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Está tendido en la acera, boca arriba, su cabeza ha golpeado contra el bordillo al caer con una arteria que se ha roto en su cerebro por culpa de una genética defectuosa. La cucaracha le rinde honores untando con repugnante baba sus labios ya púrpuras.

No hay nada sugerente ni misterioso en la muerte. Simplemente es algo sórdido y con escaso interés. Justo como siempre he pensado que es un cadáver tendido en la calle, aunque al contrario que con las vidas, no hay dos muertes iguales. Solo la muerte rompe con su magia durante un instante la monotonía de la vida.

Hay ronquidos, quejidos y estertores de todo tipo. Hasta los silencios de los que mueren son distintos en cada fiambre.

El último suspiro es lo que marca la diferencia entre los millones de vidas. Aunque este hecho, no llega ni siquiera a la categoría de consuelo. Una vida de mediocridad no puede ser indultada por una agonía singular que dura escasos segundos. La muerte no mejora la vida pasada de los cadáveres por mucho que sufran en sus últimos instantes de vida.

Enciendo un cigarrillo observando como el insecto explora su nariz. Reflexionando sobre la dignidad y la muerte.

No hay conclusión alguna porque no hay dignidad. La muerte y las cucarachas son indecorosas.

Un hombre se acerca para curiosear y se santigua.

— ¿Qué ha pasado?

— Es un muerto.

Expulso el humo por la nariz y la ceniza cae en el pecho del muerto. Sus brazos están extendidos en cruz, una pierna flexionada y otra recta. Como los cadáveres en el campo de batalla de las viejas películas de la segunda guerra mundial. Tampoco es que sea digno de fotografiarse, su barriga es antiestética, viste una camisa barata de color blanco crudo en cuyo bolsillo lleva un bolígrafo de usar y tirar y una cartera vieja. No es algo que aporte dramatismo.

— ¿Lo conocía?

— Os conozco a todos; pero no sé como os llamáis.

No me gusta conocer a nadie, pero es algo que ocurre. Miras un cadáver y sabes qué era, qué hacía y lo que no hacía. Luego lo imagino follando sin ninguna gracia y acaba todo mi interés por él. Follar no es una buena coreografía, nada parecido a las películas porno.

— ¿Ha avisado a la policía?

La cucaracha se ha metido por los labios entreabiertos del fiambre y asoma sus antenas como una repugnante exploradora.

Hay tanta dignidad en todo ello…

— A mí no me importa el muerto —le respondo sin apartar la vista de la cucaracha—, no es mío. Y no me molesta, algo más de mierda en la calle no importa.

— Es un ser humano —me reprocha.

“Es una mierda”, pienso y me esfuerzo porque mis labios no lo pronuncien.

Me encojo de hombros.

—Todos lo son.

— ¿A usted qué le pasa? —enojado saca su teléfono del bolsillo.

— El muerto es él, a mí no me pasa nada.

Y comienza a irritarme este tipo.

Las moscas se agolpan en la nariz y los ojos del muerto. Beben sus mocos y sus lágrimas.

Precioso.

—Quiero informar que hay un hombre muerto en la calle Tirso, a la altura de Espronceda.

— No. No hay señal de violencia, ni presenta heridas… Claro que está muerto, llevo aquí cinco minutos y no se ha movido ni ha respirado —vuelve a contestar nervioso a su interlocutor.

Pienso que hay funcionarios que aunque no estén muertos, tienen el cerebro lleno de cucarachas.

La gente muere, es algo normal y cotidiano. Que alguno quede tendido en la calle a las once de la mañana cuando el sol comienza a calentar, no es tan anómalo.

Es algo carente de atractivo que solo invita a la reflexión.

Lo único que sobresale de un cadáver es su extrema fealdad, su cuerpo átono y su piel cerúlea. Los cadáveres llevan el estigma de una vida mediocre y anodina y los únicos que tienen verdadero interés en ellos, son las ratas y los gusanos. La muerte al final, es el reflejo de la vida.

Es hipnótico ver un cuerpo vacío que ha llevado una vida tan triste. Un anónimo que no deja más que unos pocos recuerdos en un poco de gente, y será por muy poco tiempo.

No vale la pena la resurrección.

Ni volver a reencarnarse en otro cuerpo para vivir lo mismo.

—No, no lo conozco —contesta el calvo indignado—. Pensé que estarían más interesados en enviar rápidamente una ambulancia para hacerse cargo del cadáver.

Se guarda el teléfono cagándose en dios.

Un par de coches se han detenido para interesarse por el cuerpo tendido.

Aunque hay poco tráfico en esta calle, suenan varias bocinas de conductores impacientes.

— ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Puedo ayudar en algo? —se ofrece un hombre tras salir apresuradamente de su coche.

Yo no respondo, me interesa más ver como evolucionan los insectos. A lo mejor podría ver su alma saliendo de su cuerpo para decirle: “Adiós, que te vaya bien. No vuelvas, no parece que hayas sido muy feliz. Piensa que vivir de nuevo sería para empeorar”.

—Me he encontrado a este hombre muerto y este señor mirándolo tranquilamente mientras fuma. Inaudito…

De la manga de mi camisa sale otra cucaracha que despliega sus élitros para hacer un vuelo feo y caótico de mi mano al rostro del cadáver.

Ahora son dos las cucarachas jugando al escondite en la nariz y en la boca.

Se agolpa más gente, se empuja para hacerse paso y poder curiosear el cadáver. Alguien dice conocerlo; por lo visto es un vecino que vive tres edificios atrás.

La hostia puta de interesante.

Yo le digo al putrefacto: “No se te ocurra resucitar, amigo, mira todas esas caras que te observan, no vale la pena volver”.

Por lo visto, su vejiga ya no retiene, se ha formado una mancha oscura en el pantalón y un pequeño charquito amarillo entre sus piernas.

Tampoco el esfínter retiene nada y se están vaciando los intestinos, dada la peste que parece flotar ahora entre la gente apiñada.

Tuve un tío que al morir, se cagó también y además con un ruido como a tela rasgada. A mí me dio un poco de risa; pero mi tía vomitó.

Parece ser que cuando te mueres no tienes otra cosa mejor que hacer.

No hay muerte digna. Y vidas, muy pocas que sean merecedoras de repetirse.

Para conseguir algo de dignidad deberíamos llevar una lavativa en el bolsillo y que el cura, en lugar de la extremaunción y la absolución, nos haga un buen lavado de intestinos a fin y efecto de mejorar la imagen del finado u occiso.

Se me escapa la risa y la chusma piensa que estoy histérico por la visión del muerto.

Si hubiera estado solo, habría orinado en la cara del difunto para que su alma mortal y efímera se convenciera de que la vida es una mierda.

Me largo, este despojo no tiene nada que contarme ya y me he aburrido.

Hay un programa especial en la televisión dedicado a las aventuras de Epi y Blas en Barrio Sésamo, mi episodio favorito es: Diferencia entre vivo y muerto.

Mola.

No importo nada y nadie me presta atención cuando empujo los cuerpos vivos para salir del corrillo.

Yo tampoco le presto demasiada atención a la humanidad. Solo que yo lo hago a conciencia; ellos no saben que ignoran, simplemente se mueven como los animales, por algún instinto. Posiblemente el mismo que les hace rezar y creer en cosas extraordinarias o les hace follar para reproducirse sin tener la suficiente cultura o una buena economía.

Padres y madres lo son los puercos también.

“Mierda, el cadáver apesta siempre menos que los que le rodean”. Me lo apunto en mi libro de citas.

Que se queden ahí todos los curiosos. A mí me aburren tanto los cadáveres como los vivos. Me da dolor de cabeza tanta vulgaridad.

Si cayeran ahora todos muertos, me importaría lo mismo que el precio del kilo de algarrobas.

No hay nada más deprimente que encontrarse en la calle rodeado de gente cuando se está disfrutando de un muerto.

El muerto y yo estábamos tan bien… Todo se jode.

En casa estaré mejor, a salvo de encontrarme con vivos ajenos a mí.

— ¡Hola! ¡Ya estoy en casa!

— ¡Hola! —responde mi hijo desde su habitación, seguramente viendo videos en yutup— ¿Has encontrado muchos muertos hoy?

— Solo uno que ha congregado una manada de quince vivos.

— ¿Y no sientes cerca ningún cadáver más?

— Ninguno. ¿Y tú?

— He sentido a primera hora de la mañana la muerte del que tú has encontrado y nada más. Es muy aburrido.

Me acerco hasta su cuarto, en efecto se encuentra haciendo tareas del colegio y en el monitor hay un video de un grupo de rock que desconozco. Me siento en su cama encendiendo un cigarro.

— No te preocupes, con la entrada de la primavera mueren más. Ten paciencia.

Yo también era tan impaciente como él.

— ¿Y si muero yo? —hay un deje de tristeza en su voz.

— Evitaré que te entren cucarachas por la boca —intento bromear.

Hay un silencio tranquilo que no me apetece romper, mi hijo es el único vivo que soporto.

— Papá… ¿Aumenta la capacidad de encontrar muertos con la edad? Quiero decir, si hay un momento en el que todos los días tendremos que encontrar uno o dos en la ciudad.

— Con el tiempo solo se aprende a identificar mejor los mensajes sensoriales que nos indican donde se hallan los cadáveres solitarios. El número de muertos no varía, no tenemos nada que ver con su abundancia.

— ¿Llorarás por mí cuando muera? —ha dejado el bolígrafo en la mesa y se ha dado la vuelta hacia a mí para hacerme la pregunta.

— No.

— Yo por ti sí lloraré.

— Aún eres muy joven. Cuando yo también tenía catorce años, a veces lloraba a los muertos.

— ¿Siempre tenemos que buscar muertos para detenernos ante ellos y despreciarlos? ¿Y si un día no lo quiero hacer?

— Si un día no lo quieres hacer y puedes evitarlo, no lo hagas. No pasaría nada, pero está en nuestra naturaleza de necroasistentes. Al final uno siente la necesidad de cumplir su tarea. Somos una herramienta natural, hemos de evitar que las almas de esos que mueren solos se reencarnen. Tenemos que convencerlos de que su muerte es intrascendente, que no importan a nadie. Con ello nos aseguramos de que no quieran volver a vivir.

—Hay mucha gente en el planeta —continúo— y aunque sean pocos a los que podamos convencer, ayuda a mantener algo el equilibrio. ¡Ah! Y aunque no te gusten, las cucarachas son necesarias como golpe psicológico: cuando se les mete en la boca, suelen desechar la idea de reencarnarse. Siempre da asco ver el cuerpo recién abandonado con la boca llena de bichos.

— ¿A mamá la despreciaste al morir?

— No murió sola, estaba acompañada por ti cuando tenías cuatro años.

— ¿Y si hubiera estado sola?

— Le hubiera dicho que su vida era lo más importante para nosotros; pero habría convencido a su espíritu que era mejor no volver a vivir. Con el tiempo nos encontraríamos allá fuera del cuerpo, ya libres.

Mi hijo mira al suelo pensativo, está tranquilo.

—Le hubieras mentido…

— Sí, solo con tu madre y contigo puedo sentir la suficiente piedad como para mentir.

— No hay nada ¿verdad, papá? Cuando las almas salen del cuerpo, si no se reencarnan desaparecen.

— Desapareceremos —le contesto sin demora.

— A veces es todo tan vulgar…

Se parece tanto a mí…

— Vamos, te invito a pizza y después buscamos un buen cadáver de postre para denigrarlo. ¿Llevas suficientes cucarachas?

— ¡Qué asco…! Yo no voy a llevar nunca cucarachas, te aviso.

Me río de verdad, ahora sí, con él sí.

Se acabó la mediocridad por hoy. Y los jodidos muertos y todos esos vivos…

Y aún así, espero con ansiedad encontrar otro fiambre al que menospreciar. Me gusta mi trabajo.

La necroasistencia no da mucho dinero; pero ayuda a desahogar la tensión nerviosa diaria.

Iconoclasta

¿Dónde están las cosas que me daban temor? No hay nada terrorífico, no hay nada mágico y el plomo solo se transmuta en cáncer. Los alquimistas eran simples curanderos con un afán demente por salir de su miseria.

Padre y madre no están en ninguna parte, no se encuentran en dimensión alguna. Están vulgarmente muertos y nada de ellos flota en el aire, no hay mensajes de cariño y esperanza desde otros mundos.

Es decepcionante la vida. Esto me pasa por ser intrépido y ya es tarde para no serlo; los cerebros no se formatean: o enloquecen o simplemente se mueren.

Me gustaba sentir miedo, me daba esperanza de vivir con valentía. De demostrarla.

Ahora soy el hombre más valiente y junto con mis miedos he destruido la fantasía. Aunque nunca la ha habido, nunca ha existido la magia. ¡Qué putada!

Cuando estaba engañado, cuando el miedo me obligaba a cubrirme con una sábana por las noches, sentía que valía la pena vivir. Lo jodido, es que no se necesita vivir con valentía, sino con un buen estómago que no tienda a vomitar ante tanta trivialidad.

El amor se rompe con un suspiro, con una simple corazonada de que algo no está bien, así de fácil. Como muren los padres con un ronquido cuando el corazón se rompe como un jarrón contra el suelo. El amor no lo destruye un conjuro, sino el hartazgo y el aburrimiento. La muerte llega solo por un corazón u otro órgano en mal estado.

No somos lo suficientemente importantes para el mal y el terror y lo que nos destruye son cosas tan cotidianas que uno se plantea si no han sobrevalorado la vida.

No hay seres malignos, no hay conjuros, ni encantamientos.

Soy tan intrépido que me suda la polla si el corazón me fallara ahora. Si el amor estallara como una pompa de jabón delante de mis narices sin que nadie la toque, me fumaría un cigarro pensando en el precio de una lima para uñas.

Si eres valiente ya no te queda nada por sentir más que el tedio y la repetición cadenciosa y matemática de todos los días iguales.

