Detrás de todo fracaso está mi firme voluntad. Muchas veces el fracaso no se debe a un azar, sino a mi ansia de experimentar aunque me joda. No me bastan las experiencias ajenas relatadas como parábolas evangélicas de ilustres próceres o de mi madre o padre. ¡Pst, no sé…! Que hubiera nacido más tarde que todos ellos, no significa que deba vegetar dándole vueltas al espetón de los Sapientísimos Salmos de la Experiencia. Pasa lo mismo con lo que afirmo, escribo y describo; siempre hay alguien que suelta muy ilustrado: “Eso ya lo dijo Pitágoras” o el incomprensible y cargante Aristóteles, del que he leído su ladrillo Metafísica, y me doy gracias a mí mismo por escribir como lo hago. Qué vergüenza debe pasar el alma/sustancia del arqueo-filósofo cada vez que le dé un repaso a lo que escribió. Bueno, “pues ahora lo digo yo” respondo o pienso, aunque tuviese a Pitágoras redivivo frente a mis napias. Yo no tenía el control de cuándo nacer, y si así fuera, si me muerdo la lengua me enveneno. El mundo de las citas y proverbios es muy decorativo; pero la gracia está en ser ingenioso en el momento y lugar adecuado, lo que es garantía de un excitante, aunque inservible fracaso; lo que yo creo que es el momento oportuno, está visto que para otros no lo es. Qué asco de mundo imperfecto… Dijéramos que los muertos y los vivos, puedo asegurarlo ante un cochino juez, no usaron o usan mis ojos para observar la vida y lo que contiene. Por muy electricista que haya sido, no tengo por qué escribir de cómo cortar y pelar cables. Me place más explicar de lo muy eficaz que soy follando. Y cuando no, de mis apoteósicas pajas de esas que uno acaba pensando y jadeando con el semen aún ardiente entre los dedos y los huevos: Si quieres un buen trabajo, hazlo tú mismo. No sé si es comprensible mi concepto del fracaso e ignorar a los “ilustres sabios”, porque no confío en la capacidad del votante tipo actual. Y sobre todo porque hay una constante universal que dice: el escritor sabe lo que escribe; pero no lo que el lector lee. Sea como sea, me lo paso genial conmigo mismo sin vivir en mí (parafraseando a la mística y alienada Teresa de Jesús de un acusado fetichismo sexual).
Doce hombres sin piedad (obra de teatro y películas) no trata de la cruel indiferencia, injusticia, ignorancia y la fe ciega e imbécil en la autoridad del estado. Trata de la mezquindad de las mayorías, de cómo un rebaño humano se deslumbra adoctrinado por un charlatán, un funcionario del estado; un fiscal. Y a ese rebaño le importa una mierda la vida del juzgado, sólo quiere declararlo culpable porque así los ha amaestrado el estado. Porque de la forma más aberrante, el jurado cree ciegamente en la infalibilidad del charlatán; así como en los testigos y las pruebas que ha aportado la policía. Asesinarán al juzgado y creerán elevarse a putos jueces justicieros. Como si el estado, su cochino dios y ellos mismos estuvieran en posesión de la sagrada verdad revelada. Allá donde hay una mayoría sólo hay adocenamiento, cobardía, idiocia y su pensamiento insectil. La mayoría son las reses que pacen en la sabana plácidamente cuando el león devora a escasos metros a una de las suyas. La mayoría es el mayor insulto a la imaginación, inteligencia, dignidad, honestidad y libertad. La mayoría elige al asesino psicópata como líder de su nación, al torturador como maestro de sus hijos y al negligente y corrupto vago como juez. La mayoría tiene un cerebro tan enfermo que, ni a nivel instintivo, es capaz de distinguir los ademanes de un peligroso loco psicópata, ni siquiera en sus palabras tiene suficiente capacidad intelectual para captar la ambición patológica y su peligro para ella misma. La mayoría muere indignamente como ganado de matadero y hambrienta de la mano del caudillo o líder que votó. Es por ello que en las democracias los líderes votados tienen un tiempo limitado en el poder, porque al ser elegidos por esa masa amorfa mono pensante, es previsible que los jerarcas se convertirán más temprano que tarde en corruptos y asesinos dictadores. Las mayorías, junto a la envidia, son las características más infames e infectas que definen a la especie humana. La mayoría es un monumento y refugio de cobardes e incapaces. Si un líder político se eligiera por su capacidad de trabajo, conocimientos e integridad ética, los dictadores no existirían. Son las democracias y sus infectas mayorías las que elevan a un criminal al gobierno de su nación y lo mantienen a pesar de su podredumbre. Las mayorías, en definitiva, son lo mejor que le puede pasar a un ignorante enfermo de ambición cuando se presenta a unas elecciones: al poder y la riqueza.
