Posts etiquetados ‘amor’

Hace tanto calor y el sol molesta tanto mis ojos, que el amargo café se hace dulce en mi boca y el humo del cigarro es aire fresco en mis pulmones. Estoy tan cansado de andar, que la incómoda silla del bar es un trono a la sombra de un edificio, en una calle extraña a pesar de mil veces visitada.
No es extraña, es ajena.
Y de repente llega una brisa suave, fresca… Como un premio, como una bendición para un católico, para un humano.
Es un aire que arranca las cosas malas de mi piel y de mi cabeza. Dolores y carencias. Ardores y vergüenzas.
Me llena de calma y me da paz. Cierro los ojos para aislarme en ese placer sensorial y me abandono a una melancolía que provoca lo que no fue, lo que no sucedió.
No importa, todo eso se lo lleva mi viento amigo. Me transporta al mundo inhóspito e ignoto, un mundo inalcanzable, como una maldición cuando el sol y el polvo de esta tierra me envuelven y me hacen débil.
Un viento que trae aromas de picantes y refrescantes cítricos que alguna vez olí.
Moho y antiguas aguas estancadas.
Ruina y eternidad.
Un mundo de dolor, muerte, lucha, vida y amor…
La trascendencia en estado puro.
Y pienso que no es tarde. No es tarde.
Sé que no lo es.
Tengo tiempo, aún puedo llegar.
El viento golpea mi pecho como las palmadas de un amigo que hace tiempo no veía. Hace una caricia en el cuello y atraviesa mi cabello convirtiéndolo en espigas frescas al alba. El cigarrillo se me cae de los dedos relajados y el humo que aún sale de mi nariz se arremolina como un tornado alejándose de mí.
Deseo con toda mi alma (porque cuando el aire me conforta, siento tener alma) ir allá, a aquel horizonte de donde llega el viento, un cielo de nubes negras que de tan pesadas, parecen aplastar lo que hay bajo ellas y hundirse en esta tierra indecente.
Son de una belleza letal, imponentes y sinceras en sus tormentosos y amenazantes cúmulos verticales hasta el cosmos, como si fuera una sólida torre al infinito.
Quiero cobijarme allá donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.
Donde los árboles muertos se convierten en bestias pétreas.
Donde la oscuridad del fin del mundo aterroriza a los demás.
En esos momentos en el que el aire me aísla de esta banalidad y agita con una ráfaga de ternura, vislumbro el mundo maravilloso oculto en aquellas peligrosas nubes. Y todo está bien, sé que soy bienvenido y habrá una complicidad inevitable entre esos seres y yo. Porque ambos somos ajenos a este mundo, solo que yo, en algún momento me perdí.
Ya no habrán silencios incómodos, no seré extraño en el planeta, no más presencias forzadas. Se acabó el trabajo agotador para soportar y ser soportado. Se acabaron los recuerdos de amados muertos y los de amados vivos ya inaccesibles, ya lejanos.
Allí, en las grises rocas celestes que bajan del espacio a la tierra, corren lobos con el lomo cubierto de rosas azules.
Qué bellos son los colores donde nadie quiere estar.
No quiero abrir los ojos, no quiero que cese el viento, dame unos segundos más, dame una eternidad. Mi Aire, dame el tiempo necesario para llegar allá.
Los dientes de los lobos imposibles están manchados de sangre, con los ojos encendidos de hambre y ferocidad, pupilas rojas, niñas amarillas… Un oso lucha contra ellos, sus garras han herido sus lomos y de ellos brotan serpentinas de hiedra que los convierte en setos en un jardín para enamorados que huele a amor y muerte.
Es algo importante, es algo trascendente.
En la glorieta, ella llora por mi muerte, yo lloraré por perderla y renaceremos tantas veces como sea necesario para hacerlo intenso hasta la desesperación. Hacemos padecer a las carnes el dolor de la pérdida y la desolación y hacer del próximo encuentro una felicidad esquizofrénica.
Es importante morir con una violencia y dolor inhumanos por amor y ser héroes, amados y deseados. Es algo por lo que vale la pena cerrar los ojos ante el viento de un universo que es el mío.
A veces ocurren errores…
Viento amigo, no sé si es error mío o vuestro, pero no me dejes morir aquí. No quiero una enfermedad triste, ni morir en la indiferencia de los humanos. Soy un guerrero perdido, llévame ahora, aunque muera en el ascenso a mi mundo perdido.
No me dejes aquí, viento mío.
¿No ves que me duele el cuerpo? Si no fuera un guerrero de verdad, lloraría. Y mis ojos están secos como la tierra que piso cada día.
Soy valiente, puedo aguantar el dolor. Necesito el dolor de mi mundo, las emociones sangrantes, los amores que matan.
Un hombre que me cae bien, lucha desnudo contra un águila grande como un avión. El animal clava sus garras en su pecho y le arranca un corazón de bronce. El hombre grita de dolor al tiempo que muere, es un segundo.
En la glorieta, mi semen corre ajeno a la muerte por la boca y pechos de mi hembra. Y sé que todo está bien. Mi pene es un latido que se escucha en medio de un silencio sepulcral expulsando las últimas gotas en el rostro de la que amo.
Hay árboles que dejan caer una lluvia de hojas frescas verdes, rojas y marrones. Pequeños frutos en forma de ataúdes.
¿Por qué eres tan precioso e inaccesible, mundo mío?
Los lobos han dejado de ser setos, han mudado a su pelaje y respiran. Buscan con gruñidos la caricia de mi amada desnuda.
Ráfagas de viento portadoras de ilusiones, robáis mi recelo y mi sabiduría y me siento tontamente ilusionado. Viento mío, haces de mi cinismo candidez, de mi abatimiento ilusión.
El águila deja caer el corazón de bronce, que al tocar el suelo, crea una placenta que arraiga en las sólidas nubes donde intensamente vivimos. Renace el hombre gritando a una nueva vida. Le ayudamos a subir a la glorieta de madera blanca cubierta de rosas rojas que sangran y hacen regueros de pasión que llegan al suelo haciendo florecer cuchillos de brillantes filos.
—No eres nuevo, has llegado por fin —me dice ofreciéndome un cigarro—. Recuerdo que hace eones, el universo rotó en un accidente sismicosmológico, y tú caíste porque estabas luchando en el mar contra un kraken. Salían naranjas de tu pecho cuando morías, cuando el pico de la bestia destrozó tu tórax. Tuviste mala suerte, amigo. Caíste a la tierra de lo posible y nadie pudo salvarte. Ella lloró y te esperó…
Besé a mi mujer , la besé deseando morir de amor y mi corazón dejó de latir para ser un héroe para ella. El dolor apenas me dejaba hablar.
—El viento a veces me encuentra, pero algo se debió romper cuando caí. Tengo miedo, amigo. No quiero volver allá, donde morimos en la calle, donde una gripe detiene el corazón, un bulto se come el cerebro, donde no hay monstruos, ni amores inmortales. Donde todos mueren de hemorragias, no hay flores ni metales preciosos saliendo por las carnes abiertas…
Los humanos huelen mal cuando mueren. Yo oleré mal.
Mi amada y mi amigo se disuelven lentamente.
Y la sensación de pérdida hace agua mis entrañas, en un llanto invisible.
Viento amigo, no me dejes.
Contigo no temo al ridículo, viento de las nubes negras, solo tú sabes ilusionarme.
Sigue amigo mío, sigue sacudiendo de mi piel y mis huesos toda esta tristeza.
Dame más sensacionesde un mundo que extraño y sin embargo no recuerdo. Hazme creer que muy pronto estaré ahí, con los seres que no existen.
Donde todos somos secretos y ocultos. Donde la muerte es puro juego y la vida cacería, risas y un buen follar.
El viento ha cesado de repente. Y toda esa ilusión se ha esfumado, observo la cajetilla de cigarros, enciendo uno y pido otro café. El lejano cielo de tormenta se ha deshilachado.
Pienso en el tabaco y el cáncer, en el calor y la sed, en la tierra caliente y los pies sangrando.
Me trago las lágrimas de la decepción con cada sorbo de café y con cada bocanada del cigarrillo.
La reminiscencia de un olor a naranjas evoca una añoranza de un lugar o tiempo donde lo importante, era luchar, morir, vivir…
He de comprar pan y tomates, jabón y…
Algo no está bien…

