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Las horas todas

Las horas huecas,
las necesidades y su insatisfacción.

Las horas vanas,
las del agotamiento sin fruto.

Las horas temibles,
las de la angustia y el dolor.

Las horas negras,
de muerte y necrosis del ánimo y la carne.

Las horas-sueños,
las de la intensidad, la locura y la vida deshebrada como carne hervida.

La hora inquietante,
cuando el espejo mudo mira tu rostro y cuenta las horas pasadas.
Y las pocas que restan con pestañeos tristes.

Las horas tiernas,
en las que acaricias sus deditos y tratas de imaginar su vida, pensando: “tan pequeño…”.

Las horas cáncer,
que se hacen tumores nacarados con hastío y crean metástasis hasta en la sonrisa.

La hora aciaga,
cuando sabes que se aproxima lo inevitable y es malo.

Las horas repugnantes,
cuando la envidia ajena se cierne pesada en tus cejas diciéndote que no es posible, que no es bueno, que no te creas especial.

Las horas felices,
cuando el odio hace fantasías de sangre y violencia, de cuerpos destrozados por una justicia salvaje. Y observas jadeando un reloj con ojos enrojecidos.

Las horas del amor,
que no son horas, son segundos vertiginosos que se precipitan por acantilados afilados.

Las horas tristes,
las del llanto inevitable, bajo la luz que me delata ante mí mismo y me avergüenza sin piedad.

Las horas íntimas,
donde el pensamiento parece hablar potente en los tímpanos y el tiempo carece de importancia.

Y hay un segundo…
El segundo lácteo,
el trallazo explosivo que se escurre blanco rezumando desde lo más íntimo de sus muslos hermosos y fascinantes.
Aunque no justifica las horas todas.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Larga duración
No tiene gracia que una pertenencia dure para toda la vida. Ha de haber renovación.
Toda la vida viviendo lo mismo…
Toda la vida yo sin esperanza de que una mañana sea otro.
Hay quien se siente orgulloso de su reloj de toda la vida.
Yo no puedo.
Algo demasiado longevo indica que el tiempo ha pasado sin que ocurra nada. Y que hay cierta obsesión en el cuidado de las cosas y el personal.
Demasiada obsesión.
Nada cambia para muchos, igual que la historia humana: la misma envidia, la misma idiotez, la misma miseria, la misma esclavitud, la misma vanidad absolutamente injustificada: cerdos que ven belleza en el espejo…
Las mismas carencias nacidas de la cobardía.
Follar es feo decirlo, causa vergüenza; pero hacerlo no causa inquietud alguna. La palabra sigue causando estragos en la moral humana.
En la ignorante moral humana.
Hipocresías que se aceptan borreguilmente.
Todo lo malo dura una eternidad.
Dios es una vaca desangrándose colgada de los ganchos de un matadero.
Y la felicidad es un estado de permanente idiocia.
La felicidad y la fe, a dúo; solo existen en cerebros planos, poco eficaces.
Cerebros longevos que eternizan lo mismo, los mismos días, las mismas palabras mal escritas, mal pensadas, mentirosas.
Siento asco por los insectos, si fuera gigante contrataría a una empresa de desinsectación para que eliminara esa minúscula ciudad de mi jardín y sus habitantes.
¿Cuánto tiempo llevo escribiendo?
No mucho, ha sido un pensamiento corto que ya ha muerto.
Cuando el pensamiento ha adquirido tres dimensiones, es cosa, es acto.
No me importa lo mucho que duran las palabras, porque no están pegadas a mí.
No las veo en mi cuerpo al despertar. No van prendidas de mi cuello o la muñeca. No he de subir en ellas para ir a un trabajo eterno de esclavo.
Y cuando las leo, no entiendo como puedo haber escrito eso.
Que las palabras duren largo tiempo, me parece bien.
Indiferente.
Pero mi larga vida no me es indiferente, ni la de ellos los ajenos. Los que no quiero.
Un escritor tituló su novela: La insoportable levedad del ser.
Los seres no son leves, duran millones de años, duran toda la vida.
De lo que realmente se trata es de la desquiciante longevidad de las cosas y los seres.
Breve es su placer y el mío, cuando agitando sus pechos contraídos y agitados, se convulsiona y se deja caer encima de mi pecho, jadeando: “Me corro, me corro…”.
Si la felicidad existe, solo dura unos segundos.
El rey ha muerto. Bien, que siga muerto que no viva más, ya ha habido suficiente.

 