Uno más uno es uno, dos más dos es uno, tres mil más tres mil es uno.

Y el dolor… Una punzada en un hueso podrido no es motivo para temer.

Alguien debería crear algo nuevo a nivel cósmico para que volviera sentir el temor de cuando era niño. Y con ello, las esperanzas de una vida interesante.

Quisiera decirle a alguien, que tengo miedo por las noches, sentirme cobarde ante fuerzas que no conozco.

Sueño con mi polla expandiéndose, haciéndose enorme cada día y el resto de mi cuerpo se convierte en un pellejo pegado a ella. ¡Qué horror…! Convertirme en un pene enorme junto con la angustiosa sensación de que mi mente se hace pequeña y desaparece. Mimimimi… Claro que con una polla así, me la pela la mente. Y más si soy motivo de envidia para todos mis congéneres.

Es cinismo simplemente, hasta mis miedos sexuales han desaparecido. Y sé que lo único que podría crecer es la próstata hasta convertirse en un tumor que me colgara más abajo que los testículos.

No moriré víctima de mi propia hombría, no tengo miedo a ello. Tampoco le tengo miedo a la mutación, la espero aburrido.

Si sabes leer y comprender, la ciencia se encarga de quitar el miedo para transformarlo en una lógica aplastante. En algo aburrido. Me conformo con disfrutar y padecer de los actos, de los hechos, de las reacciones. No busco orígenes, no los quiero conocer.

Se debería hacer a sí mismo un dios verdadero que mate y haga sufrir a la humanidad, como lo hacen ahora las gentes mediocres en nombre de los dioses inventados con mentiras e insistencia secular que tantas páginas “sagradas” han llenado.

Que las deidades sean de verdad, reales y tangibles; que su mierda nos llueva sobre las cabezas.

Las tormentas y sus truenos que hacen temblar las paredes dejaron de inquietarme al conocer la física y los monstruos me hacen sonreír o me dan pena desde las primeras nociones de genética que me obligaron a estudiar.

Ni siquiera todo este hastío me da miedo, solo dolor de cabeza y más decepción.

Perdí el miedo a todo y con él, una parte importante de ilusión (a efectos prácticos, toda). Las esperanzas se fueron por un tubo largo directas a un pozo negro y pestilente donde se ahogaron entre tanta banalidad.

No tengo miedo; pero sí una fatídica tristeza. Me cuesta caminar, no quiero un nuevo día sin temor. No quiero saber, quiero ignorar y creer en leyendas que hagan peligrar mi vida con un castigo por cagarme en dios.

No hay hombres lobos, recortados contra una luna llena enorme, no hay vampiros contra los que luchar.

Mi sangre día a día se hace más espesa y al corazón le cuesta cada vez más bombear toda esa pesadez.

Ser temerario es la decepción más grande que a un humano le pueda ocurrir.

No existen los villanos, solo hay gente insignificante que estafa, daña y mata de la forma más vulgar. Y es tan mediocre y sé tan bien como actúa, que me siento sabio, ergo frustrado.

No son simpáticos, no son inteligentes. No aportan creatividad, ni interés en sus actos abominables. Cuando uno lleva dando vueltas por el planeta unos cuantos años y si no es idiota, mira a los ojos de algunos e identifica en cuestión de segundos un seso tarado, un cerebro podrido de ambición y envidia.

Y así es cada día, lo mismo. Una y otra vez sabes que no has de tener miedo, porque son solo humanos de segunda clase y solo basta estar atentos para que el miedo desaparezca con toda la magia que tiene. Ya no hay que preocuparse más que de ser cuidadoso, no hace puñetera falta la valentía.

Chorreo un coraje que cae por mi piel como un sudor rancio y viejo.

No existen ni han existido todos esos héroes, ni los zombis.

No hay seres inmortales que acaparen conocimientos y habilidades. ¿Es que no hay nada que valga la pena de temer?

Porque solo hay náusea y vómito. Y un aburrimiento que te roba el calor de la piel.

En la vida cotidiana los malos son de un adocenamiento que apesta. No tienen ninguna gracia o carisma. No se les puede repeler con ajos y las balas de plata no los matan porque pagan los mejores seguros médicos.

A veces lloro por los miedos perdidos; siempre en lugares ocultos o en lo más profundo de mi mente, allá donde las palabras se olvidan para convertirse en emociones primarias. Yo me meto allá donde solo se sufre por la falta de libertad de mi conciencia salvaje sin poder definir las ideas que duelen. Yo mismo soy mi cuarto oscuro.

Un castigo a mi osadía.

Los jueces matan la justicia y los médicos anteponen la vida de la mala gente (políticos, funcionarios, leguleyos y deportistas de élite) a la gente buena o a la que no mata a nadie.

Ojalá se transformaran esos vulgares, asesinos y envidiosos en demonios o posesos, algo fácil de matar y mágico que me diera miedo y no asco. Algo contra lo que poder luchar heroicamente. Estos villanos son longevos y si existiera Mefistófeles, habría un contrato de alma archivado en algún sitio; no venderían su alma, sino la de sus hijos o padres.

Es por ellos, por su falta de interés y decepcionante personalidad, que no recurriría a sofisticadas armas para asesinarlos.

Me bastaría un puñal o un simple y pequeño revólver.

Y mis cojones, mi valentía.

Cuando mueren, sangran como sangran todos, no hay nada de especial en sus hemorragias. Si le revientas el cráneo a un juez o al presidente de cualquier nación, se orina y defeca encima mientras su cerebro intenta funcionar a pesar del trauma. Patalea como muñecos a batería roto.

Como todos.

Si fueran super villanos se desintegrarían, se convertirían en humo o se harían pequeñitos (de un tamaño apropiado para metérselo en el culo a su puta madre) lanzando una carcajada sádica al morir.

Pero solo vomitan sangre apestosa.

Yo no quiero morir a manos de un mediocre. No quiero que me arruine un juez porque ese día le pica el culo y está de malhumor.

No hay robots que despedazan a la gente, ni temibles extraterrestres de sangre ácida.

Ya hace miles de años que no me cubro la cabeza con la sábana para protegerme de monstruos. No tengo miedo, no soy capaz de sentirlo. Cuando el miedo se va, con él lo hace la fantasía.

Ya me ha ocurrido.

Ahora me limito a blasfemar cuando identifico un ordinario peligroso y escupo con sensación de asco para aliviarme del aroma a mierda que me deja en la nariz; pienso que una estaca en el corazón de un presidente no sería suficiente, lo podrían salvar sus maravillosos médicos.

El tiro ha de ser directo a la cabeza y que no sufra, porque cuanto más sufre una mala persona, más tiempo está viviendo y más tiempo está destruyendo miedo con cada uno de sus sufrimientos. Sus muertes han de ser rápidas y eficaces. A ser posible sin que perdamos el humor.

Que sus muertes sean tan anodinas como son ellos y la vida que han creado. Que mueran con los enormes ojos abiertos de una vaca en el matadero cuando le alojan una bala en el cráneo. Tengo miedo de que no haya suficientes balas.

Ejemplo y conclusión (Lecciones de Epi y Blas en Barrio Sésamo, chapter nine):

Meter el rabo en una olla bien caliente de pozole por culpa de que Merlín el mago te haga un encantamiento, es una imagen que amedrenta al más curtido de los humanos; pero ni con senilidad, ni con cincuenta pastillas de éxtasis color azul fosforescente (“fosforito” para los más nacos o charnegos tipo Estopa) diluyéndose en mi estómago, tendría la idea de meterla dentro. Ni por accidente. No me da miedo la posibilidad de que eso ocurra. Merlín era un mago senil y no tenía ese poder.

Los hay que aún tienen la suerte de sentir miedo y temen esta posibilidad por un infantilismo o complejo idiota de Peter Pan. Si creen que su polla puede acabar dentro de una olla por un conjuro, ya pueden ir formando cola en el ministerio de cultura para que les den su plaza de profesor. Porque se la han ganado a pulso sin necesidad de hacer oposiciones. Los ministerios de cultura de todos los países están llenos de gente así.

Lo real es que te encuentres trabajando en un restaurante porque no has encontrado trabajo de ingeniero, que es para lo que te has pasado diez años estudiando (con sus correspondientes repeticiones de cursos).

La olla de pozole o lentejas estofadas está hirviendo y hay que remover el guisado para que no se pegue, lo dice el chef que es el que paga y decide si vives o mueres.

— ¡Jefe! No encuentro la espátula para remover el guisado —te lamentas al chef sudando, impotente ante la falta de recursos para realizar el trabajo.

El chef se gira y observa una espátula del tamaño de un elefante recostada en la cocina, a un lado de tu culo y fumando tranquilamente.

— Pues lo haces con la polla —te responde amablemente.

Y ahí se te viene encima todo el miedo, todo el terror de meter el pene en esa sustancia hirviente y sufrir un dolor indescriptible. Los que aún conservan el miedo y su ilusión, lo consideran como una peligrosa y más que probable disyuntiva que les hace sudar.

Por mi parte, ante mi total ausencia de miedo y mi valentía desaforada, esa respuesta del chef me haría pensar en un refrán que dice: Donde tengas la olla, no metas la polla.

No tiene nada que ver; pero como no tengo miedo, acabo alardeando de mi inmensa cultura. Y maldiciendo todos los días tan penosamente intrascendentes que aún me esperan sin sentir temor hasta que muera.

Iconoclasta

Es viernes, Tomás es un técnico industrial que está realizando la conexión eléctrica de los elementos de control de una caldera de vapor, es un trabajo sencillo y charla con el jefe de mantenimiento de la planta farmacéutica de cosas intrascendentes conectando cables. El trabajo sale bien y pronto comenzará el fin de semana. No se siente cansado, sino alegre de que por fin acabe la dura semana laboral.

En la planta de elaboración, un laborante deshecha reactivos caducados por un conducto que va a parar a una incineradora. Son productos tóxicos y otros son pruebas realizadas que no han dado el resultado pretendido. La chimenea de la incineradora está conectada a un filtro especial de carbono, justo encima de donde se encuentra trabajando Tomás.

—Ya podemos hacer las pruebas, Sr. Vázquez —dice Tomás cerrando la puerta del armario eléctrico.

—Vamos allá. A ver si funciona bien y nos vamos pronto a casa hoy.

En ese mismo instante, se produce un fuerte golpe encima del techo de metal del local donde se encuentran, a los pocos segundos se forma una nube de polvo negro.

El jefe de mantenimiento sale rápidamente a ver que ha ocurrido, es pleno mediodía y le deslumbra el sol cuando mira hacia arriba.

—Mierda… Hoy no iré pronto a casa…—se lleva un pañuelo a la boca y entra de nuevo en el cuarto de la caldera. Tomás también se ha tapado la nariz y la boca con una mascarilla de papel.

—Se ha caído el filtro de carbono encima del techo. No es nada grave, esperaremos a que se pose el polvo y abriremos la puerta.

A continuación se comunica con su teléfono con uno de los operarios.

—Rafa, súbete al tejado con Adolfo, traed unas cuantas bolsas basura, escoba y recogedor, se ha roto el soporte del filtro de carbón de la incineradora y se ha puesto todo perdido.

Tomás ya ha conectado la caldera.

— ¿No será tóxico todo ese polvo Sr. Vázquez?

— No te preocupes, Tomás, todo viene de la incineradora, lo único molesto es que cuando te suenas la nariz salen mocos negros. Pero eso solo son unos minutos. ¿Ya está haciendo vapor?

Tomás saca una cajetilla de cigarrillos e invita a fumar a Vázquez. Las pruebas van bien, aunque se siente un poco mareado y su nariz está irritada.

Dos horas antes de su horario habitual ya está camino de su casa. Metido en un atasco circulatorio, observando las montañas que rodean la ciudad, piensa que le gustaría ser libre, correr por la sierra sin nada que hacer, sin más obligaciones que comer y dormir. Ser un animal libre y salvaje, no verse sometido durante cinco días a la semana a la voluntad, normas y obligaciones impuestas por otros.

Es el momento más feliz de la semana, cuando tiene ante si más de dos días de libertad. Porque a medida que disfruta su libertad, se aproxima el momento de comenzar su esclavitud de nuevo.

Estornuda y al observarse en el retrovisor, su nariz se ha ennegrecido de restos de carbón. Se limpia con un pañuelo las ventanas de la nariz para asegurarse de que ya no hay restos. El coche de atrás hace sonar el claxon para que avance. Tomás desearía arrancarle la laringe con sus dientes; le ha comenzado un fuerte dolor de cabeza, es una presión, como si los sesos se hincharan y apretaran desde dentro el cráneo.

Cuando por fin consigue circular a velocidad, aunque lenta, el calor disminuye dentro del coche y el dolor de la cabeza ha cesado.

CLIC

Se encuentra entre las estanterías de una librería, en la sección de novedades.

Tiene la nariz congestionada e intenta limpiarse con el pañuelo sin conseguir que mejore. Mete el dedo en la fosa nasal, profundiza y nota que algo se le ha pegado en la punta. Es una partícula más dura, más sólida; aunque tan húmeda como un moco vulgar. Cuando lo extrae siente un pequeño tirón, como si algo se rompiera en la frente, se le escapa un pedo sin que sea su voluntad.

Alguien, un par de pasillos más atrás, se ha reído. Y observando eso que se ha pegado en su dedo, le importa lo mismo que la economía de Tanzania (por poner un ejemplo) que alguien se sienta ofendido o que le peguen la nariz en el culo para absorber mejor el aroma.

Es un trozo carnoso gris, casi blanquecino, un tanto esponjoso como los sesos de cordero, y no hay restos negros del polvo de carbón que aspiró ayer.

En efecto, es un trozo de su cerebro. No ha habido dolor; sin embargo, ha sufrido un pequeño cortocircuito cuando lo ha extraído.

