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Bestias de amor
Publicado: 4 diciembre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo, ManuscritosEtiquetas:Citas, Humor, Iconoclasta, manuscritos, Música, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, sarcasmo, Ultrajant

Un amor de ciencia ficción
Publicado: 13 noviembre, 2020 en Amor cabrón, Ciencia ficción, Maldito romanticismoEtiquetas:Amor cabrón, amor de ciencia ficción, astronautas enamorados, galaxias, Iconoclasta, pasión, sueños, Ultrajant, universo, viaje

Amar a más de dos metros de distancia es absurdo. A kilómetros es ciencia ficción.
¿Qué ciencia puede explicar el amor tan lejano? ¿Dónde está la ficción para que no sea tan doliente amarte?
Somos cosmonautas en animación suspendida cruzando nuestros sueños, dejándonos arrastrar al espacio profundo en una nave que nadie ve, de la que nadie se acuerda.
Es tan bello como triste.
Necesito escribir un relato de ciencia ficción de amor que diluya la tragedia de esta distancia y un tiempo que me aleja de ti inexorablemente.
Sueño esperanzas y así soy capaz de sonreír sin dolor a mi hermosa astronauta.
Navegamos rumbo a un mundo enano, donde no habrá distancias, donde nada nos podrá alejar. Por así decirlo, como el del Principito; pero un dúplex bien arregladito con vistas a la nebulosa Transsamor X2RT, que cambia sus formas como el humo del tabaco que tantas veces observo flotar soñándote.
Podría seguir escribiendo nuestra odisea espacial de amor durante meses sin repetir ningún pasaje, descubriendo nuevas estrellas en un amanecer púrpura de tu mano en algún rincón lejano del universo, donde ni siquiera llega la muerte.
Hasta que me sangraran los dedos…
Escribirte es amarte, y al igual que el universo, infinito y fascinante.
Podríamos viajar de luna de miel al otro lado del universo a través de un agujero de gusano, follándote entre ráfagas de fotones que cruzan indoloramente las pupilas, en nuestra íntima quinta dimensión.
Lo dejo aquí, en el agujero de gusano; clavado a ti, sumergido en ti, apresado a ti… Es que me siento un poco triste de nostalgia en este momento, cielo.
Dormiré contigo y al despertar, haremos aquel viaje que planeamos al cabo de las Playas de Mercurio, donde las olas de cálida crema blanca rompen como caricias sobre la piel.
Y cuando despertemos del hiper sueño, todo estará bien ¿verdad?
Hasta el infinito dentro de ti.

Iconoclasta
Un magnífico día de epidemia
Publicado: 9 noviembre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismoEtiquetas:Amor cabrón, belleza, deseo, epidemia, Iconoclasta, pasión, romanticismo, soledad, Ultrajant

Es preciosa la soledad que una epidemia otorga a la naturaleza y sus sendas.
Magnífica.
Hay momentos en los que sin pretenderlo, creo ser el único hombre de la tierra; es ya de por sí, sin escribir una sola palabra, un poema.
Y cuando las nubes se deshilachan y los jirones marcan la velocidad y la dirección del viento, en un cielo azul de diapositiva ektachrome, soy un privilegiado.
Es entonces cuando te necesito más que nunca.
Eso que se oye por encima del rumor de las tristes hojas que aún quedan en los árboles, es el chillido de un águila que vuela bajo.
No… Necesidad no, cielo.
Hambre, siento un hambre atroz de ti; deseo follarte, metértela violentamente como si fuera el último día en la tierra, bajo este cielo en el que seremos únicos.
No está mal el menú para ser un día de epidemia ¿verdad, amor?
¿Sabes? No importan los que mueren o podrían morir, importamos nosotros que estamos vivos.
No puedo ser piadoso, solo voraz.

