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¿Qué más quieres? ¿Para qué buscar más si ya estás?
Es lo profundo del mundo, un camino a ninguna parte.
Es como morir: no has de esperar nada.
Y morir no da miedo porque has ido muriendo día a día.
Sin apenas sentirlo.
Lo has hecho todo y lo que aún puedas aprender es intrascendencia pura.
La ausencia de humanidad es un camino oscuramente bordeado.
Magnético, irresistible.
Tristes árboles desnudos hacen cortejo a quien camina en la senda tranquila, cuyo sobrio silencio es el final. Y es infinito, y por lo tanto el gran momento, indefinido.
La senda es presagio, es la certeza. Lo ineludible.
No hay sitio mejor para acabar, salvo el vacío del cosmos.
Ambos te atrapan con su profundidad, una vez has entrado en ellos ya no hay retorno.
¿Y quién quiere volver?
Que los cuervos te saluden, que canten el presagio que no quieres escribir en tu cuaderno secreto.
Porque lo que se escribe es ley y se hace real. O tal vez, al escribir lo real, lo absoluto, no hay sueño que te pueda consolar. Saber tiene un coste de vida.
Escribir tu propia profecía no es algo popular.
Pero se impone la disciplina y es inevitable que el oráculo se cumpla cuando el pensamiento adquiere dimensión, color y tacto.
Y así escribo esto a un paso de iniciar el camino, porque es muy posible que no tenga oportunidad o tiempo.
El papel cruje como las hojas secas y muertas que tapizan la senda rumbo a la corrupción de la carne, a la evaporación del pensamiento.
Es la última aventura, el encuentro con la nada, la meta.
Una indolora e indiferente demencia es el sonido de la muerte que pisas.
Muerte pisa a muerte.
Y dan ganas de reír por lo absurdo.
Ahí está lo que nadie busca, lo que nadie quiere ni oír. Lo que cualquier ser humano se esfuerza en obviar.
Las oraciones no son poderosas, no protegen. Solo son lamentos que hacen de la vida fe y de la muerte vida. Algo tan ingenuo como plantar judías mágicas que te subirán a un mundo entre nubes.
Y otra vez, y otra, y otra: la ingenuidad nace de la ignorancia y la ignorancia alimenta la cobardía y la cobardía se intenta ocultar con la fe, y la fe da alegría de vivir y no es posible morir si tienes fe y por lo tanto, ignorancia e ingenuidad. Los cobardes no mueren, solo se transforman. Porque son energía, dicen.
Un circulo repetitivo, vicioso y cerrado solo apto para millones de seres humanos.
Y no estoy entre ellos.
Así que voy derecho a la no transformación y a la no resurrección, no voy al cielo ni al infierno.
Dejar de ser es más sencillo que cualquier otra cosa. No es necesario complicarse más.
Si vives demasiado, buscas muerte pura. Es el antídoto al hartazgo.
Y…
Y ya.
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Iconoclasta
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Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta

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Los perros ladran excitados invisibles dentro de la montaña.
Un estampido se queda suspendido en el aire como el único sonido posible rebotando entre árboles, cosas, seres y nubes. Luego, un par de berridos que provocan un escalofrío y un asomo de pena.
El ruido de la muerte es inconfundible y común a todas las bestias de dos, cuatro o cien patas.
Carece de importancia la fecha, si es navidad o carnaval; o alguna celebración de independencias y libertades.
Cualquier día, cualquier instante es bueno para morir.
La muerte no es costumbrista ni tradicionalista.
Por eso se crearon celebraciones: para conjurar el miedo a la muerte. Para hacerse la vana ilusión de que en un día señalado no se puede, no se debe morir.
Afortunadamente se equivocan. La muerte tiene trabajo y cumple su cometido sin emotividad alguna.
Adoro su pureza.
El jabalí asiente, me da la razón segundos antes de que el cazador entierre la hoja del cuchillo en su cerviz y lo desconecte.
Un hombre pasea y me dice: que aire más puro, da gusto caminar por aquí. Le digo que sí; pero me callo decirle que lo único puro es la muerte.
Pienso en la pureza y en un himen que desgarré hace centurias.
Como si la sangre fuera el nexo común entre muerte y vida.
Pero la muerte es mucho más profunda, menos banal que una sangre desleída que mana del coño deseado y bautiza mi pene.
Dicen que feliz navidad.
Bueno… Al fin y al cabo, quien lo dice aún no ha muerto.

