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Una ira una culpa

En ocasiones me siento hostil y habrá alguna razón que no puedo concretar. Tal vez una música, un olor, un frío, un no estar…. Pero no es un recuerdo, porque los recuerdos puedo enfocarlos nítidamente, enumerarlos, clasificarlos y arrancarles la cabeza.
Algo hiede a podrido en Dinamarca y solo puedo concluir que el mundo y yo no acabamos de entendernos bien.
Cosa que no consigue aplacar esa hostilidad milenaria que sale de lo más primitivo de mí.
La locura alimenta más locura. Esto acabará algún día, lo sé. Es la impaciencia…

Genialidad y perfección

Hay destellos de genialidad que supuran tinta por cada uno los poros de mi piel. Se me da bien, escribir y amarme a mí mismo como a mí mismo.
Ser vanidoso, vulgar, simple y además tener gracia, requiere años de esfuerzo y tener muy buen riego sanguíneo para que, a pesar de la influencia humana, la erección sea posible.
Eso de amarse los unos a los otros es un producto de la descomposición del cerebro, imagino que primero se pudren los sesos y luego los pies; por eso se dicen tonterías al morir y luego los pies se agitan espasmódicamente en último lugar, como si dijeran: No le hagáis caso, está loco.
Aunque cuando me masturbo, no pienso en mí mismo, hay mujeres realmente deseables que provocan la contracción de mis testículos que se ponen duros como canicas.
No soy tan egoísta con el sexo como lo soy en mi faceta de escritor, tal vez sea porque el pene es mi parte más humana. Decir sensible sería caer en lo obvio.
(Aunque desearla es obvio, y no puedo evitar decirlo.)
Las mujeres suelen arañarme bien en la cabeza si está entre sus piernas, bien en mi poderoso pecho cuando me cabalgan. Soy perezoso.
(Me metería entero dentro de ella, aunque muriera asfixiado.)
Y nadie te araña si no te desea, nadie te clava las uñas si no está muy, muy, muy, muy excitada. La pornografía también tiene sus profundos mensajes.
Es una entelequia eso de estar en pleno coito y soltar algún poema. Bastante trabajo da respirar como para ponerse a declamar alguna poesía que ni caso me va a hacer la mujer cuyos pechos se agitan como flanes con ese «dale que te pego». Cuando estoy en plena sesión de sexo sudoroso, jamás digo un «te amo», y menos si estoy haciendo un cunillingus; para llegar al orgasmo no puedes detenerte para oler flores urticantes por el camino. Eso que lo haga Caperucita Roja.
(Le digo cosas de amor cuando duerme, para que no interrumpa este torrente de ansia que me provoca, para que no sepa que soy esclavo y débil ante ella.)
Hay cosas que no es necesario que me las diga nadie, la certeza de mi perfección me basta. Se requiere mucho desprecio cultivado durante años para llegar a mi nivel de absoluta indolencia ante el dolor de los seres humanos.
De tal grado es mi indolencia, que cuando la peña ve un partido de fútbol, le doy patadas a la antena para joderles la transmisión. El diablo me observa con recelo, porque no entiende como un humano puede ser tan malvado.
(Es una pena que algo tan perfecto, equilibrado y consecuente con sus ideales y acciones sea una mentira más. El diablo debería existir y ser presidente del planeta.)
Padre y madre murieron sabiendo que hicieron una obra maestra conmigo.
Podría vivir solo en cualquier rincón del mundo y no sentir jamás la necesidad de tener a nadie cerca, más que un par de indígenas con los tendones de Aquiles cortados y sus montes de Venus rasurados (me repele ver vello por doquier) para realizar las tareas domésticas y las otras.
Mi poderosa imaginación no me da descanso, puede ser atronadora.
Soy único y trascendente, no existe ley, ni justicia que pueda juzgarme o guiarme.
Lo que pienso lo escribo y mi mano no se queja jamás, es inmune a principio o moralidad alguna.
Una vez me dijeron que lo mío jamás sería escribir. Y pensé que inventaría otras formas, otras ofensas, otros miedos, otros ascos, otras miserias. Y sin estar borracho.
Soy un extraño para los humanos.
Es mi condena, soy un error de la madre mediocridad y mi vida pasa lenta en esta prisión. Me diferencio de los presos en que no llevo la cuenta del tiempo que llevo encerrado, principalmente porque no tengo deseo alguno de salir.
Y si uno de esos presos calientes y ambiguos con complejo de «amaros los unos a los otros» (lo correcto sería las unas a los otros) se me acerca con ganas de sodomizarme, le arranco los pulmones con una cuchara a la que le he sacado filo con una piedra de tungsteno y vanadio que pedí por catálogo desde la biblioteca de la prisión.
Aún así, a pesar del hartazgo y hastío de encontrarme en un mundo tan escaso de inteligencia e interés, no reniego de mi perfección. Parecerá tonto decirlo, pero es que hay humanos que van de humildes y pueden alegar que les gustaría ser «iguales», y bañarse desnudos en una playa llena de medusas en comunión con el resto de seres vivos que evidentemente son inferiores a ellos. Toda esa mierda que se dice para no cargar con la pesada losa de sentirse solos y aislados y poder ser aceptados por las comunidades gays y lesbianas, y así participar en una marcha de las putas con un calzón de piel de leopardo con una graciosa cola cosida en el culo.
Me lleva la chingada (en mexicano en el original).
Cuido y acreciento mi soledad, y si fuera necesario, puedo hacer un agujero en la tierra.
Hay arenales realmente apetecibles.
No necesito más que una mesa, una silla y mi colección de papeles y libretas para viajar a otra galaxia y crear lo que quiero y necesito.
Que se metan el ordenador y el teléfono por el culo, yo no escribo pensamientos virtuales, todo ha de quedar en el papel para que sea tangible y cuantificable. Quiero que mi pensamiento tenga las tres dimensiones, como las tablas de los diez mandamientos que Moisés estuvo cincelando durante cincuenta años para nada, para que al final aquellos idiotas acabaran haciéndole un agujero al vellocino en los cuartos traseros.
Además, el papel es combustible y si hace fresquito siempre puedo encender una hoguera.
Esas pantallas que simulan un leño ardiendo, son aborrecibles y adocenadas para mi alma sensible con ansias de libertad.
No puedes darle a un león un canapé de salmón ahumado con una montañita de caviar encima y que te dé las gracias educado él.
A la mierda, ya he divagado bastante.
Buen sexo.

