Posts etiquetados ‘amor’

No te lo digo, pero tiene los ojos más grandes, profundos y manifiestos del mundo.
No te lo digo, pero son bellísimos.
No te lo digo porque cuando las cosas bellas y amadas se pronuncian, el mundo te las roba por envidia.
Lo sé. Siempre ocurre lo mismo.
No te lo digo porque es un secreto. Y los secretos, pueden convertirse en ridículo cuando la luz los ilumina.
No te lo digo, pero sus labios son tan voluptuosos y carnosos que tendría miedo a besarla, porque cubriría mi alma con ellos.
Y me robaría el habla.
No te lo digo porque es un deseo sin base lógica y sólida, un fracaso anunciado. Y no lo quiero anunciar.
No quiero ser patético mientras respiro.
No te lo digo, pero es exuberante hasta la desesperación (la mía), una ligera abertura en el escote de su blusa muestra un universo rotundo y húmedo que sueño explorar y precipitarme suicidamente.
No te lo digo porque hay seres que por alguna razón no podemos acceder a paraísos o ilusiones, y aún así soñamos posibilidades con el riesgo de dolor que ello comporta.
Posibilidades tardías.
Como bebés que nacen rotos, así son mis sueños de amor y deseo con ella.
¡Shhh…! Me da vergüenza ser lo que soy, por eso no te lo digo.
Y su voz… A través de ella impone el poder de su belleza con cierta autoridad (divina vanidad) y me hace sonreír cuando no es necesario, cuando no tengo razones o ánimo. A veces la escucho de nuevo y cierro los ojos imaginando. Su voz transmite frecuencias inaudibles que deseo descifrar; pero no te lo digo, para hacerlo debería estar íntimamente próximo a ella.
No te digo como suena, porque te reirías de mí con una sonrisa forzada y triste, como si supieras que estoy acabado.
Y lo estoy, pero no te lo digo.
Solo te lo escribo con una pluma de tinta roja como la sangre, porque temo a los espías de Envidioland; no quiero que sepa nadie más que tú, papel, de mi fracaso y días tristes. No quiero dar pena, o en el mejor de los casos, inspirar desprecio.
No te lo digo porque un día te quemaré prendiéndote por una de tus esquinas y oleré el dulzón aroma de tu combustión y mis secretos.
Escribiré al final de estas cosas que no digo, de este amor y deseo secreto:
Este documento se autodestruirá en cinco, cuatro, tres…
Y yo con él un poco también.
Tan solo durante unos segundos se verán los trazos de mi letra en rizos frágiles y volátiles de un papel carbonizado. Nada que pueda probar que un día amé.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Cero.

 
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Yo, un blasfemo…
Y te rezo.
Yo, un renegado…
Y te adoro.
Yo, un derrotado…
Y te conjuro.
Yo, un ateo…
Y eres dogma.
Así todos los días
todas las horas.
Eres mi liturgia.
Yo, tu discípulo…
Tu malaventurado siervo.

 

 

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Iconoclasta

Está roto y da mucha pena, es muy pequeño.
Misericordia…
Un bebé ha caído del cielo con un llanto y ha quedado inmóvil y mudo en el suelo. Hay sangre en su cabeza.
¿Cómo puede caber tanta muerte en algo tan pequeño? El cielo ríe pérfido, entrecortadamente.
Mi mundo es sórdido y temible.
Y una luna de manteca rancia, canta desafinada la inaudible canción del horror haciendo coro a los silencios mínimos.
¿Qué pasa conmigo?
El bebé parece un amor roto.
Por favor…
Porque los amores son pequeños para hacerlos secretos. O para que quepan en el corazón.
Y a veces se caen al suelo y se rompen y ya no se mueven más.
Como bebés que llueven llorando.
Y tú te rompes un poco con ellos. Mucho…
Mi mundo es sórdido y temible.
Misericordia… No más, no más lluvia, por favor.
Me quiero ir de aquí.
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Iconoclasta

