que son los restos de una pintura salpicada y escurrida en un lienzo mohoso.
El tiempo nos deshace a nosotros mismos ante el espejo, cualquier día al despertar. Y hace la piel translúcida, para que la muerte sepa donde se encuentran todas las venas y cortarlas.
Mirar lo que vivimos a través del tiempo, es como ver nubes y darles formas. Son mentiras, patológicas, mentiras de la supervivencia.
(Margaritas a los cerdos.)
No recuerdo el rostro de mi abuela, no me recuerdo a mí mismo cuando era niño.
Es mejor no contemplar fotografías viejas, forman una ola de tristeza que monta el tiempo a toda velocidad en una tabla de surf, arrasando los momentos felices y los rostros amados y respetados. Una ola tóxica para el ánimo. Sin darnos cuenta, nos hacemos adictos al disolvente y lo respiramos con bolsas de plástico o haciendo hueco con las manos.
Y miramos al sol con los ojos borrosos, con manchas brillantes que ocultan los rostros e inventamos así santos y milagros.
Es indispensable no mirar atrás, porque no seremos estatuas de sal; nos convertiremos en muñecos de trapo vacíos de recuerdos. Tiempos pasados, difuminados. Tachones que no dan brillo a los ojos de cristal, muñecas que ríen siempre muertas, sin ojos y sin brazos…
Es mejor no ser consciente del tiempo. Prestar atención solo los borrones, las ilusiones. Y así, que lo que nos quede de vida la caminemos engañados y felices.
Acuarelas abandonadas en un sótano húmedo de la memoria. Y el tiempo con una mano huesuda y de uñas rotas, salpicando las paredes con un bote de disolvente. ¡Qué hijo puta!
(El tiempo es un antigrafitero.)
No me encolerizo por haber olvidado algunos rostros, no rabio por un dolor pasado.
Golpeo de rabia e impotencia por no poder detener el tiempo, que sin piedad desintegra lo que era real. Es mejor morir rápido, es mejor caminar y perder la vida, como un mecanismo de batería agotada.
Monto en ira por la mierda de cerebro que tengo, no puede con un asqueroso disolvente.
No importa la muerte, importa mantener intacta la memoria, pero es utopía.
(Un día inventarán un chip de la memoria, que nos instalarán en el pescuezo al nacer, como a los perros. No es una gran idea porque pueden haber problemas de alergia y queda un bultito como quiste de grasa; pero lo importante es recordar a quien fue hijoputa y a quien fue buena persona, recordar exactamente sus rostros con todas sus imperfecciones y el movimiento de sus labios unas veces mentirosos y otras amados. Porque la verdad solo los idiotas la dicen.)
El tiempo quiere hacer de mí una estatua hueca.
Y lo consigue, maldita sea…
Es imparable.
Y tal vez, sea mejor así, tal vez sea mejor no recordar que un día fui feliz.
¡Mentira!
Es un engaño de mis neuronas deshaciéndose, es muy posible que nunca haya sido feliz. Es imposible estar seguro de nada cuando el disolvente, deshace las formas. Ya nunca recordaré lo que pensé y sentí.
Observo una foto de mi madre y no la conozco, no es como yo pensaba. Mi padre es más joven, y mi abuela… Vestía de negro siempre, y…
Me acuerdo de sus rostros muertos, la piel del color de la cera blanca; pero sobretodo de los dedos tan quietos…
La gente mueve los dedos quiera o no, eso marca la diferencia entre estar vivo o muerto. Ellos no… Sus dedos eran la muerte más pura, esa quietud de las manos se me quedó grabada en mi cochino cerebro anegado de disolvente y sobrevivió. Hay recuerdos malditos que nada borra.
Los dedos marcan el ritmo del tiempo, de los durmientes y los despiertos. Los dedos son la batuta del director de la orquesta que es el tiempo. Él marca el olvido y el engaño a cada segundo.
Los malos recuerdos permanecen invariables, lo único definido en una memoria con más de dos semanas o con demasiados años, porque el tiempo salpica con su toxicidad a grandes y pequeños.
Y es porque la mierda de la vida no está dibujada con pintura en la memoria, está escarificada con cuchillos y hierros al rojo.
Por eso solo un dolor puede tapar otro dolor, como un tatuaje cubre otro.
Puto tiempo… Me borra hasta el cerebro.
No es un reloj de arena, es un reloj de recuerdos que se pierden en un vacío negro…
Bueno, tampoco mi vida ha sido como para tirar cohetes.
El tiempo también tiene sus cosas buenas, limpia las manchas y nos mata por fin.

