El águila ha volado amenazante sobre la garza que tomaba el sol en el prado junto al rebaño de vacas; la garza ha graznado molesta y el águila se ha alejado orgullosa a otro prado, supongo que a buscar otra garza que invadiera su territorio y se comiera sus ratones. El buey le ha dado un testarazo a una vaca que pacía junto a él y he pensado que se habría tirado un pedo. Sé que era un buey por los huevazos que le colgaban, y sé que era una vaca, por las tetas. Soy un auténtico biólogo de campo. Se masca la violencia en los territorios del Nazismo Español Homosexual Sanitario, el nazismo consigue cabrear incluso a las gallinas, que también las he escuchado un poco revueltas. Que además sea un viernes 13, de esos que tanto temen los anglosajones, no mejora las cosas. Definitivamente, el incruento y tonto martes y 13 español, el de ni te cases ni te embarques ha sido desbancado por la esnob superchería foránea. Y mientras esto sucede, en el pueblo una oruga procesionaria que se arrastra como una babosa sin elegancia ni alegría algunas, formada por innumerables y amorfos cabestros con bozal (mascarilla en jerga nazi) acude a su veterinario (médico le llaman) para obtener su baja laboral de una semanita también vacacional por el coronavirus que les cuelga seco por debajo del bozal. La depresión post fiestas navideñas, debe curarse con reposo. Hay que reconocer que el invento del coronavirus ha creado grandes ventajas lúdicas y sociales a los cabestros del bozal. Sin él, y solo con las gripes habituales que colapsaban cada año las urgencias antes de que se decretara el coronavirus, sus bajas no duraban tanto tiempo ni se regalaban tan fácilmente. Si no fuera por la magnífica violencia de la naturaleza, este viernes 13, sería de una mediocridad espantosa. En definitiva, es un día ideal para no dejar de masturbarme, como todos los días. Con una paja, toda esta angustia existencial se diluye entre semen y el humo del cigarrillo y se me entornan dulcemente los párpados en un obsceno relax. Soy un bohemio convencido.
N.A.: si no he pisado la babosa después de fotografiarla, es porque temía al viernes 13: resbalar, caerme y romperme otra pata. No soy supersticioso, solo más listo que una ardilla de esas que se comerá el águila cabreada.
Toda esa chusma religiosa y votante da mucho miedo. Tengo la sensación de caminar entre psicópatas analfabetos asesinos. Deformes mentales por endogamia… Los mismos que quinientos años atrás acudían en familia a disfrutar comiendo y bebiendo de las ejecuciones de gente inocente acusada de brujería o de matar un jabalí sin permiso, de la forma más cruel en las plazas de aquellas enfermas y sucias ciudades. Es como si la mezquindad se reencarnara una y otra y otra y otra y otra vez… Actualmente las sectas ciudadanas del voto y la obediencia al estado que se agrupan en izquierdas -comunismos y socialismos destructores del individuo y la creación- y derechas -facciones nacionalistas, chauvinistas o racistas-, siguiendo instrucciones de sus actuales amos nazis homosexuales sanitarios, apoyaron y ejecutaron con gran fanatismo y orgullo “cívico” la segregación racial de los no vacunados por coronavirus, considerándolos gracias al adoctrinamiento propagandístico del nazismo homosexual sanitario español, el origen (en el colmo de la imbecilidad humana) del coronavirus (creado realmente por los propios gobiernos para instaurar las actuales enloquecidas dictaduras de carácter homosexual sanitario). Millones de personas de baja formación cultural e intelectual (básicamente la mayoría de la casta paria o trabajadora) aplaudieron a sus jerarcas nazis, carceleros y sanitarios del gobierno, en una gran orgía global de un euforizante nazismo renacido. Y su vacuna ansiada, tan solo era una hostia con la que comulgaron con el nazismo marica sanitario. Porque no vacuna. La chusma o masa votante se embruteció como un solo animal gigantesco y rindió culto religioso y sexual a sus burócratas nazis, en silencio por un bozal que los humillaba y les dificultaba el habla. Permitió con decadente pasividad el perdón y premio de corruptos y traidores miembros del gobierno que alcanzaba a amistades y familias de los dirigentes nazis homosexuales sanitarios. En poco menos de dos años, la población del siglo XXI, sobre todo en España y Europa, descendió al nivel de ignorancia, superstición, cobardía y mansedumbre de la chusma de quinientos años atrás, de los siglos, XV, XVI y XVII. Miles de generaciones en todo el mundo se ensuciaron de mezquindad sectaria y miserable moralina. De una nueva idolatría postrándose, hincándose ante los genitales de sus amos en el gobierno. Cediéndoles además a sus hijos para ser adoctrinados, alimentados con