Posts etiquetados ‘naturaleza’

Nube fuelle o acordeón.
No sé para qué sirve esta chingadera.
Dicen que la naturaleza es sabia. Yo digo que sólo es aleatoria.
Psé…

Foto de Iconoclasta.

El silencio es el canto de las aves en la fronda del bosque, el berrido de los ciervos, el chillido del águila, los ronquidos del jabalí, el graznido de la grulla volando a ras del agua, el parpeo malhumorado de los patos que me hace sonreír, como el graznido siempre irritado de los gamberros cuervos que en pandilla toman el sol en los prados.
Como silencio es la viscosa y líquida descomposición de un cadáver humano olvidado entre la hojarasca, fertilizando o infectando la tierra con sus miasmas.
Silencio es el rumor de un río que limpia el aire de toda injerencia sónica humana haciéndote libre y único.
El silencio es el deseo de que callen los mezquinos de una vez por todas. No importa la causa, si por muerte o lejanía. Porque en silencio afirmo que no importa que vivan o mueran, sólo necesito que enmudezcan.
Silencio es el crepitar de mi cigarrillo cuando deambulo por el cementerio, una isla de bendita soledad.
El silencio es ella clavando sus uñas en mi piel mientras la embisto y se corre.
El silencio es mi leche rezumando entre los pliegues de su coño y las respiraciones agitadas tras el supremo follar.
En silencio temo perderla y clavo las uñas en mi puta polla laxa para conjurar la angustia.
El silencio es el íntimo llanto por los amados muertos.
Silenciosa es mi vergüenza de haber nacido en cautividad, en una ciudad, en una granja de explotación humana. Y mi pensamiento es un silencio atronador pleno de odio y frustración ante lo establecido mucho antes de que fuera escupido por el coño de madre.
Silencio es la sagrada y reparadora violencia y las manos goteando sangre ajena y propia.
Silencio es observar al enemigo abatido y sonreír: mejor él que yo.
Porque la voz es cobardía y dependencia del enjambre y su reina, su jodida reina, su puta reina, su repugnante reina.
La hija puta reina mal follada que dice quién vive y muere.
El silencio es libertad y unicidad.

Foto de Iconoclasta.

