Posts etiquetados ‘locura’

Es maravilloso, es mágico escuchar el paranoide y metafísico ritmo de Talking Heads en su Seen and Not Seen; hablar sin pudor a tu coño y lamerlo. Y en una de tus contracciones de placer, detenerme para explicarte las tantas idioteces que he visto y leído, mientras tu respiración es obscenidad pura.
Succionaría tu clítoris con profundidad como el ritmo de Visto y no visto con el que los Talking hacen mierda mi piedad y cordura si las tuviera.
Y con los labios de tu coño entre mis dientes hambrientos, te diría que a veces sueño con diseccionar un bebé humano para arrancar la repugnante rata que es su génesis profunda y real.
Luego, con la picha muy dura y el glande brillante por tanta insania, me metería en ti con unas lágrimas casuales. Te preguntaría con el rabo empapado de tu coño y chapoteando en tu fluido: ¿Si no eres puta cómo me soportas?
Y apagaría el cigarrillo en el retrato de mi hijo muerto que está tumbado en la mesilla, mirando al techo con aburrimiento.
Observaría con rostro imbécil como escupes mi semen por la raja del coño y rezaría una ave puta maría rascándome el culo.
Así visto y no visto, como la puta canción que esponja indoloramente mis sesos.
Talking Heads, hace ya rato que han enmudecido espantados por tanta miseria que hay en mis cojones o en mi cerebro. No acabo de distinguir.
Si algo te queda de mi leche en tu coño y te deja preñada, no me lo digas, deja que la rata haga su trabajo. ¡Ja!
Es un chiste, es tan solo ese sarcasmo de los que no tendríamos que haber nacido jamás.
Visto y no visto…
Y una mierda, todo es lento hasta la exasperación, nada concluye jamás.
Me cago en dios…

Iconoclasta

La maldad y la enfermedad anidan en el tuétano.
La médula de los huesos irradia hacia el exterior la maldad y los dolores cancerígenos que se extienden a los órganos.
El Supremo Biólogo usó materiales defectuosos para el chasis humano.
Demasiados seres fueron creados para exterminarlos a todos y fabricar nuevos; la pérdida de tiempo, huesos y prestigio sería inmensa. Y El Supremo Biólogo no puede equivocarse, es algo básico en el concepto divino.
Añadió carne, grasa y piel a los huesos como contención a la ponzoña de los corruptos cimientos humanos.
Sin embargo, había casos en los que no era suficiente y añadió más grasa, carne y piel en grandes cantidades; pensando que de una vez por todas la enfermedad y la paranoia quedarían enterradas en la génesis ósea.
Cosas ocultas, ojos que no ven…
Se crearon seres humanos indecentemente pesados y torpes, tanto que no sabían de donde salía el pensamiento: si de los huesos o del cerebro.
Solo les bastaba con matar, comer y follar.
Carne, grasa y piel resultaron también defectuosas, porque los errores que un dios no puede cometer, no se pueden reparar.
El Supremo Biólogo se cansó de parches, programó una muerte temprana y una estupidez eterna entre los tejidos que mal contenían la ponzoña.
Si morían pronto, nadie sabría de su torpeza y si eran suficientemente idiotas no podrían pensar con claridad sobre el origen de sus miserias.

Inicio de la humanidad.

Yo no sé de donde sale mi pensamiento, solo sé que algo no va bien. Cada día duele más la vida y combato el dolor mordiéndome los labios y apaleando a otros machos y hembras.
Odiando sin ninguna razón, simplemente porque soy imbécil en esencia.
Cuando nació mi primer hijo, lo partí en dos con un cuchillo de sílex para buscar entre sus huesos el dolor que yo padecía y hallar la fuente de mi pensamiento imbécil. Solo vi un huesecito ennegrecido en un brazo que radiaba hacia el hombro como los tentáculos venenosos de una medusa.
Tiré lo que quedaba de mi hijo a la hoguera y me follé a dos hembras hasta que les sangró el coño y las seguí follando con odio y golpes hasta asegurarme que quedaran preñadas.
Porque lo único que comprende mi escaso pensamiento, es que me he de reproducir.
Reproducir la ponzoña y la insania.
Lo pide toda esta carne, grasa y piel.
Al Supremo Biólogo me debo, aunque no sepa porqué, ni que gracia puede tener; él dice que más adelante alguien dirá que seremos “sapiens”, no sé que putas es eso.
Solo sé que cuando piso fuerte, me duele y cruje un hueso de la pierna de tal forma que me aterroriza.
He matado hembras, crías y viejos; tantos que a veces me duele un hueso de la cabeza.
Pronto me matarán a mí.
Espero impaciente el momento de que mis huesos se hagan de piedra indolora por fin.

