Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Dan ganas de despedirse de alguien o algo cuando el otoño irrumpe por primera vez con un viento frío y una tarde oscura.
Cuando ayer hacía calor y el planeta, repentinamente pierde unos grados de temperatura en este lugar. Y te los arranca de la piel si estás donde debes, donde quieres.
Tal vez sea porque todos los animales solitarios sabemos que los inviernos son las pruebas que hemos de superar para merecer el título de “seres vivos” otro año más.
De ahí ese tétrico deseo de decir adiós, tal vez sea el último invierno.
A medida que pasamos inviernos, estos se hacen más duros.
Como el pellejo, los huesos y el corazón.
Me despido de los animales y las montañas. De los árboles y los musgos. De los ríos y los senderos solitarios que hacen audible mi vida con cada paso.
Y secretamente me despido de mi hijo, de la que amo, de mis amigos y los desconocidos que entre ellos debería haber algún buen ser. En secreto, porque me da vergüenza confesar que es posible que muera, suena a tragicomedia barata para quien no ha sentido sus pulmones ensuciarse de la propia sangre.
El otoño es una melancolía porque evoca tiempos de muerte y lánguida belleza con sus saturados colores.
Y las ramas-esqueleto que han perdido sus hojas, no mejoran el
ánimo con esa hermosa tristeza planetaria y vital: tal vez no vea otro año más.
Y vuelvo a pensar que es la época más hermosa, la que me hace trascendente. Cuando estoy triste, mi alma es más pesada, soy más…
Tal vez sea eso, las ramas desnudas, lo que hace la muerte peligrosamente cerca. Ayer bullían hojas verdes y el movimiento les arrancaba sonidos suaves, sedosos. Hoy suenan a cáscaras secas arrastradas por el viento en los caminos y lucen los árboles como cadáveres descarnados.
Lo que en verdad hace el otoño, es despertar esas reminiscencias inmortales del instinto, una serie de emociones y reacciones que permanecen inalterables en el tiempo. Hace cientos de miles de años, los inviernos mataban por el frío, por la falta de caza, de alimento…
Por ese instinto buscamos la teta al nacer, por eso follamos sin manuales de instrucciones; y por eso sabemos ante según que dolor, cuándo la muerte es inminente: duele de forma extraña un órgano y pensamos que algo huele a podrido en Dinamarca. Y tenemos razón.
Me gusta la tristeza de pensar en morir entre las frondosas e invasivas montañas.
El otoño le arranca las hojas a los árboles y los últimos calores a la piel advirtiendo: “Tienes hasta la primavera para sobrevivir. Sé fuerte o muere. Ten suerte o muerte”.
Seré muerte, porque nunca he tenido suerte. Es tan fácil morir…
Qué curioso… Todo lo que importa en este otoño acaba con las mismas letras:
fuerte
muerte
suerte
Solo coño se parece algo a otoño.
Me gustan el otoño y el coño, no sé cuál más.
Hay que forzar una sonrisa o un sarcasmo en otoño, o te come vivo.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Entrevista realizada por JUAN CARLOS VÁSQUEZ.

 

Revista Almiar.

 

Aunque no sea elegante decirlo, mi pose no es casual, no es relajada.
Es todo lo contrario: tensa y premeditada.
Cerca de ti reacciono con animalidad.
Y siento vergüenza de mis bajos, duros y húmedos instintos.
Intento ocultarlos; pero sin darme cuenta presiono más de lo necesario.
¿Y sabes, cielo?
No tienes aptitudes de psicóloga, causas emociones hermosas; pero entre ellas no se encuentra la relajación.
No es un reproche, es desesperación por sentarte cuanto antes en mis rodillas no relajadas.


Yo, un blasfemo…
Y te rezo.
Yo, un renegado…
Y te adoro.
Yo, un derrotado…
Y te conjuro.
Yo, un ateo…
Y eres dogma.
Así todos los días
todas las horas.
Eres mi liturgia.
Yo, tu discípulo…
Tu malaventurado siervo.

 

 

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Iconoclasta

Como si un cocinero paranoico hubiera batido el cielo para crear una enorme y apocalíptica nube con el único fin de inquietarme.
Y mientras esa enorme muralla ocupaba todo el horizonte, yo pensaba en un ataúd y la hermeticidad.
He encendido un cigarro y al final del día he sonreído. Tal vez, imaginar el fin es alentador cuando has vivido asaz.
Gracias cocinero loco, no te olvides la medicación.