 

Iconoclasta
Iconoclasta

—Hola Yomismo. ¿Qué haces ahí fumando en la penumbra?
—Me he dado un baño de vapor, estoy cansado para soportar el peso de la luz. También me he dado un baño de ridículo.
—Nunca aprenderemos; pero es normal, estamos cansados Yomismo.
— ¿Tú también eres Yomismo?
—Nos confundimos como se confunden en las caricaturas Robert de Niro, Al Pacino, Dustin Hoffman y Jack Nicholson.
—No me hagas reír, estoy jodidamente cansado.
—Pues riamos y fumemos en la penumbra, nadie nos verá reír tan ridículamente.
—Me gusta sudar…
—Y no nos gusta el jabón.
—Somos unos cerdos.
—Unos cerdos cansados.
—Sí que lo estoy (cansado).
—Ya se acabó, unos días más y morimos.
—Ojalá no volvamos a hacer el ridículo antes de morir. Tenemos que vigilarnos mutuamente. ¿Quién de nosotros dos habla ahora, Yomismo?
—Da igual… Morir con una paranoia te garantiza una entrada al cielo de los escritores más patéticos. Es bueno, ridículo, pero interesante.
—Estoy realmente cansado, Yomismo.
—Tranquilo Yomismo. Ya no importa lo que pase, importa que acabe.
— ¡Qué acabe, por favor! Cansa vivir tanto. Más de medio siglo hace mierda las cervicales.
— ¡Venga, otro baño de vapor a tope de fuerza! Si tenemos suerte, ese corazón miserable que va a su puta bola y no le importamos, fallará.
—Y acabará, Yomismo, por fin descansaremos.
—No hace falta jabón.
—No me hagas reír, estoy cansado de veras.
—Nos vamos, ponte en pie, esto se acaba por fin.
—Hasta que se caiga la piel.
—Así será, como serpientes…
—A descansar, Yomismo.
—Igualmente, Yomismo.
—Yomismo…
—Dime.
— ¿No podríamos cerrar un poco la salida de vapor? Se nos está pegando la lengua al paladar.
—Muy gracioso…

Iconoclasta

Somos básicas representaciones de lo mineral y lo biológico.

Lo biológico se corrompe en las sábanas: manchas de fluidos que llevaron en algún momento vida.

Lo mineral es efímero, la dureza de los materiales: de sus pezones duros y erectos, de mi pene en ese instante inquebrantable.

Podríamos representar más cosas: el pensamiento y el puro instinto, las emociones y la muerte: pero cuando la razón se disipa, como si de una nube tóxica se tratara, solo importan los restos y la dureza de los elementos. El resto de consideraciones solo obstaculiza y retrasa el placer.

El hedonismo es el único paraíso probable de lo humano, de lo poco humano. Es la vanidad más desinhibida, sin bendiciones ni maldiciones.

Fuimos paridos para la cópula, para el placer. Otras obligaciones no son culpa nuestra, ni responsabilidad.

Un vómito de semen que sale de un trozo de carne en barra, una raja trémula destilando un humor blanco.

La lengua que todo lo lame…

No hay nada que sentir, los jadeos nacen de las entrañas sin cerebro, los sexos tienen su propio sistema nervioso, las mentes están lejanas, no hay mentes. Solo el sordo chapoteo de la cópula, los estertores del placer.

Un follar lacónico, mecánico. Lo único que somos capaces de desear con la suficiente fuerza como para hacerlo realidad.

Porque el pensamiento y la emoción matan el placer y matan la animalidad. Diluyen los minerales y hacen virus de los fluidos. El pensamiento humano lo destruye todo.

