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Amar a través de las palabras escritas es penetrar en un universo incierto e imprevisible. En donde la imaginación y voluntad que requiere escribir se confunde lo cosmogónico con lo cosmológico. Lo cuántico con la creación y la reproducción.
Los datos se confunden con los deseos… Y los deseos se congelan sin llegar a un sol.
Pobres…
E inevitablemente las palabras desbocadas, apasionadas, brutales como los besos imposibles como los años-luz; hacen del amor una fe violenta que destruirá al dios de las sagradas escrituras, creando en su lugar una nueva y desesperante divinidad que justificará tu locura y amor por ella.
Y a partir de ese big-bang del sagrado amor supernova, escribirás con la urgencia de la inspiración en el papel, las palabras que se harán mayores y más minuciosas describiendo cada una de las facetas del diamantino amor generado con las altas presiones del pensamiento cuántico-sináptico. Se expandirán tus escritos como una galaxia voraz de sentimientos y emociones en tu universo íntimo y subatómico convirtiéndose en enrevesadas fórmulas físicas del inenarrable amar, sin un resultado concluyente de las probabilidades que, jamás serán menores que el infinito.
Y respirarás desolado.
Es tu condena, otra aciaga constante en el universo, en el tuyo que salvajemente has creado.
La cordura es una materia oscura que intenta imponerse, una constante como la gravedad que intentas soslayar. Y como en viejos tiempos medievales, te acoges a sagrado falsificando los cálculos.
Tal vez llegues a la consecuencia de que ese amor es demasiado grande para ti y gimas con cada párrafo tu frustración y el privilegio de estar en el horizonte de eventos del agujero negro más bello del cosmos, al que es imposible no amar,
Y te arrastra.
Te arrastra bella y frenéticamente a la amatoria y desintegradora locura.

Una incontinencia absurda de ti, como un cigarrillo que urge encender…
No…
Más.
Violento.
Un jaco en vena rasgada.
No…
Más.
Violento.
Follarte.
No puedo refrenar emociones e instintos. Eres el percutor de la bomba que soy.
Hermosa y tierna como una linda granjerita que ordeña con sus enloquecedoras manos a las ovejas, vacas, cabras y a mí. ¡A mí, por favor…!
Con la mirada firme y astuta de estar también en posesión de mi mente.
Intento ser bucólico y se impone lo más primigenio de mí y las imágenes niegan el valor de tu naturaleza carnal.
¿Cómo lo haces para gestionar la carnalidad con esa sensibilidad que lo paraliza todo cuando pestañeas?
Espero con ansiedad que digas, hables. Que rías para que tu boca se mueva. Cada vez que tus labios trazan palabras en el aire, tus ojos responden con un brillo tonal imposible de prever. A veces reflejan el lago sereno que hay dentro de ti, otras el azul del cielo, otras una fronda profunda donde llega la luz pero no el fuego abrasador del sol.
Me gustan las olas que encerradas en tus ojos hacen pedazos mis nervios rompiendo contra el acantilado del deseo. Me hacen sentir hombre y no el mierda que soy.
Siempre la mirada líquida, suave y variable… Puede ser un fogonazo de sensualidad y otras, de una profunda tristeza ilocalizable en tu pensamiento. A veces ríes líquidamente, como un embate que porta la experiencia sin urgencia.
Esa sabiduría que quiero follarme…
Sea cual sea lo que tu mirada dice, soy espectador desesperado.
Y siento repentinos deseos de cortarme con un filo la carne de los brazos y drenar sangre que presiona brutal en mi cerebro simple y amatorio sin remedio.
No sé bien lo que escribo; pero sé con precisión lo que siento.
Estoy colapsado de ti, amor. Totalmente.
Sin remedio.

Amar deshilacha la mente en las precisas emociones que escondemos por supervivencia y las expande como el prisma descompone la luz blanca en todos sus colores.
Y observando cada una de esas maravillosas emociones desplegadas, robarle un beso porque está preciosa.
Arropar su coño con mi mano…
Abrazar toda su gama tonal espiritual y emocionarme.
Y soportar la mortificación de la sangre congestionándome la polla.
Deslumbrarme con ella y doblegar la triste cotidianidad, como el agua refracta la luz quebrando las uniformes líneas rectas. Rompiendo lo sórdido, mediocre y previsible.
Descubriendo su clítoris atómico, duro y resbaladizo entre mis dedos…
Besarle con los dientes los labios y lamer como bestia hambrienta su coño con líquidos ruidos en una dimensión silente.
Mi rabo partido por su poderosa refracción en su líquida vagina.
El amor es como la luz. Nos descompone a ambos haciéndonos seres de luz. Y a través de la refracción y descomposición, la vida al fin se muestra asombrosa y fascinante.
Como mi leche escurriéndose entre sus muslos trémulos, agotados de placer.
El amor y su asombrosa refracción torna el cansancio en una deliciosa desidia y pereza; despertando a su lado la tarea más importante del día ha sido realizada. Con ella todo lo demás puede quedar relegado para más tarde.
Voraz, despertarla con mi baba cubriendo sus pezones y mis dedos crispados en su vientre deseando su piel peligrosamente.
Ella responde mordiéndose los labios, cerrando el puño en mi pene, domando mi brutalidad, refractándola a su antojo.
Y un café sereno en la mañana, frente a frente, para concluir que tal vez no sea un espejismo, un capricho de la luz. Porque los sexos aún laten y los ojos aún tienen reflejados en sus iris todos los colores de la luz del amor y el deseo.
Es desesperante la física que lo descompone todo.
Es privilegio tener su luz cada día como un faro que barre las tinieblas de un mar sólido, hostil y sus embates de hipocresía.