Aparte del pedo, encuentra extraño tener en la mano la biografía autorizada de Benedicto XVI: el camino anal de la infancia. En la portada hay una foto del Papa sentado en su trono y sonríe acariciando la cabeza de un pequeño monaguillo que porta entre las piernas un cirio en actitud claramente obscena.

Le gustaría saber qué función de su intelecto se ha visto afectada: la cognoscitiva, la lógica, la matemática, la motora… Porque no deja de ser un trozo de cerebro y seguro que ahí había mucha información.

Salta a la vista que ha sufrido una merma en el reflejo anal y ha perdido el control. Tal vez la parte que rige la vergüenza también se ha visto afectada, porque se tira otro pedo sin ningún pudor. No se siente azorado.

Ya no tiene ganas de comprar un libro, piensa que si está expulsando el cerebro por la nariz como si fuera un catarro al uso, no vale la pena gastar dinero en cosas intelectuales, ya que podría encontrarse un día arrancando las hojas del libro y metiéndolas en la olla a presión junto con sus calcetines.

Por lo visto, el miedo también le falla. No está en absoluto preocupado.

Hay que ver cuántas cosas caben y se pueden perder en un trozo tan pequeño de cerebro.

Con rapidez cuántica sienta las bases de una lógica aplastante: perder algo de cerebro es preocupante; pero no puede hacer nada por evitarlo. Cuando haya perdido todo el cerebro, será preocupante; pero no se podrá preocupar porque no tendrá cerebro para ello.

Pues no funciona tan mal su cerebro.

Su primer impulso hubiera sido correr hacia casa para conectarse en internet y revisar en la wikipedia algún artículo que dijera: el cerebro podrido y su tratamiento, los mocos cerebrales, los sesos licuados, cerebros deshechos y clara de huevo…

No conseguirá nada poniéndose nervioso.

Y bueno, en un mundo como éste, los cerebros no sirven para nada a menos que tengas una buena recomendación para un trabajo pornográficamente bien remunerado. Como no tiene amigos de esa índole, no se va a estresar por perder alguna facultad mental. Tampoco está tan mal pertenecer al grupo de sujetos más extendido y numeroso del planeta. Concretamente hay un noventa y ocho por ciento de cerebros podridos cuya podredumbre se queda dentro; él al menos la expulsa.

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Así, inmerso en estas reflexiones, se encuentra que tiene el pene erecto en la mano y se está masturbando con la portada del último libro de Daniela Stil, titulado El muñón del amor. En la ilustración de portada, una mujer de exuberante escote ataviada como una campesina suiza, muestra el muñón del pie izquierdo enfundado en cuero negro brillante, y otra campesina lo lame de rodillas con los ojos cerrados de placer. De fondo hay una magnífica vista de un pico nevado y unas cuantas vacas pastando en una verde ladera.

—Es mejor que me largue de aquí —se dice a si mismo dando las últimas sacudidas al pene tras la eyaculación.

Sale sin comprar nada.

En la calle todo está en orden y su pene está en el pantalón, sus lapsus mentales parecen haberse calmado.

Son las doce treinta de un sábado por la mañana de un templado diciembre, el sol calienta lo suficiente como para llevar el abrigo en el brazo y sudar. Se siente más liviano con unos gramos menos de cerebro. Poco a poco el cerebro va distribuyendo sus funciones para adaptarse a la nueva masa, es un momento tranquilo. Se enciende un cigarro y cuando llega a la estación de metro, espera a acabarlo antes de meterse.

No hay demasiada gente en el tren dirección a su casa y puede sentarse. El lunes le espera una jornada de trabajo particularmente dura, ha de desplazarse más de sesenta kilómetros para comenzar la instalación de una costosa caldera de vapor. Normalmente se encontraría nervioso ante la semana de largos viajes que le espera; pero su mente está despejada, no tiene la más mínima preocupación por ello. Todo saldrá bien o no saldrá.

Ha valido la pena perder parte de cerebro si con ello ha conseguido esta templanza.

Solo lamenta no haber comprado el libro de terror que quería. Parecía interesante según las críticas y la sinopsis que leyó en un artículo del periódico.

Su hijo está en casa, seguramente ahora estará viendo una película. Su mujer trabaja. Se mete el dedo en la nariz y no hay nada.

Antes de abrir la puerta de casa, sabe que su hijo Sancho está viendo por enésima vez Rocknrolla, a él también le gusta.

—Hola papa. ¿No has encontrado el libro? —se ha levantado para saludarlo como siempre, con un simbólico beso en la mejilla. Es más alto que él con dieciséis años.

—Nada, no lo he podido encontrar. ¿Has desayunado?

—Claro, me he levantado hace un rato.

—Te sale un poco de sangre de la nariz —le avisa Sancho antes de sentarse de nuevo en la butaca.

—No me había dado cuenta.

Tomás se dirige al lavabo y en efecto observa una pequeña gota que aflora por la ventana izquierda de la nariz, está casi seca. Se lava la cara y frente al espejo se da unos pequeños golpes en la cabeza para observar si por la nariz baja algo.

Tiene cuarenta y cinco años, aunque aparenta diez menos cuando la gente lo conoce por primera vez. Su barba es muy sutil, el perfil rectilíneo y la piel clara, como el cabello. Sus manos recias son las que indican la verdadera edad.

Se desnuda para ponerse un cómodo pijama y echa al cesto de la ropa los calzoncillos y pantalones sucios de semen.

No le ha preocupado la posibilidad de que lo hubieran sorprendido masturbándose entre los libros, porque lo peor no ha sido eso, lo peor ha sido perder cerebro. Cuando ocurre algo realmente grave, todo lo demás es superfluo.

De repente se siente muy cansado y se estira en la cama.

—Sancho, si dentro de una hora no estoy despierto, pide lo de siempre en la pizzería, no tengo ganas de hacer nada en la cocina. En mi cartera hay dinero.

—¡De puta madre! —le responde Sancho, le encanta la pizza.

Y apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormido. Le gusta dormirse con el sonido de las películas que Sancho ve.

CLIC

Su mujer llega a casa y al entrar en la habitación, observa su erección. Le baja el pantalón del pijama, se baja las bragas, se arrodilla a su lado y se llena la boca con su pene. Al tiempo que la lengua juguetea con el glande y acaricia los testículos, se masturba con una intensidad rayana en la paranoia.

Tomás no puede moverse, la puerta de la habitación está abierta. Tampoco puede hablar, y no le puede preguntar a Sara porque su paladar es tan áspero, le duele el glande. Tampoco le puede decir que su hijo los está mirando.

Su nariz se está taponando de nuevo, y no puede meter el dedo para sacarse lo que hay dentro, así que respira abriendo la boca, cosa que coincide con una eyaculación fuerte y casi dolorosa. Al mismo tiempo, Sancho se ha arrodillado tras su madre y la ha penetrado.

Tomás piensa en lo curioso y casi excitante que resulta correrse en la boca de tu mujer cuando tu hijo se la está follando. Sara abre la boca de placer y uno de sus colmillos está negro, con una caries que lo ha roto por la mitad. Le parece horrible.

Los dedos de Sancho se clavan en la cadera de su madre sujetándola durante la cópula, muestran uñas rotas, melladas. Como si hubiera escarbado en tierra negra y ponzoñosa.

Madre e hijo gimen en un in crescendo; su pene aún sujeto por la mano de su esposa escupe restos de semen que ahora gotea caliente por sus testículos.

—Los tres nos hemos corrido al tiempo, es hermosa la vida en familia. La familia que se corre unida jamás será vencida —piensa con tranquilidad y echando de menos un cigarro —Y que bien folla Sancho, a su edad yo no tenía esa habilidad y sincronización.

Sara aún de rodillas se acaricia extasiada la vagina empapada de semen lamiendo el pene que no suelta.

Ya empieza a sentir sus músculos, sus dedos se mueven. Habla con la voz rasposa, su garganta está seca.

— ¿A qué hora va a venir la pizza? Tengo hambre —estira sus brazos con un bostezo.

Sara suelta su pene y Sancho se sube el pantalón. Los tres sudan copiosamente.

Cuando sus ojos enfocan perfectamente se da cuenta de que Sara está llorando y que Sancho tiene el semblante desencajado por la sorpresa y el miedo. Sus ojos están rojos y a punto de llorar. No hay colmillo podrido en la boca de Sara y las uñas de Sancho están limpias y bien cortadas.

— ¿Qué nos ha pasado? —susurra su mujer avergonzada y confundida.

Sancho sale del cuarto sujetándose el estómago con una mano y con la otra tapándose la boca para no vomitar; lo hace en el pasillo.

Un cigarro aparece entre los dedos de Tomás, está tranquilo, piensa que la mamada ha sido genial y el hecho de que el cigarro volara hasta sus dedos con el encendedor desde su chaqueta colgada de la percha, es un ejemplo divertido y anecdótico de telequinesis.

Enciende el cigarro y cuando exhala el humo por la nariz solo sale por la ventana derecha, la presiona con un dedo y hace presión empujando el aire de sus pulmones hasta que consigue expulsar un trozo de cerebro del tamaño de un garbanzo.

Una gotita de sangre le llega hasta la comisura de los labios; pero lo principal es que ahora puede respirar bien.

—Tomás ¿Qué es eso? —pregunta Sara observando el trozo de cerebro —. Estabas en nuestra mente, tú no has obligado a esto. Me he sentido forzada, ha sido lo más sucio que he experimentado en mi vida.

—Mi cerebro se está pudriendo, se me deshace a trozos que salen por la nariz, no sé por qué. Os he metido en mi sueño y habéis hecho exactamente lo que soñaba. No ha estado tan mal ¿no? Además, puedo hacer cosas, mira.

La almohada de Sara se eleva en el aire y gira en vertical durante casi veinte segundos.

— ¡Hijo de puta! ¡Te mataré, cabrón! —Sancho se ha detenido gritando en el umbral de la puerta del dormitorio, le ha lanzado a su padre un pesado cenicero de vidrio acertándole en el pómulo izquierdo. Se han roto ambas cosas, pómulo y cenicero.

Sancho ha salido corriendo de la casa tras pegar un portazo que ha retumbado en las paredes.

— ¿Sabes? No siento dolor, Sara. Estoy muy jodido; pero tranquilo.

La esclerótica del ojo izquierdo es un charco rojo de sangre que contrasta con el azul del iris. Cuando habla el hueso roto se mueve bajo la piel amenazando rasgarla.

Tomás se incorpora para acercarse a Sara, la ayuda a ponerse en pie y la abraza.

—Ojalá pudiera sentir lo que os he hecho; pero no puedo. Lo he disfrutado. Me ha gustado especialmente como tus pezones se han erizado. Conmigo nunca has gemido tanto.

Sara mira a sus ojos con incredulidad, aún horrorizada. Un gusano gris se derrama de la nariz de su marido y cae al suelo el trozo de cerebro con un sonido a escupitajo.

—Tienes que ir al médico… ¿Desde cuándo te ocurre esto? ¿Te has intoxicado en la planta química donde trabajaste ayer? —Sara habla atropelladamente — ¿Cómo has podido hacernos esto? No imaginas lo repugnante, lo sucio que ha sido.

—Lo que no imagináis el placer que he sentido. No sé si voy a morir pronto; pero ahora hago cosas que antes no podía ni imaginar. Y si he de morir, tanto me da el asco que sintáis. No importa, no importáis.

Tomás deja a su esposa y se viste de nuevo para salir a la calle.

Tiene hambre.

CLIC

Son las tres de la tarde, en el ancho paseo que se encuentra tres manzanas por encima de su casa, apenas hay gente, es hora de comer. Los pocos transeúntes que se cruzan con él, lo observan durante un embarazoso instante para ellos con curiosidad o asombro y bajan la cabeza para mirar al suelo. Los oye pensar: ¿Qué le habrá pasado? ¿Con quién se ha peleado? Menudo elemento, eso tiene que doler…

Tomás responde pensando en el vómito, visualiza la amarilla y amarga bilis que a veces ha vomitado. Una mujer con la que se cruza, se dobla sobre su estómago y con una fuerte arcada vomita, su olfato está colmado de ese sabor y olor nauseabundo. Lo mismo ocurre con el hombre que la precede y que mira desafiante a Tomás. Cruza tres calles más hasta que encuentra un lugar para comer.

Se sienta en la mesa de la terraza bajo una sombrilla, nota la mejilla palpitar rápidamente, su ojo izquierdo anegado en sangre ha quedado sepultado por la carne tumefacta, cosa que es de agradecer porque el sol molesta mucho para estas cosas.

Esperando al camarero de la cervecería juguetea con el hueso roto moviéndolo distraídamente.

Es maravilloso no sentir dolor.

Cuando llega el camarero Tomás está intentando mover el sol hacia un lado porque le molesta; pero no puede. Aún no.

—¿Se encuentra bien, jefe?

—Sí, estoy bien. Tráigame una jarra de cerveza bien fría, una ración de gambas al ajillo y tres croquetas de jamón. Y lo quiero gratis —Tomás ha dirigido sus palabras intentando clavarlas en el cerebro del camarero.

—También tenemos pescadito frito fresco.

—De acuerdo.

El camarero se lleva una mano a la sien, ha sentido una molesta punzada y camina un poco inseguro hacia la barra del bar.

Espera fumando a que le sirvan el pedido y se hace preguntas que no le angustian: ¿Cuánto cerebro he perdido ya? ¿Por qué no me fallan las piernas? Las alucinaciones son lógicas; pero no es lógico que haya una buena coordinación motora. ¿Cómo es posible entrar en la mente de los demás y mover objetos? ¿Es así como se crean las leyendas, con una persona enferma que puede realizar actos inusuales porque su cerebro se ha hecho mierda? ¿Ahí está el gran secreto del poder de los seres prodigiosos? No jodas… ¿Y esta total ausencia de vergüenza, sentimientos y escrúpulos?