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

T.Rex

Sentado bajo la sombra de un árbol en el claro del bosque, me recupero de la larga caminata.
Dolor, sudor, cansancio y al final: sombra y aire fresco.
Y te das cuenta que no quieres nada más que esta libertad del esfuerzo y el reposo.
Sin rendir cuentas a nadie, sin medir el tiempo.
Cuando se mide el tiempo, se calculan las horas de hastío acumuladas y las futuras. Tengo un buen reloj; pero no lo miro cuando estoy aquí. Solo miro el cielo y las cosas que se arrastran y se mueven.
Cuando cierras los ojos en un placer, dejando que caiga el sudor por los párpados y el rostro, el tiempo deja de existir.
Entonces el sonido del planeta: el rumor de las hojas, el viento irrumpiendo en los oídos, el piar, los graznidos, los zumbidos de los insectos, animales que observan desde la espesura… Actúa como un tonificante, una estamina.
Es inevitable asumir que perteneces a la espesura, asumir la propia naturaleza olvidada.
Me pongo en pie y tomo un estrecho sendero, un camino hecho por animales, con el sonido del bosque vibrando en el vello de mis brazos.
Identifico en la distancia unos pasos y de forma instintiva hago los míos silenciosos.
Escrutar y acechar. Es algo tan viejo como la montaña.
Es un macho adulto, en torno a los treinta. Delgado, de paso relajado. Demasiado relajado.
Nadie debería relajarse, excepto cuando estás a cielo abierto.
En el bosque somos muchas las bestias. Es un fallo recurrente.
Escucha música, lleva auriculares. ¿Quién puede preferir la música al concierto de vida que es la montaña? ¿Es por miedo a lo que oyen y no ven? ¿O es que miden el tiempo por canciones? ¿Cómo se puede sacrificar la maravillosa soledad de la naturaleza con una vulgar música?
Dejo de ser cuidadoso y acelero el paso.
Cuando escuchan música, no se dan cuenta de la muerte hasta que les entra por los ojos y les roba la fuerza del corazón y los pulmones.
En el momento en el que saco el cuchillo de la cintura del pantalón y cierro el puño en él, siento que soy más, que soy antiguo. Que soy lo que murió hace miles de años.
Si no escuchara música, se hubiera dado cuenta de que los pájaros han dejado de piar. Ellos saben, ellos conocen cuando es el momento de la caza.
Llego hasta él y le clavo la hoja bajo la mochila. He atravesado el riñón, lo noto por la facilidad con la que ha entrado de repente el acero.
Las vísceras son como una bolsa de vacío en el cuerpo.
Cuando has matado a unos cuantos, encuentras la lógica de todo.
Apenas puede gritar, cuando se ha girado con gesto de sorpresa, le he clavado de nuevo el cuchillo en el cuello, en el lateral derecho. Y lo he sostenido firme observando sus ojos mirarme asombrado y tembloroso.
Me gusta sentir la muerte, es como una descarga eléctrica suave que va de mi mano, por el cuchillo y luego entra en la carne ajena y en su sangre.
Cae al suelo y asesto otra puñalada en el pecho que apenas hace nada, ya que las costillas son un fabuloso escudo que protege al corazón. Clavo en el estómago, el vientre y en los muslos. En los muslos, si tienes suerte, puedes trinchar la femoral y todo es más rápido.
Se ha quedado inmóvil, con la boca abierta en un gesto de dolor y miedo, los ojos aún brillan aunque están muertos. Su rostro está salpicado de gotas de su propia sangre. Uno de los auriculares sigue en su oído y el otro emite un ruidito agudo que no me gusta.
No sé que hora debe ser, es algún momento de la tarde, la luz es amable.
Limpio el cuchillo en su ropa, saco de la mochila la cantimplora y doy un buen trago para recuperar el aliento. Matar es un ejercicio explosivo.
Me hubiera gustado que fuera mujer, estoy caliente. La hubiera follado una vez muerta, cuando aún está elástico y templado el cuerpo. No soy necrofílico; pero violar a una mujer viva requiere mucho tiempo y esfuerzo, demasiado ruido. Sé muy bien lo que digo, veinte años como cazador me acreditan como experto.
Antes de que me tocara la lotería, trabajaba como impresor. Mi vida era triste y gris como una pegajosa tinta que me impregnaba la piel y el ánimo.
Y no puedes permitirte que algo falle cuando la libertad está en juego.
Hace dos semanas casi decapito a una madura de unos cincuenta. Su vagina estaba seca, así que escupí para lubricarla y me corrí en ella.
Aún figura como desaparecida, lo dicen las noticias. La oculté muy bien en la profundidad del bosque. Lejos de cualquier camino para que la fetidez de su cuerpo en descomposición no llamara la atención de ningún excursionista.
No tengo ningún interés en ver los restos de mis presas. No soy sentimental y no me llevo nada de ellos, salvo si tienen tabaco o dinero en efectivo.
Porque el dinero, fuera de la naturaleza es un medio necesario para la subsistencia. Y nunca se tiene suficiente.
Arrastro el cadáver entre las espesura hasta que siento que estoy agotado.
Camino de vuelta tranquilo, con los ojos entrecerrados por el rumor del bosque, una brisa suave que mece dulcemente las ramas de los árboles.
Incluso se escuchan lejanos truenos.
Es perfecto.
Ya no recuerdo en que momento del año pasado; pero cacé un matrimonio con dos hijas pequeñas. Acuchillé en la nuca al padre que murió en el acto, a la madre le clavé el cuchillo en uno de sus pechos, pero las malditas costillas la protegieron. Tuve que rajarle el vientre y luego el cuello. Las niñas durante los segundos que duró la caza, se quedaron llorando ante mí y sus padres. Les corté el cuello rápidamente. Apenas hicieron nada para evitarlo. Siempre me despierta cierta ternura la caza de las crías. No es ético cazar animales tan jóvenes; pero me es imposible privarme de un placer.
Es entonces, ante la inmovilidad del pánico que paraliza a las presas, cuando te das cuenta de tu poder, de tu absoluta posición en la naturaleza como depredador rey.
La vanidad es un premio que paladeo con delectación.
Soy vanidoso.
Pero sobre todo libre.
Absolutamente libre y salvaje.
Ahora me queda un buen trecho de camino para volver a casa; pero me siento bien, es un día hermoso y mi corazón late a buen ritmo, aún agitado por el frenesí de dar muerte.
Soy un tiranosaurio fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de la moral y la piedad.
Soy un T. Rex que ha usurpado el cuerpo de un hombre.
Es pura vanidad y orgullo.

 

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Iconoclasta

los-martires-del-amor-madrid-agosto-2010-nikon-reflex
Un llanto en soledad,
una sonrisa invertida,
un muestrario de sueños desleídos,
un abrazo vacío,
un beso árido…

¿No es maravilloso el amor, que a pesar de todas esas tristezas, acunamos como el mayor de los bienes?
Pobres enamorados, no pueden concebirse a sí mismos como lo que son: un error del planeta.
Distintos, desiguales, inadaptados…
Los que se han propuesto no aprender nada de nadie.

Caminan sin avanzar por un desierto polvoriento tapizado de banalidades secas, muertas.
Extraños mártires y ermitaños de corazón contrito y sexos húmedos y ardientes.

¿Es que no veis que aceleráis vuestro fin, locos valientes?
Porque el dolor de lo imposible os mata, aunque lo inalcanzable queráis vestir de esperanza.
Alguien os dirá que a lo mejor en un futuro…
Y el futuro os lo pasáis por el culo, lo que cuenta es el dolor, la angustia y la necesidad del presente. Porque en el futuro estaremos muertos.

El amor que os hace superiores, bestiales, impíos.
Hay seres que se deshilachan de hambre y sed, de dolor y enfermedad, de pobreza y frío.
Y no cuentan, no preocupan en vuestra mente.
Porque el dolor de amar supera a los demás dolores. Y está bien, que cada cual arrastre su mierda de cruz.
Y su felicidad es más intensa que la de cualquier otra sonrisa, sea de niño o de viejo.

Los mártires del amor son sinceridad en estado puro.
Porque el amor es un bien preciado y no se puede dar a cualquiera, aunque se esté muriendo.

Habéis escogido el camino de la pasión, quemar la vida rápidamente en una carrera contra lo imposible.
Y es que el amor es una quimera. Cuando por fin se abraza, empieza a esfumarse, a difuminarse con la vulgaridad de todos los días.

Y vuelta a empezar, mártires. Os convencéis de que debe existir el amor duradero, inviolable, sellado hasta la muerte.
Y no es así, pobres locos; e iniciáis de nuevo una carrera contra el tiempo, contra el vuestro; sucios de las cenizas del amor que se ha marchitado en apenas unas semanas.
Una carrera contra la humanidad que destruye todo asomo de amor con su adocenamiento y anonimato masivo.

