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No quisiera echar de menos una vez muerto mi caos silencioso e íntimo.
La muerte es la extinción de la conciencia.
Nadie flota, nadie trasciende. Nadie se comunica o manifiesta.
Es la gracia de los muertos.
Me irritan los que dicen estúpida e infantilmente que tras la muerte hay otra vida. Sería insufrible ser conciencia sin poder volver a mi táctil caos de soledad, letras, café, tabaco y pensamientos intangibles; pero ante todo, no volver a decirle cosas y acariciar a mi compañero Murf que añade una paz y belleza de nata montada a mi íntima existencia.
Es un merengue de silenciosa ternura y analítica mirada.
Odio que alguien adultere la muerte adaptándola a su cobardía innata. Es tan precisa y clara a pesar de la oscuridad que trae…
Cuando algo es sencillo y natural surgen pervertidos y cobardes arribistas que lo corrompen.
No quiero que hagan eso con la muerte, no con la mía.
Puercos…
Y quiero morir antes que Murf, me niego a ver a otro ser amado pudrirse mientras aún respiro.
Quiero salir el primero de aquí y ahorrarme las desgarradoras tristezas que añadirán al acto de morir desolación en lugar de paz.
Así será cuando ocurra: en la foto él mirando una mesa vacía y el café por acabar.
Mejor él en la foto que yo.
Memento mori…
Y que muera la conciencia de una vez por todas, sin más tristezas.
Que morir no sea un llanto de tristeza, sólo de dolor y miedo.
Los míos.

Foto de Iconoclasta.

