Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Tiene una luxación del pensamiento, se ha doblado demasiado imaginando tiempos mejores, lugares sin tanta mediocridad.
Como un codo al revés, como un testículo lleno de intestinos por una hernia.
Así duele, así mata la frustración; como una enfermedad.
La enfermedad sea mental o física (siempre acabará siendo mental también), siempre comporta desesperación y un dolor insoportable de vivir.
No lamento dar malas noticias, ya hay demasiados predicadores y telepredicadores para las cosas amables de mierda.

Por tercera vez desde que estoy vivo, el socialismo ha creado una gran crisis y hundido la economía en España.
El socialismo en una secta evangelizadora de la hipocresía de una población controlada brutalmente por una burocracia millonaria en costos, con las emociones contabilizadas y legisladas. Una secta que pretende legislar incluso los momentos más íntimos de las familias y destruir al individuo para crear una conciencia insectil donde el sumo sacerdote será la reina de la colmena, el líder que gobierna.
La actual crisis no es causa de la guerra ruso-ucraniana, es lo de siempre, el socialismo es una secta destructiva de la libertad y la nobleza que empobrece a su plebe hasta el ascetismo.
El evangelismo socialista centra sus ideología en la banal difusión y adoctrinamiento de los sexos y sus perversiones o enfermedades, en los presuntos cambios climáticos (recaudación usurera), en el vegetarianismo (la ingesta de carne no es buena para mantener la mansedumbre del pueblo), los azúcares (demasiada energía para el cuerpo y la mente) y el tabaco, por ser reflexivo y no narcótico y olvidadizo como el consumo de alcohol y cocaína (tan extendido entre las clases política y alta).
Hay una película donde unos soldados encierran a todo un pueblo en una iglesia y, tras atrancar sus puertas y ventanas, le prenden fuego.
Es una idea aproximada de lo que pienso que debería ser una buena política en estos momentos: incinerar como vulgares cadáveres a los sectarios y continuar viviendo más o menos estafados; pero sin que nadie te toque los cojones diciéndote que eres una buena vaca mansa, hijoputas.

Iconoclasta

Te necesitamos, te extrañamos.
Queremos que te reflejes en charcos de sangre estrangulando la risa idiota, el gimoteo cobarde.
Sentada con tus patas abiertas sobre el lomo de un cadáver humano. Reptando sobre los casquillos humeantes de las balas disparadas.
En la pantalla rota salpicada de carne cruda de un teléfono.
En un televisor muerto que ciego refleja pedazos humanos.
Te quiero ver en la ira que ilumina el rostro del hombre que mata, en la risa del piloto que deja caer sus bombas sobre ellos, los otros, los que no quiero. Y sobre mí.
En el llanto ensangrentado de los que ahora gimen infantilmente, mientras fumo.
En las bocas de quienes hambrientos, devoran ratas apenas muertas y trozos de carne corrupta de un cadáver sin rostro.
Indecente y translúcida, cubierta con jirones de gasas sucias de sangre y pus que dejan caer los médicos como serpentinas sin alegría.
Necesito ¡oh, Aniquilación!, que incineres la banalidad y a los adultos aniñados.
Necesito ¡oh, Aniquilación!, la paz de una palabra grave, seria como un filo quirúrgico. El placer de un pensamiento pornográfico y su palabra sucia. Gozar de una violencia liberadora al fin, de la libertad, la puta libertad de mi pensamiento desinhibido.
Necesito que me saques de encima esta masa amorfa que intenta infectar mi razón de ella misma.
¡Oh, Aniquilación! Te siento tan cerca que desespero.

Iconoclasta

Porque sería indigno vivir sin daños.

El desgaste es lo único que indica el paso del tiempo, la erosión del cuerpo es necesaria, es mi derecho de mierda.

No quiero morir como un jovencito que no ha hecho nada en su vida. Quiero mis cicatrices y la degeneración de la carne.

Quiero morir como un cuero viejo y gastado.

Una sociedad decadente, retrasada mental, cobarde y analfabeta se escandaliza por una bofetada…
Es muy urgente, perentorio, que se declare una gran guerra mundial; de hecho es inevitable. Es la única forma de realizar una selección natural para contener la ya imbécilmente extendida globalización de las sociedades imbéciles que son ya plaga en el planeta.
Unos millones de muertos no pueden hacer daño a la especie humana, sino bien. Todo son ventajas en la selección de la especie y eliminación de taras ya profundamente endogámicas; sea natural o programada.

