Archivos de la categoría ‘Absurdo’

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Dicen que el alma es espíritu, aire, vapor, intangible y eterna.
Indestructible…
Pues la mía no cumple ninguna de esas condiciones.
Está rota, partida y hecha añicos como el vaso que se estrella en la fregadera sucia.
Y ahora no tengo alma. Ergo soy absolutamente libre, carezco de conciencia y escrúpulos.
Tendría que haberla vendido cuando estaba en buenas condiciones.
Espíritu, eterna… Es que no se puede creer nada de lo que la peña cuenta.

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La muerte, si la miras sin cobardía, es enviar a la mierda al mundo y lo que contiene.
Es dejar pagos incumplidos y tareas por realizar. Pasarse promesas y obligaciones por el culo y dejar que otros se sigan jodiendo.
Y salir impune de todo eso. Nadie podrá hacer nada por hacer pagar el daño ocasionado o las deudas dejadas. Te vas y tienen que tragarse toda su mierda.
Y me parece bien.
Tengo cierta impaciencia.

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Pongamos que dios existe.
Pongamos que si algo existe, es que algo lo creó.
El dios que creó a dios, es un ser superior a dios.
Es pura semántica, no creo en dioses ni su divinidad, de ninguno, de nadie. Podría escribir «el inventor que inventó a dios»; pero en el imaginario popular un dios se entiende a la perfección para estas disquisiciones.
¿Dónde está ese ser superior a dios?
¿Por qué no rezarle a él? Y al otro superior, y al superior del superior…
A lo absurdo e irracional se le llama infinito para tranquilizar la ignorancia y la imposibilidad de saber.
Y así no hay quien folle.
Es imposible buscar el origen plausible, un inicio que explique esto que respiramos, pisamos, comemos, cagamos, dormimos, follamos, morimos, matamos, envidiamos, equivocamos, tememos e ignoramos.
No se puede explicar la existencia de dios y ninguna existencia que carezca de origen.
Ni la del mismísimo universo, que fue creado por alguien, si existe realmente tal enormidad infinita.
Dios y el universo son infinitas imposibilidades y extravagancias.
El planeta y el universo que conocemos, solo son una serie de azares demasiado lejanos en el tiempo para encontrar su génesis.
Y se ha perdido tiempo y esfuerzo en conocer algo que no tiene razón de existir. Si no hay origen, no hay existencia.
Hasta los sueños tienen su momento de nacimiento y un creador.
Hay un fallo cuántico, reiterativo, eterno e irresoluble en la creencia de un dios y un universo infinito (y por lo tanto eternos y poderosos).
Ambas cosas solo me parecen restos intuidos de algo que el cerebro humano, ineficaz para estas cosas, no nos permite imaginar.
Tal vez somos los restos de un ser que ha muerto durante el sueño y nada tiene explicación o lógica.
Tal vez todo esto, sea ese instante de agonía eterna de algo que muere.
La inexistencia no puede explicar la existencia.
El universo y dios solo pueden conciliarse en mi pensamiento como algo absurdo.
El sueño de un ignorante con pocas luces.
La necesidad de creencias nace del miedo, y el miedo se aplaca con promesas de eternidades y metempsicosis.
Ahí, en el miedo, reside la imperfección, la improbabilidad y la inexplicable existencia (inexistencia) de dios y el universo infinito.
El miedo metafísico es irracional, intuitivo, y todo lo que con él tiene que ver, es también irracional y desesperado. Es lógico que se inventen mitos para tapar esos agujeros de ignorancia, de angustia.
Jesucristo junto con otros profetas y santones, fue uno de los casos hagiográficamente documentados (a posteriori) de paranoia. De miedo.
La evolución, la geología y la física cuántica, intentan explicar lo presente; pero no el origen o inicio. Porque de la nada, nada se puede crear.
Es tan simple, que es frustrante.
Y no se podrá explicar jamás, porque nos falta alguna dimensión o visión que nos permita encontrar un origen demasiado profundo, o demasiado desplazado del eje del pensamiento que el cerebro humano no puede gestionar.
Es un serio conflicto metafísico que sin miedo, sin necesidad de creer en supersticiones, es inconciliable con la razón.
Y entonces duermo, y todo pierde importancia. Porque los mundos oníricos, carecen de explicación; pero son infinitamente más inquietantes, más angustiosos. No quiero saber nada de ellos cuando estoy despierto, porque podría morir sin saberlo y convertirme en dios creador. En un inventor de mundos imaginarios durante ese instante eterno de muerte.
El origen eres tú y tu pensamiento, tu cuerpo, esos muslos que esconden la Vagina Todopoderosa que es mi única creencia. Mi única afirmación y prueba de existencia de algo tangible, penetrable y lamible.
Tanta inexistencia para al final decir que te quiero.
Locos escritores…

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Y esta imagen me recuerda que soy un bulto insignificante que no alcanza a recortarse contra el cielo. Porque soy nada, soy mierda.
Opaco sobre opaco.
Sublimación de lo anodino.
Así no hay forma de trascender.
Mi autoconocimiento es la humillación perfecta.
Soy mi mejor enemigo.

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Lorca escribió de un reloj: «suena oscuramente». Yo le añadiría: «circular y quietamente». Tanto tiempo y tan poca distancia recorrida… Ser reloj es maldición, ser yo es absurdo.
Me parece bien.
Ambas cosas.

