Me siento ingrávido ante tus ojos, tu mirada es un universo. Ansío tu boca como oasis en el desierto. Tu piel es un océano de aceite cálido. Y soy una ola furiosa en tu sexo. Entre todas las cosas bellas eres sobrenatural.
Necesito escribirlo porque pensarlo o decirlo son cosas tan efímeras… Y ya sabes lo que dicen de las palabras y el viento. Deslizar la pluma por el papel es lo más cercano a follarte. No quiero morir sin que conste en acta mi brutal amor por ti. Y escribirte me da paz. Te amo, cielo.
Padre… Mírame: la tengo dura por los muertos y los enfermos, por los pobres y los hambrientos.
¿Es legal? El televisor habla de coronavirus y parece de carne, orgánico… En la pantalla bajan lefas escurriéndose como cera caliente que humea un poco antes de enfriarse. Padre: cuando camino el movimiento masajea mi glande y me desespero; el semen hirviendo presiona y no sé como gestionar lo caliente que estoy. Solo acierto a meter la mano en la bragueta. Estoy tan encelado… Encelado de tanta miseria y cobardía que veo y escucho, padre. No sabía de mi mórbida obscenidad. ¿Tuviste algo que ver con esto que está tan dolorosamente duro entre mis piernas y mi degeneración? Mis huevos están contraídos, parecen de cuero, padre. Es también una clara cuestión de mortificación. No me importa el dolor, la muerte y el miedo; solo pienso en correrme. Dime que no estoy enfermo, padre. Padre: ¿Qué hago? Los policías me dicen que tengo la obligación de mostrarles mi erecto y palpitante pene para que me hagan un test con sus bocas ávidas. Agentes de la indecencia… Les digo que tengo prisa, pero me acarician los huevos y una agente fea, se acaricia retorcidamente entre las piernas con la porra. Como yo hago sin poder evitarlo apretando mis cojones con el puño. ¿Qué hago, padre? ¿Les dejo beber de mí? ¿Sabes, padre? Me hubiera gustado que no hubieras muerto y supieras de la excepcionalidad del cerebro podrido de tu hijo. Moriste sin conocerme… Me parece injusto. Padre, hay una epidemia y no consigo enfermar, no mis pulmones. Es mi pene que se expande y llena todas las bocas y todos los coños de los que viven y los que se pudren. ¿Soy yo la infección? ¿O son ellos los que me infectan con su cobardía y mediocridad?
Estoy sucio. ¿Estás orgulloso de mí, padre? ¿Los muertos sentís orgullo? Padre, tengo el cerebro podrido y mi pensamiento supura un blanco lácteo y cremoso.
Me jode que los hijoputas que han provocado este puto encarcelamiento y pobreza por su miedo e inmovilidad hacia la epidemia coronavirus, no pasarán hambre ni penurias. Los malos siempre están a salvo, en las películas y en sus elaboradas estafas y negligencias auténticas, reales como mi pene mismo. Además, estos gobiernos de tarados de la era del coronavirus, le han cogido gusto a encarcelar a gente inocente en nombre de una democracia que tiene todos los medios estudiados para convertirse en una feroz dictadura cuando ellos quieran. Bueno, nunca me han engañado, sinceramente. Y no dejarán de hacerlo; ahora que han probado el fascismo descarado, les ha gustado. Se ha convertido en su viagra diaria. Espero que Boris Johnson no salga de la UCI, su muerte puede consolar un poco todo este devastador daño anal; pero no soy optimista, con toda probabilidad volverá a dar por culo. Estoy morbosamente ansioso de que caigan gravemente enfermos políticos y cargos de gobiernos y asistir así a los reportajes teleseriales de su beatificación y a los grandes tuits que por ellos se publicarán. Insisto, no soy un ingenuo de mierda y sé que no muere quien debe. Solo divagaba dulcemente.
La violencia es lo único que resuelve con rapidez y claridad una crisis. Toda otra cháchara del coronavirus y sus dictadores es distensión y más daño en el esfínter.
