Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

He soñado con mi madre que, tras hacerme una de sus bromas de niñez, me daba el beso más tierno que desde mi infancia no he sentido jamás.
Hasta anoche que la soñé.
Pobre madre muerta…
Duelen tanto los seres que amas, vivos o muertos.
Pobre de mí, un patético viejo soñando a su madre.
He pedido morir para no salir de ese momento de absoluta y desesperante belleza.
No quiero vivir más estas tristezas.
Me niego a despertar a las cuatro de la madrugada y fumar para que el ardiente humo evapore todas esas lágrimas que inundan el corazón, los pulmones, el vientre…
Una hemorragia imparable de tristeza.
Y sin embargo, deja los ojos secos como tierra al sol.
Su rostro sonriente se acerca a mi mejilla para besarme con esa poderosa dulzura. Y adquiero la certeza de que no la quería tanto como ella me quería a mí. Y así, a la tristeza se suma la vergüenza de ser un miserable.
Debería haberla besado con esa dulzura arrasadora.
Nunca pude imaginarla muerta.
Estoy cansado de soñar tristezas, es hora de morir de una vez por todas. Aunque deje de existir, sin posibilidad alguna de encuentros con mis amados seres en el más allá o en otras dimensiones.
Solo basta con que cese esta hemorragia que me ahoga por dentro.
He despertado repentinamente, rompiendo esa perturbadora y bella fantasía, una mentira más de mi mente tarada.
Madre… Solo gente especial que besa con tanto cariño, puede aparecer viva en los sueños.
Yo no podría, mama. Tu hijo es un mediocre.
Tu hijo es un mierda que te quiere y recuerda con toda su podrida y miserable alma.
¿Qué se rompió mientras me dabas vida en tu vientre para que tu ternura no entrara en mi sangre en suficiente cantidad?
Si supieras de la dolorosa tristeza de un beso que ya no sentiré, de un niño que hace décadas murió absorbido por mí. Yo me asesiné a mí mismo y luego moriste.
Y ahora solo me quedan tus oníricas ternuras, como si estuviera maldito con semejante bendición.
No debería estar vivo.
Debería estar muerto como ellos.
Mis muertos, mis pobres muertos…

Iconoclasta

Amar tiene algo tan profundo como un pozo sin fondo de luz cegadora.
Asomarse es precipitarse por un cañón de luz sin pensar en el final, el dolor o la muerte.
No importa la luz que hiere, importa el latido amado.
Y descender con ella.
Pase lo que pase, dure lo que dure.
Cuando llegue la reparadora oscuridad, su paz. Estaré lleno de ti…
No puedo evitar pensar que te amo a tumba abierta, de esa forma tan vertiginosa, tan suicida.
No pretendo ser trágico, solo quiero ser rotundo, sin concesiones.
Y no hay pozo que pueda ser más profundo que mi amor por ti.
No hay nada en La Tierra que pueda superar esa sima de luz.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Morir es una cuestión aleatoria, nadie puede evitarlo o retrasarlo.
Adelantarlo sí, es una de las pocas ventajas de vivir.
Así que ¿por qué preocuparse?
La obsesión por el miedo a morir es el resultado de una degeneración en el modo de vida humano.
La carencia de un lugar y tiempo para que los humanos se comporten como animales, como su naturaleza dicta, los ha convertido en un rebaño pusilánime y sumamente hipócrita.
Esta sociedad de ciudades, tecnología y bienestar basado en mercantilismo, está abocada a la ruina y la destrucción. Ya ha habido un avance de como continuará la película con la histeria montada en torno al coronavirus, como si miles y miles de gallinas cacarearan asustadas en la granja donde están hacinadas para poner huevos o ser sacrificadas.
Es imposible una metáfora digna para explicar la realidad de esta sociedad repugnante donde me parieron.
Los grandes rebaños humanos van a experimentar un hambre y una violencia como jamás se ha visto en su gran número y extensión.
Se llevará a cabo una criba genética por medios realmente traumáticos, tanto de simple chusma como de políticos y jefes de estado.
Los que sobrevivan (una pequeña minoría) será mejor que hagan las cosas bien y no creen más infecciosas ciudades; de lo contrario la especie humana para suerte o por desgracia, se extinguirá.
Puede que no ocurra así, que no haya un violento holocausto de hambre y violencia; pero me lo paso bien soñando cosas buenas; no cuesta dinero y me la pone dura.

Que no deje de amarte en un mal lugar y tiempo; rodeado y acosado por el fascismo, los cobardes, los hipócritas y los mezquinos; tiene un millón de mérito.
Me debes tres mamadas seguidas, tus bragas húmedas y el beso más potente que puedas darme en la noche más oscura, cuando la enfermedad haya aniquilado a toda la puta humanidad.
Rabio por tenerte. ¿Ves? No todo es asco por lo que me rodea y asfixia.
Acuchillaría seres humanos uno tras otro y te seguiría amando a corazón sangrante.
Te seguiré amando a pesar del odio homicida que siento, cielo.
Ya sabes, exigiré el pago correspondiente por amarte por encima de todo y de todos.

