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Una vez consiguieron la infraestructura necesaria para la localización y control de la población por medio de las nuevas redes 5G, los gobiernos de las naciones del planeta ya disponían por fin de una potente herramienta de control humano para crear una gran ola de terror planetario por medio de peste coronavirus, represión y ruina.
Una vez conseguido el encierro del ganado humano y su exhaustiva represión y clasificación según su estado viral, se procede a la implantación del uso de mascarilla bajo pena de costosas sanciones y presidio en campos de concentración en caso de no seguir la norma dictada por las nuevas “repúblicas” del coronavirus.
Hay realidades que divertidamente concuerdan, cuadran con hipótesis mucho más apasionantes que la vulgar y decepcionante realidad. Y da gusto vivir una película de ciencia ficción distópica, es emocionante.
La red 5G ya en funcionamiento. Las manifestaciones por cualquier cosa por banal que fuera, se convirtieron en una cotidiana celebración festiva en todo el planeta y ahora han cesado de una puta vez, por fin… Cesado no, prohibidas.
La implantación a nivel genital de los ordenadores, teléfonos y relojes inteligentes. La cobardía que se ha hecho tumoral en el cerebro de las reses humanas viciadas y, esperanza ciega en el retórico y falso paternalismo de sus líderes políticos y religiosos. Centenares de falsas amistades y sexo de mentira en las redes sociales. La solidaridad y tolerancia facilonas sin criterio como formas de hipócrita educación en lugar del pensamiento crítico. La fe ciega en los científicos ambiciosos con ansias de notoriedad. Creer con vergonzosa ingenuidad que es primero la salud que el dinero cuando en una sociedad capitalista, no hay salud sin dinero o trabajo que lo proporcione.
El exceso de viejos y sus pensiones de jubilación… La tan cacareada insostenibilidad de las pensiones en la envejecida sociedad occidental, sobre todo en la decadente, vieja y pequeña Europa; se resuelve con un virus muy certero que mata a viejos en un rango de edad muy determinado, con gran precisión y eficacia.
La decadente, inmadura y vergonzosa ingenuidad de la chusma adulta hacia la fe en las medidas de protección de su gobierno, como una paga por su inmovilidad y prisión domiciliaria y por la que perderán su trabajo definitivamente; ingenuidad muy parecida a la de los judíos de la Segunda Guerra Mundial que afrontaban su encierro en los campos de exterminio sin apenas resistencia.
La misma ingenuidad que lleva a los más lerdos (la aplastante mayoría) a aplaudir desde sus casas-prisión a sus policías carceleros.
Delatores colaboradores voluntarios de las fuerzas de represión, tarados mezquinos que creen llevar a cabo una misión religiosa, sin mencionar el miedo que los convierte en gusanos agitándose en sus casas; denunciando a los que caminan por la calle, a los que pudieran entrar en su segunda residencia. A los fracasados la envidia se los come, con la voracidad que sus madres lamen sus genitales, orgullosas de haber parido a tan preciosos hijos de puta delatores de la Gestapo. Como aquellos buenos tiempos en los que los vecinos denunciaban a otros vecinos más agraciados de brujería, de judaísmo, de rojos comunistas o de capitalistas traidores corruptos para que los mataran y conseguir trato de favor, una parte del expolio o simplemente para dar de beber a su repugnante envidia.
Toda esa cobardía eficazmente programada e inducida en las reses sin cerebro, ha hecho posible que se les obligue, sin rechistar siquiera, a llevar mascarilla por los siguientes objetivos: robarles dinero, obligarlos a ser un bulto de carne irreconocible convirtiéndolos simplemente en cosas productoras con baja autoestima y sobre todo, para que desconfíen entre ellos y se sientan enfermos y amenazados a todas horas del día, tristes como los perros con bozal.
Se crearán dos nuevas clases sociales: infectados e inmunes.
Debido a la miseria generalizada, los gobiernos y las grandes corporaciones serán los que digan qué, cuando y como debe consumirse y que alimentos serán mejores para la salud de los productores de la colmena. Los estados y sus filiales, las grandes corporaciones, serán los Grandes Hermanos que velarán por la salud de su chusma racionándoles todo.
Es casi perfecto, solo que los mandatarios de los países no son personas inteligentes, son tan idiotas como sus votantes, solo juegan con la suerte y tienen más dinero para apostar más tiempo.
La suerte dura poco y la destrucción no tardará en llegar.
Eso espero ferviente e impacientemente.
Ahora que me voy a morir, empieza lo divertido, coño.
Gracias a la informática y sus redes, la historia real que se leería en los libros dentro de cincuenta años, se puede documentar hoy a tiempo real. Me jode como a Cristo no poder rascarse los cojones crucificado que, los perros policía acosen a cada momento; pero estoy disfrutando del momento histórico.
Esta sociedad, merece desaparecer, extinguirse.
Y me gustaría de verdad asistir a ello, aunque me joda.
Es una buena y genial novela en la que participar.
Mientras se hace toda la mierda realidad, yo me entretengo en soñar con mundos mejores, más violentos, ergo más intensos. Si algunos pequeños detalles, no ocurren, mala suerte.
El miedo que se lo metan ellos con un supositorio por el culo.
Además, tener un cáncer te inmuniza contra el miedo a una mierda de coronavirus.
Cada uno es como la vida lo hace, si tiene cojones, claro.
De lo contrario, eres un mierda como esos que miran con sus infectos ojos delatores a los que se mueven por la calle.
Sí, ya era hora de que sufrieran y temieran millones y millones de humanos acomodados y decadentes hasta el vómito.
Como Nerón hizo arder Roma.
Que adrenalínico…
Justicia pura y dura.
Buen sexo.