Apareces en mis mediodías y en cualquier momento como un fascinante ángel perverso. Y sé que sabes con precisión adónde me arrastras y lo que me obligas a sentir.
Y todo el amor y el deseo que siento por ti, no te excusan: eres hermosamente culpable de ser mi (mía) perdición.
Perdición porque alteras mi mente y mi organismo con la engañosa simpleza de un “te adoro”, con un “delicia”, con un dragón y una guerrera cimeriana de cuentos de rol… Y luego, quedo abandonado a mí mismo, solo de nuevo; con tu rostro de eterna belleza flotando en un limbo místico-eléctrico.
Mi ángel perverso de piel lamible, de labios (los cuatro) que mordería insaciable.
Y sin dejar de pensarte, cada bocado de mi solitaria comida constituye la metáfora del hambre y el deseo de ti.
En ese instante eterno y mortificante, algo bajo mi vientre y entre los muslos se expande como un doloroso universo, con la misma proporción con la que aceleras mi corazón que parece escapar de mí a través del pecho para refugiarse en ti, en tus pechos, en tu piel, en tu esencia misma.
Me dueles, me duele. Ahí abajo, ahí adentro…
Eres y estás en el fruto carnoso que sostengo en mi mano. La mano que fría y húmeda de ti, se aferra a un pene encabritado como a una tabla de salvación en el Mar de los Naufragios de los Ausentes.
Eres mi caos que unas veces me arrastra a su tristeza, a su dolor, a su risa, a su hastío, a sus palabras, a sus muslos húmedos, a su amor…
Y en la vorágine caótica, el puño me estrangula a mí mismo bajo el pantalón encharcado. Y golpes desesperados, secos, precisos y verticales con la fuerza del deseo, obligan a que brote el semen hirviente que ahora se escurre entre mis dedos. Como si hubiera eyaculado mi alma en tu piel, en tu boca, en tus manos…
Siento que quiero gritar cuando el semen se enfría derramándose por los testículos y gotea cansado. Cansados él y yo…
Gritaría lo que te amo alzando mis manos cubiertas y pringadas de tu caos hacia tu rostro. Bramarte furioso: ¿Ves lo que haces de mí?
El jugo de la sandía se desliza por la comisura de mis labios hacia el cuello, por el pecho, hacia el pubis, hacia a ti.
Y se crea en el universo un fundido de negra tristeza de no estar en ti ahora y aquí.
Como la más triste y desesperanzadora película.
Adiós, mi bello ángel perverso.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Nada duele tanto como no tener lo que amas.
Nada duele tanto como ser solo posibilidad.
Nada duele tanto como ser ilusión y morir siéndolo.
Nada duele tanto como un abrazo vacío y un beso que se deshace en el aire.
Nada duele tanto como oírla y no acariciar su piel de oscuro y terso bronce.
Nada duele tanto como el cortante y quirúrgico filo de amarte.
Nada duele tanto como de repente saber que murió, que no volverá.
Y sin todo ese dolor la vida no es posible.
Nada duele tanto como una lluvia sin ti.

 

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No hay tiempo o situación que no te piense.
Estás en el bosque, en el cielo, en el río, en la tierra y el infierno.
En las calles todas, donde paseamos de la mano, por fin serenos.
Por fin nosotros.
Estás en mi pensamiento constantemente, sin pausa. Como una pertenencia absoluta y con una carencia que rompe cualquier asomo de alegría.
No sé que hubiera sido de mí en otro tiempo donde la tecnología no comunicaba a nadie con la inmediatez de hoy.
No te habría conocido, no sabría de tu voz.
Estaría más relajado, menos melancólico, menos triste.
Ante la certeza de tu existencia se crea una enorme masa de ausencia en mis brazos y la piel parece querer ir donde te hallas.
Tira de mi carne con cierto dolor inconsolable.
¿Cómo conciliar el conflicto de amar y no tocar?
Es tan sencillo como doloroso: olvidando con fuerza idéntica y contraria al deseo.
Temo mi fuerza excesiva, la misma que te ama en todo momento y lugar.
Temo que mi fuerza me lleve al otro lado del amor: al olvido.
La vida es corta y un prolongado pesar es un largo morir.
Se impone el criterio de la supervivencia y la dignidad.
Convertir tu rostro, tu voz y tus palabras en una triste película; cuyo cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia. Un drama que pasó durante algo más de una hora en una pantalla de cine.
Tenemos que ser dignos. Es una hipocresía, es una aberración amarnos, prometernos en la eternidad, excitarnos… Y sin embargo, follar, comer y dormir con alguien a quien no queremos, a quien no decimos nada de eso.
No quiero morir indigno e hipócrita. La película ha durado demasiado, y ahora que sé que la muerte está muy cerca, no quiero evaporarme con tanta infamia.
¿Cómo se gestiona el dolor de la muerte de quien no tuviste jamás?
Porque yo moriré antes, voy directo al final. Veloz como un cometa.
Solo que no volveré más, no soy un cometa y no hay universo en la muerte.
Estoy harto de la vida, estoy agotado de amarte, estoy enfadado, cielo.
Soy viejo para esto y lo malo es que aún soy demasiado fuerte.
Debo olvidarte y esconder con vergüenza todos los recuerdos que hemos tejido.
Que no te duela, no te enfades.
Te amé hasta la infamia, cielo.

 

– La carta no llegó jamás a ella. Él murió y ella lo supo tarde, cuando sin darse cuenta ya lo había olvidado.
Cualquier parecido con la realidad es cierto. –

 

 

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Luce un sol de tarde fuerte, brillante. Y de repente, sin que disminuya la luz, se pone a llover.
Es bonito, crea cortinas de vapor en el aire y difumina las cosas mediocres haciéndolas difusamente interesantes: las personas y los edificios.
Pero enseguida dejo de pensar en lo infrecuente del fenómeno.
Pienso que si yo fuera clima, haría lo mismo contigo.
Te llovería en cualquier momento, en la claridad o en la oscuridad.
En tu piel toda, en tu boca y en tu coño.
Con lágrimas, con sudor, con saliva y con un semen ardiente y espeso como mi pensamiento.
Te anegaría toda de mí, te ahogaría con mi deseo y mi monstruoso amor.
Sería tu tempestad.
Siempre un clima trágico de amor y sexo.
Tormentoso…
El mundo se moja, el planeta es llovido y yo solo pienso en ti aunque mis ojos sigan los cadáveres hinchados que las sucias aguas arrastran.
Tú no sabes cuánto te quiero.
Soy tu tormenta perfecta.
Aun no entiendo como mi pluma puede escribir con tanta agua batiendo furiosa contra tu piel, que soy yo mismo.
Todos estos fluidos que derramo…
Sobre ti, dentro de ti.
Amén.

 

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