Ya no me queda más que ser tu nocturnidad. La luz no me permite ser la piel que te cubre. No me queda más remedio que ser un aire que te ama cuando el mundo cierra los ojos, cuando cierras tus ojos. Deambulo por los campos oscuros conjurándome a mí mismo. Elaborando un amarre nocturno con flores lilas que he recogido con los últimos rayos del sol en una esquina del horizonte y ramas de zarzamoras erizadas de púas para protegerlas de la maldad del día que me condena a vivir sin ti. No es perfecto, porque algunos pétalos se han manchado de sangre; pero les da un aire de hermosa tragedia. A mí no me duele y a ellas tampoco, no hay ningún mal en ello. Nadie me puede llamar vampiro por unas gotas caídas al azar de la desesperación. Seré un siseo sensual y nocturno en tus labios, en tu oído; un frescor en tus muslos. Lo que la luz me quita, se lo robaré en la oscuridad. Tengo mis recursos amatorios. No será fácil que alguien o algo evite que llegue a ti. No será tan fácil, amor. En la oscuridad de todas las noches, me convierto en una sombra más, en un invisible que una noche por fin, el amarre desesperado convertirá en aliento nocturno en tu boca. Dicen que los encantamientos no existen, si ese es el caso, deberán llamarlos de alguna forma que permita su existencia; porque no conseguirán encontrar mi cadáver, ni en los días ni en las noches, cuando mi conjuro me lleve a ti y me deslice siendo niebla por tus pechos, como oscuramente camino frente a las negras montañas nocturnas con el universo negando la posibilidad de cualquier magia. Cuando ocurra, no me confundas con un murciélago ¿eh? Si no te arranco una sonrisa es que soy un mierda, cielo.
El problema, la cuestión no es solo amarte, no es tan sencillo. No sé si las cosas bellas residen en ti, o realmente eres la Guardiana de las Cosas Más Bellas. Y aunque te ame en secreto, no tengo consuelo. Porque no hay cosas bellas sin ti. Si no te abrazo, no puedo acceder a lo excelso. El destino es una trampa diabólica. Exijo reparación, exijo la alegría que me corresponde. Te exijo a ti. La opción a no tenerte es la nada, por mucho que te ame, por mucho que te susurre las obscenas confidencias de los amantes. Sin ti se me acaba el mundo y temo caer por el borde, donde los mares se vacían en el espacio. ¿Entiendes ahora que insista en mi necesidad de ti? Lo platónico me pudre y mi pene es una necrosis que envenena la sangre. Tú dices que es paranoia. Y yo digo que no me doblaría agarrándome el vientre si la vida no doliera. Y te digo que te amo, Paranoia mía. Besos desde el limbo, amor. Donde las bestias caemos al frío espacio arrojadas por los mares que mueren, flotando lejos de las Cosas Más Bellas. Tan lejos de ti…
A veces ocurre que me olvido de respirar porque interpreto como sería besarte en ese mismo instante en el que me apremia la necesidad de ti. Dichosas apneas de amor… Por ello me da no sé qué imaginar que te follo; el corazón es cosa seria, no puedo ponerlo a prueba tan osadamente. Y aun así, tengo la sensación de inminente fatalidad porque será inevitable que un día me deje llevar por esa ilusión. Pensarás que exagero; pero a mi médico se le ha escapado un grito cuando ha reventado el manguito del tensiómetro en mi bíceps.. Le he dicho que no se preocupe, que es solo cuestión de amor, pensaba en mi novia. Y de repente ha gritado “hostia puta” porque manaba sangre de una de mis orejas. No podía parar de reír al ver su expresión, cielo. Y por eso se me ha escapado un vómito. Se lo han llevado de la consulta por el ataque de nervios que ha sufrido. Ya sabes son tiempos del puto coronavirus y los médicos no se eligen por ser valientes, es cosa de que ofrezcan la titularidad adecuada y tener un buen padrino si quieren acceder a trabajar para el gobierno. Bueno, pues antes de ponerme la camisa para salir de la vacía consulta, me he tomado la temperatura por si tuviera algo de fiebre; al pensar en tus cuatro labios he fundido la pantallita digital. Como olía a quemado, ha llegado una enfermera a la consulta y me ha dicho que o me iba por las buenas, o llamaban a un exorcista. Y tal vez sea ese el problema: que me has poseído, mi bella diablesa. En otro momento ya te contaré de lo mucho que me crecen las uñas en las noches de luna llena (sobre todo las de los pies, que me hacen sentir como una iguana), cuando imagino tu piel desnuda bajo su luz, concretamente tus magníficos pezones. Te dejo, que el teléfono empieza a humear. “¡El poder de Cristo te obliga!” ¡Ja! Me encanta tenerte dentro de mí; pero espera y verás cuando yo te la meta, listilla… Besos, mi amor.