 

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Brindo por los sueños muertos, que quedan pálidos e incoloros entre el hielo y la hierba aplastada de un invierno que hace humo del aire que sale de mis pulmones. Los que murieron en la batalla contra la realidad más espantosa, más mediocre, más gris…
Sueños bravos que se mantuvieron intensos hasta el mismo instante en que la aplastante razón consiguió descuartizarlos.
Hasta en su último segundo de inexistencia, se mantuvieron firmes, marcando el camino.
Como balas trazadoras de un deseo atroz y directo de libertad y pasión, marcaban una esperanzadora ruta.
Pobres… Murieron sin un ¡ay! Masacrados por lo real, por la adocenada y previsible realidad mierdosa.
Sus cadáveres arrancan una lágrima cabrona de mis ojos y debo mirar al suelo para que nadie me vea llorar.
Soy vergonzoso con estas cosas.
Y brindo por los hijos de aquellos sueños, que hoy imponen una maravillosa y renovada locura a mi caminar de voluntad impúdica, irracional e inquebrantable.
Que tiñen de verde vida lo que es gris y muerto.
Herederos de los sueños muertos que me obligan a avanzar adonde quiero y como quiero. Aunque me joda.
Gritan que es la guerra.
Sueños que prefieren morir rasgados como nubes por el viento a convertirse en acuarelas enmarcadas. No quieren ser inmóviles fotogramas en el Álbum de las Frustraciones que un anciano mantiene en sus temblorosas rodillas.
Ellos dicen: ¡Por allí, aunque luego duela! Y yo aprieto los dientes y avanzo con ellos, por ellos.
Aplastando y ofendiendo a todo aquello que interfiere.
Por eso el universo ha puesto precio a mi cabeza. Me intenta matar, a mí y a mis sueños de mil formas, con mil dolores.
Soy inasequible al miedo, los sueños son mi coraza de coraje.
Mejor llegar desangrado que simplemente estar, que permanecer quieto con toda la incolora sangre en las venas.
Brindo por los sueños muertos, por los vivos que piden guerra y odian la paz, por unos buenos cojones y una ira inagotable.
Un trago de hiel y dulce sangre.
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Una prosa de Iconoclasta, en Issuu.

Es un muñeco…

Publicado: 6 junio, 2015 en Reflexiones
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Es un muñeco

Cric-clic-cric (el corazón ha cambiado su potente latido por el ruido chirriante de un engranaje roto) algo está mal.

Se ha jodido el día, quiero volver a casa y empezar de nuevo. Esto no está bien.

No quiero otro descenso.

El aire es una delicia fresca que confortaba mi piel y mi ánimo.

Es una mañana preciosa, no era necesario ésto.

Llevo una cantimplora con agua y hielo, ahora hace frío en la sangre.

No puede ser… Eres un muñeco ¿verdad?

Me cago en Dios…

¿Cuánto ha tardado en morir?

Levanta pequeño, no seas perezoso.

Tienes que cazar el sol quema ya.

La Hostia Puta Consagrada…

Por favor…

Ningún ser vivo permitiría que las moscas se le metieran tan adentro.

Qué ganas de llorar… Qué mierda.

Puto Dios y lo que creó…

Puta pena…

Los animales de pelo al morir parecen peluches, muñecos de infinita y desoladora ternura.

No le hablo al cadáver, le hablo a la vida que antes contenía. Porque quiero pensar que está cansado y dormidito.

Clic, cric, clic, el corazón duele sordamente entre trinos de pájaros y el sonido de las hojas de los árboles.

La sección de agua la orquesta un pequeño riachuelo cantarín que toca graciosamente las piedras unos metros a mi espalda.

Algún coche veloz pone la nota de la justa realidad en esta desesperanza.

¡No, basta ya! Sigue caminando, déjalo que duerma.