El amor solo reside en vuestra mente, es un combustible que os da energía; y es tan solo la zanahoria que cuelga delante del burro.
Esa es la verdad, es la pena.
Aún así, vale la pena buscar, husmear el aire y seguir la pista que pensáis es definitiva.
Al fin y al cabo, no hay otra cosa que hacer mientras se muere.
Os deseo suerte, me caéis bien, fracasados.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Nos convertimos en luz continuamente.
Como en un cuento de ciencia ficción, los segundos cumplidos nos transforman en una estela que viaja por el espacio, sumando cientos de años por cada día de viaje.
La muerte es tan veloz…
Por cada latido que da nuestro corazón, nos convertimos en metralla de nuestra vida. Retazos de lo vivido catapultados a velocidades lumínicas, eternamente, como una condena sin sentido.
Porque la energía no se destruye como nuestra vida se quema.
Cada uno de nuestros segundos pasados, se propaga en línea recta y en todas direcciones rumbo a los infinitos infinitos que hay en esa pesadilla llamada espacio.
Alguien decodificará en precisos cristales de argenisca toda esa vida reflejada hasta morir. Y conocerá nuestros delitos y nuestras locuras. Nuestros deseos, amores y odios.
Estaremos muertos hará millones de años cuando alguien nos juzgará.
O tal vez observen nuestra vida con indiferencia.
Podría ser que simplemente, se masturbara ese extraño ser.
Nuestros placeres, dolores y esperanzas, serán un entretenimiento multimedia para unos seres de una civilización capaz de capturar el pasado que viaja por el cosmos peligroso y silencioso en forma de luz.
Ahora estarán viendo un documental sobre los dinosaurios en el momento que se extinguen.
Esperan las primeras luces emitidas por homínidos, mientras se llevan a la boca piojos del metano garrapiñados sentados frente a sus pantallas.
Observamos la aburrida luz de los astros muertos, fantasmas que insisten en iluminar las noches.
Fulgores de pasados milenarios, de edades tan lejanas que la mente no puede concebir.
El cielo nocturno está punteado por la luz de la destrucción.
Esa destrucción que nos baña… ¿Será por eso que la noche da miedo instintivamente a millones de humanos?
Un director de cine alienígena hará un montaje con nuestra vida. La procesará para proyectarla sobre un manto de esferas líquidas positrónicas, con núcleos congelados de átomos de helio radiados con gas inergistian, que tan de moda están en los multicines extraterrestres. Podrán ver en alta definición el semen que derramo en ella y dentro de ella.
Posiblemente, crean que ese esperma es un veneno paralizante y que los amantes están muriendo por amor, porque su reproducción es por medio de tentáculos que dejan escamas fertilizantes en su bocas y es una especie de náusea su clímax.
Tal vez lloren conmovidos por la blanca y cremosa muerte de esos seres que desaparecieron hace eones de años. Los directores de cine hacen trampa para emocionar al público. Como en todos los planetas, la verdad suele ser aburrida. Y por cada placer hay un fatal fundido en negro convenientemente insertado.
No importa, que alguien vea lo que fuimos e hicimos. No hay que ser tímidos, ni apagar la luz; es más digno exhibir la obscenidad con descaro.
Actuar como si ya estuviéramos muertos no es difícil, de hecho vivir es morir continuamente hasta agotar el tiempo.
Esos seres no podrán condenar el asesinato ni la indecencia, asistirán impotentes ante toda la maldad y la mezquindad de los humanos y otras especies planetarias que puedan ser simples y aburridos microorganismos.
La humanidad será plaga incluso muerta. Una destrucción más iluminando ojos extraños.
Como hacen los astros muertos en nuestra piel en las noches que nos soñamos.
Tú y yo no seremos reflejados. Te prometo inventar algo que destruya nuestra luz, para que nada ni nadie pueda asistir al misterio de amarte tanto.
Seremos ocultos y secretos a los ojos del universo.
Ni siquiera a millones de años luz muertos, podrá contaminar nadie nuestro amor.
Seremos oscuridad en el espacio, un secreto de nosotros mismos.
Seremos un dato irrecuperable, un vacío irrellenable en la alienígena producción cinematográfica.
No seremos una película de un mal director en algún maloliente planeta, lo juro.

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Iconoclasta

Cuando estaban cerca, cuando las líneas estaban superpuestas, no era el momento; y se trazó una línea paralela que aisló a los dos en un tiempo de sus vidas.
No se cruzan las líneas paralelas, no hay forma de saltar de una a otra; pero a veces el Gran Delineante comete un error, o tal vez, tenga un arrebato de compasión; cosa improbable, pero esperanzadora.
Y traza dos líneas paralelas muy juntas. Demasiado para su forma de actuar, tal vez porque se le haya metido humo en los ojos.
A veces fumar es beneficioso para alguien.
De alguna forma, una gota de tinta cae entre esas dos líneas. Posiblemente debido a un estornudo del Gran Delineante. Tal vez haya sentido un ataque de compasión. Aunque no es un hecho verosímil; pero sería agradable que lo fuera, aumentaría las esperanzas en el planeta.
Se crea así un espacio por el que cruzar. Con una serena pasión entran en el espacio borroso, irregular. Cautamente por experiencia, pero con todas las ilusiones entre los dedos, como un póker de ases. Y saltan las líneas porque es el momento adecuado. Se han preparado para ello durante tiempos y desilusiones.
No hay grandes eventos cosmológicos, no hay señales premonitorias, solo el rumor de unos árboles mecidos por una suave y húmeda brisa.
Discreta y contenidamente se acercan. Ilusionados a pesar de todo. Tal vez un poco confundidos por nuevos horizontes, por posibilidades razonables.
Las palabras saltan de un muro a otro derribando amarguras y errores, cañonazos que abren brechas en el tiempo y el espacio.
Es poderosa la palabra…
El Gran Delineante mira a otro lado, sería bonito que lo hiciera por piedad. No importa el porqué, el paralelismo se ha interrumpido.
Querer entender es perder el tiempo y ese ser podría usar corrector.
Y hay suerte, el Gran Delineante ha ido a mear.
Las palabras, escritas con cautela y letras pequeñas, se convierten en pasos paralelos que se dibujan tranquilos como por arte de magia, a veces se entrecruzan debido a un beso o un abrazo; desde la perspectiva del Gran Delineante, una hormiga con las patas sucias y colocada con marihuana está haciendo de las suyas.
Pasos serenos, cálidas y otoñales confidencias…
El Gran Delineante toma la hoja de papel y la clava con chinchetas en la enorme e infinita Pared del Destino, junto a miles más. Y cuando se da cuenta de la mancha y esas líneas pequeñas y erráticas, no hace nada. La observa y sonríe con el cigarro entre los labios.
Tal vez esté cansado de un paralelismo monótono y cansino. Cuasi eterno. Tal vez se sienta el Dalí de las líneas paralelas.
Toma otra enorme hoja de papel, se coloca unas gafas y comienza a crear otro universo de líneas paralelas, con decisión. No quiere sentar precedentes.
Es un cuento de navidad feliz, aunque el Gran Delineante sea un perfecto cabrón escondido entre los bastidores de un teatro.

