La gran monstruosidad que creó la humanidad y la hizo mierda hasta nuestros días y su futuro, fue la invención de Dios y el Estado. Con la creación del primer dios/estado, la humanidad como especie animal inició su proceso de putrefacción biológica genética. Y ahora, cometiendo sus últimas imbecilidades sin poder contener la baba en la boca, se dirige a la extinción con la alegría y optimismo de un “nuevo amanecer” como una manada de idiotas profundos. Cuando el primer mono humano dio gracias a dios o a su jerarca por los alimentos que él mismo recolectó o cazó, condenó a una muerte prematura a la humanidad. Lo cobardes comenzaron a reproducirse en los establos humanos o asentamientos de forma ratonil. Los más fuertes e inteligentes morían luchando por su supervivencia en libertad; pero fueron tantos los cobardes, tan mezquinos y endogámicamente reproductores, que cambiaron para siempre a la especie humana a otra cosa irreconocible. La humanidad es ya la especie más efímera del planeta. De hecho, fue la especie menos longeva.
Amarte tanto, sufrir y gozar tu existencia con una esperanza inquebrantable en un destino manifiesto cósmico, tiene un fin. Debe tenerlo, cielo. Se me encoge el corazón al pensarlo y cuando eso ocurre, no es cuestión de fe. Es una certeza, una cicatriz que me cruza el pensamiento profundo. Partiré a conquistar el mejor lugar del universo para un lejano día traerte conmigo. En el momento adecuado de trascender formaremos la Galaxia Pax Amantium, rodeada de las más bellas y gigantescas nubes de gases de colores en movimiento y expansión; las volutas de la paz de los amantes como mudos suspiros interestelares. Existir alumbrando la oscuridad es el privilegio merecido tras eones de mantener al rojo vivo un amor furioso y agotador en el proceloso Mar Eternidad, allá en la Tierra. Sueño con lágrimas de dicha creando un cinturón de hielos, diamantes colosales girando a nuestro alrededor y un astrónomo con su telescopio sintiéndose desfallecer al observarnos a través de los milenios, como Stendhal en Florencia. Desde el agotamiento y la desidia del amante, miro el cielo y vislumbro fugazmente mi final. Oteando el mundo, triangulándote en cada lugar y tiempo en mares y tierras. Y un coro imposible de lamentos de amor en el vacío, consolará la atroz tragedia de amar en un final hermoso y esperanzador. Es la conclusión a todo este amor, el hermoso fin de tanto amar. No quiero y no puede ser de otra forma.
Podrían haberse destruido los cimientos de esta sociedad degradada durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la masa trabajadora estaba armada. Debieron haber aprendido de la Primera. Nadie supo hacerlo. La Segunda Guerra Mundial fue la gran oportunidad perdida para que los habitantes de las naciones vieran en su propio Estado a quien los empujaba a la muerte que la tenían en el frente o en sus espaldas. Y hubieran evitado además de su muerte, la de sus familias por hambre, enfermedad y genocidio. La próxima guerra mundial, ya muy cercana, será mucho peor y morirán cientos de miles de jubilados (por su abundancia) por hambre, ya que no se pagarán pensiones y la supervivencia será para los más rápidos y astutos. O bien armados. Y es de esperar que la degenerada o degradada población actual, sea mucho más sumisa y obediente. Con lo cual, el eje vencedor (a todas luces musulmán y asiático oriental) con sus jerarcas moros y amarillos instaurará una extensa dictadura feroz y asesina con sus lógicas e inevitables limpiezas étnicas. Los soldados, de nuevo, se dejarán matar píamente para agotar con su organismo las balas del enemigo. Sus armas no les habrán servido para salvar la vida, sino para preservar la riqueza de sus Estados (jerarcas) que los envían a la muerte tras un nacimiento en cautividad y una vida esclava. A grandes y ciertos rasgos: De los errores es incapaz de aprender nada el ser humano. Y mucho menos de su cobardía. Y mucho menos aún de su ignorancia. ¿Dónde está la cacareada inteligencia? ¿O es esta que hizo a la especie humana nacer para siempre en cautividad y vivir en esclavitud?