Se ha convertido en un hombre nuevo, ha dejado de amar, de sentir cariño. No teme y es completamente libre. Se está desprendiendo de todos los lazos afectuosos y sociales. Solo queda ambición, capricho y un básico deseo meramente territorial.

Observa el servilletero y lo eleva en el aire con el pensamiento.

Un coche circula a sus espaldas, por la calzada. Se gira para observarlo, para estrellarlo contra una casa. El conductor no entiende porque el volante gira por si solo hacia la derecha, le es imposible enderezar la dirección y le grita a su hija que se sujete bien cuando el pedal del acelerador se hunde. Cuando colisiona contra la columna de una zapatería que hace esquina, sale despedido por el parabrisas para estrellarse contra la pared del edificio, una niña cae al suelo con la cara ensangrentada al abrirse la puerta del acompañante por el impacto. Los vecinos y los transeúntes se acercan y forman tumulto en el lugar del accidente. Tomás, tranquilamente recostado en el respaldo de la silla metálica con las piernas cruzadas, se rasca la nariz despreocupadamente y saca una pequeño trocito de cerebro, como una piel que había quedado enganchado en el interior de la aleta.

Piensa que pronto podrá mover el sol, solo es cuestión de esperar y escupir la suficiente cantidad de cerebro. Porque está visto, que cuanto menos cerebro tiene, más poder disfruta y más libre se siente.

Come con hambre atroz, no usa el cuchillo ni el tenedor y la cerveza se derrama por el pecho al tomarla con la boca abierta. Quienes lo observan desde el interior del bar, bajan los ojos para no encontrarse con los suyos.

Cuando acaba de comer, se va sin pagar con tranquilamente saludando al camarero.

Hace calor, el sudor le irrita el ojo sano y la mitad de su rostro parece un trozo de cartón que se mueve con cada paso. Los huesos partidos chocan entre si molestándole. Es un ruido extraño. Por lo demás, siente que esa piel es de plástico recio y no es suya.

CLIC

— ¡Tomás! ¡Tomás! —un coche hace sonar el claxon, una voz de mujer lo llama, su suegra.

Se detiene unos metros delante de él y sus suegros bajan del coche.

—Sara nos ha contado que algo te ocurre… ¡Jesús! ¿Qué te ha pasado en la cara?

Tomás se lleva el pañuelo a la nariz para limpiarse, ha salido otro trozo de cerebro que observa con interés; sin prestarle atención a sus suegros que avanzan hacia él.

—Sara está histérica ¿Qué ha pasado? Nos cuenta cosas extrañas. ¿Sancho te ha hecho eso? —su suegro le toma la mano del pañuelo que tiene en la nariz para observarle bien la cara.

—El largo camino hacia la superación nos lleva por situaciones extrañas y hechos inexplicables. He visto perros jugar al ajedrez y llorar amargamente al perder —responde Tomás

Su único ojo recorre los rostros sorprendidos y boquiabiertos de sus suegros.

Con la fuerza de su voluntad los eleva en el aire, para luego hacerlos girar como aspas de un molino. Dos coches colisionan entre sí al ver el fenómeno.

El matrimonio grita pidiendo ayuda y a medida que giran más rápidos, sus alaridos se convierten en aullidos, a los treinta segundos han perdido el conocimiento. Cuando dejan de girar, son lanzados casi veinte metros hacia adelante, por encima de su coche para aterrizar de cabeza en el suelo, cosa que les rompe el cuello a dúo.

Tomás no ha visto perros jugando al ajedrez, pero si le da la gana, está seguro de que podría conseguir que un doberman y Pluto hicieran una partida rápida. Últimamente tiene mucho poder de persuasión.

La gente se ha congregado en torno a sus suegros y sus miradas se dirigen a él de vez en cuando. Desconfían de él y su cara.

— ¡Han volado, yo lo he visto!

— ¿Cómo ha sido posible?

—No lo sé, ese hombre estaba hablando con ellos y han comenzado girar en el aire.

La gente no da crédito a lo que han visto. Los que se acercan de nuevo, quieren saber que ha pasado. Cada vez hay más vecinos que bajan de sus casas para enterarse de lo ocurrido.

Tomás borra sus recuerdos, bombardea esos cerebros con sus poderosas ondas mentales, y emprende su camino a ningún lado sin que nadie le moleste.

El sol le calienta demasiado la cabeza y el rostro, en una plaza encuentra un banco bajo la sombra de una mimosa y se deja caer cansado. El calor crea espejismos temblorosos de la arena y los juegos infantiles del parque.

Su cara está rígida. Necesita descansar. Tal vez comprender lo que está pasando, aunque la curiosidad es algo que ya poco le atañe.

CLIC

Sueña que la zona reptiliana de su cerebro, la más profundamente alojada y más antigua en el ser humano, responsable de la territorialidad, el sexo, el combate, la huida y los actos más instintivos se está desarrollando de forma incontrolada. Expulsando con una fuerte compresión por los agujeros naturales del cuerpo la capa más externa del cerebro, la neocortical (la que se encarga de las operaciones más complejas matemáticas, lingüísticas, creativas, abstractas). Y proseguirá aumentando de tamaño para eliminar el cerebro límbico (el que básicamente es responsable de las emociones como amor, cariño, enemistad, miedo), la segunda parte más profunda y así hasta que no quede nada de humanidad en él. Tal vez el cerebro reptiliano llegue a expandirse hasta salir por la boca, las orejas y la nariz; entonces será el fin.

La destrucción del cerebro está creando presiones, rompiendo tramas sinápticas, desvirtuándolas. Y con ello crea fenómenos temporales inexplicables; como su propio sueño: el conocimiento de lo que está sufriendo traducido con todos los datos almacenados a lo largo de su vida, tal vez de breves lecturas, de las clases en sus tiempos de estudiantes. Todo sirve, todo queda y quedó registrado.

Tal vez le queda poco tiempo para razonar con coherencia, tal vez muera en cualquier momento, tal vez se convierta en un simple animal…

Un niño se acerca a él ha salido entre los espejismos que el sol provoca. Sus brazos son delgados y negros, y de sus hombros se extienden unas alas queratinosas. Es un cruce de niño y cucaracha. El sol arranca algún destello metálico de sus brazos marrones, su boca se mueve continuamente, nerviosa. Tomás está inmóvil, su cerebro reptiliano espera sin miedo, no siente asco.

El pequeño se ha acercado hasta casi pegar su rostro con el suyo, sus pequeños ojos negros lo observan con curiosidad, una de sus patas se posa en su cabeza y la lengua lame la herida de su cara dejando una baba espesa.

Tomás actúa rápido y mete los dedos pulgares en los ojos del niño reventándolos. Parte sus brazos delgados que se resquebrajan como un plástico rígido. Dobla su cabeza empujándola hacia atrás, a pesar de que la pata que tiene en su cabeza, intenta evitar ese mortal empuje. A pesar de las lágrimas de miedo que brotan de la cucaracha humana.

Lo que debe hacer es atacar, es ineludible la orden instintiva.

El pequeño niño insecto muere con una lucha pasiva y en silencio, reconociendo lo inevitable de su muerte y debilidad.

Tomás despierta del sueño. Es un avance de lo que se está convirtiendo: un animal sin miedo que solo existe para sobrevivir a otros, que no pretende dejar más huella que su genética en una hembra de su especie. Libre de cualquier precepto y concepto de moralidad y amor.

Comer, beber, dormir, atacar, huir, follar…

Se incorpora, el sol ha avanzado retirando la protectora sombra de la mimosa, sus piernas están ardiendo por los rayos que caen a plomo. Vomita. El dolor ha irrumpido como una tromba en su sistema nervioso, el pómulo roto es un erizo que se mueve bajo la piel rasgándolo todo.

De su nariz cuelgan dos trozos de cerebro que resbalan hasta quedar enganchados en la camisa. En el suelo hay una buena porción que ha vomitado. Es suyo, lo toma y se lo come junto con la arena y la suciedad que se ha pegado en esa materia gris.

Se alegra de no haber defecado, hubiera sido un poco más repugnante. Ser un animal está bien cuando se ha perdido la conciencia de ser humano porque los animales tienen unos hábitos repugnantes. No le gustaría encontrarse haciendo bolas de mierda y llevarlas rodando por la calle.

Casi trotando va en busca una farmacia para aliviar el dolor del rostro fracturado. Tras de sí deja el cadáver de un niño de tres años y su abuelo también con el cuello roto.

Ha recorrido casi un kilómetro, encuentra una farmacia en la que habitualmente compra; pero está cerrada. Una nota de la federación farmacéutica expuesta en un pequeño tablón de anuncios dice que cinco calles más adelante hay una farmacia que cumple servicio ininterrumpido de veinticuatro horas. Observa su reflejo en el cristal, la parte izquierda de su cara está amoratada, tan hinchada que la presión de los tejidos no solo le ha cerrado el ojo, sino que amenaza con aplastárselo, hay sangre seca allá donde el cenicero impactó. Sus labios están resecos y cortados, la nariz sucia de sangre. Y su camisa está salpicada de vómito y cerebro.

— Pues prácticamente ya me ha pasado todo, no puedo sufrir más. He cubierto todo el espectro del dolor.

No sabe bien de donde sale el humor; pero le gusta. Es mejor que sentirse aterrorizado y asqueado de si mismo.

CLIC

Intenta abrir la puerta de cristal de la farmacia; pero está cerrada desde dentro, ha llegado de algún modo hasta aquí, de alguna forma que no le preocupa.

Presiona el pulsador del timbre.

— Buenas tardes. ¿Qué desea? —el farmacéutico le habla a través del interfono desde algún lugar del almacén.

—Me duele mucho la cara, así que no puedo ser amable, no me apetece darte las buenas tardes. No tengo ganas de sonreír, al menos por alegría. Sí por sadismo, cosa que no es muy edificante. Si pudiera te arrancaría las cuerdas vocales por hacerme esperar aquí fuera con este calor mientras tú estás fresquito ahí dentro —no sabe bien si lo ha pronunciado o lo ha pensado —. Necesito un analgésico fuerte.

El farmacéutico aparece tras el mostrador, lo observa con atención y retira la mano del pulsador de apertura de la puerta.

—Debería ir al médico, esa cara está muy mal y con analgésicos no va a conseguir nada.

—Sí, lo sé; pero mientras llego a Urgencias, necesito aplacar este dolor.

Al farmacéutico no le gusta la cara de ese hombre, no le gusta lo sucio que está, y le inspira desconfianza, miedo más concretamente.

—No se preocupe, llamo ahora mismo a una ambulancia para que lo trasladen, es un trauma grave el de su mejilla —ha tomado el teléfono y está marcando el número de la guardia urbana.

Tomás observa al dependiente hablar por teléfono, la ira crea una presión dolorosa en su cabeza. Cierra el ojo con fuerza y la puerta de cristal estalla, el hombre corre hacia el almacén y se encierra dentro con el teléfono. También revienta esa puerta con un ruido sordo creando una tormenta de astillas de madera. Tomás entra en el almacén y el dependiente deja caer al suelo el teléfono.

—Dame mi analgésico, el más fuerte, el mejor —pronuncia lentamente, para evitar más dolor en los huesos fracturados.

El farmacéutico toma de una estantería una caja de valium y de un cajón una de diclofenaco. Se las muestra a Tomás con las manos temblorosas para que las coja, observando un moco gris que sale por sus orejas. Tomás se toca con los dedos el oído derecho para ver lo que llama la atención del hombre.

—Es cerebro, nada de porquería, ni infección. Sesos limpios y puros —se lleva la mano a la boca y lame lo que hay entre sus dedos.

Tomás coge los medicamentos que el hombre le ofrece e intenta elevarlo con la fuerza de su pensamiento para partirle la espalda estrellándolo contra la pared; pero ya no funciona, ya no hay telequinesia, se ha debido quedar enmarañada entre los trozos de sesos que le han salido por las orejas.

El tamaño de su cerebro reptiliano es ya muy considerable: casi dos terceras partes del cerebro.

Siente la perentoria necesidad de atacar, de combatir contra ese macho. Le golpea la cara con los puños cerrados, lo derriba y en el suelo le da patadas en la cara y la cabeza hasta que deja de moverse.

Se saca el pene y orina en el cuerpo.

Luego, ya más calmado se traga dos píldoras de cada caja.

Cuando se dirige de nuevo a la calle, escucha un gemido femenino que llega desde el fondo del almacén. Una mujer con bata blanca abierta y una combinación negra de lencería, está estirada sobre un montón de bolsas de basura negras. Por ellas se mueven las ratas y una hiena se ríe devorando una.

La mujer se acaricia el monte de Venus y se retuerce de placer.

—Tu cerebro está podrido, como mi coño —habla en un susurro, excitada, al tiempo que baja la braguita y se abre de piernas—. No duele. Lo podrido solo huele mal, no hay dolor en lo que no hay vida.

Tomás piensa que tiene razón, es cierto. Debe llevar tiempo en esto de la podredumbre. Siente ganas de anotarlo en algún papel para soltarlo en alguna conferencia.

La mujer defeca encima de un gusano y de su vagina cae algo resbaladizo y sanguinolento. Hay dos pequeños pies de bebé y una pequeña cabeza de cordero entre toda esa masa de gelatina sangrienta y carne. La hiena le arranca un pecho a la mujer y ésta ríe.

—¿Ves como tengo razón? No hay dolor. Saca tu picha y deja que la hiena coma, no duele, ya no necesitas pene, no tienes nada que reproducir de ti.

Tomás la mira con cierto escepticismo. No tiene ningún tipo de curiosidad por saber si es cierto lo que dice la puta loca, sin embargo se saca el pene para masturbarse. Lo que más le excita es que a pesar de que la hiena le está arrancando jirones de carne de la cara y el cuero cabelludo, no cesa de gemir de placer metiendo y sacando de la vagina una lata oxidada de espárragos.