Iconoclasta

la ecuación del amor

No aquí, no en este planeta.
No en las dimensiones conocidas.
Los verdaderos amantes no pueden existir en este lugar, en este espacio.
Aquí y ahora, los amantes solo son seres de compra-venta. Proyectos de amor sin consistencia, efímeros.
Hay una idea en mi cerebro, pulsando como un quasar en el cosmos: el amor tiene que existir, es una idea instintiva. Nací con ella como una certeza. No lo aprendí.
Tal vez se encuentre en el seno incomprensible de la parábola de una ecuación de segundo grado.
Hay que cruzar un portal dimensional, difícil y oculto, hay que dejar sangre y piel al atraversarlo.
Mi pensamiento no miente, no a mí.
Y aunque jamás he encontrado el amor, toda mi puta y obstinada razón me dicta buscarlo entre espacios invisibles e imposibles, en tiempos contraídos y expandidos.
No hay pistas que buscar, no hay datos de localización del portal del amor.
Es una cuestión aleatoria, aleatoria, aleatoria, aleatoria…
Una misión que suele acabar con la muerte sin encontrar el portal del sosiego y la serenidad.
Encuentras atisbos de amor fantasioso que son pistas erróneas, falsas alarmas. Hay que alejarse de esas trampas, hay que arrancarlas de cuajo de las entrañas y quemarlas. Que no quede nada que nos pueda distraer de la búsqueda.
No existen dioses que guíen, ni un umbral luminoso.
El amor es tan exclusivo que no se anuncia. Es un club secreto en el barrio de una ciudad sórdida y sucia.
Mientras los amantes simplones que se aparean intentan convencerse de su amor fatuo, busco pequeños cambios de luz, una ráfaga de aire que arrastra un aroma ignoto, polvo extraño en mis zapatos.
No pierdo el tiempo, no me distraigo más de lo estrictamente necesario. No cambio mi solitaria búsqueda por una emoción prostituta.
Pago la mamada y sigo caminando hacia ningún lado, esperando poder resbalar algún día por el extremo de la ecuación y descender al seno de la parábola, allá donde el positivo y el negativo se unen para crear un misterio.
Dicen que es la nada, que es el cero absoluto. No importa, porque de hecho, esto es nada.
Solo atiendo a mi pensamiento, a mi idea.
El tiempo está en mi contra, lo sé. Es algo que ocurre desde el momento que nací.
No es preocupante.

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Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

El tiempo es un disolvente eficaz, lo borra todo.
Lo malo es que no es instantáneo. Es lento como una hepatitis y asistimos con una pena infinita y casi indolora a la dilución de los recuerdos y sentimientos, con la lentitud con la que el cerebro degenera inevitable y patológicamente al llegar a la vejez.
Se desdibuja la infancia y los rostros de los que murieron, tan eficazmente, que se forma una agonía gelatinosa que encoge el alma. Un vértigo lento que hace borrones de los colores y crea cada día un despertar de olvido, o confusión.
O un caos tranquilo y engañoso que nos hace idiotas a la realidad.
(Lo de idiotas no suena rabiosamente dramático ni triste o depresivo; pero la expresión está tan cercana de la humanidad, que es pecado no escribirla. Es quedar incompleto.)
La mezcla de recuerdos y tiempo-aguarrás forma melancolía: agua sucia en las entrañas, que invade pulmones y corazón como un impetuoso torrente de lágrimas. O una risa amarga.
“No te vayas”, le dices a los rostros que desaparecen llevado por la ilusión. Y los pintas de nuevo, solo que mal.
(Hay que tomar clases de dibujo si queremos hacer las cosas bien. Hay gente que enseña por poco dinero, y si pierdes el tiempo olvidando, puedes perderlo pintando bien.
Claro, que siempre se sobreestima al profesorado, algunos pintan realmente mal, y todo porque les han regalado su puesto de docente en un sorteo de productos agrícolas.)
Desde un millón de metros de altura un disolvente nos llueve en la cabeza, y se deshace todo. Se confunden los recuerdos con los sueños… Como los actos de la niñez.
Nos aleja del amor y del afecto reales para hacer un amasijo de los actos que una vez cometimos o simplemente abandonamos. Una amalgama mentirosa, que roba la importancia que tuvieron realmente las vivencias pasadas y crea lo que necesitamos, lo que nos hace sentir bien.
No se puede sostener mucho tiempo la mentira, porque llega el día que ves tu rostro en el espejo, y no eres tú.
Unos recuerdos van cosidos a otros y hay días en los que desaparecen miles de matices. Lo vivido pierde brillo entre una nebulosa de tiempo.
Nos engañamos sin pretenderlo, porque no reconocemos que una vida pueda ser tan plana y mediocre. Necesitamos mantener vivas todas las sensaciones y emociones, fortificar el reducto de la memoria al precio que sea y no perder esa intensidad. E inevitablemente deformamos lo que una vez amamos y lo convertimos en algo que nunca fue.
(El autoengaño emotivo no es delito, es aconsejable para aquellos cuya ilusión es tan banal que se limita a comer, dormir, trabajar y ocasionalmente follar. Ser un buen ciudadano religioso es tener la mente enferma de alucinaciones color rosa y submarinos amarillos.)
En lugar de recordar una madre, recreas una virgen impoluta con un halo dorado en la cabeza. Reconstruimos los rostros a partir de pintura corrida y desleída en una pared negra.
El tiempo hace de los recuerdos delirios, creando imágenes caprichosas y abstractas que son los restos de una pintura salpicada y escurrida en un lienzo mohoso.
El tiempo nos deshace a nosotros mismos ante el espejo, cualquier día al despertar. Y hace la piel translúcida, para que la muerte sepa donde se encuentran todas las venas y cortarlas.
Mirar lo que vivimos a través del tiempo, es como ver nubes y darles formas. Son mentiras, patológicas, mentiras de la supervivencia.
(Margaritas a los cerdos.)
No recuerdo el rostro de mi abuela, no me recuerdo a mí mismo cuando era niño.
Es mejor no contemplar fotografías viejas, forman una ola de tristeza que monta el tiempo a toda velocidad en una tabla de surf, arrasando los momentos felices y los rostros amados y respetados. Una ola tóxica para el ánimo. Sin darnos cuenta, nos hacemos adictos al disolvente y lo respiramos con bolsas de plástico o haciendo hueco con las manos.
Y miramos al sol con los ojos borrosos, con manchas brillantes que ocultan los rostros e inventamos así santos y milagros.
Es indispensable no mirar atrás, porque no seremos estatuas de sal; nos convertiremos en muñecos de trapo vacíos de recuerdos. Tiempos pasados, difuminados. Tachones que no dan brillo a los ojos de cristal, muñecas que ríen siempre muertas, sin ojos y sin brazos…
Es mejor no ser consciente del tiempo. Prestar atención solo los borrones, las ilusiones. Y así, que lo que nos quede de vida la caminemos engañados y felices.
Acuarelas abandonadas en un sótano húmedo de la memoria. Y el tiempo con una mano huesuda y de uñas rotas, salpicando las paredes con un bote de disolvente. ¡Qué hijo puta!
(El tiempo es un antigrafitero.)
No me encolerizo por haber olvidado algunos rostros, no rabio por un dolor pasado.
Golpeo de rabia e impotencia por no poder detener el tiempo, que sin piedad desintegra lo que era real. Es mejor morir rápido, es mejor caminar y perder la vida, como un mecanismo de batería agotada.
Monto en ira por la mierda de cerebro que tengo, no puede con un asqueroso disolvente.
No importa la muerte, importa mantener intacta la memoria, pero es utopía.
(Un día inventarán un chip de la memoria, que nos instalarán en el pescuezo al nacer, como a los perros. No es una gran idea porque pueden haber problemas de alergia y queda un bultito como quiste de grasa; pero lo importante es recordar a quien fue hijoputa y a quien fue buena persona, recordar exactamente sus rostros con todas sus imperfecciones y el movimiento de sus labios unas veces mentirosos y otras amados. Porque la verdad solo los idiotas la dicen.)
El tiempo quiere hacer de mí una estatua hueca.
Y lo consigue, maldita sea…
Es imparable.
Y tal vez, sea mejor así, tal vez sea mejor no recordar que un día fui feliz.
¡Mentira!
Es un engaño de mis neuronas deshaciéndose, es muy posible que nunca haya sido feliz. Es imposible estar seguro de nada cuando el disolvente, deshace las formas. Ya nunca recordaré lo que pensé y sentí.
Observo una foto de mi madre y no la conozco, no es como yo pensaba. Mi padre es más joven, y mi abuela… Vestía de negro siempre, y…
Me acuerdo de sus rostros muertos, la piel del color de la cera blanca; pero sobretodo de los dedos tan quietos…
La gente mueve los dedos quiera o no, eso marca la diferencia entre estar vivo o muerto. Ellos no… Sus dedos eran la muerte más pura, esa quietud de las manos se me quedó grabada en mi cochino cerebro anegado de disolvente y sobrevivió. Hay recuerdos malditos que nada borra.
Los dedos marcan el ritmo del tiempo, de los durmientes y los despiertos. Los dedos son la batuta del director de la orquesta que es el tiempo. Él marca el olvido y el engaño a cada segundo.
Los malos recuerdos permanecen invariables, lo único definido en una memoria con más de dos semanas o con demasiados años, porque el tiempo salpica con su toxicidad a grandes y pequeños.
Y es porque la mierda de la vida no está dibujada con pintura en la memoria, está escarificada con cuchillos y hierros al rojo.
Por eso solo un dolor puede tapar otro dolor, como un tatuaje cubre otro.
Puto tiempo… Me borra hasta el cerebro.
No es un reloj de arena, es un reloj de recuerdos que se pierden en un vacío negro…
Bueno, tampoco mi vida ha sido como para tirar cohetes.
El tiempo también tiene sus cosas buenas, limpia las manchas y nos mata por fin.