Iconoclasta

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Padre…
Mírame: la tengo dura por los muertos y los enfermos, por los pobres y los hambrientos.

¿Es legal?
El televisor habla de coronavirus y parece de carne, orgánico… En la pantalla bajan lefas escurriéndose como cera caliente que humea un poco antes de enfriarse.
Padre: cuando camino el movimiento masajea mi glande y me desespero; el semen hirviendo presiona y no sé como gestionar lo caliente que estoy. Solo acierto a meter la mano en la bragueta. Estoy tan encelado…
Encelado de tanta miseria y cobardía que veo y escucho, padre.
No sabía de mi mórbida obscenidad. ¿Tuviste algo que ver con esto que está tan dolorosamente duro entre mis piernas y mi degeneración? Mis huevos están contraídos, parecen de cuero, padre.
Es también una clara cuestión de mortificación.
No me importa el dolor, la muerte y el miedo; solo pienso en correrme.
Dime que no estoy enfermo, padre.
Padre: ¿Qué hago? Los policías me dicen que tengo la obligación de mostrarles mi erecto y palpitante pene para que me hagan un test con sus bocas ávidas.
Agentes de la indecencia…
Les digo que tengo prisa, pero me acarician los huevos y una agente fea, se acaricia retorcidamente entre las piernas con la porra.
Como yo hago sin poder evitarlo apretando mis cojones con el puño.
¿Qué hago, padre? ¿Les dejo beber de mí?
¿Sabes, padre? Me hubiera gustado que no hubieras muerto y supieras de la excepcionalidad del cerebro podrido de tu hijo.
Moriste sin conocerme…
Me parece injusto.
Padre, hay una epidemia y no consigo enfermar, no mis pulmones. Es mi pene que se expande y llena todas las bocas y todos los coños de los que viven y los que se pudren. ¿Soy yo la infección? ¿O son ellos los que me infectan con su cobardía y mediocridad?

Estoy sucio.
¿Estás orgulloso de mí, padre?
¿Los muertos sentís orgullo?
Padre, tengo el cerebro podrido y mi pensamiento supura un blanco lácteo y cremoso.

