Una vez hayas descubierto tu vida antes de conocer el amor; porque el amor quieras que no, te da cierta perspectiva de tu vida anterior de la que carecías. Y si tenías alguna, estaba equivocada. Pues eso, cuando sepas como eras antes de conocer el amor, echarás de menos aquella inocencia de sentirte felizmente ignorado. Y no habrá vuelta atrás, el oráculo habrá profetizado y mejor no pienses demasiado en los tiempos felices. Os pasa a casi todos.
Llora perdida e irremediablemente ante el espejo del armario. Jaime se ha derrumbado en la cama aún vestido, el calor del verano y el dolor mudo de una hija ya definitivamente arrancada de sus vidas crean una atmósfera tan densa que los movimientos se dificultan y literalmente, sienten que respirar es una guerra. Silvia se desprende del suéter oscuro ante el espejo; pero realmente observa angustiada un ataúd pequeño y blanco empujado con una pala a lo profundo del nicho por el albañil sepulturero. Y su alma emparedada con su hija allá adentro. Está vacía de todo, lo dice su reflejo. Las lágrimas corren porque se está licuando toda ella, sus tripas son un aceite caliente. El dolor está allá dentro en la oscuridad del nicho que radia su mal a través del aire, como un cordón umbilical podrido. Su propio reflejo es una imagen subexpuesta, una mirada enferma de conjuntivitis. Cuando los sepultureros sellaron la losa con el cemento, también oscurecieron la vida. Se oscureció todo con un definitivo eclipse. Jaime observa su espalda trémula, los tirantes del sujetador negro asemejan un arnés de seguridad para no caer en el abismo de ese llanto venenoso y quedo, de baja frecuencia que lo rompe todo, el ánimo y la cordura; como un terremoto. Silvia es una mujer infinita, se enamoró de ella hace catorce años, ante su seguridad, su fortaleza de convicciones inquebrantables, de su infatigable lucha por vivir y disfrutar. De sus tacones que pisaban fuerte a pesar de ser agujas. Es infinita porque se rehace de los golpes que le da la vida, porque es hermosa y nada le roba su brillo. Es infinita porque se erige de nuevo, reconfigurada ante una nueva situación. Está lejos de la perfección, pero ambos se han reído siempre de la perfección. Él no es infinito, es un hombre con malas experiencias acumuladas, de un cultivado pesimismo surgido de más dolores que alegrías. De más luchas perdidas que ganadas. Se siente, de una forma sucia, mediocre. Y ella, su presencia, su voz suave y sin titubeos, y su mirada que lo ama, lo liberan de su maldición cada día, a cada momento. Evita era como su madre, con tan solo siete años pisaba fuerte con sus zapatillas de suela de lucecitas, jugando tan pequeña a ser coqueta. Evita sanaba su mediocridad, su existencia era la prueba misma de que no podía ser tan anodino si colaboró en crear esa hermosa criatura. Siente que es el momento de largarse de aquí, de dejar de vivir y respirar mierda. Hace cuatro días, que perdió lo que más quería, lo que más podía doler, lo que más amaba. Si hay un buen momento para que el corazón se rasgara, es ahora. Un simple traspiés bajando por una escalera del colegio, derivó en un cuello roto. En un milisegundo murió, y con ella también Silvia y Jaime. Y toda esa tragedia ocurrió hace apenas un segundo, solo cuatro días. Un jersey de cuello alto pretendía ocultar el obsceno bulto en el ataúd. No recuerda una imagen peor en su vida. Los hijos se quedan con todo el amor y hacen de los progenitores socios de un negocio. Saben, al observar el bebé en sus brazos, que ya no serán lo que fueron antes del nacimiento, ni tras la muerte. Ya no serán amantes, solo madre y padre. Y por ello, Silvia es la mujer infinita, su heroína, su diosa. Sonríe invicta a pesar de perder cuando él blasfema fracasado. Y se ríe de las tonterías que se dicen del amor filial. Debe hacer algo por ella, se ha quedado perdida frente al espejo, ha sido expulsada del mundo. Se incorpora y se abraza a su espalda, ciñendo su cintura con los brazos, apoyando la frente en la oscura melena intenta dar consuelo al cuerpo que ha perdido el alma. Busca a la mujer infinita, la conjura con una pena oculta a traición, por la espalda. La frialdad de su silencio y su ausencia de ella misma contrasta con la calidez de la piel, su suavidad inalterable, sus hombros aterciopelados de un vello de melocotón. Extiende las manos en el vientre, porque muchas veces anida en él el dolor y el miedo, y siente una leve contracción en ella, como si empezara a surgir de la oscuridad. El pene se ha endurecido en el pantalón y presiona en sus nalgas buscando cobijo y roce en la liviana falda que cubre su más íntima belleza. Silvia responde con un pequeño espasmo agitando las nalgas levemente. Jaime siente que se rebela en su mente un ser primitivo combatiendo por ocupar su atávico lugar en la luz