Antes de que se fundara el actual conjunto de sociedades industrializadas, tecnificadas y mercantiles, algunos viejos tenían un gran valor por su experiencia y acumulación de conocimientos.
Los seres humanos que llegaban a la vejez, lo hacían gracias a su fortaleza física e inteligencia para sobrevivir hasta tan tardía edad. Tenían la autoridad de la genética, la fuerza y la determinación.
Eran escuchados por su valiosa experiencia y juicio. Aquellos humanos ancianos, transmitían los valores del esfuerzo, el valor y la resolución con la historia de su propia vida.
Quedan muy pocos o ninguno con valores éticos como aquellos.
En la actual sociedad la vejez se ha convertido en algo anodino. Un tiempo y lugar donde los más débiles, tontos, mezquinos y cobardes se han reproducido para luego envejecer hasta edades injustamente longevas; dejando a la estirpe humana varios estadios por debajo de lo que era antes de que se iniciara la estabulación humana indiscriminada en forma de grandes ciudades y su endogamia.
Ha llegado artificiosamente a la vejez lo peor de hombres y mujeres. Y son legión…
De ahí que los actuales viejos se comporten como niños asustados y tontos por el calor, el frío, la lluvia, el café o una gripe. Y todos esos temores, toda esa ignorancia y esa debilidad; nietos y padres las han convertido en virtudes. Porque la mayor parte de los ancianos de esta decadente y degenerada sociedad, transmiten la debilidad, el miedo y la ley del mínimo esfuerzo (salvo cuando van en manada como turistas jubilados y arrasan los bufés libres de restaurantes y hoteles como auténticas fieras, incluso te muerden si acercas la mano).
Y padres y nietos, están de acuerdo con ellos.
Lo que nace y crece con indignidad, indigno envejece y muere.
Una vejez cobarde y anodina es el producto de una vida con las mismas cualidades.
Lo peor que podía pasar ha ocurrido: no todos los abuelos deben cuidar de sus nietos, es antinatural. Los niños son una esponja que absorbe rápidamente lo bueno y lo malo indistintamente. Algunos (muchísimos) abuelos deberían vivir a centenares de kilómetros de sus nietos.
La decadencia de la actual sociedad se ha propagado como una enfermedad infecciosa desde los viejos a los jóvenes.
De abuelos a nietos y de hijos a padres, canibalizando cualquier asomo de determinación e inteligencia entre ellos.
Una marea negra de mediocridad que devora la fuerza, el valor y la dignidad.
La vejez actual es un virus letal para la humanidad. Mezquindad inyectada en vena.
Y los más preocupante es que los actuales líderes políticos y jefes de estado, son nietos de una vergonzosa decadencia; de esos vejestorios apáticos y pusilánimes que han vivido injustamente demasiado tiempo.
Si yo tuviera setenta años y alguien me dijera que fuera con cuidado con el calor, lo envío a la mierda. Nadie puede enseñarme o aconsejarme como he de vivir al sol o al frío.
Si no puedes soportar el sol o la vida; mejor muere. Te lo está pidiendo el cuerpo, hazle caso.
Es tan horrenda la evidente degeneración de la vejez humana de la actual sociedad, que me parece absolutamente natural que nadie haya escrito de ello en estos términos.
Supongo que alguien con demasiados escrúpulos y absolutamente integrado en esta pútrida colonia insectil, se sentiría incómodo describiendo esto, la verdad.
Alguien tenía que hacerlo (emoji de carita tímida).
No lo digo con resignación, es amor propio. Un poco de narcisismo siempre sienta bien sea lo viejo que seas. Mucho mejor que llorar como un niño de tres años por un descafeinado.
Ser viejo y tratado como un bebé, con condescendencia y aceptarlo beatíficamente; es la peor de las películas que pueda imaginar.
Seré macho hasta morir.