Para siempre…

Hay días que no deberían existir y que fuera eterna la noche anterior a lo aciago.

Nadie tiene la culpa. Solo él es el responsable de su muerte; pero no se merecía pagar el error.

Es muy pequeño, no era necesario ensañarse.

Se equivocó y murió.

El error se transforma de una forma repugnantemente fónica en orror. A la muerte le importa una mierda la «h». El orror no necesita una correcta ortografía, basta con que lo sea, a nadie confunde.

Alguien quiso ser demasiado eufemístico respecto a lo que comporta un error, y lo diferenció con un «h» y una «o» para que nadie viera la dramática relación y viviera tranquilo lo que le quedara de vida mientras la «e» se transformaba en «o».

Doy una palmada; pero ni las moscas se mueven, siento una metástasis de tristeza, y miro a las montañas hermosas y frondosas que no nos prestan atención. Miran a otro lado ante mi inusitada pena.

Y bajo el rostro hacia el suelo cuando me cruzo con alguien, no es un buen momento para saludar.

La muerte es igual para todos los seres, cualquiera que sea su tamaño. Es por ello que en los animalitos pequeños, es más doloroso, hay un exceso de muerte.

La muerte los aplasta y la ternura se aferra al corazón clavando las uñas, hay una hemorragia que no consigue salir y se queda en el cerebro dando vueltas, coagulando la alegría y el ánimo.

Me cago en Dios y su justicia de mierda, en su desproporción repugnante.

No estoy bien, a veces no es bueno caminar tan despacio y captarlo todo en su realidad y consecuencias.

Por última vez, despierta y ve a cazar, pequeño, es tarde para estar al sol.

Corre a tu madriguera.

Por favor…
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Iconoclasta

Un epitafio

Publicado: 14 abril, 2015 en Reflexiones
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Un epitafio

Ahí debería estar sentado yo, a un lado de mis cosas.
Ya viejo, como he envejecido la imagen; que todo hubiera pasado ya. Que las fuerzas me hubieran abandonado y ya solo esperara tranquilo y sin prisas el final.
No como ahora, con ansias de llegar a no sé donde y hacer no sé qué.
Cuando se tiene fuerza, el cuerpo y el pensamiento quieren hacer uso de ellas, no hay freno.
Y así viejo, le pediría a algún excursionista que me hiciera una foto.
Sin embargo, mientras comía el bocadillo, pensaba en que sería un poético epitafio el que yo no estuviera ahí. Que tan solo me representara el bastón de tullido tenaz, mis infalibles cigarrillos, mis inseparables cuaderno y bolígrafo, el agua y la mochila que todo contiene y que por mucho que pese, jamás aligeraría. Jamás sacaría nada de dentro. Hay una brújula, dos mapas, una lupa, unos guantes, unos prismáticos, la cámara de fotos y una navaja.
Un epitafio en sí mismo; si mi cuerpo no estuviera en la foto, me definirían esos objetos y no mi viejo cadáver con una mancha de orina en el pantalón.
Es más romántico así, haría pensar a extraños que mi vida era libre, intensa, interesante.
Los detalles importan quieras que no.
No me parece mal engañar a alguien, no puede hacer daño; y por otra parte, siendo realistas, a nadie le importa una mierda si tu vida es intensa o si esos objetos definen algo de alguien.
En cualquier caso, si alguien leyera el cuaderno, seguramente pensaría que tampoco ha sido un gran drama que muriera.
Esos objetos no bastarían para definirme como un aventurero, pero me libraría de definirme como un desgraciado que murió entre cuatro tristes paredes.
Ya que hay un buen paisaje, hay que aprovecharlo.
Y si no hay miedo a morir, también.
Imaginar no mata.
Aunque sé por casualidades vividas, que cuando alguien habla de morir, es que algo huele a podrido en Dinamarca, y se muere en poco tiempo.
Bueno, muchas veces digo: «Si existe dios, que me parta un rayo».
Mañana más, como si se acabara todo, con la misma ansia.
Y así hasta envejecer como la foto epitafio y un día no estar en el encuadre.
Como hace unos días vi en un cuadro de un museo, las palabras escritas entre unas tibias y una calavera: Memento mori.

