Posts etiquetados ‘tristeza’

No quiero vivir rodeado de alegría, es tan banal, mi amor…
Porque la vida está plagada de tragedia y la continua alegría del miedo la ridiculiza.
La sonrisa injustificada de infantiles esperanzas y debilidad le roba la dignidad a la vida, como un cáncer se come una víscera.
Si ha de doler que duela y cuando dejemos de sufrir, reiremos, follaremos, dormiremos juntos nuestro cansancio.
Si ellos ríen siempre, pienso en patéticos e imbéciles.
Porque vivir es morir y desgastarse.
No le veo la puta gracia.
Incluso nacer es trauma.
Cazar o trabajar es causa de heridas y desaliento. De muerte misma.
Yo quiero habitar el Planeta Triste que rinde respeto al esfuerzo y el drama.
Al amor verdadero que nace del agotamiento y la lucha.
Y beber de tus pechos tu esencia, cansado y hambriento.
De tu coño el aceite de la resurrección…
Si amas sonriendo eres un idiota e ineficaz actor o actriz porno.
Los amores mueren en el Planeta Triste. Y los tristianos caminan apenados como si el mundo les pesara en los hombros, buscando otro nuevo amor.
Jamás sonríen cuando duele. Solo ríen por motivos justificados, como la muerte.
No quieren hacer de su vida una ridícula película de superación y final feliz.

Iconoclasta

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Vivir duele todos los días en partes aleatorias del cuerpo. A medida que avanza el tiempo uno siente con precisión cada uno de esos dolores.
Se requiere cierta edad para ser consciente del dolor de vivir.
Duele a todas las edades; pero el descubrimiento del mundo, distrae del dolor.
Hasta que inevitablemente lo sabes todo…
El dolor de vivir, no tiene nada de relativo, el dolor es rotundo, a menos que seas un enfermo mental deseando que te claven agujas en los genitales y en el blanco de los ojos.
Sin embargo, las tristezas son subjetivas: tu tristeza puede ser mi indiferencia o alegría.
Y viceversa.
Cuando leo o escribo “viceversa”, me viene a la mente un espejo en el cual se escurre un escupitajo que deforma mi reflejo.
El espejo esconde y refleja lo que desconozco: mi rostro mismo.
Yo no soy ese ser que me observa con indiferencia y desdén.
Me creía mejor…
Hay un breve momento en la vida en el que te encuentras frente a un desconocido cuando te asomas al espejo.
Y después, lo echas de menos, porque ya no volverá a aparecer jamás ese rostro desconocido que estaba en el “otro lado” y al cual desearías ver para concretar diferencias, incluso preguntarle como es la vida en ese otro mundo.
Tal vez sea mejor así. Una forma de evitar la locura, porque… Si algo es distinto al otro lado del espejo ¿qué o quién es el reflejo?
No quisiera sumar al dolor de vivir, la frustración de ser irreal.
Los espejos esconden las ideas más malvadas.
Y yo reflejo los dolores más vitales aunque no quiera.

Iconoclasta

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En los bosques se ve más muerte que vida.
La vida ruge; pero raramente se deja ver. La ocultación es una simple e instintiva cuestión de supervivencia que debe cumplirse.
Es tan triste y trágica la muerte de los pequeños seres, tan trascendente en su soledad que yo también quiero ser un anónimo y pequeño drama nemoroso.
Algunos ni llegan a crecer por una mala suerte, un viento o una lluvia.
Pobrecito…
Es más pequeño que mi dedo pulgar…
Y se lo comen las moscas.
Todos los seres sin nombre mueren sin lágrimas de nadie en el bosque.
Que borren mi nombre y nadie lo recuerde.
Sé que no es así; pero quiero creer que mueren valientemente. Ahora que nadie observa mi tristeza aquí, tan adentro del planeta.
Somos tantos en el mundo que no importamos y alguien debe llorar las mínimas tragedias.
Misericordia…
El bosque es tan íntimo, que arranca de mí esas defensas tan bien creadas y me coloca una pena.
Una penita en el pensamiento cuando menos lo espero.
Piedad…
Y le dedico unos minutos de tristeza que se merece el pequeño héroe.
Adiós, pequeño.
Un beso de luz para el oscuro camino.