El pensamiento es erosión.

Dos piedras follando, dos piedras cubiertas de pequeños vestigios de vida.

Líquenes como pieles…

No se piensa cuando se penetra, no se duda cuando se abren las piernas para recibir ese mineral carnoso y lubricar la lítica dureza.

El amor se queda flotando como una deshilachada nube de humo y los crucifijos cuelgan cabeza abajo ante los biominerales que follan. Como un castigo a los dioses por haber hecho mal las cosas con las mujeres y los hombres. Las oraciones son blasfemias regurgitadas en las cumbres del placer.

Los biominerales se olvidan que existe la humanidad cuando respiran rápidamente tras el derrame de líquidos, podría reventar el planeta y ellos seguirían sintetizando el placer que han conseguido.

Soy una piedra, soy algo que se hunde en el agua sin gritar cuando se ahoga, soy una boya que flota indolente en el mar, un mojón en el camino con el único fin de ignorar todo aquello que no es placer.

Soy un tumor de mí mismo, encapsulado. Un cáncer que anula el pensamiento y cualquier emoción.

Soy el reservorio de la indiferencia y el deseo no humano de meter mi pene en su raja de suave talco (el mineral más blando, el más fragante).

Soy una roca que suda y que escupe a la vida, sin odio ni pasión. Porque lo único que existe es joder.

Las piedras no mueren nunca, estamos ahí, esperando que alguien nos pise, que alguien nos joda. Esperamos ser instrumento de caza, defensa y muerte.

Somos los híbridos entre lo animal y mineral, los biominerales somos un coño y una polla que se deslizan y penetran sin importar dolor, muerte, vida o amor.

Miles de años de evolución, asco y aburrimiento nos han formado.

Litos y Eros… Ni siquiera esa romántica combinación somos.

Y dormimos abrigados por el musgo y la defecación que llueve de lo humano sobre nuestros simples compuestos.

Es una suerte haber nacido híbridos, somos lo mejor y lo peor, sin términos medios, sin grises.

Somos negro y blanco.

Dureza y determinación.

Un día fuimos pecado, ahora somos únicos.

Iconoclasta

Nueve grados de temperatura es frío, pero no lo suficiente para que se congelen y queden como feas estatuas, quietos con su último latido presionando contra la ropa helada, con la boca abierta exhalando el aire en forma de inmóvil voluta; lo que quiera que hiciesen décimas de segundo antes de morir.

Todo lo malo se preserva y perdura; como si este asqueroso planeta deseara estar atiborrado de necedad.

No hay un calor suficientemente potente para que deseque a los niños (son peligrosos, se harán adultos), a los hombres y a las mujeres.

El planeta es una mierda (como todo lo que se deja al azar resulta) y si tuviera creador, su forma sería la de una sucia botella de cerveza medio llena de miserias fermentadas.

Dios es una puta cerveza con restos agrios. Yo tiro a Dios a la basura tantas veces… Y no se acaba el hijo puta.

Me hago una paja y derramo el semen en la botella (lo que entre, porque la tengo demasiado gorda para una botella tan pequeña) para que se lo beban los indigentes, los hambrientos, los borrachos y los niños que de todo quieren.

No existe el buen frío o el buen calor. La sensación térmica de millones de idiotas coreando sus estúpidos deseos y esperanzas, creyendo que en otra vida todo irá mejor, es desesperanzadora.

Vivo en un rango de temperaturas que no mata a nadie. Es la uniformidad perfecta y eterna, un presidio perpetuo. Tengo miedo que la muerte sea una extensión de esta porquería.

No mola. No me gusta así.

Solo acepto el calor de mi pluma, es el único consuelo en la soledad.

Cuando fluye la tinta, el plumín atempera los recuerdos gélidos y abrasadores en un color que esplende vívido en el papel. Podría dar vida a lo que está muerto por congelación y por desecación; pero no hay muertos así.

Los muertos mueren a manos de vulgares y de su propio organismo, de una vejez injustamente larga. Solo doy gracias a que al final, después de una eternidad, mueren.