Iconoclasta

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Amarte silenciosamente es lo mejor que me podía ocurrir.
Porque el amor no se deteriora cuando se mantiene secreto, en silencio.
Está a salvo de malentendidos y de mis vergonzosas limitaciones y carencias este amor que oculto y que guardo tan silenciosa y sigilosamente.
Nunca sabrá nadie la brutalidad de mi amor.
No lo pretendo; pero es una consecuencia lógica que este secreto te proteja de mí mismo y de mi existencia al no interferir con la tuya. Todo encaja ¿verdad, cielo?
Amarte silenciosa y caligráficamente es mi privilegio. Forma parte de mi escorada naturaleza.
No necesito tu permiso, ni compartir mis inquietudes y emociones con un amigo confidente.
Sé con certeza que cuando el amor deja de ser secreto, se autodestruye en cinco, cuatro, tres, dos… Estalla mediocremente, sin grandes aspavientos y ni cadáver deja para poder visitar su tumba y llorarlo al evocarlo.
Al evocarte a ti.
Sé de una forma natural, que ambos seremos felices con este amor, porque no sentiré la pesada carga al besarte, de no ser lo que me gustaría.
Sé que algo está deteriorado en mi cerebro.
La cuestión es que no hay remedio, ni lo quiero.
Es tarde, o tal vez, destiempo.
No es para ti esta carta, amada mía.
Es para este amor que palpita oscura y silenciosamente en mis sienes.
¿Te das cuenta de la trascendencia que amarte le da a mi vida? Gracias, mi amor.
La belleza de escribir solitariamente, de amarte sin límites ni gravedad. Poderosamente…
Es delirante, e incluso hace añicos el real concepto del amor.
Suelo romperlo todo, nací disconforme, enfadado con todo.
Así que escribo este secreto para dar peso, tamaño y tacto a este extraño amarte y situarlo como un jalón en mi historia.
Podrías pensar, si supieras de qué forma te amo, que estoy loco.
Claro que sí, no puedo rebatirlo; pero no ocurrirá. Moriré y nunca se sabrá, ni dolerá, ofenderá, ni asombrará.
Y lo mejor de todo, no me avergonzará jamás.
Temo al ridículo como al veneno.
Puedo reconocer mi locura porque este acto, estas palabras no me resultan extrañas. Son connaturales en mí por lo que soy y por lo que sé.
En otro momento, te escribiré de nuevo, no puedo olvidarte, cielo.
Te follaría ahora mismo, con la pluma en la mano…