Iconoclasta

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La velocidad de morir es la más lenta que existe.
Morir cuesta toda una vida.
No hay unidades ni cifras aproximadas para medir esa velocidad desesperante.
Solo sé que cuando miras atrás han pasado demasiadas horas malas.
Cuando llega el momento de palmarla, piensas que ya te podrías haber ahorrado tanta vida de mierda, innecesaria.
Siempre hay un amargo sabor cuando te llega la muerte, hubieras preferido ver morir a muchos que conoces antes que tú.
Al morir no te arrepientes de nada, solo hay esa desagradable sensación de que algo está mal en la vida. Ha sido todo un continuo fraude, un mal vivir.
Una sensación de timo que entristece la última respiración.
Romanticismos aparte, definitivamente, morir es la más triste y anodina marca de velocidad.
Te dan una medalla de estiércol en el mejor de los casos.
La mayor parte de los seres intentan ser lentos, siempre quieren ser los últimos en llegar.
Pues que se jodan.
Hice grabar un epitafio en mi lápida:
“A los que os hice daño, no fue el suficiente.
Esa es mi condena.”
Y heme aquí escribiendo desde este fresquito limbo. Maldiciendo mis huesos enterrados por lo muy lento que fue morir. Si llego a saber que se está tan bien aquí, me hubiera decapitado hasta con un cuchillo de untar mantequilla.
¡Qué hijaputa la muerte! Qué mala faena me hizo…