La sirena de un coche patrulla de la policía se aproxima, aunque con las orejas taponadas con su propio cerebro no es capaz de oírla.

El dolor se ha convertido en un murmullo suave, se retira lentamente de su cara. Su pene está duro; pero la farmacéutica sexiguarra ha desaparecido. El cadáver del hombre sigue ahí, vaciándose de sangre por la boca y la nariz reventadas.

Huir. Es hora de marchar, puede oler el peligro.

Al salir a la calle, una arcada lo dobla y vuelve a vomitar. El cerebro ahora no es gris, es blanco. No hay rugosidad.

No entiende nada, solo tiene miedo y debe correr.

La policía llega a la farmacia cuando Tomás ha girado a la derecha por la siguiente calle. Le asusta el rugido de la sirena, y en su mente se dibujan formas borrosas de animales que lo acosan y acechan para comérselo. Ha de correr, ha de huir.

La sirena va perdiendo potencia a medida que se aleja. Al cabo de unos minutos ha cesado el ruido y su miedo se tranquiliza. Ya no piensa, solo atiende a su respiración fatigosa y las piernas doloridas. Al llegar a un estacionamiento público, se oculta tras el maletero de un coche que le da sombra y protección.

Se adormece, se estira en el suelo encogiendo las piernas contra su vientre y las manos bajo la cabeza, se estremece de vez en cuando; pero no sueña.

Dos agentes de policía, pistola en mano, están buscando en el estacionamiento, en silencio. Hay varios coches patrullas situados en cada esquina de la manzana. En las ventanas y balcones de los edificios que rodean el aparcamiento hay multitud de gente observando, guiando con sus dedos extendidos en silencio a los policías hacia donde se encuentra Tomás.

Los policías lo descubren tras el coche y uno de ellos habla por radio para comunicar que lo han encontrado. De los coches patrullas salen cuatro agentes presurosos para apoyar a sus compañeros.

—¡Eh, tú! ¡En pie! —le grita el agente a un metro de distancia.

Tomás se despierta, y su único ojo enfoca una figura negra, le transmite sensación de peligro. Su cerebro dicta: ataca.

Con un grito se lanza hacia la figura; pero no llega, una patada en el costado izquierdo le roba el aire de los pulmones y lo devuelve al suelo. Su rostro fracturado impacta contra una piedra. Un fogonazo de luz lo lleva a la inconsciencia.

CLIC-CLIC-CRAC

Tomás se despierta cada mañana en una celda blanca acolchada, defeca y orina en el suelo, come y recibe la visita de una figura blanca que no es amenazadora, que le tranquiliza con palabras y un pinchazo en el brazo. También se ha acostumbrado a que lo bañen con agua, ya no tiene miedo.

Su cabello está blanco y sus huesos artríticos le duelen. Sus articulaciones se han desgastado por la vejez y se lame las rodillas y los dedos retorcidos continuamente. Cuando cree que es necesario grita hasta quedar extenuado.

Muere anciano en el mismo rincón donde duerme, con las nalgas sucias de excrementos, con la piel blanca por treinta y dos años sin sentir el sol ni la libertad.

Cosa que hace tiempo que no le importaba, sinceramente.

Iconoclasta

La confusión es un arrebato. Es el preámbulo de algún fin.

Una cortina de humo que crean algunos para no enfrentarse a la verdad.

No hay detalles anodinos, no hay azar. Follar no es una cuestión aleatoria, es una decisión. Cuando el amante folla con un extraño, no es accidente, no es un tropiezo.

Crean su propia indecisión como una esperanza: “No es así, son casualidades; no puede ser… Debo estar deprimido. Me ama y amo”.

Es un velo que apenas puede ocultar un fin doloroso.

Los amores siempre duelen al romperse; aunque ya no se les pueda llamar amor.

Duele el tiempo que se ha dedicado a amar, todo ese esfuerzo… Los sueños compartidos que apenas han conseguido materializarse.

Bastan cinco segundos (¿o son minutos? el tiempo es extraño, demasiado largo) para adquirir la certeza de que la confusión es solo la agonía del amor.

Para algunos basta entonces una milésima de segundo para entender certeramente cada gesto, cada palabra que queda retenida entre los labios. Y todo es tan claro que la verdad se convierte en descanso. El fin de la agonía.

Entierran todo ese confuso amor en algún rincón de la cabeza para evitar la vergüenza del fracaso y el tiempo perdido. Si hay valentía, porque no es habitual abandonar lo que un día se amó antes de que el pensamiento se haya convertido en una masa ingente de porquería. Pero para esto hay que nacer.

Los confusos llegan a morir sin querer ver la realidad.

El cuerpo les responde con sueño (¿depresión lo llaman?) porque es la forma de anestesiar la frustración. El sueño nos esconde de la desoladora certeza, confunde la realidad: el engaño, el error, el hastío. Es mejor soñar para el cobarde; porque es huida, un escape, una droga que da paz. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que cuando el amante siente tremendos deseos de dormir, es porque está perdido en su cobardía, en su pretendida “confusión”.

A la larga el sueño cura; pero es vida malgastada. Es mejor puro caballo en vena, por lo menos la vida acaba dulcemente dejando una piel marchita y tóxica. Es más digno que una piel triste y sin tono.

Tras la confusión, si el cobarde sobrevive, llega la verdad y con ella el insomnio.

Es mejor cargarse de café y tabaco y pasar toda la gama de vergüenzas y desengaños lo antes posible. Cosa que el confuso no hará jamás. Llorará y rezará porque no sea verdad lo que está ocurriendo a su alrededor y dentro de él.

La verdad nunca debe pronunciarse porque es increíble, nadie desea aceptarla aunque la haya exigido.

Decir la verdad, pronunciarla en voz alta es un desgaste que no conduce a nada, porque el mal está hecho.

Sin embargo, es inevitable herir y herirse.

Insisten en sentirse confusos, en el auto engaño.

“Son cosas por las que hay que pasar si se decide vivir con pasión”. Y una mierda, es un pensamiento de consuelo idiota.

Deberían estar anatemizadas las fotos felices. O se deberían hacer fotos en los momentos más tristes para no engañarse cuando el tiempo pasa. Mantener vivas la vergüenza y la derrota.

Tendemos a idealizar los recuerdos y no es bueno. Hay que enterrar las ilusiones erróneas con paletadas de verdad.

Si amar es difícil, desamar es un canto a la desesperación.

Y la experiencia solo ayuda cuando insensibiliza.

La muerte es una buena opción cuando la confusión dura más tiempo del recomendable. El suicidio o el asesinato son un fin justo para los confusos: los cobardes.

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Las estrellas parpadean, desaparecen y en su lugar brilla otra con nueva intensidad y tonalidad. Tal vez sean las nubes que se desplazan. Jirones de nubes y gases venenosos en el espacio.

El cielo es caótico a sus ojos.

Se lleva la mano al cuello porque le duele. Mirar el firmamento nocturno aporta analgesia. Le calma a pesar de todo.

No sabe de estrellas, para él se agrupan de forma caótica. Tras un rato de observar la aglutinación de astros, llega a la conclusión de que el universo y él tienen algo en común: la confusión.

Son confusas las estrellas como confuso lo es su pensamiento. Cada estrella es un átomo, un detalle. Y cada una de sus emociones y recuerdos también son átomos de esperanza, amor, fracaso y dolor. Millonésimas partes de un todo que no se deja visualizar completamente.

Quisiera cerrar los ojos y dormir, descansar de tanta confusión. Tanta incertidumbre. Tiene sueño y el cuello palpita con un dolor sordo.

Podría mirar hacia adentro y observar todo el conjunto en lugar de tomar detalles sueltos; pero prefiere seguir confundido, no quiere certezas. Mientras hay confusión hay esperanza.

Mientras hay sangre el corazón bombea y mientras hay oxígeno, los astronautas respiran en su nave rumbo a ninguna parte, a cualquier punto de ese piojoso y caótico universo.

Él no se mueve, no avanza está confuso y atado a ese caos de su mente.

Dicen que hay que ver las estrellas a una buena distancia. Hay galaxias de una belleza inhumana que si se observan demasiado lejos no son más que un cúmulo de puntos. Si se ve demasiado cerca, ves piedras; pero a la distancia adecuada, puede ser un Ojo de Dios o la cabeza de Pegaso.

Él no es el cielo y tiene el cuello dolorido. El firmamento no siente dolor, no está enfermo ni sangra. Solo es colosal y tal vez su propia medida lo haga sentirse comprimido, demasiado lleno. Demasiadas estrellas…

Es natural, ser poderoso no es todo ventajas y felicidad.

A él le bastaría mirarse en un simple espejo y podría observar lo que fue, lo que es y lo que será. Si tuviera valor de hacerlo.

El cielo es confuso por su naturaleza infinita. Y no es que sea confusión, es simplemente que ni el mismo universo puede abarcarse a si mismo.

Él está confuso por miedo, como muchos de los que están enamorados de alguien que ya no les corresponde.

El cielo y él no se parecen en nada. No se puede aplicar cobardía al firmamento y él es cobarde de un modo patológico. Ni siquiera es complicado, es un hombre vulgar con sus dos brazos, dos piernas y una cabeza.

Un detalle fuera de lugar no es confusión. Una sonrisa que nada tiene que ver con él, un llanto fuera de lugar, largos silencios, penas inexplicables. El olor de una colonia extraña en su piel. Eso no es confusión, son certezas.

Apesta ese amor, no debería haber dudas.

Es hora de abandonar el barco, es hora de afrontar lo inevitable.

Le falta valor para reconocer que el amor es un polluelo que se muere de frío y hambre abandonado por dos en un nido de espinas.

Ella es valiente y no permite que haya confusión; está cansada de su esperanza sin sentido. Le cuenta la verdad cientos de veces: ya no lo quiere, hace tiempo que no lo soporta.

Él responde que se puede arreglar, que no todo está perdido. Insiste en sentirse confuso: si folló con otro, es porque algo no hizo bien. El cobarde asume culpas para no quedarse solo, no tiene dignidad. No quiere reconocer que ya no es amado.

Busca razones y formas de arreglar el desgarro; pero ahora mira cobarde al cielo nocturno buscando un compañero de frustración y soledad.

Sangra y está confundido…

Ni tan siquiera el profundo corte del cuello, le arranca de su cobardía.

La cortina de humo que es la pretendida confusión no se deshace en jirones como el humo. Hay que cortarla y ella es más valiente que él. No solo dejó de quererlo, ahora siente aburrimiento de estar cerca de su cuerpo, sin rozarlo.

No puede soportar más esa vacilación cobarde, y tras haberle dado un gran tajo en el lado izquierdo del cuello, ha tirado el cuchillo al suelo. Cierra la puerta del salón porque no quiere escucharlo más. Él camina tambaleándose por el jardín para desangrarse de su confusión en la hamaca mirando al cielo.

Y envía un mensaje a quien ama de verdad: te extraño, te necesito ya. Espera unos segundos casi con impaciencia, acunando el teléfono en sus manos como si fuera un amuleto de amor. Su hombre, el que ama, le responde que la espera. Que se encontrarán en unos minutos.

La confusión y el cobarde morirán en el jardín, no le importa el cadáver, no importa si un día lo amó. Solo mantiene el teléfono en sus manos esperando que su amor le envíe un mensaje.

Ha sido clara y directa y cuando las palabras no bastan, hay que matar.

Él siente frío por la ausencia de sangre y porque a la hora de morir la verdad se extiende como una sábana al sol de un fulguroso blanco. Un blanco frío como el hielo.

Ella sale de casa sin un solo asomo de dudas para encontrarse con quien ama. El pasaporte y la maleta son sólidos en sus manos: certezas, verdades y realidades. No hay confusión.

Solo queda un cobarde amortajado por la verdad en el jardín.

Iconoclasta

Soy un hombre rencoroso y descontento con el mundo. Tengo una angustia interior que crea una presión espantosa y necesito liberarla.

Aún me asiste el control y el cinismo para reír y parecer cortés en lugar de vomitar mi hígado podrido sobre la faz de la humanidad.

Necesito un solo motivo, tener la suerte que algunos tienen para hacer pedazos a alguien con la total satisfacción de haber cometido una buena obra. Es mentira, me da igual que sea una buena o mala acción. Solo quiero denigrar y destruir a alguien, a ser posible, lo que personifique lo más sagrado.

Una mala madre me hubiera servido de entrenador para desfogar toda esta ira.

Quiero una madre como esa, como “eso”.

Esa madre repugnante que hirió con un cuchillo a su propia madre loca.

Madre lo es una rata, no es algo tan divino la maternidad. Que no se crean algunas que por haber rasgado su coño para parir, son santas.

Yo hubiera querido una madre como esa para tener a alguien cercano a quien escupir y sentirme mejor.

Esta ira que me pudre en vida busca un motivo…

“¿Sudas maltratando a tu madre, mamá?”. Le diría arrancando mis profundos mocos de la garganta.

Daría lo que fuera por haber tenido una madre como esa que dice: “Aguanta. Es tu marido y el padre de tus hijos”, cuando llega la hija con la cara reventada a puñetazos y la sangre de su coño violado y reventado bajando por las piernas como dos ríos indecentes.

Necesitaría eso, un motivo para bajarle las bragas y destrozarle las nalgas con el cinturón, hasta que le sangrara el culo como mana la sangre de la nariz partida y el coño forzado de su hija.

No he tenido suerte, no tengo una madre así, que junto con su otra hija, hagan pasar hambre y necesidad a mi padre. Que le roben todo porque él es más viejo e indefenso.

Yo quiero una madre puta así, a la que poder pegar todas las palizas que me apetezca y cuando me apetezca. Dar rienda suelta a toda esta violencia que tengo reprimida. Yo no quiero una madre buena; quiero una rata como esa.

Mi ira es un cáncer que me amarga la vida.