Iconoclasta

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Son tan pequeños…
Con sus ojos cerrados (si los tuvieran), y sus piernecitas semiflexionadas parecen muñequitos de un roscón de reyes.
Muñequitos flotantes en sus frascos de formol.
Al que le falta un brazo se llama Raúl (concluyeron que algunos de sus órganos internos no se habían desarrollado).
El de la cabeza deforme, dividida en dos partes asimétricas es Jordi.
Y de la columna partida (si agito el frasco, se puede ver como asoma un trozo de columna vertebral a través de la espalda) es Borja.
Son mis hijos muertos abortados para evitar sufrimientos, seguramente poco tiempo antes de que murieran por si mismos.
Los salvé de ser incinerados pagando a los encargados de los deshechos biológicos de los hospitales donde no nacieron. Me los entregaban en bolsas amarillas cerradas con una brida y dentro de una bolsa de supermercado.
Mi naturaleza crea seres deformes, mujer que dejo preñada crea un monstruo, un tarado.
Mi polla escupe mierda, por así decirlo.
Sacando el polvo a los frascos de conservas de legumbres donde flotan, siento cierta pena de no haberlos conocido, cómo serían sus sonrisas; pero dudo que sonrieran.
Hubiera sido un padre que tendría que haber oído sus lamentos y la absoluta vergüenza de tener hijos aptos para nada. O abrir una feria ambulante de monstruos.
Al final, los hubiera acuchillado y ahora estaría en la cárcel. O no, soy bastante más inteligente que cualquier policía, que cualquier ser humano.
Cuando desde la ventana incide un preciso rayo de luz en sus frascos, se iluminan en color dorado y parecen pequeñas divinidades que duermen plácidamente; podrían despertar de un momento a otro con una sonrisa piadosa hacia su padre.
Sé que la culpa es mía; pero sentí un odio peligroso hacia sus madres y me divorcié de ellas. No sin antes darles una buena paliza, claro.
Úteros de mierda…
Y en mis cojones la podredumbre y la miseria.
A lo mejor soy uno de esos hijos míos que flotan en formol.
Solo que por dentro, con mi capacidad motriz intacta y la tara es mi pensamiento y mis testículos ponzoñosos.
Toda esta amargura que contengo bajo un rostro impasible día tras día.
Ni siquiera cuando acudo al banco de esperma para donar me siento mejor.
Si un día llegara a saber qué mujer va a parir/abortar/escupir mi próximo hijo flotante, acudiría al hospital en el momento adecuado. Los hermanos deben estar juntos.
Los amo, esos pequeños fetos, o niños a medio formar, representan la inocencia absoluta y la práctica demostración de que hay razones por las que algunos humanos no pueden crear descendencia.
La naturaleza no es sabia, es solo cruel.
Y mis pequeños hijos flotantes, pequeñas y mártires divinidades de un mundo extraño.

Iconoclasta

– Ya nos podemos ir, lo sabemos todo. No hay nada nuevo que ver.

– Todo no.

– Vaaaale… Digo cosas que nos ilusionen. Porque la cura del cáncer o un nuevo asteroide, me aburren hasta el bostezo.

– Es solo esa tristeza vital tan tuya. Pasará. Vivamos un rato más.

– Una mierda… Vivir duele y produce sequedad de boca y ojos.

– Mentira.

– Verdad. Tenemos algún órgano que se romperá tarde o temprano y nos dejará tirados en el camino. Como una muñeca en el vertedero a la que las gaviotas engañadas pican su cuenca vacía. Ha llegado el momento.

– Eres un pesimista, solo es eso. Escribir mirando adentro es suicida. Sal a caminar.

– ¿Otra vez? ¿No ves lo negra que está? Cojear todo el puto día es tan aburrido como doloroso.

– Y la autodestrucción fascinante ¿verdad?

– Es absolutamente hipnótica. La autodestrucción nos da la trascendencia absoluta y última. Nos hace importantes a nosotros mismos.

– Yo solo soy tu esquizofrenia, tu paranoia. Técnicamente no existo; pero quisiera ser un tiempo más. Las alucinaciones tenemos inquietudes…

Y hay seres que te quieren, no se puede soslayar.

– ¿Quiénes?

– No te lo digo. Lo negarías.

– Hay quien te ama.

– ¿Quién?

– No te lo digo. Lo negarías.

– Y amas.

– ¿A quién?

– No te lo digo. Es pecaminoso en algunos momentos.

– En el fondo lo sé; pero me haces reír. Pecaminoso…

– Pues no los digas porque cuando algo se nombra, se rompe.

– Tú también eres pesimista.

– No lo soy. Simplemente sé que eres peligroso para ti mismo. Para nosotros, todos los que somos.

– Ahora solo vivo para contrastar con el decorado. Soy un artículo decorativo que ya no espera nada. Como las ramas desnudas de hoja y vida que contrastan hermosamente contra el cielo, como frágiles esqueletos. Aunque yo no aporto esa plástica. Soy infinitamente más vulgar.

– Un día te inyectaron contraste en las venas. Tal vez sea un efecto secundario.

– Tal vez ha llegado la hora.

– ¿No te parece que este café huele rancio?

– A almendras amargas.

– Como el cianuro.

– Sí.

– Tú no tienes de eso.

– Bueno, tengo mis recursos.

– ¿Por eso está vacío el bote de superglú?

– Sí.

– Entonces va en serio. Nos vamos ya.

– Es necesario antes de degenerar en algo peor.

– Ha sido bonito vivir tan intensa y brevemente, escribiente fracasado.

– Ha sido un placer conocerte, mi amigo Paranoia.

– El final va a doler ¿lo sabes?