Iconoclasta

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Y una mierda.
¿Y los que han muerto?
Más vale tener las hojas bien afiladas. Si un cuchillo no corta, no comes.
Es solo una ley básica de supervivencia. Todo consejo es bienvenido cuando una gran parte de la población piensa que el gps del teléfono le podría dar de comer sin más esfuerzo que abrir Google maps. Cuando los adultos y viejos cantan que todo va a ir bien, escupiendo a los muertos en una burla preñada de hipocresía cobarde y venenosa.
No hay final feliz, no está ocurriendo semejante cosa. Y cuando acabe, el recuento de muertos no será motivo de orgullo o alegría. Nada habrá ido bien.
La longitud y el buen filo de un cuchillo pueden marcar la diferencia entre el hambre y la comida, entre el más débil y el más fuerte. En definitiva, entre vivir y morir.
Por otra parte, usar un cuchillo es menos agotador que ir olfateando los contenedores de basura en tiempos de crisis.
La inmovilidad y el miedo, matan a más gente que cualquier enfermedad.
Si algo lo demuestra, son los campos de exterminio nazi y la obediencia de los judíos.
Y es que la obediencia ciega se debe a una ingenuidad fruto de una decadencia social que provoca dependencia hacia el brujo de la tribu o el puto presidente de una nación.
La ingenuidad lleva inevitablemente a la humillación y tras unos días de vida de mierda, a la muerte.
De morir no te libras; pero de la humillación… Bueno, es una cuestión de cojones, seas macho o hembra (podría decir de valor; pero no me sale de la polla).
Un síntoma de decadencia en una sociedad es el excesivo número de amistades que cada individuo ostenta, siendo necesarias para soportar su mediocre y triste existencia; porque si se queda solo, se muere de asco de llegar a conocerse.
Otro síntoma, tal vez el que demuestra definitivamente que los individuos de esta sociedad están absolutamente castrados, como animales de granja talmente, es la ostentación y alarde que hacen de su cobardía en nombre de la paz y las buenas vibras.
No es nada nuevo, desde hace siglos por ejemplo los machos, se van a follar con putas en grupos. Ni eso son capaces de hacer solos.
Cuando la chusma precisa para sentirse protegida que, cualquier imbécil de sus congéneres le diga que todo va a ir bien y le creen, es que la sociedad ha descendido ya muy abajo por la vertiginosa curva de la decadencia y degradación social.
Sus individuos adultos y viejos, se escudan en las palabras “todo va a estar bien” cuando todo se derrumba.
Y cantan y hacen cosas infantiles, inservibles y banales en sus últimos momentos de bienestar, justo unos segundos antes de ser arrollados por una destrucción para la que no están anímicamente preparados por esa cobardía con la que se les ha castrado durante años y años de adoctrinamiento generacional.
Hacen como que no sucede la muerte y tienen un miedo que se cagan, dan las gracias servilmente a las cajeras del supermercado por “estar ahí” con toda su irreprimible cobardía y escuchan las noticias con el corazón en un puño.
Es repugnante, es asqueroso que mientras muere gente a miles, los adultos de mierda se dicen a sí mismos que todo va a ir bien.
Nótese la repugnante hipocresía y la mierdosa solidaridad: solo si ellos viven, todo irá bien.
¿No notas un vómito subir a la boca?
Nada va a ir bien, mientras pronunciáis el mantra de la cobardía y lo creéis, están muriendo, lelos. ¿Qué es lo que puede ir bien?
No eduquéis a vuestros hijos en la cobardía, los pusilánimes no tienen nada de que sentirse orgullosos.
Ignorar la muerte de otros, es tanto como celebrarla.
Y la ignoran por ese miedo que demuestra lo necesaria que es desde ya una selección natural.
Los que no sean demasiado ingenuos unos minutos antes de morir concluirán que la sociedad está acabada.
Cuando se ha constatado que la sociedad ya está en proceso de derrumbe, llega la violencia, la destrucción, el hambre, la sed, más enfermedad y las muertes sin funerales (como ya estamos acostumbrados a verlo en países africanos y algunos asiáticos; no debería sorprender a nadie, no es ninguna novedad el proceso de la muerte de una sociedad).
Cuando han muerto los necesarios, comenzará otra reconstrucción social. El resultado de la nueva sociedad dependerá de si los que quedaron vivos para realizar semejante tarea, eran más o menos idiotas. Suponer que hubiera alguno inteligente, sería cometer otra ingenuidad nivel “todo va a estar bien”.
Es el proceso de toda civilización o sociedad: crecer, decaer, morir y reconstruir para volver a crecer hasta el próximo apocalipsis.
¿No es maravillosa la simplicidad y claridad que otorga el hábito de lectura y pensar por uno mismo sin escuchar al imbécil que dice “todo va a ir bien”?
Nada ha ido bien, lelos.
Nada va bien mientras mueren seres bajo vuestras engalanadas ventanas de mierda con dibujos de patéticos arcoíris.
Ya nada puede ir bien con los que han muerto, gilipollas.
Si no se odiaban, si no los han matado ellos, los muertos no son para hacer fiesta; no si el cerebro está sano, hijoputas.
Zoi hun jenio…
Por otra parte me gustan las mujeres con lencería translúcida, si son morenas en blanco, si son rubias en negro para que haya contraste.
Están preciosas y follables con esas indiscretas blondas revelando sus pezones y sexos.
Me gustan de verdad.
Ñam…
Nada está bien, ni irá bien. Solo sumaremos muertos mientras follamos.

