Posts etiquetados ‘prosa dramática’

Podría contar miles de cosas que he visto y vivido; pero la tristeza reside en las que he perdido y las que se quedan en mi oscuridad.
No es algo que pregonar con orgullo y alegremente, lo vivido y lo ignoto; pero insisto en que lo escrito es la tridimensionalidad del pensamiento.
Parafraseando un título de James Bond: Sólo para mis ojos.
Para mis secos ojos ciegos.
Para mis ojos sepultados.
Muertos de una puta vez.
Llenos de tierra.

Foto de Iconoclasta.

No creo en mi alma, soy más del cerebro.
Lo cual, me hace irremediablemente mortal porque sólo las almas se reciclan en otra dimensión, en otro cuerpo, en algún paraíso, en el infierno o cuelgan como invisibles materias oscuras en el cosmos esperando algo que no llegará nunca.
Tampoco creo en vuestras almas. El vapor que desprende un cadáver carece de identidad.
Lo sé por el humo del tabaco que no habla y porque he visto muertos; como los seres que quise y se pudrieron sin más.
Es importante la palabra adecuada para que defina el preciso pensamiento.
La exacta tristeza.
El silencio define la ausencia de todo.
Un silencio es una muerte.
Una palabra exhalada o escrita es un pedazo de vida, tal vez de una longitud de dos segundos a lo sumo.
El vapor es un silencio sin boca ni manos, mi cerebro seco exactamente.
No es algo malo, tan solo es una tragedia más de nuestra tangibilidad.
Y el amor es la necesaria ilusión para desear la opacidad de la carne.
Aunque también el odio…
Pero mientras somos sólidos podemos elegir. Cada cual usa su carne según sus posibilidades, según su peso.
Según defina con exactitud o ambigüedad la comprensión de lo que le rodea.
Tengo un millón de razones para odiar antes de ser vapor.
Y sólo una para amar: tú.
Elijo el amor contigo y, tal vez, un día hacerme vapor deshilachándome con un pequeño calor entre tus dedos y en tu cabello cuando cubre mi rostro aislándome en ti.