«Los milagros, en tanto que implican la ruptura de las leyes más generales que pueden imaginarse, plantean el problema de saber si realmente convienen. Si yo tuviese —pongamos por caso— una renta, es posible que pensase que no convienen. Pero un pobre… Un pobre que no cree en milagros es no solamente cien veces más pobre de lo que realmente es, sino que, por añadidura, es un pobre equivocado. El único tesoro de los pobres es el milagro posible.» (El cuaderno gris, de Josep Pla, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros) Josep Pla, respecto a esta reflexión del capítulo (año) 1918, me parece demasiado ingenuo. Se sabe que era un hombre sarcástico; pero aquí no. No en ese momento de su vida, que cuenta en su dietario El cuaderno gris. No importa, sigue siendo un gran humano y poderoso escritor. Y en efecto, unos párrafos más adelante, escribe sobre la fuerza y la astucia. Y claro, se contradice. «Sólo debe de haber —me parece— dos formas de ejercicio del libre albedrío: la fuerza y la astucia.« Lo último que debe hacer el pobre es creer en los milagros. De aquí surge otra reflexión importantísima para entender la literatura: el escritor no tiene por qué decir verdades. Debería describir y escribir sus emociones e ideas con claridad, imaginación y precisión en el tiempo y lugar que padece y goza; en su vivencia íntima, su mirada propia. Independientemente de lo que sea real o no para la sociedad. Debe usar el poder de la imaginación más allá de complacer al lector, si lo tuviera. Y el deber del lector es entender con una chispa de inteligencia, imaginación y experiencia vital que el escritor no le debe ninguna verdad a nadie. No aspira al Nobel de la puta verdad revelada de mierda y escribe según sus emociones en un lugar y momento muy concretos. Según sus iras y amores. La verdad debería ser ley y ética para los historiadores, periodistas y políticos; pero esto es otro ejercicio de ingenuidad. Desde que se instauró el nazismo clima-sanitario carcelero y homosexual en todo el planeta mediante la red informática 5G y el coronavirus, la mentira y la hagiografía hacia los jerarcas y burócratas nazis surgidos en las pseudo democracias, la verdad está pudriéndose como un cadáver en un vertedero, picoteado por las gaviotas y cuervos, comido por las ratas. Un escritor debe describir con amenidad e ingenio cómo es su mundo, su realidad, su propia vida de mierda. Tergiversando y pervirtiendo lo que sea necesario para que se sienta a gusto e impacte en el lector con estilo. Mostrar cómo debería ser el mundo independientemente de que a una sociedad mono pensante e insectil, le guste o no lo que lee. La literatura no es periodismo y no debería prostituirse al estado; pero de nuevo, en la actualidad es una pretensión de una ingenuidad indigna, inmadura y analfabeta de cualquiera que piense que es así. Hoy quien escribe busca un “me gusta” o en el caso de los autoeditados sin escrúpulos y sin estilo alguno, cinco estrellitas amazon. Sí que es cierto que el escritor se ha extinguido, su lugar lo han ocupado parásitos y sicarios del estado como apóstoles de un nazismo que atenta contra la biología humana misma. Con la IA la pseudo literatura se extenderá como un manto de mierda sobre todo el planeta y lo que contiene. De hecho, ha comenzado el parasitismo de la literatura. Josep Pla debió ser de los últimos escritores del planeta. Y con él se llevó el arte de “mentir” con gracia, el deber de todo escritor. Porque, chusma mía, escribir de hechos reales o de la verdad misma, es el ejercicio más árido de imaginación e inteligencia. Basta salir a la calle y ver la televisión para tener esa piojosa “literatura” gratis hasta provocar náuseas.
«—¿Yo? —rio el oficial, abriendo los ojos desorbitadamente—. ¿Yo? ¡Pregúntale a tu pueblo quien es el loco! —Rodríguez de Liria mostró sus dientes superiores en una mueca de infinito desprecio—» (novela El secreto de Boca Verde de Alberto Caliani).
El subrayado de la cita, eso de los “dientes superiores”, es un ejemplo elegido al azar de entre cientos de miles de “obras literarias” actuales que muestra el estilo y la calidad literaria (que ni la de un niño de cinco años puede ser peor), que se está extendiendo como un excremento diarreico en la globalidad fascista del coronavirus y el cambio climático.
Creados y explotados semejantes bodrios de pseudo literatura por la codicia de los portales de internet de venta de libros o suscripción. Casi todo son malos autores que se autoeditan y autopublican con una impunidad espantosa, sin revisión y escrúpulo ortográfico y semántico alguno.
