Porque consigues no sé de qué forma, desviar mi flujo sanguíneo que va al cerebro, hacia el pene. Tal vez sea esa la causa del mal de amores, de la locura de estar enamorado. Yo no recuerdo haber descendido tan profundamente a la primitiva lujuria desde que conocí tu existencia. O tal vez borraste mis recuerdos porque las cosas extraordinarias cubren las mediocridades, las abandonan en un desván enterrándose en polvo. ¿Y para qué quiero un cerebro si estás tú? Amar no requiere de intelecto. Tú sabrás qué hacer conmigo, qué hacer de mí. Confío en tu sabiduría como en tu piel. No quiero pensar cielo, estoy cansado de este humo que me sale de la cabeza. Pareciera que las tostadas se han quemado. Y los huevos hierven. Mi corazón late, mis brazos son operativos para abrazarte, mis labios se mantienen hidratados con los tuyos… Tengo lo necesario para vivir. Sé que amarte es duro (y debe serlo), que cuando me acerco a ti, debo hacer alarde de hombría quiera o no; pero me gusta ese sacrificio. Sobre todo cuando está en tu mano. ¿Ves? Soy un completo derroche de obscenidades. Podría decir que mi cerebro se ha secado. Y así, no sé cuál de tus dos pares de labios he de besar primero. Esta es la máxima inquietud intelectual que puedo desarrollar cuando iluminas mi día con tan solo una palabra. Y ahí está el secreto, no se lo digas a nadie porque tengo que conservar mi carisma de hombre zafio y tosco (de hecho me sudan copiosamente las cejas con este derroche de palabrería): tan solo necesitaría de ti una palabra y poder así asomarme al vertiginoso acantilado de tu mente. Asomarme a tu alma. Bueno, dejaré la metafísica para los inteligentes, estaba hablando de follarte y de la cremosidad de mi glande que fácilmente resbalará entre tus dedos sin ningún problema. Estoy en celo. Se podría decir que soy el resultado evolutivo de tu selección natural. Lo hombres no hablan de almas, solo de follar.
Leo: “Si consideras hijo puta al árbol que te deja caer su rama podrida en la cabeza, es comprensible. Pero si votas o tratas con respeto al jerarca gobernante que te encarcela, empobrece y humilla, eres un pedazo de cosa indigna y servil. Te mereces que te caiga una rama pesada como un tronco en la cabeza y que tu líder se saque la polla y te rocíe una lluvia dorada en la jeta. No te preocupes por la poca cosa que eres. Simplemente nunca pudiste hacer nada por evitar semejante vida y actitud. Eres una consecuencia lógica de miles de generaciones indignas como tú. Por mucho cariño que insistas tener a tus progenitores (significa padre y madre, figura) y abuelos has de entender que también son cosas indignas, porque salieron de un mismo coño indigno. Por ejemplo: Yo soy únicamente feliz cuando le digo a mi puta: ¡Híncate y mama! Se arrodilla, con sus delicados finos dedos extrae mi rabo por la bragueta, se lo lleva a la boca y yo, la agarro por el cabello tirando hacia a mí para que no se le salga de la boca ni se derrame una gota de leche. Son cosas a las que presto más atención que a un árbol hijo puta o un hijo puta jerarca mandatario. ¿Entiendes la diferencia entre un servil como tú y un auténtico cabrón como yo? Yo tengo a una diosa hincada ante mí y tú llevas un cerdo subido en la chepa. Yo la llamo puta y tú algún formalismo como «señor» o «presidente».” Espero a que Jade opine. –Ico, estoy mojada. Mira mi chocho. Quiero arrodillarme ante ti –gime traviesa y fingidamente niña abriendo las piernas. Es cierto, está empapada una mancha de humedad se extiende y transparenta su coño difusa y eróticamente. Desesperadamente para ser más exacto. – ¿Qué es lo que más te ha gustado? Se mete una cucharada de yogur con miel en la boca, relame la cuchara meditando y responde: –Yo, tu diosa arrodillada con tu polla en la boca. Lo demás no lo he entendido. Y se ríe con una inteligencia que me acompleja. –Ya pensaba que no sería buena idea leerte mi texto, acabarías riéndote. –No es de risa, mira cómo me brilla el coño– dice separando las piernas y apartando a un lado la braguita para enseñarme su enloquecedora vagina de labios dilatados y abiertos, hambrienta. –Y quiero arrodillarme ante ti. –Ni hablar, yo me hinco primero. Jade toma el frasco de miel lo eleva y derrama un espeso y grueso filamento