El feto era especial, precozmente sensible, curioso por la vida que le aguardaba.
Sin embargo, algo no marchó bien, los sonidos que llegaban de ahí fuera eran horribles, hostiles contra lo que su instinto y naturaleza le llevaban a esperar. Y su organismo, cada una de sus células que se multiplicaban para formarlo, estaban expectantes ante cualquier cambio en las condiciones de idoneidad para nacer.
El bebé nació muerto porque le ofendió y temió lo que olió y sintió a través del cordón umbilical y el líquido amniótico que propaga el sonido con terrorífico realismo. Incluso algunos malos sabores que llegaban como una hiel desde la placenta.
“No nacerás” es el mandamiento humano primigenio que los bebés lindos obedecen cuando es hostil la vida.
Incluso dos segundos de vida son tortura y humillación eternas en el degradado mundo de la humanidad, incompatible con la propia naturaleza de la cría que nace.
Tal vez, pobrecitos, los buenos tienen un sistema de autodestrucción para no convertirse en masa amorfa palpitante.
Aquello no estaba bien. La vida es otra cosa diferente a lo que sentía. Se lo decía cada una de sus células que trabajaban afanosamente en su construcción.
Toda señal sensorial del exterior era artificial, incluso algunos nutrientes de la madre.
Hubo un momento en el que el feto sintió una vibración acompañada de un sonido chirriante que se extendía por el útero agitando incluso la placenta, molestándolo.
Asustándolo.
Aquel día, antes de nacer muerto, madre comenzó a agitar la cadera extrañamente, jadeaba y sus pulmones y corazón acelerados lo turbaron creando alarma en su instinto de supervivencia. Y en un momento dado, dejó de respirar y crisparse toda ella mientras el padre le decía: “Te ha gustado, ¿eh mami? ¿Ves como sí que podías?
Y el ruido chirriante y la vibración cesó al fin.
Nunca llegó a poder definir el bebé hoy muerto que madre se había corrido.
El feto se sintió extraño en lugar y tiempo. Llegaban cosas inquietantes a través del vientre reverberando en el limbo-fluido que habitaba.
Hubiera sido muy inteligente, ya tenía una conciencia intuitiva y efectiva del lugar y tiempo en el que nacería.
Prefirió no nacer, su instinto le gritaba que nacería en cautividad en ese mundo, como madre, para toda la vida.
Para toda la puta vida.
Y se imponía la nobleza humana, una dignidad.
Los bebés inteligentes que escuchan o sienten cosas en la oscuridad del vientre no quieren ese vivir.
Son muy pocos los que tempranamente desarrollan esa habilidad sensorial y se niegan a respirar un aire rancio y ante sus ojos un horizonte que provoca ecos demasiado cercanos con olor a cemento, asfalto y excrementos húmedos de las alcantarillas.
Los bebés que se forman con el instinto humano más desarrollado o agudo tienen una conciencia primigenia funcional y su afán de vivir se marchita ante la falta de libertad para desarrollarse dignamente.
Y por todo ello la humanidad se degradada un poco más cada día, por cada no nato.
Su corazón o pulmones no han funcionado o tal vez haya alguna malformación o mutación no detectada. Su cuerpo inerte está entre las manos de una comadrona repentinamente silenciosa.
Hoy, hay dos sangres en el paritorio: la del coño de la madre y la inmóvil del bebé, atronadoramente desoladora.
Malvivir no es vida, sólo una larga agonía.
Mejor no nacer.
Y en los bebés que nacen, pobrecitos míos, la sabiduría primigenia de especie se ha retrasado y no pueden intuir la indignidad de respirar ahí fuera. Nacen esclavos hasta la muerte.
Es la razón de que en cada nueva generación surjan menos o ningún creador.
Los nacidos, como los que ahora respiramos, servirán de comida para el estado/dios, sus ministros y sacerdotes. Viven triste e indignamente fermentando sus esperanzas y anhelos hasta que la indolencia se apodera de ellos y los lleva a borrar cualquier concepto de libertad y dignidad en su día a día.
El sistema nervioso del bebé advirtió en varios momentos de su corta intra-existencia que algo lo espiaba desde allá fuera arrastrándose por el vientre materno; una presión que deseaba controlar, espiar su intimidad, su vida apenas formada.
Algo que no era madre lo esperaba allá afuera. Y si no era madre, era predador de tacto duro, hostil.
Reptil.
Y los bebés quieren ternura, una piel cálida que los acoja. Es su derecho indiscutible.
Las madres y padres que no desarrollaron en el útero esa sensibilidad ambiental no pueden intuir siquiera lo que su feto o bebé podría temer.
Las sociedades cautivas humanas se han saturado de pobres bebés que no supieron sentir y los humanos de calidad, los autosuficientes, los libres ya no nacen. No hay esperanza para la humanidad, está abocada definitiva e irremediablemente hacia el pensamiento y conducta insectil totales.
Al bebé se le marchitó el ánimo de vida en el vientre de madre y nacer dejó de ser ilusión.
Si no hay alegría de nacer ¿para qué quieres un corazón, pulmones o el cerebro mismo?
Por cada sonido que le llegaba amnióticamente del mundo-prisión exterior se le desanimaba un poco el ritmo del corazón.
Perdía latidos…
Hasta que se detuvo para siempre poco antes de emerger ante el ofensivo olor químico de un hospital. Y sus sonidos plásticos…
La madre sufre la tragedia que no olvidará jamás sumándose a su cautiva existencia; nunca sabrá que su pequeño eligió dignidad a falta de libertad.
Es el momento de blasfemar.
Otra esperanza hecha añicos, una pena que cauteriza toda alegría y esperanza.
Es tiempo de odiar el mundo mal construido que ha asesinado al bebé.
Consuela que no haya nacido para sufrir, para ser humillado.
Con esa precoz habilidad, era lógico que el bebé forzara a las células a detener su trabajo por la implícita tristeza que madre le insuflaba inconscientemente en su sistema neuronal.
Todo bebé raramente inteligente nace muerto al presentir la mierda de vida que le espera.
Su naturaleza e instinto rechazan ese horizonte, aire y materiales adulterados.
La especie humana no tiene salvación, cada generación es física y mentalmente más pobre que la anterior y en esas malas sangres surgen los políticos actuales y las poblaciones que se dejan someter a sus fascismos, mentiras e ignorancias.
Desde que los bebés puros de naturaleza humana nacen muertos, la especie humana camina hacia la extinción.
Los que se forman con el instinto animal humano íntegro no pueden ni deben adaptarse a la cautividad de los asentamientos humanos hacinados o urbanos.
Mejor muerto que la dignidad podrida infectando el alma, si la tuviéramos.
Un bebé muerto, otro más.
Misericordia…

