
¿Qué más quieres? ¿Para qué buscar más si ya estás?
Es lo profundo del mundo, un camino a ninguna parte.
Es como morir: no has de esperar nada.
Y morir no da miedo porque has ido muriendo día a día.
Sin apenas sentirlo.
Lo has hecho todo y lo que aún puedas aprender es intrascendencia pura.
La ausencia de humanidad es un camino oscuramente bordeado.
Magnético, irresistible.
Tristes árboles desnudos hacen cortejo a quien camina en la senda tranquila, cuyo sobrio silencio es el final. Y es infinito, y por lo tanto el gran momento, indefinido.
La senda es presagio, es la certeza. Lo ineludible.
No hay sitio mejor para acabar, salvo el vacío del cosmos.
Ambos te atrapan con su profundidad, una vez has entrado en ellos ya no hay retorno.
¿Y quién quiere volver?
Que los cuervos te saluden, que canten el presagio que no quieres escribir en tu cuaderno secreto.
Porque lo que se escribe es ley y se hace real. O tal vez, al escribir lo real, lo absoluto, no hay sueño que te pueda consolar. Saber tiene un coste de vida.
Escribir tu propia profecía no es algo popular.
Pero se impone la disciplina y es inevitable que el oráculo se cumpla cuando el pensamiento adquiere dimensión, color y tacto.
Y así escribo esto a un paso de iniciar el camino, porque es muy posible que no tenga oportunidad o tiempo.
El papel cruje como las hojas secas y muertas que tapizan la senda rumbo a la corrupción de la carne, a la evaporación del pensamiento.
Es la última aventura, el encuentro con la nada, la meta.
Una indolora e indiferente demencia es el sonido de la muerte que pisas.
Muerte pisa a muerte.
Y dan ganas de reír por lo absurdo.
Ahí está lo que nadie busca, lo que nadie quiere ni oír. Lo que cualquier ser humano se esfuerza en obviar.
Las oraciones no son poderosas, no protegen. Solo son lamentos que hacen de la vida fe y de la muerte vida. Algo tan ingenuo como plantar judías mágicas que te subirán a un mundo entre nubes.
Y otra vez, y otra, y otra: la ingenuidad nace de la ignorancia y la ignorancia alimenta la cobardía y la cobardía se intenta ocultar con la fe, y la fe da alegría de vivir y no es posible morir si tienes fe y por lo tanto, ignorancia e ingenuidad. Los cobardes no mueren, solo se transforman. Porque son energía, dicen.
Un circulo repetitivo, vicioso y cerrado solo apto para millones de seres humanos.
Y no estoy entre ellos.
Así que voy derecho a la no transformación y a la no resurrección, no voy al cielo ni al infierno.
Dejar de ser es más sencillo que cualquier otra cosa. No es necesario complicarse más.
Si vives demasiado, buscas muerte pura. Es el antídoto al hartazgo.
Y…
Y ya.

Iconoclasta
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Cric-clic-cric (el corazón ha cambiado su potente latido por el ruido chirriante de un engranaje roto) algo está mal.
Se ha jodido el día, quiero volver a casa y empezar de nuevo. Esto no está bien.
No quiero otro descenso.
El aire es una delicia fresca que confortaba mi piel y mi ánimo.
Es una mañana preciosa, no era necesario ésto.
Llevo una cantimplora con agua y hielo, ahora hace frío en la sangre.
No puede ser… Eres un muñeco ¿verdad?
Me cago en Dios…
¿Cuánto ha tardado en morir?
Levanta pequeño, no seas perezoso.
Tienes que cazar el sol quema ya.
La Hostia Puta Consagrada…
Por favor…
Ningún ser vivo permitiría que las moscas se le metieran tan adentro.
Qué ganas de llorar… Qué mierda.
Puto Dios y lo que creó…
Puta pena…
Los animales de pelo al morir parecen peluches, muñecos de infinita y desoladora ternura.
No le hablo al cadáver, le hablo a la vida que antes contenía. Porque quiero pensar que está cansado y dormidito.
Clic, cric, clic, el corazón duele sordamente entre trinos de pájaros y el sonido de las hojas de los árboles.
La sección de agua la orquesta un pequeño riachuelo cantarín que toca graciosamente las piedras unos metros a mi espalda.
