Las noches de cárcel, de toques de queda marciales en la Nueva y Normal España Fascista del Coronavirus huelen a semen rancio de mil pajas, al acre sudor de la cobardía, al moho de la decadencia y su mezquindad… Al vómito de los borrachos cobardes. A la picante orina de las ratas. Al hedor a bofia en las calles. A los fluidos y jadeos del incesto. Al seco excremento del miedo. Los caudillos, caciques y su bofia, han convertido a España en la letrina nocturna de Europa. Y los portadores religiosamente fervorosos del bozal, aplauden con el cerebro seco a sus carceleros. Aplauden y obedecen, aplauden y están presos con una sonrisa y esperanza piadosa, aplauden y se arruinan. Y enfermos los cabestros, dicen amén a todo con la testa gacha y el culo lleno de mierda. La mediocridad votante solo quiere mirar cobardemente desde sus ventanas con un teléfono que no entienden en las manos; con la indolencia de la pereza y la fe de que van a ser alimentados por sus amos fascistas.
Pensé que llegaría un momento en la vida en el que me sintiera medianamente bien. Y cuando de nuevo escuchara Speed of Sound de Coldplay unos años más adelante, me reconociera de nuevo como un hombre pleno. Bueno… al menos vivo y con el cuerpo más o menos completo. Tal vez alguna frecuencia de la música y la letra de aquella canción produjo una sorprendente reacción eléctrica en mi cerebro en el momento preciso. Una reacción de fuerza y ánimo contra todo pronóstico. Me reconozco ahora que escucho la canción, cuando han pasado dieciséis años. Y he recordado con melancolía a aquel hombre más joven al que se quería comer la muerte trepando venenosa por una pierna dolorosamente rota… Y por ella, se asomó a los pulmones, se extendió por los huesos, se hizo pus en la sangre, secó las venas y creó carne muerta. Y a pesar de toda aquella andanada de dolor y miedo, escuchando a Coldplay en una de aquellas infinitas mañanas rotas, postrado en un sillón con la pierna enterrada en yeso hasta la ingle y palpitando malignamente, tuvo una certeza de futuro: que muerto él sería yo el que ahora, escuchando de nuevo la canción, lo evocara con ternura. Pablo el Muerto: lamento que pasaras aquel año de mierda. Tantos días perdidos… No sabré en qué momento moriré, el próximo que podría tomar el relevo de la vida será Pablo el Viejo; el decidirá si mi vida y muerte le habrán servido de algo. Estoy condenado a vivir y morir, vivir y morir, vivirdolermorir… Es eufórico vivir y por tanto morir a la velocidad de la luz cuando has experimentado la lenta y degenerativa velocidad del dolor. Sísifo se entretenía con una piedra y podía subir empinadas cuestas. Yo tengo un buen equipo de música y mi canción es muy bonita. Seguramente al viejo Pablo, le encantará un día escuchar la velocidad del sonido, la que yo escucho ahora para él como hizo mi antepasado Pablo el Roto nacido en San Valentín del 2005. Nunca se sabe cuándo acabará definitivamente la canción; pero no tenemos otra cosa que hacer. Tal vez sea por culpa del esperanzador título de la canción y un ritmo ligero y tranquilizador para un tullido con la soga al cuello que, desearía correr a esa velocidad del sonido en lugar de la del dolor. Si la canción no acaba antes, Pablo Viejo, espero que la disfrutes y que la poca vida que te queda, sea más velocidad que dolor, más música que rugido. Cuando muera yo, toma el mando, no pises el freno.
¡Qué mierda! Cuando te das cuenta de que tienes alma y la localizas (en mi caso en la oreja derecha, tinnitus decía el gilí del otólogo), resulta que el diablo no existe. ¿Y para qué cojones quieres un alma si no puedes comerciar con ella? Este planeta es imbécil; y todo lo que contiene. La cuestión es joder.
Se puede decir que si algo duele profundamente en el cuerpo, el pensamiento se contagia de ese dolor y es fácil que responda con locura y hostilidad. En los peores casos, con depresión y apatía. El dolor es fuente de ira, el mío. Es inevitable que el dolor prenda en el alma porque lleva consigo partículas de incertidumbre y miedo.
(Sueño con deslizar el filo de la navaja en tus bragas cortar la longitud justa para penetrarte sin arrancártelas, anhelando escuchar tu contenida respiración. Y con las piernas inmovilizadas notes la proximidad del frío acero en el coño y luego, la ardiente polla invadiéndote como un dolor que no lo es, solo soy yo. No sé si es un sueño de dolor, porque cuando no lo hay, también lo imagino.)