 

Iconoclasta
Iconoclasta

El tiempo no es ecuación, ni tampoco es infinito.

No es relativo, es insultantemente obvio y voraz.

Solo existe para destruir la vida y almacenar cuantas imágenes quepan en el cerebro.

Y sin embargo el tiempo es movimiento, es energía. Es paradoja, una broma de mal gusto.

El tiempo se acaba y sin embargo, benditos los que sufren a cada segundo porque su vida se triplica.

Benditos de mierda…

Es frágil el tiempo, un cristal que se rompe en pequeñas partículas (algo cuántico diría un físico, yo digo que es algo simplemente doloroso) a cada instante, al atravesarlo con cada paso, con cada respiración. Las horas se fragmentan en millones de minutos y en trillones de segundos. Todas esas fracciones cortan y erosionan el cuerpo y los ojos. Y así el tiempo también es letal e inicuo para la esperanza. Los pequeños cristales refractan la sangre y le dan un trágico cromatismo a la vida. El sudor a través de su transparencia parece orina, agua engañosamente dorada.

Y mientras se rompe nuestro tiempo, nada ocurre alrededor. Es tan cotidiano como escupir o mear. No es trágico el estallido de un segundo, la metralla del tiempo es indolora por repetición, porque uno se acostumbra a sus cortes desde el nacimiento.

Sin embargo, observas tus manos dañadas, cubiertas de cristales y meditas sobre la cantidad de alegría y dolor que el tiempo aporta. El injusto balance a favor de lo amargo.

Todos esos añicos de horas y segundos son recuerdos; lo que ocurrió un instante atrás. Algunos son más afilados que otros, más hirientes. Pero todos cortan y se clavan.

Es el atributo del vidrio o el tiempo. Sea malo o menos malo.

Hay cristales que vale la pena meterse en los genitales aunque duela y rozarse con ellos hasta sangrar de placer. El cristal guarda la gota de semen, el fluido blanquecino que moja los labios de su coño, suficiente para masturbarse en un brindis al pasado si es necesario.

Mi glande parece una obra Swarovski, su coño una mina de diamantes…

Las pieles destellan por todo ese vidrio clavado en ellas y los amantes suicidas se rozan a pesar del dolor que producen los intensos minutos que se restriegan cortantes por el cuerpo. A pesar de la sangre.

Tal vez por la sangre…

Recogemos lo que podemos, lo que nos queda. Porque una vez fragmentado el tiempo, no hay marcha atrás. No se puede volver.

Entre carne y uña tengo innumerables vidrios incrustados. Mis dedos son vitrales en miniatura de recuerdos arañados a tanto tiempo.

Es imprescindible recoger ese caos de añicos caducos para tener un testimonio de que un día existimos en cierto tiempo y cierto lugar. Las cosas tienden a olvidarse, y los recuerdos de miles de seres se mezclan, esos cristales a veces usurpan sangres que no son las suyas originales; hay tanta mediocridad, que algunos desean los cortantes recuerdos de otros; la envidia forma parte del cristal; es una de sus materias primas como lo es del humano pensamiento.

Es importante vivir con pocos seres alrededor para que no se mezclen nuestros recuerdos con los extraños. Es difícil encontrar algo auténtico y personal entre tanto individuo, cada día más.

A medida que pasa el tiempo…

Hay que evitar que nadie pise lo que un día fuimos y acabe nuestra vida pasada clavada en la suela de un zapato sucia de mierda.

Sería triste ver marchar el pasado pegado en una bota, dan ganas de llorar.

Los hay que no pueden llorar porque no les quedan lágrimas, se han secado por un exceso de minutos. Es bueno meterse un trozo de tiempo-vidrio bajo el párpado para estimular su secreción.

Hay a quien se los metería en el culo.

El tiempo se hace añicos para convertirse en el beso más deseado, en la cuchillada más dolorosa… El tiempo es un hijo y un amante. Tiempo es sonrisa y llanto y son unos brazos en cruz bajo la lluvia.

Vale la pena destrozarse las uñas para mantener la memoria. Una vez muertos, no habrá más cristal que romper, no quedará nada de nosotros salvo esos vidrios cuánticos sin dueño regando el planeta; no debemos abandonar u olvidar lo que aconteció. Nuestro tiempo se acorta a cada milisegundo.

Si uno se fija bien, las horas son una lluvia de muy sutiles cambios; pero desgarradoramente notables cuando sangran nuestros dedos acariciando los cristales del pasado haciéndonos conscientes de lo erosionada que está la piel y el alma.

El presente solo adquiere movimiento y vida, porque hay precedentes con los que cotejarlo.