ajeno a toda tristeza. El cerebro es un llanto y el cuerpo se ha desprendido del alma. Con el dolor ha perdido el control de su humanidad. Sus manos se meten en el elástico de las bragas que encuentran el monte del Venus. Acariciando el vello rizado, sus dedos se acercan al vértice de los labios. Silvia entreabre la boca en un suspiro que no surge con la mirada aun fija en el ataúd. Y sus piernas también se separan aunque no quiera. El pene palpita presionado contra la ropa y las nalgas voluptuosas. Ella llora un dolor e inevitablemente su sexo se derrama cálidamente en las manos de lo que un día fue su amante y hoy es padre muerto de una hija muerta. El presiona el clítoris duro y resbaladizo, los dedos se deslizan vagina adentro sin obstáculo, con obsceno consentimiento sin sopesar amor, muerte, dolor o alegría. Y ella gime, por primera vez en todo el día su boca emite un sonido y siente los pezones contraídos. Tiene cuerpo… Jaime le arranca el sostén y sus pechos gravitan violentamente pesados, agitados por una respiración extrañamente agitada de ansia y tristeza. Las grandes areolas están coronadas por dos puntos duros. Y una mano los oprime al límite del dolor. –Eres mi amor infinito, ven conmigo. Sé mi amante, follemos esta puta tristeza. Sé infinita mi amor… Silvia cierra los ojos y su cabeza se ladea ofreciendo el cuello a Drácula. Y es besada. Los humores sexuales de su coño amalgaman ambas carnes, los dedos penetrándola ya no se distinguen de su propia carne y el placer animal irrumpe alejando el ataúd y la inmensa pena lejos de ellos. Lejos de su coño. Sus rodillas se doblan con el orgasmo, él la sujeta manteniendo la presión firme en su sexo para recibir cada espasmo, cada contracción. Ella gime y llora en un descontrolado caos que la hace sentirse loca. Jaime la conduce a la cama, acostándose a su lado. Siente el semen enfriarse en los calzoncillos, mojando el pantalón. Ha eyaculado no sabe en qué momento. Con un brazo le envuelve el hombro y el pecho. Se encuentra otra vez a su espalda. Le gustaría mirarla a los ojos y besarlos. Sus ojos infinitos… La horizontalidad parece apaciguar la gravedad y el dolor de la sangre rugiendo vida. Con el paso de los minutos sus respiraciones se tornan silenciosas y tranquilas. –Eres mi infinito, mi universo –le susurra como una nana. –Sé fuerte amor, no te rindas. –Eres un cerdo. Hijo de puta. Me has arrebatado mi pena, mi dolor. Me has obligado a traicionar a Evita follando, haciendo que me corriera. Cerdo, cerdo, cerdo… No se folla cuando entierras a tu hija. ¡Cerdo! ¡Cerdo! ¡Cerdo! Jaime retira el brazo de su hombro y se levanta de la cama. Es el fin. Es pura disciplina, lo que está mal no se debe prolongar. Porque cada día que pasa, la vida es más corta. Ya no es la mujer infinita, aquella cosa es una mediocridad, una sucia bola de prejuicios. La mujer infinita murió con el último “¡Cerdo!”. Ahora grita histérica en la cama “¡Mi niña, mi niña! Nos has ensuciado, cabrón.”. Evoca a Evita y concluye que esa mediocridad que llora en la cama con hipocresía tras haberse corrido, no enturbiará ni un instante de aquellos siete años de vida de su pequeña de zapatillas luminosas. No le daría la más mínima oportunidad de amargar o ensuciar aquellos años pasados. Recuerda el velatorio de su padre, durante la cena su tío (hermano de su padre) contó un chiste, ya no se acuerda cómo era. Jamás pudo olvidar aquella risa liberadora. Todos reían con el muerto aún en la habitación, incluso mamá. Cómo lloró de risa, creía no poder parar… ¡Qué falta le hacía! No lo supo hasta que lloró con histeria la gracia y el dolor. Todos entre risas, agradecieron silenciosamente a su tío el chiste que rompería aquella tristeza que estaba asfixiando a la vida misma. Fue mágico, fue el momento más bonito que vivió porque las risas eran para su padre, por su padre, por amor puro. Nadie pidió respeto o sintió ofensa. Jaime coge la cartera y el teléfono de la mesita de noche y tira las llaves de casa sobre la cama. Antes de marchar se lava en la fregadera de la cocina las manos que huelen a coño, mediocridad, orina y pegajosos humores sexuales. Y a desengaño… Siente los años perdidos embaucado por ese gran error de la mujer infinita, frotando las manos más de lo necesario. Cierra suavemente la puerta de casa enterrando una época de su vida. Descendiendo por las escaleras del bloque de apartamentos, imagina la posibilidad de que Silvia lo denuncie por violación o lo que quiera; porque ya no sabe qué es esa cosa que llora más que por su hija, por haberse corrido. Por haber faltado a alguna ley de mierda, a un puto mandamiento divino. A una piara de fariseos que obedecen como perros. Su llanto lejano lo encoleriza y apresura el paso para alejarse de ella. Para siempre, sin arrepentimientos, sin más palabras.