La melancolía es una tristeza secreta para mí mismo. La pena de lo que nunca experimentaré. Un sentimiento que jamás conoceré.
La decepción de saber que existe una alta emoción que no gozaré jamás.
Me ha sido negada la gracia, cuando casi la rozaba. Estuve a punto de elevarme a ella.
Esta melancolía me lo dice como una conciencia cuchicheando en mi oído, en mi estómago. Reverberando en el tuétano de los huesos.
Estuviste cerca, estuviste muy cerca.
Pobre cosa, pobre hombre ciego.
Tal vez, sea no haber podido escapar de este lugar y tiempo atroces que impiden que la razón se expanda haciendo de mí una ola más en el mar, yo rompiéndome en un hermoso final en la tierra.
Creando una espuma de mí mismo y los mudos coros del universo muerto susurrando: ¡Así se hace!
Y dan ganas de llorar por una abstracción imposible.
Podría haber sido un hálito que agita íntima y tímidamente las hojas de un árbol cuyo rumor agradecería mi sencilla aunque útil existencia.
Me he cansado y hastiado de dolores, decepciones, amores, ternuras y cariños sin espuma; sin el secreto rumor de unas hojas que nadie presta atención.
Nadie más que yo.
No es por trascender, sólo aspiro a ser invisible, un ente ignoto. La belleza sin reflejos de una existencia malograda y malformada desde el inicio de los tiempos que es mi nacimiento.
Sólo lloro con ira por lo que mi vida no ha encontrado, no ha sentido.
Que nadie sepa más de mí, desaparecer como una ilusión. A veces sueño con volatilizarme en el aire sin dejar rastro y todos aquellos que supieron de mi existencia, parpadearan: Me ha parecido ver algo… Parecía tan real…
Ser una alucinación en el planeta.
Que nadie me recuerde.
Porque mi existencia me avergüenza.
Que no me entierren o quemen en tierra podrida.
Esta melancolía que guardo en secreto no es tristeza, si no hastío y decepción de no alcanzar otra cosa más que, un mundo mal hecho por millones y millones y millones de seres humanos muertos y apilados en podridos estratos cuya misión, fue construir y crear la humana mezquindad para el instante en el que yo naciera. Como si supieran de mi futura vida y la decepción que sufriría.
Riendo mezquinos…
Sus dioses inventados son ratas sarnosas que devoran sus pies y los de sus hijos lentamente, y son adoradas como servil pago de gratitud a la miseria concebida.
Sólo así puedo entender el origen de esta melancolía aterciopelada que se derrama bajo la piel y por dentro de los ojos, un llanto secreto también. Adentro…, donde sólo el cálido humo de un cigarrillo templa el frío de mi ánimo.
Fumar siempre fue bueno…
Saber que existe algo hermoso o extraordinario más allá de la mediocridad del aire, es mejor que ignorarlo y me ha regalado la gracia de la decepción y su melancolía.
No nací para sentir lo extraordinario, sólo para observar con mirada terrible y soportar la incapacidad de los que ahora son cadáveres y los que lo serán pronto.
No es tristeza, sino rabia y su llanto quedo y consecuencia de una ola que no consigue hacer espuma, porque una fría y poderosa corriente de mierda la devuelve al monstruoso mar inmóvil sin horizontes y sin fin. Sin esperanza a la vista.
Yo quería algo más que no cabe en este mundo.
Hay una belleza oculta que mi pensamiento añora y no sabe qué es.
No nací para algo elevado, sino para rellenar los huecos de los muros deformes que no sirven para nada. Que los muertos construyeron, que los vivos idiotas hacen más altos.
Son los susurros de mi secreta melancolía.
Me dice que nací por mis huesos, que soy material de relleno de un tiempo y lugar mezquinos.
Podría haber sido maravilloso cuando veo y escucho el rumor de las hojas, las olas romper en la costa con un orgulloso bramido de vida y lucha; pero nací en un excremento habitado por gusanos agitándose inquietos y paranoides, alimentándose con voracidad unos de otros. No puedo salir de la mierda, ni limpiarme siquiera.
Nací en un repugnante lugar donde los seres humanos comen sobre las inmundicias y miasmas que corren bajo sus pies.
Todos los humanos y sus civilizaciones lo construyeron todo mal y podrido, para luego ser enterrados como el gato cubre su mierda. O quemados como neumáticos viejos o basura que apesta.
Y como un aire que no mueve las hojas y la ola que no llega a la arena, nací ciego y con esta melancolía que hace invisibles los horizontes elevados que algo dentro de mí dice que existen, que es todo un error mi nacimiento en este infecto lugar y tiempo.
Un asco.

