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Como España no tiene medios técnicos ni económicos para descubrir la Gran Panacea que cure todas las enfermedades, se ha decantado por crear la Enfermedad Universal, la madre de todas las enfermedades.
Con este nuevo avance del mal en España todo son ventajas porque ya no son necesarios los médicos: si existe una sola enfermedad sería estúpido acudir al médico para que te dijera lo que ya sabes, estás infectadísimo de coronavirus o la covid 19; porque no existe ninguna otra enfermedad, ni quedan pacientes que sufran otras dolencias (los mataron a todos desde el inicio de la pandemia para evitar complicaciones); por otra parte, está sobradamente reconocido, que las personas muertas por quemaduras en accidentes automovilísticos, ferroviarios o de aviación, son causa del coronavirus, así como los aplastamientos y amputaciones en el puesto de trabajo. Así que siempre que alguien se siente mal o muere (hay cadáveres sin piernas cuya etiqueta en una oreja dice: muerte por la covid 19), es coronavirus. Respecto a los que se deba entubar o intubar, para eso están los fontaneros que son más rápidos y no se pasan todo el puto día lloriqueando como los médicos por el montón de cochinas pastillas de paracetamol que han de recetar cada día.
Por otra parte, al no necesitar médico ni estudiar sintomatología alguna, el propio paciente o enfermo de coronavirus, por medio de una app del ministerio de sanidad, se extenderá sus propias recetas y así, dirigirse a una farmacia con el bozal correctamente colocado en el hocico y llevarse su cajita de ibuprofeno o paracetamol (lo que crea más oportuno) que, en muchos casos, dada la ruina económica española, serán simples placebos con sabor a hígado de pollo fermentado. Como en España se dice que, lo que pica cura; lo que huele a mierda aún más.

Si tuviera la fea ocurrencia de ir a votar me encontraría indeciso con tanta variedad y colorido de fascismo. Se trataría de elegir al que robara más libertades decretando con más ferocidad cárcel al ciudadano y toques de queda marciales con el cuento del coronavirus; y además con los aplausos y la alegría de la chusma votante que luce su bozal con total normalidad también. Hay una verdadera competición por ser el más déspota y ladrón entre los partidos, sobre todo entre los caciques autonómicos de España.
En Cataluña, con sus elecciones para el caciquismo autonómico, han hecho de San Valentín la nueva y normal festividad de la dictadura española de la Covid 19.
Prácticamente puedes pasarte por el culo todos los programas electorales de los partidos caciques. El fin único de toda esta reata de criadores de cerdos es conseguir el máximo control de la borregada jodiendo sus más elementales libertades y su economía. Al igual que México, España goza de una dictadura perfecta que irrumpió como un veneno de acción rápida junto con el coronavirus. La represión, el acoso y el robo por parte del nuevo y normal fascismo, son el crimen perfecto, ampliamente tolerado por una población básicamente cobarde y mansa.
Las elecciones políticas españolas son auténticos telemaratones de la cobardía y el servilismo.
Y para mayor inri, no puedes pasear por la calle sin toparte a cada minuto con un puto policía.
En fin… Hay miles de cosas que escribir del fascismo, sus decretos de cárcel, toques de queda marciales y la imposición del bozal para humillar al pueblo. Y todas ellas son sórdidas e inspiran violencia.

Mantener una dictadura en España es lo más rentable y relajado que un político de cualquier parte del mundo desearía; por sus tapitas, su clima cálido en general y la proverbial mansedumbre del pueblo español; sus cabestros son el sueño hecho realidad de cualquier tirano de mierda, sea comunista o capitalista (aunque ambos son la misma basura buscando poder y dinero).
España sería el edén de todos los políticos del mundo; pero es tan corrupta que los extranjeros no consiguen encontrar la forma de acceder, porque se quedan sin dinero en los primeros cien sobornos.
Y es que en España toda la endogámica población está feliz con su clima tan variado, el jamón sea de recebo o ibérico, sus descansos domiciliarios (prisiones decretadas con alegría por el nuevo y normal fascismo) y sus bozales. En España, “La libertad es enfermedad”, es un dogma que se ha asumido a pies juntillas. Y ningún cobarde necesita libertad, así que España, insisto, es el paraíso para gobernantes hijos de puta, sobre todo si tienen complejos mesiánicos y salvadores de la vida.

