Cuando la follo no siento amor, solo un deseo obsceno de forzarla a gemir, embistiéndola encelado. No pienso en la reproducción ni en formar una puta familia. Solo quiero observar su coño supurando mi leche y sus pezones endurecidos y empapados de mi baba. No le digo “te amo”. No puedo perder el tiempo en tonterías. “Quiero joderte”, le digo al oído apretando sus tetas con los dedos tensos de caliente que estoy. La amo y por eso follo con ella. Pero follar es lo más lejano de amar. Follar solo es íntimo, si alguno de los dos no practica la prostitución.
Hola, cielo. Te escribo una carta que nunca llegará. Hasta que te entregue en mano las cientos que te he escrito. Porque escribirte me acerca a ti, eres mi misión. Tenemos unos asuntos pendientes urgentes de resolver. Hay una cantidad preocupante de abrazos y besos suspendidos en el aire, congelados por imposibilidades que no vale la pena enumerar y porque la bendita muerte no nos despeja el camino que invaden tantos seres humanos que injustamente respiran, deambulan y ocupan espacio. Así que en cuanto hayan muerto los que deben y los cimientos de esta sociedad se desintegren por su propia degeneración; estaremos juntos para poner en marcha el asunto de los besos y abrazos suspendidos. Y en cuanto haya llorado lo suficiente ante ti y sobre tu piel (el tiempo ha sido demencialmente inmóvil, cielo) tendremos el más desesperado y sucio sexo. Y eso no es todo. Queda lo más precioso… Culminaremos nuestros asuntos pendientes con unas silenciosas tazas de café al amanecer, dejando que el alma y el pensamiento tan comprimidos durante estos milenios sin ti, se expandan a nuestro alrededor con ese sosiego que nos hemos ganado a pulso. No te engaño. La cuestión del sexo no se resolverá de una sola vez en una noche. No es por alardear, cielo. Es que tengo un hambre ancestral de ti. De hecho, tengo cierto temor a que me digas después del primer asalto: ¿Y para esto tanto follón? Que mi sonrisa llegue a ti, amor. No recuerdo ya los días en los que no era consciente de tu existencia. Lo ocupas todo en mi memoria, como si no hubiera sido niño jamás. No te amo, es solo sexo. ¡Ja! ¿A que soy borde? Con todo mi amor, cielo. Resolveremos esos asuntos pendientes de una vez por todas.
Solo contigo quiero vivir en el paraje de la Inmensa Soledad. No aceptaría a nadie más. ¿Te has fijado, amor? Es un caos de libertad. La soledad más hermosa grita con furia su grandiosa libertad inquebrantable de precisos y sólidos matices indestructibles. Hay una senda infinita a un horizonte aún por descubrir, por la que nadie más caminará. Te quiero avanzando hacia mí con esa voluptuosidad tan tuya, con esa sonrisa que ilumina el universo. Sin que nada te detenga. Ven a mis brazos abiertos, a mi rostro que exhibe una sonrisa feliz y cansada. Ha costado tanto tiempo crear este lugar, cielo… Por favor… Sé que es mucho pedirte habitar esa inmensa soledad. Perdóname. A veces no pienso en lo poco que valgo; pensar en ti me hace valioso. Es inevitable. No tengo derecho a pedirte semejante soledad. Solo es una muestra de deseo, cielo. No puede hacer daño. Ahí, en el centro de la soledad, no puedo dejar de pensarte. Lo llenas todo. Y sueño tenerte sin más consideraciones. Como si por una vez en la vida algo fuera fácil. No me siento solo. Estoy bien, amor. Simplemente te necesito en cualquier universo. Pudiera ser que en esa soledad me eternizara y no debiera preocuparme el tiempo que pasa y no tenerte. No sé… Amarte me hace confuso a mí mismo. Solo contigo, cielo; es en esencia lo que quería decirte por enésima vez.