en su sexo, cubriendo el monte de Venus y los labios. Se asegura de que el clítoris se cubra separando más los labios con los dedos. Gime no solo para excitarme, es absolutamente carnal. Es la indecencia más bonita del universo. – ¡Ven, perrito! ¡Ven! –me dice palmeando sus muslos separados hasta hacer resaltar los abductores. Me arrodillo y deja reposar las pantorrillas en mis hombros. Cuando le empujo el clítoris con la lengua gruñe y se aferra a mi pelo. Presiona con fuerza mi boca contra su coño dulce, resbaladizo, viscoso y espeso. Respiro como puedo y ella está dispuesta a correrse, lo noto en como golpea con la vagina mi boca, jaleándome. – ¡Qué perrito más bueno! ¡Qué rico perrito! Si no estuviera tan atrapado entre sus manos y coño le diría puta, guarra, zorra…; como me gusta decirle delicada y dulcemente. Así que no puedo hacer otra cosa que correrme precozmente de lo mucho que me ha excitado. Maldita e inquieta Jade… Ante ella me mantengo siempre indigno, podría ser su perro, su gusano, su cerdo. Jade vale mi dignidad e indignidad. –Ico, ¿por qué me quieres tanto? –habla sin mirarme, atendiendo a su coño que aun se contrae por el orgasmo, jadeando y extendiendo la miel y mi baba por el sexo en un masaje que pretende calmar la lujuria detonada. –No lo sé, no puedo hacer otra cosa, cielo. Pero me la tienes que mamar. Me obliga a sentarme a su lado, en el sofá. Toma mi verga y deja caer una gran cantidad de miel especialmente en el pijo, que ya se asemeja una manzana por la pelota que se ha formado. Y chupa hasta casi despellejarme el rabo… Es el único gobierno, que acepto. Que necesito. –Jade, dedícate a la política. Y riendo me contesta: – ¡Mmmm glsf slurp slurp!
Y soñé que te besaba. De repente. En un mundo penumbroso. ¿O tal vez indefinido? ¿Qué importa el decorado si te tengo? Sabía que era sueño, como si una parte de mí estuviera despierta, observando con tristeza un amor que no traspasa la frontera hacia la realidad, hacia la carne táctil. A posteriori, cuando aún hierven las imágenes del sueño tras despertar; me preocupa, me desconcierta que no sea mi rostro, ni mi cuerpo en lo onírico. Me reconozco en sueños, sé que soy ese que te come de amor, no hay duda porque estoy tras sus ojos y pienso desde dentro de él; pero tampoco existe un mundo y una luz igual en la realidad. Cuando despierto, siento el peso de perderte. Temo ese momento. Me desconcierta la luz oscura de mis sueños y los paisajes indefinidos y grises. Calles y lugares desconocidos… ¿De dónde salen? Nunca sueño lo que conozco, salvo a ti. Me alarmas el corazón porque contigo traes luz a mi inconsciencia. Soy un ser oscuro. No lo digo con tristeza, solo afirmo. Y me confirmo. Soñándonos tenía miedo, una tristeza pegajosa en mis ojos cerrados, una desazón indescriptible ante el inminente amanecer que catapulta chorros de luz reales iluminando mi fracaso vital. La vigilia se convierte en una ventana con vidrios rotos y afilados. No podía distinguir mis labios de los tuyos de tan fundidos entre sí. Era perfecto. Presionaba mi pene duro contra tu vientre para que supieras la dura excitación que escondía mi ropa. Y tú apretaste la pelvis contra mí para sentirlo más. Se escapaban gemidos entre los hilos de baba de las bocas. Tampoco era capaz de distinguirlas. No sé en qué momento nos desnudamos y follamos, porque me dormí dentro de mí mismo. Desperté por la frialdad pegajosa del semen en mi vientre y la sábana. No me limpié, lo extendí por los testículos acariciándome, intentando volver al sueño. Cerré los ojos colocándome a un lado de la cama, dejándote un espacio para cuando llegaras al amanecer. Y eyaculé unas lágrimas por mi inusitada inocencia que me hacía inquietantemente loco. Amaneció, desperté y no estabas. Otra vez… Tu lado de la cama estaba vacío y no olía a ti. Estaba frío como el semen que me despertó en otro tiempo, aquellos minutos atrás que fuiste dueña de mi sueño todo. Ahora tomo un café y fumo mientas sisea el gas por los fogones apagados de la cocina. Amar agota. Lo agota todo. Los sueños son de una bella crueldad. Ojalá al morir me hiciera sueño. Si hubieras llegado, habrías cerrado los mandos de la cocina salvando mi vida. ¿A que soy un miserable? No sientas mi muerte.