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Iconoclasta

Es una buena hora para morir…
Hay silencio, nadie ve que te apagas, nadie grita, nadie se asusta…
No hay nervios, solo esa desidia de la fatiga que convierte a la muerte en un susurro que te dice: «Ya está bien, ya es hora. Estamos un poco cansados, amigo Iconoclasta. Vámonos de aquí».
Como si me quisiera, como si me cuidara.
La muerte tiene buenos detalles cuando te la encuentras en la noche, en la intimidad y el silencio de ti mismo. La ternura se agradece cuando lo amado descansa y te quedas un poco indefenso ante el mundo.
Ella duerme en algún lugar cuando yo hago mutis por el foro, sin alardes, con discreción.
Y con la exquisita ternura que he aprendido en el momento de morir, le digo al aire: «Te queda mucho, mi amor. Nos encontraremos pronto, sé feliz hasta el agotamiento. Estaré bien. Estarás bien… Adiós».
Es tan sencillo…
Era tan sencillo amar hasta la muerte. No había un drama, solo cariño y delicadeza.
Y una fatiga serena, casi como la sonrisa de un augusto dibujada en los labios cerrados.

Las divagaciones de un ateo

Yo sé que no existes, pero a veces desespero en este mundo sin magia ni dioses, necesito a alguien a quien responsabilizar de mis errores y lo que pago de los ajenos.
Porque vivir en este planeta que tú creaste, es patear los excrementos que dejan los otros a medida que caminan. No puedes dar un paso sin ensuciarte los pies.
El hombre se procuró calzado por esa razón. Alguien tenía que tener el sentido de la higiene que a ti te falta.
Te has equivocado, Dios. No tienes sentido de la equidad, no tienes un ápice de ética.
Tus errores, son nuestro tormento, angustia y frustración.
Tengo un rosario de cuentas de mierda que hago bailar entre mis dedos en honor a ti.
Siempre me das en el mismo lado de la cara, tu sentido del equilibrio es nulo.
¿O simplemente eres malo sin más?
¿Es posible que mi podrida mente haya creado algo tan repugnante como tu divino misterio?
Joder, Dios, no me das descanso. ¿Tal vez sea que me sobrevaloras? ¿Crees que podré resistir hasta la hora de morir tu negligencia como ser superior? ¿Me quieres obsequiar otro tumor, otras venas secas, otros huesos infectados? Tengo la sangre dulce y apenas me quedan dedos en los pies que cortar.
Eres un puerco…
Ya está bien ¿no? No soy un Dios, no puedes joder a alguien que es tan poca cosa como yo, no tiene mérito. Eres un Dios apático, sin inquietudes. Un Dios que como una mala ramera, se conforma con cualquiera que le dé unas monedas.
Solo que tú, no necesitas prostituirte. Entiendo tu perversión y el placer que sacas de ella; pero si yo fuera tú, sería el puto Dios al que todos aman y admiran. No te golpearía cada día, ni te llevaría lejos, al lado contrario del amor.
Soy soberbio y vanidoso. Soy lo que tú no has sido nunca, por eso nos odias. A ella y a mí.
Te daría unas monedas para que desayunaras bien un día, luego te arrancaría el corazón; pero alternaría entre la alegría y la tristeza. A los perros les damos carne entre tanta croqueta seca.
Tú no… Tienes que acabar con quien te propones, hasta que cague sangre oscura.
¿Te masturbas allá arriba o a mi alrededor? A veces soy yo el que se masturba y desearía dejarte ciego con mi semen, que acertara en tu gran ojo de párpado triangular, estúpidamente triangular.
Ese ojo que todo lo ve, que todo estropea.
Sumas penas a otras penas, hilvanas costuras de soledades y lejanías, tejes una telaraña de desesperanzas y eliges a tres o cuatro idiotas a los que dar toda la alegría que a mí me niegas.
Eres un hijo puta.
Nos niegas a dos seres insignificantes, una simple esperanza.
Nos haces la vida tan larga que pedimos a gritos la muerte.
¿No la ves? Está sola, está cansada, como yo. No hagas nada, mi Dios de mierda, simplemente mira a otro lado, deja que nos acerquemos despacio, con esperanza. Moriremos antes de llegar.
¿A ti que más te da, mi piojoso Dios?
Si tuvieras algo de decencia, crearías un cáncer en los testículos de ese vecino idiota que no sirve para nada. Yo lo jodería así y ayudaría a un buen hombre a cambio. Es mucho pedir para ti ¿verdad?
Tú no buscas dormir tranquilo, sonriendo por esos pobres diablos que al fin se han besado.
Es más excitante para tu gran pene sagrado ver como la piel de unos niños se pega a sus huesos y sus ojos son los abrevaderos de cientos de moscas. Te conozco Dios, no sirves, eres un gran error que se retroalimenta de volubles designios, que son inescrutables porque simplemente no existes. Te creamos los desesperados de la ilusión. Te creamos los ateos ante la frustración de vivir cada día aquí, en este lugar que creaste sin existir.
Solo eres una conciencia colectiva, una pantalla de autocine.
Una simple abeja reina que lanza sus feromonas indiscriminadamente, sin voluntad, sin inteligencia.
¿No ha habido bastante dolor? Mira, hay mucha gente a la que matar, a la que enfermar, los hay a millones. Gente que se lo merece de verdad, te lo digo yo.
Deja de mirarnos, no somos nada, no importamos más que a nosotros mismos.
Deja que nos aproximemos, no puede hacer daño a nadie. Nos duele todo el cuerpo… Nuestras vidas están ya muy avanzadas o castigadas, puedes llamarlo como te salga de la polla; pero búscate otra distracción.
Yo la beso, la abrazo y tú miras a otro lado o matas a un bebé durante esos instantes, no importa.
Simplemente no nos prestes atención. No somos peligrosos, puto Dios.
Como me gustaría cortarte el cuello y que la sangre caiga sobre la humanidad, crear con tu sangre diosa una plaga de dimensiones cósmicas.
Tengo mis sueños, tengo a mi amor tan lejos en tiempo y distancia, que ya no sé si es amor o una locura de mi mente apaleada. De mi ánimo cansado de tu aceite hirviendo goteando encima de mí.
Tal vez sea el agobiante peso de tus designios lo que me hace pensar que alguien me pueda querer solo un poco. Que alguien me pueda estar esperando. Porque tú no das tregua, si por ti fuera, comería cristales rotos todos los días, todas las horas. A veces me oculto de ti, por eso sigo vivo.
No creo en ti, no existes; pero deberías ser. Alguien tiene que ser responsable de todo esto, de mi cuerpo, de mi cansancio, de mi boca seca, de mis lágrimas que son legañas puntiagudas como erizos anclados en mis lagrimales.
¿Estarás contento si consigo llorar sangre? Déjame ciego y que ella me guíe.
No te pido nada, solo pido, Dios de la mierda, que me ignores. Que la ignores a ella, porque mi sufrimiento lo puedo sobrellevar; pero el de ella… Es algo que me pudre las entrañas. Me duele ella más que yo mismo en llamas.
Que niegue tu existencia es lo mínimo que puedo hacer, porque yo sí que tengo algo de dignidad. Necesito devolverte todo el mal que nos has hecho.
Fíjate en esa mala mujer, haz que de su coño nazcan hijos muertos cada vez que mee. Céntrate en la asquerosa, se lo merece. Y dale así un respiro a mi amor. Déjala que se levante, ya se ha arrastrado bastante. Déjanos llegar con vida al abrazo ansiado.
Eres un hijo de puta, a los buenos destrozas y la idiotez premias.
No lo haces expresamente, Dios imbécil, solo haces lo que puedes. Eres un accidente del universo, algo aleatorio. Alguien te matará desde una galaxia lejana, alguien que sepa de tu podrida inexistencia.
Alguien disparará una andanada de ondas quarkianas y mi cabeza estallará y morirás.
No te creas tan Dios.
Solo vives en mi mente cansada de tanta banalidad y envidia.
Solo eres una moneda lanzada al aire con un pulgar torpe.
Aún así, eres responsable ante mí y ante ella de nuestro cansancio vital y de unas lágrimas excesivas.
No creo en ti, pero te odio y desprecio tan profundamente como a ella la amo.