No ha conocido jamás una época de tanto trabajo.
Ni de tantos desengaños.
Hay cientos de miles de almas que se han encontrado entre los circuitos electrónicos, con una inmediatez que supera sus esencias humanas y por tanto su vida. Los cuerpos no pueden moverse a la velocidad de la luz; por ello hay tanta frustración y crean necesidades que realmente no lo son para entenderse a si mismos, para curarse.
Los expedientes de amor se acumulan y son tantas las esperanzas infundadas, que la tristeza le contagia.
Tantos amantes desincronizados en el tiempo y en el lugar…
La tecnología es una apisonadora que no da un respiro; descuartiza a los amantes en partículas infinitesimales que vagan en frecuencias que no importan a nadie más que a lo que queda de ellos. Y mueren amores, las pieles vagan por un limbo de penas, insensatez y locura.
No hay un respiro para reflexionar y que la madurez guíe en consecuencia a esos hombres y mujeres entre todas las posibilidades y lo imposible.
Pero él es quien dicta sentencias y cree en el amor y su fuerza que, trasciende más allá de lo que la razón pueda aconsejar. Y aunque duela, el amor necesita una oportunidad; que sea efímero o no es una cuestión que no sopesa ningún amante. Se ama en presente, sin fin.
Se ama con una fuerza sísmica; la misma que un día arrasará todas las ilusiones.
San Valentín solo quiere un descanso a todas esas contagiosas melancolías y tristezas de esperas y soledades compartidas mediante impulsos eléctricos.
Se siente pringado de desesperaciones y anhelos.
Las almas que antaño no llegaban siquiera a sospechar la existencia de quien hoy aman, son legión buscando el ansiado encuentro entre palabras fulgurantes y suspiros que empañan las pantallas.
Son muchas melancolías que gestionar.
Fuma y observa desde la ventana de su despacho en el ministerio del amor, en el octavo coro celestial, a los amantes sorteando como buenamente pueden sus horas de soledad.
Y como en casa del herrero, cuchillo de palo; San Valentín está solo, solo y triste, solo y agotado.
Solo y abandonado.
Sentencia un amor por vía ejecutiva y respira aliviado, la número ochocientos mil quinientos seis en lo que va de jornada.
No quiere mirar a su izquierda, donde hay pilas de expedientes que suben hasta el techo. No quiere pensar que muchos amantes, cuando dicte sentencia, ya estarán muertos.
San Valentín desearía que las computadoras ardieran, es inhumano tanto trabajo. Es cruel.
Tantos perfiles que acarician punteros inútiles, tantas necesidades y mensajes y promesas y sueños…
Sabe muy bien que muchas de las peticiones de encuentro de amor que se han solicitado con tanta urgencia, acabarán en un desengaño. Y deberá anular la sentencia que ayer dictó.
Muchos de ellos llegan a la decepción de que no son especiales cuando los besos no son lo que soñaban, lo que sus labios pedían; cuando el abrazo no llega al tuétano de los huesos. Y sentirán vergüenza de su infantilismo y del padecimiento de meses de angustia de espera que han empleado en nada.
Solo un microscópico porcentaje durará el tiempo suficiente para llenar años juntos o hasta su muerte. Aquellos pobres románticos que añoran escribir al ritmo de su pensamiento, reflexionando sobre cada idea y emoción que traza la pluma en la carta que envían a su amor. Aunque tarde en llegar.
Que los amantes tengan una prueba tangible de amor entre sus vacías y necesitadas manos, es el único consuelo a esas distancias y tiempos aterradores que tienen por delante. Esas palabras en un papel bastarán para alimentar la fuerza necesaria para afrontar las esperas. Y para llorar la muerte con cierto consuelo cuando se da el caso.
Por poco que vivan, habrá valido la pena el agotamiento de San Valentín.
El amor vale lo suficiente para merecer un papel escrito con amor, algo a lo que aferrarse cuando la soledad y la desesperanza los aplasta. Es un sacrificio hermoso, si lo fuera. Porque lo que amas no es sacrificio. El amor solo exige ilusión y determinación.
Qué menos que tener la esencia de alguien en el papel que ha tocado, leer las palabras que salen directas de su sangre. Y llevar toda esa triste pasión al pecho cuando duele.
Bálsamos de amor de tinta y papel aplicados al pecho, al corazón… ¡Qué belleza!
Y eso se acabó… San Valentín piensa que incluso se ha banalizado el amor.
San Valentín no tiene quien le escriba.
Ni tiempo para amar.
Está agotado y no sabe si podrá continuar por más tiempo dictando sentencias de amor.
San Valentín piensa que se han vuelto todos locos.
Y él es solo uno.
Y está solo.
Y un revólver descansa junto a su tabaco, para dictar su propia sentencia de paz.