la ideología alimentaria nazi homosexual sanitaria y sexualizados por ese nuevo nazismo que se impuso con el coronavirus. Actualmente los librepensadores están vetados, censurados por los estados nazis homosexuales sanitarios (todas las democracias pre-coronavirus). En peligro de ser linchados y asesinados por cualquiera de las turbas adeptas al nuevo nazismo que son mayorías absolutas en todos los países de La Tierra, ya sea con retórica de izquierdas o de derechas. Ese ansia de la gente de pocas luces o poca cultura por creer en el más allá, en lo paranormal, en las supercherías religiosas, sectarias o paganas, etc.. Indica el alto grado de vacío y frustración que hay en sus vidas. El nazismo homosexual sanitario ha sabido rellenar esos huecos. Desde los primeros asentamientos humanos, la especie humana comenzó a degenerar hacia el comportamiento insectil. Esa forma de humillar al individuo va contra la especie humana, es instintivo. Por ello, la chusma o población mundial trabajadora, está sometida a una constante educación y adoctrinamiento de carácter ganadero-veterinario. Influyendo con los medios informáticos y audiovisuales en las costumbres, sexualidad y alimentación de las masas humanas trabajadoras. Lo que explica toda esta fe inquebrantable en los modernos gurús o brujos tribales multimillonarios, que propagan su falsa cultura que es, ni más ni menos, que el mismo oscurantismo que todas las religiones mayoritarias del mundo practicaron con sermones supersticiosos. La sociedad que mantiene esta humanidad mezquina ya no le puede ofrecer más que la misma banalidad todos los días y sus cerebros lerdos no atinan a comprender esa alarma que su instinto primigenio les lanza; son incapaces de comprender cuál es su mal. La inusitada violencia que ha surgido entre la ciudadanía, es un síntoma. Cree la gran mayoría que hay un mundo nuevo esperándoles cuando mueran. Necesitan lo sobrenatural para dar interés a sus vidas que se ha convertido en la misma monotonía químico-eléctrica de los insectos. El homosexualismo ideológico del nazismo sanitario es una doctrina y una experiencia mística para que hombres y mujeres, niñas y niños se entretengan en investigar y pervertir su sexualidad; llenando así sus espacios mentales en blanco durante un rato y se mantengan decadentemente mansos y obedientes. Un tiempo que los gobiernos nazi sanitarios homosexuales usan para preparar nuevas enfermedades y vacunas. Nuevos medios ganaderos y doctrinas con las que controlar una población ya deforme, radicalmente distinta de la especie humana original. Una vez has observado y experimentado la mezquindad humana no puedes dejar de verla continuamente. La experimenté como una mala y sucia película pornográfica cuando todas esas masas quejumbrosas y lloronas, se apiñaban para recibir la hostia nazi homosexual: la vacuna. Con el bozal en el hocico para no hablar, solo escuchar. Y enfermarse con una respiración podrida y un pensamiento pusilánime para continuar siendo dependientes del Nazismo Sanitario por el tiempo que les quede de vida, cuando al final serán procesados sus cadáveres como fertilizantes o piensos. Los monstruos existen y son peligrosos por su envidia e ignorancia feroces. Son miles de millones. Me siento maldito, acechado por esos monstruos terribles, los anodinos y hambrientos de ser pastoreados y no pensar. A lo largo de la historia la chusma mezquina (la baja población, la trabajadora) ha pedido muerte y sufrimiento para los que son superiores en inteligencia, en cultura u ostentan creatividad o libertad en su pensamiento. Y también han pedido, la muerte y el sufrimiento ajeno, a su amo el gobierno como mero entretenimiento. La decadente Roma ha surgido de nuevo… Ocurrió lo mismo hace un año: pedían hambre, cárcel e incluso muerte para los que decidieron no vacunarse. Lo pedían con furia, creyendo firmemente que los no vacunados eran los culpables de todo lo que ocurrió. Como los alemanes de la era nazi pedían la muerte de los judíos, con la misma bestialidad, con la misma envidia, la misma ignorancia; pero sobre todo, con la misma obscena mezquindad que no ha podido abandonar la especie humana desde los siglos imperecederos en los que se comenzaron a crear grandes concentraciones humanas, ciudades que en la práctica son simples granjas donde se estabulan, amansan, seleccionan y adiestran a los humanos que las llenan. Algunos vacunaron a sus hijos con urgencia. Y algunos hijos murieron; pero las estadísticas nazi homosexual sanitarias los consolaron: solo eran unos pocos. Y las líneas genéticas de la mezquindad, siguen siendo seleccionadas con absoluto y estricto control por los líderes del nuevo Nazismo Homosexual Sanitario Mundial.