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El juego del escondite

Ahora que soy mayor, quiero jugar de verdad al escondite.
Que alguien cuente hasta cincuenta y me dé la oportunidad de esconderme. Buscaré deprisa un lugar en la penumbra, donde estar aislado. Cualquier cosa que me libere de ser visto, de estar vivo e interactuar. El escondite es un juego de esperanza para la búsqueda del sosiego y la paz.
La gente no busca esas cosas, solo yo, que soy extraño.
Cuando te escondes, es morir, porque dejas de existir para otros si lo haces bien y no te encuentran.
El juego del escondite es un ensayo preliminar a la muerte.

Uno, dos, tres, cuatro… Y busco con ilusión el mejor lugar, no temo al ridículo, quedan aún muchos números para madurar y reconocer qué soy. Busco un lugar donde hayan vehículos destrozados con láminas metálicas cortantes. Nadie te busca si hay demasiado peligro.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve… Un momento de duda ¿Y si me escondo mejor entre la vegetación? Es menos peligroso, pero no sería lo suficientemente dramático para mi gusto.
Diez, once, doce, trece, catorce… Hay un pozo por el que dejarse caer; pero sería morir de verdad. Recuerda, es solo un ensayo, no es necesario mayores daños; tendré suficiente con saber que desaparecer no es un trauma para nadie. Solo una efímera sorpresa. Hay tiempo de morir, no debe ser causa de aflicción cuando juegas.

Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… Yo tuve diecinueve alguna vez; pero estaba demasiado triste y ocupado con llorar y trabajar como para maravillarme de la libertad de ser adulto e independiente. Solo era consciente de que la gente muere y esclaviza. No tuve la feliz idea de jugar al escondite.

Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis… Si pudiera cavar rápidamente un hoyo en la tierra sería el ganador eterno del juego. Respiraría por un trozo de paja a través del barro que me cubriría mientras unos gusanos cubren mi cuerpo. No tengo tiempo para eso; pero desearlo tiene algo de macabro.

Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… El tiempo pasa rápido hasta para esconderse. Me gusta la voz que recita los números, tan lejana, tan inocente… Esperando descubrir su ojos para encontrar a alguien, como si eso fuera buena cosa.
No imagina que soy un jugador oscuro y denso sin alegría alguna. Alguien que no gritará de sorpresa ni con alegría por haber sido descubierto.

Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve… Trepo a un árbol. Me hiero una mano porque alguien clavó hierros en el tronco. Observo caer la sangre de la palma de la mano, me gustaría saber si he interrumpido una línea de vida o amor. Algo importante. La voz que cuenta es un eco cada vez más lejano que parece venir hacia mi horizontalidad con verticalidad. Es curioso que la muerte sea horizontal y la vida vertical. Ahí está la secreta forma y proporción del esfuerzo y el descanso. La sangre no es vertical, solo se expande por la tierra y se enfría rápida, como el semen.

Cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
Me siento en el lugar donde han caído las dos gotas de sangre, las dejo entre mis piernas. No sé en que número está la cuenta. Solo interesa que las gotas han hecho dos cráteres en el polvo y desaparecen con rapidez. La tierra tiene sed. Un gato llega, se sitúa entre mis piernas y se tumba encima de la sangre. Ronronea con la panza arriba y es suave…
No le importa la sangre, ni el escondite. Solo quiere ser confortado. Me enseña que las cosas no tienen porqué ser difíciles.

Cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve y ¡Cincuentaaaaa! Grita triunfal la voz desde allá arriba, porque la vida está arriba y la muerte abajo. Es un hecho.
Los muertos lo demuestran por mucho que los quemen.
A menos que un día lancen los cadáveres al espacio y así vendernos viajes en atmósfera cero para el día de los muertos. La muerte puede tener el atractivo de un parque de atracciones, solo es cuestión de marketing. Bastaría meterles un circuito integrado y un pequeño propulsor en el embalsamado ano para tenerlos localizados y en órbita geoestacionaria. Los niños a través de las ventanillas de la nave, podrían disparar con pequeños punteros láser e iluminar sus muertos.
Aún así, siempre los muertos están por debajo nuestro, no hay forma de mirarlos hacia arriba aunque parezcan zepelines, la falta de vida da esa perspectiva.