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Epílogo de La vida agotada de un apátrida social (autobiografía de Jaime S. P.). Breves pensamientos, como luciérnagas titilando entre la fronda oscura que aún hoy al final de mis días, dan claridad y conclusión al fin de mis días. Y mueven mis manos para escribir de nuevo las mismas percepciones y certezas; con otras comas, con otros puntos. Con otra edad… Una palabra siempre es distinta, por igual que se escriba, en el tiempo. Pensamientos que quedaron vivos, porque estaban firmemente intrincados en el recuerdo de mi pequeña Evita. No puedo olvidar sus zapatillas luminosas y su aterrador jersey de cuello alto. Cuando aquella mujer era infinita pensaba: No pretendo vivir una vida feliz con ella, no soy un niño. Quiero vivirlo todo, todo lo malo con ella; porque es de lo que más hay. De una forma natural, por mi constante cercanía a la muerte, sabía por simple deducción que los orgasmos tristes trascienden más allá del dolor de la muerte y jamás olvidarás que abofeteaste a la parca con un acto obsceno de amor y piedad. Me encanta imaginar a un hipotético dios mirando con vergüenza nuestro acto sexual de muerte y dolor usando los medios que él creó para evitar los males que también creó. Un follar agónico hará del caos del dolor un instante de luz, de claridad en un túnel devorador. Follar es encontrarnos los dos en el mismo abismo insondable, follar precipitándonos a las fauces de la muerte… La he tenido entre mis brazos con indiferencia, como si no existiéramos ninguno de los dos frente al espejo. Y en un momento inconcreto sus muslos se han separado permitiendo que mi mano atenazara su coño hasta exprimir su humedad. Y sus pezones se han endurecido, mirándose ante el espejo incrédula y lejana. Parafraseando al cura, también prometí ser obsceno, tanto en la desdicha como en la alegría. Y pudo ser realmente una mujer infinita, no pudo negar sus deseos más profundos y atávicos, los que nos llevan a la animalidad (un privilegio embarazoso) y desdeñan dolores que van contra la vida misma. Somos dos seres atávicos, primigenios conjurando la oscuridad salvaje llena de horrores. A pesar de la muerte que hace ruidos a nuestros alrededor, sabemos que follar es luchar contra ella. Te juro ser obsceno en la felicidad y la aflicción. Los orgasmos tristes y suicidas son embates lentos que arrastran las cálidas lágrimas hacia las entrañas ateridas de frialdad. Se crean con el primer abrazo de la piedad y la compasión para dar paso al valor primitivo con el que no somos conscientes de que moriremos. He visto, en velatorios, a los deudos reír ante un chiste con una desoladora tristeza, intentando sacarse de encima ese cáncer de la pérdida que hace la piel gris; una ceniza fría. Yo reí, lloré de la risa con el cadáver de mi padre en la habitación. Fui tan libre en aquel momento, como jamás he vuelto a serlo. Es una cura, una terapia no escrita. Una obscenidad que va contra la moralidad de la humanidad como especie vacuna herbívora. El sexo triste es una lucha del ser humano sin amos ni dioses en la libertad absoluta. Si alguien supiera que hemos follado tristemente el mismo día de la sepultura de nuestra hija, se escandalizaría: ¿Cómo han sido capaces? Son como bestias. Somos bestias y no consideramos la muerte o los dioses como un cercado a nuestra existencia. Si la tristeza se come el placer, habremos perdido la gracia para siempre. El único placer verdadero que no consiste en poder y riqueza, en humillación y servilismo. Sin placer seremos siempre un patético fracaso humano. Y nos alejaremos el uno del otro. Los muertos y las enfermedades no prohíben el placer, ni las flores en las tumbas. Puedes correrte, debes hacerlo para no ser derrotados los dos. Ella lloraba mientras mi mano dentro de sus bragas acariciaba la vagina anegada de un deseo que su mente no sentía. Me gritó agresivamente que era asqueroso lo que habíamos hecho… Era asqueroso yo. Sintió asco de sí misma