Se debe caminar lentamente y en silencio en la naturaleza para conocer y sentir la vida y la muerte.
Tal vez porque soy un tullido y no tengo más remedio, he aprendido el concepto de caminar sosegadamente y prestar atención a todo lo que vive y lo muerto. Y entender así que no hay justicia divina, ni hay inteligencia en la naturaleza. Sólo azar, caza, cansancio y debilidad.
Los animales cometen errores, he visto ardillas caerse de la rama y polluelos muertos caídos del nido. Un majestuoso zorro que parecía dormido en una cuneta. Jabalíes y sus crías, serpientes y salamandras aplastadas o simplemente muertas sin más.
Los animales están sujetos al azar y a sus errores. Y a la vejez que los mata, como a mí.
Al mismo azar, errores y penalidades que los animales humanos, que además pueden elegir asesinar a sangre fría.
Y arrastrando mi pierna podrida, he visto una hermosa ternura que me ha inspirado un instante de serenidad.
¡Qué bonita la pata! Tan atenta y concentrada en el tesoro que cubre con su vientre.

Tiene tanto que defender y cuidar…
Y tan solita, demasiado cerca de grandes seres más peligrosos de lo que pueda ser ella nunca.
Eso es coraje.
A veces, tras la ternura y la paz, siento una hiriente vergüenza de mis incapacidades y naturaleza humana. Soy un cojo torpe de una especie animal rastrera, miserable y cobarde. Envidiosa hasta la auto extinción.
¡Adiós, bonita!
Que todo vaya bien, pequeña patita guapa.
Una admiración, un mudo cariño que no te pueda inquietar.
Bye…

Fotos de Iconoclasta.

