Tengo un tic nervioso, un Pinocho inquieto en la bragueta. No me creas banal o vulgar, solo es obscenidad, sincera lascivia. Soy viejo como el mar y la ingenuidad es un cadáver entre los huevos.
Una usual calentura, un cipote de madera ardiente. Un infierno en los cojones, una leche como lava.
Ni por un momento pienses que es defecto de fábrica o de un Gepetto senil, acabado. Acepta tu responsabilidad, amor.
No crece la nariz con mentiras, ocurre con tan solo un aleteo de tus pestañas, solo con una mirada tuya, mi puta. Ante ti, diosa del alma y la carne plena de sangre pulsante, pudiera parecer que miento; pero solo rabio de deseo.
Mi hada azul de destellos húmedos y regueros blancos en tus recónditos muslos… No es por mentir el Pinocho inquieto, cielo. Simplemente una lógica indecencia de tal magnitud que el universo mira a otro lado con una tos de embarazo.
Eres un maravilloso accidente en mi vida. Y te llamo accidente por lo sorprendentemente fácil que es amarte; como caer por un tropiezo y darse cuenta de que estás perdidamente enamorado. De la forma más ilógica e inmadura. Si tú eres un accidente elegante, ingenioso, irónico (cómo me haces reír), con unas sofisticadas clavículas y unos pechos hermosos y lamibles. Yo me siento como una piedra en tu camino. O en tu zapato, irritantemente adentro (es mi fetichismo). Y siento mucha angustia, temo por ti, por tu salud. ¿Y si tienes un agresivo astigmatismo, miopía o alguna patología como un absurdo daltonismo que en vez de cambiar los colores, cambia las formas y los rostros? No creas que pretendo cuidar tu salud. Te quiero enferma si ese fuera el caso. Deseo que sigas viendo lo que no soy, que mi vejez y decrepitud sigan ocultas a tu amor. Ruego porque jamás acudas al oftalmólogo. O al psiquiatra, aunque sea más grave. Si pudiera, te mantendría engañada todo lo que me queda de vida. Porque si te pierdo ¿qué me queda? Este egoísmo mío es una lógica secuela del accidente que representas para mí. De amarte. Y constituye una constante lucha por reparar este engaño al que estás sometida. Temo algún día estropearlo todo y ser sincero. Llevarte yo mismo al oftalmólogo. No puedo reprimir estos accesos de ética que me sobrevienen. Temo clavarme yo mismo el puñal y perderte. Aunque también existe la posibilidad de que esté loco y tú no me ames. Tú no existas. Entonces no te haría daño, no tendría la pesada carga de tenerte engañada. Mi locura es la única posibilidad para seguir siendo tu piedra, solo a mí corresponde concertar cita con el especialista. Así que no puedo ni quiero reparar este hermoso accidente, mi amor. No sé si estoy loco o tú estás ciega, pero el mundo está bien así. Te amo, bella miope.
Nadie sabe nada de nadie. Y por suerte es innecesario ese saber. Habitualmente, cuanto más sabes menos te gusta. Mejor no preguntar. Mejor aún, callar. Callar está bien, es relajante, te libera de presiones, te hace indiferente a todo. Y el pensamiento se inquieta menos. Y por eso ocurre que, cuando una simple brisa me acaricia la piel, los brazos, el rostro sudoroso, la espalda al filtrarse el aire fresco juguetonamente por entre la tela; de una forma instintiva pienso que es un consuelo. El planeta, su departamento del cariño, me dice que ya está, que todo fluye en la dirección adecuada, que me abandone a ella. Que descanse. Y es tan agradable y sensual la caricia, que se me pierde un latido cuando demasiado relajo incluso el corazón. Has de hacer las cosas bien, el follar o el matar, el trabajo o el reposo. Por eso me quedo en equilibrio al filo de la muerte y la vida cuando la brisa susurra ternuras en mi carne. Sería el mejor momento de mi vida para morir. Tranquilo, sereno, satisfecho, incluso feliz. Sin cansancio, solo porque ya está todo hecho; o dulcemente vivir. Así… Cierro los ojos para ver la luz dentro de mí. Siempre almacenamos un poco de sol aunque no queramos. Cualquiera que ha vivido momentos de hermosa soledad e intimidad lo sabe. Imagino que esa luz sirve para no perdernos dentro de nosotros. Saber que aún estamos vivos cuando desparecemos tan plácidamente la faz de la tierra al meternos dentro de nos. Tan plácidamente como yo escribo esto, sin ser consciente si estoy dentro o fuera de mí. Si acaso, solo el movimiento de los vellos de mis brazos, me indica que mi cuerpo está allá fuera. Que aún siente la caricia del departamento planetario del cariño. Puedo seguir un rato tranquilo, si le ocurre algo malo a mi piel lo sabré. Que me quede dentro de mí, si me place; me dice la brisa. Tranquilo, pasará lo que deba, susurra con un cariño. Y me quedo.
Siempre solo y con placer: un servidor (no sé quién soy, mejor no preguntes).