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Iconoclasta

Malditas y divinas deidades

Deidades…
No son lo buenas que se creen.
Esas deidades son como gigantes que toman un bebé con la punta de sus dedos, con cariño y ternura; pero aplastan su pecho y lo matan con su desmesurada magnitud y fuerza.
Las deidades creen que como ellas aman y sienten, aman los humanos. Y les echan al rostro y a la mente toda esa sensualidad y erotismo sin ser conscientes de que los doblan como si recibieran un puñetazo en la barriga. Crean con su poder divino un universo que no está al alcance de los no sagrados.
Sonríen radiantes y nosotros pensamos en como es posible querer tanto en tan poco tiempo, porque no somos dioses como ellas. Sonreímos porque nos contagian; pero hay un profundo amor serio como la muerte en algún punto de nuestro pecho; un dolor de no poder alcanzar, de no ser suficiente para todo esa pasión y deseo que destilan las diosas por cada poro de su piel.
No creía en seres divinos capaces de con el silencio, transmitir su divina existencia. Con sus palabras fulminar mi paz e independencia y convertirme en su devoto amante pequeño.
Infinitesimal…
«Yo soy Dios», quisiera decirle con convicción a la diosa; pero sé que sonreiría con cariño y ternura, como si fuera una pequeña réplica graciosa y barata de un tótem.
Una figurilla coleccionable.
La deidad me quiere; pero no imagina el impacto que tiene en mi pensamiento y organismo. No calibra la magnitud de su ser frente a un humano.
No tienen necesidad de ello, ya hacen bastante con mostrarse con toda su divinidad ante nos; están libres de escrúpulos, son diosas.
Su grandeza las define.
Se convierten sin saberlo, con una exquisita inocencia, en seres crueles que nos enamoran sin ningún reparo. Con toda su belleza inexpugnable.
Tal vez no, sean crueles, pero no puedo ser ecuánime. No soy justo juzgando cuando el mundo lo cubre mi diosa y todo es ella.
Te hacen sangrar el corazón con sus palabas, con unos puntos suspensivos prendidos de sus santos labios…
Hay un cigarrillo consumiéndose en el cenicero al que no hago caso porque la diosa está presente. No es momento para la banalidad, podría morir en cualquier momento, no soy divino. Debo administrar bien mi tiempo.
Yo un ateo convencido, soy ahora un sacerdote pagano.
Soy demasiado viejo para esto… Las deidades son inmortales y su eterna juventud nos hace viejos cualquiera que sea la edad. Ellas marcan las épocas.
Escribo y describo lo inexplicable con suficiente precisión, pero no hay consuelo.
Tal vez quede una esperanza: ¿los dioses nacen o se hacen? Es un problema en el que estoy trabajando.
Me centro en la segunda opción, estoy harto de imposibles.
Si pudiera ser tan solo un poco dios, le haría sangrar los labios con un beso de furiosa y desbocada lujuria. El dolor del amor desatado, desbocado. Una venganza de amantes.
Tal vez no debería ser dios, no tengo medida alguna como hombre.
Porque le mostraría mi polla palpitante y una gota de fluido que se descuelga desde un glande cárdeno por la congestión sanguínea que provoca su cuerpo divino.
¡Ah… La sagrada obscenidad!
Apuñalaría el espiráculo de un delfín sonriente para mostrar que mi crueldad es equiparable al amor que me dobla por ella. Para demostrar que cualquier vida importa menos que amarla.
Mataría hombres que eran tan humanos como yo, para demostrarle mi violenta divinidad. Como un reproche a la esclavitud a la que me tiene sometido.
Aplastaría con mis pies los dedos de un niño que juega en el suelo…
Tal vez no le gustara, pero soy su obra. Tiene que ser consecuente con lo que provoca.
Malditas y divinas deidades…


