Posts etiquetados ‘prosa dramática’

He pensado en la roca seca que el río no moja y en las bocas polvorientas sin besos.
He meditado sobre el amor y su hidratación.
Y el odio y su combustión.
He elegido el odio porque es gratificante y fácil. Muy fácil… Por mucho que mientan miles de veces; odiar es más fácil que amar.
Hay más seres odiosos que fascinantes.
Es una cuestión de probabilidades, de oportunidades.
Soy un animal que razona con la boca llena de besos incinerados, imposibles. Y antes me arranco la cabeza que perder mi impía animalidad penetrante y superviviente.
Indiferentemente homicida.
En el universo solo hay una boca, y rocas a millones. Es una guerra perdida, solo puedo aspirar a arrastrar conmigo al río seco a cuantos pueda.
Para evitar sufrir el ansia de la boca seca debes odiar.
Polvo de besos muertos…
El odio es un mercurio que llena los espacios vacíos que crea el amor y te hunde con seguridad en la tierra real y sórdida. Cruel sin pecado concebida.
Odio por razones terapéuticas y mi inevitable irracionalidad animal.
La muerte es un acto cotidiano y yo puedo ser consecuencia y portador.
Puedes elegir si no eres dado a puritanismos fariseos.
Los humanos tenemos esa libertad salvaje que ni las divinidades nos pueden arrebatar.
Es un hecho.
Soy alérgico a la depresión… No puedo llorar tristezas, solo odiar al mundo que me las clava.
Soy la injusticia premeditada y cultivada.
Y unos labios ajados.
Es un acto de justicia salvaje gritar por la violencia y la destrucción, la muerte y el sufrimiento de todo lo vivo y establecido suciamente desde los inicios de la civilización.
Exijo y busco la aniquilación de quienes sustentan los pilares de la civilización y de los que lamen sus pies, abonando, eternizando la podredumbre.
Lo exijo con la boca polvorienta de besos marchitos. Como escucho a la piedra arrasada por el sol e ignorada por el río, blasfemar violentamente contra su cochina existencia.
Tragos de sílex hiriente…
Las vísceras húmedas…
Es hora de morir, animales.
Un gran festín para los buitres.
Odiar es sólo biología e ira. Cacao para los labios cortados.
Nada personal.
Tan solo es mi puta boca seca de ti…
Una contracción brusca de la esperanza.
Tenía que pasar.

Iconoclasta

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Un campo con árboles

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El contrato social es una hipótesis explicativa de la autoridad política y del orden social, basada en la idea de que los seres humanos acuerdan voluntariamente ceder parte de su libertad natural a cambio de protección y derechos bajo un Estado.

Donde habitan las bestias el amor es un acto que solo puede impedir la hipocresía que allá no existe.

Solo entre animales puros se dan las altas emociones.

Se ama y se odia sin remilgos sin piedad para ningún sentimiento. A bocajarro el amor y la ternura, el odio y la muerte.

Solo donde habitan las bestias, la ternura brota en los campos y bosques, porque no hay interés que la pudra.

Y donde habitan las bestias los malos y los buenos son devorados sin atender a más razón que su debilidad y torpeza.

Las bestias no entienden de ropajes, posesiones y palabras vacías, inútiles.

Donde habitan las bestias, los humanos viajan según el frío, según la sed, según el hambre, según la ilusión.

No es turismo y su adocenamiento, solo es el descubrimiento y su conocimiento.

Donde habitan las bestias, no siempre entierran a los muertos, hay cosas urgentes que hacer en las que gastar esfuerzo y tiempo.

Y repentinamente un día, por una cobardía indeterminada, se alejaron de donde habitan las bestias y perdieron la gracia de su especie.

El amor se medía, compraba, intercambiaba y adjudicaba.

Los débiles y torpes no eran alimento de bestias y treparon a puestos de poder entre los humanos que se despojaron de su gracia innata. De su dignidad.

La ternura ya no brotaba en los campos y bosques; solo surgía una pestilente condescendencia que ensuciaba el aire.

Y aquellos viajes del conocimiento se convirtieron en trashumancia cronometrada y dirigida por los débiles y torpes. El adocenamiento borró de sus rostros la ilusión y el saber de donde habitan las bestias.

Así sucedió el fin de la humanidad y empezamos a nacer en este tiempo y lugar podridos donde no habitan las bestias ni la nobleza.