 

Iconoclasta



Ya no cometeré ningún error jamás. He aprendido:  ya sé como empieza, como sigue y como acaba.

Lo juro, porque pongo mi voluntad en ello. Algunos dicen que no se debe decir «nunca» porque la vida da muchas vueltas.

Yo lo puedo decir, porque además de mi voluntad, ya no hay tiempo.

Mi férrea determinación y la edad se encargarán de que ya no cometa errores.

Yo hago y deshago como Dios.

Y es un descanso, se acabó todo, se acabaron las ilusiones, las expectativas y el futuro de mierda lleno de emociones y novedades. Me siento tranquilo y seguro con el tiempo a mi favor, liberado de todo tipo de responsabilidad.

Nunca debió ocurrir…

Sueñas, amas y aterrizas en un lugar con un buen decorado, pero tras el telón y entre las tramoyas  hay seres que interfieren, hay amores y deseos insatisfechos, lascivias secretas que nada tienen que ver contigo. Caes en ese paraíso falso y sin darte cuenta cargas con todas las miserias y todas las melancolías de una vida que realmente no te importa. Que de hecho no importó nunca, solo era un mal momento en el que te enamoraste.

Culpas, errores y hambres ajenas es lo que encuentras.

Un montón de gente que la ama más que nadie y ella se convence de que es así, hasta que le lamen el coño y no sabe a rosas ni es maná. El amor y el deseo acaban aburriendo cuando el deseo es falso, da igual lo hermosos que sean los amantes.

Estoy seguro de que el hombre elefante follaba.

Se me da bien  encontrar basura en el mundo, de hecho no he visto nada limpio, nada despejado de suciedad.

Es un atrezzo lleno de hipocresía, mentiras convincentes y convenientes.

La virtualidad jamás debió convertirse en realidad, se ha deformado, roto…

Una masa que se desliza lentamente por la pantalla del ordenador como un excremento viscoso.

Un sueño abortado.

Hace años que nació la era internet, de las falsas comunicaciones, de los deseos inmaduros, del afán de engordar las vanidades que una vida mediocre no puede llenar.

Y los que llevamos una vida mediocre, por muchas emociones que escondamos o dejemos salir, somos mediocres.

Las actrices actúan siempre y los escritores nos enamoramos.

Las actriz arrastra su erótica mediocridad en conjunto con sus amigos y confidentes, saben más de ella, de sus anhelos sexuales y de su coño que el amante que soy yo.

Yo no era un amante, solo un follador  casual. De eso te das cuenta enseguida.

Me masturbo en solitario recordando las video charlas con ella, no me masturbo evocando cuando se la meto. Es curioso, el espejismo aún ahora tiene una buena intensidad, al menos literaria.

La que amé tiene demasiada chusma a quien querer y su vanidad no deja descansar su coño ni su mente repleta de cariños de la infancia, de la juventud, de los que le hacían el coño agua y los que la hacían llorar. Necesita la fama y ser amada por todos.

Necesita el dolor para restar banalidad a los minutos del día.

Los escritores somos solitarios e introvertidos, fue una mala elección, una mala combinación.

Fue mi error, mi gran error, no lo quise ver porque amaba cada gesto de ella como si fueran dedicados a mí. Fue bonito el juego.

Le enseñé mi polla y me masturbé ante ella en la webcam mientras ella se acariciaba su raja, era el sexo en solitario más intenso. Era vulgar a grandes rasgos, pero cuando haces eso, no piensas en los cientos de miles que hacen lo mismo, como no piensas al follar, en los cientos de miles que lo están haciendo. El amor nos hace exclusivos, o debería hacerlo.

En nuestro caso, la exclusividad era papel higiénico en un portarrollos mugroso. La exclusividad la tenía con ella y con veinte más.

Fui en su busca y a la salida de aduana  del aeropuerto, me esperaba cogida de la mano de su compañero de reparto en la película. ¿Los amigos se llevan de la mano y se comen la polla y el chocho? ¿Los amigos se aman de mierda? Pensé que el actor nos ayudaría a follar, que mantendría las piernas abiertas de mi hermosa actriz para que se la metiera  sin problemas. Sus manos abrirían los labios de su coño para que yo pudiera irritarle el clítoris a lengüetazos.

No tenía que estar de su mano, si quiere ir de la mano de muchos seres que se vaya a una guardería. A mí me jodió.

Y me di cuenta en ese instante que dejé de amarla. Allí no había complicidad mierdosa. No había el gran amor y el deseo incandescente de dos, era mierda en bote.

Me enamoré de una actriz de moda, de una gran belleza que enloquecía a su público, que llenaba las salas de los cines . De alguna forma le gustó mi podredumbre mental, de alguna forma me gustó su sensualidad directa y aparentemente sencilla.

Y mi polla se enamoró de ella, pero su coño, no del todo.

Mientras la amaba, cada vez menos por minutos, la follaba. Siempre va bien follar, y además me gusta ser mi propio personaje de un relato retorcido como un sarmiento seco. Acabé pensando que mejor era tirarse a la actriz que follar con una puta y pagar demasiado dinero.

Fue solo un juego, ella quería captar la atención de un escritor maldito y el maldito acabó entre sus piernas que olían a deseo y semen viejo de otros. A desánimos y euforias de amantes y amigos. O amantes-amigos, de esos deficientes mentales que aún creen en los reyes magos porque es bonito mantener la ilusión. Comparaba medidas y orgasmos, porque era necesario para su inocente vanidad, porque en verdad, su vanidad era inocente hasta el punto de que me convertí en la causa de su depresión.