No existe nada tan fervorosamente religioso como soy yo ante ti. Y dentro de ti. Soy monoteísta y ti me debo. Eres mi tótem, mi cruz, mi aire y el fuego donde ardo en sacrificio a tu coño bendito por los siglos de los siglos. Ni quiero ni me apetece adorar ídolos, porque cualquier dios es una figurita amasada con mentiras e ignominias. Soy absolutamente ajeno a los Diez Excrementos. Ningún dios ha prometido jamás en la vida un paraíso como tú lo eres. Diosa y paraíso… Se podría decir que pagas por adelantado y comulgo con el miembro henchido de sangre. No es sacrificio cruento, es cremoso y cálido. En tu cuerpo no hay un solo rincón de infierno. Llevo la condenación, el estigma del obsceno amor a mi divinidad; mi semen brota sorpresivamente, como una meada que no se puede retener, sin tocarme. Solo con pensarte se me escapa un gemido imposible de contener y en mis calzoncillos la hirviente leche se enfriará lentamente hasta la siguiente e incontenida lefa. Metértela es mi bucle temporal, soy un moderno y cremoso condenado eterno. Todas estas venas palpitantes aquí abajo… Duelen, cielo. Mi Diosa, mi Paraíso.
Me abraza con el aire que me envuelve. Es la razón de buscarla en las hojas secas que revolotean, en la espuma que el viento arranca a las crestas de las olas, en los rayos de sol que entran a través de los polvorientos cristales de mi ventana, en el humo de un cigarro, en los torbellinos de arena y polvo del camino que me lleva inexorablemente a ella. Un destino de amor al que no podré llegar. No es una queja, caminar hacia ella es mi privilegio. Solo hago constar un hecho para frenar mi poderosa imaginación. Duele un millón amar a distancias inhumanas y si te crees tus propios sueños, te perderás para siempre en la locura. Perderás el rumbo y a ella. Un hecho como la voluptuosidad de sus labios que provocan pequeñas distorsiones en la claridad del aire cuando susurra sus palabras de amor y ternura, con la frecuencia precisa para destruir mi cultivada serenidad llevándome a acelerar el paso; porque si ha deformado el aire con sus palabras, debe estar cerca, es posible llegar… Es solo un espejismo de amor, cuando el aire deja de ondularse invisiblemente, la distancia se hace sobrecogedora de nuevo y continúo caminando sin esperanza porque es lo que debo hacer, no hay otra opción. Intentar llegar como sea, a pesar de que el tiempo me erosiona arrancándome jirones de carne y piel cada vez más grandes. Así que durante el viaje espero con trágica ilusión que me envuelva de nuevo un aire, como un conjuro, como el canto de una sirena… Y cuando eso ocurra de nuevo, detenerme y cerrar los ojos al sol musitando la oración del amor. Sonrío, a menudo se me escapa una sonrisa porque le digo al aire que me abraza que soy un enamorado errante, una bella condena; pero condena al fin. ¡Shhh…! Un aire bendito.
Hoy me siento un poco triste y he pensado cosas… Sé que borrarás enseguida este guasap, pero no importa, lo importante es que te llegue. Si tuviera tan solo dos minutos de tiempo antes de morir, los dedicaría a escribir mis últimas palabras en una carta para ti, mi amor. Palabras que afortunadamente no te llegarían porque no existe nada tan triste como unas palabras moribundas a las que no se puede dar respuesta. Así que si algún leyera mi carta de dos minutos, no sabría a quien iba dirigida, sería perfecto en su discreción. De hecho, siempre ha sido así nuestro amor: secreto. Pero morir sabiendo que soy amado debe quedar escrito, mi vanidad me obliga. Y si algún día supieras de mi muerte, sabrías así que te dediqué mi última respiración. Mientras todo esto ocurre, te envío por mensajería uno de mis anillos, sin marcas, sin dirección de remitente. Le dices a tu marido que se lo meta en el culo, o se lo metes tú cuando folléis, puta.