Algún coche veloz pone la nota de la justa realidad en esta desesperanza.
¡No, basta ya! Sigue caminando, déjalo que duerma.
Para siempre…
Hay días que no deberían existir y que fuera eterna la noche anterior a lo aciago.
Nadie tiene la culpa. Solo él es el responsable de su muerte; pero no se merecía pagar el error.
Es muy pequeño, no era necesario ensañarse.
Se equivocó y murió.
El error se transforma de una forma repugnantemente fónica en orror. A la muerte le importa una mierda la «h». El orror no necesita una correcta ortografía, basta con que lo sea, a nadie confunde.
Alguien quiso ser demasiado eufemístico respecto a lo que comporta un error, y lo diferenció con un «h» y una «o» para que nadie viera la dramática relación y viviera tranquilo lo que le quedara de vida mientras la «e» se transformaba en «o».
Doy una palmada; pero ni las moscas se mueven, siento una metástasis de tristeza, y miro a las montañas hermosas y frondosas que no nos prestan atención. Miran a otro lado ante mi inusitada pena.
Y bajo el rostro hacia el suelo cuando me cruzo con alguien, no es un buen momento para saludar.
La muerte es igual para todos los seres, cualquiera que sea su tamaño. Es por ello que en los animalitos pequeños, es más doloroso, hay un exceso de muerte.
La muerte los aplasta y la ternura se aferra al corazón clavando las uñas, hay una hemorragia que no consigue salir y se queda en el cerebro dando vueltas, coagulando la alegría y el ánimo.
Me cago en Dios y su justicia de mierda, en su desproporción repugnante.
No estoy bien, a veces no es bueno caminar tan despacio y captarlo todo en su realidad y consecuencias.
Por última vez, despierta y ve a cazar, pequeño, es tarde para estar al sol.
Corre a tu madriguera.
Ahí debería estar sentado yo, a un lado de mis cosas.
Ya viejo, como he envejecido la imagen; que todo hubiera pasado ya. Que las fuerzas me hubieran abandonado y ya solo esperara tranquilo y sin prisas el final.
No como ahora, con ansias de llegar a no sé donde y hacer no sé qué.
Cuando se tiene fuerza, el cuerpo y el pensamiento quieren hacer uso de ellas, no hay freno.
Y así viejo, le pediría a algún excursionista que me hiciera una foto.
Sin embargo, mientras comía el bocadillo, pensaba en que sería un poético epitafio el que yo no estuviera ahí. Que tan solo me representara el bastón de tullido tenaz, mis infalibles cigarrillos, mis inseparables cuaderno y bolígrafo, el agua y la mochila que todo contiene y que por mucho que pese, jamás aligeraría. Jamás sacaría nada de dentro. Hay una brújula, dos mapas, una lupa, unos guantes, unos prismáticos, la cámara de fotos y una navaja.
Un epitafio en sí mismo; si mi cuerpo no estuviera en la foto, me definirían esos objetos y no mi viejo cadáver con una mancha de orina en el pantalón.
Es más romántico así, haría pensar a extraños que mi vida era libre, intensa, interesante.
Los detalles importan quieras que no.
No me parece mal engañar a alguien, no puede hacer daño; y por otra parte, siendo realistas, a nadie le importa una mierda si tu vida es intensa o si esos objetos definen algo de alguien.
En cualquier caso, si alguien leyera el cuaderno, seguramente pensaría que tampoco ha sido un gran drama que muriera.
Esos objetos no bastarían para definirme como un aventurero, pero me libraría de definirme como un desgraciado que murió entre cuatro tristes paredes.
Ya que hay un buen paisaje, hay que aprovecharlo.
Y si no hay miedo a morir, también.
Imaginar no mata.
Aunque sé por casualidades vividas, que cuando alguien habla de morir, es que algo huele a podrido en Dinamarca, y se muere en poco tiempo.
Bueno, muchas veces digo: «Si existe dios, que me parta un rayo».
Mañana más, como si se acabara todo, con la misma ansia.
Y así hasta envejecer como la foto epitafio y un día no estar en el encuadre.
Como hace unos días vi en un cuadro de un museo, las palabras escritas entre unas tibias y una calavera: Memento mori.