Ojalá mi madre lo hiciera: follarse al hombre que ha violado y maltratado a su hija. Quisiera encontrarla mamándole la polla al hijoputa y con una vara fina arrancarle la piel de la espalda mientras se bebe el semen de ese cabrón.

“Madre puta… La cerda del vecino también ha parido, no eres para tanto”.

Quisiera una madre que no me deja libertad para follar con quien quiero y meterle mis condones usados en la boca mientras come su mierda de sopa.

Quiero una puta madre como esa que miente diciendo que su hija maltrata a sus nietos. Miente para arrebatárselos y criarlos con el puerco que violó y maltrató a su hija. El mismo que le mete esa polla pequeña en su vagina estéril y fría.

Yo quiero una madre así a la que poder hacer rodar a patadas hasta romperle todos los huesos, porque tengo tanta ira en mi sangre, que necesito cometer actos de crueldad que ni siquiera están legislados.

Ojalá mi madre mintiera, me despreciara y diera cobijo a mi asesino. La mataría a golpes, la escupiría, me orinaría en sus ubres secas y viejas.

Y saldría a la calle más tranquilo y desahogado.

Si mi madre fuera como esa, cuando muriera celebraría un fastuoso festín y su foto quemaría en una tarta de cumple-muerte.

No he tenido suerte, no puedo desahogarme.

Solo me queda soñar con una madre como esa, a la que darle una bofetada cuando les arrebata los juguetes a sus nietos para que no puedan jugar, porque es su capricho.

No soy un hombre con suerte, y tengo que tragar toda mi hostilidad en sorbos amargos día a día, sin encontrar a una mala persona a la que destrozar.

Y así, sufro de envidia cuando hay gente que disfruta de tener una madre cerda, a la que un día ir a visitar para arrancarle la piel a tiras.

Un sparring que me ayude a desfogar esta hostilidad y que me dé algo de paz en vida.

Envidio tanto a quien tiene una madre así…

Mierda.

Iconoclasta

Es un cuerpo grande y fofo, parece mentira que en algún momento alguna mujer quisiera estar con “eso” a su lado.

Hace apenas un segundo que ha muerto y el cadáver conserva su color y su temperatura, incluso el tono muscular debido a la tremenda tensión de una muerte por fallo respiratorio, una apnea no superada.

Algo que sabía que ocurriría tarde o temprano, no por producto de un arte adivinatorio, sino por simple experiencia. Llevaba mucho tiempo despertando en plena noche por falta de aire. Boqueando, con el corazón acelerado.

Los cadáveres jamás se confunden con una persona durmiendo, pesan demasiado aunque haga unos milisegundos que están muertos, se comprimen a si mismos por su propio peso. Los abdominales ceden, se quedan átonos y aflora una infecta barriga en los torsos más atléticos. Hay curvas de la felicidad y hay curvas de la muerte.

La muerte es un embarazo no deseado o alguna broma de mal gusto.

Los muertos ponen los pelos de punta. No sé si debe a un olor o a al silencio del pensamiento, es algo escandaloso cuando una cabeza no piensa.

El cadáver es como el reflejo de uno mismo en el espejo, cuanto más lo miras, más lo desconoces, más feo es.

Es extraño. Pensé que morir sería menos humillante y más aburrido. Es una puta mierda en bote morir. Es una cochinada quedarse aquí flotando ante tu cadáver sin que nadie te lleve a algún lado. Tantos años de experiencia y cuando llega el momento decisivo, no sabes qué coño hacer más que sentir cierta vergüenza de los kilos de carne que han quedado ahí tirados.

Ella duerme, no se ha dado cuenta de que el cuerpo está muerto.

Ojalá pudiera avisarla antes de que despierte por el frío que desprenderá dentro de poco mi cadáver.

No me siento muerto, solo me siento inútil, inválido. Soy una niebla que no se mueve, ni tiene visión periférica.

De mi esposa solo veo el hombro izquierdo y un poco de su cabello. Cuando se mueve, alcanzo a ver la oreja.

Hay quien se merece despertar con un muerto al lado; pero ella no, no es una buena forma de empezar el día o interrumpir la noche. Es una cabronada.

Si lo hubiera imaginado, me habría salido a dormir al jardín. Odio que sufra, la amo aún muerto. Cosa que sabía que ocurriría; cuando digo que amo, ni la muerte me puede detener.

Ver el propio cadáver no tiene gracia alguna. Es ver carne decadente, músculos sin lustre por muy joven que mueras, carne por peso… Si tuviera estómago vomitaría.

Y te preguntas como ha sido posible vivir todo ese tiempo (minutos o años) encerrado en esos kilos de carne.

Hace un parpadeo he creído que me estallaban los ojos y me he encontrado aquí flotando, escupido como una flema. El segundero aún no se ha movido, está a medio camino entre el minuto doce y trece. Hace horas que son las tres y dieciocho de la madrugada.

Ahora sí que estoy jodido, porque no sé como coño me voy a suicidar, soy cortina, soy cama, soy aire y soy los dígitos del reloj. No puedo dañarme con nada. O eso creo.

¿Y cuándo podré quitar la mirada de mi cuerpo muerto? Me da vergüenza ver lo que era. Ojalá no hubiera tenido esa costumbre de dormir desnudo. Que alguien me vea en ese estado no me molesta, me molesta ser yo quien lo contemple.

Cuando el corazón bombea hay un mejor color de la piel y la carne se mantiene firme, eso está claro. Son detalles en los que uno no piensa cuando sopesa la muerte.

Y los detalles son importantes para tener cierta dignidad.

Me doy cuenta de que la carne es demasiado débil. El cadáver, lo único palpable que queda de mí jamás sobrevivirá al paso del tiempo. Y por lo que ahora veo, ser un alma es lo mismo que un espectador en un cine. Nada más. Cuando eres energía, dejas de causar modificaciones en el entorno. Lo noto, soy todo y no soy nada, solo soy un pensamiento transparente.

No jodas que ahora me espera una eternidad así…

¿Tendré que esperar mucho tiempo aquí ingrávido e inmóvil? No quiero ver como mi esposa se despierta, no quiero ver todo ese drama.

Me disgusta la nariz, la forma en la que se ha deformado al hincharse.

¿Yo no era de perfil rectilíneo?

Yo no tenía ningún valor como carne, no era atractivo, no decoraba.

No tenía apenas importancia.

Ahora se hace tremendamente obvio. Sin alma, no existe ningún tipo de atractivo.

No entiendo porque me empeñé en luchar y vivir.

Desde esta perspectiva solo sé que me he equivocado, no debería haber vivido tanto tiempo, el suicidio fue la mejor opción a los veinte años.

Qué mierda… Estuve a punto de tragarme aquel montón de anfetas…

Lo más hermoso es que no estoy sujeto a las respuestas orgánicas de ese cuerpo gordo que habitaba. Cuando pienso en todas las malas cosas ocurridas no siento vacío en el estómago, no hay una reacción de angustia

Soy un superhombre.

Hay una cosa que me resulta obscena: yo tenía una polla más gorda y mis testículos no parecían hernias.

El pene casi ha desaparecido.

Me veo como un cerdo antes del despiece.

Qué asco.

—No te preocupes, hay cosas que hacer. Ahora has de adaptarte. Puedes mirar donde quieras, tarde o temprano te darás cuenta de que no hay ojos, de que eres todo. Puedes moverte, imagina que mueves el aire, imagina un camino, imagina que tienes piernas para empezar. Y te moverás.

Tal vez tenga razón el aire que habla, así que imagino que tengo cuello y lo giro.

Espectacular.

Ahora puedo observar el armario y el cinturón que tantas veces buscaba caído entre unas bolsas de colchas.

Imagino que tengo boca y hablo.

— ¿Y ahora simplemente flotamos?

—Bueno, tampoco es tan malo. Después de una vida soportando, no está mal ser espectador.

— ¿Así va a ser siempre?

—Hay tiempos y lugares donde ir, es entretenido.

Me quedo pensativo, como un niño deficiente que intenta asimilar una lección sencilla.

Interrumpe mi profunda idiotez de nuevo:

— Fíjate en el cuerpo de tu esposa, su alma está a flor de piel, siempre intentando desprenderse. Ahora somos libres. Cuando el cuerpo muere esa fina capa de energía que con los años gana en espesor se desprende, queda libre.

El cuerpo de mi esposa está perfilado por una especie de fosforescencia blanca, muy sutil, apenas medio milímetro sobresale por encima de la piel. Hay que estar muerto para ver estas cosas. Queda un pequeño rastro del alma durante un tiempo en las cosas. Ha movido el brazo que tenía a lo largo de su costado para llevarlo bajo su mejilla, en la sábana queda una estela que se desvanece lentamente, un remanente de luz.

— ¿Quién eres?

—Imagina que soy otra luz que se desprendió de su cuerpo hace muchos años y escucha.

—No quiero estar aquí cuando ella despierte, no quiero más dolor.

—No tienes nervios, no tienes cerebro. No puedes sentir dolor, solo puedes observar y emocionarte si lo deseas. El premio de morir es no sentir dolor, ni miedo, ni dudas. Solo nos asombramos, solo saciamos curiosidad. Somos tiempo y luz. Tú eliges cómo y cuándo. Los hay que observan el dolor, es una opción, no hace daño. Lo que quieras, cuando quieras.

— ¿Podré volver a un cuerpo un día?

— Nadie quiere volver a tener cuerpo, hay mundos que disfrutar. El amor es una de esas frecuencias de lo que somos junto con el odio y la alegría y el rencor. No hay necesidad de nada disfrutamos las cosas.

— ¿Entonces por qué siento asco de mí y pena por mi esposa?

— Estás en el umbral de la vida y la muerte, deja que pase un segundo más y la pena desaparecerá. A ellos les espera un final como el tuyo, la libertad. No hay que sentir pena por nadie.

—Quiero decirle que la amo, que no tema.

—Rózala, acaríciala.

— ¿Puedo hacer eso?

— La puedes envolver contigo, con tu ser. Puedes hacer lo que quieras, no hay límites porque por fin has escapado de la piel que a veces duele. Los hay que envuelven orgasmos porque hay una satisfacción a nivel emocional. Cada alma es distinta, tiene sus gustos. Somos distintos códigos de luz, de fotones. Infinitos como el universo. Nos hacemos inocentes y las cosas nos asombran, las disfrutamos sea cual sea el resultado para los vivos. Te sentirás bien con cada cosa que hagas. Los enclaustrados nunca serán conscientes de nosotros, sentirán emociones, vagos recuerdos, algún escalofrío. Es todo el contacto, posible. Interactuamos con emociones, porque somos emociones; pero no podemos fumar.

— ¿Y dónde está lo malo?

—Lo malo se pudrirá, en un ataúd, o lo quemarán. Tu cuerpo era la incubadora, su función ha sido alimentar el alma, darle el espesor suficiente y morir para liberarla cuando ya se tiene una potente energía.

— No me jodas que todo es tan perfecto.

— Sí te jodo. Somos los inspiradores del amor, del asesinato, de la guerra, la paz y las artes. Nuestro roce continuo entre los vivos provoca esas cosas. Las guerras son fascinantes… En dos segundos más, a lo sumo tres, ya no recordarás lo que es el dolor físico, como si nunca lo hubieras padecido. Y eso te desinhibirá a la hora de elegir nuestra forma de interactuar con los vivos. No hay dolor, somos puros. No hay aburrimiento, puedes viajar por el universo, es infinito. Tan infinito que todas las almas, los trillones de almas, no se encuentran en el cosmos más que cada tres mil años. Puedes meterte en los poros de la piel de quien elijas y navegar por su organismo. Puedes crear un cáncer o curarlo.

— ¿Y si la cosa no va bien y quiero morir?

— No lo entiendes. Harás exactamente lo que tú quieras, no tendrá consecuencias para ti, simplemente satisfará curiosidad y harás sentir una leve corriente eléctrica en alguien si se diera el caso. Es bueno, cuanto más excitas las almas enganchadas al cuerpo, más espesor adquieren. Nada sale mal en esta dimensión.

— ¿Y tú eres el Gran Maestro de las Almas?

— Yo soy tú. Soy una explicación lógica. Soy el instinto que te dice lo que eres, y que será. No hay amigos, las almas no necesitan compañía. No hay agrupaciones. y sin embargo serás con quieras, con quien elijas. Cuando el segundero cambie, lo sabrás todo y tú y yo seremos la misma voz. Adiós.

—No jodas que ahora algo se autodestruirá en diez segundos.

No hay respuesta, me he quedado solo, el segundero digital a cambiado a trece por fin.

Me muevo, observo, no hay pena, no hay dolor.

Mi esposa da la vuelta en la cama y lleva la mano al pecho muerto acariciándolo como siempre. Mi cuerpo no le da respuesta e insiste. Algo raro nota, enciende la luz de la mesita. Estoy demasiado blanco. Se lleva las manos a la boca para ahogar un gemido sin lograrlo.

La envuelvo, y ahora su gemido se convierte en un llanto más sereno. Sus lágrimas me bañan suavemente y el dolor tiene una frecuencia que me gusta.

Es un bello momento el del dolor. Yo mismo tenía razón.

Su alma se enreda con la mía, y el amor puro parece envolverme, o soy yo. Su piel se ha erizado con un escalofrío.

Besa los labios del cadáver y toma el teléfono, habla con un hospital y pide una ambulancia. Cree que estoy muerto.

Su alma parece querer escapar de su cuerpo, se tensa y en algunos puntos de las articulaciones parece desprenderse. Está pensando en el suicidio.

Soy calma y le doy serenidad, me fundo en ella por una eternidad.

—Quédate o llévame contigo —me dice su alma.

—No es tu tiempo amor, todo irá bien. Morir es lo que buscamos, es lo que necesitamos. Lo entenderás, cielo.

Me desprendo de ella, y me voy al pasado, siguiendo la luz que desprendí y que ahora viaja por el espacio. Me mezclo con el dolor y la alegría, con la compañía y la soledad. Con el amor y el odio.