YO soy Dios y no esa sucia botella de cerveza color mierda.

Yo tengo forma de polla para hacer sentir mal al cosmos. Derramo mi esperma con la certeza y seguridad de que no colaborará en la creación de nuevos imbéciles. Quisiera agotar el semen de mis cojones, pero soy como Diosbotellacerveza: no se acaba nunca lo que llena mis huevos.

Ser Dios es devastador para la moral, demasiados deseos y poca capacidad de actuar. Hay una importante dosis de decepción ahí.

La humanidad se reproduce como los roedores y no hay velocidad suficiente para superar la ratonil reproducción. Me harían falta veinte dioses más y tal vez en este siglo acabaríamos con la plaga. Enviaríamos con potentes refrigeradores temperaturas cercanas al cero absoluto y jugaríamos a los bolos con los seres congelados.

Romperlos… Romperlo todo  en mil pedazos.

O con enormes calefactores desecaríamos grandes zonas superpobladas del planeta, para luego soplarlos alegremente y ver como se deshacen y son llevadas sus pieles por el viento.

La jodida realidad es que soy un dios con toda la mediocridad que conlleva lo sagrado: no puedo congelar ni desecar a nadie en un instante.

Y no hace ni frío ni calor, estoy metido en una transparencia aséptica y mi organismo no se sobresalta por nada. Tal vez por ello, los enfermos me dan hambre causada por el aburrimiento.

Soy el misantropóstata del universo y ésta es mi voluntad (estoy seguro de que alguno la hará suya por alguna cuestión de fe; hay mucho cerebro podrido necesitado de dogmas):

No dejéis que los niños se acerquen a mí.

No honraré a mi madre porque su coño está ennegrecido y aún así tiene esperanzas. No honraré a mi padre porque tiene la polla tan pequeña como el cerebro.

No respetaré a los muertos porque algo estropearon. Vivieron demasiado tiempo.

Santificaré las fiestas derramando mi esperma en el polvo y modelaré un feto muerto.

Me amaré a mí mismo sobre todos los demás, tanto que se sentirán perros.

No mataré, solo eliminaré, limpiaré lo sucio y degradado, son demasiados restos enterrados y al aire.

No robaré porque no soporto tocar lo que otro ha tenido entre sus manos, soy higiénico. No me gustan las cosas de ocasión.

No necesito los bienes ajenos, los pueden enterrar a todos con sus asquerosas joyas y relojes.

No tomaré el nombre de dios en vano, porque es vano y no tiene nombre.

Congelar y desecar seres no es un pensamiento impuro, se puede pensar, se debe hacer si hay posibilidad de ello.

No levantaré falsos testimonios ni mentiré, solo diré la puta verdad. Lo que hay, lo que sois.

Mis pensamientos y mis deseos no son impuros, comportan la pureza absoluta con la esperanza de un mundo mejor: vacío. No hay nada en mi pensamiento que sea obsceno, solo mi rabo lo puede ser en la boca de una bella mujer.

No… Las temperaturas mediocres no me ponen de buen humor.

No se acaba nunca lo molesto, no hay esperanza de un mundo gélido o abrasador.

La temperatura está mal regulada.

El termostato está fabricado por un idiota: por Dios.

Queda la esperanza de que el esperma en la cerveza se haga arsénico.

Y mueran los necesarios, todos.

Que mueran un millón de veces y dejen espacio a mi pensamiento. A mí y a mi feto moldeado con tierra y semen.

Han de morir más y rápidamente. Y si no puede ser: ¿no podrían permanecer callados en su madrigueras?

Señalaré a quien de ellas puede salir para que me la chupe y me ayude a rellenar el envase de cerveza color mierda. Para que así pueda estar en vosotros y congelaros de alguna forma desde dentro, o envenenaros.

Hace una temperatura ideal para la vida y no tengo consuelo.

Me cago en Dios y en mi imposibilidad de dominar la temperatura de todo el universo.

Ego semper impío..

