Una mierda se ha suspendido el estado de alarma por coronavirus. Millones de jetas cubiertas por mascarillas de papel y trapo lo niegan. Ahora con un eufemismo ofensivo para cualquier inteligencia por mínima que fuera y la hubiera, al estado de miedo y represión (sobre todo en España) lo llaman: “nueva normalidad”, una normalidad de mierda. Solo buscan eternizar su dictadura a través del miedo que inoculan a la ignorante chusma votante y crédula. Es la nueva normalidad real: la dictadura de los hipócritas, mezquinos y oportunistas políticos de las redes sociales. Han conseguido inocular un miedo tan visceral entre el rebaño, y de una forma tan infantil; que es kafkiano que tantos borregos tengan esa ciega fe en ellos y no sean capaces de ver la realidad. La cobardía y la infantilidad de los adultos es asfixiante.
Cuando la mente se hace pedazos el cuerpo no atina en ningún movimiento, ni en la articulación de las palabras. No sé porque no se sincroniza la muerte del cuerpo con la de la mente. Es pornográfico que vaguen cuerpos con el cerebro podrido. ¿Es acaso una última forma de la naturaleza para dar alimento a los que no han tenido un buen día de caza? Tal vez sea eso. Un cuerpo descontrolado, excretando, abonando… Un cuerpo que vagabundea para servir de comida. Pero nadie caza esos cuerpos. Ése es el problema. No es una noticia feliz. A veces, los que tienen las mentes hechas pedazos aciertan a follar de forma accidental. Sin pretenderlo, tal vez en sus cerebros podridos guardan la reminiscencia de un episodio sexual y consiguen encontrar sus genitales en su cuerpo idiota. Y nacen bebés con la mente hecha pedazos, obedientes pero inoperantes. Y crecen, se eternizan sin control. Los cuerpos idiotas son un peligro en cualquier especie, la estropean. La pudren. Las mentes hechas pedazos han nacido de una endogamia azarosa e inevitable en el hacinamiento. Las grandes concentraciones de seres de cualquier especie acaban degenerando las líneas genéticas por los graves efectos consanguíneos de un follar ebrio e idiota. Hay animales que no han nacido para vivir en rebaño; pero no lo saben por desidia, por cobardía, por ignorancia, porque nacieron así de defectuosos… Una tara pegada a otra tara, a otra tara, a otra tara… Las mentes hechas pedazos no pueden impedir que los cuerpos sin control rellenen sus propios agujeros con materiales orgánicos e inorgánicos. Los anos han perdido su función para sacar y son para meter, las vaginas son meros estuches portaobjetos, los penes son orgánicos enemas de esperma y orina. Toalleros obscenos que nadie usaría, ergo patéticos. Los cuerpos idiotas se cortan las venas, o se tiran desde decenas de metros al vacío. Sin saber por qué. Si sus mentes no estuvieran hechas pedazos, sabrían que se matan por frustración de la más alta pureza. No hay cementerios para las mentes y ese cadáver se queda en los cuerpos torpes infectándolos con su descomposición. El dios de las mentes hechas pedazos solo supo hacer cosas semejantes a él. Murió el dios y sus creaciones ahora yerran sin padre, gimoteando imbécilmente. Estamos abandonados…
Estas mierdas son las que se pueden ver y leer en las noticias de internet a todas horas, en la televisión es peor y en la radio, te pueda dar un ataque de diabetes con las voces idiotas de los vendidos que las recitan al micro. La prensa se la mama al poder con sensacionalistas titulares de noticias, que de noticias no tienen nada. Es la propaganda que ha pagado el Régimen Español de los Caudillos Sánchez e Iglesias para que la chusma de su reino piense que gracias a ellos están a salvo. La prensa anuncia, en definitiva: “Ellos, vuestros Caudillos son vuestros salvadores. Mirad lo que pasa si no os robamos libertades y pudrimos la economía: os moriríais en cuestión de horas”.
En los bosques se ve más muerte que vida. La vida ruge; pero raramente se deja ver. La ocultación es una simple e instintiva cuestión de supervivencia que debe cumplirse. Es tan triste y trágica la muerte de los pequeños seres, tan trascendente en su soledad que yo también quiero ser un anónimo y pequeño drama nemoroso. Algunos ni llegan a crecer por una mala suerte, un viento o una lluvia. Pobrecito… Es más pequeño que mi dedo pulgar… Y se lo comen las moscas. Todos los seres sin nombre mueren sin lágrimas de nadie en el bosque. Que borren mi nombre y nadie lo recuerde. Sé que no es así; pero quiero creer que mueren valientemente. Ahora que nadie observa mi tristeza aquí, tan adentro del planeta. Somos tantos en el mundo que no importamos y alguien debe llorar las mínimas tragedias. Misericordia… El bosque es tan íntimo, que arranca de mí esas defensas tan bien creadas y me coloca una pena. Una penita en el pensamiento cuando menos lo espero. Piedad… Y le dedico unos minutos de tristeza que se merece el pequeño héroe. Adiós, pequeño. Un beso de luz para el oscuro camino.