El feto era especial, precozmente sensible, curioso por la vida que le aguardaba.
Sin embargo, algo no marchó bien, los sonidos que llegaban de ahí fuera eran horribles, hostiles contra lo que su instinto y naturaleza le llevaban a esperar. Y su organismo, cada una de sus células que se multiplicaban para formarlo, estaban expectantes ante cualquier cambio en las condiciones de idoneidad para nacer.
El bebé nació muerto porque le ofendió y temió lo que olió y sintió a través del cordón umbilical y el líquido amniótico que propaga el sonido con terrorífico realismo. Incluso algunos malos sabores que llegaban como una hiel desde la placenta.
“No nacerás” es el mandamiento humano primigenio que los bebés lindos obedecen cuando es hostil la vida.
Incluso dos segundos de vida son tortura y humillación eternas en el degradado mundo de la humanidad, incompatible con la propia naturaleza de la cría que nace.
Tal vez, pobrecitos, los buenos tienen un sistema de autodestrucción para no convertirse en masa amorfa palpitante.
Aquello no estaba bien. La vida es otra cosa diferente a lo que sentía. Se lo decía cada una de sus células que trabajaban afanosamente en su construcción.
Toda señal sensorial del exterior era artificial, incluso algunos nutrientes de la madre.
Hubo un momento en el que el feto sintió una vibración acompañada de un sonido chirriante que se extendía por el útero agitando incluso la placenta, molestándolo.
Asustándolo.
Aquel día, antes de nacer muerto, madre comenzó a agitar la cadera extrañamente, jadeaba y sus pulmones y corazón acelerados lo turbaron creando alarma en su instinto de supervivencia. Y en un momento dado, dejó de respirar y crisparse toda ella mientras el padre le decía: “Te ha gustado, ¿eh mami? ¿Ves como sí que podías?
Y el ruido chirriante y la vibración cesó al fin.
Nunca llegó a poder definir el bebé hoy muerto que madre se había corrido.
El feto se sintió extraño en lugar y tiempo. Llegaban cosas inquietantes a través del vientre reverberando en el limbo-fluido que habitaba.
Hubiera sido muy inteligente, ya tenía una conciencia intuitiva y efectiva del lugar y tiempo en el que nacería.
Prefirió no nacer, su instinto le gritaba que nacería en cautividad en ese mundo, como madre, para toda la vida.
Para toda la puta vida.
Y se imponía la nobleza humana, una dignidad.
Los bebés inteligentes que escuchan o sienten cosas en la oscuridad del vientre no quieren ese vivir.
Son muy pocos los que tempranamente desarrollan esa habilidad sensorial y se niegan a respirar un aire rancio y ante sus ojos un horizonte que provoca ecos demasiado cercanos con olor a cemento, asfalto y excrementos húmedos de las alcantarillas.
Los bebés que se forman con el instinto humano más desarrollado o agudo tienen una conciencia primigenia funcional y su afán de vivir se marchita ante la falta de libertad para desarrollarse dignamente.
Y por todo ello la humanidad se degradada un poco más cada día, por cada no nato.
Su corazón o pulmones no han funcionado o tal vez haya alguna malformación o mutación no detectada. Su cuerpo inerte está entre las manos de una comadrona repentinamente silenciosa.
Hoy, hay dos sangres en el paritorio: la del coño de la madre y la inmóvil del bebé, atronadoramente desoladora.
Malvivir no es vida, sólo una larga agonía.
Mejor no nacer.
Y en los bebés que nacen, pobrecitos míos, la sabiduría primigenia de especie se ha retrasado y no pueden intuir la indignidad de respirar ahí fuera. Nacen esclavos hasta la muerte.
Es la razón de que en cada nueva generación surjan menos o ningún creador.
Los nacidos, como los que ahora respiramos, servirán de comida para el estado/dios, sus ministros y sacerdotes. Viven triste e indignamente fermentando sus esperanzas y anhelos hasta que la indolencia se apodera de ellos y los lleva a borrar cualquier concepto de libertad y dignidad en su día a día.
El sistema nervioso del bebé advirtió en varios momentos de su corta intra-existencia que algo lo espiaba desde allá fuera arrastrándose por el vientre materno; una presión que deseaba controlar, espiar su intimidad, su vida apenas formada.
Algo que no era madre lo esperaba allá afuera. Y si no era madre, era predador de tacto duro, hostil.
Reptil.
Y los bebés quieren ternura, una piel cálida que los acoja. Es su derecho indiscutible.
Las madres y padres que no desarrollaron en el útero esa sensibilidad ambiental no pueden intuir siquiera lo que su feto o bebé podría temer.
Las sociedades cautivas humanas se han saturado de pobres bebés que no supieron sentir y los humanos de calidad, los autosuficientes, los libres ya no nacen. No hay esperanza para la humanidad, está abocada definitiva e irremediablemente hacia el pensamiento y conducta insectil totales.
Al bebé se le marchitó el ánimo de vida en el vientre de madre y nacer dejó de ser ilusión.
Si no hay alegría de nacer ¿para qué quieres un corazón, pulmones o el cerebro mismo?
Por cada sonido que le llegaba amnióticamente del mundo-prisión exterior se le desanimaba un poco el ritmo del corazón.
Perdía latidos…
Hasta que se detuvo para siempre poco antes de emerger ante el ofensivo olor químico de un hospital. Y sus sonidos plásticos…
La madre sufre la tragedia que no olvidará jamás sumándose a su cautiva existencia; nunca sabrá que su pequeño eligió dignidad a falta de libertad.
Es el momento de blasfemar.
Otra esperanza hecha añicos, una pena que cauteriza toda alegría y esperanza.
Es tiempo de odiar el mundo mal construido que ha asesinado al bebé.
Consuela que no haya nacido para sufrir, para ser humillado.
Con esa precoz habilidad, era lógico que el bebé forzara a las células a detener su trabajo por la implícita tristeza que madre le insuflaba inconscientemente en su sistema neuronal.
Todo bebé raramente inteligente nace muerto al presentir la mierda de vida que le espera.
Su naturaleza e instinto rechazan ese horizonte, aire y materiales adulterados.
La especie humana no tiene salvación, cada generación es física y mentalmente más pobre que la anterior y en esas malas sangres surgen los políticos actuales y las poblaciones que se dejan someter a sus fascismos, mentiras e ignorancias.
Desde que los bebés puros de naturaleza humana nacen muertos, la especie humana camina hacia la extinción.
Los que se forman con el instinto animal humano íntegro no pueden ni deben adaptarse a la cautividad de los asentamientos humanos hacinados o urbanos.
Mejor muerto que la dignidad podrida infectando el alma, si la tuviéramos.
Un bebé muerto, otro más.
Misericordia…

Si apenas haces más que trabajar alimentando a un gordo, voraz y monstruoso gobierno o estado, no cedas ni un solo placer con servilismo. No te resignes y que el placer robado, de los pocos que disfrutas, le salga caro al estado, aunque te jodas.
No es sólo tu placer, es también una libertad. Y sobre todo, tu dignidad.
Que no te prohíban otro placer más y al estado hijo de puta le salga gratis.
Que no te humillen y asfixien en nombre de una salud fascista de mierda. Haz daños a las cosas ajenas a tu alrededor, animadas e inanimadas.
Tú gestionas tu salud como te da la gana, como te place. A nadie, ni al puto estado le importa una mierda tu salud.
Esa vaca gorda rellena de hijos de puta que es el gobierno te exige que te consumas y enfermes exclusivamente para él, sin perder un segundo en un placer. No te prohíben trabajar aunque un cáncer te desintegre los huesos.
Y te será robado, como la libertad, el placer.
Haz daño, genera destrozos, que paguen caro el expolio de tus satisfacciones, de tu dignidad.
Aunque lo pagues caro, porque en realidad, los puercos que rellenan esa vaca gorda te están jodiendo cada día sin descanso.
Te quedan tan pocos placeres ya, que vale la pena usar la violencia para protegerlos, para vengarlos. Bien vale pagar las consecuencias si te cazaran.
Lucha por tu placer y libertad con la intensidad con la que trabajas y te explotan. Y a la mierda con todo.
Porque prácticamente, sin placer ergo sin libertad, estás muerto ya.
No dejes que le salga gratis al puto estado su robo.
No mueras indigno, no seas el manso y aséptico cadáver obediente y sano que lo ha dado todo a la gorda y sucia vaca sagrada a cambio de mierda.