¿Me creerías si te confieso que no soy un dios?
No soy de tu estirpe, mi hermosa divinidad.
¿De qué parte del universo llegaste en tu nave invisible?
No sé qué hago a tu lado, cuando de repente apareces cabalgando un rayo de luz.
Amándote y soportando titánicamente el peso de tu amor.
Los huesos parecen partirse, estallar como troncos de madera podrida con un golpe cuando pienso en tu rostro y en tu boca que me come, me absorbe, me arranca el alma que ahora sé que es blanca como la leche.
No sé cómo ocurrió, por qué motivo te enamoraste de mí, es absurdo…
Tal vez el error de una diosa que erró su rumbo interestelar.
O es tu juego.
Tu capricho divino.
Un coño palpitante y hambriento que viaja milenariamente en el espacio-tiempo…
No sé, no entiendo, no comprendo.
Pero no soy como tú.
El peso de tu amor es abrumador y siento que he usurpado un lugar y un tiempo que no me corresponden.
¿Y si descubres que soy un mierda?
Lo sabes, ¿verdad?
Debe ser tu misión: observar fascinada (porque tu sonrisa es celestial y cósmica, una piedad dolorosa) la sordidez de mi vida acariciándote ese inmenso clítoris que llena mi boca hasta la asfixia, destilando un néctar denso y dulzón en mi lengua, en mis labios. En mis cojones que me duelen.
Hasta que tus dedos los consuelan.
Lanza un rayo protónico divino y mata al humano obsceno que ha hecho un altar para ti en su sucia y triste habitación, donde se masturba con gritos cuando no te manifiestas. Que al despertar se levanta pisando infecciosas jeringuillas sucias de sangre y caballo.
Tengo tanto alcohol en la sangre que temo arder cuando enciendo la pipa de crack.
Busco putas para humillarme, para ser indigno de ti y me abandones.
Y si me abandonaras, me abriría los muslos desde las ingles verticalmente para desangrarme en un instante cuántico…
No puedo evitarlo, les clavo la navaja en la nuca cuando me comen la polla. Mueren como los toros en el descabello, quedan inmóviles con este rabo que es tuyo en la boca y luego, mutilo sus cuerpos mortales; sus pezones no son como los tuyos. Y odio todo lo que no es tú.
Sus coños están tan secos que me duele cuando las jodo.
Coños de madera astillada que gotean la sangre de mi glande lacerado…
No soy un dios y el problema es que para merecerte no debo solo parecerlo, debo evolucionar a una deidad maligna que elige quien vive y quien muere.
Tú la diosa cosmonauta del amor y yo el divino de la muerte, solo así podría soportar el tormento de amarte.
Formaremos el Olimpo más sórdido y obsceno desde la creación del mundo.
¿Cuántos insignificantes mortales como yo tendré que sacrificar para ser como tú?
¿Cómo si no, se hace dios un mierda?
Amarte, siendo solo lo que ves, me está llevando a la desintegración.
Y tal vez es tarde ¿verdad? Tienes los datos, ahora ya sabes lo que dura un humano entre tus brazos.
Te irás en ese rayo de luz para siempre.
Puta diosa, te amo más que al jaco que pudre mi sangre.
Siempre fue tarde para mí ¿verdad?

Iconoclasta

Lleva lloviendo tres semanas.
Dan ganas de quejarse como Sarah:
“– ¡Esto parece más surf que patinar! Podría dejar de llover por una vez”.
Y que alguien como Eric Draven nos responda también, con tristeza y esperanza:
“–No llueve eternamente”.
El Romanticismo y su feroz existencialismo murió devorado por la vulgar y cobarde sonrisa cultivada en el buen y manso ciudadano. Y de alguna forma hay que recrearlo para que el coraje no sea devorado por la cobardía.
No ha habido en la historia de la humanidad causa alguna de optimismo que justifique la sonrisa mansa, el frívolo y artificioso optimismo como el que hoy inunda la decadente sociedad para conjurar sus miedos ignorantes.
Todo comenzó con la banal y caníbal sonrisa optimista de los que han pervertido la historia y la nobleza hasta hacerla mierda: reyes, políticos y sacerdotes de cualquier pelaje.
(Entrecomillado, diálogo de El Cuervo, 1994)

Hay formas elegantes y elitistas de vivir; pero morir no tiene ningún romanticismo ni sensualidad. Quien fue elegante en vida, muerto será la misma carne fría y cérea que la del mendigo.
Hay cierta poética justicia en ello, contra la vanidad desaforada.