P.S.: No tardo, cielo, sabes que no puedo estar mucho tiempo sin ti.
¿Me creerías si te confieso que no soy un dios? No soy de tu estirpe, mi hermosa divinidad. ¿De qué parte del universo llegaste en tu nave invisible? No sé qué hago a tu lado, cuando de repente apareces cabalgando un rayo de luz. Amándote y soportando titánicamente el peso de tu amor. Los huesos parecen partirse, estallar como troncos de madera podrida con un golpe cuando pienso en tu rostro y en tu boca que me come, me absorbe, me arranca el alma que ahora sé que es blanca como la leche. No sé cómo ocurrió, por qué motivo te enamoraste de mí, es absurdo… Tal vez el error de una diosa que erró su rumbo interestelar. O es tu juego. Tu capricho divino. Un coño palpitante y hambriento que viaja milenariamente en el espacio-tiempo… No sé, no entiendo, no comprendo. Pero no soy como tú. El peso de tu amor es abrumador y siento que he usurpado un lugar y un tiempo que no me corresponden. ¿Y si descubres que soy un mierda? Lo sabes, ¿verdad? Debe ser tu misión: observar fascinada (porque tu sonrisa es celestial y cósmica, una piedad dolorosa) la sordidez de mi vida acariciándote ese inmenso clítoris que llena mi boca hasta la asfixia, destilando un néctar denso y dulzón en mi lengua, en mis labios. En mis cojones que me duelen. Hasta que tus dedos los consuelan. Lanza un rayo protónico divino y mata al humano obsceno que ha hecho un altar para ti en su sucia y triste habitación, donde se masturba con gritos cuando no te manifiestas. Que al despertar se levanta pisando infecciosas jeringuillas sucias de sangre y caballo. Tengo tanto alcohol en la sangre que temo arder cuando enciendo la pipa de crack. Busco putas para humillarme, para ser indigno de ti y me abandones. Y si me abandonaras, me abriría los muslos desde las ingles verticalmente para desangrarme en un instante cuántico… No puedo evitarlo, les clavo la navaja en la nuca cuando me comen la polla. Mueren como los toros en el descabello, quedan inmóviles con este rabo que es tuyo en la boca y luego, mutilo sus cuerpos mortales; sus pezones no son como los tuyos. Y odio todo lo que no es tú. Sus coños están tan secos que me duele cuando las jodo. Coños de madera astillada que gotean la sangre de mi glande lacerado… No soy un dios y el problema es que para merecerte no debo solo parecerlo, debo evolucionar a una deidad maligna que elige quien vive y quien muere. Tú la diosa cosmonauta del amor y yo el divino de la muerte, solo así podría soportar el tormento de amarte. Formaremos el Olimpo más sórdido y obsceno desde la creación del mundo. ¿Cuántos insignificantes mortales como yo tendré que sacrificar para ser como tú? ¿Cómo si no, se hace dios un mierda? Amarte, siendo solo lo que ves, me está llevando a la desintegración. Y tal vez es tarde ¿verdad? Tienes los datos, ahora ya sabes lo que dura un humano entre tus brazos. Te irás en ese rayo de luz para siempre. Puta diosa, te amo más que al jaco que pudre mi sangre. Siempre fue tarde para mí ¿verdad?
El amor es una dulce desintegración. Se desgastan las pieles, los labios y el alma misma con el íntimo roce de los amantes, a veces sereno, a veces embravecido. Lo que resulta realmente extraño es que los amantes sigan existiendo a pesar de la eternidad que acumulan en su sensual y carnal desgaste. ¡Qué valientes! ¡Qué recios! Qué locos los amantes que como a los arrecifes, las olas del amor erosionan. Y el mundo se desmorona a su alrededor sin que les importe.
Hay un vientre sacudido por espasmos, los ecos de un placer que suben desde el coño como latigazos lascivos, sin penitencias que alegar. Sincronizados con mi lengua, con mis dedos y mi pene hambriento. Desbocada, maltrata con paroxismo el clítoris ante mí, retándome a que sea tan brutal como ella consigo misma. La quiere más adentro, más fuerte. Que le reviente ese coño ardiente gritan sus dedos chapoteando, rozando mi puta verga que trabaja como un pistón; que a duras penas puede contener un semen que hierve y pulsa doliente dentro de la dura carne. ¿Cómo es posible que el deseo sea tan líquido? Pienso cuando el glande es acariciado por los mojados y resbaladizos labios de su coño. La primera lefa la escupo en su monte de Venus, y le salpica el vientre. Luego la violo con fuerza, y descargo. Cierra las piernas en torno a mi cintura y clava los talones en mis nalgas para meterme en lo más profundo de su vagina que se contrae con fuerza, lo noto en mi pijo que revienta allí dentro aprisionado. Y ahí me quedo intentando respirar. Ella inmóvil, aún aprisionándome, se asegura de que el vaciado sea perfecto. Me libera y me aparta casi con desdén, se acaricia perezosamente añorando lo que ocurrió hace unos segundos, y el semen se derrama dulcemente por sus dedos. Un último gemido y se gira de lado en la cama, dándome la espalda. Le gusta hacerme sentir como un esclavo sexual. Por favor… Está preciosa. Pero yo también soy cruel, me acuesto pegándome a ella. Con el pene más relajado, con restos de un semen ya frío rozo sus nalgas. – ¡Cabrón! –e intenta separarse de mí; pero no la dejo, le muerdo y beso la nuca porque me la comería, y ella patea para alejarse. Con la boca llena de su pelo farfullo algo que la hace reír. –Un día te la arranco– dice apresando con fuerza la fláccida polla y limpia su mano de semen en mi cara con una risotada. Y no dejo de maravillarme de que tras toda esa obscena lujuria, pueda luego surgir un par de adultos traviesos que al final, desembocan hacia una ternura inaudita. Solo deseo que como amante o adulto travieso, que mis mañanas amanezcan con ella, aunque esté en la cocina haciendo el café para su macho. Bueno, cuando le digo lo del café, me dice no sé qué de mi madre. Y entonces soy yo el que lanza una risotada.
