Posts etiquetados ‘Amor cabrón’

Glycerin Man

No es posible poseerte toda con este cuerpo.
Me he dado cuenta de que soy imperfecto para amarte.
Necesito alguna habilidad más.
Para joderte.
Joderte toda desde afuera hasta dentro.
Debo mutar en un gel, un aceite denso que se deslice por tu aterciopelada y privilegiada piel.
Que brillen erectos tus pezones.
Que mi calor viscoso te posea y te provoque fiebre en el alma y en el coño.
Y follarte así los poros de la piel.
Ser un charco denso en tu ombligo y monte de Venus; y deslizarme, precipitarme lenta y poderosamente por tus ingles e inundar los obscenos labios, conseguir que se humedezcan en toda su verticalidad y profundidad.
Que tus muslos cedan y se separen al reptar obsceno y líquido.
Hirviendo…
Quiero ser Glycerin Man. Aunque deje de existir al poseer tu piel, tu coño, tus pechos dolientes de erectos.
Inundando tu boca de mí.
Deslizarme por tus labios jadeantes y entreabiertos como una baba lujuriosa.
A través de tu piel, llegaré a tu alma y la follaré.
La envolveré.
Me fundiré en ti a nivel molecular.
Te regalaría mi existencia por penetrarte toda, toda, toda…
Por estar en tus dedos húmedos que acarician la viscosidad que soy entre tus muslos.
No soy Glycerin Man y es desalentador. Es no llegar a lo más íntimo de ti.
Estoy trabajando en ello.
Me someteré a radiaciones. Saturaré de rayos gamma mi organismo. Irradiaré mi pene hambriento, goteante, deslizante.
Duro hasta el dolor.
Hasta licuarme en tu cuerpo.
No quiero un vida larga, me basta con ser poderoso en tu piel.
Quiero llegar a tu corazón y hacerlo brillar de viscosidad.
Mi mutación es la locura de amarte.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Dura

Me la pones dura.
Dura hasta la desesperación.
Es difícil ser solo romántico al besarte.
Es imposible no atacar violentamente tu boca y llevar la mano a tu coño.
Y oprimirlo.
Hasta que se te escape un jadeo en mi propia boca.
Me duele de dura.
Me dueles ahí abajo, mi puta hermosa.
Las palabras de amor se convierten en una espesa baba con la que empapo tus pezones duros y mis dedos separan tus labios secretos con precisión.
Y en el secreto de nosotros mismos, te susurro que te la quiero meter, furcia de mi alma. Que descubras mi glande con un movimiento brusco por los cien euros de razón que te he pagado.
Por los cien euros de corazón que te he dejado en la mesita, junto a tus bragas mojadas.
No soy religioso, no creo en dioses; pero si me arrodillo ante tus muslos para hundir la lengua en tu coño, me siento inmaculado por el lascivo y viscoso maná que lame mi lengua hambrienta.
Mi semen hierve y presiona en los testículos como un sacrificio a tu Vagina Divina.
No puedo gestionar ni conciliar razonablemente todo este amor y la dureza obscena de mi pene y el filamento viscoso que de él se desprende para prenderse en tu piel como un tentáculo translúcido.
No puedo conciliar lo divino con lo carnal y al metértela eres mi puta santa de coño líquido.
Así que cuando te confieso que, cuando te digo que la tengo dura; no hay banalidad en ello.
Ni simpatía.
Ni siquiera amor.
Es orgánico.
Es deseo animal y atávico. Y beso tus muslos mojados de mi propia leche con la devoción de un cristiano que besa los clavos de Cristo en sus pies.
La tengo dura. Me la pones dura, mi puta santa. Soy un cerebro fragmentado.
El precio de tus servicios arruina mi razón. Aunque la perdí en el mismo instante que tu lengua rozó la mía.
Me duele de dura amor.
Haz algo, otra vez.
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Iconoclasta

Piernas en la penumbra

Te susurro en la penumbra donde yacen tus piernas,
que las gotas de semen se mueren-enfrían
derramadas entre mis pies
con la tristeza profunda de una muerte inocente.

Del orgasmo desesperanzador,
de una corrida solitaria
como un cometa en el espacio gélido y oscuro.

De un pene que late colapsado de sangre,
empapado de amor y obscenidad.

De tu respiración que eleva y oscila tus pechos
y me la pone dolorosamente dura.

De mi mente desesperada cuando deseo penetrarte
desde malditamente lejos.

Soy un charco blanco y resbaladizo
que la arena de un desierto absorbe
y deja un cráter vacío.