Tengo la indecente costumbre de ponerme caliente con solo saber de ti, con solo verte. Y ahora que el aire es frío no puedo dejar de pensar en tus pezones contraídos y darles consuelo con mis labios cálidos y babosos, encelados de ti. Tu coño, en cambio, siempre es cálido. Y ahora que te sueño, mi glande se muestra ardiente y resbaladizo. Cuando estoy solo conmigo mismo, mi pijo está seco y frío. Por ello pienso que te la metería sin cuidado, con cierta brutalidad encima de un altar. Clavando los dedos en tu carne, alzando tus piernas en alto hiriendo la piel, arañando los muslos y dejando mis huellas de deseo en ti. Dejo tu coño indefenso a mí… Un deseo desbocado. Cabalgas clavada en mi falo. Jadeando como el más hermoso animal con mi boca mamando tus pechos, creando obscenos filamentos de tus pezones a mis labios, que oscilan hipnóticamente con la violencia de tu monta. Eres una puta diosa amazona. Follarte y meterte profundamente todo este amor con cada embestida. Robarte el aire de los pulmones con cada penetración profunda y animal. Siempre es necesario follarte haga frío o calor. Haces hervir mis cojones y su leche. Despierto en las madrugadas hambriento de ti y con la leche a punto de brotar por un meato dilatado, como si fuera a parir. Y en la madrugadas me hago pajas jadeantes, aún ebrio de un sueño contigo. Despierto acariciando el espacio vacío de la cama, donde debieras yacer, a mi lado; si esta vida no fuera tan puta y tuviera algo de decencia. Y luego, con los dedos mojados de semen, acaricio tu cuerpo fantasma en la sábana mientras el sueño me lleva de nuevo a mundos desconocidos. Y a ti. No sé si es triste; pero sí sé que estoy caliente como animal en celo. Si al menos pudiera follar lo que no amo, mi vida sería más relajada; podría amarte y soñarte con más decencia y espiritualidad; según los cánones del romanticismo. Pero solo tú puedes ser mi puta, y la responsable de este continuo correrme en el frío y en el calor en mi indecente y pornográfica soledad. No imaginas el vacío que crea tu ausencia en torno a mí…
La única tierra prometida es la que ella pisa. La que amo, la que añoro, la que necesito, la que quiero abrazar, la que me la pone dura, la que quiero follar, poseer, amamantar, con la que quiero empezar y acabar el día. La que quiero solo besar… Una grandiosidad de alma y coño… Y yo un poco cosa, un paria de la tierra demasiado alejado de todo. Infinitamente lejano de lo que amo. Un nómada en el planeta buscando sus huellas. Con el corazón partido en dos, una mitad roja y brillante que corre miles de kilómetros por delante de mí, hacia la diosa. Y la otra negra, como podrida, que envía con golpes dolorosos la sangre a las venas que parecen reventar de un cansancio, de un hastío, de una eterna puta suerte que no cambia. Y aun así, me mantiene mierdosamente vivo enviando sangre a mi polla amoratada. Una sangre que parece coagularse y hacer del rabo una maza mórbida, obscena, de violenta penetración ávida y feroz. Me gustaría que fuera más gorda, más larga; pero nada es perfecto. Tengo que trabajar este problema, algo cosmético antes de violar a mi diosa si eso ocurriera. “Oye viento, dile a la diosa que llego. No sé dónde estoy, pero voy”. Deliro por el camino creando esperanzas en el Páramo de la Desesperanza. Esperanzas de magnitudes tan grandes como el amor desesperado que me lleva a desintegrarme, a erosionarme en mi camino hacia ella. Esperanzas colosales que no me caben en el pensamiento y se marchitan. Dejo un rastro de alegrías muertas tras de mí. También imagino mis dedos extendiendo pequeñas ternuras por su piel, y siento unas repentinas ganas de llorar… Le vendo la parte sucia de mi alma al diablo que la desea. Ha emergido de un espejismo de gas que flota sobre la tierra quemada por el sol. “Te la cambio por unos miles de kilómetros y de años que me acerques a ella.”