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El sistema límbico del cerebro consiste en una estructura con diferentes zonas que gobiernan las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales.
Seguro que ya lo sabías, amor; pero haz como que no. No pasa nada, reconozco tu superioridad intelectual.
Y tus pechos que me hacen tar… tar… tartamudear, no hacen nada fácil mi elocuencia.
Perdona, tomo el control de nuevo.
Disculpa esta pequeña disertación médico-académica (casi forense), no pretendo parecer pedante. Solo quería explicar con precisas acotaciones, que amarte no es tan fácil, no es sencillo. No es un dulce fluir.
Aunque sí lo es, porque ocurre aunque no quiera.
En principio llegué a pensar que no tenía o había perdido mi sistema límbico (a veces soy casi infantil con mi entusiasmo por las cosas nuevas que aprendo, disculpa mi redundancia; es que me gusta eso de límbico porque me lleva al limbo donde estás hermosa y rotunda, soy tan plano…); pero no, mi sistema límbico está íntegro, aunque un poco alborotado. Por decir algo, lo mínimo.
Te explico:
Lo has convertido en un caos descontrolado ( si un caos puede descontrolarse más de lo que su definición indica), porque esperando saber de ti olvido mi nombre de tanto recitar el tuyo, devoro comida como un animal insaciable, mis emociones se han fusionado hasta ser solo una: tú. Ya no hay matices, todo lo llenas.
Y mis instintos sexuales me llevan a practicar agujeros en las paredes y follarte hasta la lesión, hasta que sangro.
Y no hay dolor, así que nada me frena.
No es divertido, cielo. Es sórdido.
En principio a mí también me parecía cómico; pero cierro los ojos en momentos de lucidez y soy un misil que vuela a Match 1700 hacia el asteroide Autodestrucción XY-22344/5.
Esto me recuerda una película que vi hace tiempo, que se llamaba Mi Sistema Límbico, y en medio de toda aquella comedia había una tristeza profunda y angustiosa que anulaba toda sonrisa. Me di cuenta de que cerraba con fuerza los puños en la butaca, horrorizado por el final que auguraban todas aquellas escenas de amargo humor que la enorme pantalla lanzaba directamente a mi ¿sistema límbico?
Como es posible degenerar, descender tanto… Me preguntaba.
Pobre hombre…
No me acuerdo quien la protagonizaba, no recuerdo en que cine la vi.
No recuerdo que fuera una película y un escalofrío de locura eriza mi piel, como lo harían los fríos dedos de la muerte en una película que tampoco he visto.
¿Puedes tener siquiera un atisbo de lo que has llegado a alterar mi sistema límbico?
Eres un virus en mi cerebro, un obsceno y hermoso virus del que no quiero sanar.
Mi sistema límbico ahora está perfecto, mi amor.
Gracias, mi vida. Besos, cientos.

Hola cielo: ¿Sabes en qué consiste el sistema límbico? Seguramente te es familiar, porque me provoca cierto déjà vu.
El sistema límbico hace de mi desoladora y sórdida soledad una paranoia en la que estás presente en todo momento, donde calmas mi horror a morir sin ti desplegando una sonrisa, con un beso. Diciendo mi nombre como si fuera un niño pequeño.
¡Ops…! Ahora no sé si quería hablar de una triste película que vi hace tiempo o del vacío que dejas en el aire cuando no estás y que me lleva a sangrar de una forma que mejor no te cuento.
Amar es felicidad, lo sé, soy feliz; pero aún así hay una bruma densa que me preocupa un poco.
¿Puedes tener un atisbo de…
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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La nieve es el semen seco de los seres sagrados que cae sobre nosotros como polvo ceniciento, como una caspa divina.
Un esperma frío y estéril como lo son ellos en sus putos cielos.

 

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Si se congelan las rocas ¿por qué no va a congelarse el pensamiento por muy arropado por carne, piel, sangre y huesos que esté?
De hecho el pensamiento se hace hielo en los tiempos cálidos y cuando llega el invierno no queda nada para congelar.
Por ello, observo el hielo en la roca y no siento frío. No pienso en el horror de la hostil frialdad.
Uno se habitúa a lo que es.
No es virtud ni perversión, es solo genética. Idiosincrasia.
Y una edad milenaria.
Como si el saber formara duros estratos antárticos en el pensamiento que las emociones no pueden perforar.
Está bien, hay superhéroes de todo tipo.
No obstante, me toco las orejas para asegurarme de que siguen ahí, no me fio de mis fríos superpoderes.
Yo: The Iceman.

 
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Es fascinante observar el propio trauma, esa capacidad de la carne por abrirse obscenamente y la sangre brotar tranquila. Aliviando un exceso de presión en el cuerpo.
Como una penitencia que tiene efecto.
Soy una herida en el planeta, un corte que no sana; siempre húmedo. Una lesión que no cicatrizará jamás, solo cuando muera.
Cuando el planeta me extirpe como un tejido necrótico, la humanidad dejará de sangrar un poco.
Porque este no es mi lugar, ni mi tiempo. No me gusta, no me integro por muchos años que llevo muriendo, marchitándome en esta prisión. Soy el fracaso de la naturaleza y de los humanos.
Un tajo en el tejido cosmogónico.
Soy infección de frustración y resentimiento.
Que sufra la humanidad y el universo; que mi vida tenga un fin concreto, certero y dañino.
Y me gusta tu coño, porque cuando separas las piernas, es como una herida… Y siento que eres como yo y quiero follar profunda y oscuramente ese corte por el que mana tu alma como un aceite que me lleva a la animalidad.
Estoy herido y soy trauma, soy lesión. Soy el tajo profundo en el rostro de dios.

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¡Vanidad, vanidad!
¡Blanca vanidaaaad…!
Precioso…
Es que me gusta celebrar cosas buenas de verdad: Moi.