Disfrutando, asombrándome ante el espectáculo de la vida. Provoco el cáncer en en hombres y mujeres al alterar su organismo, es solo curiosidad. A veces un niño muere en el vientre de su madre. Es hermoso morir…

Otros se curan.

He visto nacer la vida en un planeta por el estallido de una estrella cercana. Y he sido explosión y dios. Soy parte de la vida creada. La célula se ha multiplicado. En poco tiempo habrán seres matándose y amándose. Almas inseguras enganchadas a las pieles con el único fin de hacerse fuertes y por fin ser libres.

El tiempo ha pasado, sin tener conciencia de ello. Mi esposa es vieja, está mayor y a punto de morir. Su alma apenas roza ya la piel. Le dije que no la dejaría nunca, que estaría con ella. Tal vez ella no quiera estar conmigo, tal vez quiera asombrarse sola del universo. Me gustará cualquier cosa que ella decida.

Su alma se ha despegado suavemente, el sedante ha relajado su cuerpo ya anciano. Sin embargo su alma está hermosa, exultante de energía.

—Estoy contigo, mi amor, ven —le digo desde los pies de su cama en el hospital.

Su alma se despega cuando abre la boca para intentar tomar aire con unos pulmones sin fuerza y sus pupilas se dilatan desmesuradamente buscando luz.

Avanzamos veloces por el aire el uno en busca del otro.

Hay tanta luz en el universo, viajamos veloces sentados en su lomo.

Donde un día vivimos ha desaparecido. Ha estallado la Tierra escupiendo su magma incandescente al espacio, carbonizando los cuerpos.

Flotamos en el borde del precipicio abismal de un trozo de nuestro viejo planeta. Asistimos con asombro al espectáculo de la muerte y la destrucción. Más hermoso que la vida misma. Nos maravillamos ante la potencia del dolor y el miedo de los vivos. Tanta energía…

Ya no nos amamos, nos tenemos. Somos el uno y el otro, una pareja de almas que sonríen ante la vida y la muerte.

Todo era tan sencillo y tan claro. Solo era necesario vivir. Siempre hay felicidad hagas lo que hagas en vida. Siempre hay libertad.

Los cuerpos son los que dictan el dolor, los organismos envidian la libertad y la eternidad del alma que incuban. Es solo una reacción natural. No hay consuelo para los cuerpos. Nacen condenados a vivir-morir por nosotros, las almas.

Un día leerás esto y serás repentinamente alma.

Y no habrá soledad, miedo, amor, simplemente estarás y serás.

Somos, seremos, éramos, fuimos…

Pero si quieres evitarte un disgusto, procura dormir vestido o cubierto por una sábana, no es agradable lo que somos al morir; no es agradable lo que menguan los tan importantes genitales.

Mi esposa alma ríe, yo también. Le digo que tenía la polla gorda y un perfil rectilíneo.

Nos convertimos en estela alcanzando la luz del pasado, queremos ver y disfrutar si mi nariz era tan recta como pensaba. Si mi pene era tan lustroso.

Se me olvidaba: si optas por el suicidio para empezar a disfrutar cuanto antes, piensa que tu alma puede que no esté suficientemente desarrollada, podrías acabar siendo un simple fotón que apenas viajará para iluminar la lectura de este pensamiento. De este ser.

— ¿Ves como tenía razón, mi amor? Casi dieciocho. ¿Qué cojones pasó con todos esos centímetros cuando morí?

Y ríe arrastrándome al planeta Irmak habitado por penes andantes, con la única razón de humillarme. De reír juntos eternamente.

Lo elegimos así.

Iconoclasta

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Un salto al vacío

Publicado: 18 septiembre, 2012 en Reflexiones
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¿Qué te parece un salto al vacío sin soltar tu mano, sin dejar de morder tus labios? No sabemos dónde acabaremos; pero si fuera un mal lugar no importaría.

Tampoco importaría que fuera un paraíso.

Importa que tu calor se transmita por cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

Contigo no importa el lugar, mi reina.

Solo importa el tiempo que ya me corre deprisa. Y cada día hace mi piel más negra, más escamada. Me hace más tullido.

No importa el esfuerzo, ni el hambre o la sed.

Importa solo el ahora contigo.

Coge mi mano y saltemos, mi amor. Es hora de conquistar otros mundos, otros tiempos presentes. Porque para los futuros no estoy seguro de tener tiempo.

Hay cocaína con vidrio molido en un estante de la cocina para que nuestro salto sea sangriento: héroes que vuelan dejando una hemoglobínica estela en un cielo azul de mierda.

Podemos extender nuestros brazos de venas marchitas…

Clávame la jeringuilla con la esperanzadora heroína en la vena gorda que desaparece al llegar al glande.

Yo la clavaré en la arteria que surca tu pecho en una curva sinuosa que parece desaparecer bajo tu pezón.

Es urgente que saltemos en el ahora . Tú y yo, y los recuerdos deshechos.

Esperar es morir.

Es hora de conquistar otros mundos, otros ahora.

Pegaso correrá por nuestras venas creando universos fractales, caleidoscopios de tus pechos goteando mi baba.

No habrá dolor, ni soledad, ni muerte.

Solo descubrimiento. Y estaremos aferrados de las manos. No puede ocurrir nada malo.

Una gota de sangre que cae de tu nariz a mi pubis y se enreda entre el vello. Llévate mi polla a la boca. Salta, mi amor…

Este ahora lo conocemos, ya está todo descubierto. Es un marco demasiado vulgar para nosotros.

Un decorado raído.

Lo difícil pasó. El mundo se ha hecho pequeño.

Tú haces lo que me rodea minúsculo y las catedrales tornas en horizontales casas de muñecas. En tumbas sin nombre…

Tu ausencia era lo que hacía infranqueables las distancias.

Hay una pipa con cristales azules para prender y que devaste los pulmones entre sueños craquelados. No importa el color. Importa tu calor, tu presencia.

No dudes un segundo, no sueltes mi mano cuando salte al vacío y sígueme. No caeremos, estaremos, continuaremos. Seguiremos siendo.

Y por muy asolado que esté el paraje, crearemos vida que manará de tu sexo derramando mi semen.

Y ahora, soberana de mi vida, es hora de caer arriba o abajo, a izquierda o derecha.

La muerte y el dolor quedaron atrás en nuestras soledades.

Un émbolo nos lanzará al vacío, una sangre correrá venenosa y narcótica creando mundos que no es posible conocer sin el Gran Salto.

Solo es un paso y comenzaremos la vasta tarea de colonización y polinización de nuevos mundos.

Nuestra biblia es mi pene tatuado con un código de barras que dice “eres mi puta”. Tu clítoris dilatado por mi boca infame, insaciable… Tu coño ungido y pleno de mí… Somos pornógrafos evangelizadores. Apóstatas de la sociedad que nos pudre de monotonía y tradición.

Somos invencibles, lo hemos demostrado.

Solo queda romperse juntos y así unirnos más, fundirnos, mezclarnos. Ser caos entre piel, saliva y semen.

Una raya blanca directa al cerebro, como un rayo de esperma en tu monte de Venus…

Y tampoco sería doloroso. Vencimos el tormento de kilómetros de mar y tierra. Y no nos mató, nos hicimos dioses.

Vencimos.

Es hora de saltar, cielo.

Con todo el valor, con toda la pasión.

Con todo el veneno necesario para destruir toda esta puta y jodida realidad que nos han metido como una cochina puñalada.

Esnifa en mi polla la raya que nos lanzará al universo y yo clavaré en mis ojos toda la heroína necesaria para deshacer todo lo que nos rodea.

Salta al vacío conmigo, aquí no hay nada para nosotros.

Iconoclasta

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El trueno y yo

Publicado: 9 septiembre, 2012 en Reflexiones
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Me gustan tanto los truenos…

Presagian malos augurios en los cobardes cerebros humanos. Los truenos son terribles en su amenaza sonora como lo es mi silencio hostil. Somos iguales inquietando, odiando…

Despreciando.

Es mejor escuchar el molesto estruendo de una moto sierra que mi silencio o el rugido del cielo que hace recordar a la humanidad que no está a salvo.

Yo no ofrezco demasiado peligro, soy aburrido; pero prometo el más letal de mis pensamientos en mi último aliento. Cuando el corazón se me parta o mis pulmones no puedan ya coger aire, lanzaré mi último y primer pensamiento optimista: me voy, pudríos.

El trueno y yo somos iguales transmitiendo inquietudes.

El trueno tiene perdón por su naturaleza; pero mi silencio y mi desprecio son imperdonables a ojos de la bondad. Yo no tengo inocencia alguna, no soy un fenómeno atmosférico. Soy pura voluntad de rencor y aislamiento.

No existe nadie suficientemente valioso que merezca conocer mi verdadero sentir. Y si existiera semejante persona, no se merecería saber como soy, lo que soy.

Por otra parte mi voz no es elegante, conozco mis limitaciones y para hacer el ridículo, mejor estar callado.

Mi padre decía que usara la boca para comer y para respirar si me encontrara con congestión nasal. Aún no sabía que iba a deshacerme de todos los órganos fonéticos.

Le hago caso a pesar de que lleva años enterrado.

Ahora soy yo más viejo de lo que él era al morir. Mi padre es más joven que yo si existiera de alguna forma.

A lo mejor mi longevidad se debe a mi silencio.

Él hablaba más.

A veces el rayo y el trueno vienen juntos; igual seguimos pareciéndonos. El sonido de mi escupitajo a las bondades, amores y cariños rasga el aire como el relámpago y mi silencio hace el aire denso y pegajoso.

El rayo deja el olor del ozono en el aire. Mi silencio apesta a mierda.

No nos parecemos en nuestra duración, el trueno dura unos segundos con su eco. Yo duro muchos años, muchos putos años. Puede que la humanidad se haya acostumbrado a que la odie por ninguna razón en especial. Soy bueno odiando, soy pertinaz no sintiéndome bien.

No puedo sentirme bien en tierra de extraños. Soy extraño en el universo.

Exijo mi terreno, mi planeta particular.

Cuando recuerdo aquel trago de lejía bajando por mi garganta, vomito. Con la rapidez del rayo, claro. Y con un sonido líquido, lo que había en el estómago se estampa contra el suelo, como un cuadro abstracto. Fue tan doloroso y repugnante beber el cloro, que la operación para extirparme laringe, cuerdas vocales y el posterior tratamiento me supo a dulce, a chocolate.

No era un suicidio, solo quería mutilar mi capacidad para hablar, hacer mi silencio inquebrantable.

Aún así, a pesar del sabor y olor que se encajaron en mi mente como un trueno eterno, me masturbo con la mano mojada de lejía. No puedo permitirme el lujo de intentar gritar, porque todo lo que me falta en la garganta, duele. El cuerpo guarda memoria de lo que un día tuvo, y cuando es necesario utilizarlo, lanza mensajes de dolor para recordar que un día pude hablar. No importa, ya odio también mi cuerpo, mi cerebro.

El glande se empalidece al contacto con la lejía y me duele tanto… Quema tanto en la llaga ya profunda y vieja, que la eyaculación sobreviene por alguna razón de reflejo, no hay voluntad. Luego meto la polla en un vaso con agua fría y me duermo pensando que soy un trueno, un breve trueno que asusta y desaparece sin sentirse bien ni mal. Simplemente existe el tiempo que debe, no hay horas de más, no hay tiempo que hastíe.

El trueno y yo somos iguales, en esencia.

El trueno disfruta de una breve y elegante vida.

El trueno y yo no tenemos la misma longevidad

Yo me muero de pena durante años y años.

A lo mejor el trueno no sería capaz de soportar una vida tan larga. A lo mejor soy un privilegiado al ser tan fuerte, tan monumental.

Me cago en dios…

Mi polla desea ser amputada, lo sé con cada masturbación que me hago con el cloro. Mi pene está cansado de estar pegado a mí.

Que se joda, como me jodo yo.

Que se joda mi cerebro.

Que se jodan todos.

Mierda puta… El trueno y yo no nos parecemos en nada.

Es todo una gran mierda.

Iconoclasta

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Esperan un abrazo, un beso, un ánimo; pero es difícil encontrar el instante porque no abunda, aún así les gusta la vida: son los optimistas.

Hay múltiples variables para que todo salga mal. Y esperan, ansían, desean de forma incansable.

No hay mucho que decir de ellos, su vida está bien. Es lo habitual.

“Dios proveerá” acabarán diciendo si algo les falta.

Dios me tiene metida su sagrada polla en el culo.

Hay errores que son inevitables. Sorpresas que no era posible prever.

Morir es más fuerte que amar, dicen los pesimistas.

Afirmo.

Y joder es el único placer que experimentan, cuando el semen ha corrido o la vagina se ha derramado, no queda ningún mal recuerdo porque siempre suele acabar igual: con unos gemidos de placer y la respiración agitada.

El semen se enfría tan rápido… Tantos niños muertos se secan en las sábanas…

Follar es suficiente; es bueno. Mejor que vivir.

Mejor que un puto partido de fútbol.

Porque cuando las sorpresas y los errores tienen más masa que la presión atmosférica en nuestros hombros, se dan cuenta los consternados que la montaña de fallos es enorme, insalvable. Los pesimistas cuentan con muchos años a sus espaldas y saben lo que dicen.

Y así, de una forma natural, coloquial y afable se preguntan: ¿cuándo coño voy a morir?

Follar no arregla nada, solo retrasa lo inevitable.

No es que tengan prisa por morir, simplemente están desesperados y la vida no es para tanto, no vale la pena respirar tanta amargura; hace los años eternos.

La muerte es un coño húmedo y abierto, listo para penetrar, para hundirse en él.

Cuando no hay sexo, hay masturbación. Los dedos se encargan de lo que el cerebro no puede dar o suministrar: algo de placer.

Es mentira lo que dicen vuestros padres y abuelos, hacerse pajas no estropea la vista. La hace más clara y ágil.