Lo de “sus dientes superiores” es infantilismo, falta de imaginación y habilidad léxica que da miedo y causa vergüenza ajena. Es de imaginar que por dientes superiores se refiere a los incisivos. Y tal como es la anatomía de la boca humana, para mostrarlos, el personaje debía haber enrollado el labio superior sobre la encía superior (exactamente como hacen orangutanes y chimpancés sin causardesprecio infinitopor ello). No sólo es estúpido, es absurdo y estúpido. Eso no es una mueca de infinito desprecio, sino la imitación de una asquerosa rata. ¡Idiota!
O bien, el personaje tiene un serio problema de discapacidad mental y coordinación motora. Y para hacerlo del todo mal, para llenar páginas, el figura del autor añadeinfinitoa desprecio para infligir más dramatismo en el lector; como si no nos riéramos al leerlo.
No es sólo por el infantilismo y analfabetismo en sí, es mucho más grave. La decadencia cultural de una sociedad la arrastrará a la miseria y su extinción por esa merma de inteligencia que la hará inviable como grupo social o étnico.
Que se publiquen e incluso vendan estas barbaridades como novelas es lo peor que podía ocurrir (además de que un narco dictador sin habilidad literaria, ni conocimiento del lenguaje se autopublique dos veces en poco tiempo como pasa en España), porque es pudrir el conocimiento y la cultura, las bases de toda civilización. Esto es el indicativo de que las sociedades globales del coronavirus, el cambio climático, el homosexualismo y el servilismo, están al borde del precipicio.
Cuando un analfabeto funcional puede vender sus miserias y se le compran, la sociedad va en retroceso hacia su ruina o hasta que una cultura con un conocimiento superior y valores éticos, la someta por la fuerza y la esclavice.
Que en las escuelas aprueben a los ignorantes o vagos por caridad o lástima, tiene esta consecuencia terrible: “sus dientes superiores” y otros infantilismos surgidos de un cultivado oscurantismo impuesto por un estado/dios tan analfabeto como la chusma que gobierna. Ningún jerarca quiere que un simple ciudadano tenga más conocimiento que él; es básico erigirse en sabio supremo para que el dictador y su cártel de burócratas se mantengan en su poltrona o bajo palio católico (o musulmán que tan de moda está entre los fascistas estalinistas, deslumbrados por la capacidad represora del islam).
Si nadie se asombra de encontrar semejante novela a la venta o como lectura por suscripción y no maldice la estafa, significa que ya no queda esperanza para la cultura, el arte y la inteligencia. Y mucho menos con los audiolibros, cuya función primera es castrar el intelecto evitando el gran ejercicio mental y básico que representa descodificar el lenguaje escrito, el que dio el espaldarazo definitivo hacia el conocimiento a las civilizaciones. Los actuales fascismos del coronavirus y el cambio climático (pseudo democracias) exigen la vuelta a la tradición oral de propagar el conocimiento que en poco tiempo se convertirá en chismorreo y superstición. Sin embargo, los decretos nazis o estalinistas climático, homosexuales y sanitarios sí que quedarán bien escritos y eternos para que nadie pueda evadirse de su cumplimiento gracias a un funcionario que los pregonará por las calles ante la incapacidad lectora de las nuevas generaciones. Como los diez mandamientos de aquel dios psicópata y asesino.
Se puede brindar por ello con sabrosa agua de cloaca.
Otros optamos por cagarnos en el puto dios que ha parido a toda esta panda de jerarcas hijos de puta y sus libros de papel e informáticos y audiolibros, de autoedición y estafa.
Y así con el cine, así con el cómic, con el arte y la prensa.
Esto es lo que se van a encontrar las generaciones que crecen ahora y las que están por nacer. No tardarán en nacer seres humanos sin cerebro, con el cráneo rellenado con minions de goma con pito y playmobils que no saben ni doblar las rodillas. Seres vivos como zombis obedeciendo y humillándose a sus jerarcas que a duras penas saben leer su propia mierda que decretan o publican en todos los rincones de esta repugnante globalización nazi clima-sanitaria.
Dios debería reverenciar al ser humano que lo creó. Y no al revés de mierda. Un hijo de puta vago y débil lo creó basándose en los idiotas que lo rodeaban, la manada a la que pertenecía. Y acertó, aquellos simples se creyeron toda la basura que se inventó para convertirse en el que “cotorrea con dios”. Y claro, se repitió la mentira durante tantos millones de veces durante miles de años que, se convirtió en un vapor milagroso en el cerebro podrido de una masa humana infectada por el charlatán. No fue más que un gran tumor que llevo a la indignidad a la humanidad. Y al ridículo. Esto explica la actual sociedad y degradación como especie en el planeta. Como última reflexión, explicado el origen de la perversión de la actual especie humana respecto a la original: ¿Creen, influenciados por aquel primer paria hechicero, que los gusanos que se comen la carne de los cadáveres son ángeles que conducen las almas al cielo? La verdad de la vida y la muerte debe decorarse con plumas y oropel para que la chusma no llore toda la vida temiendo, ya que deprimida, rinde menos al estado/dios. Dios debería lamer mis pies, o su hijo, me da igual. O el jerarca de cualquier nación elegida al azar. Y si fuera hembra, una mamada estaría bien. Así es como Dios debe reverenciar al ser humano, como por ejemplo a mí.