Iconoclasta

Verás, Muerte, lo he pensado bien y todo este tiempo he estado equivocado.
No quiero morir rápidamente.
Sé que estoy causando cierta irritación en ti, por tanto tiempo que he deseado una muerte rápida e indolora.
No es que sea voluble, entiéndeme Muerte.
No soy un adolescente que se masturba dos o tres veces cada día cada vez que va a mear.
Lo que ocurre es que he llegado a la conclusión de que si me llevas rápidamente, no podré pasar revista a mi vida como lo hacen algunas víctimas en las comedias: ven pasar ante sus ojos episodios importantes que han vivido a toda velocidad, un videoclip alocado.
Es de risa; pero estamos en plena era multimedia, deberías modernizarte, Muerte.
No es de risa… Es miedo a morir mediocremente.
Quisiera un tiempo de agonía, no importa el dolor ¿sabes? La edad me ha hecho valiente, no soy Conan; pero lo intento.
Un dolor moderado estaría bien, tampoco quiero lanzar alaridos o que me crezcan las cejas de repente y me salga un mechón blanco en la cabeza.
Siempre hay un término medio y sé que sueles tener un humor muy negro.
El problema es que he tenido una vida un tanto intensa, y no quiero morir sin dejar de pensar en muchas personas y en muchas cosas.
Para otros esa intensidad estará sobrevalorada, pero no me interesan sus opiniones.
Hablando en plata, me las paso por el culo.
Entiéndeme Muerte, no soy una lombriz que ha vivido un par de semanas comiendo y cagando tierra. Creo que con los dolores que he padecido, los miedos, las alegrías, ternuras y amores; necesito una buena agonía.
Un buen rato para morir satisfecho y concluir que todo valió la pena y que supe vivir.
Y si es demasiada molestia para ti, no te preocupes, Muerte. Dame todo el sufrimiento que quieras, tendré a mano algo de marihuana que me libere un poco del dolor y del miedo, pero me deje lo suficientemente lúcido para pensar en lo mucho que he amado y odiado, lo bueno y malo que he hecho.
No es un arrepentimiento por lo malo. Simplemente quiero morir pensando que mi vida ha importado y he marchado por un camino que he elegido.
Peco de vanidoso, pero he tenido y perdido tantas cosas, que me parece ridículo palmarla sin tener tiempo a evocarlas. Quiero asegurarme de sentir al morir todas las emociones que he disfrutado o padecido.
Algo que demuestre que no soy insecto.
La verdad es que cuando te haces más viejo que tu padre, tienes la sensación de que estás viviendo unos años que no te tocan. Y piensas que ya está cerca el momento y te has de preparar.
Por eso y en vista de que vivo un tiempo antinatural, a veces te veo asomar ávida en mis sueños y te pido que no sea rápido, dame unos minutos para recordar mientras me asfixio o mi corazón se rompe.
No he descubierto nada importante, no he conseguido ningún logro en el que destacar; pero yo tampoco tengo la culpa de no ser un genio. He sacado partido a mi cerebro tal y como está configurado. Unos nacen inteligentes y a mí me tocó ser simplemente tenaz.
Siiiii…. Está bien, los hay que dirán que fui idiota; pero son unos hijoputas.
La envidia es muy mala, Muerte. A ellos los deberías matar rápidamente.
Que mueran como gusanos.
Eso sí, quiero que mi muerte sea ciertamente cómoda, porque si me matas abrasado por las llamas, más que pensar en lo que fui, pensaré en buscar un extintor o una manguera y toda mi dignidad se irá a la mierda. Y si me lanzas de las alturas, estaré más preocupado en obligar a mi cuerpo a evolucionar hasta tener alas.
Un tiro que me desangre lentamente porque ha tocado la femoral, un infarto que camino al hospital me mate… Esas cosas.
Tampoco pido tanto, de hecho, no recuerdo haber pedido nunca nada, salvo una hipoteca.
Una vez tuve miedo en la agonía. La primera vez que sale sangre por la boca, te asustas. Creo que es una reacción lógica; pero lo he superado. Hay cosas que se aprenden, no nací enseñado, y tal vez era demasiado pronto para que lo comprendiera.
Así que si estoy dormido, que el dolor me despierte. Uno sabe cuando va a morir, prometo no patalear histérico y gritar de miedo. Me encenderé el canuto de marihuana si fuera necesario y no me has dejado inválido, y simplemente me acordaré de muertos y vivos, de algunos trabajos, de mi hijo, de amigos y enemigos, de amores y odios, de aciertos y buena suerte, de frustraciones y errores.
Y entonces ante todo eso, pensaré que incluso ha sido una vida demasiado larga. Pensaré en todo lo que he escrito, y maldeciré la eternidad que representa tanto soñar.
Eso se llama morir en paz, Muerte.
Creo que es razonable, tú puedes ir a matar a otros mientras yo agonizo, no perderás tiempo en tu trabajo.
Bueno, pues eso, si me haces el favor, no me mates rápidamente. Luego puedes hacer lo que quieras con mi alma corrupta si la tengo.
Hasta pronto y buen sexo, Muerte.