Amanece lloviendo en una mañana bellamente oscura, relajada de luz, con el sonido acolchado que el bajo cielo rebota sin matices, sordamente, como un susurro en el oído. Es un día a juego con la piel de los cadáveres y la silente inmovilidad de sus pulmones.
Con el pensamiento oscuro llega la serenidad de la desesperanza.
No hay nada que esperar, tranquilo.
Y la depresión de los pusilánimes que intuyo, allá muy lejos, me provoca un conato de gozo añadido.
En soledad soy puramente yo, inmune a la vergüenza y al control. Es la razón de que las emociones se derramen como un torrente dentro del cuerpo y las entrañas oscilen flotando en cálidos embates de llantos íntimos, densos y aterciopelados.
Las tristezas se extienden con ternura entrando por los ojos infectando los dedos que, deliran acariciando algo invisible y hermoso en el aire. O cierro los ojos a una brisa que porta recuerdos y emociones por las que valió la pena nacer.
Y así, indefenso a mí mismo bajo la lluvia, encuentro el cadáver de un pajarito, un ser pequeño y bello que crea una angustiosa oscuridad en el ánimo. Una cuchara tan roma como dolorosa se clava en el corazón y me arranca un trozo del alma que se me escurre por los labios en un gemido mudo.
Es el suspiro más triste del mundo, un espectáculo digno de mí.
Qué pena, pobrecito mío, que no conocía su existencia y he tenido el honor de conocer su muerte, su tierno cuerpo aún incorrupto.
Tan pequeño y tanta desolación acumulada…
Pienso y deseo que ojalá me muera antes de ver otra naturaleza muerta.
Me siento ruin de seguir vivo ante esta hermosa y pequeñita vida que fue.
Purgo la pena dedicándole mis inútiles mejores deseos, un adiós tardío y una pena atómica.
Pareciera que acumulo muertes. Soy el contador de los cadáveres más bonitos del planeta.
Conozco ese dolor de la muerte en sus garras cerradas y crispadas.
Una certeza dolorosa.
Los salmos sabios del horror y la pena.
Lo conozco tan bien…
Siento tanto que haya sentido esa angustia, la certeza del fin durante una pequeña fracción de tiempo.
Pobrecito mío…
Y yo tan vivo de mierda, como un puto cobarde.
No puedo evitar quererlo ahora que está muerto helándose en un frío charco, con los ojos tan abiertos, mirando el cielo al que ya no volará.
No puedo sentir indiferencia. Por favor…
He perdido un trozo de alma y hay un agujero en el pecho que me roba la respiración.
Me duele la cabeza tan adentro que pareciera que nunca más podré sonreír.
Es hora de descansar, no quiero saber de más muerte que la mía.
Misericordia.
Estoy harto del frío en la piel tan parecido a estar muerto, de la gélida lágrima que no acaba de derramarse del párpado y amplía la visión del horror, una lupa lagrimosa y sórdida.
Y aquí entre los seres bellos, no llevo la máscara de la impasibilidad. Estoy indefenso a las tragedias mínimas.
Ojalá el próximo cadáver sea yo. Estoy agotado, cansado y triste de la peor forma posible, en libertad, en soledad. Sin que nadie interfiera en este dolor del súbito vacío.
Tan pequeño, tan bonito…
Soportando la muerte con los ojos bien abiertos.
Que valiente, pobrecito mío.
Y yo tan asquerosamente vivo.
La vida es una pesada carga, ya no quiero saber o experimentar más. Soy más sabio de lo que hubiera querido ser jamás.
Me quiero morir, aquí al lado del valiente.
Desaparecer con él.
Dios es un trozo de mierda, amiguito mío. No temas, el cerdo no existe y serás libre.
Si pudieras ser algo tras morir…
Me quiero acostar junto a él y ver las cosas que ya no ve.
Y no penar más.
Me duele inevitablemente el corazón.

Foto de Iconoclasta.

Al final del otoño los ciempiés desaparecen de los caminos, hoy han vuelto a aparecer.
Los días son notablemente más largos, la tierra acapara más calor y los seres vivos lo sienten.
Es el primer aviso de que la primavera está cerca.
Me parece mágico y hermoso que el planeta gire y cambie los paisajes y las vidas mientras la humanidad permanece inmóvil en la estación de la imbecilidad y mezquindad, haga frío o calor. La humanidad es ajena al planeta, un accidente, una anomalía; tal vez un parásito llegado del espacio en una piedra.
Admiro a estos gusanos negros que hacen lo que su naturaleza dicta y no lo que ordena un dictador ladrón y maricón.
Tiene más carisma cualquier gusano que cualquier humano salvo dos o tres excepciones que amo y admiro.
Yo también, a través de la suela del zapato, puedo sentir la calidez que radia la tierra templada por más tiempo de luz. Llevo tiempo deambulando por ella.
Demasiado.
Me es imposible ya medir o controlar el paso de las estaciones mediante los datos astronómicos o el calendario de fiestas religiosas y oficiales del estado/dios.
Hace tanto tiempo que las olvidé….
Estoy alejado de celebraciones, ya soy ajeno a ellas. Sólo me atengo a la naturaleza de la tierra, me sincronizo con los gusanos, lagartijas, salamandras, comadrejas, zorros, mirlos…
No existen vacaciones de verano, de semana santa o celebraciones legales del estado/dios. Sólo veo la tierra girar, calentarse y enfriarse. Y es un espectáculo apoteósico.
Y desde mi lejanía escucho a la humanidad lloriquear y reír estúpidamente, balanceándose eternamente en la inmóvil estación de la imbecilidad y obediencia pacata y mezquina del ciudadano integrado, degradado física y psicológicamente.
Ciego a los movimientos planetarios y a los gusanos que hacen lo que deben porque tienen inteligencia para ser ellos.