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.
El secreto del alma
Publicado: 17 octubre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo, Manuscritos, ReflexionesEtiquetas:Citas, Humor, Iconoclasta, manuscritos, Música, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, sarcasmo, Ultrajant

La chica de los patines
Publicado: 1 octubre, 2020 en Amor cabrónEtiquetas:Citas, Humor, Iconoclasta, manuscritos, Música, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, sarcasmo, Ultrajant

Baja veloz por el irregular camino que corre entre prados, montañas y bosques, como si fuera fácil.
A veces extiende los brazos como alas y me pregunto si despegará.
Y no sé si sonríe por su habilidad, por el goce del aire fresco que la hace más bella si cabe, o simplemente por la música que escucha.
Tal vez, sin más, se sienta preciosa en el planeta y todo lo demás es accesorio.
Me fascina que siempre patina o camina deliciosamente sola, no precisa a nadie a su lado para ser una con el mundo.
Y sola se sienta en un banco más allá del mío para descansar con una sonrisa latente en el rostro.
Si no fuera tan viejo, diría que la amo. Solo puedo decir que la admiro cauta y secretamente.
Porque en el aspecto de la libertad y la independencia, de la maravillosa soledad; somos iguales.
Es importante encontrar seres así de extraños en la vida, aunque no sepas nada más de ellos. Incluso es preferible no saber nada para que no pueda dañarse la bonita percepción de su soledad.
En un mundo pletórico de convenientes compañías la chica de los patines es un trallazo, una veloz estela de libertad entre montañas.
Lo cierto es que si fuera joven tampoco me atrevería a amarla, se dice que la miel no está hecha para la boca del asno.
Estoy de acuerdo con la vieja expresión, excepto en la miel, que no me gusta.
Soy carnívoro.
Y ella es deliciosamente carnal. Una carne que en efecto, no está hecha para la boca del burro viejo.
No me preocupa, ya he amado demasiado.
Costes de vida
Publicado: 29 septiembre, 2020 en Amor cabrón, fotografía, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:Citas, Humor, Iconoclasta, manuscritos, Música, Reflexiones de Iconoclasta, romanticismo, sarcasmo, Ultrajant

El odio con violencia se paga.
Y el amor con besos, caricias y sexo.
La monotonía y su mediocridad con ira.
La frustración con una lágrima y luego otra, y otra, y otra…
La tristeza vital y una enfermedad mortal se saldan con suicidio.
La locura con camisa de fuerza y destrozando el cerebro con un punzón se paga.
La cobardía con una puñalada o una bala en la cabeza.
Muerte con muerte se paga.
Nacer con llanto se paga.
Morir es gratis.
Pero lo más interesante de toda esta reflexión es que amar follando se paga.
Síiiii… Ya sé que me he repetido.
Es tan solo un recurso literario para dar más énfasis al texto, un pleonasmo divertido y excitante.
Pretendo ser clarísimo y explícito en el aspecto de joderte hasta el alma por este amor que me esclaviza a ti todos los días todas las horas.
Sí, ya sé que locura con lobotomía se paga; pero sinceramente, no ha nacido el que tenga unos buenos órganos genitales como para acercarme el puto punzón de mierda a un ojo.
Pues eso, cielo, solo quería recordarte que el amor con sexo se paga y con el redondeo de los céntimos, con un cigarrillo y un café frente a ti, admirando como el amanecer te ilumina como a una diosa en un altar.
Bye, amor.
Las palabras de amor
Publicado: 25 septiembre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo, Reflexiones, Sin categoríaEtiquetas:Amor cabrón, cartas, deseos, Iconoclasta, ilusiones, Maldito romanticismo, melancolía, palabras, pasión, sexo, Ultrajant