He visto a un gordo corriendo por un parque solitario, con sus vibrantes mantecas subiendo y bajando como gelatina y con una mascarilla negra en el hocico. He pensado de una forma natural e instantánea: si el obeso cobarde hubiera oído que cubriéndose el morro con excrementos, estaría a salvo del coronavirus; ahora vería trotar al cerdito con tres trozos de cagarro: uno para cada agujero de la nariz y otro en la boca. Y quien dice el gordo, lo mismo ocurre con esas patéticas familias multimascarilla (tan felices, que parecen estar protagonizando un anuncio risueño de compresas o tampones) que pasean con sus hocicos cubiertos con mucha dignidad; ejemplos vivientes de ciudadanos ejemplares. No he conocido una época más indigna que la actual. Tres o cuatro décadas de una educación, formación y cultura venenosas han creado los auténticos cabestros que hoy han llorado en sus casas por miedo al coronavirus y aplaudido a su caudillo y secuaces. La política del analfabetismo ha dado sus frutos que, han florecido ahora como gordas y podridas manzanas sin cerebro. No solo ha sido una docencia siniestra y pútrida. Internet ha sido decisiva para propagar la ignorancia y las mentiras institucionales. La velocidad con la que han entrado en los cerebros lisos de esas ovejas con mascarillas ha sido el gran triunfo tecnológico en lo que va de siglo. El sueño dorado y cumplido de los jefes de estado actuales, esos que han brillado fosforescentemente como nadie en la historia con una cobardía nauseabunda. Y como a lomos de la ignorancia cabalga el miedo, ahora las ovejas tiemblan a pesar de sus mascarillas. Sí, se ha creado un nuevo carácter psicológico en la especie humana: el miedo analfabeto. De una cosa estoy más convencido cada día: es necesaria una violencia sin precedentes, una guerra mundial con sangre y balas reales para que la especie humana se renueve. Para que no corran gordos con el morro cubierto con un pedazo de papel por los parques solitarios. Ya es cuasi insoportable la vida en sociedad para alguien que tenga un pensamiento libre, crítico e independiente de cualquier medio de comunicación doctrinal actual. Un conflicto bélico con millones de personas muertas es la única esperanza para una especie, la humana, inmersa en un grave proceso degenerativo mental y físico. ¿Y si fabricaran las mascarillas con veneno? Eso ayudaría; pero no sería suficiente. Las balas matan más rápidas y mejor. Además, como la especie humana es plaga, en pocos meses (al igual que las ratas) nuevas generaciones nacerían inmunes al veneno. Y ante todo no olvidar a los actuales responsables y redactores de los medios de comunicación y “periodísticos” que han vendido sus culos a los tiranos que han emergido como bolitas de mierda flotantes junto al coronavirus. El coronavirus, necesita refuerzos urgentemente o la humanidad está acabada.
No quisiera alardear; pero si un perro guardián me da un latigazo, le arranco los pulmones a puñetazos a falta de balas y pistola para pegarle un tiro en la cara.
El coronavirus no es la enfermedad, es solo el catalizador de la mezquindad humana.
A ver si en un siguiente rebrote mueren los que deben, esos perros que colaboran con el poder desde ventanas y balcones y esos indiacos con látigos que se creen el puto poder legislativo de mierda.