La velocidad de morir es la más lenta que existe. Morir cuesta toda una vida. No hay unidades ni cifras aproximadas para medir esa velocidad desesperante. Solo sé que cuando miras atrás han pasado demasiadas horas malas. Cuando llega el momento de palmarla, piensas que ya te podrías haber ahorrado tanta vida de mierda, innecesaria. Siempre hay un amargo sabor cuando te llega la muerte, hubieras preferido ver morir a muchos que conoces antes que tú. Al morir no te arrepientes de nada, solo hay esa desagradable sensación de que algo está mal en la vida. Ha sido todo un continuo fraude, un mal vivir. Una sensación de timo que entristece la última respiración. Romanticismos aparte, definitivamente, morir es la más triste y anodina marca de velocidad. Te dan una medalla de estiércol en el mejor de los casos. La mayor parte de los seres intentan ser lentos, siempre quieren ser los últimos en llegar. Pues que se jodan. Hice grabar un epitafio en mi lápida: “A los que os hice daño, no fue el suficiente. Esa es mi condena.” Y heme aquí escribiendo desde este fresquito limbo. Maldiciendo mis huesos enterrados por lo muy lento que fue morir. Si llego a saber que se está tan bien aquí, me hubiera decapitado hasta con un cuchillo de untar mantequilla. ¡Qué hijaputa la muerte! Qué mala faena me hizo…
Ha llegado la era de las mascarillas, los gobiernos obligan así a perder también lo que hace diferentes entre sí a sus esclavos productores: el rostro. El toro ha agachado la cabeza para recibir el descabello por fin.
Los cuchillos (con una gruesa hoja muy afilada) son buenos. Nos protegen, nos cuidan. Ayudan a matar al enemigo más rápidamente que con una piedra o un palo a falta de balas. Y el tabaco le da sabor y elegancia a la vida. Fumar es bueno. La jeringuilla es genial para curar la ansiedad, la vacías y la llenas, la vacías y la llenas, la vacías y la llenas, mientras unos elefantes se balancean en una tela de araña chutándose cosas insanas en la trompa. No sé qué coño hacen los calzoncillos ahí, pero me hacen reír. Hoy todo son ventajas y optimismo.
En la tele aparecen imágenes de personal desinfectando con pulverizadores fijos y de mochila, coches, mobiliario urbano y zonas de recogida de basuras. Dicen que si no se respira el virus que llega a través de la partículas que expulsa un contagiado, no pasa nada. Así que no sé para qué cojones desinfectan coches y basureros si nadie se va a entretener en pasar la lengua por un contenedor de pescado podrido. Ni va a besar el parachoques de un coche. Y aún así, como esas cosas no respiran (pero sí piensan más que muchos humanos) sería difícil contagiarse, puesto que lo chupado, se caga. Entonces ¿por qué todo ese teatro? Tal vez no sea teatro y no han confirmado un ataque terrorista biológico a gran escala. Sea como sea la película, la estafa global del coronavirus funciona perfectamente. Dentro de pocas semanas conseguirán llegar a la meseta de estabilización de contagios y empezará más relajadamente la penuria económica de cientos de miles de desempleados, y las fuerzas represoras, tan aclamadas con los aplausos de las ocho de la tarde por los reclusos desde los balcones y ventanas de sus casas; deberán aporrear, disparar y encarcelar a miles de reses sin dinero y sin comida que se pasará por el culo la puta cuarentena, esta gran estafa. Y así, podré salir a la calle sin llamar la atención a fumar entre el ruido de las algaradas y y los disparos. Y ya puestos, me llevaré mi super cámara fotográfica para documentar el emocionante momento de esta sociedad decadente y la mierda que contiene. La estafa del coronavirus es vulgar y torpe; sin embargo, dado el nivel intelectual de la chusma (que consume mierda como Operación Triunfo y telerealidad basura de cocineros y modistillas) es suficiente para que se coma toda esa farsa sin rechistar y con mantequilla de cacao untada en el culo. Los politipuercos de la globalización son una banda organizada de trileros con maneras de telepredicadores. No son necesarias mascarillas, son superfluas. Lo realmente necesario son balas de punta hueca 357 para responder a los balazos de la policía cuando llegue el esperado momento. Y ahora me voy a masturbar, es un asco ser tan macho, un sinvivir.
Ellos, los puercos que ordenan cada día mi presidio, mi cárcel, siguen vivos. Sabía que sería así, no mueren los que deben. Los que quiero que revienten. Los puercos lucen lustrosos cada día en los televisores, más sanos que una manzana. Yo esperaba con cierta ilusión que algún hijoputa del poder muriera. ¡Qué ingenuo! Yo esperaba que esos putos puercos que me impiden pasear libremente, murieran, no todos, pero al menos un centenar sí. Los presidentes y vicepresidentes siguen vivos, como los ministros. Me cago en San Dios Puto… Ellos pueden pasear por sus grandes jardines de un millón de putas hectáreas y yo tengo casi que pedir permiso para comprar tabaco. No mueren. El coronavirus es una estafa, solo afecta a los que ellos pretenden. Los quiero muertos, soy ateo y rezo cada día porque así sea, amén. En el nombre de la puta madre que parió a mis puercos carceleros de mierda. Pasará el coronavirus y cuando todo esté arruinado, ellos respirarán libremente, esas hienas que se alimentan de mierda y son inmunes. ¿Por qué no vomitan los pulmones ante las cámaras de televisión mientras firman sus decretos de cárcel y ruina? La puta madre que los parió, las serpientes son inmunes a sus propios venenos. Bueno, pues si no es el coronavirus, que un cáncer los pudra y cuanto antes mejor. Quiero ser libre de una puta vez sin cometer algo horrible (horrible para ellos) Hijo putas… No mueren los que deben. Cada día igual, vivos los hijoputas. No mueren los que deben, no mueren los que deben, no mueren los que deben, no mueren los que deben, no mueren los que deben.