Iconoclasta

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Esos segundos que sin previo aviso, por causa de algún olor, de algún tacto, o de algún pensamiento volátil e imperceptible; detienen el corazón, te roban un latido, dejan en suspenso la vida y te arrastran inevitablemente a la añoranza de un beso, un abrazo. Aunque claves las uñas en tu propio pecho, te arrastrarán a la inquietud del recuerdo de un dolor, de una muerte, de un engaño, de una frustración.
Cuando la aguja del reloj se detiene demasiado tiempo y deja en suspenso el alma porque una palabra necesaria no se dijo o escribió en el momento adecuado.
Ese segundo que marca el funesto aviso de que tal vez es hora de despedirse, si tienes a alguien de quien hacerlo.
El segundo que te transporta a un mundo absurdo y ajeno cuando ves a padre muerto. Con el color de la carne fría de los cadáveres y la nariz hinchada.
Las manos parecen de plástico…
Ahí no hay ni un ápice de calor…
Pobre padre…
Cuando la miras y sientes la imperiosa necesidad de abrazarla, de decirle que ha sido tan difícil llegar a amarla… Que has tenido suerte de llegar a este momento y no haber muerto antes.
Esos segundos de amor, dolor o miedo son tragedias por bellos que puedan ser.
Porque duran eso, un segundo miserable.
Un segundo para un infarto es suficiente, y te da el color de la carne fría.
Oh, padre…
A veces se repiten hasta doblarte, como si quisieras vomitar.
Oh, madre que no vi tu carne fría.
Qué suerte recordarte hermosa.
Un beso, mama.
Otras son simplemente irrepetibles y te frotas un poco las manos desesperado.
Y sin darte apenas cuenta, recitas el rosario de los segundos.
Soy hombre porque pesa la vida y soy un titán.
Soy hombre porque temo el dolor de morir.
Soy hombre porque he amado.
Soy hombre porque he odiado.
Soy un mierda porque lloro.
Y una hiena porque río.
Una bestia desbocada cuando pego.
Un charco de sangre cuando me pegan.
Unas uñas desgarradas cuando me precipito.
En solo un segundo tengo la concreta definición de lo que soy, por mucho que duela.
Tal vez por eso el corazón se detiene, para que preste absoluta atención a la miseria a la que me reduce un segundo.
Segundos que marcan la diferencia entre amar y odiar…
Si fueran horas trágicas, haría muchos años que estaría muerto, tal vez antes de llegar a joven.
No sé si es suerte o naturaleza que los segundos de dolor y humillación sean los que más abundan en el reloj. Tal vez soy pesimista; pero no encuentro suficientes razones para el optimismo. Una o dos cada veinte años a lo sumo.
Ya no queda ninguna veintena.
Cuando te das cuenta de que es tarde, más vale que tengas una buena sobredosis de sedantes a mano. Porque de sufrir no te libras. Si el segundo no te mata, te mata una hora durante días.
Cuando es tarde, el segundero se detiene y solo avanzan las horas.
Sé atento.
Sería lo peor que te podría pasar.
Sé astuto.
No te fíes de los segundos que tardan más de dos respiraciones.
Determinación.
No vivas, evita como sea una hora trágica, son trampas de eternidad.

Iconoclasta

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¿Os habéis fijado en esas reses que caminan presurosas por las calles, como las ratas al salir de la cloaca? Con sus mascarillas y guantecitos, con la cabeza gacha para estar a salvo de alientos ajenos.
Así son los delatores que venden a quien sea por conseguir un favor o para distraer su cobardía repulsiva.
En todas las épocas aparecen; con la cabeza inclinada y la mirada infecta de envidia y cobardía. Llenando con sus mugrientas ambiciones y mentiras cárceles, pelotones de fusilamiento, campos de concentración y hornos crematorios. Desde sus patios, tierras, balcones y ventanas espiando quien se mueve, inquietos con su pensamiento podrido, corrupto y moral.
Me encanta esa podredumbre humana, me fascina observarlos y saber que morirán con sus mascarillas y guantes entre orines e intestinos vaciados, con los pulmones hechos jirones.
Es precioso… Incluso pestañeo emocionado.
Qué bueno…
Y como soy un tanto necrofílico, me acucia la perentoria necesidad de masturbarme ante los enmascarados y enguantados cadáveres. Me he puesto cachondo con mi gran y precisa imaginación. Gracias a mi prodigiosa mente, visiono cadáveres a trillones de megapíxeles de definición, a diez millones de putos K.
Si pienso en la carne muerta de los miedosos delatores me pican las palmas de las manos y no puedo dejar de imaginar la absoluta dedicación de buitres y ratas en su diligencia eliminando mierda. ¡Cómo les gusta y disfrutan de su trabajo!
No sé si yo podría comerme los ojos de esos puercos.
Soy un tanto mirado con la porquería.
¡Pá correrse!
¡Hala, ahí va! Decenas de miles de hijos míos que podrían haber nacido…
Pobres hijos míos deslizándoos sobre el rostro de indecentes muertos.