Iconoclasta

El paraíso efecto invernadero
Habría que vaciar el paraíso de tantas almas, pesa sobre mi cabeza, es demasiada presión.
No es sostenible que hayan tantos millones y millones de muertos que hayan sido tan buenos en vida. Eso es mentira, el paraíso es una secta destructiva.
Las almas son las que provocan el efecto invernadero. Ya deben ser multitud, sus excrementos tienen que ir a algún lado. No son los aerosoles los que destruyen el ozono, es la mierda bendita de los tocados por la gracia divina.
Mi divinidad es un músculo cavernoso que se hincha de sangre y a las mañanas no me deja orinar bien. Es lo que hace que me sienta orgulloso de ser lo que nadie quiso que fuera.
Son tantas y tan buenas todas esas almas que me avergüenzan de mi naturaleza animal.
No puedo follar a una mujer sin sentir que todos esos bondadosos que se ganaron la gloria, están mirando mi culo subir y bajar, observando como hundo mi lengua en esas vaginas deliciosamente viscosas…
No puedo evitar que al comer marisco, sienta el reproche de sus miradas idiotas por no ser humilde. Siento que al fumar, debería donar el dinero a los pobres y los muertos de hambre.
Padre… Soy un gusano, discúlpame, pero no es mi intención ir al paraíso para coger de la mano a un nerón idiota que sonríe gordo y flotante. Sin pene ni cojones en el pubis.
Los eunucos son tan desagradables…
No sé porque miran con beata compasión mi polla entrar y salir de esa raja…
Si tuvieron hijos es que sus beatos y bondadosos penes y coños hicieron coito. Follaron, copularon como bestias en celo. No sé porque están en el paraíso.
Deberían quemar las almas buenas que rondan ese cielo estúpido e insulso para hacer sitio a las nuevas generaciones de beatos muertos.
¿En el paraíso no follan? ¿Sonríen siempre tomados de sus pulcras manos plenas de bondad?
Ojalá mis muertos no estén allí, no me gustan las sectas idiotas.
No me gustaría mandar a mi padre a la mierda por verlo sonreír estúpidamente con una túnica blanca y las manos puras de inocencia, como si nunca hubiera follado, blasfemado, emborrachado y engañado.
Sueño con los muertos, con los que amo, flotando en el espacio, clavados cada uno en una cruz, sangrando… Con los genitales lacios, inertes, muertos como ellos.
Y el espacio es de un azul cobalto, las nubes están preñadas de ira de soportar tanta muerte…
Padre Nuestro, mejor deja que mi alma se descomponga junto con mi cerebro y mis genitales, que se transforme en lo que sea; pero no quiero ir al paraíso de los eunucos y no follar para toda la eternidad con la mirada idiota de los que han fumado demasiado hachís.
Por otro lado, a veces me siento un poco ecologista y no quiero participar en la destrucción de la capa de ozono. No voto a los verdes porque son tan buenos que imagino que ya los tienes fichados para la entrada en el reino celestial. Y me caen mal las almas bondadosas, no son de fiar. Nadie cambia aunque esté bajo tu protección. Estoy seguro de que tienen llagas purulentas bajo sus túnicas blancas y cagan y orinan de pie mientras sonríen felices de mierda.
¿Acariciar una ballena vale el cielo? Porque no tengo dinero para hacer un crucero. ¿Sirven las caricias a mis gatas?
¿Cuando una puta dice «te amo», va a tu paraíso de mierda, a pesar de tener el coño negro de tanto tirarse a borrachos y subnormales?
No me lamento por la muerte ajena, somos muchos, pero si un día me arrodillara en la tumba de cualquier desconocido ¿sería perdonada mi indiferencia?
Solo quiero saberlo para no ser perdonado. Me niego ir a ese paraíso melifluo de seres que no follan, que no maldicen.
De mediocridad, uniformidad e hipocresía hay mucha en la tierra, no quiero más de lo mismo. Envíame al infierno y si me meten un hierro al rojo por el meato de la polla, me jodo; pero lo prefiero a tu paraíso.
El dolor puedo aguantarlo, pero la uniformidad, el tiempo inmóvil y la certeza de que todo será eternamente invariable, me jode cosa mala.
Hagamos una cosa, para asegurarme el infierno. Voy a follarme a la hija de mi vecina, la voy a violar más concretamente, con quince años se merece un buen tratamiento ginecológico, soy hábil. Luego le acuchillaré los ojos y esperaré a su madre para penetrarla con una botella de vino roto hasta que se vacíe de sangre.
¿Será suficiente para no ser perdonado? Porque aún puedo sacarle los intestinos al padre con una navaja de afeitar oxidada.
Y puedo eyacular sobre el cuadrito de la virgen que tienen encima del televisor del salón.
Padre mío, puedes condenarme ahora por mi pensamiento infecto y evitar que lo haga.
Sabía que me perdonarías, tú quieres ver como me follo a madre e hija y hago morongas con las tripas de papá.
Sea pues, es tu voluntad.
Me voy a sacar mi billete al infierno de una vez por todas.
Este calor del efecto invernadero es insoportable. Me ha tocado ser el malo. Pues muy bien, lo soy, no problem.
Tap, tap, tap, tap (pasos tranquilos hacia la casa de los vecinos que voy a masacrar).
Almas bondadosas, no miréis con tanta intensidad lo que le hago a la niña, puercos. Sé que de alguna forma os tenéis que masturbar en el Cielo, no soy un ingenuo.
Y dejad de cagar sobre mi cabeza. Estoy cansado de tanta mierda.
Esos pedos divinos y llenos de gracia nos joden el ozono y provocan cáncer de piel.
No os creáis tan bondadosos.