Cuando un dolor físico es profundo, se encuentra cerca del alma; que es lo más profundo que contiene el cuerpo. Y la impregna. No hay forma de llegar a ese dolor de la misma forma que no puedes hurgar el alma. No llega la calidez de la mano y sus dedos crispados tan profundamente, no hay forma de aplacar todo eso que te corta y arde en algún tuétano o entraña. Mientras el dolor pulsa como un veneno o una radiactividad, el alma se marchita y no distingue muy bien entre vida y muerte. En el dolor profundo es donde se encuentra el purgatorio real y definitivo. Ni siquiera llegan allá las oraciones de los píos. Ni la esperanza.
(Entre mis dientes tu pezón se eriza, se endurece. Y la venda en tus ojos es una sensualidad devastadora para mi razón. Sabes que no cerraré los dientes, que en lugar de eso mis dedos se han metido entre tus piernas, chapoteando en tu vagina. La posibilidad de un dolor, es un gemido que desprende fluidos como ayes.)
El alma reside en la médula de los huesos y recubre cada fibra nerviosa del cuerpo. Solo a través del dolor te das cuenta de que el alma es real, porque se calienta y arde en las sienes haciendo cerrar los puños con fuerza; horadando con un chirrido obsceno un hueso, como te curarían una caries sin anestesia y sin ninguna consideración. El alma enloquece y la locura amplifica el dolor y nace la paranoia, el horror a sentirlo de nuevo. Y con ella la posibilidad amable del suicidio como un oasis entre toda esa mierda. Así que, si duele profundamente allá donde no llega el calor de las caricias, prueba con una droga potente, porque de morir no te libras. Mejor morir sin dolor, al final pagas el mismo precio que llorando lágrimas de sangre. Y si no hay forma de aplicar una droga o analgesia, despídete de ti mismo. Te perderás en tierra de nadie donde la ternura y el amor forman ramos marchitos de rosas muertas que se rompen con una brisa. Donde la alegría es un manto de hojas podridas en un frío otoño.
(El dedo corazón busca tu ano, y te defiendes contrayéndolo. Le escupo, lo lamo y como la cueva de Alí Babá, de repente se relaja y me deja entrar. Me gustan tus gemidos mezclados de dolor y deseo, de mortificación húmeda e indecente. Somos nazarenos en la procesión de nuestra santa patrona La Puta Obscenidad. Y muerdes con indecencia la mordaza.)
Al final regalarías el alma por dejar que la víscera o el tuétano dejara de pulsar, si existiera el diablo le vendería ese alma caliente y ya infectada. Antes de perderte, busca un poco de claridad entre el dolor, a veces la hay durante unos segundos. Y muere en paz.
(Dentro de ti; en tu coño, en tu ano, en tu mente que hoy es mía. Eres mi puta.)
La muerte tiene esa desvergonzada indecencia que siempre la hace sorprendente y emotiva. La muy pícara… O sea, no es como un esnob y original postre emplatado artísticamente como una ruina de un bombardeo en el Berlín del siglo pasado que, a la segunda vez de comerlo nada tiene de sorprendente; no es lo mismo. La muerte es pura renovación, un crac en la monotonía diaria. Por supuesto me refiero a la muerte de otro y que por ello, rompa tu repugnante rutina diaria. Mala suerte para el finado; pero la vida es así de puta. Luego ya me tocará a mí y no me quejaré, lo juro. Como diría un chef: “Se debería hacer una reducción de la meliflua vida con unos clavos de bilis, dolor en rama y una cucharadita de muertes de macadamia espolvoreada en frío para corregir su excesiva dulzura y cremosidad; que adquiera una textura más recia y un sabor más intenso”. Está bien, no lo dice ningún chef; pero debería. Fuera de metáforas, los consoladores anales y vaginales, deberían contener fibras urticantes para favorecer una mortificación intensa, aquella que hace crecer el vello dos centímetros de largo en apenas un orgasmo.
Las noches cobardes de la grisentería, de la ruina, del miedo, de la represión y la bofia husmeando ávida de acoso. Porque si la libertad es enfermedad, el nuevo y normal fascismo español es una mala bacteria que se la come. Son las negras noches de un nuevo franquismo que ha entrado como un parásito de las heces y durar años, extendiendo su manto de cárcel y vigilancia a todas las horas del día y de la noche. Tardes tan muertas como sus noches, porque son las siete de la tarde. Y está muerto todo, incluso a su propio fascista coronavirus han asqueado. Sin libertad la vida no es posible, está abocada a una violenta destrucción.
Son las cosas que ves pasar cuando hay una pandemia de represión, miedo, acoso… Una pandemia de fascismo. Cosas difusas, apenas reconocibles. Borrones que van y vienen. Y así hasta desaparecer. Y así para siempre. Sin identidad. Es la globalización total, tan soñada, tan cacareada… La gris uniformidad. Los bozales del fascismo. No es triste, solo anodino. No conmueve; pero dan ganas de escupir un mal sabor de boca. Quien soñaba con una comuna, ya la tiene. Que se joda.