Iconoclasta

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Eres montaña, mar y viento.
Eres mucho más. Solo quiero expresar con mi torpeza que cuando te beso, cuando me roza tu piel y su calidez se extiende como un aceite por mi carne y mi alma o cuando en el silencio escucho tu respiración; estoy donde debo y tengo todo lo necesario.
Eres mi naturaleza, eres una parte de mí.
El viento me susurra cosas que no entiendo, solo intuyo. Y los ojos se entrecierran con un placer sereno.
Como cuando tu voz me habla directa al pensamiento y es capaz de modificar el ritmo cardíaco.
Escucharte es sentirme derrotado y abandonarme a ti con desidia.
Estar a tu lado es caer repentinamente en la cuenta de lo muy cansado que estoy. De lo muy viejo que soy ya.
Todo dolor y toda tristeza, cuando estás, cuando usurpas mi pensamiento con tu potente presencia; queda repentinamente muy atrás en el tiempo.
Es el vértigo de amarte.
Es precioso sentir ese vértigo ¿verdad cielo?
Cuando estás en mi pensamiento, me siento afortunado.
El viento vuelve a hablarme y le digo “te amo”. A ti que eres viento y montaña y aire y mar y mi sangre misma.
Está bien, sé que no es necesario; pero tengo que decirlo otra vez: tú eres más voluptuosa que el planeta. Eres carnal hasta mi desesperación.
Por ello no pienso en la naturaleza cuando estoy donde debo. Pienso en ti como la fuerza que rige el planeta que me contiene.
Siempre es necesario redactar cláusulas con letra pequeña en el contrato de amar para que no quede un solo rincón de ti por mencionar.
Ahora las nubes son oscuras y densas como una tragedia colosal y hermosa.
Y me refugio en ti, las veo a través de tus grandes ojos que serían capaces de empequeñecer los del lobo feroz y no tengo miedo a que me parta un rayo. Eres tú mi tragedia, mi nube oscura, densa y preciosa que me sopla amor y esperanza con su vientos esclavos.
No podría tener miedo jamás, porque soy tu hombre. Necesito que te sientas orgullosa de mí, amor; porque yo solo atino a pensar que soy un mierda.
Necesito ser tu hombre, porque si soy tuyo, soy completo.
Ya llueves, cielo, no quiero dejar de escribir; pero la tinta se emborrona en el papel y no puedo permitirme perder ni una sola palabra de las que escribo evocándote.
Mójame todo, amor; mientras camino a una casa donde no estás ; pero que tiene la soledad suficiente para conjurarte a cada instante.
Que el viento, tu viento te lleve todo mi amor, todas mis letras.
Todo irá bien, cielo.

Iconoclasta

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Morir en paz es una entelequia.
Volamos directamente hacia la eternidad desde que nacemos. Solo que a cierta edad comienza a acelerar.
Y está bien, entra dentro de las expectativas de vida. Solo los que tienen el cerebro vacío desean vivir eternamente.
Es normal que poéticamente pensemos en reunirnos con todos aquellos que amábamos y murieron, a veces es una tentadora ilusión.
Pero no es tan fácil; es un delirio muy controlado, un lujo que me permito en muy pocas ocasiones.
Moriré solo y no habrá nada después, no quedará un resto de mí; porque no ha quedado un resto de ellos.
Las apariciones de espíritus son solo espejismos de mentes débiles que no aceptan la muerte como realmente es.
No habrá tiempo para la venganza, no podré ser un fantasma torturando a los vivos que odio.
Nadie lo ha hecho. Han pretendido eternizar una mentira para convertirla en verdad; pero eso solo resulta con las mentes simples.
Y a veces me entristezco porque los que odio seguirán respirando y yo no podré plasmar contra ellos mi pensamiento en soporte tangible.
He de apresurarme en odiarlos con fuerza, mi padre y mi madre me esperan.
Me he de mantener con vida el máximo tiempo posible para verlos morir. Mi abuela también me espera.
Tengo que centrarme en ensuciar sus casas y jardines con mis orines y excrementos, mis perros Falina, Megan, Atila, Demelsa, Bianca y Draco. Y mis gatos Murf I, Xibalba y Clarís me esperan.
Los recuerdo a todos con una tristeza que me dobla.
¿Ves lo que pasa? Ahora tengo ganas de llorar.
Durante unos segundos me esfuerzo en creer que todos ellos existen en algún lugar. Tiembla el pulso cuando escribes con putas lágrimas difuminando la visión.
Debería morir ahora que estoy ilusionado y triste.
Es un buen momento, dejaría a mi amada y a mi hijo tristes, llorarían por mí.
Tal vez no…
Es bonito. No importa ser egoísta, necesito estos momentos aunque puedan herir a los que más quiero.