N.del A.: me ha faltado imaginar algún héroe francotirador cazador de enmascarados y enguantados delatores; pero nada es perfecto.

A veinticinco de marzo del año del coronavirus y vuestro señor dos mil veinte.
(Era de la Cobardía, como si alguna no lo fuera)

Iconoclasta

¿Oyes reptar con sus mil patas a la muerte por las paredes, las de tus pulmones?
No te fíes si está todo bien ahora, pasa como con los ataques de corazón. Son sorpresivos y no dan tiempo a despedirte de todos esos hijos de puta que has ido conociendo a lo largo de una vida de mierda.
Haz lo que debas, lo que quieras; con la condición de que tu vida sea cómoda entre los puercos que te rodean y te han rodeado. Di lo que conviene, sé oculto y secreto. Miente, y sé muy selectivo con quien dices las verdades con esa persona o dos que pueden oírlas, de entre los millones que viven sin que sea necesario.
Ante todo piensa libre, sin respeto, con ferocidad, con crueldad, sin condolencias. Sonríe por dentro. Di que lamentas los muertos. Imita la empatía ajena, con la que no naciste.
Nunca digas que tu libertad es más importante que todos los que mueren o puedan morir tarde o temprano. Solo piénsalo.
Es liberador, valga la redundancia.
Nadie merece ninguna sinceridad.
Que parezca que respetas la repugnante sociedad a la que emergiste del coño de tu madre. Sin pedirlo, sin responsabilidad alguna de toda la mierda que te culpan. De todas las putas responsabilidades y deberes que te quieren colgar de la polla.
Muere libre, sin alegría, sin sentir que has sido feliz y que tu vida ha sido plena. Muere con ira, mordiendo el cigarrillo con fuerza. Evoca e imagina todos los que han muerto antes que tú y pensaste: “Bueno… ¿Y a mí que cojones me importan?”.
Los que aún viven (desgraciadamente), si supieran de tu muerte ni pestañearían.
No eres querido, nunca lo has sido. Comprende bien el concepto.
Morir es un trámite, el último de esta piojosa vida. No te preocupe el alma. Se descompondrá a la vez que el cuerpo. Alégrate así, de haber muerto mucho después de otros. Ellos solo sirven ahora de colchón a tus huesos.
Ya sabes, quien ríe el último…
Pero tú no rías, sé feroz hasta el último hálito de vida que te quede.
Que nadie pudiera llegar pensar por un segundo que en esta repugnante sociedad fuiste feliz.
Deséales una corta vida y lárgate cuanto antes.
Llévate un virus en tus huesos y el día que por un terremoto o una excavación aflore la miseria que de ti queda, también se desentierre un bendito virus que haga el trabajo que nadie se atreve o puede hacer en un futuro que será necesario si aún existe la especie humana.
No es por justicia o ecología, es solo una maldad que trascendería más allá de la muerte.

Iconoclasta

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– ¿Adónde vas?

– Adonde mueren las cosas.

– ¿Eres cosa?

– Cualquier cosa es cosa.

– ¿Y por qué ir para morir?

– Soy impaciente. Y morir es íntimo, más que follar.

– ¿Qué ocurre si te ven morir?

– Es patético, haces ruidos, caras raras, cosas indignas. Es humillante.

– Los seres humanos quieren morir con el consuelo de los que aman.

– Yo no soy esas cosas.

– Es triste morir solo.

– No. Yo soy un triste sin tristezas en esta cuestión.

– ¿De verdad no temes caminar hacia la muerte?

– Temo al dolor, si no duele está bien.

– ¿Qué esperas tras morir?

– Una mamada.

– ¿No extrañarás nada?

– Las mamadas. ¿De verdad no entiendes qué es morir?

– Estás deprimido.

– La vejez y sus consecuencias no es depresión, es lógica.