Iconoclasta

Un tipo camina lentamente mirando el suelo y lo que no hay en él. Un tamalero pedaleando en su triciclo amarillo con sombrilla azul, parece luchar contra la monocromía de la calle de gris asfalto roto, paredes despintadas y charcos eternos de agua que hacen espejo para las nubes de plomo. Se detiene junto al hombre que refleja en su rostro la gama de grises del mundo y el cielo.

-Buenos días, mi jefe. Tengo ricos tamales de rajas de pena y asco, con dolores pulsantes en las sienes.
– ¿Y para qué quiero eso? No tengo esposa a quien regalárselo para el desayuno. Es que me meo…
-Es mejor que esa indiferencia que le pesa en los hombros, güero. El dolor y la pena dan intensidad y color a la vida, es mejor lo malo que la nada.
-Ya he tenido de todo eso, tamalero. Me ha costado mucho tiempo y desengaños ser neutro. Me va bien la vida con la indiferencia, me gusta más. Yo elijo.
-Cómpreme aunque sea uno de frustración con salsa roja, es el último que me queda.
-No. No me apetece, ya he tenido bastantes emociones a lo largo de mi vida. Soy mayor. Sé lo que digo y tú no tienes ni puta idea de nada.
– ¡Qué triste acabar así!
-Mira tamalero, lo triste es amasar cada día toda esa basura para hacer alimento con ella. No sigas convenciéndote de que la mierda es buena. Has fracasado y de ello haces un manjar, no tienes nada que contar más que la vulgaridad tuya de cada día.
-Es usted muy duro hablando, mi jefe, se nota que no es de aquí. ¿De dónde viene?
-Ni lo sé, ni me importa.
– Está bien, güerito, me tendré que comer este tamal y además solo.
-Tampoco me importa, tamalero. Cuando tengas de mole dulce, mi indiferencia y yo te compraremos uno en torta.
– ¡Ándele, mi jefe!
-Vete a la mierda con tus penosos tamales, falso romántico.
-Si es que un pesito cuesta mucho de ganar y quería vender antes los que se pasan más pronto. Todas las emociones mueren rápidas. Tengo uno de mole como a usted le gusta.
-Pues dámelo y déjame en paz.
-Parece que va a llover, mi jefe.
-Me suda la polla, los hay que van a morir y no importa.
-Tenga… ¿Quiere un vasito de atole?
– ¿También está hecho con penas de mierda?
-No, mi jefe, es puro maíz endulzado con piloncillo, leche y cacao. Si le digo la verdad, como el atole lo hago yo, no quiero mancharme las manos con dolores; porque de alegrías apenas hay ingredientes y van muy caros. Es mi mujer la que hace los tamales y el champurrado, que está aromatizado con enfermedad y pobreza.
-Dame un vaso; pero es que tomar maíz con maíz es lo mismo que hacerse una torta rellena de torta.
-Tiene razón, pero es barato… Acá entre nos, güero: la vida no es intensa, es siempre más de lo mismo. Tamal tras tamal, atole tras atole. Voy aprendiendo, mi jefe. Lo del dolor y la pena es pura publicidad, no le voy a engañar.
-Es tan gris este atole como yo me pensaba, precioso. No me gustan los colores banales. Me largo, no tengo nada que hacer y no quiero estar aquí más tiempo.
-Adiós, mi jefe. Cuando sea viejo, quiero ser como usted.
– ¿Y qué importa? Tal vez mueras antes.
-Estamos muertos los dos, mi jefe.
-Lo sé, está bien. Adiós.

