Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Separó los muslos para que la humedad que llenaba la vagina, se extendiera y mojara los labios trémulos de deseo. Tan caliente…
Su coño era calefacción central.
Cuando la vulva se abrió el clítoris pareció expandirse, aflorando al alcance de sus dedos.
E imaginó la lengua que diera consuelo a esa pequeña dureza hipersensible que ocupaba ahora todo su deseo. Su pensamiento entero.
No pudo evitarlo y lo acarició con un roce leve como aleteo de mariposa. Se le escapó un ¡Ay! que era un gemido suspirado, no vocalizado.
De su coño manó una gota espesa que se deslizó hasta el ano haciéndole desesperar por un pene que la llenara, que bombera en ella con dureza, sin piedad.
Sus pezones se endurecieron, los oprimió violentamente entre sus dedos.
Y el dolor era excitante, de sus pezones bajaba como una descarga al ombligo, al vientre, a lo más profundo de su coño que palpitaba como si fuera un corazón.
Y tomó el Santo Cepillo de los Cabellos del Señor y llenó con él el vacío de su vagina anegada.
Las ingles temblaban con espasmos repentinos, el chapoteo en su vagina, la saliva que se le escurría por las comisuras de los labios entreabiertos con cada gemido, su espalda que se arqueaba, la mano frenética agitándose entre los muslos… Era la absoluta Sinfonía del Placer Desatado.
Se corrió en una sucesión de espasmos que la agotó hasta las puertas del desvanecimiento.
Sus dedos pringados y resbaladizos untaban los pezones erizados con desidia, mientras el corazón bajaba el ritmo.
Con mis manos dejé caer gotas de agua fresca en sus labios, en sus pechos, en el monte de Venus para que se deslizaran por su raja brillante que alojaba el Santo Cepillo y parecía vivo, orgánico allá dentro de su carne.
Estaba desesperado de observarla, mi glande amoratado, mis cojones plenos, me dolían los conductos seminales. Desanudé la cinta roja que estrangulaba mi pene muy cerca del escroto.
Saqué el cepillo y se lo metí sin cuidado. Gritó obscenamente con una risa deforme y alzó las rodillas hacia el pecho para que la follara en lo más profundo.
El semen ya brotaba cuando se abría paso el glande por los labios de aquel coño enloquecedor.
Y eyaculé en torrente en su alma, de tan profundo que llegué.
El semen rezumaba por la quieta cópula, se enfriaba escurriéndose por mis huevos.
El sacerdote bendijo nuestra unión dejando gotear la cera caliente de un velón amarillo en los sexos encajados.
Y dolió. Ella me insultaba con palabras sucias en el Obsceno Altar de Nuestro Señor, frente a los padrinos, los testigos, la familia y los invitados a la ceremonia.
Salivaban como bestias en celo…
Nos observaban sentados en los bancos de la iglesia, con admiración, mordiéndose los labios rijosamente, había pantalones con oscuras manchas genitales…
Nuestra boda fue emitida en streaming a todo el planeta.
En la pantalla sobre el altar, los tuits de niños, mujeres y hombres; nos felicitaban.
Los presentes, lanzándonos arroz, nos desearon larga vida en nuestro nuevo cargo en la presidencia mundial. Y cada uno de ellos besó nuestros sexos desnudos y húmedos a las puertas de la iglesia.
El bebé engendrado en la boda tras el parto lo donamos a la fundación “Por una infancia puta”.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me siento ingrávido ante tus ojos, tu mirada es un universo.
Ansío tu boca como oasis en el desierto.
Tu piel es un océano de aceite cálido.
Y soy una ola furiosa en tu sexo.
Entre todas las cosas bellas eres sobrenatural.

Necesito escribirlo porque pensarlo o decirlo son cosas tan efímeras… Y ya sabes lo que dicen de las palabras y el viento.
Deslizar la pluma por el papel es lo más cercano a follarte.
No quiero morir sin que conste en acta mi brutal amor por ti.
Y escribirte me da paz.
Te amo, cielo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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Te pienso y te necesito.
Te ansío más concretamente.
Te ansío y deseo besarte los cuatro labios.
Te deseo y se me pone dura, intento estrangular el flujo de sangre con el puño; pero sigo irremediablemente erecto. Me hechizaste en algún momento de los siglos.
Te adoro como diosa y me masturbo en un sacrificio de leche y carne.
Sin pudor, sin recato. Sin vergüenza…
Mis pornógrafas obscenidades son mi orgullo; mi privilegio de amarte.
Te amo y lloro por el semen que se enfría muriendo desamparado en mis pies.
Te sueño y deseo decirte todo esto al oído, como un susurro, como un roce de la pluma en el papel que erice tus pezones y haga dura la perla de tu divino coño.
Te sueño y no consigo emerger a la realidad.
Te necesito y es locura que anida en tu sexo rutilante.

Iconoclasta

No recuerdo el momento preciso en el que dejé de amarte para, ya necesitarte como el aire.
No pienses ni por un momento que llevo esta escafandra autónoma por cuestiones carnavaleras, esnobistas, de moda o estéticas.
Y deja de reírte, me queda poco oxígeno en la escafandra.

