¿Has visto bien el cráter que forma la sangre que lloras? Es mucho más grande que cuando lloras la incolora pena. La tierra no quiere penas, está hambrienta de sangre, se abre más a ella. Como tus piernas se abren a mí. No te preocupes por la sangre, es la mía la que quiere. La tuya ha de quedar en tus venas, has de ser eterna. Ya no tengo penas, tengo exceso de sangre; te amo demasiado.
Dije que hay cosas que no tienen discusión, que no deben ser cuestionadas. Hay afanes inquebrantables, misiones sagradas. Un destino que yo creé, que yo mantengo vivo. Si has pensado que tu cuerpo no será mío, no sabes lo que soy. Si por un momento has pensado que toda esta acumulación de pensamientos, deseos y locuras son simples recursos literarios; estás perdidamente desorientada. Tu alma sé que es mía, sé que te la he doblegado con amor. Tu cuerpo se resiste porque es palpable como el mundo. Y la propiedad oculta de lo palpable es no creer hasta tocar. Porque el pensamiento está a años luz del músculo, la víscera, la piel y el hueso. Divina es tu alma; pero tu cuerpo es mi burdel, no existe la retórica para tus pechos, para tu boca y vagina que son sima y precipicio. La suerte está echada. Alea jacta est, yo digo. Y tu cuerpo será sometido como tu alma. ¡A mí! Y acabará esa tristeza y la sensación de piel fría que deja. No buscarás un sol que te caliente, porque tu piel estará tan templada como hidratada por mis labios. Y de la misma forma que las palabras de amor calan profundas en tus oídos y ojos, mi mano se arrastrará pesada y recia por tus rodillas hasta lo más íntimo del interior de tus muslos, allá donde mantienen un brillo húmedo. ¡Oh, dios! Tu coño… No ocurrirá de otra manera.
Vale, de acuerdo, me pongo un tanto nervioso al hablar contigo; seguro que no te parece extraño. No soy el único que tartamudea; pero es que esta erecci… Quiero decir, esta admiración, confunde mi aparato fonador y mi cerebro. Eres diosa y yo mortal… Es normal mi estado nervioso, acostumbrarme a ti y tu sensualidad divina requiere tiempo. Y tiempo no me queda, por ello permite este acto de superficialidad que es penetra… Quiero decir, pedirte un beso en la boca y acariciar tu vagi… tu pálida y suave piel. ¿Ves? Esto no tiene arreglo, mi diosa. No puedo acostumbrarme a ti. Solo me queda prometerte mi ansiedad eterna. Como no soy elegante, me puedes esconder en algún lugar para que no te avergüence y luego, en la intimidad nos relajamos y te la met… te beso, quería decir. Y aunque no te lo parezca, no busco solo sexo, busco tu alma… Está bien, sé que el bulto en el pantalón no me da credibilidad; pero si supieras lo agitado que está mi pensamiento, te preocuparías más por tu cordura, que pienso arrebatarte. Estaré nervioso, histérico, descontrolado y ansioso; pero hay una inteligencia emocional que me lleva a hacerte mía. Ser un tanto ansioso, incluso psicótico es muy distinto a ser idiota. Te invito a foll… ¡A cenar quería decir! Qué manera de sudar… Y no te rías, tanto diosa cruel.
Llueven hojas secas… Es normal, es otoño, coño. Quisiera sonreír; pero el sonido de las pequeñas hojas al caer me evocan los besos que nunca sucedieron, que no llegaron. Como ternuritas que apenas nacer, murieron. Así que cierro los ojos ante la fría y suave brisa. Y escucho ese crepitar rodante de las hojas por el suelo, sintiendo que realmente son los besos tiernos que se secaron en mis labios. Y deseo pedirte perdón entre este íntimo rumor de tristeza. Perdón por los besos secos que ruedan a ninguna parte. Te pido perdón, cielo, por haber nacido mucho antes que tú, muy lejos de ti. Las hojas ruedan sonoras y juguetonas y con ellas llevan un trozo de mi alma, un jirón que se ha desprendido también seco. El otoño pone en jaque mi entereza, cielo. Tal vez, al menos esa seca piel de mi amor pueda llegar hasta ti antes de pulverizarse. No sé, mi diosa… El otoño templado es la cuenta atrás que lleva a la gelidez y a la exaltación del amor que es imposible abandonar por mucho que duela. Te pido perdón, sin dejar de amarte. Misericordia… Seré entre las hojas que pisas, lo juro.