De pequeño aprendí que la semana santa era una celebración de mal fario, de mal rollo. Las semanas santas de hoy me evocan inevitablemente las viejas de la infancia. Recuerdo con incomodidad y rencor las franquistas y la mierda que emitían las escasas horas de televisión que había (a las doce de la noche se cortaba la emisión, imagino que sería por un coronavirus nocturno), con aquella sobria programación puritana me jodían mis dibujos animados y toda cosa que fuera distraída o divertida. Como si fuera un puto pecador que tenía que hacer penitencia por algo que no hice. Y todas esas procesiones y conciertos de música terrorífica durante todo los putos santos días… Tristes y grises semanas santas.
Una vida plena de angustia, la constante amenaza del Estado; su extorsión contra el asalariado: trabajo esclavo, mísero jornal e impuestos de usura. La destrucción sistemática de toda libertad, pensamiento y la propia biología humana. Los Estados fascistas de alegorías y palabrería progre y pía están abocando a la casta asalariada a una nueva revolución sangrienta. El asfixiante control e incluso la invasión de la intimidad en el hogar, ha hecho del Estado el policía que se sienta a la mesa para vigilar, denunciar y castigar a cada miembro de la familia. Hoy, en pleno siglo XXI, el Estado es el enemigo, el depredador de los esclavos asalariados. El aumento de la violencia que se da entre la población con sórdidos y múltiples asesinatos, es tan solo un escape descontrolado a la presión del Estado que no tardará en dirigirse, como debe ser, contra las aristocracias del nazismo climático, sanitario, puritano y homosexual. Los actuales Estados fascistas (surgidos de decadentes y raídas pseudo democracias) instaurados con la pandemia del coronavirus en el 2020, han acorralado a su presa, cuya única opción que le queda, es atacar. Porque muerta ya lo está. Muerta, infectada y parasitada por su enemigo el Estado.
Con mucho cuidado te agachas para recoger la moneda que ha caído, y al primer crujido de la cadera te cagas en dios por tu mezquina avaricia. Que los cojos tengan fama de malhumorados es lo que menos les importa.
(Memorias de un lisiado cojo)
Y si follas con alegría, calambre…
(Memorias del mismo lisiado en otro momento embarazoso)
Como el tenista Nadal y mascota oficial de la vacuna que no vacuna del coronavirus se ha ido con los moros, el GENPHOCS necesita otro adalid de la narco dictadura. Y claro, su prensa lo ha encontrado y el boxeo o las artes marciales ya es de repente, apto para todo el mundo, sin censuras por violencia. El CENPHOCS necesita urgentemente recrear el circo romano de la Roma de Nerón para evitar la violencia que se está gestando en la casta paria o asalariada no funcionaria española, por sus estafas, corrupciones, prevaricaciones y robos de libertades y necesidades biológicas.
GENPHOCS: Gobierno Español Nazi Penitenciario Homosexual Clima-sanitario CENPHOCS: Caudillo Español Nazi Penitenciario Homosexual Clima-sanitario
¿Qué cojones pasa ahora? ¿A santo de qué esta mierda? Las piedras ruedan cuesta arriba ahora que me dirijo a la cima. Maravilloso… No es inusual que morir se convierta en una confusa y compleja performance que, no tiene más interés que el de joderte, porque tienes el cerebro operativo y captas la mezquindad humana como auras flotantes que infectan de muerte la razón y me provocan pesadillas. En definitiva, soy un testigo a liquidar por la humana envidia insectil. Las piedras me quieren aplastar por la espalda, a traición y absurdamente. Son malas como un cáncer. He escuchado a cobardes y apóstoles de sectas del amor palurdo, desmesurado y planetario, decir que el cáncer lo padece quien ha hecho cosas malas, o es en esencia malvado. Por lo cual esos cobardes píos no lo padecerán. Sin embargo, he aprendido que todos los hijos de puta del mundo están sanos como cerdos de selecta crianza y duran asaz. Las piedras que ruedan veloces hacia mí son como esos cobardes: han visto que camino raro y han pensado que soy