Mi trágica voluntad

Publicado: 13 febrero, 2020 en Amor cabrón, Maldito romanticismo

Y que el cielo caiga así de hermoso sobre nuestros rostros. Ésta es mi trágica voluntad.
«¡Ciao amore, ciao amore, ciao amore ciao…!»

Sinceramente, deseo que tengas fiebre.
No quiero que tu temperatura baje.
Me gusta imaginarte ardiendo, con los sentidos embotados sometida a mí, a mis manos impudorosas, a mi lengua obscena, a mi pene baboso…
Con tus muslos descubiertos y mi boca besándolos peligrosamente cerca de tu raja.
No soy bondad, el deseo no tiene nada de bondadoso.
Es de un egoísmo atroz. ¿Sabes que no es justo que la carne se ponga tan dura y duela? No es de acero mi rabo. Y duele…
Y amarte… Amarte me hace feroz y cazador.
Algo salió mal conmigo cuando diseñaron mi programación emocional.
No sé, cielo… Me confieso a ti, sin arrepentimiento, con reincidencia de pensamiento, con mis calzoncillos aún húmedos de soñarte; con sangre al clavar las uñas con violencia en el pubis para reprimir todo esto que, hincha las venas entre mis piernas hasta el dolor inconsolable si no es dentro de ti.
Te confieso que soy un amante cruento y obsceno, que la bondad quedó prendida de una rama cuando bajaba una montaña y no volví a por ella. Se la comieron los cuervos.
Confieso que te amo, que a veces rozo el delito moral deseándote. Y cuestiono cosas como la necesidad de la piedad y la ternura.
Cielo, no tomes una sola aspirina, deja que la fiebre suba y que yo haga lo que quiera.
Que el termómetro estalle. Aunque te duela… Como a mí me dueles aquí abajo, puta.

El amor son todos esos frágiles filamentos que resisten el frío que congela el corazón con las distancias y el calor que hace hervir con el beso la sangre en los labios.
Sutiles caricias blancas que, sin embargo, se deshacen con un gemido suave cuando nadie les dice que son deseadas.
Lo que el planeta no puede, lo consigue un mal silencio, una mala palabra…
A veces siento una pena suave, de algo que se diluye, un agua en las venas…

Hace frío, hace viento, lloverá, tal vez nevará.
Me gotea la nariz y los pliegues de un par de dedos de la mano se han abierto dolorosamente.
Observo el horizonte a través de las frías lágrimas que provoca el viento.
No es un buen día para el romanticismo, se impone protección y cobijo.
Aún así, me basta con leer tus palabras y mirarte para que de repente haga un calor del carajo.
No sé si es mi mente prendida de ti o es que tienes el poder de producir severas variaciones climatológicas.
Entiéndeme, cielo, caliente me pones siempre; pero sudar aquí y ahora…
Tal vez esté un poco susceptible por amarte; pero…
La culpa del cambio climático es tuya, bella odiada.
¡Shh…! No se lo diré a nadie.

Si fuera árbol, tal vez lo sea, no lo sé… Y tú caminaras con toda tu brutal sensualidad en la soledad y el desamparo de la fría noche, extendería mi impúdica rama preñada de deseo para atraparte, para llevarte a mi húmeda y desenfrenada oscuridad. Llenarte toda de mí en una blasfema comunión pagana. La hostia, mi semen humeante prendido como gotas de nácar en tu monte de Venus.

Y el agua del río formando un sereno canto de tragedia…

Cubrir toda tu piel, meterme en todo cuerpo por todos los huecos…

Un árbol-bestia rugiente, follándote carne y espíritu tan profundamente como el amor y su imposibilidad corren por mi savia.

Rasgarte vestiduras y lacerar tu piel hasta que tu gemido se convierta en suspiro y entre mis fuertes ramas, te vengas, te corras y maldigas mi pornográfico y terrible amor violento e impúdico. O tal vez, que mi corteza se abra sangrante con el rugiente acto de violarte.

Herirás hasta la sangre mis labios mordiéndolos con tanto deseo como puedo soñar… Ésta es mi voluntad, éste es mi sueño de humor espeso y blanquecino que mana de tu coño satisfecho en mi eterna oscuridad, con tu corazón latiendo entre mis ramas.

Y tu pensamiento, adueñándose de lo poco que queda del mío.

Al fin y al cabo, no tengo alma te la llevaste; la aspiraste con la primera mamada que me hiciste.

Y te necesito para tener algo de humanidad en esta soledad sin ti.

Tal vez sea un lobo, y tú una caperucita; pero te aseguro que no hay nada de infantil en ello.

Y la moraleja es tragedia de amarte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me gusta sentir un frío paralizante y llegar ansioso a casa para refugiarme en tu calidez, en la húmeda y cálida viscosidad de tu coño.
De tus muslos teológicos.
No soy más que un patético aventurero que llega por fin al centro del mundo, tú; sorteando los riesgos y las indignidades de la mediocridad. Cansado y helado.
En invierno es absurdo pensar en el calor; pero cuando llegue el verano (si sobrevivo a la congelación), me dirigiré a casa con la obscena intención de meterme en ti y que las pieles brillen empapadas de sudor.
Amantes radiando un amor atómico…
Tengo una forma concreta de amarte para cada estación.
Para follarte…
No es estrategia, amor. Surge espontáneo de pensarte una y otra y otra y otra vez. Eres mi carnal plegaria para sobrevivir al hastío vital.