Iconoclasta

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Los lugares que sueño los reconozco emocionalmente, están impregnados de recuerdos, de mis vivencias pasadas oscuramente proyectadas en insondables penumbras.
Pero sus formas y arquitectura, son absolutamente irreconocibles. Jamás estuve allí, jamás existió algo así; y sin embargo, tan familiar.
Hay alegrías y tristezas secretas a las que accedo cuando ciego me topo con ellas y duelen sordamente, incluso con ternura.
Pensamientos que allá se quedaron flotando para siempre.
O sea, hasta que muera.
Grandes espacios grises e imprecisos, nada parecido a lo que de verdad eran en la vigilia de tiempos pasados.
Y el silencio…
La muerte debe ser así…
Desasosegantes lugares donde oscuridad y penumbra ocupan grandes volúmenes que me arrancan el aire de los pulmones con su atmósfera hostil.
Su presencia es ominosa y desesperadamente adictiva.
Todas ese gas de oscuridad y misterio absurdo…
Grises y oscuros, hasta casi ser negros…
Y estoy tan bien en ellos… Poseen una intensidad perturbadora que nada en la vigilia tiene.
En mis sueños no soy consciente de la oscuridad hasta que algo se mueve en ella e intento enfocar qué es. Pienso que mis ojos están muy enfermos, que no captan luz.
Y me doy cuenta al palpar un bulto, que es alguien que conozco, que conocí durante mucho tiempo. Lo observo en mi mente, pero no en mis ojos.
Las palabras de la oscuridad que es persona, están perfectamente sincronizadas con la imagen que de ella recuerdo.
En los lugares de mis sueños no puedo apreciar los detalles y me angustio. Sé dónde están las paredes y las cosas que fueron cotidianas en ellos, pero los colores, sus vibraciones… ¿Existen cadáveres de cosas?
Como si una pena cubriera los bordes de todo.
Me canso de abrir los ojos para nada, me angustio, me siento desvalido. Y está bien, ser desvalido y dejarse tragar por las penumbras, no luchar ya…
En los grandes espacios oscuros y difusos, morir es dulce, morir es consuelo.
Me gusta tanto la luz en la vigilia… Amo la luz con la misma medida que la oscuridad cuando la creo, cuando me oculto en ella.
Pero la oscuridad de mis sueños, me oculta a mí mismo. Me difumina hasta ser nada. No veo mis manos cuando acaricio su sexo húmedo y profundo.
La gente que dejé de ver hace años, en los lugares de espacios penumbrosos tienen conmigo la familiaridad del día anterior.
No quiero preocuparles diciéndoles los muchos años que han pasado. Los aprecio así como eran. De hecho, no tengo ningún interés en saber como son ahora.
Un compañero habla conmigo, trabajamos en un tejado a muchos metros del suelo que se supone que hay en esa insondable y profunda oscuridad bajo nuestros pies. Da un paso en falso y cae por un agujero por el que no podría haber pasado jamás. Y muere ante mí, antes de que sus ojos desaparezcan.
Es desesperante, porque la muerte es tan rápida, es tan silenciosa…
Es coloquial de una forma cruel y desinhibida.
Mata a la velocidad de un saludo, de un ¡ay!
Las distancias de tiempo y espacio son tan grandes en mis sueños, que cuando observo mi piel tiene el color del cemento viejo, de ese gris herrumbroso que se desmorona al mirarlo.
Distancias y tiempo, que pudiera ser fueran la misma cosa, me impregnan de melancolía.
De una entrañable tristeza que atraviesa mis ojos que no ven y se extiende tras ellos hasta lo más profundo del cráneo.
Me despierto como de una pesadilla, con la respiración entrecortada. La tristeza continúa pulsando en mi cabeza hasta que vuelvo a fumar un cigarrillo que templa el ánimo.
Tengo la impresión al despertar que aquellas personas estaban muertas y no lo sabían.
Las que aún viven.
Siento que pierdo algo al despertar. Ya no volveré a esos lugares oscuros de dimensiones extrañas e inabarcables. Espacios que guardan oscuridades vitales, trozos de lo que fui y sentí.
Porque cada sueño es una melancolía, una precisa tristeza que no se repite nunca.
Trozos de oscuridad que no puedo llevar a la realidad.
Pedazos oscuros que contienen tiempos largos como vidas enteras.
Hay una tragedia que se clava en el vientre en cada sueño. Despertar es volver a la mediocridad, toda aquella oscuridad triste y densa, tan intensa como el latido de un corazón se desvanece repentinamente, se rasga con la luz de la realidad.
No puedes arrancar un trozo que llevarte de consuelo.
Amo esa melancolía, esa tristeza misteriosa. Las temibles y grandes penumbras que me hacen especial en un mundo único.
Y la tristeza va grapada siempre a otra tristeza.
Pérdidas abstractas que no acabo de entender e identificar; pero que siguen presentes durante muchas horas en la vigilia.
Es tan perturbador que me encuentre con ellos en un presente que es pasado. Mi pasado borroso y deforme.
La ingenuidad de esas personas hacia el tiempo que aplastó y mutiló lo que éramos para crear nuevas versiones es desconcertante.
La tierna ingenuidad de los que no saben y habitan mis colosales espacios oscuros…
¿Quién soy yo para preocuparlos y decirles que no existen ya? Dejaron de ser aquello.
Palpo la oscuridad que se agita, hablo con un amigo que cumple años y me obsequia unas botellas de cava que sobraron en su fiesta, ya que no pude asistir.
No quise ir.
A veces me regalan cosas que no están enteras, les falta alguna parte, o algún elemento auxiliar que las hace patéticas e inservibles. Siento pena por ellos que no saben que regalan cosas muertas. Las botellas tienen los tapones flojos, se caen con solo tocarlas, lo de dentro no huele a nada; pero él sonríe feliz de regalármelas.
Esas cosas taradas, regaladas con sincera cordialidad, me provocan una extraña y asfixiante melancolía que se extiende a mi corazón y lo masajea torpemente, robándome un latido al despertar, una inspiración de aire que no acaba de llegar a los pulmones.
La he besado, abrazado y follado tantas veces… No veo su rostro y sexo en la oscuridad. La observo con el pensamiento. Y es ella, reconozco su voz, siento su amor reptar por todo mi ser. Ella plena, ella que me ama, ella que me desespera. Ella en su inmensa presencia difusa que penetra por todos los poros de mi piel y hace una realidad inquebrantable del sueño del lugar oscuro.
Y me quisiera arrancar la vida a puñados cuando despierto y ella se quedó allí en los lugares que sueño; dejándome solo a mí mismo.
Un día no despertaré, me quedaré para siempre en los lugares que sueño, que son míos, que son mi vida entera.
Espero ese día con ilusión, mascando el hastío hacia la vigilia, ese pozo inmundo de lumínica vulgaridad y asepsia.
A veces me duermo con la firme voluntad de encontrarme con ella y ese amor aplastante y extraterrenal que emana. Le digo que es una diosa; pero no imagina lo sincero que soy.
Muchas veces no lo consigo y vivo con triste ansiedad los tiempos de los lugares que sueño.
Y trabajo en cualquier cosa en el banco de un taller hasta que un bulto que se siente solo, se agita en la oscuridad para saludarme con alegría desde su difusa y oscura naturaleza.
Era un amigo que conocí en un curso de electricidad, al que ayudé…
Y otro sueño más que pierdo, otro día anodino en el que despierto.
No quiero despertar y escribir esto a la luz, quiero no escribir allá, en los lugares que sueño.
Quiero dejar de despertar, por favor…