Es un día de sol otoñal, de los que hacen sudar al caminar largo rato y al detenerse, la piel se enfría más rápidamente de lo que se consume el hálito del moribundo atiborrado de morfina.
Si te detienes estás muerto, desconfía de dios si existiera.
Pienso en las infecciones pulmonares y la penicilina.
Y extrañamente, en el soleado camino, se encuentra orando al sol una mantis en lugar de estar fundida con la hierba.
Cuando me he acercado a fotografiarla no se ha movido de su lugar, simplemente ha girado su predadora e impía cabeza y me ha observado con su mirada gélida a pesar del sol que la baña.
¡Qué valiente!
Me emociona ese ingenuo coraje de los animales pequeños. No temen, no huyen y protegen su tiempo y lugar que ocupan.
–No eres más que yo –dice con su mirada mecánica y las mandíbulas mordiendo las palabras apenas han salido.
Lo mata todo… Qué envidia.
Y no lo soy, no soy más que nadie. No necesito que una mocosa mantis me lo diga. Sólo nos parecemos en el verde de los ojos, si se le puede llamar “parecido” a su verde intenso y vital contra mi verde irritado por el sudor, el acumulado exceso de luz y desgastado por un hartazgo vital.
Todas sus patas son perfectas, yo tengo sólo 1,2.
Ella es perfecta, eficaz, una cazadora nata. Yo un cerdo que se alimenta plácida y cómodamente.
Ella es estilizada, la cima de una evolución perfecta. Yo un gorila a medio hacer, torpe y asqueado de mi especie.
– ¿Por qué estás en el camino y no oculta en la fronda?
–Porque soy alérgica al diente de león y hay mucho por aquí.
– ¿Cómo va la caza?
–No tengo hambre, sólo quiero secar la humedad de mi coraza.
–Como se dice que eres tan voraz…
–Yo no viviré tanto como tú, me he de apresurar en cazar y matar cuanto pueda, no es una cuestión de hambre, si no de trabajo. Disciplina, disciplina… –divaga ella olvidando mi presencia.
–Pues ahora mismo estás muy tranquila, relajada.
–Estoy pensando en cómo sería devorarte, no seas frívolo.
–Te podría haber pisado.
–Claro… Lo que no ocurre, no importa. No soy humana y mi tiempo es breve.
Ninguna parte de su cuerpo se ha movido en todo este tiempo, y su mirada ha adquirido la frialdad de la luna muerta. Parece haber eclipsado el sol. Tan pequeña…
Pienso que está neurótica, nada es perfecto.
Le digo adiós, como se saludan los caminantes en alta voz, sin que sea necesario, antes de alejarme cojeando de su camino. Me responde con un adiós rascado, triturado.
Las comparaciones entre ella y yo no son odiosas, son tristes. Aunque muerdo con fuerza el cigarro por una rabia que arde en mi cerebro, la tristeza me arrastra siempre a la ira, tal vez por hacerme sentir avergonzado.
No puedo entender cómo, en algún momento, mis padres llegaron a sentirse orgullosos de su hijo. Madre me quería tanto que me hace sentir ser un fraude, aún que está muerta. Incluso en la adultez vi en sus ojos el brillo del cariño. A veces pillaba a mi padre mirándome con orgullo. Agradezco a sus amados cadáveres aquellos halagos.
No sé… Los padres se equivocan tanto como los hijos, incluso más porque abusan de su tamaño y fuerza.
La mantis mira al sol pensando en cómo devorarlo. Sus espinosas garras se agitan en un tic constante intentando desplegarse y cazar.
Y agradezco al día el encuentro con la señorita mantis, agradeciendo también no ser el señor mantis atraído por esos ojazos suyos.
Aunque morir no es bueno ni malo, simplemente sucede.
Así que le deseo sin dramatismo o teatralidad alguna, larga vida (más que la mía) a miss mantis, ella sabe disfrutar del planeta con su orgullosa mirada y estilizada perfección letal.
Dios es un mierda, es imposible que la creara.

Foto de Iconoclasta.

Vivo en un mundo feroz que sacia su voracidad nutriéndose de carroña y cosas podridas con pornográfica glotonería.
Lo que indica que la humanidad es un ecosistema para buitres y hienas de dos patas y sin alas.
Y el hedor con el que impregnan el aire es insoportable y hace en la noche los sueños enfermos y febriles.
Los malos, mediocres y esclavos amaestrados, hacen un ruido repugnante al alimentarse de los huesos y las vísceras podridas de los cadáveres que temían sobre los que ríen, cagan y follan. Los sonidos masticatorios son obscenos y rituales.
Nací sin la esperanza de ser libre y limpio.
Encontré y acepté lo menos malo, lo sabía; pero para sobrevivir te has de camuflar con la mierda que te rodea.
Lo sufrí en silencio, esperando un brillo cualquiera en el ataúd donde habitaba.
No siento haber perdido el tiempo porque he aprendido cosas, he luchado para no adaptarme. Ha sido un buen tiempo invertido el de mis fracasos.
No lloro y mucho menos por el esfuerzo, como es habitual para medrar en el mundo de los buitres y las hienas.
Y el dolor me hace animal impío. Siempre he pensado que es más fácil matar que follar.
Guardo rencores como tesoros, quiero morir feliz de dejar toda esta mierda y miseria que me ahoga. Que nadie haga olas, por favor.
Soy incapaz de besar al amo, de suplicar o rogar.
No me prostituyo, aunque me luzco haciéndome pajas ante ella, corriéndome y salpicando el móvil. También me gusta meterle la lengua en el coño y un dedo en el culo para que se corra salvaje. Me gusta cuando me la mama con los cojones entre sus dedos. Y me gusta lamer los dedos que saben a su coño, los suyos y los míos. Cuando me monta me gusta alzarla en las alturas con la pelvis, cuando me arqueo corriéndome profundamente en su viscosidad impía que me atenaza el rabo.
No nací libre; pero sí bestia indecorosa. Nada ni nadie ha podido impedir mi salvajismo e indomabilidad. Y moriré así, tan salvaje e incrédulo como nací.
A la mierda el puto epitafio.