Viene corriendo hacia a mí, es una mujer hermosa, más hermosa de lo que como hombre puedo merecer, así que bajo la mirada hacia el suave pelaje del gato. No ambiciono cosas fuera de mi alcance, no usurpo edades que no me corresponden.
Se detiene e intuyo que ya no sonríe, simplemente nos observa al gato y a mí en silencio durante unos segundos para irse corriendo en la dirección opuesta en la que vino.
— ¿Dónde estáis? —pregunta con ilusionada voz infantil.
Las niñas bonitas no quieren tristezas, las niñas bonitas no quieren pensamientos adultos, porque es mejor ser joven toda la vida. Porque los tristes son siempre viejos, son feos. Y las niñas bonitas son siempre jóvenes.
También hay niños jóvenes toda la vida, solo se trata de este momento; de este lugar. Es meramente accidental que cuente una niña. Hay de todo y lo que abunda, lleva el sello de la banalidad.
Acariciar ese pelaje del gato es estar muerto y observar la superficialidad que quedará en toda la tierra cuando no respire. Es oír las risas de los encontrados y los que encuentran sin que ellos mismos puedan identificar la causa de esa alegría.
Soy extrañamente ajeno a esas risas, soy ajeno a todo.
No me siento especialmente feliz por los que juegan y pierden al ser encontrados.
Está bien, morir no será una gran pérdida. Aunque no hacía falta jugar para llegar a esta conclusión.
A veces soy un ingenuo, que más que esconderse busca tener la importancia de ser encontrado. No siempre tendré el valor de confesarlo; pero ahora que nadie me encuentra, nadie me oye, puedo hablar horizontalmente conmigo mismo.
Estoy a salvo de la indignidad.