Es bueno, es fascinante ver caer el tiempo hecho añicos como las lágrimas de una lámpara de cristal. Saber que cada segundo es un cúmulo de cristales que estallan en una dimensión fundida e integrada en nuestra realidad, sin dolor; pero con esa inconfundible e irracional melancolía que da la certeza de que no volverán los buenos tiempos y los que nos esperan, puede que no sean tan felices. Tal vez no valga la pena destrozarse los dedos y las uñas para seguir recogiendo los fragmentos del pasado.

Aún así, mientras hay tiempo, hay esperanza de que algo nos sorprenda y con un cristal clavado en la palma de la mano, esperamos recoger uno mejor, tal vez un diamante. No es tarde para la esperanza comedida.

Un diamante es una buena pieza para morir con una sonrisa.

Iconoclasta

Triojidanius observa el cosmos desde el asiento de vigía de la antena de comunicaciones.

Un pequeño asteroide pasa veloz trazando una estela plateada a medio millón de kilómetros al este de la nave, provocando con su turbulencia una corriente de gases inertes que agita sus antenas, formando pequeñas gotas de hielo de amoníaco en su exoesqueleto verdinegro. Acaba de despertar de su periodo de descanso.

Necesitaba salir al espacio exterior antes de proseguir con su trabajo en la estación orbital y sentarse frente al acuocular del arqueotelescopio. Le gusta sentir el frío del vacío en su recubrimiento queratinoso antes de trabajar. Sus mandíbulas enormes y fragmentadas en tres piezas, se abren y cierran dando chasquidos que no se propagan por el espacio, expulsando una baba espesa que se convierte en filamentos que no llegan a congelarse; una telaraña caótica que avanza ondulándose como las medusas en el mar. A su mente llega el pensamiento de su pareja, en la estación. La hembra provoca impulsos eléctricos en sus antenas: es hora de empezar a trabajar.

Antes de pulsar la liberación del cinturón de sujeción del asiento y desplegar sus élitros de quince metros de envergadura, gira su cabeza ciento ochenta grados con lentitud y los dos puntos negros de sus enormes ojos verdes intentan adentrarse más allá de la cosmogonía del Primigenio Artrópodo. Conoce bien aquel conjunto de planetas y las inusitadas ondas psico-luminiscentes que de allí proceden, traduciéndose en imágenes y sensaciones que le contagian algo que no puede definir; pero provoca que hiera sus ojos al acariciarlos con sus patas erizadas de púas para calmar cierta ansiedad. Cierta pena. Las lágrimas, siempre se contagian aunque no se tengan glándulas lagrimales.

El humano piensa a menudo en ello: en penas y alegrías; pero sobre todo en la melancolía. No entiende sus palabras, no puede asimilar ningún lenguaje; pero los artropocarios son excelentes analizando y decodificando las ondas mentales de cualquier ser del universo. Mimetizándose con los estados de ánimo ajenos, es la única forma de entenderlos.

Cuando accede al interior de la nave por la esclusa, la hembra lo recibe lanzándole sus peligrosas patas como amenaza por su demora. Sus mandíbulas se mueven veloces provocando un chirrido agudo que rebota por el metal de la nave molestando el único oído de su tórax.

Toma asiento en la espaciosa y enorme sala del observatorio. La hembra empuja el acuocular hacia a su ojo izquierdo hasta aplastarlo. Es un momento de dolor que dura un segundo, luego llega la imagen y las emociones.

Sus antenas han dejado de percibir lo que le rodea para centrarse en las imágenes y datos del programa. Se agitan espasmódicamente ante la intensidad de la información que recibe. Su ojo libre parece muerto, la niña ha quedado en la base del ojo, descolgada. Como la de un muñeco roto.

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Es hora de sentarse cómodamente en el sillón, la digestión pasa factura y los párpados pesan como grandes cortinajes de grueso terciopelo granate. No hay cansancio solo un atávico sueño de cuando éramos cazadores. El reposo del guerrero; un premio que se ofrece a si mismo.

Es tiempo de no hacer nada.

Se abandona totalmente, el pene se siente libre. El placer de una erección lo hunde en el sopor con sensualidad. El televisor habla de noticias que no le importan y aunque le importaran, carece ya de voluntad para prestarles atención.

Es su armonía y ninguna desgracia, alegría o anécdota extraña a él puede romperla. Es su tiempo, sus sentidos no permiten interferencia alguna.

Hay una creciente sensación de melancolía, es dulce y evoca paz. Hundiéndose en el sueño araña esa emoción intentando descubrir que hay tras ella, intentando frenar el descenso a la inconsciencia.

Descubrir el génesis.

La historia de esa deliciosa inquietud.

No quiere esforzarse en entender, porque lo racional mata la magia. La ansiedad le haría salir del cálido sopor.

Siempre es delicada y efímera la calma.

Esa dulce añoranza de un equilibrio desconocido le hace pensar que todo estuvo bien, que todo está bien. Da importancia a la vida.

La hace perfecta.

Se rebela ante el sueño, no quiere dormir más profundamente, teme perder la paz, necesita estar en la frontera de lo onírico y la realidad. Desespera por identificar qué momento de su vida es la causa de esa dicha y pedir a los dioses que lo guíen. No se permite llorar.

Necesita conocer el origen para repetirlo, para disfrutarlo en toda su magnitud y no pensar que es una alucinación. Para seguir así siempre.

En un susurro inaudible, le ruega a su cerebro que lo guíe, que lo lleve al recuerdo certero que lo explique todo.

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El humano está en paz y le proporciona equilibrio. Sus antenas se agitan suavemente, al ritmo de una música serena, sin que se dé cuenta. Sin música.

La hembra recoge los restos de su baba que rocían algunos de los controles secundarios del arqueotelescopio y le mete en la boca uno de sus hijos que recientemente ha salido del huevo, de los miles de huevos que tienen en la bodega de la estación. Triojidanius se lo come involuntariamente y los pequeños chirridos de la cría no producen efecto alguno en los dos adultos. El arqueotelescopio se alimenta de ellos y es necesario mantener un alimento constante en el operador durante la prospección psico-luminiscente del sujeto que estudian.

Geneva revisa las constantes vitales de Triojidanius en el monitor, verifica la correcta grabación de la sesión. Luego, sin novedades, queda inmóvil al costado de su pareja, con el abdomen paralelo al suelo y sus peligrosas patas plegadas en oración. Su mirada es hostil y observa el espacio a través de la panorámica cristalera de la nave.

Existe más de un millar de estaciones espaciales operando con arqueotelescopios. La misión es comprender el funcionamiento cerebral y nervioso de los humanos para una próxima invasión. Su enorme planeta Mantis Plata se ha agotado y el nivel de canibalismo entre la población hace peligrar la especie.