Iconoclasta

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Te pienso y te necesito.
Te ansío más concretamente.
Te ansío y deseo besarte los cuatro labios.
Te deseo y se me pone dura, intento estrangular el flujo de sangre con el puño; pero sigo irremediablemente erecto. Me hechizaste en algún momento de los siglos.
Te adoro como diosa y me masturbo en un sacrificio de leche y carne.
Sin pudor, sin recato. Sin vergüenza…
Mis pornógrafas obscenidades son mi orgullo; mi privilegio de amarte.
Te amo y lloro por el semen que se enfría muriendo desamparado en mis pies.
Te sueño y deseo decirte todo esto al oído, como un susurro, como un roce de la pluma en el papel que erice tus pezones y haga dura la perla de tu divino coño.
Te sueño y no consigo emerger a la realidad.
Te necesito y es locura que anida en tu sexo rutilante.

Iconoclasta

– ¿Adónde vas?

– Adonde mueren las cosas.

– ¿Eres cosa?

– Cualquier cosa es cosa.

– ¿Y por qué ir para morir?

– Soy impaciente. Y morir es íntimo, más que follar.

– ¿Qué ocurre si te ven morir?

– Es patético, haces ruidos, caras raras, cosas indignas. Es humillante.

– Los seres humanos quieren morir con el consuelo de los que aman.

– Yo no soy esas cosas.

– Es triste morir solo.

– No. Yo soy un triste sin tristezas en esta cuestión.