Fui el personaje de mi propia locura literaria. Y me encontré con todos los idiotas del planeta, hechos carne y hueso a mi alrededor. ¿O alrededor de la actriz?

Como búfalos cafre de la sabana africana, la protegían de mí rodeándola. No sé de que la protegían, porque no quedaba en mí el interés por desear estar a solas con ella ni un minuto al día.

No deseaba ni siquiera gritarle, ni lanzarle mis reproches.

Solo me ha salvado del ridículo mi incapacidad de amar como un patán, a pesar de ofrecerme su coño y sus más preciosas actuaciones he sabido mantener una tranquila indiferencia.

La mano de su amigo entrelazada en la suya, en el aeropuerto, fue la prueba de mi error.

Aunque las veces que he follado con ella, lo convierten en un error menor cuando has dejado de querer.

Tengo una facilidad espantosa para dejar de amar y ahora estoy aquí esperando el desenlace, como si de un aburrido libro se tratara, sin emoción alguna. Jugando a la hipocresía, esperando el momento propicio para desaparecer sin una sola palabra, ya tranquilo y con ganas de irme con mi soledad y mis malditas letras a un lugar donde ya no se repetirá el mismo error, soy viejo.

Así que con algún resto de amor de esos que ella tiene, nos besamos y nos decimos delicadezas de mierda. Cortesías de los que follan o se lamen  el sexo.

Y mientras folla con otro, yo soy su molestia. Soy aquello que jamás hubiera querido tener cerca,  porque le amargo su romance.

Cuando llega a casa y nos encontramos, miro su coño con descaro y fijeza, más que nada por si le veo alguna mancha de semen y fluido de cuando acaba de follar.

Ella siente insectos en los pies. Ha desarrollado un pleno rechazo hacia a mí; pero de todas formas jodemos, es algo puramente funcional…

Yo no la rechazo, simplemente me da igual.

Así que soy paciente, disfruto el momento, ella sabe que yo sé de sus amigos-follantes, de sus amigos confidentes y de sus amigos-de-la-infancia-de mierda y no puede sentirse cómoda. Siente que algo huele a podrido en Dinamarca al no ser la protagonista del próximo drama de celos que sus amigos interpretan tan bien.

 No tienen que protegerla, no corre peligro conmigo. Tal vez nadie se crea que alguien puede sentir tanta indiferencia.

Espero el momento propicio. Cuando se la haya metido profundamente  en el coño y la haga gemir de placer en un intenso orgasmo y escupa toda mi leche con un ronquido, saldré de su vida en silencio, sin una sola palabra. Sin un adiós.

Y la olvidaré tan pronto como en el instante que la dejé de amar, cuando la vi de la mano de aquel idiota.

Me pregunto si soy humano. No peleo por recuperar el amor, peleo por no ser demasiado rápido sintiendo indiferencia, lucho por intentar amar, por conservar lo que pudo ser hermoso.

Intento enmendar errores, pero no puede ser. Me aburro de amar, me aburro de intentarlo y  al final acabo deseando estar solo en algún lugar cómodo del mundo.

Me aburro de sentir curiosidad y me aburro de esperar a nadie.

Y no doy nada por nada. Cristo murió sin un solo benficio. Yo no soy un estúpido beato.

Mi cinismo es mi gran defecto, mi gran defensa. La fuente de mi ingenio.

Soy un escritor maldito y me gusta enterrar todo lo que pueda parecer bello, todo el amor y todo el odio, es una forma de combatir mi mediocre vida. Los escritores malditos navegamos en un mar de tempestades sin que se nos apague el cigarrillo que cuelga de nuestros labios. Asistimos a todo tipo de muerte y sufrimiento con la firme decisión de hacerla importante con nuestras palabras en nuestras mentes.

Asisto a mi propio error de amor en la red como si de un relato se tratara. Soy ponzoñoso hasta conmigo mismo.

Convierto errores mediocres en sucesos importantes, trastoco la puta realidad para hacerla densa y trascendente.

La mierda esplende con luz propia en mi mente y va más allá de lo que jamás sentiré por nadie.


 

Me la he follado en la madrugada, le he atado las pies y las manos, la he convertido en mi Cristo femenino en la cama. Le he mordido los pezones, he lamido su estómago, su ombligo y he bajado por el vientre hasta la raja de su coño. Y me he detenido en el clítoris castigándolo con la dura punta de mi lengua hasta que sus piernas no podían estarse quietas por el placer.

La he penetrado hasta que mi polla se ha mojado completamente, hasta el punto de correrme, y se la he metido en la boca donde le he soltado mi lefa. He salpicado sus ojos, sus labios y sus tetas.

Luego he succionado su clítoris hasta que se ha corrido mordiéndose los labios y clavándose las uñas en las palmas de las manos.

Cuando la he desatado se ha dormido instantáneamente.

Se ha ido pronto al rodaje de su nueva película. 

Yo he preparado un par de maletas con mis cosas. Llevo el billete de avión en el bolsillo, lo compré hace dos meses. Jugueteo con el pasaporte en la mano, como si fuera el fetiche que me protege de mis errores, el que conjura los falsos amores electrónicos.

El viaje en taxi ha sido maravilloso, a medida que me alejo de ella, me siento  mejor.

El avión está medio vacío, hay poco ruido, hay tan pocos vulgares que no siento esa necesidad de salir deprisa de los lugares con demasiada concurrencia humana.

Mi teléfono está apagado y lo enciendo.

Hay mensajes que no he leído durante el trayecto en taxi al aeropuerto.

Me pregunta donde estoy, que esta noche vendrá pronto y que le gustaría ir a cenar al Caesar’s, un restaurante propiedad de una amiga suya, con  la que se ríe de mis cuernos como si yo fuera un idiota incapaz de comprender sus risitas cómplices de deficientes mentales.

El avión se va a estrellar en el mar, un fallo repentino del sistema eléctrico ha apagado los motores,  no hay forma de tomar el control. El mar es un muro de hormigón que se acerca a una velocidad de vértigo.

Enciendo el celular para enviarle un mensaje de despedida, pero lo descarto. No siento necesidad de despedirme ni de la vida ni de ella. Las mentiras tienen su momento y ahora no lo es.

Lo dije: el tiempo no me daría tiempo a cometer un nuevo error.

Y mi próximo relato muere conmigo.

Errores de amor en la red que no son errores, solo fraudes sin la menor intención de ir más allá de una sonrisa hipócrita.

La vida es ahora un montón de gritos, de agua y metal.

La vida entra por mi nariz y mi boca. Mis pulmones intentan sacar aire de ella, pero no puede ser, entre otras cosas porque el apoyabrazos del asiento de delante se ha clavado en mis intestinos.

No me equivocaré nunca, estoy a salvo.