El arqueotelescopio indaga en la luz que viaja a través del infinito; la luz de cada lugar y tiempo tiene su propia frecuencia propagándose en forma de cintas invisibles por el espacio, mostrando la historia íntegra del universo. Hay lugares del cosmos donde las mezclas de gases sirven de reflejo y pantalla para la luz. Ahí enfoca el arqueotelescopio. Este equipo puede viajar a través de esa luz, descubriendo el pasado. Es la máquina del tiempo que tanto soñaron muchas civilizaciones, solo que el futuro no existe.

No hay nada más rápido que la vida. No hay rastro más perenne que el de la muerte.

Los extraños cerebros artropocarios procesan la información para su visualización y análisis. Son predadores hostiles cuya única misión es vivir como sea y donde sea.

En función del origen de la luz, se puede conocer su edad. Triojidanius está analizando a un individuo que vivió hace mil doscientos años en el planeta Tierra. Suficiente para conocer con seguridad la naturaleza humana actual, ya que en un milenio, apenas hay evoluciones notables en las especies.

El humano transmitió potentes ondas psico-luminiscentes que entran como un estilete por su ojo dejando una brecha abierta de recuerdos confusos. Está zarandeado dulcemente por la melancolía que embarga a su espécimen.

Solo que él sí puede conocer el origen, retrocediendo en la frecuencia, en el tiempo. Un rastreo de ondas coincidentes a lo largo de cincuenta años no dura más de medio minuto.

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Con calma, evitando premura como tantas otras veces, indaga en sus recuerdos sonriendo para si. No hay prisa y le pide a su cerebro que abra archivos, que los mueva a zonas más visibles y accesibles. Nunca lo consigue, el cuerpo se relaja demasiado, se sume en el puro sueño con felicidad y cuando despierta, esa paz es solo un recuerdo amable. ¿Dónde te escondes, paz mía?

Se levanta del sillón con esfuerzo. Su brazo enfermo le duele de tanto que ha trabajado y de una infección que le está robando la vida. Es hora de pasear, de distraer el pensamiento. De buscar paz mientras muere de una infección que nadie le puede curar. De una gangrena que avanza imparable desde que la sierra eléctrica quebró su hueso con un estruendo de dolor tras arrancarle la carne. Los antibióticos le cansan, le mantienen vivo; pero el pus es imparable y el vendaje de su brazo por las noches, huele igual de mal que el primer día.

Se acabó la armonía por hoy. Es hora de seguir muriendo. A veces no puede creerse que vaya a morir por algo así. No tiene miedo, ya solo queda la curiosidad.

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Ha dirigido el foco del arqueotelescopio unas nanomicras de segundo desplazadas de los cincuenta años del humano. Encuentra una coincidencia en la subfrecuencia. Es el mismo hombre, veinte años más tarde.

Se encuentra trabajando y al igual que hoy, se siente tranquilo, en paz. Trabaja sin pensar en preocupaciones, dentro de unos minutos acabará su jornada y saldrá a la calle contento: tiene trabajo, gana suficiente dinero para permitirse vivir con holgura y además goza de cierto carisma en su puesto de trabajo.

Se dice que todo irá bien, ha llegado su momento como solía decir su padre. Jamás se estropeará, ha trabajado demasiado. Ha sido engañado y defraudado demasiadas veces y cuando te topas con la verdad, la reconoces.

Todo irá bien, se dice para sí mismo encendiéndose el último cigarro de la jornada en el taller. No tiene prisa por salir de allí, está bien.

Que todo irá bien ha sido una afirmación contundente, no hay asomo alguno de consuelo, no hay duda. Es la ley más rotunda del universo.

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El cerebro de Triojidanius ha detectado el nexo, el recuerdo. El origen de la melancolía. Y lo que es más, ha dado con un pequeño puente de luz fino como el filamento de una lámpara que une las dos épocas del individuo. El pensamiento, la verdad del hombre joven, saltó treinta años adelante. Algo de paz desde el pasado, cuando más lo necesita.

La emoción lo embarga y transmite a Geneva su necesidad de descansar. Se siente bien, como el descubridor de un tesoro. El investigador que ha encontrado uno de los secretos más importantes de su vida.

Geneva retira el acuocular de su rostro.

Se levanta del asiento y abre sus élitros en un abanico agresivo para desperezarse, la hembra da un paso atrás haciendo chirriar sus mandíbulas.

Antes de salir al espacio exterior, se dirige a la bodega y devora cuarenta huevos con glotonería.

Después de tres horas en la estación, el paisaje ha cambiado. Ahora dos soles lucen al este y al oeste, dando sensación de calor en el vacío si ello es posible. Su cuerpo crea dos sombras en el fuselaje de la estación espacial.

Todo irá bien es la emoción que reproduce su pensamiento una y otra vez.

En lugar de sentarse en el asiento del vigía como hace unas horas, su pata se abraza a uno de los cables de comunicaciones para evitar que una corriente cósmica lo arrastre, dejando que el cuerpo sea mecido por la nada. Mientras tanto, su sistema nervioso central crea ondas eléctricas que relajan su cuerpo y su pensamiento.

Y piensa en la luz, en la vida, en la muerte y en la paz que se encuentra tan escondida y es tan sencilla. Chasca sus mandíbulas y otra telaraña de baba queda suspendida en lo negro del universo. Tampoco es una maravilla, el cosmos tiene desperdicios. No hay nada perfecto, salvo la luz que lo transmite todo.

Que nos hace eternos.

Geneva vuelve a transmitir prisa a sus antenas: hay trabajo, ya ha descansado suficiente. Es hora de enviar los resultados del día.

Con pereza se desprende del cable al que se sujeta y abre sus élitros para planear hacia la esclusa. Los ojos enormes y hostiles de la hembra lo miran a través de la escotilla con acritud.

De nuevo siente su ojo reventar, el programa entra como una descarga a través del mismo, cargándose en el sistema nervioso y convirtiendo sus patas en los controles virtuales más importantes del equipo de prospección arqueóloga-cósmica. Las antenas vuelven a transmitir datos al banco informático. Avanza el control de la psico-luminiscencia; en respuesta el arqueotelescopio enfoca un día más adelante en la vida del hombre mayor; con el puntero, empuja el pequeño filamento de luz entre el pasado y el presente del hombre para avanzarlo la milésima parte de un nanosegundo tras hacer zoom en la escala para obtener mayor precisión.

Geneva observa el monitor sin interés, siente emociones extrañas que provienen de su pareja; se ha contaminado de alguna luz extraña.

Mueve sus mandíbulas con malhumor e impaciencia. De la central de Datos Psico-Lumínicos, se les exige el envío de los datos procesados. Es tarde. Golpea la cabeza de Triojidamius con una pata para que se apresure en su trabajo.

Triojidamius parece no sentir nada, está inmerso en el hombre que tras comer, se sienta para hacer una pequeña siesta y buscar la armonía. Su brazo luce un nuevo vendaje limpio.

Hace miles de años, hace distancias de eones que su vida se propaga por el espacio. ¿Alguien lo observa a él también?