Y el adocenamiento es virtud remunerada.

No hay aliciente para el conocimiento y la superación, su tragedia, su alegría, su orgullo. A la humanidad la cubre una pátina de grisentería que hace las pieles del color de una ceniza triste y anodina.

Ahora solo brota entre sus patas la cobardía, abulia y servilismo.

Y hombre y mujeres no saben bien qué son. Ni siquiera para lo que sirven.

Y miran a sus hijos sin saber también, qué son, qué utilidad tendrán.

Malditos sean los muertos y los vivos que me vendieron a los débiles y torpes sin siquiera haber nacido.

Carta

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Iconoclasta

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Iconoclasta

Me gustan esos repentinos silencios que me hacen creer por unos segundos que el planeta y lo que contiene se ha detenido. Un breve espejismo de paz en la granja humana.
Un regalo al azar.
El silencio es soledad y serenidad.
No precisas decir u oír nada.
Es el perfecto ser.
Solo te diferencias de una estatua por la respiración.
Y los ojos cansados, cerrados.
La diferencia entre un budista y yo en el silencio está en que no busco nada.
No necesito mejorar, trascender o encontrarme conmigo mismo.
Ni controlar emoción alguna, porque estoy íntimamente fundido con el planeta.
Hay aves que me siguen piando durante breves trechos saltando de rama en rama.
Tal vez quieren arrancarme un sonido. No pueden creer que una bestia que respira sea tan hermética.
Y yo no me explico como he llegado a tener tantos años acumulados en mis huesos. Por qué la vida no me dejó tiempo atrás.
Le hablo demasiado al universo y no le daré tiempo a darme las respuestas que no quiero escuchar. Yo hablo y él que escuche. Cuando pretenda responder no existiré.
Sé jugar bien mi brevedad.
El universo es un vertedero de luz vieja, de algo que sucedió. Una luz innecesaria y falta de energía.
Y quien lo mira demasiado un día no sabrá siquiera que ha muerto. Y el infeliz esperará el próximo amanecer con ansiedad.
Nunca llegará.
Lo único que me fascina del universo es su sepulcral silencio que dicen que tiene.
Más que silencio es simple muerte, eso es trampa.
Estoy seguro de que si el sonido se propagara por el cosmos, no habría vida alguna, no sería posible la vida en ningún lugar con todo ese fragor de destrucción y desintegración.
¿Cuál sería el sonido de las galaxias y planetas venenosos?
No importa, es solo un pensamiento silencioso entre caladas de tabaco que no requiere respuesta.
A veces pienso que soy cruel con mi desdén hacia el universo, arrasando atávicas ilusiones.
No puedo evitar una sonrisa taimada y vanidosa por ello.