No me gusta  el mar, debería escribir de…












Iconoclasta

En un mundo lleno de amores confusos y compartidos mil veces hasta hacerlos banalidad, el gran amor claro y diáfano es de tal rareza que se considera sueño por muchos.
Buscar algo así, es comprar un pasaje directo al manicomio. Y cualquier lugar es peor que el manicomio cuando buscas un amor claro y diáfano.
Solo hay que estar preparado para lo peor (no encontrarlo) y la soledad. En la búsqueda de lo cuasi imposible, solo se puede sobrevivir y llegar al final si no tienes miedo a estar aislado.
Debe haber un amor claro y diáfano. Un amor exclusivo donde ellos dos sean suficientes para sí mismos y puedan dar la espalda al mundo y sus horrores idiotas.
Todo mi ser lo intuye, como el ozono de una tormenta cercana que crea un aire picante y fresco en mi olfato; pero son tan escasos los amores claros y diáfanos, que es más que probable morir sin encontrarlo; aún así no se debe abandonar la búsqueda.
Existe el amor claro y diáfano, como el diamante más puro.
Para rendirse en su búsqueda, solo es excusa la muerte.
Una vez conoces o intuyes su existencia, tu única función en la vida es encontrarlo.
Sé que hay gente que lo ha encontrado, pero no hay estadísticas. Los amantes claros y diáfanos huyen y excluyen al mundo y sus estadísticas.
Son tan pocos que se consideran mitos.
Hay demasiados amores vulgares que apenas duran un segundo frente a su propio reflejo en el espejo. Cuando la luz pasa a través de esos amores, no se refracta, no se descompone por la fuerza de la exclusividad y la pasión. Se convierte en un haz de una linterna barata, un rayo de luz amarillo que ilumina el polvo del aire, como el sol mediocre de las tardes sucias y polvorientas.
El sonido de un amor vulgar es un balbuceo apenas comprensible que lleva a un silencio incómodo.
Son amores que no se sostienen a sí mismos, que se refugian a su vez en otros amores y en otros afectos para poder soportar toda esa mediocridad diaria.
Un mal arreglo, un mal menor para vidas menores.
Se enamoraron por cobardía a la soledad; pero los cobardes mueren cobardes y el amor se pudre en un jarrón sin agua.
Los amores que no son exclusivos son algo de lo que huir, son trampas, espejismos convenientes de las mentes pusilánimes y banales que insultan la inteligencia.
Los cobardes no pueden aceptar que la soledad es una amante segura y sincera. Los cobardes tienen miedo a que el aire viciado de una mina joda sus pulmones.
La soledad no te abandona ni a la hora de la muerte. Es una capa del color de la valentía que protege del bacilo de lo adocenado.
Los amigos no valen un amor claro diáfano, no son suficientemente potentes; amigos míos, perdonad por ello, el amor claro y diáfano tampoco tiene piedad conmigo.
Mejor solo que mal acompañado. No es correcto: mejor muerto que mal acompañado.
Hay que morir en soledad si no tienes un amor claro y diáfano clavado en el puto corazón. Porque quien vive mediocre, muere mediocre. Y comen croquetas y se ríen en tu entierro.
Quiero una herida mortal del amor claro y diáfano, una certera puñalada que me mate derrotado y satisfecho de una búsqueda que me ha consumido.
El honor y la dignidad son importantes en un mundo repleto de juveniles amores y banalidades, son las únicas posesiones con las que nací. Y mi voluntad, mi férrea voluntad de preferir la soledad absoluta a un amor gris.
El amor claro y diáfano descompone la luz, disgrega cuerpo y alma y amalgama a los amantes. Los hace luz. O eso creen.
Y si lo creen, basta para que sea real.
Son valientes, han sufrido demasiado para encontrarse y tener paciencia para que la verdad les diga o no lo que son. No aceptan verdades ni dogmas, solo se aceptan ellos.
Lo exterior y la verdad son injerencias.
El amor claro y diáfano es un poliedro perfecto, y a través de sus múltiples facetas y de su profunda claridad se aprecia con todo detalle los ojos amados.
No hay una sola aberración óptica.
Pareciera que son diamantes tallados por dioses de otros mundos.
Bendita la luz que desgarra las sombras de los amores grises y plomizos.
Necesito un amor claro y diáfano que me convierta de basura en algo querido.
Puedo imaginar, sé perfectamente como son los fulgurantes destellos de puros y hermosos colores que nacen de la cristalina estructura de un amor claro y diáfano.
Buscaré en los lugares más recónditos del planeta lo que apenas existe. Ya no es posible vivir amores menores.
Moriré en lo oscuro y húmedo si no hay un amor de un millón de quilates que me ilumine.
Moriré en el fondo de una mina, con las uñas desgarradas.
Es mejor el aislamiento que un amor imperfecto y mal tallado.
No importa respirar mineral en polvo y poner en jaque los pulmones, no importan las manos que sangran por escarbar la tierra o la carne de mi pecho.
Si no lo encontrara a tiempo, la vida me sepultaría en un derrumbe de años.
Algo épico y romántico. He sido tan vulgar siempre…
Moriré con una dignidad y estilo que carece la humanidad, como no he podido vivir. Nadie me echará de menos, nadie me llorara hipócritamente.
Los mineros del amor diáfano y claro suelen morir en los túneles sin haber encontrado nada, con el pico en la mano, con la linterna de su casco apagada.
No todos… Los hay que viven a veces horas y días, que aún les da tiempo disfrutar esa piedra preciosa de amor puro.
Es una esperanza ridícula, pero también ha sido patética la vida hasta aquí, hasta ahora.
Mi única misión es seguir esa esperanza que atesoro en la búsqueda de lo importante, un santo grial del alma. Es la única razón por la que vale la pena abandonarlo todo y agotar toda mi vida en ello.
Hay un amor claro y diáfano que encontraré en alguna parte. Hay un diamante ya formado, ya perfecto que atrae mi piel y mi alma hacia la destrucción si fuera necesario.
Y es necesario.
Es digno.
Hay un amor claro y diáfano.
Tiene que haberlo, por favor…


Iconoclasta

Con alegría, con optimismo y buen rollo, un saludo al mundo y sus habitantes. Así de contento, así de feliz.
Y una mierda, no soy tan gilipollas aún.