En España, a ocho de enero del dos mil veintitrés, Tercer Año de Gobierno Nazi Homosexual Sanitario.
No viviré lo suficiente para acabar de escribir los grandes espacios en blanco que quedan en el planeta. De hecho, nunca tuve esperanza. Nunca fui ingenuo. Triste sí, siempre ha sido un peso en mis hombros. Quería llegar a las verdes montañas, el margen del valle, de la página en blanco… Aunque fuera solo una línea con tinta roja; pero apenas existo ante tanto espacio, ante la desmesura del planeta y sus espacios en blanco. No soy nada, no soy nadie. La belleza es tan enorme como el amor y yo no sé… No puedo abarcarlos. No podré escribirlo todo y dirá mi lápida si la tuviera: Aquí yace un fracasado. Siempre he dicho que hay tanto tiempo que me falta vida. Ahora, a punto de abandonar el escenario, el espacio es tanto como el tiempo. Hay un cansancio vital que invita a la muerte, que la hace dulce. Era una batalla perdida. No quiero añadir a la tristeza la vergüenza. Misericordia.
Nació para ser amada, con la carne y la piel que cubre y protege su pensamiento perfectas. Cálida y sedosa su mirada y sus urgentes labios. No puedo creer estar amando a una diosa. Solo ocurre en las películas. Sin embargo, me rebosa agua ácida de los ojos. Se me irritan y el mundo se hace difuso. Una costura se ha rasgado en el tejido de mi mediocre existencia y ha hecho mierda mis defensas. Es lógico que plante los pies en el suelo. Podría elevarme hacia ella, por ella. No puedo permitirme soñar despierto, debo afianzarme a la tierra. No soy pájaro, cometa o meteorito. Sino una piedra tallada por las presiones telúricas y los volcanes. A menos que te quede un respiro para la muerte, no importa fracasar y caer. Y aún no siento ese olor a moho en mis pulmones que deja la muerte cuando está demasiado cerca. Huele como las hojas que se pudren con la escarcha invernal. Las que piso con la firmeza de mi peso y la ingravidez del amor. Se me desprende la carne de los huesos por su poder de atracción gravitacional. Amar duele. Quiero ir, llegar a mi estrella. Pase lo que pase, cueste lo que cueste. Soy un asteroide al rojo camino a la desintegración. Mi diosa no lo quiera… Y antes de seguir con mi letanía de amor y deseo, me aseguro de nuevo que los pies sigan ahí, pegados en la tierra. Caer duele millones de lamentos luz. Y el dolor no aporta misericordia ni dignidad a la mística tragedia de amar. No puedes curarte con aceite hirviendo una quemadura. Desea a gritos, pero no dejes la tierra, no te separes de ella. Toda una vida llena de grisentería no puede tener un final feliz. Ni lo sueñes. Me digo que es un espejismo; pero no resulta y es más doloroso. La vida sin ella duele más. Solo sé que soy un pensamiento perdido en la muerte gélida y árida del cosmos, un astronauta desecado y congelado sin posibilidad de putrefacción desintegradora. Soy un trozo de plástico espacial. Y un viaje incierto a un destino ineludible. Porque si no amas ¿cómo vives? Siendo un mierda. Me fascina cuando se estira desnuda y felina entre las sábanas, ronroneando universos extraños e intensos, hambrienta de ser tomada. Imaginando su piel cubierta por el deseo y el coño palpitando en una ascensión a la cima del placer violento y animal. Aquí en la tierra fría, mis pies parecen hundirse; fundirse con el calor que produce su tormenta de amor solar. No puedo dejar de evocar mi semen deslizándose entre lo más prohibido y secreto de sus muslos, un goteo viscoso que se bebe la sábana cálida que la sostiene. Mis pies en el suelo… Y me duele el corazón de luchar contra su tirón orbital. Durante unos minutos permanecemos en