Iconoclasta

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Los personajes buenos e ingenuos me dan cierta lástima en este mundo de buitres y hienas. Las buenas personas vale la pena pensarlas, hay tan pocas que es terrorífico un mundo sin ellas. Que desaparezca una sola es dramático.
Así que cuando veo un buen personaje en una película o una persona que sonríe sinceramente al verme, no puedo dejar de sentir cierto temor por lo malo que le pueda pasar.
Son presas fáciles. Aunque sé que si han llegado a adultos, no necesitan nadie que los defienda.
Es tan infundado mi temor como instintivo. Tal vez sea porque el débil soy yo.
A mí me ha pasado y no soy buena persona. Me he tropezado con tantos malos siéndolo yo también…
Todas las personas buenas mueren antes que las malas. Es lo que he aprendido.
Mi padre murió con cuarenta y cinco, yo tengo sesenta y uno. ¿Soy dieciséis veces más malo que él?
Pobre padre que me quería sin imaginar lo malo que soy.
Pobre padre….
Solo estuve con él dieciocho años, y las tres cuartas partes de ese tiempo durmiendo y en el colegio.
¡Pobre padre!
Quedaron ciertos sueños rotos.
Me crispa los dedos el recuerdo de su carne fría cuando lo tendieron en la cama a la espera del ataúd.
Ahora que soy viejo y contabilizo demasiados años temo que no me hubiera querido.
No sé qué ven los demás de mí. Mi vanidad produce una gruesa capa de indiferencia.
Pero tú no eres la humanidad, tú importas.
Importabas un millón de cualquiera que sea la unidad de medida.
¿Y si no sonríen sinceramente al verme? Tal vez haya coincidido que hubiera alguien detrás de mí y le sonrieran a él.
Qué ridículo, padre…
Estoy viviendo tanto tiempo como los malos, como lo peor. Lo que queda en La Tierra.
Pobre padre ingenuo.
Aquel día todo salió mal para siempre con tu muerte.
He aprendido que algún dolor cárnico no se va nunca, siempre duele, pulsa, acaba con tu ánimo apenas ha empezado el día. Y sigue doliendo mientras duermes, no hay manera de encontrar la posición para que cese.
Tu muerte no me duele ya; pero me avergüenza porque he vivido más que tú, como los malos.
Pobre padre…
Yo no quería ser tan malo.
Creía ser idiota, pero tan malo…
¿Y si era bueno y al morirte me estropeé? Es una posibilidad que me tranquiliza.
¿Ves cómo soy un hijo de puta? Te estoy responsabilizando.
Qué puerco… Nací malo, pobre padre.
Alguna aleatoriedad de la que no tuviste culpa.
¿Dónde quedaron las cosas que no pudieron ya ser?
¿Hay una oficina de sueños perdidos?
¿De padres muertos?
¿De madres?
Pobre padre…
¿Dónde te puedo encontrar? No me olvido de tu rostro, ni de tu voz. Soy asquerosamente inmune a la amnesia.
Siempre he pensado cómo hubieras sido de viejo.
No sé… Tal vez sea una tontería, pero colecciono todas las banalidades de los seres que amo y me las meto en un bolsillo del corazón. Duele la presión, pero es que no quiero que no duela.
También me siento débil con cierta frecuencia desde entonces que me quedé yo solo conmigo y mi maldad.
Quiero pensar que el manto de la muerte me cubre despacio, que el malo por fin ha de pagar.
Que se desprenden de mí como piel muerta los cadáveres de las ilusiones que tengo dentro.
Y por ello no lucho con entusiasmo para aspirar aire, si algo es bueno no debes estropearlo. Déjalo que haga, déjalo que mate.
Lo bueno de la muerte es que mata el dolor también, es buena gente… Y la carne podrida, como si no existiera.
Bien, mis besos a la muerte.
No quiero acumular más años de maldad o mezquindad.
Ha de acabar ya esto.
Quiero ir contigo ahora y que me digas exactamente qué tipo de cerdo soy y qué he de amputarme.
No te creas que no pienso en madre; pero no tengo nada pendiente con ella. Me quería incluso cuando me hice adulto y se mostraba en todo su esplendor mi mezquindad.
Y me quería así.
Qué tonta.
Pobre madre…
Todo se muere a mi alrededor.
¿Qué pasa?
Te engañaste, pobre padre. Cuando buceo dentro de mí, no puedo evitar pensar que fui un fraude.
Ser malo no siempre es ser indigno.
Y la indignidad pesa. Debo decirle a mi hijo lo que soy.
Que tiene un padre que vive más de lo que se merece.
Porque indigno no es una buena forma de morir.
No quiero perdón, ni siquiera me he planteado que tuviera que pedirlo por nada.
Pero ¿indigno para mi hijo? Eso no es forma de morir.
¿Si yo no hubiera nacido estarías vivo, padre?
Es un problema que me corroe desde que empecé a ser más viejo que tú.
Cuando cumplí cuarenta y cinco y pasaban los días y no moría, me dije: Ya está, yo también soy un hijo de puta viviendo demasiado.
Y aquella vez que se me llenó un pulmón de sangre y cada vez que respiraba me salía por la boca, me dije: bueno, dos años de diferencia… Cuarenta y tres solo son dos años menos que padre, somos casi iguales de buenos o malos. Es aceptable.
Pero el hijo puta no se murió, está visto que mi misión era ser muy malo.
Tal vez aquello dolía demasiado y por eso me confundí. No pensaba en vivir, solo quería que, por favor, dejara de doler aquella lija que se arrastraba por dentro de mí. ¡Uf!
Y huyendo de aquel daño masivo, crucé de nuevo la frontera hacia la vida.
Quisiera lavar mi alma de lo que me hace tan longevo, si la tengo.
Dejaré de existir, lo sé; pero no quiero tener esta carga en el momento de morir.
Preferiría ser menos mierda.
Y aquí acaban mis palabras inútiles y queda eternizado mi ridículo.
Al menos que nadie crea que me sentía un buen tipo a grandes rasgos.
Pobre padre…
Te moriste queriéndome.
Pobre padre ingenuo.
Pobre padre, mal hijo.
Tiraste margaritas al hijo… Al cerdo.
Un error de cálculo tuyo. No te creas perfecto, solo amado.
Querer por querer es una imprudencia temeraria. Y una injusticia.
Y ahora que muero más que vivo no quiero engañar a tu nieto que no conociste.
A ninguno de los que te observan en las fotos pensando como hubiera sido el abuelo Paco.
Aquella mañana despertaste vivo.
Y de repente muerto, sentado tu cadáver en la silla que acarreaban los enfermeros para meterte en casa, porque no entraba una camilla o silla de ruedas en el ascensor. No sé qué pasó luego durante dos o tres horas que se me perdieron… Pudiera ser que corrí a buscarte para meterte otra vez en ese cuerpo muerto. Y lo hice mal.
Ni siquiera lo intenté, solo lloré como un maricón.
No sé… El universo se disolvió y yo con él.
Me duele la cabeza.
Necesito no vivir.
Yo mismo me maldije: lo malo vive más que lo bueno.
Y no puedo ni quiero cambiar de opinión. No quiero añadir la hipocresía a mi indignidad.
¿Escribiste alguna vez con la cabeza doliéndote como si fuera a estallar?
¿Cómo la mía ahora?
No mola.
Es una putada.
Pobre padre…
Qué desolación, papa…