de estar mojada. Me llamó cerdo. Y también supe que no habría reído en aquel velatorio dejándose llevar por el deseo de erradicar la tristeza de su ánimo, como algo instintivo, como el arma más poderosa de supervivencia. No era una mujer infinita, es una mediocridad como yo; pero adoctrinada en sociedad. La comprendí en el acto. Y allí en aquel instante escapé de su ira y su tormento, para que se hundiera sola en su tristeza. En el metro, camino de un hotel, le lloré a mi pequeña Evita que habíamos fracasado, que papá y mamá habían dejado de existir con ella. No podía perder los bellos momentos de mi vida por un prejuicio, por una culpa inculcada. No pudriría la felicidad de haber sentido, durante siete años, la vida de Silvia crecer a mi alrededor, llenándome. Los cadáveres me han enseñado que es más fuerte la muerte que el amor. No puedo permitirme luchar sin esperanza y ella la había perdido, por un instante su deseo cedió pero su pudor inducido venció, nos venció a los dos. El amor no puede luchar contra la firme decisión de la tristeza de negar la propia vida por una cuestión moral. Y el amor tampoco sobrevive sin el sexo, el amor sin sexo es un amor paternal vacío y ridículo que jamás quisiera imitar con la mujer que amo. Tengo un hijo de treinta y cinco años con otra mujer. No sé qué fue de Silvia, ni en el trámite de divorcio nos encontramos. No he sentido jamás curiosidad por su vida, lo último que recuerdo de ella es su mirada agresiva y escandalizada. Y las bragas mojadas. Y con un fogonazo de certeza concluí que ya no podría amarla por mucho tiempo que pasara. Que nuestro follar sería siempre un acto ganadero. Renegó del sexo, maldijo el orgasmo a pesar de que su cuerpo y su instinto primitivo la arrastró a él. Su moral era superior a la necesidad y al amor mismo. Dejó que su coño se humedeciera con mi mano. Y también se llamó cerda a sí misma. No estaba en shock, su sexo se mojó. No impidió que metiera la mano en sus bragas. Y tuvo el peor pensamiento del mundo: yo estaba ensuciando y ofendiendo el recuerdo de su hija. No era la mujer infinita capaz de amar, sentir, llorar, disfrutar o reír el orgasmo en la dicha y en la tristeza. Me convertí en su monstruo por unos segundos. Los que tardé en escapar de aquel hogar que ya no era mío. Somos seres que unos se adaptan y otros conservamos celosamente nuestra esencia humana primitiva, la que pone las cosas en su lugar. A los muertos enterrados, a los vivos respirando y sufriendo de nuevo. Nunca me preocupó estar equivocado, sólo que mi pensamiento tuviera límites. A estas alturas, ya viejo, pocas muertes tendré que conocer excepto la mía. Y eso bien vale un cerrar de ojos esperanzado.
Padezco la extraña fiebre de meterte en todo pensamiento que escribo y describo. Es un acto irreprimible. Y cuando todo pensamiento se agota, cuando las ideas se han secado, quedas tú. Tú sola llenando mi universo, llenando todos los espacios en blanco. ¿Entiendes lo de “diosa”? Porque yo siempre lo supe.
Los hay, dicen, que se miran el ombligo. A mí no me pasa. Me hipnotiza el tuyo e imaginar que lo penetro con la lengua inundándolo de mi baba animal espesa y cálida, cuyo río verterá en tu coño arrastrándome. Con tus dedos aferrados a mi pelo contienes el aliento en el lento descenso a lo inevitable, mortificándome. Provocando el hervor de la leche en mis huevos pesados, doloridos por la presión del atávico deseo acumulado. Me importa una mierda mi anodino y estúpido ombligo. Estoy caliente y la tengo dura ¿Cómo cojones voy a mirarme el ombligo, si mi rabo colapsado de venas y espasmos domina la horizontalidad y verticalidad de la bestia abriéndose paso hacia tu alma carnal? Quien se mira el ombligo no alcanza a intuir el acto de follar. No lo entiende. Amarse uno mismo es el consuelo de los incapaces. Un dinero metido en un coño a cambio de la vejación de ambas partes. Un consuelo sórdido y patético de fracasados. Solo miro tu ombligo, el camino directo a tu coño.