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Iconoclasta

Mi cuerpo, cada extremidad, cada párpado y la boca, están unidos a hilos que me mantienen en vilo sobre un pequeño teatrillo.
Son ilusiones, filamentos o cuerdas que solo puede romper la muerte, porque me parieron tenaz. En un mundo colmado de decepciones y engaño, me afianzo con fuerza a mis hilos.
Mi protección, mi paraíso.
Con esas cuerdas nací, con ella moriré.
Con los años brillan más, cada vez son más fuertes. Es el entrenamiento al que las someto. Brillan como diamantes, como aceros cortantes. Es mi voluntad, que va más allá de lo que el cuerpo y la prudencia dictan.
Soy mi propia marioneta y mi pequeño escenario está situado en una zona de burdeles y basura.
Cuando ya lo sé todo y sé qué va a ocurrir, muevo mi cuerpo con ellas, azotando la ilusión y obligándome a creer que tal vez no sea cierto, que no ocurrirá lo que mi experiencia sabe.
Tiro de los hilos y bailo al son de la esperanza, de que todo será diferente. No mejor o peor, mi ilusión es que no sea mediocre.
Un hilo conectado a mi párpado de plástico se tensa y escapa una furtiva lágrima traicionera.
Es la rabia de la decepción… Levanto la vista al sucio cielo y observo los brillantes hilos que mueven mi locura sintiendo deseos de cortarlos, de rasgar a mordiscos las ilusiones y maldecir a mis padres por haberme parido marioneta.
Me guardo la ira metiéndomela en el culo, tensando un hilo de la boca para sonreír cuando la puta me dice: «te amo».
Sonrío a pesar de que caminar duele y alguien a quien amo, se encuentra a diez mil kilómetros lejos. En otro puto planeta.
Tenso la cuerda del pene creando una rotunda erección para meterlo en un coño de agujero demasiado usado, que me obligo a buscar porque las ilusiones son muy putas y tienen deseos animales. Tenso la cuerda de los cojones y lanzo mi semen tortuoso sin amor, como escupir una flema en la calle de madrugada.
Su coño es una escupidera y mi ilusión me hace maldito, maravillosamente perverso.
Los hilos me dan esperanza de ser algo diferente y único, para bien o para mal.
Cuando caminar duele, pateo con fuerza la cochina tierra en la que fui parido, me siento una marioneta- héroe en un lugar apocalíptico.
Mis hilos son cuerdas aceradas de piano que cortan y degüellan la realidad para evitar mi suicidio.
Si no fuera una marioneta de mí mismo, sería un cadáver.

 