Iconoclasta

Las plumas envejecen, se atascan.
Se llenan de porquería como a cualquier ser humano se le ensucian las venas, el corazón, los pulmones y los genitales.
Deben ser los restos acumulados de la vida, de tanto sufrirla, follarla y escribirla.
No me parece divertido, ni siquiera ameno. Es pura literatura del hastío.
Simplemente es.
Y si escribes con rojo, tienes la fatídica sensación de que tus pensamientos se coagulan en el papel.
Tampoco me parece ameno; pero sí macabro. Me place…
La coagulación del pensamiento bien podría ser una expresión de aquel muerto romanticismo de la soledad y enaltecimiento del amor como tragedia y elevación.
En el papel me parece ver ya las palabras modeladas con costras.
Es tan orgánico…
Podría decir que casi respira agónicamente el papel; pero no.
Soy yo fumando que agito las hojas, como si un dragón intentara quemarlas.
La sangre es más eterna y sólida que el semen, es otro hecho que tampoco es divertido.
Ni macabro.
Simplemente es.
Por eso los mesías solo hablan de la sangre.
Y las putas son vampiras incruentas.
Putas y mesías, dicen que es lo más viejo de la humanidad.
Es mentira, lo más viejo de la humanidad es mi pensamiento encostrado.
No soy dios porque afortunadamente sangro.
Y por ahora ya he perdido bastante sangre.
¡Bye!

Iconoclasta

Ocurre que a veces me encuentro desprevenido, indefenso ante el drama de un pasaje literario o una escena cinematográfica.
Con la guardia baja.
Es muy embarazoso cuando el llanto se agolpa al borde mismo de los párpados.
Jamás parpadees.
Cualquier movimiento volcará las lágrimas y costará dios y ayuda de parar.
Da gracias a la soledad, a la intimidad.
De que nadie sepa.
De que nadie vea.
Me siento invadido de lástima hacia esos personajes que sufren aquí y ahora ante mis ojos; las coordenadas del presente y el ánimo: la realidad.
La mía.
Es vergonzoso llorar por tamaña banalidad.
Me siento idiota.
No es por el drama exactamente. Quisiera que existieran los que sufren.
Son buena gente.
Y quedo abandonado, perdido en esas coordenadas ilocalizables en ningún mapa.
Perdido en mi realidad, no los encuentro.
El llanto es por su inexistencia, no han nacido.
Pobres míos…
Que la aflicción se derrame secretamente.