No ha conocido jamás una época de tanto trabajo. Ni de tantos desengaños. Hay cientos de miles de almas que se han encontrado entre los circuitos electrónicos, con una inmediatez que supera sus esencias humanas y por tanto su vida. Los cuerpos no pueden moverse a la velocidad de la luz; por ello hay tanta frustración y crean necesidades que realmente no lo son para entenderse a si mismos, para curarse. Los expedientes de amor se acumulan y son tantas las esperanzas infundadas, que la tristeza le contagia. Tantos amantes desincronizados en el tiempo y en el lugar… La tecnología es una apisonadora que no da un respiro; descuartiza a los amantes en partículas infinitesimales que vagan en frecuencias que no importan a nadie más que a lo que queda de ellos. Y mueren amores, las pieles vagan por un limbo de penas, insensatez y locura. No hay un respiro para reflexionar y que la madurez guíe en consecuencia a esos hombres y mujeres entre todas las posibilidades y lo imposible. Pero él es quien dicta sentencias y cree en el amor y su fuerza que, trasciende más allá de lo que la razón pueda aconsejar. Y aunque duela, el amor necesita una oportunidad; que sea efímero o no es una cuestión que no sopesa ningún amante. Se ama en presente, sin fin. Se ama con una fuerza sísmica; la misma que un día arrasará todas las ilusiones. San Valentín solo quiere un descanso a todas esas contagiosas melancolías y tristezas de esperas y soledades compartidas mediante impulsos eléctricos. Se siente pringado de desesperaciones y anhelos. Las almas que antaño no llegaban siquiera a sospechar la existencia de quien hoy aman, son legión buscando el ansiado encuentro entre palabras fulgurantes y suspiros que empañan las pantallas. Son muchas melancolías que gestionar. Fuma y observa desde la ventana de su despacho en el ministerio del amor, en el octavo coro celestial, a los amantes sorteando como buenamente pueden sus horas de soledad. Y como en casa del herrero, cuchillo de palo; San Valentín está solo, solo y triste, solo y agotado. Solo y abandonado. Sentencia un amor por vía ejecutiva y respira aliviado, la número ochocientos mil quinientos seis en lo que va de jornada. No quiere mirar a su izquierda, donde hay pilas de expedientes que suben hasta el techo. No quiere pensar que muchos amantes, cuando dicte sentencia, ya estarán muertos. San Valentín desearía que las computadoras ardieran, es inhumano tanto trabajo. Es cruel. Tantos perfiles que acarician punteros inútiles, tantas necesidades y mensajes y promesas y sueños… Sabe muy bien que muchas de las peticiones de encuentro de amor que se han solicitado con tanta urgencia, acabarán en un desengaño. Y deberá anular la sentencia que ayer dictó. Muchos de ellos llegan a la decepción de que no son especiales cuando los besos no son lo que soñaban, lo que sus labios pedían; cuando el abrazo no llega al tuétano de los huesos. Y sentirán vergüenza de su infantilismo y del padecimiento de meses de angustia de espera que han empleado en nada. Solo un microscópico porcentaje durará el tiempo suficiente para llenar años juntos o hasta su muerte. Aquellos pobres románticos que añoran escribir al ritmo de su pensamiento, reflexionando sobre cada idea y emoción que traza la pluma en la carta que envían a su amor. Aunque tarde en llegar. Que los amantes tengan una prueba tangible de amor entre sus vacías y necesitadas manos, es el único consuelo a esas distancias y tiempos aterradores que tienen por delante. Esas palabras en un papel bastarán para alimentar la fuerza necesaria para afrontar las esperas. Y para llorar la muerte con cierto consuelo cuando se da el caso. Por poco que vivan, habrá valido la pena el agotamiento de San Valentín. El amor vale lo suficiente para merecer un papel escrito con amor, algo a lo que aferrarse cuando la soledad y la desesperanza los aplasta. Es un sacrificio hermoso, si lo fuera. Porque lo que amas no es sacrificio. El amor solo exige ilusión y determinación. Qué menos que tener la esencia de alguien en el papel que ha tocado, leer las palabras que salen directas de su sangre. Y llevar toda esa triste pasión al pecho cuando duele. Bálsamos de amor de tinta y papel aplicados al pecho, al corazón… ¡Qué belleza! Y eso se acabó… San Valentín piensa que incluso se ha banalizado el amor. San Valentín no tiene quien le escriba. Ni tiempo para amar. Está agotado y no sabe si podrá continuar por más tiempo dictando sentencias de amor. San Valentín piensa que se han vuelto todos locos. Y él es solo uno. Y está solo. Y un revólver descansa junto a su tabaco, para dictar su propia sentencia de paz.