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Fumando aún recuerda las palabras de ánimo del médico “Esto cada vez está mejor”; pero la forma en la que arruga la nariz ante el olor y la mirada de preocupación que le dedica a la herida tras sacar el vendaje viejo, lo desmiente. En secreto le agradece los ánimos y que le duplique la dosis de antibiótico.

Cierra los ojos, el televisor funciona a bajo volumen como siempre, le gusta porque parece el murmullo de quien habla de un secreto.

Una canción de repente le eriza la piel: Speed of Sound. Están emitiendo el video de Coldplay. Como si un fusible se hubiera repuesto, como si su cerebro hubiera abierto un archivo recóndito por fin; así actúa la música en todo su ser.

Ha de haber algún acorde musical que emociona a sus torpes oídos en esa canción; sus pies subidos encima de una silla siguen el ritmo. Eso no importa, porque todo está bien, aunque se muera.

La añoranza es ahora alegría y emoción. La música es la banda sonora de la comprensión y la respuesta se expone tan clara y sencilla…

Por fin lo entiende, lo identifica, lo sabe.

Había mucho tiempo sepultando el mensaje, cubriéndolo de otros actos. Veinte años representa un trillón de cosas hechas, sueños y pesadillas. Estratos arqueológicos de una vida que es larga o corta en función del grado de placer o sufrimiento.

Variable…

El recuerdo se abre instantáneamente. Es inmediato y siente que su corazón se desboca. Se incorpora en el sillón y sube el volumen del televisor, Speed of Sound atruena en el salón llenándolo todo, las vibraciones duelen en su hueso infectado, cosa que no le molesta demasiado.

Se ve a si mismo cuando era más joven, veinte años atrás. Recuerda con precisión aquel momento en el que se encontraba trabajando. Se dijo que ya lo había logrado. A partir de entonces todo sería fácil.

Estaba cableando las mamparas de aluminio y cristal que formaban los cubículos de la empresa en la que trabajaba. Lo hacía a gusto, se sentía en su momento.

Aquel día no ocurrió nada especial, simplemente lo supo: había configurado su vida, se encontraba en fase de expansión. No dependía de nadie ni de nada, solo de él mismo, su fuerza y valor.

En ese instante afirmó ser el hombre completo, sin miedo y con más fuerza que conociera jamás. “Todo irá bien”, afirmó al universo.

Y ahora, con cincuenta años, sabe que le debe un abrazo a aquel hombre más joven. Reconoce que le debe el mensaje de fuerza y ánimo. La convicción que lo ha llevado hasta aquí.

Tenía razón, todo ha ido bien, incluso ahora que muere. No ha necesitado jamás de nadie, todo ha sido producto de su voluntad y esfuerzo.

Ahora sí que llora, porque desespera por viajar al pasado para abrazar a aquel hombre que lo ha convertido en lo que es hoy.

Lo tiene dentro, lo saluda.

Por fin nos vemos, joven amigo. Te debo la vida toda.

Y te aseguro, que todo seguirá bien.

Tenía la razón, la suprema razón.

Le envía besos a su interior, a esa imagen cuasi onírica que era él de joven.

Aquel día, con aquella fuerza impresionante, envió a través del tiempo su mensaje de seguridad. Qué cojones tuvo…

La canción ha acabado en la televisión; pero su corazón y su ánimo continúan el ritmo.

Antes de levantarse del sillón, se enciende otro cigarrillo. Levanta la tapa del portátil y busca en internet la canción de Coldplay para reproducirla de nuevo.

En la cocina escoge un afilado cuchillo, sin vacilar clava la punta en la vena del codo prolongando el corte hasta el antebrazo para que la sangre mane regular y abundantemente. Para que la vena se abra como se ha abierto su mente.

Sigue fumando el cigarrillo con los dedos manchados de sangre.

Todo irá bien, mi amigo, no dejaremos que nada de lo que hiciste con todo tu esfuerzo degenere en un final deprimente; no moriremos así, con un largo sufrimiento, tristes y sin ánimos. Tenías razón, todo ha ido bien y es imposible que nada pueda salir mal.

Un abrazo, jefe.

Recuerdo nuestra camisa azul de trabajo abotonada hasta el cuello por presumir. El bolsillo lleno de bolígrafos, destornilladores y una libreta de notas. Así me acuerdo frente al espejo aquel día antes de acabar la jornada. Estábamos guapos iluminados por la seguridad y la fuerza.

No lo permitiremos. No lo permitiré, hoy es mi responsabilidad, hoy demostraré la valentía que tú me diste.

Tal vez algún ser de una galaxia lejana, nos observará felices dentro de cien millones de años a través de su arqueotelescopio cósmico de óptica plasmática.

El hombre se marea por la hemorragia. Al cabo de unos minutos cae al suelo, el cigarrillo se apaga crepitando en el charco de sangre que se ha formado en la cocina. La sangre mana ya más lenta, como su respiración, como el pus que mancha el vendaje.

Fin de la vida, fin de la transmisión.

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Triojidamius ha enviado las imágenes al banco de datos, trabajo realizado.

Geneva retira de su cara el acuocular.

Se siente bien, se siente cargado de fuerza, casi de alegría.

Todo ese cariño hacia un recuerdo…

Cuanto valor tiene la vida…

No imaginaba que pudiera haber agradecimiento hacia una edad pasada. Lo importante que es el pasado para el presente.

El tiempo nos hace desconocidos de nosotros mismos.

Le duele el ojo, todo a de ir bien. Se han filtrado emociones en su sistema nervioso que no debieran estar. Geneva lo mira con extrañeza, con sus patas delanteras moviéndose nerviosas.

Él no quiere que nada vaya mal, ha aprendido.

Salta sobre Geneva, sobre su espalda para penetrarla.

Geneva intenta zafarse de su embestida; pero él es más poderoso y da inicio la cópula. Ante lo inevitable, la hembra adopta una actitud pasiva y estática esperando que el macho se derrame.

Llega el orgasmo; da un adiós a la vida cuando la hembra gira la cabeza ciento ochenta grados hacia él. Ha apresado su cabeza para devorarlo durante la parálisis que le da el orgasmo. Su mandíbula cruje entre las fauces de Geneva.

Está muriendo en paz, sabiendo que en lo que restaba de su insectora vida, jamás hubiera podido experimentar algo así. La valentía, el honor, la fuerza… Ha aprendido que es bueno morir bien.

Es hora de convertirse en un buen recuerdo.

Tal vez, dentro de mil años, alguien lo admire desde un arqueotelescopio más cómodo, donde nadie te tenga que aplastar el ojo para realizar tu trabajo.

La hembra ya ha devorado sus mandíbulas y ahora, cuando le arranca uno de los ojos, Triojidamius asegura al universo por medio de sus antenas, que nada puede salir mal.

Geneva deja caer el gigantesco cuerpo decapitado al suelo y lo transporta arrastrándolo hasta la bodega, para que se alimenten de él las crías que están naciendo.

Es hora de descansar de seguir existiendo sin demasiado interés.

Sus antenas reciben el mensaje de que un nuevo operador viene en camino. Aunque no recuerda porque.

Iconoclasta

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