La imaginación es el más poderoso y maravilloso don de la especie humana, el único que excusa a algunos individuos de su existencia. El resto sería un buen paliativo a la hambruna mundial si se les dedicara a la industria conservera cárnica.
Sentía la almohada en mi rostro, suave y dulce; una mortaja de paz. Y soñando en ella, avanzar por un camino de vapor de seda y calidez. Algunas cosas, algunos seres, muchos; iban delante de mí, detrás y a los lados, rodeándome. A todos los sentía, los reconocía, avanzaban felices, festivos. Y ninguno era lejano. Era todo lo que me ilusionó e ilusiona, todo lo que amé y amo. Todo estaba a reventar de vida, los podía tocar, abrazar, besar, les podía sonreír sin tristeza. Estaban tan vivos que me contagiaban alegría y fiesta. Vi Su bondad, la belleza de la inmensa ternura y alegría que la Muerte trae. Y lloré con los ojos cerrados cálidas lágrimas de descanso. Y la serenidad impregnar una sangre que ya no tenía. No puede ser un sueño… Me decía. Las lágrimas que se escapaban por mis ojos cerrados, daban una humedad de realidad al sueño mojando la almohada y de mi rostro hacía un difuso recuerdo. No puede ser un sueño. Me repetía… Por favor, que no lo sea, que no lo sea, que no lo sea… Me aferré a la almohada, al sueño, para no perderlo en ningún momento. Para no volver de aquel camino, de aquel mundo de dicha absoluta. Y Cantares de Serrat era un himno de una belleza que me arrebataba cualquier valor que un día pudiera o pude haber tenido para dibujarme la sonrisa más feliz que nunca haya esbozado.
“yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”.
Nunca me había sentido tan bien llorando. Qué bello es morir… Caminaba entre recuerdos traviesos, tan diminutos como miniaturas. Y eran miles. Y Super Mario tan pequeñito, corría y saltaba y me hacía reír… Pinche Mario… Todo aquel desfile de mis recuerdos y yo, que también lo era; formábamos una silenciosa dicha presurosa. Y una sonrisa cubría mi alma. Todos éramos táctiles, los recuerdos se hicieron sólidos… La muerte es Dios resucitándolo todo. No teníamos prisa por llegar no sabíamos adónde; pero casi corríamos solo por gozar de aquel camino sin fin. No sé, pero era tan extraño… ¿O era la simple alegría de una hermosa muerte? Qué bello es morir… Un estruendoso y silencioso rumor de alegría; lo llenaba todo, toda mi vida, toda mi bella muerte. Y mis lágrimas tibias, de aceite… Por favor, se parecían a los labios de mi madre y mi padre cuando de pequeño me besaban, antes de ser la bestia. Padre y madre estaban allí… Ya no eran una tristeza. Quiero llorar, no quiero dejar de hacerlo. Qué bello es morir… ¿Quién puede querer una resurrección y volver? Qué bello es morir…. Cuando las lágrimas se deslizan por los párpados cerrados, crees que pequeños ángeles te besan los ojos.
“Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse… Nunca perseguí la gloria…”.
He despertado sin recodar durante unos instantes, que una parte de mí está muerta y al plantar el pie en el suelo, no ha dolido. Hoy no ha dolido. Y la almohada estaba mojada. Y mis ojos también. Y sentía la tristeza de un sueño que tan solo era eso, mientras que aún resonaba en mi cabeza el eco de las silenciosas alegrías de mis amigos los recuerdos. Super Mario que no estaba quieto… Qué bello es morir… Qué pena, que puta pena volver.
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta. Versos de la canción Cantares, de Joan Manuel Serrat.
“No es como antes” porque sencillamente, cuando se instala el tumor o infección de un fascismo, un totalitarismo cualquiera; las libertades individuales más básicas y esenciales, se las pasan por el culo los caudillos golpistas, sus colaboracionistas y el pueblo decadente y cobarde que tiene un pánico maricón de respirar. Por eso nada “es como antes”, hijo de puta. Esta noticia o artículo de la prensa puta del nuevo y normal fascismo español del coronavirus, precisa una traducción simultánea porque alguien tiene que decir las cosas con madurez, decencia y tal como son, sin fantasías o miedos de castrados: “Vais a llevar el puto bozal, hasta que nos salga de los cojones y los coños, nenazas hijos e hijas de puta. Y respecto a las noches de prisión, se prorrogarán hasta el 2050, cabestros y cabestras de mierda. (Decreto del Nuevo y Normal Fascismo Español del Coronavirus Febrero 2021).”