Amo esa dualidad que hay en ti, la dicotomía entre la firmeza de tus actos y las inconsistencias que crean tu sensualidad desatada. Tus voraces y voluptuosos labios articulan firmes palabras, claras y precisas; y sin embargo… ¡Dios! Se hacen inconsistentes cuando me acerco a ellos para besarlos. Se rinden entreabiertos permitiendo que mi lengua te invada dejando escapar un hálito cálido; un hechizo que me extasía y me precipita a tu alma. La solidez de tu pensamiento, su lógica y precisos planteamientos se diluyen en una ternura cuando permites que te arrope, que te cobije en los brazos, acariciar tu rostro, jugar con tus manos. Reseguir tu piel de una calidez narcótica… ¿Cómo puedes vivir con semejante dualidad, cielo? ¿Cómo puedes alternar entre la determinación y esa sensual inconsistencia? ¿Eres una de esas trampas llamativas de la naturaleza que atraen a los mediocres como yo? A veces, cuando te tengo en brazos, no llego a reconocerte. Nunca podré llegar a conocerte, eres inmensa. Permites que la disciplina de tu cuerpo ceda cuando mis manos se posan en tus muslos. Y con esa sensualidad brutal, como una desinhibida inocencia; los separas y se hacen inconsistentes, permeables al paso de mis caricias, te derramas en mis dedos y siento que mi piel se despega de mi carne por ti. Es sobrenatural asistir a esa fragilidad de ternura y sensualidad conociendo tu férrea voluntad. ¿Estás jugando conmigo como una diosa con su creación? Tu mirada escrutadora, analítica y curiosa, en un momento dado se relaja al mirarme para pronunciar un cariño con un parpadeo. Y me muerdo los labios por una pasión que no puedo controlar. Toda palabra que pudiera pronunciar se me deshace en la boca antes de salir. Me avergüenzas con tu volubilidad, eres tanto y yo tan básico. ¿Cómo es posible que tu complejidad pueda amar a algo como yo? ¿Seguro que no eres una diosa con un juguete entre sus manos?
Tengo las sucias y perfectas palabras para definir lo grande que es follarte, joderte el alma y morder desesperado tus feladores labios. Aspirar los de tu coño entre los míos voraces de ti. Me cansan y aburren las delicadas voces que no pueden alcanzar a describir la divina blasfemia de tu coño ansiado. Esa obscenidad tuya de masturbarte frente a mí, obligándome a esperar hasta que la leche se me escurre por el pijo como la baba de una bestia hambrienta. Y metértela cuando me das la venia, como un violador, con los cojones contritos; rogándote que los tomes entre tu mano, que los acaricies porque pesan y duelen de ese esperma que bulle. Tatuaría una cruz en la polla para alardear de que te he crucificado. Tengo las sucias palabras que gotearán en tus pezones y las arrastraré con los dientes, hasta que tus puños se cierren y tu pelvis se eleve para llevarme más profundamente a tu coño insondable. Lo único sutil es mi dedo cuando se mantiene inmóvil en la precisa verticalidad de tu clítoris asomando duro como un arrecife entre los pornográficos labios del coño que destila espesos filamentos de deseo. Apenas lo rozo para tu tortura, para que desesperes; ansiando el movimiento sísmico de tu cintura buscando la presión puta, la definitiva en esa perla que tantas veces he succionado carnívoramente. No puedo ser más sutil porque cometería blasfemia contra tu voluptuosidad. Tu coño goteando mi semen no tiene metáfora. No puede tenerla. No aquí, no ahora. No soy traidor a tu chocho hambriento. Ramera es la justa palabra para susurrarte al oído, porque con cada polvo, me robas la razón. Tus servicios son los más caros del mundo. Y cuando digo te amo, digo a muerte. Tengo las cuidadas, hermosas y sucias palabras para mostrarte mi fascinación. Mi puta amada, mi puta deseada, mi puta del alma, de mi corazón. De mi vida…
Las palabras garrapateadas del amor son hemorrágicas, no cesan cuando lo padeces. Se escriben con urgencia, desesperadamente, sin pensar en el sentido y la claridad del lenguaje. Se pergeñan apresando la pluma con los dedos crispados de ansiedad, intentando rasgar el papel con la fuerza con la que invadirías a tu diosa. Con la euforia de que al fin la has encontrado, antes de que fuera tarde. Con la tragedia que da la madurez: que no muera pronto, que no muramos nunca el amor, o yo, o ella…