Foto de Iconoclasta.

– ¿Quién te ha dicho que no morirás nunca?
Por supuesto que morirás, todos morimos cuando el cuerpo falla o un hijoputa lo decide.
Mañana iré a hablar con la señorita y que me diga a mí que no vas a morir nunca.
¡Vaya maestra de mierda!
No llores Yosua, no estoy enfadada contigo. Mamá está furiosa con esa maestra por el disgusto que te ha dado.
Estate tranquilo, que si no mueres pronto papá o yo haremos lo necesario para que puedas volar a Nunca Jamás, adonde todos los niños buenos van para siempre.
Mañana hablo con la señorita. ¿A quién se le ocurre decirle algo así a un pobre crío de cuatro años que no sabe defenderse?
Mira… Me dan ganas de clavarte las tijeras de la cocina en el cuello y llevarte a la maestra a ver si dice que no te morirás.
Puta insensible…
Ahora resulta que nos van a robar también nuestras bonitas creencias.
Tú te morirás pronto antes de crecer más para que puedas viajar a Nunca Jamás. Ya sabes que si un niño se hace mayor, ya no puede entrar.
No dejaremos que te hagas viejo para vivir en el lugar más maravilloso del universo. Donde jugarás toda la vida en compañía de niños como tú, con Peter Pan y Campanilla espolvoreándote su polvo de hada para que puedas volar.
¿Me prometes que pensarás en nosotros cuando te estés divirtiendo en Nunca Jamás? Estaremos muy tristes sin ti.
Esta noche, mientras sueñas que vuelas con Peter Pan hablaré con papá para enviarte ya muy pronto hacia la estrella donde se encuentra Nunca Jamás.
Y cuando llegues pregunta por Dieguín, un niño de tu edad.
¡Es tu hermanito! Hace ya cinco años que viajó, antes de que nacieras. No te olvides de decirle que no lo olvidamos y lo queremos muchísimo.
¡Lo bien que lo vas a pasar!
Ya lo creo que morirás, Yosua, te lo promete mamá.

Y el pequeño Yosua se durmió con una tranquila sonrisa y el matarratas coagulando la sangre en sus venas.

Epílogo:
Ante una sociedad degenerada, degradada mentalmente y por tanto crédula e infantilizada. Dependiente de cualquier gurú surgido en los medios de información o publicitarios (un líder religioso/político/ideólogo). Decadente y compulsivamente consumista hasta la indolencia hacia la libertad y la razón, me siento obligado a exponer lo realmente terrorífico y alienante.
Escribiendo este relato no podía dejar de pensar que peligrosamente está más cerca de ser un hecho probable que de lo absurdo, demente o terrorífico.
Es más que posible que un Nunca Jamás sea el paraíso de una nueva superstición (oficialmente religión) universal para una sociedad que ha evolucionado servil, sin resistencia ni dignidad, hacia el pensamiento insectil global que los hace a todos iguales de imbéciles y pobres.
Es el horror real y tangible.

Se debe caminar lentamente y en silencio en la naturaleza para conocer y sentir la vida y la muerte.
Tal vez porque soy un tullido y no tengo más remedio, he aprendido el concepto de caminar sosegadamente y prestar atención a todo lo que vive y lo muerto. Y entender así que no hay justicia divina, ni hay inteligencia en la naturaleza. Sólo azar, caza, cansancio y debilidad.
Los animales cometen errores, he visto ardillas caerse de la rama y polluelos muertos caídos del nido. Un majestuoso zorro que parecía dormido en una cuneta. Jabalíes y sus crías, serpientes y salamandras aplastadas o simplemente muertas sin más.
Los animales están sujetos al azar y a sus errores. Y a la vejez que los mata, como a mí.
Al mismo azar, errores y penalidades que los animales humanos, que además pueden elegir asesinar a sangre fría.
Y arrastrando mi pierna podrida, he visto una hermosa ternura que me ha inspirado un instante de serenidad.
¡Qué bonita la pata! Tan atenta y concentrada en el tesoro que cubre con su vientre.