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Iconoclasta

Verás, Muerte, lo he pensado bien y todo este tiempo he estado equivocado.
No quiero morir rápidamente.
Sé que estoy causando cierta irritación en ti, por tanto tiempo que he deseado una muerte rápida e indolora.
No es que sea voluble, entiéndeme Muerte.
No soy un adolescente que se masturba dos o tres veces cada día cada vez que va a mear.
Lo que ocurre es que he llegado a la conclusión de que si me llevas rápidamente, no podré pasar revista a mi vida como lo hacen algunas víctimas en las comedias: ven pasar ante sus ojos episodios importantes que han vivido a toda velocidad, un videoclip alocado.
Es de risa; pero estamos en plena era multimedia, deberías modernizarte, Muerte.
No es de risa… Es miedo a morir mediocremente.
Quisiera un tiempo de agonía, no importa el dolor ¿sabes? La edad me ha hecho valiente, no soy Conan; pero lo intento.
Un dolor moderado estaría bien, tampoco quiero lanzar alaridos o que me crezcan las cejas de repente y me salga un mechón blanco en la cabeza.
Siempre hay un término medio y sé que sueles tener un humor muy negro.
El problema es que he tenido una vida un tanto intensa, y no quiero morir sin dejar de pensar en muchas personas y en muchas cosas.
Para otros esa intensidad estará sobrevalorada, pero no me interesan sus opiniones.
Hablando en plata, me las paso por el culo.
Entiéndeme Muerte, no soy una lombriz que ha vivido un par de semanas comiendo y cagando tierra. Creo que con los dolores que he padecido, los miedos, las alegrías, ternuras y amores; necesito una buena agonía.
Un buen rato para morir satisfecho y concluir que todo valió la pena y que supe vivir.
Y si es demasiada molestia para ti, no te preocupes, Muerte. Dame todo el sufrimiento que quieras, tendré a mano algo de marihuana que me libere un poco del dolor y del miedo, pero me deje lo suficientemente lúcido para pensar en lo mucho que he amado y odiado, lo bueno y malo que he hecho.
No es un arrepentimiento por lo malo. Simplemente quiero morir pensando que mi vida ha importado y he marchado por un camino que he elegido.
Peco de vanidoso, pero he tenido y perdido tantas cosas, que me parece ridículo palmarla sin tener tiempo a evocarlas. Quiero asegurarme de sentir al morir todas las emociones que he disfrutado o padecido.
Algo que demuestre que no soy insecto.
La verdad es que cuando te haces más viejo que tu padre, tienes la sensación de que estás viviendo unos años que no te tocan. Y piensas que ya está cerca el momento y te has de preparar.
Por eso y en vista de que vivo un tiempo antinatural, a veces te veo asomar ávida en mis sueños y te pido que no sea rápido, dame unos minutos para recordar mientras me asfixio o mi corazón se rompe.
No he descubierto nada importante, no he conseguido ningún logro en el que destacar; pero yo tampoco tengo la culpa de no ser un genio. He sacado partido a mi cerebro tal y como está configurado. Unos nacen inteligentes y a mí me tocó ser simplemente tenaz.
Siiiii…. Está bien, los hay que dirán que fui idiota; pero son unos hijoputas.
La envidia es muy mala, Muerte. A ellos los deberías matar rápidamente.
Que mueran como gusanos.
Eso sí, quiero que mi muerte sea ciertamente cómoda, porque si me matas abrasado por las llamas, más que pensar en lo que fui, pensaré en buscar un extintor o una manguera y toda mi dignidad se irá a la mierda. Y si me lanzas de las alturas, estaré más preocupado en obligar a mi cuerpo a evolucionar hasta tener alas.
Un tiro que me desangre lentamente porque ha tocado la femoral, un infarto que camino al hospital me mate… Esas cosas.
Tampoco pido tanto, de hecho, no recuerdo haber pedido nunca nada, salvo una hipoteca.
Una vez tuve miedo en la agonía. La primera vez que sale sangre por la boca, te asustas. Creo que es una reacción lógica; pero lo he superado. Hay cosas que se aprenden, no nací enseñado, y tal vez era demasiado pronto para que lo comprendiera.
Así que si estoy dormido, que el dolor me despierte. Uno sabe cuando va a morir, prometo no patalear histérico y gritar de miedo. Me encenderé el canuto de marihuana si fuera necesario y no me has dejado inválido, y simplemente me acordaré de muertos y vivos, de algunos trabajos, de mi hijo, de amigos y enemigos, de amores y odios, de aciertos y buena suerte, de frustraciones y errores.
Y entonces ante todo eso, pensaré que incluso ha sido una vida demasiado larga. Pensaré en todo lo que he escrito, y maldeciré la eternidad que representa tanto soñar.
Eso se llama morir en paz, Muerte.
Creo que es razonable, tú puedes ir a matar a otros mientras yo agonizo, no perderás tiempo en tu trabajo.
Bueno, pues eso, si me haces el favor, no me mates rápidamente. Luego puedes hacer lo que quieras con mi alma corrupta si la tengo.
Hasta pronto y buen sexo, Muerte.