Y una mierda. ¿Y los que han muerto? Más vale tener las hojas bien afiladas. Si un cuchillo no corta, no comes. Es solo una ley básica de supervivencia. Todo consejo es bienvenido cuando una gran parte de la población piensa que el gps del teléfono le podría dar de comer sin más esfuerzo que abrir Google maps. Cuando los adultos y viejos cantan que todo va a ir bien, escupiendo a los muertos en una burla preñada de hipocresía cobarde y venenosa. No hay final feliz, no está ocurriendo semejante cosa. Y cuando acabe, el recuento de muertos no será motivo de orgullo o alegría. Nada habrá ido bien. La longitud y el buen filo de un cuchillo pueden marcar la diferencia entre el hambre y la comida, entre el más débil y el más fuerte. En definitiva, entre vivir y morir. Por otra parte, usar un cuchillo es menos agotador que ir olfateando los contenedores de basura en tiempos de crisis. La inmovilidad y el miedo, matan a más gente que cualquier enfermedad. Si algo lo demuestra, son los campos de exterminio nazi y la obediencia de los judíos. Y es que la obediencia ciega se debe a una ingenuidad fruto de una decadencia social que provoca dependencia hacia el brujo de la tribu o el puto presidente de una nación. La ingenuidad lleva inevitablemente a la humillación y tras unos días de vida de mierda, a la muerte. De morir no te libras; pero de la humillación… Bueno, es una cuestión de cojones, seas macho o hembra (podría decir de valor; pero no me sale de la polla). Un síntoma de decadencia en una sociedad es el excesivo número de amistades que cada individuo ostenta, siendo necesarias para soportar su mediocre y triste existencia; porque si se queda solo, se muere de asco de llegar a conocerse. Otro síntoma, tal vez el que demuestra definitivamente que los individuos de esta sociedad están absolutamente castrados, como animales de granja talmente, es la ostentación y alarde que hacen de su cobardía en nombre de la paz y las buenas vibras. No es nada nuevo, desde hace siglos por ejemplo los machos, se van a follar con putas en grupos. Ni eso son capaces de hacer solos. Cuando la chusma precisa para sentirse protegida que, cualquier imbécil de sus congéneres le diga que todo va a ir bien y le creen, es que la sociedad ha descendido ya muy abajo por la vertiginosa curva de la decadencia y degradación social. Sus individuos adultos y viejos, se escudan en las palabras “todo va a estar bien” cuando todo se derrumba. Y cantan y hacen cosas infantiles, inservibles y banales en sus últimos momentos de bienestar, justo unos segundos antes de ser arrollados por una destrucción para la que no están anímicamente preparados por esa cobardía con la que se les ha castrado durante años y años de adoctrinamiento generacional. Hacen como que no sucede la muerte y tienen un miedo que se cagan, dan las gracias servilmente a las cajeras del supermercado por “estar ahí” con toda su irreprimible cobardía y escuchan las noticias con el corazón en un puño. Es repugnante, es asqueroso que mientras muere gente a miles, los adultos de mierda se dicen a sí mismos que todo va a ir bien. Nótese la repugnante hipocresía y la mierdosa solidaridad: solo si ellos viven, todo irá bien. ¿No notas un vómito subir a la boca? Nada va a ir bien, mientras pronunciáis el mantra de la cobardía y lo creéis, están muriendo, lelos. ¿Qué es lo que puede ir bien? No eduquéis a vuestros hijos en la cobardía, los pusilánimes no tienen nada de que sentirse orgullosos. Ignorar la muerte de otros, es tanto como celebrarla. Y la ignoran por ese miedo que demuestra lo necesaria que es desde ya una selección natural. Los que no sean demasiado ingenuos unos minutos antes de morir concluirán que la sociedad está acabada. Cuando se ha constatado que la sociedad ya está en proceso de derrumbe, llega la violencia, la destrucción, el hambre, la sed, más enfermedad y las muertes sin funerales (como ya estamos acostumbrados a verlo en países africanos y algunos asiáticos; no debería sorprender a nadie, no es ninguna novedad el proceso de la muerte de una sociedad). Cuando han muerto los necesarios, comenzará otra reconstrucción social. El