¿Qué ocurriría si no tuviera pluma y papel para hacer de mi amor por ti algo táctil que no se esfumara como los segundos en la vida?
Quiero hacer del amor que sufro por ti, algo como la energía que no se destruye y se transforma.
Quiero dejar unas palabras que perduren, que el viento de otoño pueda arrastrar a ti como las hojas caídas. Como las bellas hojas muertas llenas de un color de paz y lujuria.
Desde lo más adentro del planeta, lanzar estas palabras al viento con la infantil esperanza de que llegarán a tus manos.
Llegarán arrugadas, sucias y viejas. Tan cansadas…; pero tus manos las alisarán, las limpiarán y tus ojos las emocionarán como pensamientos de amor que son.
Y yo sentiré que se me derrama el alma bajo la piel como un llanto cálido.
¿Sabes una cosa, cielo? Las cosas obscenas que deseo hacerte, irán cerradas en un sobre lacrado con cera blanca. Blanca como lo que derramaría entre tus piernas, en tu vientre, en tu boca, en tus pechos y en tu piel toda.
Serán palabras secretas y sucias que solo los amantes impúdicos pueden hacer suyas y sentir como amor en estado puro.
Cuando rompas el sello, sé discreta, mi amor.
Podrían oír los gemidos, oler los fluidos…
Que el viento me lleve a ti, mi vida.

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.
Historia de un quebranto
Publicado: 5 septiembre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:Amor cabrón, banalidad, decepción, desamor, desesperación, hastío, Iconoclasta, libertad, mediocridad, quebranto, reflexión, relato, sociedad, tristeza, Ultrajant

Se le ha roto la voz y no ha podido decirle que lo quiere.
Cuando se rompe el amor, se quebrantan todos los huesos del cuerpo.
La voz es el hueso más débil y quebrada la voz, en lugar de sonido se escupen las astillas que hay dentro del cuerpo y la sangre.
Tampoco lo ha podido odiar; pero no es por el quebranto.
Es indiferencia.
De hecho lleva meses con todos los huesos rotos; pero al negarle un cariño, el dolor ha llegado en tromba. Como si hubiera despertado de una anestesia en mitad de una operación.
No hubo un golpe fuerte, no hubo engaños, insultos o discusiones.
Simplemente un día no le gustó como comía.
Y otro día no le gustó su voz, era inconsistente.
Y luego no le gustó su integración tan perfecta en una sociedad apestada.
No soportaba su optimismo fácil.
Su vocabulario correcto, sus afirmaciones abiertas a negaciones si la mayoría así lo dictaba.
Su sexo aséptico que ya no hacía agua en su coño.
No la mojaba…
Se preguntó si alguna vez lo amó.
Los huesos rotos no son causados por el desamor. Si no por esos seis áridos años perdidos.
– Te quiero, cielo –le dijo en el vagón de metro, preparado para apearse en la próxima estación.
Hacían el mismo horario, en lugares distintos. Dos paradas más adelante, Eva se apearía para empezar otra jornada en la oficina.
Sentía a Juan como un amigo del instituto, alguien a quien no hay más remedio que soportar si no quieres ofenderlo.
Le negó el beso que intentó darle y no le devolvió el “te quiero”.
Juan sonrió nervioso.
Cuando las puertas del vagón se abrieron dijo apresuradamente:
– ¿Quedamos en el centro a las siete?
Ella lo miró y no supo qué decirle.
Las puertas se cerraron y Juan fue absorbido por la masa de carne que se dirigía presurosa a las escaleras mecánicas de salida.
¿Cómo decirle a sus padres y suegros que ya no lo quería por ninguna razón especial? ¿Cómo decirles que Juan era el prototipo de la mediocridad y que ella se equivocó y lo ha pagado con seis años de hastío?
Pero no puede explicarse cómo Juan no ha hecho mención a su indiferencia, cualquier hombre se daría cuenta de su quebranto.
No necesitaba más presión, no quería dar explicaciones y que la sometieran a examen de conciencia y consejos de psicólogos para gente depresiva.
No se apeó en la estación de su oficina.
Llegó al final de la línea que finalizaba en una estación de trenes.
Y no le importó demasiado el destino del tren.
Ni la felicidad, solo quiere romper el mismo día, quitarse de encima esa pegajosa capa de mediocridad con que la pringa Juan, la oficina y la ciudad.
Pasaron los años tan rápidos que olvidó el rostro de Juan, incluso no estaba segura de recordar bien los rostros de sus padres. Ni de sus hermanos.
En algún lugar del mundo, empezó una vida que pasaba rápida, que a veces la dejaba sin aliento. Y sin querer apretaba sus muslos para contener una cálida humedad que su vagina rezumaba al evocar el sexo con Jayden.
Desde su coche patrulla de guarda forestal, observaba a los grandes canguros dormitar sobre la semidesértica llanura.
Hizo una foto para su hijo. Tyler y sus once años recién cumplidos… Nunca cansan o provocan indiferencia, siempre se admiran los otros seres vivos, los libres y salvajes.
Se siente orgullosa no haber en aquella lejana parada de metro, de haber tomado aquel tren de desconocido destino. Y luego un taxi y un avión y otro y otro…
Y llegó un día que dejó de sentir su piel pringosa de mediocridad.
Y no hubo más quebranto.