Iconoclasta

No quiero vivir rodeado de alegría, es tan banal, mi amor…
Porque la vida está plagada de tragedia y la continua alegría del miedo la ridiculiza.
La sonrisa injustificada de infantiles esperanzas y debilidad le roba la dignidad a la vida, como un cáncer se come una víscera.
Si ha de doler que duela y cuando dejemos de sufrir, reiremos, follaremos, dormiremos juntos nuestro cansancio.
Si ellos ríen siempre, pienso en patéticos e imbéciles.
Porque vivir es morir y desgastarse.
No le veo la puta gracia.
Incluso nacer es trauma.
Cazar o trabajar es causa de heridas y desaliento. De muerte misma.
Yo quiero habitar el Planeta Triste que rinde respeto al esfuerzo y el drama.
Al amor verdadero que nace del agotamiento y la lucha.
Y beber de tus pechos tu esencia, cansado y hambriento.
De tu coño el aceite de la resurrección…
Si amas sonriendo eres un idiota e ineficaz actor o actriz porno.
Los amores mueren en el Planeta Triste. Y los tristianos caminan apenados como si el mundo les pesara en los hombros, buscando otro nuevo amor.
Jamás sonríen cuando duele. Solo ríen por motivos justificados, como la muerte.
No quieren hacer de su vida una ridícula película de superación y final feliz.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

No puedo dejar de escribir porque sería no existir.
Mientras lleno páginas con palabras, respiro.
De ahí las dichosas apneas del sueño…
Debo programar una alarma nocturna para que suene cada dos horas y no dejar de escribir así, mis estupideces, esas que me dan oxígeno.
El problema del papel no es el ecologismo, el problema es que los puercos no quieren que escribas tu pensamiento real en un soporte táctil, tridimensional.
Es pura envidia y control.
Es el fascismo de la ignorancia y la incapacidad intelectual global.

Vivir duele todos los días en partes aleatorias del cuerpo. A medida que avanza el tiempo uno siente con precisión cada uno de esos dolores.
Se requiere cierta edad para ser consciente del dolor de vivir.
Duele a todas las edades; pero el descubrimiento del mundo, distrae del dolor.
Hasta que inevitablemente lo sabes todo…
El dolor de vivir, no tiene nada de relativo, el dolor es rotundo, a menos que seas un enfermo mental deseando que te claven agujas en los genitales y en el blanco de los ojos.
Sin embargo, las tristezas son subjetivas: tu tristeza puede ser mi indiferencia o alegría.
Y viceversa.
Cuando leo o escribo “viceversa”, me viene a la mente un espejo en el cual se escurre un escupitajo que deforma mi reflejo.
El espejo esconde y refleja lo que desconozco: mi rostro mismo.
Yo no soy ese ser que me observa con indiferencia y desdén.
Me creía mejor…
Hay un breve momento en la vida en el que te encuentras frente a un desconocido cuando te asomas al espejo.
Y después, lo echas de menos, porque ya no volverá a aparecer jamás ese rostro desconocido que estaba en el “otro lado” y al cual desearías ver para concretar diferencias, incluso preguntarle como es la vida en ese otro mundo.
Tal vez sea mejor así. Una forma de evitar la locura, porque… Si algo es distinto al otro lado del espejo ¿qué o quién es el reflejo?
No quisiera sumar al dolor de vivir, la frustración de ser irreal.
Los espejos esconden las ideas más malvadas.
Y yo reflejo los dolores más vitales aunque no quiera.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Cuando sienta que voy a morir haré un último esfuerzo por llegar a la montaña, sea de noche o de día. Tengo cojones para eso.
No avisaré a nadie, no dejaré nota alguna.
Y me dejaré morir en el bosque duela lo que duela.
Porque si algo sé, es que sabes con certeza cuando toca morir. Lo sé de una forma tan rotunda como el respirar.
Y sé que duele.
Morir duele un millón.
Lo único que me preocupa es que no me dé tiempo de llegar a lo profundo del planeta.
Y una vez que encuentren mi cadáver, que se busquen la vida. Si morir tiene alguna ventaja, es la impunidad. No pagas consecuencia alguna por tu acto.
Que se jodan.
¡Bye, vida de mierda! Jode a otro, hija de puta.

Ellos sí que pueden sentirse orgullosos de controlar, reprimir y castigar a los ciudadanos.
Con sus cojones, controlando en la plaza del ayuntamiento, con severidad y ferocidad que todo el mundo lleve su bozal de mierda; y unos meses atrás, que cada paseante tuviera un recibo que justificara porque está en la puta calle que es de ellos, de la policía de la nueva normalidad española de mierda.
Policías con cojones para agredir al ciudadano, cobardes como ratas para detener delincuentes.
Qué orgullo de policía fascista, el orgullo de sus amos los políticos, claro.
Porque no acabo de sentir admiración por ningún perro policía que me acosa y deja libre al asesino.
Puta normalidad de putos policías, de putos políticos.
De cobardes jefes de estado y cobardes policías y ejércitos.
Como es un pueblo, son sus amos y extorsionadores.
Siempre ha sido así el fascismo, muchos cojones con los inocentes y chupársela a los delincuentes.
Ya se pueden ir metiendo las próximas urnas de puta democracia por el culo.
Si fuera la bofia como la de la foto, me dejaría esposar; pero nada más lejos de la realidad y la puta nueva normalidad.