Mis mejores deseos def_01

Su melena oscura y rizada lucía hermosa y suelta, sus rotundos y pesados pechos de pezones color canela se agitaban al ritmo de una respiración acelerada.
Sus labios temblaban de pavor.
Entre sus piernas abiertas, el cerdo hociqueaba su sexo, arañaba con los dientes el clítoris y tiraba de los labios vaginales. Las vaharadas que le llegaban de su maloliente piel, le provocaban una náusea que por momentos se veía incapaz de disimular.
Toda su mente estaba concentrada en pedir a todas las fuerzas del planeta, no tener que hacerle una felación al hombre cerdo. Llevarse aquella cosa a la boca era repugnante, la ponía enferma. Le sobrevenían arcadas, como si estuviera embarazada de su verdadero amor.
Recordaba con tristeza cuando se llevaba su pene a la boca, y el pensamiento la llevó a una cueva profunda de su mente donde todo es confuso y no llegaba a comprender porque ese cambio, porque no lo supo ver, porque a ella… Sus grandes y oscuros ojos derramaron dos lágrimas que arrastraron el rímel e hicieron dos tortuosos ríos en su rostro angulosamente delicado.
Su cuerpo se agitaba violentamente con las cada vez más fuertes hociqueadas con las que el hombre cerdo maltrataba su sexo.
Al final, el cerdo se masturbó con la boca pegada en su coño, y no le pidió que se la chupara.
Se acostó de lado, muy lejos de esa apestosa piel.
A menudo dormía y soñaba con su amor, el que le abrió los ojos a su error. También con su madre muerta, que un día, como una película de final feliz, llegaría de alguna forma para ayudarla.
Nadie podía imaginar que alguien pudiera metamorfosearse en cerdo, eso solo ocurría en los libros. No fue un error, lo amaba y era amada.
No fue un error, el mundo la engañó, su felicidad acabó en poco tiempo en una cloaca infecta.
Se frotó el sexo con un pañuelo para secarse con asco las babas del hombre cerdo.
Trabajo… El trabajo la distraía, sus compañeros la querían y la hacían reír. Y así apareció Leo en su vida, con una sonrisa radiante como un sol, el que ama. Y esperaba que un día volviera, hubo una promesa y a ella se aferraba. Es lo único que le quedaba, ese amor ahora lejano y sus hijos.
Se durmió y la imagen de su madre recientemente muerta, dulcificó sus sueños, y le protegió de los ronquidos del hombre cerdo.
Su espalda era adiposa y redonda, la piel rosada y sucia. Ocupaba más de las tres cuartas partes de la cama y ella debía dormir casi en el filo del colchón, y daba gracias por ello, por no tener que rozarse con aquella cosa infecta.
Cuando conoció a Leo y supo de una forma contundente que estaba enamorada, al llegar a casa se dio cuenta de que la nariz de su pareja había cambiado, sus fosa nasales se veían de frente, y su pelo se había retirado notablemente. Su voz era más ronca, difícil de entender.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
– Sí, cielo, estoy bien.
Ya no le besó en la boca, le parecía asqueroso y simplemente apoyó momentáneamente la mejilla contra la suya, para percibir un tenue olor a mierda y orina.
A medida que su amor con Leo se afianzaba y adquiría tintes de drama, su pareja iba cambiando más rápidamente, sus uñas se hicieron negras y su cara se redondeó y perdió la barba, su brazos engordaron como jamones y supo que en su mente crecía también la maldad.
Sus genitales se hicieron pequeños y su pene se marchitaba entre la grasa de su bajo vientre ahora colgante.
Una tarde recibió un mensaje de despedida, amor y esperanza de Leo. Su rostro se demudó de tristeza, le costó horrores no ponerse a llorar en la mesa de aquel bar, porque el hombre cerdo estaba sorbiendo un café y fumando frente a ella. Aún así, sacó fuerza y coraje para responder a su Leo el mensaje; el hombre cerdo perdía cada vez más inteligencia y continuó fumando y sorbiendo aquel café fuerte y desagradable que parecía gustarle.
Su amor se fue lejos, tal vez por una temporada, la soledad y el miedo la golpearon con dureza y su mente se enfocó en mantener vivo el recuerdo de su madre y volcarse en sus hijos hasta la desesperación.
Quería que aquel engendro desapareciera de su vida, sus náuseas eran cada vez más fuertes ante él y follar con aquella cosa era un llanto eterno. Como los fines de semana que parecían durar años al lado del cerdo.
El suicidio se hizo una carga pesada, una sombra constante en su pensamiento que solo la compañía de sus hijos y los mensajes que por la noche y en la oscuridad de la habitación intercambiaba con su amor, le disipaban de la cabeza.
Vivía al día, esforzándose en respirar, con la débil esperanza de abrazar a Leo, a veces lloraba en el trabajo y sus amigos le daban el consuelo necesario para afrontar las horas del día.
Cada instante en presencia de su hombre cerdo, era una lucha por evadirse de su compañía. Su mente giraba veloz e inteligente buscando medios para evadirse de su él. Con amigos, con tareas, con trabajo… La mente lerda del hombre cerdo era demasiado básica para luchar contra su inteligencia superior, y consiguió un precario equilibrio entre el asco de su presencia y la esperanza de encontrarse con su amor verdadero.
Ahora la situación ha empeorado, sus hermosos ojos siguen con disimulo al hombre cerdo que hociquea entre las estanterías llenas de libros de una tienda, mientras se abraza a su hijo con desesperación, rogando en sus adentros que no se vaya y no la deje sola con él otra vez.
Las piernas del hombre cerdo ponen a prueba la integridad de las costuras y la tela de los pantalones, su respiración es claramente un ronquido. Teme por su integridad y la de sus hijos. Entre las manos que abrazan a su niño, está el teléfono, del que espera sentir la vibración de un mensaje de amor y esperanza.
Solo necesita unas palabras que la convenzan por unas horas, que ha de seguir viviendo por sus hijos, por su amor. Que no se rinda.
El hombre cerdo se gira con un libro entre sus pezuñas y la mira con una sonrisa podrida atroz, en un saludo que provoca su terror más profundo.
Ella aprieta con más fuerza su abrazo en su hijo y se esfuerza por no gritar en esa librería donde todos se preguntan que hace una mujer tan hermosa con un cerdo.
Saliendo de la tienda, el hijo se va con sus amigos a pasar la tarde, el silencio es ominoso entre la pareja que forma la bella y el cerdo. Es ominoso el miedo y el asco.
Está tan cansada… Conduce por la ciudad a su casa nerviosa, su compañero de trabajo le acaricia la mano que aferra fuerte y crispada el volante.
-Tranquila, todo se arreglará, no te preocupes -le dice dándole un beso en la mejilla antes de apearse del coche para tomar un autobús.
Cuando llega a casa, el cerdo está viendo una película, se encuentra desnudo, y sus orejas enormes se agitan cuando la bella y triste mujer entra en la casa.
– ¿Cómo estás? -le pregunta sacando fuerzas de flaqueza.
La bella se queda pasmada de horror cuando le contesta:
– ¡Oink, oink!
Él la toma por el brazo, la sube a la habitación y cierra la puerta para que los hijos no entren. Le arranca la ropa y ella mantiene su grito en silencio, no quiere asustar a los niños.
La hace girar por los hombros y la pone a cuatro patas en la cama, la monta por detrás arañándole los pechos, metiéndole en el coño aquella verga fina, larga y rizada, que parece que le revienta las tripas con cada embestida. Le pesa tanto que no le deja respirar bien.
Cuando el cerdo eyacula y se desprende de ella, su vagina deja caer un viscoso líquido incoloro y llorando se viste. Secándose los ojos de lágrimas y con las piernas separadas por el dolor de su sexo, se dirige al cuarto de sus hijos donde se encierra en silencio para hacer la tarea con ellos, mientras el cerdo ronca dormido en la cama.
Llega la hora del baño y cuando desnuda al pequeño, ve que en su espalda hay arañazos y golpes.
Se dirige al cuarto de matrimonio y golpea con un zapato la cabeza del hombre cerdo.
– ¿Qué le has hecho a mi hijo, hijueputa?
– ¡Oink, oink! -responde el hombre cerdo, que ya nada tiene de hombre, rascándose la cabeza con la pezuña delantera y poniéndose en pie frunciendo los belfos para mostrar sus amenazadores colmillos.
La bella reacciona rápidamente y toma al pequeño en brazos para encerrarse poniendo el seguro del picaporte en la habitación de los niños.
El cerdo golpea furioso la puerta con su hocico, pero no puede abrirla de momento.
Es la víspera de nochebuena, y en el ordenador de la habitación pone villancicos a todo volumen para aliviar el miedo y el llanto de sus hijos.
– Vamos a cantar muy fuerte porque mañana vendrá Santa Claus por la noche.
Y cantando, consiguen hacer inaudibles los ronquidos del cerdo. La bella, cierra los ojos para acceder a un mundo donde no haya miedo ni dolor, donde el amor sea el pan nuestro de cada día y ruega por un poco de felicidad. Solo le pide a su madre un poco de suerte.
– ¡Mami, es la abuela! -dice el hijo mediano señalando el monitor del ordenador, en el que se ha formado una difusa imagen.
– ¡Sí, es la abuela, má! -grita el mayor.
De repente los golpes en la puerta han dejado de sonar al tiempo que escuchan un golpe sordo en el suelo.
La madre los saluda diciendo adiós con la mano, diluyéndose entre píxeles, con una sonrisa. Como ocurre en las películas.
Con cuidado, la bella abre la puerta de la habitación, el hombre cerdo está tendido en el suelo, no respira. Como si hubiera tenido un ataque al corazón.
El teléfono vibra en su manos, es un mensaje:
«Hola, mi amor, he llegado al fin, te necesito».
Y ahora son lágrimas de felicidad y descanso lo que brota de sus ojos.
Todas sus esperanzas de un final feliz se han cumplido.
«Voy a ti, mi amor, voy a buscarte al aeropuerto, espérame Leo» responde así al mensaje de su amor.
El suicidio se disipó como las nubes son rasgadas por los rayos del sol y todas sus esperanzas, sus débiles esperanzas se hicieron realidad.
A veces las cosas salen bien, a veces la vida es un cuento de navidad.
Cuando recogieron el cadáver del cerdo, los policías se preguntaron que llevaría a una familia a tener por mascota a un cerdo de aquel tamaño.
La bella dormía abrazada a Leo.
– Te amo, Leo -dijo somnolienta.
-Oink, oink -respondió Leo con una sonrisa malvada.
Feliz Navidad.