He pensado en la roca seca que el río no moja y en las bocas polvorientas sin besos. He meditado sobre el amor y su hidratación. Y el odio y su combustión. He elegido el odio porque es gratificante y fácil. Muy fácil… Por mucho que mientan miles de veces; odiar es más fácil que amar. Hay más seres odiosos que fascinantes. Es una cuestión de probabilidades, de oportunidades. Soy un animal que razona con la boca llena de besos incinerados, imposibles. Y antes me arranco la cabeza que perder mi impía animalidad penetrante y superviviente. Indiferentemente homicida. En el universo solo hay una boca, y rocas a millones. Es una guerra perdida, solo puedo aspirar a arrastrar conmigo al río seco a cuantos pueda. Para evitar sufrir el ansia de la boca seca debes odiar. Polvo de besos muertos… El odio es un mercurio que llena los espacios vacíos que crea el amor y te hunde con seguridad en la tierra real y sórdida. Cruel sin pecado concebida. Odio por razones terapéuticas y mi inevitable irracionalidad animal. La muerte es un acto cotidiano y yo puedo ser consecuencia y portador. Puedes elegir si no eres dado a puritanismos fariseos. Los humanos tenemos esa libertad salvaje que ni las divinidades nos pueden arrebatar. Es un hecho. Soy alérgico a la depresión… No puedo llorar tristezas, solo odiar al mundo que me las clava. Soy la injusticia premeditada y cultivada. Y unos labios ajados. Es un acto de justicia salvaje gritar por la violencia y la destrucción, la muerte y el sufrimiento de todo lo vivo y establecido suciamente desde los inicios de la civilización. Exijo y busco la aniquilación de quienes sustentan los pilares de la civilización y de los que lamen sus pies, abonando, eternizando la podredumbre. Lo exijo con la boca polvorienta de besos marchitos. Como escucho a la piedra arrasada por el sol e ignorada por el río, blasfemar violentamente contra su cochina existencia. Tragos de sílex hiriente… Las vísceras húmedas… Es hora de morir, animales. Un gran festín para los buitres. Odiar es sólo biología e ira. Cacao para los labios cortados. Nada personal. Tan solo es mi puta boca seca de ti… Una contracción brusca de la esperanza. Tenía que pasar.
Tengo una sobredosis de ansiedad de ti. Me he chutado en vena tus palabras y sonrisas, tus sueños y amaneceres injustos. Y mi piel destila gotas de tu alma. Te juro que no es sudor, porque siento el cuerpo helado por dentro. Estoy absolutamente colgado de ti. No distingo si en mi cabeza riges tú o yo. He esnifado recuerdos contigo e incluso he dudado de que los sueños lo fueran. He despertado sentado en una roca a la orilla del río. La lluvia de pelusas de los sauces, como seres celestiales ingrávidos y volátiles sobre el cauce, dibujaban tu rostro en el aire. Irremediablemente me arrastraban a ti. He sorbido una gota de sangre que descendía por la nariz y me he lavado el rostro con el agua fresca de tu líquida mirada. He imaginado el planeta desde el espacio, sus distancias e inconsecuencias. Y un repentino latigazo de solitud me ha provocado la necesidad de escapar contigo de nuevo. Escapar de la dimensión real… Pero no me quedaba más morfina de amor. Por el pliegue del codo una pequeña boca pide más de ti y llora una gota de sangre con hambre. Las venas se rasgan con el ánimo. No sé, es difícil amar y comprender. Arrastrando mi mono de ti he caminado con un saco de tristezas que solo debe abrirse en la oscuridad y su aislamiento. En la habitación del llanto de mi hogar. Volveré a encerrarme en mi laboratorio de amor ilegal y quemaré más palabras tuyas escritas en papeles rasgados como mi pensamiento. Y sublimaré las cenizas con lágrimas. Destilaré la materia oscura y la esencia será de mil partes de ti por una de mí. Las sobredosis de ti no matan; es imposible que pueda causar un daño el exceso de ti. Principalmente se debe a que no hay exceso, soy insaciable. No importa lo que se espese mi sangre con tus palabras procesadas en mi alambique de la desesperación. No importan las cenizas tantas veces esnifadas, adheridas en los pulmones y las impurezas que pudiera haber por mi torpeza en la elaboración. Aunque dudo que sea un ventaja no morir por narcosis de tu amor. Estaría bien morir suave y plácidamente. Es una dura prueba de entereza salir de la psicodelia de amarte en un momento y lugar sin ti. Lo que no haga tu amor, el tiempo lo hará. Sin embargo, hay tanto tiempo que el desgaste es eterno como el infierno. He alucinado en algunos viajes que esos seres que flotan sobre el río y lentamente caen en el agua, como si no quisieran, son capaces de arrastrarme río abajo y llevarme al mar cuyas todas aguas conducen a ti. No tengo necesidad alguna de despertar, no me preocupa. La ingravidez de la inexistencia es ese descanso que buscan los alquimistas yonquis del amor, cuando se colocan con sus propias drogas. A veces, cuando la vida duele mucho, tengo un mal viaje al meterme un jaco de tu alma y ocurren cosas horribles; la ventaja es que al despertar no hay esa tristeza que incinera la ilusión de los sueños. Sin embargo, he perdido el tiempo. La tristeza, más hermosa que cualquier alegría, llega cuando te disipas entre las volátiles pelusas que, arrastradas por suspiros y trinos nievan blanca y cálidamente sobre el cauce del río. Y Linda Ronstadt cierra hermosa y sensualmente su Blue Bayou…