Por si me convirtiera en fantasma tras morir, ya tengo una pequeña lista de hijos de puta a los que atormentar hasta llevarlos al suicidio si no tuviera la suficiente materialidad para decapitarlos.
No son mucho cerdos; pero lo malo es que algunos han muerto y otros morirán muy pronto. Es igual, sabré como torturarlos en el más allá. Y según dicen, allá no podrán morir más de lo que estarán; así que seré su infierno.

He abierto la vena para aliviar presión en la arteria indiferencia.
Y se ha derramado polvo rojo en mis zapatos, con terrorífico vértigo.
No podía imaginar cuán seco estoy.
Misericordia…
He rezado por la coagulación de los muertos y sus venas embozadas.
Porque soy árido como un desierto, como la mojama…
El vidrio irregular y sucio de mi polvo rojo destella una burla demente al sol.
Y pensamos, el ladino vidrio y yo, que ya que estamos, seguimos.
Lo que no duele ¿por qué no hacerlo?
El vidrio corta el pezón en vertical y aflora una baba espesa como la grasa.
¿Por qué no duele la obscena herida?
Un proyecto de coño húmedo en mi pecho.
Estigmas y llagas son vaginas… Tan bellas, tan húmedas, tan gimientes…
Mi lengua húmeda llenó su coño. Y se aferró a mi cabello, me asfixiaba contra su coño. Desesperada, con las ingles tensas como cables para que entrara cuanto pudiera en ella. Cuando la penetré, caí a la caverna más húmeda y resbaladiza del universo y sentí las pulsaciones salvajes de su corazón en mi pijo henchido de sangre a punto de derrame.
Y me corría líquido en ella. Jadeaba y de la boca se me escurría la baba animal del celo atávico en sus tetas.
Quisiera que la muerte fuera así, precipitarme en su coño hirviente y elástico. Pulsátil…
Temo a esta analgesia y que mi alma se haya coagulado como un tumor en un inhóspito rincón de mi cerebro.
Lo que ocurrió se secó también. Y no sé que pensar, porque no duele.
Me parece correcta cualquier cosa. No importa.
Al masturbarme ha asomado por el meato una piedra erizada, una sangre hecha costra envuelta en gelatina blanca.
El vidrio castiga la obscenidad y hiere la mano que aferra el pene. Y hiende también las venas de la carne dura que portan la última sangre líquida del cuerpo, la que circulaba veloz hacia el glande.
La sangre ya triste en su coagulación emerge como una perla de rubí, dura y tímida entre mis dedos y la polla.
Un jugo natural de muerte, con pajita y sombrilla. ¡Y una aceituna, por favor!
Me río porque no duele, si la muerte no duele, dos veces bien.
Si no duele, la destrucción es más fácil que la construcción.
Y no hay nada que te frene en el descenso al paraíso de la analgesia.
De lo indoloro y seco.
Porque lo sórdido si no duele, es fascinante. Hipnótico.
Rozo el aire negro que me envuelve con dedos horrorizados, latidos vanos y boca seca.
Y pido con una tos a la divina coagulación que se extienda por toda la humanidad y cese su dolor de indignidad.
Beso sin ningún cuidado el vidrio como quien besa la cruz del nazareno, con labios cuarteados como barro seco. Derraman harina escarlata… Y si mi estómago no estuviera seco, vomitaría una bilis corrosiva.
Una vez vi un loco que se cortaba los labios con un cristal de una ventana rota del manicomio; pero su sangre era líquida y brillante. Qué envidia ¿no?
Yo sé que los muertos son fríos y derraman líquidos que no tienen fuerza para retener.
Y en algún momento me he meado.
¿Cuánto tiempo llevo muerto? Me pregunto sin ningún tipo de alegría.
Ni de miedo.
Por que el miedo es temor al dolor y si no hay dolor, soy el más valiente del universo.
¿En qué momento el agua del arroyo se llenó de ojos muertos flotantes?
Rezo por la divina coagulación y los ojos de un río ciego que en el mar devoran los peces.
Los cuervos graznan hostiles a mi pensamiento, esperando que cese mi movimiento, el más mínimo.
Y así picar.
Y así mortificar.
Los doctores cuervos son burócratas de la muerte.
Peritos tornasolados con actas de defunción abiertas como tijeras.
Bendita sea la divina coagulación de la sangre y el alma.

Iconoclasta