El amor está formado por dos frecuencias para aquellos que lo asumen con fuerza, con pasión: euforia y compulsión. Saben muy bien por esa inteligencia instintiva que habrá dolor y abrazos cansados. Y tras ello, tal vez un fracaso. Y se van a lanzar a las fauces de la tragedia porque les da sentido a sus vidas. Mejor esa posibilidad de fracaso que un paseo aburrido por unos grandes almacenes. Mejor la locura irracional que un medido y aséptico cariño de mierda. El cinismo es un acto de crueldad con los sentimientos necesario para no caer en una indolente complacencia o ingenuidad. Jamás debes caer en un marasmo de amor como el que padecen los más ineptos seres del planeta, los reproductores que dejan sus vidas y su pensamiento en manos de una abeja reina y se mueven en direcciones estrictamente indicadas, con fe. Así que no te dejas embaucar por ningún amor de teleserie hasta ser consciente de que vas a vivir un drama y no una película de princesas para todos los públicos apestosos. Sé un cínico con el amor hasta que sepas que te come la médula de los huesos. Y cuando sea ya absolutamente insoportable no amar, supera tu propio cinismo, ese escepticismo cultivado día a día, y sucumbe a esa punzada que te roba un latido del corazón por una simple palabra; reconociendo que el amor te va a destrozar tarde o temprano. Otra vez… El amor ha de doler, ha de calar en los huesos y provocar mareos, temblores, miedos y besos que duran eternidades. Y has de llorar y lamentar los tristes cafés que vas a tomar en la plaza mayor del pueblo en soledad, sin ella. Con una media sonrisa que es un medio dolor. Y esperarás y lucharás por hacer realidad eso que te hace doblar el estómago, como un cólico de necesidad perentoria. Fin de tu alma, ahora es suya, de ella…
Qué caliente está… Como ama a su montaña. ¿Ves? Así te cubriría, así te amaría. Aquí y ahora. Qué desesperación por follarte, mi amor. Con la lluvia rociando los labios que jadean, la piel que se eriza, los sexos trémulos… Invadir tu coño cubriéndote toda, mostrando al planeta cuánto te deseo. Qué envidia… Quiero ser vapor cubriendo tus pechos y tu piel toda. Agua cálida y dura en tu sexo… Chapotearte obscenamente. Y luego, respirar al fin a tu lado el rocío del otoño. Y ya…
El ritmo del tiempo de los amantes es una distorsión, una aberración del tiempo mediocre e insignificante que rige a los humanos adocenados. Una maravillosa y trágica trampa temporal. Pura entropía. El tiempo del amor es voluble: en la ausencia de los amantes, los segundos se hacen horas y los días erosionan la vida hasta dejar la tristeza desnuda. Pero cuando los amantes se encuentran, un cronómetro diabólico inicia la cuenta y los minutos se transforman en milésimas de segundo. Se crea un tiempo que es un látigo azotando sus pieles sin misericordia. Y mientras la arena se escurre indecentemente rápida, la piel ensangrentada del amante se desliza inevitablemente entre los dedos amados convirtiendo en tragedia lo que una vez fue el encuentro ansiado. Y se levantarán costras de tristeza allá donde el tiempo les arrancó la piel. Tornarán las largas horas de nuevo con una esperanza absurda que posiblemente durará más que sus propias vidas. Es tan desesperanzador como hermoso. Tan inevitable como un destino aciago.