– Lo sé; pero durará poco. Cuando el cuerpo se convulsione, ya no estaremos.

– Tengo ganas de llorar.

– No puede hacer daño, es una buena idea.

Iconoclasta

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Estoy aparentemente relajado; pero no dejo de pensarte.
No amarte sería la solución a esta paranoia.
Pero… ¿Cómo lo hago?
¡Dime! ¿Cómo lo hago para no amarte?
¿Cómo cojones puedo dejar de pensar en ti, cielo?
Por favor…

Iconoclasta


Fotos de Iconoclasta.

Nunca tengo nada que contar a nadie que se interese por mis días por una malentendida educación. No me ocurre nada que sea digno de mención.
Y lo que me pudiera ocurrir me atañe exclusivamente a mí.
Morir es una cosa íntima. Nadie debería estar cerca cuando te mueres (incluso cuando matas), y es lo que básicamente ocurre todos los días, todas las horas.
Así que invento cosas creando un mundo más intenso. No mejor, solo más importante y trascendente, donde las maldades y las bondades se entrelacen como las patas de dos lesbianas haciendo la tijera.
Mi cerebro está podrido y no es escrupuloso. Jamás aspiraría a imaginar cosas bucólicas o perfectas, me muevo bien y con naturalidad en la sordidez.
Si alguien me pregunta por mis días, jamás le explicaría que son un caos de ideas, imágenes, frustraciones y deseos que ocupan gran parte de mi vida gestionar: describir, nombrar, clasificar y archivar en el lugar adecuado de mi cráneo.
Administrando toda esa vorágine mental, el dolor y el miedo pasan a una fase letárgica y parece que eso le sucede a otro.
Es por mi intensa actividad mental por la que, cuando unos se van a llorar al médico por un dolorcito; yo camino y me accidento por algún tropezón; como si fuera un humano sano sin un dolor en los huesos, un vulgar en definitiva. Si me corto con el cuchillo en la cocina, me meo de risa; incluso cuando reconozco con mis letras que soy un mierda, río oscuramente.
A veces lloro al masturbarme. Me gusta tener ese aire de maldito y triste.
Suelo cerrar mi resumen mental con un “tal vez se cumpla algún sueño algún día”; pero me río de mi estudiada candidez. Soy muy crítico y burlón conmigo mismo, es básico en alguien con una mente tan ponzoñosa y tan mal ubicada en el universo como la mía.
No, no estoy loco; de lo contrario no podría escribir con tanta lucidez mi sórdida (incluso distópica por decir lo mínimo) bitácora.
Bueno, si nadie es capaz de imaginar lo que mi cabeza esconde, es que soy hábil y tengo el control.
Hay brazos (manos y dedos los desecho, no me gusta esa carne gelatinosa de la misma forma que no me gustan los pies de cerdo) y filetes de mejilla humana en mis congeladores que jamás se descubrirá a quien pertenecieron. En mi sótano tengo cuatro arcones, y el cuarto pronto estará lleno.
Debería parar; pero es tan fácil matar…
Si no tuviera que esconderme, si fuera libre para hacerlo…
Es tan frustrante a veces vivir…
No siempre me apetece comer humanos, no soy exclusivamente caníbal. Me gusta la repostería de crema, trufa y nata; por ejemplo.
Tengo mis caprichos.
A veces sueño que estoy en una selva de otro planeta y cazo una pieza humana, la devoro donde la mato hasta saciarme y dejo sus restos como hacen otros predadores, para los carroñeros.
Sin leyes, sin esconder mi naturaleza, sin necesidad de escribir cada día toda esta literatura sórdida que solo leo yo; pero que una vez haya muerto, leerá alguno de esos seres que creen y velan por esas ridículas leyes que pretenden destruir mi libertad e idiosincrasia.
He violado tantas veces, que me duele el pene al ponerse duro por tantas cicatrices.
Me gusta esa sencilla y brutal imagen de mí. Cuando lo trato con crema hidratante para flexibilizar todas esas durezas, no puedo evitar eyacular con los dedos de los pies fuertemente contraídos y con ese dolor como una frecuencia mortificante pulsando con la del placer.
No siempre consigo evitar un grito o un rugido, no sé…
Querido diario (qué risa de ñoñería, soy feliz a veces), hoy no he matado, me he sentido un tanto desidioso.
Mañana…

Iconoclasta