Archivos para febrero, 2021

Se puede decir que si algo duele profundamente en el cuerpo, el pensamiento se contagia de ese dolor y es fácil que responda con locura y hostilidad. En los peores casos, con depresión y apatía.
El dolor es fuente de ira, el mío.
Es inevitable que el dolor prenda en el alma porque lleva consigo partículas de incertidumbre y miedo.

(Sueño con deslizar el filo de la navaja en tus bragas cortar la longitud justa para penetrarte sin arrancártelas, anhelando escuchar tu contenida respiración. Y con las piernas inmovilizadas notes la proximidad del frío acero en el coño y luego, la ardiente polla invadiéndote como un dolor que no lo es, solo soy yo. No sé si es un sueño de dolor, porque cuando no lo hay, también lo imagino.)

Cuando un dolor físico es profundo, se encuentra cerca del alma; que es lo más profundo que contiene el cuerpo.
Y la impregna.
No hay forma de llegar a ese dolor de la misma forma que no puedes hurgar el alma. No llega la calidez de la mano y sus dedos crispados tan profundamente, no hay forma de aplacar todo eso que te corta y arde en algún tuétano o entraña.
Mientras el dolor pulsa como un veneno o una radiactividad, el alma se marchita y no distingue muy bien entre vida y muerte.
En el dolor profundo es donde se encuentra el purgatorio real y definitivo.
Ni siquiera llegan allá las oraciones de los píos.
Ni la esperanza.

(Entre mis dientes tu pezón se eriza, se endurece. Y la venda en tus ojos es una sensualidad devastadora para mi razón. Sabes que no cerraré los dientes, que en lugar de eso mis dedos se han metido entre tus piernas, chapoteando en tu vagina. La posibilidad de un dolor, es un gemido que desprende fluidos como ayes.)

El alma reside en la médula de los huesos y recubre cada fibra nerviosa del cuerpo. Solo a través del dolor te das cuenta de que el alma es real, porque se calienta y arde en las sienes haciendo cerrar los puños con fuerza; horadando con un chirrido obsceno un hueso, como te curarían una caries sin anestesia y sin ninguna consideración.
El alma enloquece y la locura amplifica el dolor y nace la paranoia, el horror a sentirlo de nuevo. Y con ella la posibilidad amable del suicidio como un oasis entre toda esa mierda.
Así que, si duele profundamente allá donde no llega el calor de las caricias, prueba con una droga potente, porque de morir no te libras.
Mejor morir sin dolor, al final pagas el mismo precio que llorando lágrimas de sangre.
Y si no hay forma de aplicar una droga o analgesia, despídete de ti mismo. Te perderás en tierra de nadie donde la ternura y el amor forman ramos marchitos de rosas muertas que se rompen con una brisa. Donde la alegría es un manto de hojas podridas en un frío otoño.

(El dedo corazón busca tu ano, y te defiendes contrayéndolo. Le escupo, lo lamo y como la cueva de Alí Babá, de repente se relaja y me deja entrar. Me gustan tus gemidos mezclados de dolor y deseo, de mortificación húmeda e indecente. Somos nazarenos en la procesión de nuestra santa patrona La Puta Obscenidad. Y muerdes con indecencia la mordaza.)

Al final regalarías el alma por dejar que la víscera o el tuétano dejara de pulsar, si existiera el diablo le vendería ese alma caliente y ya infectada. Antes de perderte, busca un poco de claridad entre el dolor, a veces la hay durante unos segundos.
Y muere en paz.

(Dentro de ti; en tu coño, en tu ano, en tu mente que hoy es mía. Eres mi puta.)

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

La muerte tiene esa desvergonzada indecencia que siempre la hace sorprendente y emotiva.
La muy pícara…
O sea, no es como un esnob y original postre emplatado artísticamente como una ruina de un bombardeo en el Berlín del siglo pasado que, a la segunda vez de comerlo nada tiene de sorprendente; no es lo mismo.
La muerte es pura renovación, un crac en la monotonía diaria. Por supuesto me refiero a la muerte de otro y que por ello, rompa tu repugnante rutina diaria. Mala suerte para el finado; pero la vida es así de puta. Luego ya me tocará a mí y no me quejaré, lo juro.
Como diría un chef: “Se debería hacer una reducción de la meliflua vida con unos clavos de bilis, dolor en rama y una cucharadita de muertes de macadamia espolvoreada en frío para corregir su excesiva dulzura y cremosidad; que adquiera una textura más recia y un sabor más intenso”.
Está bien, no lo dice ningún chef; pero debería.
Fuera de metáforas, los consoladores anales y vaginales, deberían contener fibras urticantes para favorecer una mortificación intensa, aquella que hace crecer el vello dos centímetros de largo en apenas un orgasmo.

Las noches cobardes de la grisentería, de la ruina, del miedo, de la represión y la bofia husmeando ávida de acoso.
Porque si la libertad es enfermedad, el nuevo y normal fascismo español es una mala bacteria que se la come.
Son las negras noches de un nuevo franquismo que ha entrado como un parásito de las heces y durar años, extendiendo su manto de cárcel y vigilancia a todas las horas del día y de la noche.
Tardes tan muertas como sus noches, porque son las siete de la tarde.
Y está muerto todo, incluso a su propio fascista coronavirus han asqueado.
Sin libertad la vida no es posible, está abocada a una violenta destrucción.

Son las cosas que ves pasar cuando hay una pandemia de represión, miedo, acoso… Una pandemia de fascismo.
Cosas difusas, apenas reconocibles.
Borrones que van y vienen. Y así hasta desaparecer.
Y así para siempre.
Sin identidad.
Es la globalización total, tan soñada, tan cacareada… La gris uniformidad. Los bozales del fascismo.
No es triste, solo anodino. No conmueve; pero dan ganas de escupir un mal sabor de boca.
Quien soñaba con una comuna, ya la tiene. Que se joda.