– ¿Cómo crees que será morir?

– Dormir, una asfixia y luego descomposición.

– No es agradable,  no se puede vivir con eso.

– Por eso voy donde mueren las cosas.

– ¿Puedo ir contigo?

– ¿Sabes lo que significa intimidad, cosa?

– Solo hasta las puertas, no entraré. Quiero saber.

– Si llegas a las puertas, estás muerto. Lo que ocurre en muerte, se queda en muerte. ¿Hueles? Ya empiezo a descomponerme.

Iconoclasta

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Como siempre ocurre, hay dos versiones del final del puto #yomequedoencasa.

Cuando acabe esta peste, los más felices, los que cantan canciones a gente que ni han visto; pero los entretiene; seguirán teniendo sus casas, su trabajo, su dinero.

Y los hay que cuando acabe la peste, serán sacados de sus casas por no tener dinero, por no tener trabajo. Estos no dan las gracias a nadie con cantos entonados con la cobardía del “te lo agradezco para que me cuides cuando me toque”. Simplemente piensan con la mirada hosca que será difícil encontrar dinero para comida.

Las medidas sanitarias solo están pensadas para los que tienen una buena seguridad económica. A ningún gobierno le importan los pobres, los pobres no votan, porque conocen la misera y a los miserables. Y porque si no tienes domicilio, no te llega la tarjeta del censo electoral. Hay que tener en cuenta, que los poderosos, para conservar su salud necesitan arruinar familias en grandes cantidades. Cuantos menos pobres, menos insalubridad y más dinero se quedan ellos.

Nunca jamás, a nadie se le ha ayudado cuando lo han arruinado y ha perdido casa y enseres. Eso no ocurre ni ocurrirá jamás. La función de un gobierno es sorber los fluidos vitales y monetarios del pueblo que pastorea. Cualquier otra consideración es pura religiosidad.

Los hipócritas y risueños cantarines pensarán con una sonrisa, recordándose como héroes, que con sus canciones y sus memes vencieron al coronavirus.

Y están los que se cagan en el puto dios por la puta suerte que tuvieron.

Porque ahora tendrán que vencer la pobreza, que es infinitamente peor que el coronavirus.

Es más digno y menos penoso, morir de coronavirus que de hambre. Y mucho más satisfactorio morir con violencia, robando por subsistir; que de las dos anteriores formas.

Bueno, es lo que pasa habitualmente, si te aprietan, aprietas.

Y si las leyes te joden, pues intentas joder las leyes, si ya estás muerto qué más da…

Estos son los dos finales predecibles e inamovibles de una peste (en caso de que no extinga a la especie humana, como sueñan los jehovistas) tanto biológica como simplemente psicológica, fabricada para reconducir a la chusma.

Y al final chusma son todos: los pobres y sin casa, y los esclavos sonrientes que la conservan y tan solo han disfrutado de unas vacaciones durante el #yomequedoenmiputacasa.

Iconoclasta

Si sometes el camino a un análisis bajo visión infrarroja, observarás las huellas ensangrentadas a lo largo de los tiempos. Y no será entonces, el bosque lo que no te deje ver el camino.
Será el camino el que difumine el bosque y la vida.
Porque la muerte es fascinante en su terror y su conclusión. En su quietud.
Ya no apartarás la mirada de las huellas de los muertos y de los que aún sangran. De tus pasos de muerte, los más recientes y brillantes si miras atrás.
Hubiera sido mejor que los árboles hubieran mantenido oculta la via morta ¿verdad, carajo?
Pinche camino…
Que los árboles oculten el camino y la certera muerte.
Nos dejaron caminos anegados de sangre, es la única enseñanza bajo la luz enferma de lo infrarrojo. Del inframundo…
Es la única sabiduría bajo cualquier luz.
Vivir es un continuo sacrificio que alimenta el bosque.
Todos los caminos conducen al mismo lugar; y no es la puta Roma.

Iconoclasta

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