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Iconoclasta

Se sigue un camino por la simple razón de que si alguien lo ha trazado llegará a algún sitio y tendrá un destino, una finalidad; pero las metas están demasiado lejanas y el camino se hace largo y monótono; es más seguro que pasar a través del bosque y sus ruidos.
Los caminos de los vulgares y mediocres, acaban con final feliz cuando son viejos y sus cerebros están desgastados. Podrían llegar a unos servicios públicos y los viejos beberían agua de los urinarios pensando que es una puta fuente de la vida, porque tanto esfuerzo merece un premio, tiene que ser así.
Una mierda…
He perdido mucha vida en pos de metas y ahora sé que no llegaré a ninguna. Mi meta es la muerte, simplemente. Me cago en los caminos, porque son fraudes.
Alguien estaba aburrido y se lo pasó bien desbrozando montañas y trazando sendas. Todos tenemos una finalidad, y es morir tras haber vivido mal. Los hay con suerte, pero no me consuela una mierda el bien ajeno. Que se lo metan en el culo.
Somos caminos que caminamos.
Hay un coño enorme goteando entre dos montañas sin árboles, en un paraje tan árido que no tiene explicación la existencia de esa coñomonstruosidad. Es como una flor carnívora que espera que me aproxime.
Mi camino no tiene bifurcaciones, lo he creado para no poder escapar. No es la odisea de Ulises, en mis caminos no hay aventuras, solo hay tristeza, desolación y absurdo. No hay un amor, no hay nada que querer. Podría correr, podría pasar entre piedras ocultándome, fuera del alcance de los labios vaginales que oscilan de deseo, de un clítoris que destila gotas que forman una laguna viscosa. Y no funcionaría, porque el coño es omnipresente, allá donde vaya, allá está, solo debo pasar por debajo, no hay nada más que decidir. Y camino y el coño me atrapa, me absorbe y muero. De todas formas debía de morir.
Y despierto con la sensación de pérdida de las ilusiones.
Hay caminos que conducen a prados verdes, de la misma forma que hay muertes que conducen al paraíso.
Eso no ocurre en mi mente, creo caminos que no conducen a nada, porque no me gusta lo conocido. Quiero un lugar y perderme en él, descubrirlo. Y sobre todo, saber que ningún hijoputa ha pisado ese espacio. Solo quiero una brújula y trazar mis metas para no llegar a ellas porque algo interesante ha llamado mi atención.
Un camino trazado conduce inexorablemente a un destino vulgar, porque de las manos de la humanidad solo puede salir eso: mediocridad.
Mis caminos conducen a mares monstruosos y asesinos, al espacio letal, a un arenal sin vida.
Cuando el camino se acaba llega el vértigo del fracaso, la vergüenza, el ridículo. Pero estoy solo, es mi camino, mi humillación no la ve nadie. Solo existo yo y mi mierda.
Siento ganas de llorar por todo ese tiempo perdido y los esfuerzos para llegar; pero sobre todo el temor de quedarme en medio de toda esa hostilidad.
Mis caminos son buenos para llorar, es en el único lugar que lloro. No le doy un espectáculo dramático de mierda a nadie.
Me convierto en algo atrapado y soy solo desolación. Un monolito de barro seco…
Aunque después de la primera impresión y recapacitar sobre lo que me he encontrado en la vida que otros han construido, no tengo miedo a la desolación.
Los caminos de mi mente quieren ser desalentadores. Y por eso las sanguijuelas se alimentan de mi glande y bebo sangre de venas anónimas, de cortes profundos en las ingles…
Mis caminos son circuitos de entrenamiento, más duros que la vida. Nadie puede enseñarme la dureza y la bestialidad, porque mi cerebro tiene más de eso que todas las materias grises de la humanidad.
Mis caminos son tenebrosos.
El cielo que los cubre es gris como el plomo, las nubes están tan bajas que el pensamiento rebota en ellas, y me oigo mil veces. No hay música, porque es banal. La música distrae de la miseria en la que se vive, distrae de los sueños infantiles que jamás se cumplirán. No hay música, solo mi respiración y mi pensamiento. Y caen rayos en el horizonte y sobre mí. Hay gatos sin patas que se arrastran pidiendo muerte, y yo no quiero matarlos. El ruido de los pasos en la grava es ensordecedor. Y no hay un solo declive en el camino, no hay cambios, es andar sobre una cinta continua, no hay movimiento.
Y aún así, llego a una distancia en la que soy adolescente, me saludo; pero no hago caso al caminante y continúo metiendo en una bolsa de plástico transparente uñas ensangrentadas y sucias, colillas y trocitos de carne que huelen mal que salen de la tierra húmeda.
— ¿Por qué llenas esa bolsa con tantas miserias? —me pregunta el caminante.
—No sé, en algún momento nací y me encontré aquí. No hay otra cosa que hacer. Y el camino es infinito. Solo caen rayos. ¿Eres tú el creador, verdad? —me responde el adolescente.
—Soy tú cuando tengas cincuenta años.
—Te conservas bien, me gustará llegar a esa edad.
—Habrá dolor, joven yo. Y miedo.
—Pues que llegue pronto, porque esto es un aburrimiento, no me gusta recoger los restos de nadie, sus miserias, sus penas. Porque no hay seres vivos, si no se las metería a todos por el culo de nuevo para que las cagaran con sangre, donde quiera que sea que caguen.
Siempre hemos sido unos cínicos, de joven y de mayor, nos reímos de nosotros mismos, y decidimos cuanto despreciar lo que hicieron mal tantos muertos. Tenemos derecho, no pedimos todos esos campos vallados propiedad siempre de algún subnormal sin cerebro. No pedimos nacer para que alguien nos hiciera mierda la libertad.
Siento ganas de abrazarlo, porque era valiente, yo era valiente y sabía que era mierda lo que había en mis manos, y que nada variaría. No se lo dije a nadie, era mi secreto, mi madurez, mi sabiduría.
Y aún así, miré y miro el mundo buscando algo, en la triste realidad a sabiendas que voy a fracasar; pero tengo cojones y fuerzas para intentarlo hasta morir. Nadie me enseña nada, nadie me condiciona. Aunque duela, aunque me mate, lo haré. Buscaré lo bueno, sabiendo que no está. No tengo otra cosa que hacer, más que morir, soy tenaz.
Yo creo mis ilusiones y esperanzas y yo las mato.
Soy pesimista, pero jamás derrotista, cuando esté muerto hablaré de la paz.
Son tan densos mis caminos, tan metafísicos y existenciales, que temo quedar atrapado en toda esa trascendencia al enfrentarme a todo ese vacío. Y asustado sigo adelante.
Me haría una foto para mi perfil de las redes sociales: me colgaría de las orejas los testículos descompuestos de algún cadáver que a veces caen desde el cielo.
Temo el dedo en el gatillo que no cesa de realizar una presión cada vez mayor y mis células gritan que pare. Cada día estoy más sordo, y las células más afónicas.
Alguien toma un camino trazado porque sabe que alguien lo hizo, luego, no hay razón para no andarlo. No hay razón para temer; pero en mis caminos los hijos están muertos y eso duele infinito. Están podridos y sufren en una eterna y dolorosa agonía, sin reconocer las voces de sus padres. Están sucios de algas podridas que el mar arrastra a la playa de arena de cristales afilados. No llego nunca a los hijos muertos, me desangro antes y dejo un rastro de quince metros de tendones y piel.
Mis caminos tienen una razón para no recorrerlos, y yo ando por ellos, porque son mi creación, aunque me joda.
En mis caminos hay volcanes que convierten en ceniza las ilusiones y es difícil respirar. Imposible reír.
Mis caminos son tan importantes, que la vida y la muerte se confunde. Nunca sé cuando vivo y cuando muero, cuando camino o cuando me convierto en un mojón en la vereda.
Salgo de mi camino para volver a la realidad, con la esperanza de que habrá algo por lo que merezca la pena respirar.
El joven que era yo, se disuelve en una bruma iluminada por rayos, con su bolsa de miserias ensangrentada, sucia de colillas… Se ríe, me saluda con la mano.
—Seguiremos buscando, lo haré, aunque duela. No te preocupes, viejo yo. Husmearemos entre la mierda las cosas hermosas, y cuando fracasemos, volveremos a nuestros caminos a ser héroes hacia la muerte. Fracasados de sonrisas rasgadas.
Salgo del camino y me enciendo un cigarro frente al cuaderno abierto. Y escribo de mis ilusiones encima de la ceniza del cigarro que cae en el papel.
Se me escapa una risa y pienso que un fracaso más no importa, cierro el cuaderno.
Salgo al camino ajeno, al sol, al ruido y a la música. Tal vez haya algo más que banalidad. Aspiro hondo ante el próximo fracaso.