Foto de Iconoclasta.

He admirado una garza blanca y deslumbrante avanzar silenciosa y coqueta por el lecho del río. Y su cuello oscilar adelante y atrás al son de una inaudible melodía.
A un pequeño corzo saltar ante mí la alambrada del campo sin rozarla. Así de fácil…
Un lagarto verde como una joya, presuroso hacía crujir las hojas secas de la vera del camino huyendo de mi sombra.
Y un águila vuela con una serpiente agitándose entre sus garras.
El gato hace crujir un ratón entre sus fauces…
Hubo un tiempo de sorpresa.
Ya no.
Ahora admiro serenamente lo libre y salvaje. Sin sonrisas, grave como una infección por gusanos en el corazón.
No importa el frío o si el sol aplasta la tierra y arrasa mi piel en sus horas de mayor verticalidad; yo también me dejo ver. Soy un animal más.
Porque las horas del sol vertical, son las que más soledad e intimidad ofrecen; cuando todos los esclavos temen obedientes a los amos de la plantación.
Soy tenaz por mucho que duela todo.
Y el miedo me lo paso por el culo, junto con los consejos pueriles.
No sé si algo me cazará, pero como al resto de animales, no me preocupa.
Lamento no ser salvaje y útil como las bestias; pero no tengo la culpa; nací en cautividad, fui un esclavo más de la plantación citadina.
Así que amar es lo único libre y salvaje que ejecuto.
Con posesión atenazar su coño y ordenarle: ¡Méate en mi puta mano!
Sentir el calor real y tangible de su amor que oprimirá mi rabo henchido de sangre en lo profundo de su impúdico coño.
Y si no obedece enzarzarnos en una lucha de pieles sudadas y gemidos reproductores.
Amar salvaje, carente de toda educación, de premisas.
Amar sucio y brutal.
Con todas las palabras, con todos los fluidos.
Amar hasta herir…
Hasta avergonzar a las divinidades que el Estado creó.
No es un amor apto para la moralidad y legalidad vigentes en la plantación de esclavos en este momento y lugar aberrantes.
Es libre y salvaje, la voluntad del deseo limpio de toda hipocresía y enseñanza.
Algunos creen que es imposible amar así; bueno, como siempre se equivocan los ignorantes.
Porque la mayor parte de los esclavos perdió la gracia humana de la libertad y su imaginación feroz.
Tampoco parecía posible que al haber nacido en cautividad, mi pensamiento fuera tan ajeno a la civilización, tan impermeable a las sagradas enseñanzas del Estado y sus sacerdotes.
Tan alejado de madre y padre silenciosa y sigilosamente…
Era consciente de mi delito de ateísmo al Estado y sus santos.
Soy viejo y afirmo que los viejos viven demasiado por cobardes artificios, y eso los hace mezquinos, llorones inútiles, una carga egoísta y parasitaria para los que les rodean, que callan hipócrita más que piadosamente el estorbo.
Demasiados años regalados los convierte, también, en viejas gallinas en continua lucha ruin, porque son los médicos de la plantación los que luchan por ellos manteniéndolos con vida un día más con la supersticiosa aleatoriedad de la química. Aunque sea metiéndoles un palo en el culo para que puedan sentarse en la mesa sin meter la frente en el comedero.
Los viejos deben morir cuando el cuerpo así lo pide. Deben dejar un recuerdo elegante y digno, no esa mezquindad llorona y cobarde de una vida longevamente cobarde.
Porque la edad debería hacerte valiente y sabio; pero los nacidos en cautividad muchos de ellos, son viejas tortugas que comen lechuga podrida mirando a ninguna parte después de llegar del médico por enésima vez a la semana. Y les asusta lo que a una gallina no le importa.
La sabiduría no la han conocido en su vida tramposamente longeva; sólo los palos del amo y su obediencia de culo apretado por miedo a lo que les pudieran meter.
Moriré libre y salvaje, con el amor intacto como ahora, sucio y feroz.
Sin mezquinos retrasos, sin indignidades que dejen de mí un asqueroso recuerdo.
Y procuraré morir bajo el sol o la lluvia, no con una sonda en la polla.
El amor debe ser libre y salvaje hasta mi muerte.
Con salvaje amor cómplice… “Quítate las bragas, levanta el vestido y hazme una paja ahora que muero”. Si no estuviera tan lejos de todo al morir…