Te susurran el deseo las manos crispadas
estrangulando ante ti esta puta erección
que canibaliza la alegría.

Y te susurro que a pesar de todo.
A pesar de la tristeza
del semen que muere
sin el consuelo de tu piel,
que soy capaz de sonreírte.

 

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Iconoclasta

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El destino…
Es una forma amable de nombrar a todo ese conjunto de errores que hacen mierda las esperanzas.
No existe nada predeterminado, somos consecuencia y azar.
Tal vez ni siquiera exista el azar. Si piensas, aunque duela; al final todo encaja. O ves lo que falta en un espacio vacío.
Angustiosamente vacío…
Voluntad o abulia hacen del azar una consecuencia ambigua.
Cómo entender que te ame a años y kilómetros indecentes de distancia.
Cómo entender que irrumpieras en mi trabajada y deseada soledad y la tornaras un poco triste sin ti.
Cómo asimilar que nos encontráramos en un espacio eléctrico lleno de banalidades y mentiras y creáramos un espacio de intimidades y sueños.
No hay destino. Te necesitaba y te grité sin saberlo. Te llamaba con alaridos desgarrados porque este mundo es feo, cielo. Te gritaba que si existías, te hicieras visible, táctil, sonora.
Que sabiendo que en algún lugar o momento debías existir, era crueldad no mostrarte.
No hay destino; yo te pedía, tú me oíste.
Tú también gritabas tu hastío, lo sentía en mis viejos huesos.
Ergo, nos amamos.
No hay azar, somos la consecuencia lógica de una mala ubicación espacio temporal, de una necesidad de trascender el uno con el otro.
Somos las piezas sueltas y perdidas de un puzle.
Piezas que intentan encajar tristes y con dolor en un juego al que no pertenecen.
Por favor…
Dime sí, que somos la consecuencia perfecta, la consecuencia imparable de nuestra desesperación, de nuestra soledad acosada por una multitud de extraños seres mudos.
No existe el destino, existe nuestra voluntad de encontrarnos, quien quiera que fuéramos.
Ahora solo quiero descansar en ti. Soy una consecuencia cansada y dolorida.
Que no me jodan, que no nos jodan destinos y misticismos. El mérito es nuestro, toda esa angustia vivida no es un azar.
Yo soy la cruz y tú la cara de una moneda girando en el aire.
Y eso no es azar, es la perfecta, cercana y deseada ubicación.
Lo inevitable, lo que nos propusimos sin saberlo.
Con los pies sucios de desesperanza.
Alea jacta est…
Ahora sí, elijamos cara o cruz, ganamos.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

La última hoja. Marzo 2017. Fuji
Observo con los prismáticos las lejanas montañas nevadas, nubes y ríos entre el bosque. Observo las pequeñas cosas cercanas y pequeños cadáveres que no importan a nadie.

Observo las águilas, los cuervos y las lagartijas.

Observo con fascinación malsana la obscena y enfermiza textura de un liquen en el tronco de un árbol…

Pero observar todo eso es accidental.

Es un trámite obligatorio en tu búsqueda.

Quisiera estar enfermo y delirar creyendo que te he encontrado, localizado a pocos kilómetros y que con prisa y torpeza, guardo los prismáticos en la mochila y monto en la bicicleta sin pensar más que en besarte, en abrazarte toda.

Es triste sacar la vista de los prismáticos y observar a ojos húmedos la gran improbabilidad de encontrarte.

Enciendo el enésimo cigarro de la mañana; pero… Si no te busco ¿qué hago?

Buscarte me lleva a descubrir cosas nuevas, matices cromáticos que no sabía que existieran allá tan lejos. A veces el verde del bosque tiñe una porción de nube y pierdo un latido al descubrir el secreto.

Buscarte me obliga a ponerme en movimiento aunque duela, aunque me canse.

Evocándote lleno un cuaderno ya con pocas hojas.

Los cuadernos y yo nos aproximamos en perfecta sincronización a la última página que es posible escribir.

Y no me preocupa. Extinguirse no es bueno ni malo. Es algo que ocurre.

Lo triste es no atisbar en la distancia el reflejo de tus cabellos, tus manos de largos dedos finos, el movimiento de tus nalgas que se adivina en la oscilación erótica de tu vestido cuando caminas felina. Tu mirada intensa que hace arder algún órgano de mi cuerpo.

Lo triste es guardar los prismáticos con un: «¡Mierda! No está…».