Iconoclasta

No deja de fascinarme que toda aquella frondosidad de hace cuatro meses atrás se haya convertido en un poblado fantasma de esqueletos de árboles.
Xilocementerios…
Sus ramas tan desprotegidas de hojas como los huesos de mi padre de carne.
Y el río se arrastra satisfecho de su trabajo, se llevó al mar los cadáveres-hojas y está limpio de vida.
Las malas hierbas que trepan por los troncos rematan a los agonizantes.
Tal vez no sea tal tragedia.
Se dice que cada cual cuenta la feria según le va.
Yo lo hago.
Jamás ha sido mi intención dar esperanzas de renovación a nada.
No soy profeta o patriarca, solo juzgo en base a lo aprendido.
Y digo que hasta que no llegue la primavera, no sabré cuantos han muerto.
Me siento bien entre vivos y muertos, con ambos callo y pienso de la misma forma.
Todo lo que me rodea, vivo o muerto a efectos prácticos, es puro ornamento.
Es la sólida base sobre la que se edifica la soledad.
No me quejo, simplemente hablo en voz alta ante la inexistencia absoluta; todo lo solo que puedo ser mientras vivo.
No niego que podría ser un pensamiento podrido arrastrado por el río.
¡Psé!
Bien, es algo que no puedo controlar, no puedo corregir.
Me place la desidia de ser mera decoración.
La muerte es descanso porque tiene esa liberación de dejarse llevar y no hacer nada.
De podridos al río… Es la versión literal y cruda de la sentencia popular. Solo para humanos formados.

Iconoclasta

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No viviré lo suficiente para acabar de escribir los grandes espacios en blanco que quedan en el planeta.
De hecho, nunca tuve esperanza.
Nunca fui ingenuo.
Triste sí, siempre ha sido un peso en mis hombros.
Quería llegar a las verdes montañas, el margen del valle, de la página en blanco…
Aunque fuera solo una línea con tinta roja; pero apenas existo ante tanto espacio, ante la desmesura del planeta y sus espacios en blanco.
No soy nada, no soy nadie.
La belleza es tan enorme como el amor y yo no sé…
No puedo abarcarlos. No podré escribirlo todo y dirá mi lápida si la tuviera: Aquí yace un fracasado.
Siempre he dicho que hay tanto tiempo que me falta vida. Ahora, a punto de abandonar el escenario, el espacio es tanto como el tiempo.
Hay un cansancio vital que invita a la muerte, que la hace dulce.
Era una batalla perdida.
No quiero añadir a la tristeza la vergüenza.
Misericordia.

Iconoclasta

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No hay nieve, solo incineración y muerte.
Mentira, soy yo lo único que muere. Todo es más fuerte y vivo de mierda que yo.
Y no me gusta la muerte luminosa, humilla los cadáveres.
Los árboles han perdido su fronda protectora y el sol atraviesa sin descanso mi carne dejando ver la silueta de los huesos en mis manos.
Soy una radiografía nómada.
Un hombre invisible.
Pero no me siento hombre, no me siento nada.
No tengo hojas que ofrecer en sacrificio al sol invernal.
Exige mi piel y el alma que hay debajo…
Lo cierto es que no importo tanto como para que el sol exija nada de mí, es la cruda y cocida realidad. Fui un nacimiento anodino y busco patéticamente trascender unos segundos siquiera antes de evaporarme.
Una ceniza que camina a la desintegración…
Debí ser piedra y algo mutó que me hice cosa orgánica y combustible.
¿Dónde están los dedos de mis manos? Y mi cigarrillo…
Me aterra no tener sombra, soy íntegramente mediocridad. He perdido mi opacidad, la prueba de mi existencia.
Es estremecedora la luz, cochina luz calcinadora…
Los árboles con sus incombustibles cortezas resisten el bombardeo solar y es público silencioso de mi evaporización.
¿Cómo he conseguido morir así?
No quiero ser luz. Ni que se quiebren mis piernas de ceniza y desmoronarme en una nube de polvo en el sendero.
Y el bosque protector inalcanzable.
Es terrible, nunca he tenido suerte…
Soy un privilegiado que folla con la Dama Sórdida, la diosa podrida de la humanidad sin rostro.
Voy a morir incinerado e indoloramente aún que estoy vivo. Como si la indignidad fuera indolora.
No jodas…
Sin un ataúd que proteja mi cadáver durante un segundo siquiera.
Yo no quiero morir así.
Quiero sangrar y gritarle puta a la vida con dientes fieros, escupiendo baba roja.
Que duela morir.
No así, evanesciéndome en la luz, un alma llorando por su carne.

Iconoclasta

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