Iconoclasta

Es increíble… Las cosas hermosas que encuentras y sientes a lo largo de los años.
Todos esos bellos recuerdos…
El universo a través de los ojos de la infancia.
La hermosa transparencia de un pétalo de rosa a trasluz y el metálico plumaje de un colibrí suspendido en el aire.
Las voces de padre y madre, de abuela…
Aquella forma de mirarme con la que transmitían un amor dulce y sereno.
Todo está dentro, todo lo bello. Está a salvo de la iniquidad de los extraños y las decepciones, dentro de mi organismo. No existe soledad cuando todo eso, todo lo bien hecho, todo lo amado, está aquí.
Estamos bien, mi hijo vibra en el cielo y en la tierra con una vida potente e imparable. Y mis queridos muertos, vibran suavemente ya dormidos en lo profundo de mi cerebro.
Si por algún azar viviera más de veinte años y estuviera en una isla desierta; no me sentiría solo en ningún momento. Porque uno solo de esos recuerdos, una sola imagen de las que tengo atesoradas, compensa todo el miedo, la confusión y la decepción que he vivido en más de cincuenta años.
Mis mascotas hermosas, de cariño a prueba de balas…
Hay breves momentos de suerte y belleza, a pesar de todo.
He sabido captar cada instante de lo hermoso, cada fracción de segundo en el que la luz ha iluminado algo especial. Me he esforzado a pesar de mi curtido cinismo.
El cabello de mi hijo bañado por el sol y el brillo del sudor en el rostro de mi padre trabajando.
Las cálidas manos de mi madre en mi frente, cuando estaba enfermo.
Siempre he prestado atención a todo, para bien y para mal. Siempre he querido entender y sentir. Es maldición y bendición.
Una fea calle tocada por la magia de la niebla…
Qué efímero es a veces lo hermoso. Hay que tener buenos reflejos para captarlo en esos breves momentos que existe o se transforma algo.
Requiere voluntad, el fuerte deseo de ver algo especial entre tanta cosa mal creada.
Cualquier momento es bueno para irse; pero vale la pena quedarse, vivir hasta que sea el momento; hay más cosas hermosas que atrapar. Cosas que combatirán el desaliento de los malos momentos y convertirán la soledad en un jardín de vino y rosas.
Porque hay una edad en la que el horizonte está tan cerca, que parece que uno se va a fundir con él y ser solo luz.
Y está bien, porque la vida cansa, porque el cuerpo y la mente necesitan reposo, necesitan morir. Es la naturaleza misma quien lo pide.
El plumín rasguñando el papel donde escribe y un brillo de la esfera del reloj…
Los bigotes de la gata a trasluz en la ventana… Perfectos, definidos…
Una voluta de humo del cigarrillo es una ameba en el aire y mi sonido al expulsarlo en el silencio de la casa, un soplo de pura vida incontenible.
Te ríes con ellos, con los vivos y con los muertos, con las flores y los pájaros, con los sonidos y el humo. Te ríes de tanta decepción, de tanto esfuerzo mal pagado.
Te ríes porque nada ni nadie, a pesar de sus esfuerzos, ha podido arrebatar esos momentos que atesoro entre las moléculas de mi cuerpo.
Ni siquiera la enfermedad puede arrebatarme lo hermoso.
Recuerdo la fría carne de los cadáveres de quien amé, y lo cálidos que eran hacía unos instantes atrás. Y hay pena y alegría.
Una hermosa esquizofrenia, tanta vida y tanta muerte examinada, atesorada en cada detalle.
La muerte de aquella hermosa perra… Yo estaba allí acariciándola y deseándole un buen viaje, cuando la droga paralizó si corazón y de su boca salió el agua que la estaba asfixiando.
Era agua de rosas, que cayó en mis zapatos.
Mi pequeña Bianca…
Tengo un millón de hermosas lágrimas aquí, en la médula de los huesos.
El primer beso… Magnífico… Increíble…
El último adiós de madre cuando marché lejos, abrazaba un ramo de flores.
Nada ha escapado a mi mirada, nada…
Hay veces que hay demasiada presión, pero la vida te entrena para ello como un astronauta se prepara para la aceleración.
El estaño fundido, brillante como plata, cuando trabajando, soldaba tubos de cobre.
Lo observé todo, lo observo todo… Busco lo hermoso entre lo sórdido.
Es una tarea ingrata, pero soy fuerte. Soy un piloto a punto de vomitar en la centrífuga de entrenamiento.
La piel de mis manos tiene un registro de todo lo que he amado y acariciado, si las observo bien, están curtidas, viejas… Han sido usadas, se merecen el descanso.
La piel de mis manos tienen también un registro de lo que me repele, irrita y decepciona; pero eso no tiene utilidad, no evoca plenitud. Lo más hermoso, gana en peso.
Aún hay tiempo de atesorar más imágenes y sonidos, hay que ser tenaz para encontrar algo hermoso en este muladar que es el planeta.
Tengo una memoria USB en algún lugar de mi cuerpo, su carpeta es Ic:/mis recuerdos/De lo hermoso.
No haré copia alguna, son exclusivamente míos, cuando muera, desaparecerán conmigo, no quisiera que por alguna extraña causa, alguien pudiera usurpar todo lo hermoso que he vivido.

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Iconoclasta