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.
Hemorragia de tristeza
Publicado: 3 septiembre, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo, ReflexionesEtiquetas:anhelos, despertar triste, Iconoclasta, madre, melancolía, muerte, prosa dramática, recuerdos, Reflexiones, sueño, ternura, tristeza, Ultrajant

He soñado con mi madre que, tras hacerme una de sus bromas de niñez, me daba el beso más tierno que desde mi infancia no he sentido jamás.
Hasta anoche que la soñé.
Pobre madre muerta…
Duelen tanto los seres que amas, vivos o muertos.
Pobre de mí, un patético viejo soñando a su madre.
He pedido morir para no salir de ese momento de absoluta y desesperante belleza.
No quiero vivir más estas tristezas.
Me niego a despertar a las cuatro de la madrugada y fumar para que el ardiente humo evapore todas esas lágrimas que inundan el corazón, los pulmones, el vientre…
Una hemorragia imparable de tristeza.
Y sin embargo, deja los ojos secos como tierra al sol.
Su rostro sonriente se acerca a mi mejilla para besarme con esa poderosa dulzura. Y adquiero la certeza de que no la quería tanto como ella me quería a mí. Y así, a la tristeza se suma la vergüenza de ser un miserable.
Debería haberla besado con esa dulzura arrasadora.
Nunca pude imaginarla muerta.
Estoy cansado de soñar tristezas, es hora de morir de una vez por todas. Aunque deje de existir, sin posibilidad alguna de encuentros con mis amados seres en el más allá o en otras dimensiones.
Solo basta con que cese esta hemorragia que me ahoga por dentro.
He despertado repentinamente, rompiendo esa perturbadora y bella fantasía, una mentira más de mi mente tarada.
Madre… Solo gente especial que besa con tanto cariño, puede aparecer viva en los sueños.
Yo no podría, mama. Tu hijo es un mediocre.
Tu hijo es un mierda que te quiere y recuerda con toda su podrida y miserable alma.
¿Qué se rompió mientras me dabas vida en tu vientre para que tu ternura no entrara en mi sangre en suficiente cantidad?
Si supieras de la dolorosa tristeza de un beso que ya no sentiré, de un niño que hace décadas murió absorbido por mí. Yo me asesiné a mí mismo y luego moriste.
Y ahora solo me quedan tus oníricas ternuras, como si estuviera maldito con semejante bendición.
No debería estar vivo.
Debería estar muerto como ellos.
Mis muertos, mis pobres muertos…

Iconoclasta
Amar profundamente
Publicado: 29 agosto, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismoEtiquetas:Amor cabrón, Iconoclasta, Maldito romanticismo, pasión, profundidad, rotundidad, Ultrajant

Amar tiene algo tan profundo como un pozo sin fondo de luz cegadora.
Asomarse es precipitarse por un cañón de luz sin pensar en el final, el dolor o la muerte.
No importa la luz que hiere, importa el latido amado.
Y descender con ella.
Pase lo que pase, dure lo que dure.
Cuando llegue la reparadora oscuridad, su paz. Estaré lleno de ti…
No puedo evitar pensar que te amo a tumba abierta, de esa forma tan vertiginosa, tan suicida.
No pretendo ser trágico, solo quiero ser rotundo, sin concesiones.
Y no hay pozo que pueda ser más profundo que mi amor por ti.
No hay nada en La Tierra que pueda superar esa sima de luz.

Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.