No tengo claro cuanta vida consume el amor. ¿Y si es al contrario? Que sea la vida la que desgasta el amor. Entonces también cabría preguntarse: ¿Cuánta vida consume la búsqueda del amor? Sea como sea, has de ser muy cauto cuando juras que la amarás por toda la eternidad. Y también debes preguntarte, dado el caso: ¿Qué clase de amor es el que no puedes jurarlo eternamente? Es una mierda de amor. No seas estúpido, ama con pasión, sin razonar; porque de lo contrario estropearás una de las cosas más bellas de la vida. Y que pase lo que quiera. Tú, ámala. No tienes otra opción. No tienes otra cosa que hacer más digna. Cuando todo deba ir mal, cuando se rompa, llora. Y desgástate buscando otro amor. Consume la vida en la búsqueda de la belleza. Además, te distraerá de la muerte que te pisa los talones.
El amor es la partícula más pequeña del universo. Tiene que serlo… El amor penetra en el corazón, el cerebro, el estómago… Y en el vientre, porque al sentirlo te doblas. Es una partícula microscópica que se filtra por los intersticios epidérmicos y viaja hacia el corazón, el cerebro y el aparato digestivo. Y se enquista en el pensamiento, en el ritmo cardíaco y en las entrañas provocando un vértigo. Se aloja en los pulmones, por ello suspiran los amantes, pareciendo que están cansados, derrotados. A la fuerza tiene que ser muy pequeño el amor. Solo puede ser atómico o molecular para llegar a lo más profundo. Escribiría “te amo” en lo más íntimo de tus muslos con letra microscópica para que las palabras entren en tu sangre. Escribiendo cerca de tu coño para mortificarte, alargando la escritura hasta que mojes y emborrones las nano palabras de amor y deseo. Una gota infinitesimal de tinta cae en el papel en el que te busco y te pienso, como una lágrima negra inevitable. Y un semen que muere enfriándose en las sábanas que no tienen tu forma ni calor en mis amaneceres. Así es la metástasis del amor. Es tonto decirlo; pero lo que no amabas no dolía, no duele. Sin ti hay dolor, y eres la radiación que necesito. He mutado, ahora soy un simbionte de ti. No sé dónde empiezo yo y dónde tú dentro de mí.
Una vez te escuché, y te amé. Otra vez reíste, y te amé. Otra te besé y te amé con la boca abierta como si fueras aire. Una vez jadeaste cuando estaba dentro de ti, y te amé con la furia atávica del celo animal. ¿Te acuerdas cuando estornudaste? Pues te amé. Una vez me acariciaste y te rogué que no pararas. Y definitivamente te amé. Aquel día tardaste demasiado en llegar a casa y añorándote te amé. Hiciste un plato de lentejas del carajo, no sabían a nada. Te amé más que a mi puta vida. Y aquella vez que me rompí, mis trozos te amaban. Las paredes estaban podridas y los grandes gusanos corrían horizontalmente por su interior, abultaban la pared en ráfagas veloces y temía que salieran. Me despertaste: ¡Pablo… Despierta! Y te amé con el corazón desbocado. Cada gesto, acto o palabra que realizas, es una razón para amarte. Descubrir algo nuevo de ti, es una nueva razón para amarte. Y todo parece indicar que irá a peor, que me faltará vida para amarte en la totalidad de ti. Una vez concluí que eras inabarcable y te amé. Hace unos segundos escribí de ti, y te amé.
Es sorprendente su ímpetu y entusiasmo al recibir el nuevo día hablando, cantando, riendo… Amanece cuando ella abre los ojos, aunque el sol lleve horas calcinando las pieles. Amanece cuando inunda con su voz mi mundo, que está en ella. Literalmente, cuando ella amanece se rasgan mis tinieblas. Y el sol siente que no ha hecho bien su trabajo.