Foto de Iconoclasta.

Aleatoriamente puede surgir un día de invierno en el que el frío deja de susurrarme al oído: “Te voy a matar, te voy a matar. No permitiré que la sangre llegue donde debe y morirás. Te mataré.”.
Y hoy guarda silencio el muy astuto, sabe que también se aproxima su muerte y experimenta, como yo, la fatiga de vivir.
Los sabañones de las articulaciones de los dedos y bajo el filo de las uñas duelen menos. Soy un poco menos tullido y no pesa la vergüenza de caminar lenta y torpemente. La sangre se calienta dando elasticidad a los tejidos y un poco de calidez a los huesos y al alma que protegen dentro de sí.
No es que esté bien, es menos malo.
Y superada la supervivencia se abre un resquicio para la ternura y el amor.
E igual que en los inicios del otoño, como un óleo extendiéndose dentro del pecho, la melancolía vuelve. Pienso en la calidez de la piel amada y deseo con urgencia acariciarla con dedos y labios. Contarle que estoy ileso en mi lucha contra el frío, que aún soy fuerte.
Quiero que se sienta orgullosa de mí a pesar de que no me engaño, sólo soy un mierda cansado.
Y ahora, el frío comienza de nuevo a susurrarme la muerte. Le hacen coro espectral las crujientes lamentaciones de quebradizas y desnudas ramas que agita con su aire helado.
Se acabó la tregua. Relego el amor al tuétano de mis huesos, junto al alma si no ha muerto.
Cierro el puño a pesar de que se rasga con irritante escozor la piel y camino de nuevo con la humillante torpeza que me hace hostil a todo.
No voy a morir sonriendo con resignación de mierda.

Foto de Iconoclasta.

Lleva varias semanas luciendo muy por encima de todas las flores y altas hierbas, rozando las ramas de un árbol.
Soportando las gélidas noches.
No he podido evitar admirar a la bella guerrera.
Temo el día que desfallezca mustia ante el impío invierno. Y luego muerta.
Seca.
¡Qué valentía y fortaleza!
Yo ya estaría muerto en la intemperie invernal de la primera noche de mi “floración”.
No adorna nada, es libre y salvaje. Y ese orgullo hemoglobínico y pasional que luce…
Ha subido majestuosa, tan alto por encima de todas las flores, que era difícil capturarla y así muriera tristemente en un florero.
Tal vez haya algún ser humano honesto que admire la vida y no la ha raptado para decorar su guarida vertical. Nunca ha sido necesaria la navidad para que surgiera la nobleza. Es una cuestión de ética personal e intransferible. Naces mal o naces bien.
Si naces bien, con la capacidad de sentir ternura y admiración por las vidas menudas tan valientes que mueren luchando, sin recostarse en nada ni nadie. En el silencio más triste que existe.
Pienso en la fuerza de los menudos seres, su determinación para vivir y me siento tan mediocre… Viven sin acumular posesiones, a piel y pelaje descubierto.
No sé si al cerrar la mano en su tallo y clavarme sus espinas, le daría más fuerza para resistir la embestida del frío.
Temo envenenarla con mi sangre insanamente caliente.
Luce tan soberbia en su extraordinaria altura que me evoca al buen Juan Salvador Gaviota, ya asesinado por una humanidad, una globalidad cobarde y adocenada. Encajonada en sus pocilgas-ciudades.
Mirarla en contraluz con el cielo, ofrece el espejismo de un ángel de terciopelo sangre.
Como las bravas águilas ofrecen sus vientres dorados a nosotros deslumbrados.
Y el rocío… La han comido a besos durante la fría y oscura noche, como un amor prohibido.