Iconoclasta

La humanidad siempre dice que es tiempo de amar.

Sobre todo en navidad.

Y mientras la chusma busca el amor (o un cambio de decepcionante pareja), yo me masturbo con sórdidas imágenes y recuerdos ya borrosos. Pareciera que los actos pasados solo tienen el fin de ayudarme a eyacular. Luego me resultan completamente indiferentes y olvido, como si el semen fuera la vacuna contra el amor.

Si una vez amé, fue para llegar a este momento de total comprensión. El tiempo da sentido a un cúmulo de errores y los convierte en actos de lógica reacción.

Las estampas pornográficas que un día protagonicé no tienen nada de ternura ni de cariño, son panfletos descoloridos de carnales momentos, páginas pegajosas de una revista. Sexo gratis simplemente.

Es tiempo de amar para ellos. Hace años aprendí que amar son solo ganas de follar; dos o tres pajas al día lo cura todo.

Es tiempo de amar, no se sabe a quien, no se sabe a qué.

No puedo perder tiempo, la vida es corta, el corazón suele fallar y las infecciones siempre están presentes a través de esta psoriasis que hace de las palmas de mis manos dos hamburguesas poco hechas.

El sida es un caldo de cultivo para las miserias, ahora que me pudro y desaparezco, he alcanzado la plena conciencia de lo que es el amor. Y no lo busco por ello.

Amé la jeringuilla ponzoñosa de sangre y caballo que me llevaba a ver hermoso el coño podrido de mi novia yonqui. Y lamí su chocho maloliente como si fuera una rosa, se la metí e intercambiamos enfermedades besándonos las venas podridas de los brazos.

Cientos de veces… En mi mano hay semen fresco de una paja que me he hecho evocando la vez que le inyecté la heroína en un pezón. Gemía, lloraba y temblaba. Me corrí sin que me tocara, regué su pecho inflamado con mi semen.

Tuvimos que ir de urgencias al hospital porque se infectó, en el coche sonreía mostrando que sus dientes estaban podridos.

Salió mejor cuando me inyectó en una de las gordas venas de mi verga. Hizo un torniquete que la inflamó y cuando me metió el caballo, perdí la sensibilidad, pero se mantenía dura y firme.

Me masturbo recordando en como se corría montándome, yo la miraba sin sentir placer, como si aquello no fuera conmigo. Me gustaba ver sus pechos agitándose, por la infección le habían amputado el pezón izquierdo. Se bebió todo mi semen, era una yonqui glotona.

No la amaba, lo supe cuando murió con el cuello rígido por una meningitis: no sentí apenas nada y su cuerpo sin vida, me pareció repugnante. Estábamos en nuestra casa alquilada y allí llegó la policía y un asistente social que tuvo a bien inyectarme metadona pensando que la necesitaba.

El amor es un reflejo deformado en la jeringuilla.

De la misma manera que se deforma mi picha en las bolas que adornan el árbol de navidad.

Así que mejor me la pelo mientras me quede polla y paso de buscar amor de mierda. No quiero enamorarme por unos días para que luego sienta asco de mí. O yo de ella; el que esté podrido y ya consumido, no quiere decir que tenga que amar a cualquier cosa.

Es mejor estar solo que mal acompañado.

Es tiempo de amar, sobre todo en navidad.

Y mientras buscáis a quien o que, la bendita masturbación me evade y salvaguarda de la angustia de semejante búsqueda.

Cuando pasa el tiempo, cuando te has masturbado lo suficiente, llegas a la sencilla conclusión, de que al final, no necesitas a nadie y que no vale la pena buscar tanto lo que no existe.

Que se amen ellos, yo ha he tenido suficiente amor.

Una vez la vi follar con otro, con mi amigo, las narices las teníamos blancas y ella se metió en la boca la polla pequeña de Daniel, yo le dije: — No te amo, pero me va bien no pagar a una puta cuando estoy caliente.