un malo arrastrando un bulto oculto. Ni que fuera una mula transportando heroína en el interior de los huesos… Hay hostilidad del universo contra mí; a pesar de que soy una mierda, el universo pierde el tiempo conmigo. Las piedras no son como los mirlos que brincan por el bosque piando muy relajados, paralelos y a prudente distancia de los caminantes silenciosos y solitarios cuando no tienen mirlas que follar. Las piedras son la orina y los excrementos solidificados de la mediocridad y la cobardía. El duro vestigio de la humana miseria. He esquivado una roca que rodaba vertiginosamente para arrancarme la cabeza, ha pasado a unos centímetros por encima de mí y se ha detenido cuando en la cima alcanzaba la cara opuesta, al inicio de la ladera de descenso, ya con el impulso agotado. Es absurdo… Las piedras son idiotas como esos sabios de la teoría del cáncer justiciero, tan beatos… Prefiero a los inquietos mirlos que mantienen un saltamontes o un escarabajo en el pico, como yo un cigarrillo. Estas cosas de las piedras es mejor no airearlo, porque además de ilegal te calificarán de conspiranoico. Debo ser oculto y secreto lo que me resta de vida. Nunca he sentido la soledad como una carga o estigma; la he buscado. Tal vez eso es un billete de lotería por otro bulto con premio seguro. Sienten envidia los expertos del cáncer porque hasta las piedras los ignoran. He llegado a la cima y para evitar accidentes me siento en la ladera opuesta, donde las piedras no pueden lanzarse cuesta abajo y se detienen tosiendo al borde, agotadas de rodar hacia a mí y mi maldad. Las subidas me machacan y por lo visto a las piedras también, que quedan temblorosas y exhaustas al borde de la bajada; idiotas analfabetas que no conocen como funciona la fuerza de la gravedad, ni siquiera por intuición. Una vez recuperado el aliento saco de la mochila el tabaco y una cantimplora con casi un litro de dulce y chispeante cocacola aún fría que me bebo sin descanso. Y luego, me enciendo un cigarrillo. En verdad que debo ser un mal bicho, porque pienso que la cocacola y los cigarrillos son los mejores inventos de la humanidad, por mucho que no dejen de cacarear las piedras idiotas que son venenos que me van a prohibir. Llegan tarde. Y no soy un conspiranoico. Siento en la boca la amarga aspereza de los veinte diazepanes que he disuelto en la cocacola. Me gusta el tabaco porque el humo hace llorar mis ojos resecos que, por muchos recuerdos que evoque, no consiguen derramar las lágrimas que alivian la osmótica presión de la tristeza y la frustración. Es de agradecer el humo, una de esas piedades por las que vale la pena fumar. Echo de menos a mis queridos muertos que lenta; pero incansablemente me han dejado solo aquí, abandonado a las piedras, sin más armas que mis venenos. A unos metros, un mirlo salta neurótico picoteando el suelo, con su melodioso canto que sólo cesa para tragar el insecto que luce orgulloso durante unos segundos en el pico. En algún momento queda inmóvil mirándome, controlando que no me mueva; es tan pequeño y perfecto… Sonrío, aunque creo que mi boca no está por la labor de moverse. Es una de esas sonrisas tristes que esbozamos los tristes. Me tumbo cubriéndome el rostro con el sombrero y pienso en Terminator y su “Sayonara baby”; sin que al fin nada duela. La piel se me enfría veloz y se agradece el sol, sin que sirva de precedente. Conspiranoico… El cáncer es estigma de maldad y duele y agota por esa beatitud pederasta que los mezquinos predican. Mi castigo a no sé qué; pero un veneno autorizado, por lo visto. Mi cocacola es un dulce placer que combate la amargura nuestra de cada día como el pan de los cristianos y es veneno. Mi tabaco templa y relaja mis pulmones cansados y fríos, porque la imbecilidad te roba el calor del cuerpo en un segundo. Y es veneno… Y el universo muerto y vacío, poblado de piedras quiere robarme lo poco que me da un asomo de placer, incluso mi bulto que llama la atención de las piedras. ¡Qué cojones conspiranoico! Estoy tan har…