Iconoclasta

-Nunca he comprado muertes, jefe.
-Pues sería bueno de probar.
-¿Son muy caras?
-Es un producto barato
hay mucha muerte, cliente.
La encarece la manufactura:
pringa mucho la piel
es tocarla y estremecer.
-No importa, morir no es caro
ni barato. Es decoro.
Me da vergüenza la vida.
-No mata, cliente
es un placer al dente.
Una exquisitez.
-Entonces erré
no quiero delicatessens
que no maten, que no acaben.
Es confuso el nombre
de su lúgubre comercio.
-Pruébela, siempre sorprende
el sabor a muerte prende
es vicio.
Es grata al paladar si
no es la muerte propia.
-Esa muerte tan negra…
La que gotea alquitrán
en el pedestal de la vida…
-Es añeja, alguien sufrió.
Alguien nació prácticamente
muerto.
Muerto, muerto, muerto…
-Debe ser fuerte, picante.
Desmoralizante tanta solera.
-No, cliente mío.
Es tan madura que dulce sabe.
La muerte es miel cuando
de sufrir la vida es el juego.
-¿Y cómo la cocino?
-Hiérvala diez minutos nada más,
en caldo de pollo
sazonada con romero y pena.
Y deje que enfríe.
Luego unos picatostes
como gazpacho de vida
para que suene la muerte
para que cruja
en el paladar y de alegría
a lo negro.
Y diga mierda como brindis.
-¿Me moriré?
-Solo nos mata nuestra
muerte nuestra.
Nuestra, nuestra, nuestra…
-La gente es supersticiosa, cliente.
Algo caprichosa, no saben
que solo nuestra muerte nos acaba.
La muerte ajena es vida
para los demás.
Una alegría para algunos,
si me permite la chanza.
– ¡Qué contradicción!
Filósofo charcutero de muerte
que das vida.
Cortas con guadaña.
-Tiene un gran humor
cliente mío,
más no es contradicción
cuanta más muerte
más espacio, más aire.
-No quisiera morir y favorecer
a quien no es de menester.
-Pues así es;
más no os desaniméis.
Habéis robado espacio
y aire a otros.
Hay un equilibrio.
Equilibrio, equilibrio, equilibrio…
– ¿Y qué me dice de la muerte tierna?
Es casi blanca, una sábana
de recién nacido.
-Es un bouquet muy refinado,
se debe haber comido
mucha muerte mucha
mucha, mucha, mucha…
para encontrarle agrado.
La más amarga de todas.
-Es curioso, cliente mío
que la muerte más tierna
sea la más recia al paladar.
Contradicciones vitae, amigo mío.
-No tengo tiempo para
apreciar muertes,
yo solo buscaba medio kilo
para echármela encima.
La vida me harta.
-Viva un poco más
para probar la muerte.
¿Le gustan las paradojas?
Bromas de buen gusto…
No puede hacer daño,
cliente mío.
-Tengo muerte seca,
pasa bien con un
negro vino divino.
Es tasajo de hombre
quemado al sol,
seco de trabajo
de venas plenas
de sangre en polvo.
Tiene el sabor de
las olivas amargas,
está tostada
sabe rica con ajo
y un poco de perejil fresco.
Más buena que papa frita.
Más buena que la vida
de muchos de cientos.
-Deme un cuarto
y luego veré.
-Aquí tiene, cliente mío.
-Gracias charcutero con guadaña.
-Qué gracioso es, amigo mío.

-Buenos días, charcutero
de muertes muchas.
Quiero más muerte,
la seca me la comí
apenas sin sentir.
-Buenos días, cliente mío.
Ya no tengo más
hasta el martes
a más tardar.
-Siempre se acaba
demasiado pronto lo bueno.
Es hora de morir,
no se preocupe, no es por su muerte
es por mi vida.
-Yo le ayudo, cliente mío,
es lo menos que puedo hacer.
– ¡Era verdad, mi charcutero
del horror!
¡Corta con guadaña!
– ¡Ay cliente mío!
¿Cómo lo sabía?
No me haga reír más,
una guadaña corta sin esfuerzo
y es sanguinariamente romántica.
-No lo sabía, cruel charcutero
siempre he tenido suerte
para acertar lo que duele
y lo que acaba.
-Adiós, cliente mío,
muera usted por fin.
-Gracias charcutero de muertes,
me llevo el buen sabor
a muerte seca.