Y nos reímos los tres, me masturbé ante ellos mirándome abrazados.

Luego preparé una jeringuilla de heroína muy pura y se la regalé a Daniel, murió en cuatro minutos, y la yonqui de mi novia, se reía.

Es tiempo de amar ¿verdad?

Sobre todo ahora en navidad.

Tengo una llaga en el ano que me obliga a morderme la mano cuando cago. Mis testículos escupen un semen oscuro que parece orina.

Feliz navidad, es tiempo de amar.

Brindo con mis retrovirales por ello.

Y en pocas horas, me correré buscando el amor. Otra vez.

Es que me parto de ternura…

Iconoclasta

Las palabras son pobres para expresar el rechazo, la repulsión. Pueden llevar a engaño, a ser demasiado ambiguas a pesar de la claridad con la que se apuñala con ellas.
Hay diccionarios que recogen el acervo cultural de los ignorantes y acopian palabras que sirven absolutamente para nada, solo son expresiones de analfabetos con una pretenciosa ambición de ser neologismos. Los hay de citas, que aunque no den satisfacción, te hacen parecer culta. Hay diccionarios de todo tipo, seguramente se puede comprar uno que no servirá absolutamente para nada, salvo para taparme la cara ante el asco que siente al verme.
Pero si pudiera, me comería el coño ahora mismo y todo el asco que me tiene me lo metería con su glande en el culo sin piedad. Yo me dejaría, pero sin demasiada alegría.
Hay medios atenuantes para evitar sentirme infectada por la repulsión que siente hacia a mí.
Puedo imaginar chistes obscenos, hablar de banalidades o ver una película en silencio para no soportar todo ese asco que me tira a la cara y darle tiempo y lugar para que se pueda expresar con quien ama y desea con más intimidad.
No es por bondad, ni por ser tolerante y comprensiva con su nuevo amor de mierda, es para tener algo de comodidad en medio de toda esa repulsión. Llegados a este punto todo está acabado, es un proceso imparable y cuanto menos molesto sea, mejor.
El lenguaje, para la cuestión del asco y el rechazo, carece de suficientes recursos.
Hay una serie de consoladores rotativos, con perlas que frotan los labios vaginales, que te distraen deliciosa y tiernamente de ese asco que siente; no son muy caros y me quieren. Es que uno solo es aburrido y ya está viejo el que tengo.
Las palabras a veces son mentirosas, ofensivas, hirientes y siempre superfluas, es muy difícil que revelen lo real. Podrían considerarse un berrinche pasajero.
Nunca alcanzarán la intensidad y la sinceridad que produce el contacto con la piel de quien siente asco.
Es un proceso simple, pero te pringa los dedos y los labios como una brea que no se puede quitar aunque se froten las manos desesperadamente con arena.
Un beso en la mejilla y sus lágrimas se derraman como si fuera violación, acaricias su piel y sus músculos se crispan.
Ya no es esa piel que le besa la que deseaba. En el mercado de los fracasados siempre hay pieles mejores que elegir.
Ahí, en ese instante de llanto y tensión, hay que pensar seriamente en que el amor se ha ido a la mierda, o mejor expresado, ha encontrado otra simpatía, otras risas y otro placer.
Cualquier palabra es infructuosa y patética.
Hay esmaltes de uñas preciosos que te mantienen un rato distraída de tanta repulsión. Mucho asco, pero clava su mirada en mis pezones duros sin disimulo.
En ese mismo instante en el que sus lagrimitas se escapan tras el casto beso, comienza a aflorar mi vergüenza por haber amado ese ser que ahora se ahoga en asco al besarle, al hablarle, al acercarme… En todo momento.
La vergüenza de que su nuevo amor se fraguó ya meses atrás, cuando yo le comía la polla y él soñaba que era la boca de la otra.
No es suficiente y hay que realizar otro test de repulsión.
Acme (la de los inventos del Coyote y el Correcaminos) los vende baratos y son bastante fiables; pero si la economía va un poco deprimida y por el mismo camino que el amor, hay un recurso más sencillo, aunque es sucio: el abrazo.
La prueba de fuego es el abrazo: cuando su cabeza se mantiene rígida y lejana para que no llegue mi beso, cuando su cuerpo se endurece y parece que es madera, algo ajeno a mí, a lo que un día fue; resulta positiva de repulsión.
Es algo lógico, era de esperar tras el primer llanto por un beso en la mejilla; pero hay que pasar por ello antes de enviar a la mierda «tantos años o meses de amor», hay que asegurarse y untarse de esa mierda que su piel despide: repulsión, asco, rechazo, pena, soledad…
El beso en los labios ya no se debe intentar, porque sería tomar veneno, cosa que es innecesaria y excesiva cuando te has intoxicado con su asco. Es mejor que el beso se lo dé quien le ama de verdad y no enfermarse más, que tome sus putas maletas y salga de una vez por todas con su repulsión a que otra le chupe los cojones.
En medio de todo ese asco, lo más saludable sería follar, no es inverosímil, puede ocurrir. Por eso quiero mis tres dildos de diferentes tamaños.
A veces los que ya no se aman copulan como medida de tregua, sin esperanza; tragándose todo el asco que sienten, por la polla o por el coño. Es algo meramente funcional: hay que vaciar los huevos e hidratar la vagina; eso sí, siempre pensando en el nuevo amor y que todo ese placer es un mal trago por el que hay que pasar. No follarán mucho, pero es mejor que un beso que deja sabor a mierda en la boca y en la piel.
Los hay que siguen follando a pesar de que ya están con aquella piel que no les repugna, por algún motivo, sienten la necesidad de enmugrarse follando y recordar los viejos tiempos del asco y la miseria; pero los deficientes mentales no son ejemplo a seguir.
La repulsión no es una palabra, no son mil deseos, no son gritos ni llantos. No son onomatopeyas.
La repulsión anida en su piel y solo se siente en toda su magnitud cuando la mano hace contacto, cuando los labios se cuartean resecos tras un beso que solo ha llevado a un llanto y una tristeza infinitas.
Así que mientras él siente toda esa repulsión y asco, mejor entro en la página de Acme y compro una sex-machine, que es una especie de taladro con un pene doble (anal y vaginal): viene con un trípode y solo has de agacharte un poquito acercando el culo con el control en la mano, lo hace todo.
De verdad, que esto de ser repulsiva, me preocupa mucho.
Bip-bip.