Escribo lentamente para no desangrarme también rápidamente (como los segundos pasan) y así tener tiempo para describir lo que padezco y siento.
Cuanto más rabio, más adrenalina, la presión arterial sube y la sangre brota en obscenos borbotones casi negros por nariz, lagrimales y entre uña y carne.
Sí, todo la hostia puta de sórdido.
Así que sin apretar, lenta y sedosamente derramo en el papel mi hastío y la mezquindad humana que me pringa la piel como un mal hongo.
Hay un motivo de amor y miles de millones de odio, indiferencia absoluta por sus vidas cuando me siento bienhumorado. Como ellos la sienten por la mía, no soy especial.
Es lógico, incluso legal, sentirse agraviado por toda esa caterva de mezquinos, gritones y malolientes.
Comprendo que los dibujantes de cómics crearan primero al villano que desea destruir a la humanidad, y luego al super héroe para hacer feliz a la chusma lectora. El dibujante busca lo mismo que yo escribiendo: aniquilar la mezquina humanidad, cáncer de sí misma.
Es inevitable que casi todo mi cerebro piense en ella. Y esa pequeñísima parte de mi seso, la que controla por ejemplo, el cagar o las náuseas, piensa además en esos miles de millones sin rostro; en su erradicación como primer sueño o deseo vehemente.
Es más fácil odiar que amar. Es la razón de que el odio exija tan poco cerebro para ser gestionado.
El amor es una galaxia inabarcable en el espacio profundo que precisa la inmensa mayoría de mis neuronas para gestionarlo.
El deseo es una bestia voraz de conexiones sinápticas y quema neuronas como una tostadora averiada el pan.
Pensando en ella no sufro hemorragias, pero me desoriento en su cosmogonía y cosmología. O en la inmediatez de un “te amo” irrefrenable. Sí que pierdo el control de la realidad soñando con ella, amándola desbocadamente. Y por ello, para proteger mi integridad mental, acabo de nuevo en la casilla de salida odiando. Pero no con furia, sino fríamente. Tomando un café entrecerrando los ojos por el humo del tabaco; observando a la humanidad e incinerándola sin ningún tipo de alegría, como quien realiza su mal pagado trabajo diario. Meditando sobre el espacio que nos dejaría la extinción, su silencio y cadencia temporal.
No los necesito. Ni siquiera en mi imaginación desbordada cabe otro ser, algo ajeno a ella.
Al final te tengo a ti ocupando todo mi pensamiento y al resto del planeta para ubicarme en un lugar concreto para sobrevivir, cosa imposible en tu infinita esencia.
No debería odiar, con la indiferencia bastaría; pero no soy budista o un beato religioso y requiero cometer excesos para liberar la presión de tu posesión.

Ser un fluido tiene sus ventajas, podría llegar a ti con la velocidad del pensamiento. Ser tu buen fantasma y protegerte de las pesadillas y otros fantasmas.
Una refrescante corriente de aire en el centro de calor de tus muslos.
Y sin ostentosas ceremonias provocar que tu vientre se contraiga con un espasmo de placer penetrándote, embistiéndote vaporosamente.
Acariciarte el corazón cuando lo sientas frío y solo e hidratar tus labios en un largo beso onírico.
Velar por tu respiración tranquila y pausada.
Ser tu bálsamo obsceno extendiéndose por tu piel toda.
Y hacer un poltergeist con tus pechos agitados por mis manos y boca invisibles.
Decirte unas ternuras en un susurro cuando temas que hoy algo no está bien. Y aunque rías…
Pero soy de carne y no vivo en un constante estado de lujuria, de deseo.
Bastaría un cigarrillo y un café frente a ti con cualquier palabra que surgiera en ese instante, para serenarme de estas palabras de deseo y posesión.
Mi lujuria de ti es tan fácil de aplacar…
No soy de esos grandes romances universales, tan solo de pequeñas y serenas cotidianidades, de esas pequeñas ternuras que se atesoran en nuestros recuerdos y súbitamente se evocan en algún momento.

Amarte tanto, sufrir y gozar tu existencia con una esperanza inquebrantable en un destino manifiesto cósmico, tiene un fin.
Debe tenerlo, cielo.
Se me encoge el corazón al pensarlo y cuando eso ocurre, no es cuestión de fe. Es una certeza, una cicatriz que me cruza el pensamiento profundo.
Partiré a conquistar el mejor lugar del universo para un lejano día traerte conmigo.
En el momento adecuado de trascender formaremos la Galaxia Pax Amantium, rodeada de las más bellas y gigantescas nubes de gases de colores en movimiento y expansión; las volutas de la paz de los amantes como mudos suspiros interestelares.
Existir alumbrando la oscuridad es el privilegio merecido tras eones de mantener al rojo vivo un amor furioso y agotador en el proceloso Mar Eternidad, allá en la Tierra.
Sueño con lágrimas de dicha creando un cinturón de hielos, diamantes colosales girando a nuestro alrededor y un astrónomo con su telescopio sintiéndose desfallecer al observarnos a través de los milenios, como Stendhal en Florencia.
Desde el agotamiento y la desidia del amante, miro el cielo y vislumbro fugazmente mi final. Oteando el mundo, triangulándote en cada lugar y tiempo en mares y tierras. Y un coro imposible de lamentos de amor en el vacío, consolará la atroz tragedia de amar en un final hermoso y esperanzador.
Es la conclusión a todo este amor, el hermoso fin de tanto amar.
No quiero y no puede ser de otra forma.