——

Esta noche ha caído la primera gran helada del otoño.
Y he pensado en ella.
He temido.

He encontrado a la pode-rosa un poco cansada, combada por su batalla contra la escarcha.
Gritaba en rojo su agotadora supervivencia contra el arrollador invierno.
No miraba directa al cielo como ayer. Pobre…

Y luce sanguíneamente hermosa, como si le dijera al invierno: ¿Eso es todo lo que puedes hacer?
Aún le queda agua en sus labios-pétalos.

Mi guerrera…
Pero la suerte está echada, el invierno ya no cesará hasta borrar el último color cálido.
Qué tragedias, qué brutal la batalla por la vida de los pequeños seres.
¡Cómo no admirarlos!
Cómo no llorar su gesta indómita, su muerte heroica.
Su vida desnuda.
Sin posesiones.
Sin legados.
Porque vivir es vivir, no se vive “para…”.
Se vive y punto.
La muerte cabe en todos los cuerpos, por muy pequeños que sean. Es una puta.
Y cuando estés vencida, no se lo diré a nadie que pueda sentenciar con hipócrita “sabiduría” de borracho: “Es ley de vida”.
Esa ley de la que huye y teme el humano mezquino.

Adiós pode-rosa vuelvo a mi guarida cálida y protectora como un triste cobarde.
¡Bye, belleza!

Fotos de Iconoclasta.

Me fascina cómo las nubes y las montañas se aman, en silencio.
Como sueño amar.
Me conmueve la pasión serena con que se penetran y abrazan, se envuelven y se lloran.
Siento mío ese bello llanto del encuentro con un escalofrío de melancolía.
Me emociona mirar como unas se despiden desgarrándose la piel y las otras quedan abandonadas a sí mismas preguntándose cuándo volverán.
¡Pobre gente, qué tragedia!
Pobre de mí que pierdo un latido pensando en ella.
Las nubes podrían flotar alto si quisieran; pero descienden para cubrir a sus amantes. Se lanzan como las olas a la arena lamiendo la piel con hambre insaciable.
Yo no puedo flotar. Misericordia…
Soy una montaña y ella es líquida y cálida; una piel voluptuosa que me envuelve y, rozándome con los labios, me susurra sensualidades al oído arrastrándome a un plácido delirio.
Pero a veces el celoso viento la quiere para él y me la roba. Y al igual que la montaña abandonada, espero con melancolía mi otoño.
Nada dura tanto en la Tierra como este eterno romance de nubes y cielo.
Qué hermoso…
Y yo tan nada.

Foto de Iconoclasta.

De repente te aíslas del rugido del agua, de las voces y la lluvia seca; el crepitar de las hojas muertas que caen y pisas.
Mantienes la respiración porque algo va a ocurrir.
Y el silencio lo llena todo…
El silencio despliega el telón de un momento de inusitada belleza y paz.
El agua, la fronda y la garza parecen girar en un caleidoscopio hasta fijar el momento perfecto de la serenidad y la armonía. Y provoca un vértigo en el pensamiento.
La garza está ahí porque puede, es la pura esencia del ser, sin necesidad alguna, sin vanidad. De hecho, es ajena a todo, hasta tal punto que niega mi existencia.
Yo no existo y ella es el único ser vivo de ese mundo que ha sido revelado.
¿Sabes, cielo? Así te sueño, en el momento perfecto. Yo manteniendo la respiración, inexistiendo para que nada enturbie tu mundo al que aportas fascinación. Soy un admirador fantasma, un testigo accidental e intangible de cosas hermosas.
No está mal mi privilegio para ser un fracasado…
Hay momentos de melancólica dicha que parecen ríos de agua tibia corriendo bajo la piel.
Adiós garza.
Adiós, mi amor.

Foto de Iconoclasta.