Iconoclasta

No siempre, tal vez nunca…
El amor es la efímera crisálida
(se prometen amor eterno
en un ejercicio de ingenuidad,
es el juego)
de una necesidad perentoria.
Una oruga que se hace rata
y roe lo que una vez fue bueno.
Los roe a los dos hasta
que duele estar cerca.
El uno del otro…
El amor es un embarazo
de soledad y arrebato
de frustración.
Una placenta de tristeza…
Un escape a la desesperanza,
un consuelo mal comprado.
Es un alumbramiento
que a veces es aborto.
Muchas veces…
Más de lo que debería ocurrir
ante las vidas tan cortas.
Se idealizan ergo se equivocan
los amantes más sentidos y sufridos.
Se equivocan tanto
(su coño está húmedo y no por él)
que la vergüenza los asfixia
(su pene no se hace duro ante ella)
 y recurren a nuevos errores
(Sueñan con lágrimas con lo que
se les escapó de las manos)
para cubrir los que ya son historia.
Se acuchillan con engaños
las espaldas se hieren
y arrugan cartas con vergüenza
mojadas de lágrimas en su manos.
Los errores son los zombis
del amor hambriento y voraz.
Ya cadáver…
Buscan romances de nuevo
(los nuevos amantes creen llenar huecos
donde hubo amor.
Un error sobre otro error y sumando…)
los desesperados y necesitados
amantes.
Amores que mutan en errores
de nuevo, a velocidad de cometas.
Los aquejados de soledad
los necesitados de ternura
carecen de memoria histórica
se preñan de nuevo de amores
que se corromperán, porque
necesitar no es amar.
Nuevos errores…
Nuevas vanas esperanzas.
Tal vez sea la forma de no volarse la tapa de los sesos y seguir viviendo unas miserable vidas. El engaño y el drama son alicientes para la vida.

Amar se sobrevalora en función de las carencias de cada cual.

Iconoclasta

No estoy de acuerdo con el tan explotado beso de amor.

Ni siquiera con el amor.

El beso es solo una muestra de libido con la que se busca algo de trascendencia a todo ese apareamiento con un romanticismo de novelucha de quiosco.

Yo solo sé, que si hubiera amor, residiría en su sexo. Por ello lo busco y me trago su coño entero.

No entiendo el amor si no es a través de su vulva elástica, viscosa y hambrienta.

Succiono su clítoris hasta que la presión de mis labios lo hace enorme, hasta que sus labios íntimos se abren tímidamente como alas de mariposa recién salida de la crisálida, así de húmedas… Y puedo aferrar con los dientes esas alas sintiendo la cabeza de la mariposa presionar contra mis incisivos. Su clítoris es una pura muestra de deseo, sin estupideces de amor.

Si tuviera alma o amor, no residiría en su corazón, está en su coño. Lo sé porque ese espíritu de amor se derrama en una viscosidad que crispa las venas de mi pene y suaviza mis cuerdas vocales cuando mi lengua la desliza por la garganta.

Su coño es la esencia de la vida. De la suya.

A veces de la mía; aunque no importa cuantas veces lo haya sido, no importa siquiera si nunca lo ha sido.

Devorando su coño, estas cosas no se plantean.

No en el corazón, no en su privilegiado cerebro. No se aloja ahí la esencia de lo que busco.

No me preocupa que me ame, ni me preocupa amarla. Solo investigo y busco.

Soy curioso, soy espeleólogo.

Todo son mentiras de literatura barata para disfrazar el deseo sexual y hacernos importante, inteligentes, psíquicos…

Soy científico desbaratando mitos y falsos delirios de amor ultrahumano.

Por ello también hundo mi dedo en su coño para dilatarlo. Y luego meto otro, y otro… Hasta que le quepa el puño entero lubricado por su deseo y pueda dar así, con la existencia del amor.

Y tal vez tomar una muestra para analizarla en algún erotomicroscopio.

Sin embargo, me entretengo en lamer mis dedos untados de su esencia viscosa y lechosa como el león limpia sus garras después de abrir a su presa: sabe a mujer y su coño es lo que es, no hay nada más que un deseo desmedido. Una vagina hambrienta, tanto como mi pene balanceándose frente a lo que desea invadir.

Eso no es amor. Tal vez el amor solo pueda identificarlo el enamorado… Tal vez no me corresponde descubrirlo.

Sigo buscando dentro de ella, aunque a veces solo siento placer y eso entorpece y hace lenta mi búsqueda. Metérsela es como resbalar por un vertiginoso tobogán no encuentro dirección ni sentido, se me pierde la horizontalidad y la verticalidad de la vida dentro de su coño.

Puedo sentir en mi glande henchido de sangre su placer, su tremendo éxtasis. No importa en quien piense, la jodo y ya está. Es el único hecho tangible.

Ella con su coño lleno y yo con mi pene arropado, nos alejamos de la cordura por el camino del placer, cada uno con su locura. Cosa que no importa, el placer no es bueno discutirlo, es un regalo de Dios. Y Dios ahora mismo está en mi glande y en su clítoris.

Preciosa la comunión de la carne…

Vuelvo a su coño porque me enloquece lo que pudiera esconder y lo que se le escapa y derrama. Aspiro, lamo y bebo. No importa por quien sea toda esa parafernalia de placer, sabe bien.

Su pelvis presiona contra mi boca, se mueve salvaje buscando el roce brutal; aún a costa de mi respiración. Tal vez sea eso el amor, esa fuerza intensa, ese buscar por todos los medios el placer; cuando se agita hasta para dañarse contra mis dientes.

No me ama, a pesar de que su coño está lleno de amor.

Está bien, es bueno. Es importante no hacerse ilusiones pueriles.

No es por mí toda ese deseo que nace de lo profundo. Soy un medio de desahogo. Solo soy una boca y una polla. Cosa que no importa, soy un buen científico, soy un espeleólogo.

Y mientras explota el placer nos hacemos animales, nos olvidamos de respirar para gemir roncos.

Follar es más intenso que morir e igual de sencillo.

No… Los besos son una pobre muestra de amor. Ni siquiera se le debería llamar amor. Una buena mamada llega mucho más profunda y es sincera y es real y es una pelvis enloquecida…

Los besos solo son el pago a cuenta de dos seres ambiciosos de devorarse y penetrarse, cosa de adolescentes a los que aún no se les ha desarrollado todo el vello.

Enciendo el cigarro. Me doy cuenta de que no he encontrado el tan buscado amor. Pienso que debe estar más profundo y que me falta longitud de pene para llegar allí.

O simplemente no sea yo el que pueda encontrarlo, tal vez el coño sabe a quién ama y qué le entrega.

Me conformo con lo que me toca, ya habrá tiempo después para perder la curiosidad.

No está tan mal investigar, la ciencia me pone cachondo.

Hay búsquedas y estudios que proporcionan un placer no solo intelectual o el tan mitificado reto a la inteligencia. No todo va a ser angustia, para variar.

“Un regalo de Dios…” No jodas… Menuda estupidez.

Qué chocho…

Iconoclasta

Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.

Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.

Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.

Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.

Más…

Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.

La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.

Hasta sentir sus intestinos…

Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.

Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.

Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.

No soy nada conocido, ni posible.

Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.

Mi Reina de Coños.

La odio porque la amo contra mí mismo.

La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.

La amo y la jodo. Qué ironía…

Hasta aplastar mis testículos.

Hasta que salga sangre entre mi semen.

Iconoclasta