Otra vez…

Lo triste es que la última hoja de mi cuaderno y mi vida, no dirá que te encontré.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

serena-y-equilibrada

No puedo dejar de pensar en follarte, en imaginar toda clase de obscenidades con tu cuerpo parido para ser cubierto y penetrado hasta el paroxismo; a pesar del cariño y bondad de ese momento mágico en el que compartimos el primer café de la mañana.

Es curiosa la ternura y lujuria que desatas por igual en mí.

Eres perfecta y equilibrada. Justo lo que yo no soy.

Siempre pareces serena, sorbiendo el café, fumando… O metiéndote un plátano en la vagina ante mi mirada animal en el juego más obsceno, arrastrándome a la absoluta irracionalidad de metértela violentamente.

A veces pienso, cuando abres las piernas ofreciendo tu vagina indefensa y desflorada, que tú eres la bestia y yo soy tu presa. Tu objeto.

Y me gusta.

No existe otra forma de vivir que sucumbir ante tu mirada y tus agujeros.

No pierdo el control, me lo arrebatas con tus tetas imponentes.

Chupables…

En las que me he corrido tantas veces salpicando tus labios que gimen temblorosos.

Te meas indecente, hermosa y descarada con una sonrisa. Y acaricio tu coño y el chorro de orina que sale a sorprendente presión.

Provocamos que el sol gire la cara avergonzado al vernos.

Porque somos sórdidos a ojos de los vulgares; pero cada líquido que mana de ti es mi fuente de la vida. Es un hecho, porque sigo respirando a pesar de que tú tienes el control de mí.

Serena y equilibrada, has hecho posesión de mi cuerpo y mi pensamiento.

Serena y equilibrada… Y soy tu presa.

 

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Iconoclasta

la-alimana-y-caperucita
Aún hay luz en el cielo cuando en lo profundo del bosque ya es todo oscuridad.
Y he pensado en ti, porque en todo lo que veo, en cada momento, estás presente.
Pactaría con alguna fuerza oscura por convertirme en un animal del bosque y follarte en la oscuridad violenta e impunemente.
Porque para las bestias hay más horas negras que para los vulgares seres humanos.
Y en la negritud te la metería, violándote. Arañaría tus pechos acariciándote feroz.
Sin cuidado, furioso.
Cobrarme en carne la esclavitud a la que me has sometido. No puedo vivir sin ti, hija de puta.
¿Te das cuenta que me has convertido en tu alimaña enamorada?
Y el que me ames como hombre no me da consuelo.
No serena mi alma que no tengo.
Mi oscuridad está preñada de un sexo perverso y hambriento; rozando la crueldad.
Te acecho sintiendo la desesperación de tu sonrisa que me entiende, me conoce, le divierte, le gusto… Y le enternece de un modo incomprensible.
Eres tan rara, tan exclusiva…
No soy tierno, soy feroz, no me sonrías así, mi amor.
Te amo.
Te deseo como una Caperucita Roja en el bosque, con lencería de puta.
Orinando obscenamente abierta hacia la oscuridad donde moro.
Con tu rostro de angelical lujuria mirando las sombras en las que sufro la erección de desearte.
Me vuelves loco, hija de puta.
Y no eres una hija de puta, mi amor.
Solo soy una alimaña feroz y enamorada en la oscuridad.

 

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Iconoclasta

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Así es el mundo sin ti, un páramo de gris sobre gris, sobre gris, sobre gris…
Si te tuviera de la mano, te susurraría al oído lo bella que es la gélida y desolada tierra.

Ojalá…

Y es que allá donde estés contagias la belleza a todas las cosas, mi hermosa mujer.
Amar es una narcosis, una continua alucinación.
Es vivir constantemente en un mundo gris y calcular sus posibilidades contigo.

Ojalá…

Amar en soledad no tiene consuelo; pero es de una pureza absoluta.
Y le da una importancia a mi vida que sin ti, no tendría.

Ojalá…

Ojalá pudiera decirte que no me gusta ese páramo helado arrasado y estéril.
Ojalá pudiera pedirte que me arrancaras de toda esta gélida aridez de grises y me dieras el calor de tus pechos.
El ardor que esconden tus muslos.

Ojalá…

Pero no puedo sustraerme a la dramática belleza del hielo.
Porque soy un pensamiento devastado y no puedo imaginar, no encajaría en un trópico de color y calidez. Lo infectaría de frialdad y grisentería como tú eres capaz de dar calor y belleza a la tierra que pisas.