Iconoclasta

Es tan obsceno en su decadencia… Hay mujeres y hombres que se muestran enérgicos, adrenalínicos practicando deportes de riesgo y de alto esfuerzo, pagando una pasta por ello. O luchadores contra la represión en las grandes y sucias urbes superpobladas; pero ninguno se quita el bozal ni para sangrar ni estar consigo mismo.
Además, con todo ese valor y energía que alardean tener, se morirían descargando un camión de sacos de cemento en una obra. Lo sé porque lo he visto, no es una suposición o un rumor. Nací obrero y me salieron los dientes entre ladrillos y cemento, entre alturas y afilados cascotes.
Infantilismo y cobardía están ya tan incrustadas en el código genético humano que crea monstruos como éstos: manifestantes violentos luchando por la libertad arrebatada por los fascismos surgidos con el coronavirus ¡combatiendo contra la policía con bozales o mascarillas! Para cubrirse la cara y no ser reconocido hay verdugos y pañuelos; pero combatir o manifestarse violentamente con el bozal que los amos han impuesto a sus perros callejeros es imbécil, por decir lo mínimo. Luciendo la principal imposición por decreto fascista o franquista y el máximo símbolo de la represión y por supuesto de la sumisión: el bozal; solo hacen el ridículo. Sus amos fascistas los toman por niños traviesos que al fin y al cabo, son obedientes como caniches de circo.
Es tan evidente la decadencia de las sociedades fascistas europeas, que sin pretenderlo, busco los horarios de los circos donde dan de comer a los tigres con cristianos vivos.

Las extinciones de especies sirven para hacer espacio.
Los dinosaurios se hicieron muy grandes y gordos, así que los extinguieron y crearon primates; cosa que tampoco fue muy acertada. De hecho, muy mal porque los primates se centraron en la masturbación a pesar de lo fácil que era la reproducción y esos eslabones perdidos dieron paso al Homo Mezquinae y éste (no este mismo, sino uno de esos homos inteligentes que de forma accidental son paridos al azar geográfico) inventó el smartphone que hizo la masturbación más fácil y rápida para niños y niñas y adultos en general.
Los creadores no acaban de pillar el truco a su trabajo.
Es pura negligencia, coño, sino sabes no inventes.
Veremos que plantan en La Tierra cuando extingan a la especie humana. ¿Chiles pepinos?

Seamos realistas, el abuso, acoso y la supresión de la más mínima y elemental libertad requieren un nivel de violencia basado en la lesión grave y muerte.
Ante una prisión indiscriminada solo cabe una respuesta: una violencia iracunda y sangrienta.
Nadie ha ganado jamás la libertad perdida obedeciendo y sonriendo a su amo.
La libertad requiere siempre, y así ha sido en toda época, una violencia salvaje.
Cuanto más tarde estalle la violencia, más cruel será; porque nada la evitará.
Quemar basura o romper vidrios es como que te pique el coño o los cojones y te peines. Así de ineficaz e improductivo.
Deberían silbar certeras balas a la cabeza cuando el fascismo del coronavirus pide y ordena prisión y toques de queda marciales para la ciudadanía. Los caudillos y sus caciques son los enemigos mortales, no un virus o una gripe de mierda.
El coronavirus se cura con aspirinas y la libertad se restituye chorreando sangre.
Antes los libros de historia explicaban estas cosas; antes de que el germen del nuevo y normal fascismo empezara a minar y corromper la historia, la cultura, el arte y la educación para crear generaciones de cobardes o cabestros a los que someter mientras aplauden complacidos a sus tiranos.