También tienen sus recursos los pesimistas y un buen cómic para esperar a que alguna enfermedad llegue.

Morir es la salida de emergencia. Es alarmante en un principio, cuando se dan cuenta que están pensando en la muerte como solución; pero cuando esa idea ha germinado, ya se han hecho todo lo valientes que se puede ser y es imposible detenerse ante el arrebato de muerte. Y desean en silencio que algo falle en su organismo: un tumor, pulmones podridos, un corazón con una brecha…

Se callan los dolores, y deciden no ir al médico. Dicen estar bien con un esputo de sangre entre los labios. Nadie quiere seguir viviendo con ese cúmulo de errores demasiado tiempo (los optimistas sí, porque piensan que los errores tienen solución se pueden subsanar, no piensan en la vergüenza). “La vida es una mierda y luego te mueres”, es correcto, está bien expresado; pero el detalle que no revela el dicho, es que te mueres cuando has sufrido lo indecible. Te mueres cuando estás cansado de todo.

Es mejor morir feliz.

Morir de un ictus lamiendo un coño, por ejemplo, es una idea romántica; podría ser incluso optimista. No se ha de perder la esperanza de mierda.

Hay tómbolas que rifan un peluche y los idiotas se matan por conseguir un Snoopy mal hecho. Las esperanzas suelen ser banales.

Se murmuran jaculatorias al cáncer y a la infección, al coágulo que hay tras un dolor de cabeza, riñones muertos, cirrosis…

Morir es más fuerte que amar.

Es más fuerte que mi polla dura.

Cualquier tumor, cualquier hígado podrido, da menos miedo que la presión de la vida para los pesimistas. Ellos entienden de eso y saben que tras una cucharada de mierda, llega otra y otra y otra y otra…

El pene corrupto de un leproso que no sirve más que para mear, no espera nada más que se le desprenda del cuerpo.

A veces ocurren cosas buenas; pero cuando se desea la muerte, tiene más fuerza que el amor. Y por una simple cuestión de convicción y sabiduría, desean la muerte aunque estén follando. Están locos los pesimistas.

Con amor todo se supera: error.

Con el amor se comparten las miserias; pero la felicidad se va tiñendo de negro y la muerte es el verdadero amante que se busca.

Y cuando el corazón se desboca por amor, yo pesimista, pido que al mismo tiempo se infarte. Que se parta por la mitad y morir con la polla tiesa.

Se desea con más fuerza morir que amar.

Morir es insuperable, es sublime; porque te libera del tormento de amar y frustrar. Una vez el amante se ha desengañado, el amor ya no tiene fuerza alguna para mantener con vida al amante que ha defraudado.

Estas cosas pasan continuamente; pero pocos tienen la suerte de morir en el momento adecuado.

La muerte libera, más años de vida solo consiguen empeorarlo todo. Y al final la vamos a palmar; vale la pena ahorrarse unos disgustos.

El pesimista no puede permitirse el lujo de suicidarse porque es traición a los que te aman. El pesimista espera la muerte, se dice que con su mala suerte, un tumor en sus cojones hará metástasis para luego subir al cerebro. Algo así, porque si algo sabe el pesimista, es que no va a tener una vida feliz.

Lo único feliz será el final: la muerte, el descanso, el reposo del guerrero.

Morir está bien, suicidarse daña a otros. Y el pesimista ama, suele tener la desgracia de amar; es su mala suerte.

Los suicidados suelen ser cadáveres maltratados o que huelen mal. Morir entre vómitos de enfermedad tampoco es como para tirar cohetes; pero siempre dirán los optimistas: luchó como un león por la vida.

Y una mierda.

Morir es más fuerte que amar (oración agnóstica, atea y anti-vida para tipos con demasiados años, con demasiados errores que recordar).

No hay nada que relaje tanto como imaginarse muerto.

También relajan los balnearios y los baños de barro húmedo; pero no estoy de humor para ensalzar sus cualidades psico-terapeúticas.

No se puede entender el deseo o la indiferencia a la muerte hasta que la vida te ha apretado demasiado las tuercas. Y cuando eso ocurre, el organismo tiende a infectarse, pudrirse, mutar, hablamos solos…

Ser pesimista no es alegre; pero da una valentía cuasi suicida, cosa que es ética en estos tiempos.

Cuando un pesimista folla, se pregunta que otra porquería le espera tras el orgasmo. Y evocar la muerte se convierte en la sonrisa tranquila. Hay más esperanzas de morir que de vivir más tiempo. A veces los pesimistas tienen suerte, aunque no se lo crean.

Puede que a un pesimista le toque la lotería y aún así deseará morir rodeado de toda clase de comodidades. Los pesimistas no se venden por nada, cuando la vida te ha enseñado sus sucias tetas, ya no hay dinero para comprar la suficiente esperanza.

La única mamada que te apetece es la que la muerte realiza arrancándote el aire de los pulmones.

Y mientras esperamos la solución y el descanso, es bueno no dejar de fumar, no bajar jamás la guardia. Hay que inyectar todo lo malo que se pueda en el organismo para que llegue pronto la muerte.

Antes de sufrir más, si es posible.

La muerte es más fuerte que el amor.

Más fuerte que la vida misma.

Es hora de morir, no más retrasos, plis.

Iconoclasta

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Doce años presa; pero ya hace tiempo que es su voluntad, su deseo, su espera.

Su deseado tortuoso y doloroso desenlace.

Doce años de un maldito, penoso y venenoso embarazo. Es la elegida.

Mil oraciones de diez mil devotos la convencieron. La enloquecieron.

Y a veces sus dedos sin uñas estrangulan ratas que luego se mete en la boca, saboreando los miasmas de lo hediondo.

Los Oscuros Padres Dolorosos la raptaron el día de su primera y espantosa menstruación. Madre le bajó la falda, le separó las piernas, metió los dedos en su vagina y frotó la sangre entre sus dedos: era oscura como ninguna otra. Fue en busca del Padre Muerte y éste le dijo:

—Tu hija es la Elegida, su vientre será el pútrido útero de nuestro Doloroso.

—Yo me arrodillo ante ti, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores —dijo el sacerdote vestido con traje oscuro y corbata negra, arrodillándose ante ella y posando sus labios en la ensangrentada vagina.

Entre madre y padre, bajo la letanía de obscenas maldades que el sacerdote recitaba por la calle y a plena luz del día, la llevaron a la Catedral de los Despojos Humanos. Se encontraba a treinta metros bajo tierra, el colector de todas las cloacas. Le aterraba el rugido de las seis enormes cataratas de agua sucia de todas las materias que la humanidad crea, plena de excrementos, orina y el semen de los desgraciados, de todos los seres humanos que malviven en la putrefacta ciudad. Seis enormes tubos del diámetro de la altura de un hombre, arrojaban toda la inmundicia humana posible, en todas sus combinaciones. Compresas manchadas de una sangre más clara que la de su menstruación eran festín de las ratas, las predicadoras de la miseria que pregonaban en el exterior entre la basura y las casas rotas, la venida al mundo del Hijo de Todas las Penas.

Y con sus muslos manchados de sangre, entre los gritos casi enmudecidos por el hedor y el estruendo de la Catedral, agujerearon su monte de Venus apenas poblado de un vello oscuro, con botellas rotas para meter en sus entrañas tubos mugrientos que la llenaban de todas las miserias innombrables. De todos los espermas de todos los hombres, de la sangre de menstruaciones. Pus y restos de enfermos, mutilados y heridos.

Flotaban en el agua ciento un fetos roídos que comían los discípulos y creyentes durante las misas que dedicaban a su vulva púrpura de necrosis, siempre abierta ante ellos.

No murió infectada, era la elegida. La real Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

Con veinticuatro años su vagina eternamente expuesta a la mierda, es una costra oscura e insondable, la carne de sus nalgas son llagas que no curan nunca, hogar de larvas que anidan en ellas retorciéndose, canibalizándose. La piel blanca es un mapa de oscuras venas que se arraciman en los pezones para extenderse como un virus por todo el cuerpo, regando cada rincón de su organismo con infección y corrupción.

Sus dientes están podridos y un incisivo cuelga de su filamento nervioso, cuando balbucea plegarias ininteligibles de oscuros vómitos. Su mente está perdida en el dolor y el hedor.

Es ella en verdad, la Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores.

De todas las infecciones e insanias.

Doce años de un embarazo leproso y ahora ante la letanía de los miembros de la Santa Podrida Iglesia del Dolor, se desprenden las costras de su coño por la dilatación del útero, va a parir.

“Negra Madre Virgen de Todas las Penas y todos los Dolores, que tu pena y la orina de tu sangre que pudre las venas, se extienda por la humanidad”.

Son los rezos de los innombrables.

La Madre grita y sus adoradores, de caras vendadas con telas sucias de icores venenosos y sangre vieja se llevan las manos a las sienes gritando su dolor también. Sus muslos gordos y albinos manchados de mierda se separan y de su coño sale un hedor que asciende a la superficie por los conductos sarnosos de la ciudad causando asco en la gente luminosa, en los de arriba, en los cobardes que adoran dioses de madera y mentiras piadosas.

Rompe aguas colmadas de cabezas de negras antenas y patas de insectos.

“Oh Madre de Toda la Podredumbre, danos nuestro rey, danos la oscuridad. Que se pudran los benditos y los limpios, los que en su vida tuvieron suerte y todo lo tienen, los que esperan una muerte dulce y un premio de miel. Oh, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores, que el Bastardo de los Humanos Despojos, sea escupido por tu Sucio Coño”.

El Padre Muerte encabeza y dirige las plegarias de las diez mil mentes podridas.

— ¡Jamás llegó a renacer Cristo, no hubo una segunda venida! Escupid al feto que fue arrebatado de su madre virgen antes de su alumbramiento —sermonea a la multitud mostrando un frasco de vidrio en cuyo interior flota un feto humano con los brazos y las piernas rotas.

En el frasco, escrito con mierda figuran las palabras: Iesus Cristus, segunda venida.

— ¡Jamás llegó a nacer la Bestia! El anticristo murió a manos de la Santa Iglesia Podrida del Dolor —ruge con furia el Padre Muerte, mutilándose el lóbulo de la oreja con una navaja de afeitar —. Ni siquiera Satanás ha conocido el dolor y el asco, nunca lo imaginó así.

Eleva a la congregación otro frasco con el feto de un bebé con cabeza de macho cabrío. “Maléficus Satanás”, reza en el frasco.

— Todas las religiones han errado. Se han perdido en la hipocresía y la estafa, en el abuso y el engaño. Ahora pagarán y no habrá redención. Nos alimentamos de mierda y despojos, nos alimentamos de dioses y diablos.

—Ella es virgen, ella está infectada del Espíritu Corrupto, miradla parir.

La Madre de Todas las Penas vuelve a gritar y su cuerpo se agita con el dolor del parto. Los tubos insertados en el pubis se desprenden por la violencia de las contracciones. Sus pezones se han resquebrajado como cristal, pero apenas sale nada de ellos.

Cinco ratas lamen el corrupto líquido amniótico que ha dado protección en el sucio vientre al Bastardo de los Humanos durante doce años.

— ¡Cómo me duele este puto coño, me cago en Dioooos! —grita la Madre de Todas las Penas ante cientos de miserables que se masturban ante ella.

El bebé sale de entre sus muslos para caer al suelo lleno de agua sucia, liado con el cordón umbilical y una placenta verdosa. Un perro famélico la devora y rasga el cordón ante la mirada agresiva de las ratas.

— ¡Ha nacido, el Bastardo de los Humanos Despojos! Que se alimente de tus miserias, Madre de Todas las Penas y Todos los Dolores! Dale lágrimas y asco con la que alimentarse y hacerse Dios. Que comience el Nuevo y Pútrido Mundo —grita el Padre Muerte.

—¡Que mame el Bastardo! ¡Que mame el Bastardo! Que la Madre Puta de los Dolores lo cebe con lágrimas y penas.

El bebé no llora, su boca se abre mostrando unas afiladas encías y los dedos de uñas partidas se mueven ansiosos. Sus piernas atrofiadas se debaten en un pataleo en el aire. Se revuelca en el suelo mostrando su columna vertebral descubierta y deforme.

Hay hombres y mujeres que se clavan los unos a los otros trozos de vidrio en la espina dorsal descubierta por una largo corte que se mantiene abierto gracias a alambres y tenedores viejos. Sus gritos de dolor apagan el ruido de las Sagradas Cataratas de la Ponzoña.

Un niño de cuencas vacías toma al recién nacido en brazos, la Catedral se ha inundado de silencio.

Cojeando se lo entrega a la Madre de Todas las Penas.

Lo toma en su regazo y lo lleva a su pecho, para que mame.

El Bastardo clava sus encías en el pezón derecho, y la carne se rompe, como algo seco, algo sin vida.

No hay leche en los pezones, ni sangre. Las mamas están secas y repletas de orina y lágrimas cristalizadas que crujen como el vidrio e inundan la boca del Bastardo.

El pequeño mastica toda esa inmundicia y su boca se hiere. Mana la sangre que inunda su pecho. Y su primer grito de puro dolor y asco que asusta a hombres y ratas, se extiende por toda la catedral, por todas las superficies.

En la ciudad, la gente vomita sin saber bien porque. Cuando los fetos de las embarazadas caen muertos en el suelo, el hedor en toda la atmósfera es insoportable. Cuando los gritos de miles de enfermos salen por las cloacas y desagües de las calles y casas, ya es tarde. La infección ha hecho presa en los felices, en los luminosos y las iglesias se derrumban, cae todo lo que una vez fue bendito, sacro o santo.

Es la Nueva Era del Dolor. La Verdad la estuvimos pisando, cagándonos en ella.

Ahora la Verdad se caga en nosotros. Y nos mata.

Que la Podredumbre sea con nosotros.

Iconoclasta

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