Foto de Iconoclasta.

No hay tragedia en el árbol tumbado por el viento. Incluso es motivo de alegría por su leña.
Con los seres humanos anónimos ocurre lo mismo, por el espacio libre que dejan.
Los árboles no lloran por sus muertos y los humanos se angustian porque el cadáver les recuerda cuál es su destino final. Los hay que lloran por perder a un ser amado; pero la práctica es que la indiferencia es una absoluta mayoría; la vida es corta y solo los estafadores y maníacos sienten dolor por cada humano muerto en el mundo. Son los únicos que tienen tiempo para las indiferentes muertes.
Los antílopes no lloran por el que devoran los leones a pocos metros de donde pastan y no hay nada que reprochar.
El mundo gira a la misma velocidad cuando muere un árbol, un humano o un amor.
Los amores muertos no dejan residuos y sus vapores no afectan más que a los amantes, es una tragedia íntima que todo ajeno ignora y de poco alcance radiactivo, no más de tres o cuatro centímetros desde la piel.
No hay responsos por los árboles, humanos y amores muertos, no para todos los cadáveres. Solo puedes sinceramente, observar los restos y las tristezas que evaporan y razonar que no es tu momento.
Que ya lloraste a los que debías y que la vida es una mecha rápida e imprevisible.
Podría ser amable y desearle buen viaje al árbol caído (como el ángel…); pero no pide ni necesita hipocresías.
No puedo regalar un tiempo que se me escurre rápido entre los dedos.
No pierdo el tiempo con los muertos porque son demasiados y no todos fueron buena gente cuando respiraban.
Soy selectivo.
Existentes ciertas insensibilidades que se desarrollan con la praxis vital, herramientas necesarias para que los forenses puedan hacer su trabajo relajadamente.
Y para que yo la siga amando sobre todos los cadáveres de La Tierra.
Así que cierro los ojos ante la repentina ráfaga de aire fresco que relaja mi piel y el tabaco templa mis pulmones rudos y experimentados.
Buen viaje, arbolito.
Tampoco cuesta tanto saludar a los muertos si te apetece cuando nadie te ve.
Y podría sonar Spiegel im Spiegel es un buen momento; pero nada es perfecto.

Foto de Iconoclasta.