-Buenos días, charcutero.
-Buenos días clienta mía.
-Este es mi hijo, lo que parí
lo que amo.
-Es un niño hermoso
a pesar de ser calvo.
-No es calvo, señor charcutero,
se lo come el cáncer
tal vez mañana muera.
Y quiero que antes
que la muerte se lo coma,
él muerda la muerte.
– ¿Tiene dulce muerte para él?
Negro charcutero negro.
Negro, negro, negro…
Estamos cansados de lo amargo.
-Toma pequeño que vas a morir,
ésta es muerte añeja
la más dulce, la más esperada.
Es un regalo.
-Gracias charcutero mortal,
gracias por esa negra muerte
que chorrea ahora dulce
por su boca llagada.
Te lo agradezco.
-Clienta mía, cuando
tu hijo muera mañana
ven a verme y te arrancaré
el dolor, la vida, el aire lleno de púas.
Lo haré gratis.
-Vendré mi amigo charcutero,
te lo juro.
-Adiós, que mueras feliz,
pequeño cliente mío.
Dame un abrazo.
-Adiós señor.

Iconoclasta

Nada es perfecto, ni siquiera la enfermedad.

En una pata podrida lo lógico sería que también los nervios estuvieran llenos de gusanos.

No es así y el dolor va al cerebro pasando previamente por los cojones.

Menuda novedad…

A veces lo podrido se cae, y con ello todos esos putos nervios vivos.

Eso espero; pero parece que no se desprende nunca, que no hay consuelo.

Es mejor ponerse en movimiento e irse, huir de los lugares ya monótonos y sin esperanza para conocer otros diferentes y distraer este dolor chirriante de una rodilla infecta.

Pero creo que el error es la pierna, y ya me he cansado de llevar esta mierda colgando de mí.

Un hachazo y que el miembro fantasma haga de las suyas: doler de la nada; pero lo hará sin corrupciones. Es un desahogo, es bueno.

Aunque sigue sin ser perfecto.

Es que no me gusta el dolor, soy alérgico.

A mí me gusta que me la chupen.

Y a pesar de todo, aprieto el cinturón hasta que pienso que no puede circular más sangre por ahí.

Muerto el perro se acabó la rabia.

Y la morfina es una diosa que me acaricia los huevos para acabar masajeando mi glande.

Porque los nervios que recorren un cáncer y una carne tumefacta lo pudren todo: el pensamiento, el semen y el amor si alguna vez lo hubo.

El dolor te hace cobarde e insoportable a ojos de cualquiera. E incómodo, porque una pierna negra es una avance de la muerte, de lo corrupto, de lo finito.

Está tan negra como el amor…

Bueno, el amor no duele cuando se pudre, ya tengo bastante con la pierna.

Y si he de ser sincero, a estas alturas del dolor, me importa una mierda el amor.

Las mentiras siempre han sido una constante, para la esperanza de la pata podrida, para el amor y el cariño. Pero se está bien entre ellas, lo malo son las verdades que no es necesario conocer si no aportan un mínimo de comodidad.

La verdad emerge como una repugnante y tóxica medusa quieras o no.

Voy a vomitar…

Cuando se observa bien al cojo, resulta antipático, porque el dolor a veces tuerce sus sonrisas y follar no es del todo cómodo y placentero con una pierna-mierda.

Hay que tener cierta agilidad para disfrutar de una buena follada.

Aburre a cualquiera ser jodida y joder con una pierna así; más que nada porque es difícil mantener la hipocresía de una sonrisa o amor ante quien vive la miseria de la podrida carne.

Aunque esos nervios operativos de la carne casi corrupta, no son solo los responsables. Tal vez hagan de antena y capten las ondas de falsedad que los rodean.

Tal vez mi podredumbre y yo, somos receptivos a la mierda.

El hastío, el aburrimiento, los errores, las mentiras, el amor falso… Todo eso sube por los nervios aún vivos de la pata podrida y lo empeora todo.

Hay que romper con ello…

Ya habrá tiempo para una buena mamada después, hay mujeres que disfrutan con los muñones, con el fetichismo de la ortopedia. Aún puedo follar y pagar.

Tal vez me debería haber tatuado un corazón (para que hubieran creído que he llegado a creer en el amor), una tarta de cumpleaños (por aquello de la diversión) y un beso tan de plástico que nadie creería en él (por un asunto de provocación y esas cosas de escritor).