¿Has visto, amor? El sol quiere amar a sus montañas como yo te amo, como te observo fascinado y radiante. Como yo te admiro invisible desde alguna distancia insalvable. Deberías sentir el calor de mis haces de amor en toda tu piel, en el corazón y entre los muslos. Te ilumino con mis rayos de amor rasgando el cielo como desgarraría tus ropas; para que la pasión llegue precisa y potente a ti. Que se derrame en ti… El sol quiere ser como yo, sabe de la fuerza de mi amor y rinde honores a sus amadas montañas antes de que la noche lo borre. Hace de las montañas sus deidades, de la misma forma que tú eres mi diosa. Y así todos los días rasgamos furiosos sin esperanza de vencer, el telón que la noche y sus nubes ciernen sobre la tierra. Y es precioso, ¿verdad, amor? Eres preciosa. Pinche sol envidioso…
El cuerpo del delito que observo con mirada ávida y animal, es el que me excita delatando en mi glande un rocío resbaladizo y caliente. La viscosidad que, al retirar violentamente el prepucio, descubre un corazón henchido de sangre cabeceando como un potro furioso de deseo. Espasmos de delictiva lujuria en mi rabo indecente… El deseo es el manto de mador que cubre la piel del cuerpo del delito y su coño desflorado por unos dedos de rojas uñas sangre, que me ordena follarla con un chapoteo lujurioso, jadeando como bestia en celo. Metérsela sin cuidado alguno, con frenesí e impacto impío. El cuerpo del delito tiene los pezones contraídos y erizados como frambuesas. Existen para ser lamidos, besados y succionados hasta el punto de que sus pies se tensen con fuerza intentando contener el placer que viaja como un trallazo hacia el vientre y por sus muslos, como un anunciado infarto del placer. Su boca jadea, y tiene la función de atrapar la mía y mi alma. O devorarla… El cabello del cuerpo del delito es un asidero para conducir su boca a mi rabo cuyas venas parecen reventar. Y me duele, me duele… Me duele la sangre que se agolpa y mis cojones contraídos y plenos ante el cuerpo del delito y sus consecuencias. Sus manos existen para dar consuelo a mis cojones pesados y ávidos de derramarse en ella, dentro o fuera. Por favor… El cuerpo es el que amo; pero el delito soy yo. Su coño, el arma homicida ensangrentada con mi leche.
Veo películas de ciencia ficción e inevitablemente sueño con viajar al pasado y reparar el error del tiempo y el espacio que se cometió conmigo. Imagino vívidamente lo que haría para conseguir nacer allá donde tú lo harás unos años más adelante y así, encontrarnos sin perder tiempo y vida con otros amores que de nada han servido. Mis sueños de ciencia ficción giran siempre en torno a esa galaxia inalcanzable que eres tú, cielo. A veces mis sueños salen mal y soy un astronauta que ha debido abandonar su nave rota y flota en el espacio esperando que se agote el aire de su traje, con la mirada clavada en la lejana galaxia a la que ya no podré llegar. No podré llegar a ti y moriré asfixiado y fracasado aquí en la nada, lejos de ti. En otros sueños sobrevivo al viaje y cuando alcanzo tu galaxia todo es luz, esa cegadora luz de tus grandes ojos que me fascinan, la gruta carnal que forman tus labios para que bese la entrada. La increíble calidez que preciso después de tanto tiempo viajando por el gélido espacio, está toda en tu piel. Y después de eso, despierto y no estás. Quisiera arrancarme los ojos. La realidad fue todo un error, amor. Ahora solo queda engañar a la vida luciendo una sonrisa que es puro quebranto, por mantener la más mínima dignidad ante la frustración de una vida sin ti. Pienso en bebés muertos, no fui uno de ellos; pero nací en un espacio triste y deformado sin ti. Sin posibilidad alguna de reparar un daño que no cometí. Los bebés muertos no sufren, solo viajan congelados como asteroides alrededor de estériles astros, con los ojos muy abiertos, como cuentas de cristal translúcido. Yo que sobreviví, no quiero nada de lo que hay en este mundo, ni siquiera la alegría; sino lo que está desesperadamente lejos de mí. Lejos en el tiempo y sus circunstancias. Tan lejos de ti… Mis películas de ciencia ficción son las más tristes que se han hecho jamás.