Está roto y da mucha pena, es muy pequeño.
Misericordia…
Un bebé ha caído del cielo con un llanto y ha quedado inmóvil y mudo en el suelo. Hay sangre en su cabeza.
¿Cómo puede caber tanta muerte en algo tan pequeño? El cielo ríe pérfido, entrecortadamente.
Mi mundo es sórdido y temible.
Y una luna de manteca rancia, canta desafinada la inaudible canción del horror haciendo coro a los silencios mínimos.
¿Qué pasa conmigo?
El bebé parece un amor roto.
Por favor…
Porque los amores son pequeños para hacerlos secretos. O para que quepan en el corazón.
Y a veces se caen al suelo y se rompen y ya no se mueven más.
Como bebés que llueven llorando.
Y tú te rompes un poco con ellos. Mucho…
Mi mundo es sórdido y temible.
Misericordia… No más, no más lluvia, por favor.
Me quiero ir de aquí.
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Iconoclasta

Una vez muerto no te amaré ¿lo sabes, verdad?
Me quedan un par de segundos y a ti muchas horas para ser contadas.
Una vez muerto no sufriré la tristeza de tus no-besos.
Y tú… No sé, tampoco importa. No habrá inquietud o duda alguna en mi cadáver.
Morir es absolutamente solitario, íntimo hasta la absoluta exclusión de todo.
Lo que ocurra después solo atañe a los vivos.
Es lo bueno de morir.
No es bueno, es tranquilizador.
Mis labios secos no acaban de conseguir suficiente saliva para hidratarse. No es síntoma de muerte, siempre ha sido así amarte, nunca ha sido suficiente.
Siempre sediento de ti…
Silenciosa e incontenidamente sediento en mi fría oscuridad.
Pasan los segundos que dibujan el marco dorado e ígneo de una puerta de emergencia mágica, el neón titila con letras moradas: Es tarde.
Te he amado mientras he vivido.
Corto y cierro.
Citas, Humor, Iconoclasta, Música, Pablo López Albadalejo, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, Ultrajant,

Acto 1°

Nuestro amor es la verticalidad profundamente clavada en la vida.

Los ojos que lloran sangre vieja configuran con precisión angular la horizontalidad de la muerte.

 
Acto 2°

La vida muerta es el último suspiro y dura hasta que los pulmones se asfixian de espanto y muerte. Y es eterna.

La vida bella es un pezón erizado durante el gemido lácteo que chapotea indecente en nuestra cópula. Dura un nanosegundo.

 

Acto 3°

La muerte absoluta es el cadáver que suspiró hace unos segundos. La rigidez será inexorable.

La dulce vida es un semen que se escurre perezoso de tu vagina aún palpitante.

 

Acto 4°

En la habitación de al lado hay un cadáver.

En la habitación de al lado de la del cadáver, sonreímos y susurramos banalidades abrazados.

 

Acto 5°

Amar es el acto vertical de crueldad y exclusión más bello.

Morir es una intrascendencia horizontal que no importa a los amantes verticales.

 

 

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Iconoclasta

Alguien ha golpeado el cielo duramente y llueve sangre que mana de las heridas de las nubes.
Que silenciosas se mueren sin quejarse, como el toro que muere en la plaza sin darse apenas cuenta.
Alguien ha descargado su ira y el cielo se muere. Y todos los seres mueren lentamente abajo.
Hay un manto de coagulación de salvaje y letal belleza.
Y es un descanso, como cuando se apaga la pantalla de un cine que ha pasado una mala película y te duele el culo de estar sentado viendo esa mierda tanto tiempo.
Así que como del cine, salgo a la calle con un cigarro en la boca a ver morir, morir fumando.
Sin miedo, con alivio. Es una espera tranquila, por fin se acaba tanta mísera mediocridad.
Ojalá hubiera tenido yo ese poder un tiempo atrás, cuando podía alzar una pierna para matar lo que fuera, destruirlo todo; para romperle la madre al cielo y a dios si estuviera en él.
Unos años atrás, hubiera muerto menos gente.
Lo no nacido, no puede morir.
Obvio.
No sabía que el cielo sí. Que pudiera sangrar tanto mudamente.
Me parece bien, es un buen final para una mala película.

 

¿Dónde estoy?
Roto.

¿Dónde estoy?
En un tumor.

¿Dónde estoy?
En un reloj roto.

Pero… ¿dónde estoy?
Donde la sangre huele mal.
Por favor… ¿dónde estoy?
Y ya no es sangre.

No puedo… ¿dónde estoy?
Una vez en los huevos de tu padre.

¿Dónde estoy?
Muerto entre vacas guapas.
¿Dónde estoy?
Ella no lo sabe, solo llora.

¿Dónde estoy?
Triste.

 
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Iconoclasta