silencio. Recuperando el aliento y retornando suave e inevitablemente a la realidad con el corazón pleno y el coño agotado, ahíto de placer. Mi pene decreciendo, escupiendo algún semen residual, humillado silenciosamente ante la diosa. Con leves jadeos se desvanece la violenta lujuria que nos abandona a un amor relajado y caníbal. Observo sus pezones aún duros mojados de mis labios. Es mía, mi diosa… Y un pie se alza traidoramente. Me apresuro en contraer los dedos en la bota haciendo un puño para dar potencia a la pisada, si eso es posible. Peso lo que peso… Es mi desesperación y tortura, un castigo a mi impío amor que detesta y ofende a la humanidad y sus interferencias constantes entre ella y yo. Soy una triste mitología. Somos de la misma especie: el amor nos hace feroces, desinhibidamente irracionales. Pero tengo mis limitaciones, no soy un dios y si dejo la tierra que me mantiene vivo también perderé lo poco que tengo de ella.
Me da paz que los animales vuelen tan alto o caminen como siempre; libres del concepto del tiempo y fechas humanas. Observar a un ser vivo libre es lo más hermoso para el ánimo, y también lo más triste. Es la confirmación de que naciste presa del tiempo humano y jamás escaparás de él. La fotografía puede ser triste, se debe ser cuidadoso con lo que retratas porque es prueba irrefutable de lo que eres. ¡Mierda! El mal está hecho. Feliz vuelo, águila, desde aquí abajo, desde otro ridículo “año nuevo”. ¡Bye! Hasta nunca…
Utilidad intelectual para el fin de año e inicio de otro igual, en este caso 2023:
“Morir no es forma de vivir”.
Por gentileza del Clint Eastwood en El fuera de la ley. Benditas sean las resumidas, claras y coloquiales verdades de un cine que aún no se ensució de censura nazi sanitaria.
Cuando me confiesa con voz pícara que se siente aún una niña, clavo la mirada en sus tetas tan bien puestas y de grandes areolas. Y sinceramente, no me siento especialmente amoral cuando la follo. Me siento cualquier cosa del reino animal, salvo un niño en cualquiera de las especies.
No niego la belleza de las pequeñas cosas tiernas que se guardan con veneración en el puño cerrado con pasión; pero ¿sabes qué ocurre, cielo? Que necesito la grandeza de los cielos azules ektachrome, las largas, altas y lejanas cadenas montañosas. Es que no cabe nada en las miniaturas, son tan pequeñas que apenas entra un lágrima. Y las pequeñas cosas no se merecen ser aplastadas por un romanticismo enorme que carece de los conocimientos básicos de la hidráulica del amor y otros fluidos. Imagina esas camisas baratas que venden en los mercadillos a precio de mearse de risa y a pares, tengo que probar tres tallas más de las que me corresponden y el vendedor se coloca un chaleco antibalas para que los botones no lo acribillen mientras me dice: “Te queda perfecta, incluso holgada”. Y yo rojo de asfixia. Así me siento amándote entre cuatro paredes. No quiero ser pretencioso, amor. Es porque me desenvuelvo bien en los grandes horizontes, aunque me humillen con su enormidad. El color de mi piel comparado con el azul, los verdes y los marrones invernales, con la impoluta nieve lejana; casi me hacen cadáver. Un insecto tísico, descolorido. No importa. La razón más importante es que solo la grandeza puede contener mi amor y deseo. Las hermosas y pequeñas cosas, pobres, no pueden contener lo que te amo, no cabes en ellas. Necesito todo el espacio que mis ojos abarcan para que mi amor se expanda y te arrolle y te envuelva y te cobije y te susurre, ahora sí, mis pequeñas palabras que se deslizan suavemente por las laderas boscosas y nevadas, por los valles y los ríos. ¡Que todo sea enormidad! Que