 

Iconoclasta

Se vende hombre insensible, a prueba de toda clase de situaciones, absolutamente indiferente a la vida de los demás y a la muerte propia.
Come lo justo y necesario para sus gustos y caprichos (es económicamente suficiente), manteniendo una razonable higiene en la cocina. Es ideal como decoración.
Por simple filantropía y generosidad, se comerá el coño de su dueña si así lo quiere ella. Eyaculará silencioso sobre la piel por la que siente indiferencia, convirtiendo el acto sexual en algo sórdido, como en las mejores películas de corte hiperrealista e intimista.
No levantará falsas ilusiones ni mentirá, porque no es necesario, porque no le importa si algo duele, incomoda, humilla o molesta. O todo junto.
El objeto de compra se compromete a mantenerse vivo por un periodo no inferior a 15 (quince) años, al cabo de los cuales, me reservo el derecho al suicidio o a avivar y promover un cáncer de pulmón. El objeto de compra es fumador y bajo ninguna circunstancia dejará de fumar cuando y donde le apetezca.
Ejerceré como elemento de seguridad en el hogar y esporádicamente puedo realizar pequeñas y superfluas tareas domésticas.
Donde realmente se encuentra mi utilidad, es en la decadencia de mi pensamiento misantrópico, y el total descontento de mí hacia el mundo e incluso hacia mí mismo.
No existe nadie tan vacío ni frío como yo. Nadie tan fuera de lugar en el mundo.
Mi función, es pues, catártica para mi dueña.
Aquella mujer que me compre, al observarme, se dará cuenta de la verdadera desolación de un ser, presumiblemente humano. Se sentirá, así, dichosa todos los días de no tener nada en común con la propiedad adquirida.
Bendecirá su buena estrella cuando cierre la puerta tras de sí dejando toda esa miseria que soy yo, encerrada en la casa.
Podrá ver cada día como me aboco cada día hacia la muerte entre altibajos emocionales propios de un desequilibrado mental. Y lo más importante, lo podrá compartir en el muro de su red social y con sus amistades.
Seré la más exóticas de las mascotas.
Puedo resultar todo lo patético que pueda proponerme, y si es el deseo de mi dueña, en una intimidad adecuada, me masturbaré con la cabeza cubierta con una bolsa de supermercado, como si me encontrara haciendo mi última voluntad ante mi verdugo.
Incluso puedo hacerme un lazo decorativo en los genitales y fotografiarme si así fuera su deseo y mi humor en ese momento para acceder a ello.
En definitiva, pues, puede sentirse libre de proponerme cualquier aberración sin que ello cause en mí ningún escándalo o escrúpulo. Si ella decidiera asesinar a alguien, yo no pondría objeción alguna.
La compradora se compromete a crear un lugar físico exclusivo para mí y para mi desarrollo como escritor acabado y frustrado, donde pueda mantener en el desorden que yo crea conveniente mis papeles, plumas, libros y ordenador.
En el caso de que la compradora se sintiera triste o decaída por un mal día o unos biorritmos hormonales impredecibles, puede hacer como que no existo, porque de hecho, no vivo, solo estoy. No me preocupa que piense en determinados momentos si soy un hijo de puta o un cerdo sin corazón. Como no me importa la ternura que pudiera inspirar cundo esconda mi rostro tras un libro o una libreta porque a nadie le importa si grito o lloro.
No garantizo ningún tipo de conversación gratuita o amable, no es mi función ser dama de compañía, sino todo lo contrario.
La razón de venderme, es que soy el hombre más solo del universo; pero por esta misantropía con la que fui parido, es mi voluntad, mi capricho y mi orgullo mostrarme ante los otros seres vivos como lo que soy, para que en algún momento pueda causar molestia o incomodidad con mi propia existencia. De la misma forma que dicen que Jesucristo nació para redimir a los hombres, yo he sido gestado y expulsado al mundo para que se sepa que la vida es una mierda y que al menos un humano ha nacido en un lugar que no debía en un tiempo que no es suyo. Y que ningún lugar o tiempo, podrían consolarlo de su propia existencia, en tanto haya un ser humano respirando a menos de 10 kilómetros (diez) a la redonda.
Soy una permanente performance, es el concepto que podría definirme.
Salvo que las performance duran poco tiempo, por lo cual, mi compradora, deberá demostrar una madurez mental perfecta para que pueda mantener un nivel de cordura aceptable y no someterse al desgaste que provoca mi presencia entre los seres humanos.
Si escupo o meo sangre, la compradora, podrá exigir mi examen médico, para preservar su propiedad, solo por los primeros 15 (quince) primeros años antes mentados. Me someteré a las curas necesarias para mantenerme vivo durante ese tiempo.
El precio se acordará en la absoluta intimidad, para que ningún estamento público pueda exigir impuestos por la transacción.

 

Iconoclasta