La imaginación es el más poderoso y maravilloso don de la especie humana, el único que excusa a algunos individuos de su existencia.
El resto sería un buen paliativo a la hambruna mundial si se les dedicara a la industria conservera cárnica.

Sentía la almohada en mi rostro, suave y dulce; una mortaja de paz.
Y soñando en ella, avanzar por un camino de vapor de seda y calidez.
Algunas cosas, algunos seres, muchos; iban delante de mí, detrás y a los lados, rodeándome. A todos los sentía, los reconocía, avanzaban felices, festivos. Y ninguno era lejano.
Era todo lo que me ilusionó e ilusiona, todo lo que amé y amo. Todo estaba a reventar de vida, los podía tocar, abrazar, besar, les podía sonreír sin tristeza.
Estaban tan vivos que me contagiaban alegría y fiesta.
Vi Su bondad, la belleza de la inmensa ternura y alegría que la Muerte trae.
Y lloré con los ojos cerrados cálidas lágrimas de descanso.
Y la serenidad impregnar una sangre que ya no tenía.
No puede ser un sueño… Me decía.
Las lágrimas que se escapaban por mis ojos cerrados, daban una humedad de realidad al sueño mojando la almohada y de mi rostro hacía un difuso recuerdo.
No puede ser un sueño. Me repetía…
Por favor, que no lo sea, que no lo sea, que no lo sea…
Me aferré a la almohada, al sueño, para no perderlo en ningún momento. Para no volver de aquel camino, de aquel mundo de dicha absoluta. Y Cantares de Serrat era un himno de una belleza que me arrebataba cualquier valor que un día pudiera o pude haber tenido para dibujarme la sonrisa más feliz que nunca haya esbozado.

“yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón”.

Nunca me había sentido tan bien llorando.
Qué bello es morir…
Caminaba entre recuerdos traviesos, tan diminutos como miniaturas. Y eran miles.
Y Super Mario tan pequeñito, corría y saltaba y me hacía reír… Pinche Mario…
Todo aquel desfile de mis recuerdos y yo, que también lo era; formábamos una silenciosa dicha presurosa.
Y una sonrisa cubría mi alma.
Todos éramos táctiles, los recuerdos se hicieron sólidos…
La muerte es Dios resucitándolo todo.
No teníamos prisa por llegar no sabíamos adónde; pero casi corríamos solo por gozar de aquel camino sin fin. No sé, pero era tan extraño…
¿O era la simple alegría de una hermosa muerte?
Qué bello es morir…
Un estruendoso y silencioso rumor de alegría; lo llenaba todo, toda mi vida, toda mi bella muerte.
Y mis lágrimas tibias, de aceite… Por favor, se parecían a los labios de mi madre y mi padre cuando de pequeño me besaban, antes de ser la bestia.
Padre y madre estaban allí… Ya no eran una tristeza.
Quiero llorar, no quiero dejar de hacerlo.
Qué bello es morir…
¿Quién puede querer una resurrección y volver?
Qué bello es morir….
Cuando las lágrimas se deslizan por los párpados cerrados, crees que pequeños ángeles te besan los ojos.

“Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse…
Nunca perseguí la gloria…”.

He despertado sin recodar durante unos instantes, que una parte de mí está muerta y al plantar el pie en el suelo, no ha dolido.
Hoy no ha dolido.
Y la almohada estaba mojada.
Y mis ojos también.
Y sentía la tristeza de un sueño que tan solo era eso, mientras que aún resonaba en mi cabeza el eco de las silenciosas alegrías de mis amigos los recuerdos.
Super Mario que no estaba quieto…
Qué bello es morir…
Qué pena, que puta pena volver.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.
Versos de la canción Cantares, de Joan Manuel Serrat.

“No es como antes” porque sencillamente, cuando se instala el tumor o infección de un fascismo, un totalitarismo cualquiera; las libertades individuales más básicas y esenciales, se las pasan por el culo los caudillos golpistas, sus colaboracionistas y el pueblo decadente y cobarde que tiene un pánico maricón de respirar.
Por eso nada “es como antes”, hijo de puta.
Esta noticia o artículo de la prensa puta del nuevo y normal fascismo español del coronavirus, precisa una traducción simultánea porque alguien tiene que decir las cosas con madurez, decencia y tal como son, sin fantasías o miedos de castrados:
“Vais a llevar el puto bozal, hasta que nos salga de los cojones y los coños, nenazas hijos e hijas de puta.
Y respecto a las noches de prisión, se prorrogarán hasta el 2050, cabestros y cabestras de mierda.
(Decreto del Nuevo y Normal Fascismo Español del Coronavirus Febrero 2021).”

La España profunda, cobarde y castrada.

Sin novedad alguna continúan las oscuras noches de prisión, policías y ratas; en un “democrático” toque de queda marcial.
Siguen eternas las putas noches fascistas de una España Cobarde y Castrada.
Una, enferma, cobarde y mezquina; debería ser su lema.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Horizonte durante la encarcelación que decretó el nuevo y normal caudillo fascista en marzo del 2020. La libertad es enfermedad, decía el caudillo amenazando con que no le temblaría la mano para castigar a los que no obedecieran su decreto de acoso y cárcel.
La prisión indiscriminada para los habitantes más pobres, cuidada por la policía más feroz, más mala.
Y la chusma aplaudió.
Como este son los horizontes del nuevo y normal fascismo español.