«Tenemos muchos (ciudadanos). Nos podemos permitir el lujo de perder algunos. ¿Qué más da?» Mao Zedong.
No importa no vivir eternamente, la cuestión primordial es malvivir efímeramente, esto es, nacidos en la cautividad de una granja—ciudad de humanos bajo el férreo control del dios/estado que psicopáticamente alardea de democracia. Primero debemos librarnos del o de los psicópatas que ostentan el control y mientras sus cadáveres se mecen colgados de un soga por el cuello, más relajadamente hablamos de esa banalidad filosófica que es la eternidad.
La gran monstruosidad que creó la humanidad y la hizo mierda hasta nuestros días y su futuro, fue la invención de Dios y el Estado. Con la creación del primer dios/estado, la humanidad como especie animal inició su proceso de putrefacción biológica genética. Y ahora, cometiendo sus últimas imbecilidades sin poder contener la baba en la boca, se dirige a la extinción con la alegría y optimismo de un “nuevo amanecer” como una manada de idiotas profundos. Cuando el primer mono humano dio gracias a dios o a su jerarca por los alimentos que él mismo recolectó o cazó, condenó a una muerte prematura a la humanidad. Lo cobardes comenzaron a reproducirse en los establos humanos o asentamientos de forma ratonil. Los más fuertes e inteligentes morían luchando por su supervivencia en libertad; pero fueron tantos los cobardes, tan mezquinos y endogámicamente reproductores, que cambiaron para siempre a la especie humana a otra cosa irreconocible. La humanidad es ya la especie más efímera del planeta. De hecho, fue la especie menos longeva.
Una vida plena de angustia, la constante amenaza del Estado; su extorsión contra el asalariado: trabajo esclavo, mísero jornal e impuestos de usura. La destrucción sistemática de toda libertad, pensamiento y la propia biología humana. Los Estados fascistas de alegorías y palabrería progre y pía están abocando a la casta asalariada a una nueva revolución sangrienta. El asfixiante control e incluso la invasión de la intimidad en el hogar, ha hecho del Estado el policía que se sienta a la mesa para vigilar, denunciar y castigar a cada miembro de la familia. Hoy, en pleno siglo XXI, el Estado es el enemigo, el depredador de los esclavos asalariados. El aumento de la violencia que se da entre la población con sórdidos y múltiples asesinatos, es tan solo un escape descontrolado a la presión del Estado que no tardará en dirigirse, como debe ser, contra las aristocracias del nazismo climático, sanitario, puritano y homosexual. Los actuales Estados fascistas (surgidos de decadentes y raídas pseudo democracias) instaurados con la pandemia del coronavirus en el 2020, han acorralado a su presa, cuya única opción que le queda, es atacar. Porque muerta ya lo está. Muerta, infectada y parasitada por su enemigo el Estado.
Creer que todo saldrá bien es ingenuidad. Creer en el Estado y sus dogmas de represión y tributación usurera y fraudulenta es irresponsabilidad. Hay simples leyes físicas que explican sin la escatología fascista cívico-puritana de las pseudo democracias occidentales, tan propias de inicios del siglo XXI; por qué al escupir al Cielo/Estado en la cara te cae, aunque no siempre; es más muy pocas veces ocurre si eres astuto y dominas las más elementales normas lógicas del mundo que habitas. Además de la gravedad, existe la meteorología (viento) y dinámica de fluidos (viscosidad) así como la telemetría (distancia y parábola del escupitajo). Si no eres demasiado lelo, no te caerá en la cara como predican las supercherías político-religiosas para los más desfavorecidos mentalmente. Que a estas alturas de la civilización se le deba aclarar al votante tipo estas cosas, indica que tantísimas guerras que ha habido y hay, no han conseguido ni consiguen su objetivo de depurar o seleccionar los humanos más aptos de la especie humana. Estamos abandonados. La cruda realidad es que el Dios/Estado, se come todos los escupitajos mientras tengas un medio de vida monetario con el que te puedan extorsionar y robar. Al final, el Dios/Estado carece de dignidad, y si consigue robarte, es ni más ni menos que una vieja y repugnante escupidera que nadie vacía.