Cuanto más pobres más idiotas, tal vez el hecho de ser idiotas los ha hecho pobres. Que si el huevo, que si la gallina…
Eres montaña, mar y viento. Eres mucho más. Solo quiero expresar con mi torpeza que cuando te beso, cuando me roza tu piel y su calidez se extiende como un aceite por mi carne y mi alma o cuando en el silencio escucho tu respiración; estoy donde debo y tengo todo lo necesario. Eres mi naturaleza, eres una parte de mí. El viento me susurra cosas que no entiendo, solo intuyo. Y los ojos se entrecierran con un placer sereno. Como cuando tu voz me habla directa al pensamiento y es capaz de modificar el ritmo cardíaco. Escucharte es sentirme derrotado y abandonarme a ti con desidia. Estar a tu lado es caer repentinamente en la cuenta de lo muy cansado que estoy. De lo muy viejo que soy ya. Todo dolor y toda tristeza, cuando estás, cuando usurpas mi pensamiento con tu potente presencia; queda repentinamente muy atrás en el tiempo. Es el vértigo de amarte. Es precioso sentir ese vértigo ¿verdad cielo? Cuando estás en mi pensamiento, me siento afortunado. El viento vuelve a hablarme y le digo “te amo”. A ti que eres viento y montaña y aire y mar y mi sangre misma. Está bien, sé que no es necesario; pero tengo que decirlo otra vez: tú eres más voluptuosa que el planeta. Eres carnal hasta mi desesperación. Por ello no pienso en la naturaleza cuando estoy donde debo. Pienso en ti como la fuerza que rige el planeta que me contiene. Siempre es necesario redactar cláusulas con letra pequeña en el contrato de amar para que no quede un solo rincón de ti por mencionar. Ahora las nubes son oscuras y densas como una tragedia colosal y hermosa. Y me refugio en ti, las veo a través de tus grandes ojos que serían capaces de empequeñecer los del lobo feroz y no tengo miedo a que me parta un rayo. Eres tú mi tragedia, mi nube oscura, densa y preciosa que me sopla amor y esperanza con su vientos esclavos. No podría tener miedo jamás, porque soy tu hombre. Necesito que te sientas orgullosa de mí, amor; porque yo solo atino a pensar que soy un mierda. Necesito ser tu hombre, porque si soy tuyo, soy completo. Ya llueves, cielo, no quiero dejar de escribir; pero la tinta se emborrona en el papel y no puedo permitirme perder ni una sola palabra de las que escribo evocándote. Mójame todo, amor; mientras camino a una casa donde no estás ; pero que tiene la soledad suficiente para conjurarte a cada instante. Que el viento, tu viento te lleve todo mi amor, todas mis letras. Todo irá bien, cielo.
Nunca, por mucho que llore, por mucho que parezca estar sufriendo; nunca dejes que un gato blanco lama los restos de las natillas de chocolate que has comido. Porque parecerá el gato de un mecánico por mucho tiempo, ya que no tendrás ganas de limpiarlo. Pero por otra parte, no puedes estar escuchando sus maullidos durante horas. Pinches gatos…
Gracias al coronavirus los cobardes han salido del armario después de haber estado escondidos meses en sus casas, atentos a las consignas televisadas del Régimen Español. Lo han hecho sin ningún tipo de pudor y alardeando con absoluto orgullo de su cobardía. Como si de danzarines y vanidosos travelos, maricas y tortilleras se tratara en su señalado día. Es tan decadente la sociedad española que ha llegado al extremo de alabar la cobardía como virtud con un vergonzoso “quédate en casa y no hagas nada, cabestro”. La ignorante población española mayoritariamente ha aceptado sin rechistar, con sumisión total las consignas del Régimen Fascista del Coronavirus. La represión ha sido ampliamente aceptada por una sociedad estática y pusilánime que básicamente se siente bien en cualquier prisión siempre y cuando tenga televisor, teléfono y además, forme parte de un gran número de reses en la misma situación. Nunca un país ha sido tan indigno como España y sus españoles confinados y aplaudiendo cuando así lo exigía la autoridad dictatorial. Y ahora, con el organismo débil por la inmovilidad solo se atreven a salir a la calle con un bozal, para enfermarse aún más. Usan en masa sus mascarillas aunque tengan a su alrededor veinte kilómetros libres de “distancia social”. España no tiene una “nueva normalidad”, se trata de una “subnormalidad enfermiza y cobarde”. Y la vejez, pegada todo el día a su nuevo oráculo sagrado imbécil (la televisión prostituta del Régimen Español), no ha podido caer más bajo en sus niveles de dignidad. Ojalá se hicieran epidemiológicos los tumores cerebrales y que solo decapitando a los idiotas, se pudiera evitar su transmisión; pero tumores rápidos que mataran en treinta horas a lo sumo. Sería ideal para evitar que se reprodujeran mientras se les administra morfina para bien morir o hasta que les toca turno para una piadosa lobotomía.
Esto es otro ejemplo del periodismo español del coronavirus. Lo mucho que se ha tenido que prostituir la prensa al Régimen de los Caudillos Sánchez e Iglesias para redactar semejante noticia. Es como si el puto o puta periodista acudiera a unos aseos públicos para explicar y documentar como se limpian el culo los españoles cobardes con mascarilla. Es de risa, y si no hubiera tanta ignorancia y cobardía, a más de uno le dolerían los ojos de leer semejante mierda.