– ¿De verdad no temes caminar hacia la muerte?

– Temo al dolor, si no duele está bien.

– ¿Qué esperas tras morir?

– Una mamada.

– ¿No extrañarás nada?

– Las mamadas. ¿De verdad no entiendes qué es morir?

– Estás deprimido.

– La vejez y sus consecuencias no es depresión, es lógica.

– ¿Cómo crees que será morir?

– Dormir, una asfixia y luego descomposición.

– No es agradable,  no se puede vivir con eso.

– Por eso voy donde mueren las cosas.

– ¿Puedo ir contigo?

– ¿Sabes lo que significa intimidad, cosa?

– Solo hasta las puertas, no entraré. Quiero saber.

– Si llegas a las puertas, estás muerto. Lo que ocurre en muerte, se queda en muerte. ¿Hueles? Ya empiezo a descomponerme.

Iconoclasta

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No hay prisa, puedo parar a descansar. De hecho, no descanso, solo estoy desfallecido.
El camino es interminable, no tiene sentido seguir.
Es tan largo que los ojos han perdido interés por él y observan desenfocados lo inabarcable con cierto hastío que roza el odio.
No lleva a ninguna parte y las partes son las mismas. Solo cambio yo con cada paso, un desgaste, un dolor profundo de tuétano y una sangre que se queda en el pie y pulsa peligrosa en los dedos, embotándolos.
Los restos de todo lo fracasado e inacabado forman una estela de humillación tras de mí, como una serpiente que se ha hecho amiga mía; no es por temor a convertirme en sal, es por vergüenza por lo que no miro atrás.
El camino es vida; pero de pronto, gira dirección muerte. Eso es todo.
Si no llegas ¿para que ir?
Es cosa de biología, las células se mueven independientemente de mi pensamiento.
Es absurdo…
La senda es eterna y las botas no se quejan de ser efímeras.
Hay tanto camino y tan poca vida…
Es como el tiempo, tan abundante que te erosionas antes de llegar.
Y nunca llegarás a nada ni a nadie, simplemente caes en algún kilómetro innombrable.
Mejor llevar una buena cantidad de cigarrillos, no te preocupes, el cáncer también se muere antes de llegar.
Hay una tristeza en la conclusión…
No es por no llorar, los ojos se secaron hace miles de kilómetros.

Iconoclasta

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La niebla ocultó las montañas e hizo estrecho el planeta con un muro blanco que hacía próximos los límites e infinitas las ideas.

Le dije:

– ¿Qué has hecho con las montañas? Las has borrado con todo lo que contienen. Y a mí, nadie me ve, no existo. Nadie me recordará, porque te has tragado lo que fui.

La niebla me respondió:

– No te preocupa ¿eh? Tú eres niebla, eres secreto y manto borrador.

Le sonreí y encendí un cigarro que aspiré largo tiempo en silencio, el humo parecía crecer a mi alrededor. Al fin le dije:

– Solo pretendía hablar con algo como yo: inhumano. No es por aburrimiento, se trata de tu bello misterio, Niebla.

– Soledad y niebla… Somos lo mismo, solitario. Somos sin estar para crear melancolías, añoranzas, delicadas tristezas de gas; con el propósito de intuir el fin como el acto más íntimo. Somos el ensayo de Madre Muerte, un sórdido simulacro de ser nada.

Le contesté fascinado por su razonamiento, por su oculta y simple verdad:

– Lo sabía… ¿Sabes? Me gusta mi trabajo. La soledad tiene la belleza del silencio del valor y la comprensión. La intensidad vital de existir en el páramo helado de las ideas tristes.

Me contestó con una sonrisa divertida:

– Soy niebla y me deprimes.

Se me escapó una risa como una tos, me difuminé con el mundo ciñéndome la soledad como un abrigo, caminando hacia ningún lugar.

Y desdibujándome, le hablé a la niebla desde la lejanía que creé, sin mirar atrás, un poco avergonzado de pedir:

– De colega a colega, divertida Niebla, un favor: a ella no la ocultes, la quiero visible y táctil donde quiera que esté. Necesito la certeza de saber que está siempre para que mi mundo sea mejor.

– Eso está hecho, señor Soledad.

– Adiós.

– Adiós.

Dejé tras de mí una estela de volutas de niebla que giraban y se deformaban sobre sí mismas, sin sentido; con la caótica angustia existencial de una vida que sin poder evitarlo, se acaba.

Tenía razón la niebla, soy un tanto deprimente; pero sonreí de nuevo.

Iconoclasta

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