No basta con que estés lejos, ¿verdad? Debes ser deseable sin piedad en todas las horas. Como si no quisieras que dejara de pensarte ni un por un segundo. No eres consciente de tu aristocracia extraterrenal. No es tu voluntad sojuzgarme. Simplemente te parieron así de extraordinaria. Por decir poco, por decir lo mínimo. ¿Sabes, cielo? No importa lo angustiado que esté por no tenerte. El mundo y mi vida son mucho mejores con tu existencia. Nunca he creído ser merecedor de nada, no tengo complejos de ese tipo. Así que tenerte solo un poco, es un mucho. Solo puedo asegurar una cosa: si no te pensara a cada segundo, no entendería para que sirve mi cerebro. Amor… Hago lo que puedo para enamorarte cada día más. Como tú haces conmigo con esa facilidad, con esa sencillez… Invento fórmulas para reescribir con musicalidades distintas lo que invariablemente te deseo. No tengo otra misión que ser desmesurado en estos tiempos de cariños disueltos en cobardías, en excesos de alegrías con la que los mezquinos pretenden conjurar su miedos. Tiempos con un serio defecto de trascendencia. ¿De qué se ríen las hienas? ¿Y los idiotas? Te amo, lo declamo y escribo con el semblante serio como la propia muerte, sin sonrisas, sin promesas vanas. Con los dientes apretados de dolor y atávicas frustraciones que pesan intentando doblar mi espalda. No sé cuanto aguantaré ya… Te amo y cualquier otra consideración, cualquier maldad o bondad, queda relegada a la indiferencia de mi pensamiento que te adora. Solo importa que cada día te pienso, que te puedo escribir mis locuras de amante y asistir a tu sonrisa. Es la única forma en la que puedo trascender en este mundo sórdido e insalubre. Volveré. Esto no acaba aquí. Acabará bajo tierra, dentro de un ataúd. Lo escribo sin sonreír. Bye, amor.
Me siento ingrávido ante tus ojos, tu mirada es un universo. Ansío tu boca como oasis en el desierto. Tu piel es un océano de aceite cálido. Y soy una ola furiosa en tu sexo. Entre todas las cosas bellas eres sobrenatural.
Necesito escribirlo porque pensarlo o decirlo son cosas tan efímeras… Y ya sabes lo que dicen de las palabras y el viento. Deslizar la pluma por el papel es lo más cercano a follarte. No quiero morir sin que conste en acta mi brutal amor por ti. Y escribirte me da paz. Te amo, cielo.
Yo no quiero, no busco que veas bondad alguna en mí, cielo. No pretendo que te enamores de mi humana generosidad. Ni la tengo, ni la quiero. Te amo. Y amarte, no me hace bueno. No sé a quien se le ocurrió pensar que amar te hace más piadoso. Amarte no puede refrenar, en modo alguno, mi repulsión hacia la humanidad. Todo lo contrario, amarte hace más horrible la faz humana. Todo lo que no eres tú… Cosa que te convierte en el ser más amado del mundo. ¿Sabes un secreto, cielo? Quiero ser una bestia feroz aplacada entre tus brazos. Una bestia cansada y herida. Penetrarte ante la mirada del dolor humano. Lamer tu coño ante los agonizantes y los hambrientos. Y fumar el primer cigarrillo de la íntima mañana frente a ti, con un cráneo humano de cenicero y un café tan dulce como tú. Lo más hermoso de estas palabras, es el atroz amor que destilan por ti. Y lo más implacable de mi amor es que desconoce el concepto de literatura. Aunque no me ames, estás condenada, maldita… Seré tu enamorada sombra impía.
Sin consideración alguna o supuestos de bondad hacia emociones humanas: Te amo, cielo.
Te pienso y te necesito. Te ansío más concretamente. Te ansío y deseo besarte los cuatro labios. Te deseo y se me pone dura, intento estrangular el flujo de sangre con el puño; pero sigo irremediablemente erecto. Me hechizaste en algún momento de los siglos. Te adoro como diosa y me masturbo en un sacrificio de leche y carne. Sin pudor, sin recato. Sin vergüenza… Mis pornógrafas obscenidades son mi orgullo; mi privilegio de amarte. Te amo y lloro por el semen que se enfría muriendo desamparado en mis pies. Te sueño y deseo decirte todo esto al oído, como un susurro, como un roce de la pluma en el papel que erice tus pezones y haga dura la perla de tu divino coño. Te sueño y no consigo emerger a la realidad. Te necesito y es locura que anida en tu sexo rutilante.