Si Dios no hubiera querido que folláramos, no te habría dado ese maravilloso coño. Dios quiere que te joda. Y no importa lo que él quiera, sino mi locura por ti. Dios te hizo deseable y el coño hambriento. Y a mí para clavarme profundamente en ti y humillarme ante su gran obra carnal. Dios hizo esos hermosos pliegues y rincones en tu coño para que pasara largo tiempo, toda la vida que me queda, tocándolo, descubriéndolo, aprendiéndolo, lamiéndolo y aspirado el clítoris con fuerza entre mis labios hasta inflamarlo y sensibilizarlo hasta tu paranoia. Dios hizo tu coño profundo para que mi glande inquietara tu alma. Temo que mi polla sea pequeña para tal fin. Dios pone así a prueba mi voluntad y tu coño mi humildad. Dios colocó tu coño lejos de tus ojos para que no me quedara paralizado admirando esas dos ventanas de luz que iluminan tu pensamiento y deslumbran el mío, con sus astros y galaxias que giran y se expanden dentro de ti. Eres el universo que contiene un universo. Y gracias a Dios, sé como interactúan tus obscenos labios con los pezones, cuando los separo en la intimidad cálida y protectora de tus muslos, con los dedos chapoteando impúdicamente. Se llaman Perdición D y Perdición I y te mortifican los pezones endureciéndolos; es la razón de que los maltrates como yo no me atrevería, ante mí esclavizado entre tus piernas de puta y deidad. Sé que cuando surja tu flujo espeso y dulzón empapando mis dedos, labios, nariz y lengua; no pasarán más de veinte segundos hasta que te corras con la espalda arqueada haciendo arte conceptual de la lujuria. Y yo sienta que debo sujetarte, contener ese placer para que no te parta. Sé que tus muslos intentarán cerrarse cuando el látigo del placer se extienda desde tu coño, al vientre recorriendo todo el torso para alcanzar cada ápice de tu piel y provocar un caos en tu pensamiento. Dios hizo mis dedos rudos y firmes para que en ese instante atenacen con fuerza la vagina contraída, pulsante, brillante de tu propio óleo sexual. Y hacer tu gemido profundo, exhalado como una muerte por tu boca entreabierta, abandonada a mí, a mi mano que oprime y cubre tu coño todo. Y tienes en ese instante mi vida en tus manos, porque detienes mi corazón y los pulmones en tu salvaje y ancestral sexualidad. Dios creó tu coño precioso y perfecto, elástico para abrazar y rodear hasta la asfixia mi pene cuarteado de venas, con el glande cárdeno del colapso sanguíneo. No quiero hablar de amor, me estoy corriendo, soy un ser salvaje y desbocado que observa como tu coño derrama mi leche… Y jadeando, apenas puedo creerlo. Cuando salga el sol, al despertar a tu lado tendré las precisas palabras para adorarte al oído, secretamente sin ser necesario. Y en el ritual del café las sonrisas necesarias para hacer feliz un día más contigo.
Las cosas bellas lo son por su sutileza, son livianas. Diáfanas como una ventana al dulce sol del amanecer. Un aleteo de mariposa, un pétalo a caballo de un soplo. Un trasluz volátil, efímero. Pero no pueden resistir el embate de lo horrendo, denso, opaco, oscuro. Tan oscuro… Tanto dolor y su muerte. Dame refugio. Aún quepo en tu corazón… Soy el hombre roto, muchas veces arrollado, aplastado por las brutales cosas horrendas. Me arrebataron mis pocas cosas bellas. Las desintegraron con la absoluta indiferencia hacia la ternura que hace posible todas las crueldades del mundo. Y siento que a mí con ellas. Me quedé tan vacío… Aún quepo en tu corazón. Por favor… Si pudiera crear cosas bellas, sólidas. Y a la vez sutiles, que parezcan de plata a la luz de la luna. Dime que es fuerte la luna, que es una belleza sólida luchando contra lo horrendo. Si pudiera crear de nuevo las ternuras despedazadas… ¡No puedo! Todo yo siento ser una triste fractura. Un muñeco sin brazos en un vertedero. No puedo crearlas, no aquí en La Tierra. Si no estuviera más muerto que vivo… Tan viejo, tan antiguo de mierda. No dejo de ver una y otra vez los cadáveres marchitos de los sutiles y bellos momentos descender ingrávidamente, como barcos a la deriva en un mar muerto. Y hacerse polvo al caer en mis zapatos. Sentía abrirse la carne de mi pecho y vaciarse el corazón. ¡Oh devastación! Soy un rimero de odios y rencores, grito veneno por vengar la muerte de las cosas bellas, caiga quien caiga, muera quien muera. Quiero dolor, sangre y muerte. Abrir fuego indiscriminadamente. Si no puedes con el enemigo, muere odiándolo. Seré un rencor inmortal. No quepo en tu corazón, cielo. Sin mis cosas bellas soy otra oscuridad, una ponzoña en ti.