. Se ríe y me dice “Vale”. Sabe que no tardaré en morir y tendrá mi alma entera sin nada a cambio. Bueno, no puedo hacer gran cosa contra ello. Solo espero que cuando llegue a ella no muera, sería una broma de mal gusto. Que me dé tiempo a mentirle jurándole que estaré con ella toda la vida. Porque sé que he gastado ya toda mi eternidad en fracasos; como el astronauta que sale al espacio y solo ve muerte. Tanto afán, tanta ilusión alimentando sensaciones y fantasías, para acabar flotando en toda esa letalidad aséptica. Lo único que escucha es su respiración y se deprime. El universo no hace ruido, solo es un inmenso vertedero de piedras que no permite el más mínimo jadeo de vida. Al menos los cementerios tienen la gracia de los epitafios. Sin embargo, el espacio que ocupa mi diosa de pezones lamibles y plenos de vida, es la máxima expresión de lo carnal en un mundo de ángeles asexuados. Tiene suerte de que no es un planeta, porque no podría evitar estrellarme contra ella, su atracción es como la de un agujero negro. Y me pregunto si su coño me absorberá y sacará de aquí. Me lo pregunto con un hálito de esperanza dándole la espalda al diablo que aún sonríe astuto detrás de mí, esperando que muera. El sol incide con una hiriente verticalidad sobre mi cabeza y crea entropía en mis neuronas ardiendo. Me encuentro calculando la órbita de aproximación de mis dedos entre lo más íntimo de sus muslos. Y mientras me acerco en elipses cada vez más pequeñas, le rezo que la amo. Y flotan blancas lágrimas en el espacio que se congelan con un dolor en mis cojones. El sol me evapora la razón en este páramo sin horizonte y antes de olvidar quien soy, lanzo un beso a mi amor, que corre a la velocidad de la luz antes de que el sol también lo evapore. Yo camino con determinación; pero el diablo, dale que te pego, me susurra: Muérete ya. No te quiere, no te quiere, no te quiere… Qué tentador es el hijo puta… Te quiero cielo, voy a ti, dame unos minutos. Y con una carcajada vomito todos los dolores añejos y rancios, son de carne podrida. Es un peso que me quito de encima y el diablo los devora con glotonería. Es hora de dormir, mañana será otro día. “Sí, mañana. Duerme”, dice el Astuto en mi oído. Bendita sea la horizontalidad de la muerte.
Una mujer caliente, sexualmente excitada, es la mayor fuerza de la naturaleza, no puedes combatir contra ella. Debes arrodillarte y leer el salmo de su coño. Ciego, con la lengua, con los dedos descifrando un Braille de gemidos y espasmos que brotan de sus muslos y boca. Has de humillarte ante su fuerza y acompañar su pelvis en cada estremecimiento que padezca, que se corra llena de ti. Y observar como exhala su alma entre los labios jadeantes. Y beberla. Que grite o susurre impúdica e implacablemente su placer. Es imposible sentir su húmedo poder y contener un semen que hierve, que duele presionando en los cojones. Que brotará por un glande cárdeno henchido de sangre. Mascullar íntimamente a la diosa desatada que es tu puta, que la odias por su poder que te convierte en su siervo y esclavo. Y que la leche que rezuma por su coño está formada por tu alma y tu corazón. Preguntarle: ¿Quieres matarme? Es eso lo que quieres ¿verdad, cielo? Que derrame lácteamente mi vida dentro de ti, sobre ti. Y aún muerto seguir amándote con desesperación. Somos el sacrificio de la diosa. Y una obscena redención. Un suicidio líquido y cremoso.