resultado de la nueva sociedad dependerá de si los que quedaron vivos para realizar semejante tarea, eran más o menos idiotas. Suponer que hubiera alguno inteligente, sería cometer otra ingenuidad nivel “todo va a estar bien”. Es el proceso de toda civilización o sociedad: crecer, decaer, morir y reconstruir para volver a crecer hasta el próximo apocalipsis. ¿No es maravillosa la simplicidad y claridad que otorga el hábito de lectura y pensar por uno mismo sin escuchar al imbécil que dice “todo va a ir bien”? Nada ha ido bien, lelos. Nada va bien mientras mueren seres bajo vuestras engalanadas ventanas de mierda con dibujos de patéticos arcoíris. Ya nada puede ir bien con los que han muerto, gilipollas. Si no se odiaban, si no los han matado ellos, los muertos no son para hacer fiesta; no si el cerebro está sano, hijoputas. Zoi hun jenio… Por otra parte me gustan las mujeres con lencería translúcida, si son morenas en blanco, si son rubias en negro para que haya contraste. Están preciosas y follables con esas indiscretas blondas revelando sus pezones y sexos. Me gustan de verdad. Ñam… Nada está bien, ni irá bien. Solo sumaremos muertos mientras follamos.
Esos segundos que sin previo aviso, por causa de algún olor, de algún tacto, o de algún pensamiento volátil e imperceptible; detienen el corazón, te roban un latido, dejan en suspenso la vida y te arrastran inevitablemente a la añoranza de un beso, un abrazo. Aunque claves las uñas en tu propio pecho, te arrastrarán a la inquietud del recuerdo de un dolor, de una muerte, de un engaño, de una frustración. Cuando la aguja del reloj se detiene demasiado tiempo y deja en suspenso el alma porque una palabra necesaria no se dijo o escribió en el momento adecuado. Ese segundo que marca el funesto aviso de que tal vez es hora de despedirse, si tienes a alguien de quien hacerlo. El segundo que te transporta a un mundo absurdo y ajeno cuando ves a padre muerto. Con el color de la carne fría de los cadáveres y la nariz hinchada. Las manos parecen de plástico… Ahí no hay ni un ápice de calor… Pobre padre… Cuando la miras y sientes la imperiosa necesidad de abrazarla, de decirle que ha sido tan difícil llegar a amarla… Que has tenido suerte de llegar a este momento y no haber muerto antes. Esos segundos de amor, dolor o miedo son tragedias por bellos que puedan ser. Porque duran eso, un segundo miserable. Un segundo para un infarto es suficiente, y te da el color de la carne fría. Oh, padre… A veces se repiten hasta doblarte, como si quisieras vomitar. Oh, madre que no vi tu carne fría. Qué suerte recordarte hermosa. Un beso, mama. Otras son simplemente irrepetibles y te frotas un poco las manos desesperado. Y sin darte apenas cuenta, recitas el rosario de los segundos. Soy hombre porque pesa la vida y soy un titán. Soy hombre porque temo el dolor de morir. Soy hombre porque he amado. Soy hombre porque he odiado. Soy un mierda porque lloro. Y una hiena porque río. Una bestia desbocada cuando pego. Un charco de sangre cuando me pegan. Unas uñas desgarradas cuando me precipito. En solo un segundo tengo la concreta definición de lo que soy, por mucho que duela. Tal vez por eso el corazón se detiene, para que preste absoluta atención a la miseria a la que me reduce un segundo. Segundos que marcan la diferencia entre amar y odiar… Si fueran horas trágicas, haría muchos años que estaría muerto, tal vez antes de llegar a joven. No sé si es suerte o naturaleza que los segundos de dolor y humillación sean los que más abundan en el reloj. Tal vez soy pesimista; pero no encuentro suficientes razones para el optimismo. Una o dos cada veinte años a lo sumo. Ya no queda ninguna veintena. Cuando te das cuenta de que es tarde, más vale que tengas una buena sobredosis de sedantes a mano. Porque de sufrir no te libras. Si el segundo no te mata, te mata una hora durante días. Cuando es tarde, el segundero se detiene y solo avanzan las horas. Sé atento. Sería lo peor que te podría pasar. Sé astuto. No te fíes de los segundos que tardan más de dos respiraciones. Determinación. No vivas, evita como sea una hora trágica, son trampas de eternidad.