Amo las pequeñas flores del bosque porque son tu metáfora. En mi pensamiento a veces hostil, a veces negro; eres el color y el calor que me hace humano. Flotas hermosa en mi enmarañado pensamiento, elevándote sobre todas las cosas vivas y muertas que lo habitan. Con toda esa fuerza… Tan pequeña y tan brava. Irreductible. Es la metáfora de tu belleza y la pasión de vivir. A pesar de la hojarasca… A pesar de los cuervos que graznan malhumorados mi existencia. Extiendes tu color ante mí, un paño húmedo en la sudorosa frente del enfermo. Indecentemente ingrávida esplendes como una diosa, hipnótica, deseable. Y frágil. Me da miedo pensarte tanto y que te pueda doler una pétalo. Los pétalos de tu coño hambriento, cubierto de rocío espeso… Y yo libándolo… No eres la obra de un tumor, mis labios guardan el calor de los tuyos. No puedo regalarte una flor, porque me quedaría vacío entre la hojarasca. Solo tengo una, solo te tengo a ti… Es absurdo; pero ¿qué puedo hacer yo para entender la metafísica del amor? Eres la más hermosa contradicción: esa aparente sutilidad y tu atómico amor. Y los muslos que tiemblan, impacientes por abrirse, que se cierran en contracciones que marcan los jadeos… Que te traicionan dejándote indefensa a mis toscos dedos pringados de viscoso deseo. ¿Cómo puede una flor tan pequeña pesar tanto en mi vida? ¿Cómo puede un animal como yo, poseer ese fulgor de amor constante en su pensamiento hosco?
Amar requiere demasiados esfuerzos y sacrificios. ¿No será el amor una consecuencia del miedo a la soledad? Les han vendido un timo con todo eso de sus propiedades terapéuticas y euforizantes. Porque tanta tragedia y padecimiento por unos instantes de euforia no se justifica. Y mucho menos si eres un buen conocedor de la especie humana, la cual no tolera las cosas de tristeza y dolor. Es definitivamente cobarde. No nos engañemos, la soledad es más importante que el amor. Lleva a la comprensión de las cosas, a concretarse uno mismo. A ejercer la valentía. Y la reproducción no es cuestión de amor. Hablando de reproducción: el amor siempre morirá (si alguna vez lo hubo) ante el afecto filial. Amar a los hijos mata el amor de los amantes, lo degenera en una insulsa sociedad, o una camaradería en el mejor de los casos. Es la razón de ser de las putas y el adulterio en general. Así que no sé porque te quiero tanto. No puedo controlar amarte, cielo. Sé que no es sano. Sin embargo, imagino el mundo contigo y todo está bien. Y eso me lleva a pensar que no tendremos hijos, porque no caben en nuestro amor, no habrá nada que nos rompa. Y ¿dé dónde sacaríamos tiempo para educarlos? Solo les podríamos dar clases prácticas de sexualidad, seríamos unos educadores graciosamente indecentes. Ríe, cielo, te estoy amando a pesar de lo malo que es. Todas las mañanas del mundo, el café de la mañana será nuestra íntima comunión de amor. En la penumbra, en el silencio, en la charla, en la tristeza, en los dolores, en las risas o las sorpresas. Cada día solo contigo, cielo. Insisto, el amor es un virus y un delirio febril. Lo cual viene a decir, que soy un enfermo crónico de ti y deseo tus cuatro labios con hambre atávica. Ya está bien de cháchara, vamos a la mesa (encima), te quiero comer.
Si fuera árbol, tal vez lo sea, no lo sé… Y tú caminaras con toda tu brutal sensualidad en la soledad y el desamparo de la fría noche, extendería mi impúdica rama preñada de deseo para atraparte, para llevarte a mi húmeda y desenfrenada oscuridad. Llenarte toda de mí en una blasfema comunión pagana. La hostia, mi semen humeante prendido como gotas de nácar en tu monte de Venus.
Y el agua del río formando un sereno canto de tragedia…
Cubrir toda tu piel, meterme en todo cuerpo por todos los huecos…
Un árbol-bestia rugiente, follándote carne y espíritu tan profundamente como el amor y su imposibilidad corren por mi savia.
Rasgarte vestiduras y lacerar tu piel hasta que tu gemido se convierta en suspiro y entre mis fuertes ramas, te vengas, te corras y maldigas mi pornográfico y terrible amor violento e impúdico. O tal vez, que mi corteza se abra sangrante con el rugiente acto de violarte.
Herirás hasta la sangre mis labios mordiéndolos con tanto deseo como puedo soñar… Ésta es mi voluntad, éste es mi sueño de humor espeso y blanquecino que mana de tu coño satisfecho en mi eterna oscuridad, con tu corazón latiendo entre mis ramas.
Y tu pensamiento, adueñándose de lo poco que queda del mío.
Al fin y al cabo, no tengo alma te la llevaste; la aspiraste con la primera mamada que me hiciste.
Y te necesito para tener algo de humanidad en esta soledad sin ti.
Tal vez sea un lobo, y tú una caperucita; pero te aseguro que no hay nada de infantil en ello.