No te ofreceré nada; pero intentaré hacer lo necesario para que no sientas que te he estafado tiempo de vida. Lo que dure. Lo digo porque hay gente muy paranoica que cree que su tiempo es oro y luego te quieren cobrar intereses, como si hubieras asistido de su mano a algún tipo de experiencia o cura milagrosa. Mi cura milagrosa solo pueden ser tus labios, los cuatro. Soy muy simple y fumo para parecer que pienso. Como te digo, mientras viva no tengo otra cosa que hacer más que amarte y no soy un beato como el joven Werther. De follar tengo mi experiencia, o sea que de adolescencias y cosas de esas, nasti de plasti. Quiero decir que tengo duricias en el alma y en la picha; pero no me siento especial, tienes tantas como yo en el alma, se te nota en esa mirada de mujer loba. También tengo experiencias en fracasos, por viejo y por tonto, diría incluso que los colecciono. No aprendo nunca, a mí nadie me enseña nada ni me escarmienta. Y no hay nadie igual en el mundo y nada se repite. Me paso por el rabo lo que me predicaron para hacerme idiota que es justamente lo contrario. Existe el pensamiento insectil en una masa humana; pero todas las reses huelen, apestan distinto; debe ser por sus hábitos alimenticios e higiénicos. Una cuestión ganadera. Así que cuando pinte mal, me largo y no montamos dramas innecesarios. Si en la vida sobra algo, es pesar. Y si te parece bien mi currículum, vamos a follar que tengo la garganta seca de tanta cháchara de amor.
Tengo un tic nervioso, un Pinocho inquieto en la bragueta. No me creas banal o vulgar, solo es obscenidad, sincera lascivia. Soy viejo como el mar y la ingenuidad es un cadáver entre los huevos.
Una usual calentura, un cipote de madera ardiente. Un infierno en los cojones, una leche como lava.
Ni por un momento pienses que es defecto de fábrica o de un Gepetto senil, acabado. Acepta tu responsabilidad, amor.
No crece la nariz con mentiras, ocurre con tan solo un aleteo de tus pestañas, solo con una mirada tuya, mi puta. Ante ti, diosa del alma y la carne plena de sangre pulsante, pudiera parecer que miento; pero solo rabio de deseo.
Mi hada azul de destellos húmedos y regueros blancos en tus recónditos muslos… No es por mentir el Pinocho inquieto, cielo. Simplemente una lógica indecencia de tal magnitud que el universo mira a otro lado con una tos de embarazo.
Eres un maravilloso accidente en mi vida. Y te llamo accidente por lo sorprendentemente fácil que es amarte; como caer por un tropiezo y darse cuenta de que estás perdidamente enamorado. De la forma más ilógica e inmadura. Si tú eres un accidente elegante, ingenioso, irónico (cómo me haces reír), con unas sofisticadas clavículas y unos pechos hermosos y lamibles. Yo me siento como una piedra en tu camino. O en tu zapato, irritantemente adentro (es mi fetichismo). Y siento mucha angustia, temo por ti, por tu salud. ¿Y si tienes un agresivo astigmatismo, miopía o alguna patología como un absurdo daltonismo que en vez de cambiar los colores, cambia las formas y los rostros? No creas que pretendo cuidar tu salud. Te quiero enferma si ese fuera el caso. Deseo que sigas viendo lo que no soy, que mi vejez y decrepitud sigan ocultas a tu amor. Ruego porque jamás acudas al oftalmólogo. O al psiquiatra, aunque sea más grave. Si pudiera, te mantendría engañada todo lo que me queda de vida. Porque si te pierdo ¿qué me queda? Este egoísmo mío es una lógica secuela del accidente que representas para mí. De amarte. Y constituye una constante lucha por reparar este engaño al que estás sometida. Temo algún día estropearlo todo y ser sincero. Llevarte yo mismo al oftalmólogo. No puedo reprimir estos accesos de ética que me sobrevienen. Temo clavarme yo mismo el puñal y perderte. Aunque también existe la posibilidad de que esté loco y tú no me ames. Tú no existas. Entonces no te haría daño, no tendría la pesada carga de tenerte engañada. Mi locura es la única posibilidad para seguir siendo tu piedra, solo a mí corresponde concertar cita con el especialista. Así que no puedo ni quiero reparar este hermoso accidente, mi amor. No sé si estoy loco o tú estás ciega, pero el mundo está bien así. Te amo, bella miope.