Quisiera amarte con serenidad, no escribiendo y describiendo con brutalidad la tristeza, lo mierda que me siento cuando te leo sin mirarte, cuando las palabras carecen de tu sonido. Cuando el aire no está ionizado de ti. No mirarte, no oírte, no besarte, no joderte… La serenidad ha desaparecido de la faz de la tierra. Es normal que este colapso de amor conduzca a la duda: ¿Y si no me amas? Observar tu lenguaje corporal y oír las palabras escritas moduladas por tus labios… Es lo necesario para verificar la concordancia de los gestos y la entonación de tus palabras con el amor. No es lógico enamorarse tan perdidamente sin esos datos. Si no me amaras, qué ridículo… Sin embargo, la otra lógica dice que me amas, porque no hay nadie al otro lado del universo amenazándote con un arma para que escribas las palabras de amor y deseo. Nuestras intimidades no certificadas. Si no me amaras, no tendría sentido este intercambio de sueños y deseos. Cuando algo no está bien, cuando algo me falta no puedo pensar con objetividad y mucho menos con un eufórico optimismo. Solo me permito ser medidamente ingenuo. Y así y todo, soy tu más demente número uno. Durante el acto de leerte y unas horas después, son los momentos de más lucidez y serenidad en mí. Y descanso de todo este estrés con las manos sucias de mi leche jadeando aún el placer que se me permite. Cuando el semen se seca, vuelta al tormento… Si te he de ser sincero, cuando leo tus sorprendentes y excitantes obscenidades, con las que indefectiblemente acabo corriéndome; no te amo. Es puro instinto animal, incluso siento ferocidad no solo por metértela, sino de ser tu amo. De sentirte de mi propiedad. Todo está bien en ese momento primigenio, instintivo. Puramente animal. Sin más complicaciones, por favor. Sabes explotar y no es tu naturaleza reprimir tu sensualidad hasta hacer hervir mis cojones. Eres mi amada microondas. Incluso ahora, concentrado en escribir todo lo que no te siento y no te tengo, no ceso de separar y cerrar la piernas intentando dar consuelo a un pene que duele al intentar expandirse en el pantalón con un glande mojado y resbaladizo. Padezco la compulsiva ansiedad de irrigar tu monte de Venus y el coño con mi leche y luego desfallecer, escupir los últimos de deseos dentro de ti, con el movimiento peristáltico de tu vagina perfecta e impía extrayendo las últimas gotas de mi animalidad. Esto no es una misa y tú eres la más mujer de todas las mujeres. Es un deseo violento y ancestral, no es posible describirlo con delicadas palabras. Es más, quiero herir tu sensibilidad, la de tu coño. Y que separes los muslos leyéndome. A la diosa, lo que es de la diosa: la carne cruda de un celo húmedo y desatado. O un beso robado en la paz de un amanecer aromatizado con el íntimo café. Quisiera amarte con la serenidad de despertar junto a ti. Y hacer emerger tu conciencia dormida lamiéndote dulcemente entre los muslos. ¿Has visto? Se me derrama la ternura y el deseo en avalancha. Haces de mí el caos. Vivir como yo es una monstruosidad, es desvivir. Pagar una condena por un delito no cometido. Tu condenado te ama.