Mejor no la adorno, además, la estoy cortando y ya no tendría gracia.

Cuando me deshaga de esta pata asquerosa, lo demás se convertirá en una pesadilla más, en unos errores cuya vergüenza se diluirá con el tiempo, o tal vez con el resto de mis tejidos en un ataúd.

Si algo aprendí es a inyectarme; es lo más fácil de todo y la morfina hasta me hace reír cuando corto la carne. Es una buena risa, sincera, aunque no es perfecta tampoco: le falta cordura.

Cortar el hueso es un poco más penoso, se me han partido ya tres hojas de sierra y me cago en la virgen.

He tenido que caminar con la pata arrastrando para encontrar otro cinturón con el que frenar la sangre.

No hay nada fácil.

No hay nada perfecto.

El mendigo que rebusca en las basuras apenas hace caso de la pernera de mi pantalón chorreando sangre cuando me acerco dando saltitos sobre la pierna sana, ayudado de mi bastón con mango de plastimierda.

—¿Va a tirar esta pierna aquí?

La llevo bajo el sobaco, como quien lleva una barra de pan. Pesa mucho lo podrido, y sudo.

—Está podrida, ya no la quiero.

—No es lugar para tirar estas cosas. Las ratas lo infestan todo.

—Tampoco pedí nacer y aquí estoy de mierda. Métetela en el culo si no te gusta —le respondo muriendo un poco.

No sé en qué momento siento frío y debilidad, no sé si he caído o el mundo ha girado noventa grados a la derecha. El puto mendigo me ha tirado la pierna encima con desprecio.

Y a mí me suda la polla, ya no duele y por fin estoy solo y no mal acompañado.

Me río como un deficiente mental, seguramente por la morfina, cosa que me parece bien.

Seguramente porque me importa una mierda morir.

Los hombres con un par de cojones, no lloran. Y que yo sepa, no me los he cortado.

No es perfecto nada lo ha sido en la vida; pero este momento se asemeja a un buen sueño.

Iconoclasta

— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?

—Es normal, nunca estoy contento.

—Es una necesidad para creerme trascendente.

—Nunca lo serás.

—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.

—Es tu problema.

—Por supuesto.

—Echo de menos a mi gata.

—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.

—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.

—Llorar va bien.

—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.

—Sí, eso pasa.

— ¿Cómo vas de pena?

—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.

—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.

—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.

—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.

—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.

—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.

—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.

—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.

—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.

—Nunca te acostumbrarás.

—Suena El Animal de Battiato.

—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.

—Nos faltan los muertos.

—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.

—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver a aquel momento.

—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.

—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.

—Estás llorando.

—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.

—Estás loco.

—Me parece bien.

—Aún así, no me asusta morir.

—Soy valiente de mierda.

— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?

— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.

—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.

—Es hora de moverse, hay que hacer bici.

—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.

—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.

— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?

—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.

—La gata no ha vuelto.

—Está muerta.

—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.

—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.

—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.

—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.

—Dan ganas de matar.

—Siempre.

—Es que no hay buenos lugares.

—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.

—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.

—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.

—Es hora de marchar.

—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.

—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.

—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.

—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.

—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.

—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.

—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.

—Es muy buena idea, que me crean miserable.

—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.

—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.

—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.

—Pues has fracasado.

—Sí.

—Ya no hay tiempo.

—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.

—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.

—Siempre ocurre.

— ¿Y qué hay del suicidio?

—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.

—La gata grande no soporta a la pequeña.

—Ella también necesita una prudente distancia.

— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?

—Trescientos ochenta y siete.

—Es una cifra extraña y difícil.

—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.

— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?

—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.

—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.

—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.

—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.

—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.

—La peña no tiene humor.

—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.

—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.

—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.

—Genial.

—No quiero volver.

— ¿A dónde?

—A ninguna parte.

—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.

—Un limbo…

—Hay que dormir.

—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.

—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.

—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.

—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.

—La cabeza otra vez…

—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.

—Conque sea simplemente analgésico me basta.

—Corto y cierro.

—Mierda.

Iconoclasta