Ojalá…

Como no tendría sentido un asteroide en la atmósfera, que acabaría con la pureza de su asepsia y frialdad para convertirse en una roca donde arraigara un musgo, un liquen.
Al final, solo soy una foto dramática en una revista entre tus manos.

Ojalá pudiera, mi amor.

 
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Su foto en color erotiza cada milímetro de mi piel.
Es como si fuera perfecta. Una muñeca de porcelana de labios precisa y preciosamente tallados con una mirada oscura e intensa que me arrastra a una lujuria suicida.
Y es imposible ante todo ese arrebato no evocar sus palabras y su mirada profunda y sobria que promete no abarcarla jamás.
Es entonces cuando los contrastes policromáticos viran a los negros y grises, los colores de la profundidad y la trascendencia.
Y quiero trascender con ella, a través de su coño o de su mirada. De cualquier forma por llegar a algún momento o lugar suyos.
La amo polícroma y monocromáticamente.
Es tan extraña, tan exclusiva.
Por favor…

 

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Iconoclasta

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El sistema límbico del cerebro consiste en una estructura con diferentes zonas que gobiernan las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales.
Seguro que ya lo sabías, amor; pero haz como que no. No pasa nada, reconozco tu superioridad intelectual.
Y tus pechos que me hacen tar… tar… tartamudear, no hacen nada fácil mi elocuencia.
Perdona, tomo el control de nuevo.
Disculpa esta pequeña disertación médico-académica (casi forense), no pretendo parecer pedante. Solo quería explicar con precisas acotaciones, que amarte no es tan fácil, no es sencillo. No es un dulce fluir.
Aunque sí lo es, porque ocurre aunque no quiera.
En principio llegué a pensar que no tenía o había perdido mi sistema límbico (a veces soy casi infantil con mi entusiasmo por las cosas nuevas que aprendo, disculpa mi redundancia; es que me gusta eso de límbico porque me lleva al limbo donde estás hermosa y rotunda, soy tan plano…); pero no, mi sistema límbico está íntegro, aunque un poco alborotado. Por decir algo, lo mínimo.
Te explico:
Lo has convertido en un caos descontrolado ( si un caos puede descontrolarse más de lo que su definición indica), porque esperando saber de ti olvido mi nombre de tanto recitar el tuyo, devoro comida como un animal insaciable, mis emociones se han fusionado hasta ser solo una: tú. Ya no hay matices, todo lo llenas.
Y mis instintos sexuales me llevan a practicar agujeros en las paredes y follarte hasta la lesión, hasta que sangro.
Y no hay dolor, así que nada me frena.
No es divertido, cielo. Es sórdido.
En principio a mí también me parecía cómico; pero cierro los ojos en momentos de lucidez y soy un misil que vuela a Match 1700 hacia el asteroide Autodestrucción XY-22344/5.
Esto me recuerda una película que vi hace tiempo, que se llamaba Mi Sistema Límbico, y en medio de toda aquella comedia había una tristeza profunda y angustiosa que anulaba toda sonrisa. Me di cuenta de que cerraba con fuerza los puños en la butaca, horrorizado por el final que auguraban todas aquellas escenas de amargo humor que la enorme pantalla lanzaba directamente a mi ¿sistema límbico?
Como es posible degenerar, descender tanto… Me preguntaba.
Pobre hombre…
No me acuerdo quien la protagonizaba, no recuerdo en que cine la vi.
No recuerdo que fuera una película y un escalofrío de locura eriza mi piel, como lo harían los fríos dedos de la muerte en una película que tampoco he visto.
¿Puedes tener siquiera un atisbo de lo que has llegado a alterar mi sistema límbico?
Eres un virus en mi cerebro, un obsceno y hermoso virus del que no quiero sanar.
Mi sistema límbico ahora está perfecto, mi amor.
Gracias, mi vida. Besos, cientos.

Hola cielo: ¿Sabes en qué consiste el sistema límbico? Seguramente te es familiar, porque me provoca cierto déjà vu.
El sistema límbico hace de mi desoladora y sórdida soledad una paranoia en la que estás presente en todo momento, donde calmas mi horror a morir sin ti desplegando una sonrisa, con un beso. Diciendo mi nombre como si fuera un niño pequeño.
¡Ops…! Ahora no sé si quería hablar de una triste película que vi hace tiempo o del vacío que dejas en el aire cuando no estás y que me lleva a sangrar de una forma que mejor no te cuento.
Amar es felicidad, lo sé, soy feliz; pero aún así hay una bruma densa que me preocupa un poco.
¿Puedes tener un atisbo de…
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.