Las noches de cárcel, de toques de queda marciales en la Nueva y Normal España Fascista del Coronavirus huelen a semen rancio de mil pajas, al acre sudor de la cobardía, al moho de la decadencia y su mezquindad…
Al vómito de los borrachos cobardes.
A la picante orina de las ratas.
Al hedor a bofia en las calles.
A los fluidos y jadeos del incesto.
Al seco excremento del miedo.
Los caudillos, caciques y su bofia, han convertido a España en la letrina nocturna de Europa.
Y los portadores religiosamente fervorosos del bozal, aplauden con el cerebro seco a sus carceleros. Aplauden y obedecen, aplauden y están presos con una sonrisa y esperanza piadosa, aplauden y se arruinan. Y enfermos los cabestros, dicen amén a todo con la testa gacha y el culo lleno de mierda.
La mediocridad votante solo quiere mirar cobardemente desde sus ventanas con un teléfono que no entienden en las manos; con la indolencia de la pereza y la fe de que van a ser alimentados por sus amos fascistas.

Pensé que llegaría un momento en la vida en el que me sintiera medianamente bien. Y cuando de nuevo escuchara Speed of Sound de Coldplay unos años más adelante, me reconociera de nuevo como un hombre pleno. Bueno… al menos vivo y con el cuerpo más o menos completo.
Tal vez alguna frecuencia de la música y la letra de aquella canción produjo una sorprendente reacción eléctrica en mi cerebro en el momento preciso. Una reacción de fuerza y ánimo contra todo pronóstico.
Me reconozco ahora que escucho la canción, cuando han pasado dieciséis años. Y he recordado con melancolía a aquel hombre más joven al que se quería comer la muerte trepando venenosa por una pierna dolorosamente rota… Y por ella, se asomó a los pulmones, se extendió por los huesos, se hizo pus en la sangre, secó las venas y creó carne muerta. Y a pesar de toda aquella andanada de dolor y miedo, escuchando a Coldplay en una de aquellas infinitas mañanas rotas, postrado en un sillón con la pierna enterrada en yeso hasta la ingle y palpitando malignamente, tuvo una certeza de futuro: que muerto él sería yo el que ahora, escuchando de nuevo la canción, lo evocara con ternura.
Pablo el Muerto: lamento que pasaras aquel año de mierda. Tantos días perdidos…
No sabré en qué momento moriré, el próximo que podría tomar el relevo de la vida será Pablo el Viejo; el decidirá si mi vida y muerte le habrán servido de algo.
Estoy condenado a vivir y morir, vivir y morir, vivirdolermorir…
Es eufórico vivir y por tanto morir a la velocidad de la luz cuando has experimentado la lenta y degenerativa velocidad del dolor.
Sísifo se entretenía con una piedra y podía subir empinadas cuestas.
Yo tengo un buen equipo de música y mi canción es muy bonita.
Seguramente al viejo Pablo, le encantará un día escuchar la velocidad del sonido, la que yo escucho ahora para él como hizo mi antepasado Pablo el Roto nacido en San Valentín del 2005.
Nunca se sabe cuándo acabará definitivamente la canción; pero no tenemos otra cosa que hacer.
Tal vez sea por culpa del esperanzador título de la canción y un ritmo ligero y tranquilizador para un tullido con la soga al cuello que, desearía correr a esa velocidad del sonido en lugar de la del dolor.
Si la canción no acaba antes, Pablo Viejo, espero que la disfrutes y que la poca vida que te queda, sea más velocidad que dolor, más música que rugido.
Cuando muera yo, toma el mando, no pises el freno.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

¡Qué mierda! Cuando te das cuenta de que tienes alma y la localizas (en mi caso en la oreja derecha, tinnitus decía el gilí del otólogo), resulta que el diablo no existe.
¿Y para qué cojones quieres un alma si no puedes comerciar con ella?
Este planeta es imbécil; y todo lo que contiene.
La cuestión es joder.