He pensado en la roca seca que el río no moja y en las bocas polvorientas sin besos.
He meditado sobre el amor y su hidratación.
Y el odio y su combustión.
He elegido el odio porque es gratificante y fácil. Muy fácil… Por mucho que mientan miles de veces; odiar es más fácil que amar.
Hay más seres odiosos que fascinantes.
Es una cuestión de probabilidades, de oportunidades.
Soy un animal que razona con la boca llena de besos incinerados, imposibles. Y antes me arranco la cabeza que perder mi impía animalidad penetrante y superviviente.
Indiferentemente homicida.
En el universo solo hay una boca, y rocas a millones. Es una guerra perdida, solo puedo aspirar a arrastrar conmigo al río seco a cuantos pueda.
Para evitar sufrir el ansia de la boca seca debes odiar.
Polvo de besos muertos…
El odio es un mercurio que llena los espacios vacíos que crea el amor y te hunde con seguridad en la tierra real y sórdida. Cruel sin pecado concebida.
Odio por razones terapéuticas y mi inevitable irracionalidad animal.
La muerte es un acto cotidiano y yo puedo ser consecuencia y portador.
Puedes elegir si no eres dado a puritanismos fariseos.
Los humanos tenemos esa libertad salvaje que ni las divinidades nos pueden arrebatar.
Es un hecho.
Soy alérgico a la depresión… No puedo llorar tristezas, solo odiar al mundo que me las clava.
Soy la injusticia premeditada y cultivada.
Y unos labios ajados.
Es un acto de justicia salvaje gritar por la violencia y la destrucción, la muerte y el sufrimiento de todo lo vivo y establecido suciamente desde los inicios de la civilización.
Exijo y busco la aniquilación de quienes sustentan los pilares de la civilización y de los que lamen sus pies, abonando, eternizando la podredumbre.
Lo exijo con la boca polvorienta de besos marchitos. Como escucho a la piedra arrasada por el sol e ignorada por el río, blasfemar violentamente contra su cochina existencia.
Tragos de sílex hiriente…
Las vísceras húmedas…
Es hora de morir, animales.
Un gran festín para los buitres.
Odiar es sólo biología e ira. Cacao para los labios cortados.
Nada personal.
Tan solo es mi puta boca seca de ti…
Una contracción brusca de la esperanza.
Tenía que pasar.

Iconoclasta

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Un campo con árboles

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El contrato social es una hipótesis explicativa de la autoridad política y del orden social, basada en la idea de que los seres humanos acuerdan voluntariamente ceder parte de su libertad natural a cambio de protección y derechos bajo un Estado.

Donde habitan las bestias el amor es un acto que solo puede impedir la hipocresía que allá no existe.

Solo entre animales puros se dan las altas emociones.

Se ama y se odia sin remilgos sin piedad para ningún sentimiento. A bocajarro el amor y la ternura, el odio y la muerte.

Solo donde habitan las bestias, la ternura brota en los campos y bosques, porque no hay interés que la pudra.

Y donde habitan las bestias los malos y los buenos son devorados sin atender a más razón que su debilidad y torpeza.

Las bestias no entienden de ropajes, posesiones y palabras vacías, inútiles.

Donde habitan las bestias, los humanos viajan según el frío, según la sed, según el hambre, según la ilusión.

No es turismo y su adocenamiento, solo es el descubrimiento y su conocimiento.

Donde habitan las bestias, no siempre entierran a los muertos, hay cosas urgentes que hacer en las que gastar esfuerzo y tiempo.

Y repentinamente un día, por una cobardía indeterminada, se alejaron de donde habitan las bestias y perdieron la gracia de su especie.

El amor se medía, compraba, intercambiaba y adjudicaba.

Los débiles y torpes no eran alimento de bestias y treparon a puestos de poder entre los humanos que se despojaron de su gracia innata. De su dignidad.

La ternura ya no brotaba en los campos y bosques; solo surgía una pestilente condescendencia que ensuciaba el aire.

Y aquellos viajes del conocimiento se convirtieron en trashumancia cronometrada y dirigida por los débiles y torpes. El adocenamiento borró de sus rostros la ilusión y el saber de donde habitan las bestias.

Así sucedió el fin de la humanidad y empezamos a nacer en este tiempo y lugar podridos donde no habitan las bestias ni la nobleza.

Y el adocenamiento es virtud remunerada.

No hay aliciente para el conocimiento y la superación, su tragedia, su alegría, su orgullo. A la humanidad la cubre una pátina de grisentería que hace las pieles del color de una ceniza triste y anodina.

Ahora solo brota entre sus patas la cobardía, abulia y servilismo.

Y hombre y mujeres no saben bien qué son. Ni siquiera para lo que sirven.

Y miran a sus hijos sin saber también, qué son, qué utilidad tendrán.

Malditos sean los muertos y los vivos que me vendieron a los débiles y torpes sin siquiera haber nacido.

Carta

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