Tiene tanto que defender y cuidar…
Y tan solita, demasiado cerca de grandes seres más peligrosos de lo que pueda ser ella nunca.
Eso es coraje.
A veces, tras la ternura y la paz, siento una hiriente vergüenza de mis incapacidades y naturaleza humana. Soy un cojo torpe de una especie animal rastrera, miserable y cobarde. Envidiosa hasta la auto extinción.
¡Adiós, bonita!
Que todo vaya bien, pequeña patita guapa.
Una admiración, un mudo cariño que no te pueda inquietar.
Bye…

Fotos de Iconoclasta.

Es buena la ira que embrutece al asfixiado, al extorsionado, al humillado.
La ira es la muestra palpable y rugiente de lo que aún somos: humanos salvajemente libres por pura biología, instinto territorial y supervivencia.
La ira nos hace ajenos a los dogmas y acoraza contra las extorsiones “legales” del estado/dios que no puede combatir en la liga de la ira porque el estado/dios está cimentado en el pensamiento excrementicio: es mezquino y cobarde, avaro y corrupto.
La ira desatada es la mayor expresión de libertad del ser humano: sin control, sin interés, sin razonamientos morales o legales, sin temor a las consecuencias que no importan cuando la humillación y el control llenan todos los minutos de la vida.
La ira es orgánica, electroquímica humana; reside en el cerebro profundo al que ni dios ni el estado pueden llegar para aplacar con embustes que huelen a mierda.
Es un suicidio de valientes, libres. De seres humanos con sus cerebros y genitales intactos, no castrados.
En una civilización cada día más represora e invasora de la intimidad del individuo y corruptora de la biología humana misma, la ira es juez y verdugo. El valor bruto y ancestral de todo ser humano que el estado/dios veja y esclaviza.
Cuando el control te ahoga y se te arrebatan tus más simples placeres para mostrarte quién manda, la bestia emerge porque todo está perdido en tu vida y te han acorralado. Sólo queda la opción de la violencia contras las letales, mierdosas y humillantes leyes y decretos.
Y dices destilando una baba furiosa: “Es mi vida y hago lo que me sale de la polla”.
Es la razón de que las guerras tengan éxito entre los seres humanos estabulados en las grandes granjas de crianza humana o ciudades y por ello, sean largas; por mucho que una manada de cobardes se manifiesten contra ellas.
Nadie frena una guerra a pesar de los miles de muertos.
El estado/dios reconoce la necesidad de la libertad biológica humana: las guerras y su carta libre para cazar y matar entre seres humanos, sin ley ni control, servirán para rebajar el nivel de hostilidad de la población que humilla, miente y esclaviza.
Ante un estado/dios desatado en sus prohibiciones, matar se convierte en un regalo. Y será el estado/dios quien inventará un enemigo inexistente contra el que dirigir la violencia salvaje, la ira, que con su ignorancia y negligencia ha cultivado en el tejido social.
La ira, la violencia sin ley, ni control, ni juicio.
La posibilidad de morir en libertad y por la propia sacrosanta voluntad es una expectativa mayor que el amor por los hijos cuando la ira estalla, harto de comer la misma mierda de pienso en la granja de puercos humanos, las ciudades insanas para la mente y la ilusión. Tóxicas para la naturaleza e idiosincrasia humana.
Lo que traumatiza a los humanos adultos no es la guerra, sino su fin, la paz. Que es el fin de la libertad en la que se ha vivido durante meses o años. Una libertad en la que han matado sin control a amigos y enemigos según su propio criterio, según su propio deseo. Sin que ningún placer les haya sido vedado.
Perder la más salvaje libertad es el origen de la cacareada psicosis de guerra.
Los muertos son trofeos.
La ira es más placentera que el follar.
Sin control, sin el estado/dios subido en lomo sodomizándote un día y otro y otro y otro…
Es algo, la libertad, que cada día importa más. Y cuando empiezas a sentir necesidad de libertad observas los altos genitales del estado/dios sobre tu cabeza y piensas con sabiduría ancestral, que es el enemigo que abatir, la amenaza a tu vida digna. Y ahí está nuestro gran super poder: la ira.
Algo por lo que vale la pena morir y la ira, te empuja a hacerlo sin mentiras, con la sinceridad total que hay en tu sabio pensamiento instintivo.
Porque vivir en vejación no es vivir.
Y muerto, porque te matarán, tus actos quedarán impunes. Los cadáveres no son responsables de aquella ira y sus muertes o agresiones. Y la carne está vacía de ira y vida.
Se mata porque es más fácil que respirar en la asfixia.
No existe nada comparable a la salvaje libertad de la ira y su ausencia de cobardía, por mucho que pontifiquen los lelos que la ira te hace esclavo de ti mismo.
Y una mierda.
Cuanto más te pisan el cuello la ley y el control, más placentero resulta surgir de la naturaleza atávica propia y estallar.
Morir en la ira será un acto lógico y asumido, no importa ya la vida, importa el acto en sí, la respuesta al control, a la asfixia, a la vejación.
¡Oh, la ira!