mi amor se libere de la compresión de mi corazón y pulmones, que se expanda hasta cubrir tu piel. Siempre pienso al ver una flor, en la belleza que concentra; pero evocándote concluyo que es poca cosa para contenerte y definirte. Y créeme, si no tienes un buen espacio para liberar todo el amor, te asfixias por dentro como si la cabeza y el corazón se aplastaran contra sí mismos en una fisión de amor atómico. Es como ser alérgico y meter las napias en una flor para esnifarla, llevado por el suicida romanticismo. No. Necesito gritar y que mi voz resuene lejana entre las montañas y digan al oírme: “Ya está el macho en celo de nuevo”. Sí, ya sé que me denigro yo mismo, no sé venderme con elegancia; pero es que no quepo ya ni en mí de tanto que te quiero. Todo se hace pequeño si no hay unos amplios horizontes. No puedes alimentar a un león con berberechos y salmón ahumado con galletitas saladas. Ya sé que a veces salgo de los límites del buen gusto literario y me dejo resbalar de culo por la pendiente de la vulgaridad; pero es que estoy hasta los huevos de estar tan comprimido, coño. Por mucho papel y tinta que use, el amor se me derrama de los límites de las hojas y al no contenerlo, siento que es pérdida y tontas ganas de llorar. ¡Pobre amor derramado sin lugar a donde ir! Créeme, el amor es un fluido y soy un buen mecánico en hidráulica. Sé lo que digo… Sé lo que siento, sé lo que duele la presión de una columna de amor por centímetro cuadrado en la piel y en algún lugar dentro de mí. Hacia el horizonte lanzaré este amor que avanzará a través de los bosques y las altas cimas, por los mares y los ríos, y llegará a ti como una avalancha, un alud de ternuras y pasión. De sueños que no se cumplirán, pero recitaré en tu oído como una plegaria a la esperanza. Instantes de ilusión…
No hay nieve, solo incineración y muerte. Mentira, soy yo lo único que muere. Todo es más fuerte y vivo de mierda que yo. Y no me gusta la muerte luminosa, humilla los cadáveres. Los árboles han perdido su fronda protectora y el sol atraviesa sin descanso mi carne dejando ver la silueta de los huesos en mis manos. Soy una radiografía nómada. Un hombre invisible. Pero no me siento hombre, no me siento nada. No tengo hojas que ofrecer en sacrificio al sol invernal. Exige mi piel y el alma que hay debajo… Lo cierto es que no importo tanto como para que el sol exija nada de mí, es la cruda y cocida realidad. Fui un nacimiento anodino y busco patéticamente trascender unos segundos siquiera antes de evaporarme. Una ceniza que camina a la desintegración… Debí ser piedra y algo mutó que me hice cosa orgánica y combustible. ¿Dónde están los dedos de mis manos? Y mi cigarrillo… Me aterra no tener sombra, soy íntegramente mediocridad. He perdido mi opacidad, la prueba de mi existencia. Es estremecedora la luz, cochina luz calcinadora… Los árboles con sus incombustibles cortezas resisten el bombardeo solar y es público silencioso de mi evaporización. ¿Cómo he conseguido morir así? No quiero ser luz. Ni que se quiebren mis piernas de ceniza y desmoronarme en una nube de polvo en el sendero. Y el bosque protector inalcanzable. Es terrible, nunca he tenido suerte… Soy un privilegiado que folla con la Dama Sórdida, la diosa podrida de la humanidad sin rostro. Voy a morir incinerado e indoloramente aún que estoy vivo. Como si la indignidad fuera indolora. No jodas… Sin un ataúd que proteja mi cadáver durante un segundo siquiera. Yo no quiero morir así. Quiero sangrar y gritarle puta a la vida con dientes fieros, escupiendo baba roja. Que duela morir. No así, evanesciéndome en la luz, un alma llorando por su carne.