P.D.: Sé que no puedes sentirte como yo porque tú ya te tienes. Qué envidia…
Estar enamorado es tener algo clavado en el pensamiento y en el pecho. En el culo, en todo el cuerpo… Al menos en mi caso, y que benditos sean los que sienten esa mariconada de mariposas en el estómago. Como no me queda otra, concluyo que es maravilloso sentirse tan lleno de astillas. De hecho soy el reflejo del muñeco vudú que mi amada no cesa de estrujar entre los dedos y clavar cosas cuando está excitada. Es tan carnal que siento en la piel su sensualidad como una ráfaga de aire ardiente del desierto cuando está en celo. Y cuando habla del amor, cuando calla del amor, cuando se moja del amor. Hasta hace unos pocos años, no creía posible que una diosa como ella se pudiera enamorar de mí. Una cosa es el vicio (que lo tiene también), la temporada de reproducción y los momentos de ovulación y todo eso. Pero… ¿Así, tan profundamente y tanto tiempo? Ni hablar. No soy un tipo como para tirar cohetes multicolor con petardeo final en forma de palmera. No reniego, solo me exclamo de mi privilegio. No creo en el vudú, en ninguna superstición; pero sí creo en la pasión de mi novia. De su colosal atractivo que tira de mi piel hasta doler. Da igual que crea o no, cuando pincha el muñeco me cago en todo. Sentí la triste certeza de que había perdido una parte muy importante de mi vida el día que la conocí. Tanto tiempo sin ella ahora resulta inexplicable. Cuando me folla me lo extrae todo, es una vampira incruenta. Bueno, incruenta del todo no. Porque una sesión de follaje con ella es acabar con dolor de huevos por aplastamiento, me cabalga como si estuviera montada en un potro salvaje. Y cuando se corre y me desmonta, puedo observar casi alarmado que me ha dejado la picha despellejada por el violento frotamiento de su coño voraz. Al cabo de diez minutos de dale que te pego ya estoy gritando y llorando. Y se ríe… Y a la sazón inmovilizado por sus muslos cuando se clava a mí, me aferro con hambre a sus tetas que no dejo de mamar con la obscena idea de que produzcan leche. Si a mí me martiriza los huevos y abrasa la polla, sus pezones parecen los de una mamá primeriza. No es venganza ¿eh? Es amarla hasta devorarla. Cuando tengo que mear, durante los dos días siguientes tras el cortejo sexual, dejo caer los pantalones y los calzoncillos y hago el elefante, es decir dejo que la polla cuelgue porque con mis varoniles y toscos dedos no me la puedo tocar por lo abrasada sin blasfemar. Luego para sacudir las últimas gotas, también como elefante, agito la trompa de un lado a otro moviendo el culo y salpicándolo todo en cámara lenta y efecto difusor. Estéticamente, mi drama y trauma de amor y sexo, es de una belleza perturbadora en mis íntimos actos. A veces, incluso escupo sangre porque me ha hecho una herida mordiéndome los labios al correrse. Es tan feroz… Me hace sentir un hombre-consolador. Y eso engancha, soy perturbadamente adicto a mi diosa. Algunos días me pide más sexo cuando aún no ha habido tiempo para sanar la piel de la polla; los huevos como son tontos se sanan en unos minutos. Entonces le digo que me ha bajado la regla y cariñosa y comprensivamente me dice: “¡Marica!”. Sé que es duro, pero eso de la inclusión y corrección se lo pasa por el coño, como hace conmigo. No tiene corazón entre esas preciosas tetas de portentosos pezones. Así que cuando siento un pinchazo en el pensamiento o cráneo, o bien en el pecho; es lógico que no piense en un aneurisma o ictus y crea que hambrienta de follar, está cosiendo a pinchazos el muñequito vudú cuyas tripas ha llenado con mi pelo. Cuando se corre, no es nada extraordinario que me coja los pelos y me agite la cabeza como si fuera un cacaolat. Es una bruja preciosa, voraz. El ser divino más carnal del planeta. Y sigo pensando que lo único inexplicable es que con lo buena que está y con todo lo que puede escoger, se haya enamorado de mí. Bueno, la belleza no está reñida con el mal gusto. Y a mí no me disgusta. Que se jodan los guapos. Que en estos tiempos es más fácil dar con una tortillera que con un bocadillo de jamón york de cerdo de verdad (como odio el aséptico y reseco fiambre de pavo) con queso, aunque sea con tres o cuatro días de “maduración”. Y ahora me voy al consultorio de Ama Calaverum, una bruja que se anuncia en feisbuc y dicen los comentarios de la chusma que es buenísima combatiendo hechizos. Tengo la esperanza de que neutralice el muñequito vudú con el que juguetea mi diosa y nos cose a los dos a pinchazos. Se lo cambiaré por un vibrador de tres mil vatios. Necesito un poco de reposo. Que me crezca el pellejo de la polla. ¡Uy, qué pinchazo en el culo! Ya está caliente mi santa otra vez. Está bien, otro más y mañana voy al consultorio de la Calaverum. Nunca me habían exprimido tan profundamente y sacado lo mejor de mí a tanta presión. A solas, incluso lloro emocionado al evocar esos momentos en los que descargo mi semen caliente y que se le derrama del coño a los abductores de esos muslos preciosos con los que apresa mi cadera. Coño, me voy pitando o me correré sin tocarme, y entonces la follada sí que va a ser larga. No quiero que me ingresen, me daría vergüenza.