Un estudio idiota, hecho por idiotas en tiempos de coronavirus. Porque ya de pequeño sabía yo que el sarampión, paperas, varicela, gripe, etc…; se las podía contagiar a mis padres y afortunadamente, al resto de mayores que se cruzara en mi camino. Lo del asintomático es otra mierda más del fascismo: “Si no está enfermo, se le puede acusar de ser enfermo asintomático. Y si no tiene sida, es porque también es asintomático”. Son unos hijoputas. ¿Realmente es necesario publicar tantas imbecilidades superfluas aunque el fascismo español les pague por ello? ¿Dónde está la dignidad? ¿Es buen momento para invertir en la compra de imbéciles? Decididamente sí, hay tantos que van a precio de abono para el campo de calidad podrida.
Observando la naturaleza y el mundo rural, de una forma totalmente espontánea y natural te das cuenta de que es más fácil controlar y contar el número de reses humanas que las vacunas. Las humanas están siempre apelotonadas entre sí y las vacas dispersas, a su aire y silenciosas. Con las ovejas no pasa lo mismo, son como los humanos: se juntan una contra otras y balan aburridas. La metáfora despectiva de “borregada” como grupo humano, no es gratuita y totalmente precisa. “El gallinero” también es una buena y exacta metáfora para referirse a un grupo de humanos cacareando. El mundo rural y sus metáforas son apasionantes e hilarantes. Aunque a veces no me río y me pregunto cuando cargaran a las chillonas reses en un camión hacia el matadero.
Porque para apartar cerdos y matarlos si están enfermos, o bien encerrarlos en sus pocilgas hasta que se mueran de asco, no se requiere ser epidemiólogo. Y por lo único famoso que puede ser el indigente Simón, es por las mentiras que cuenta para sus amos del gobierno fascista español, tantas como tonterías cuenta Torrente en cualquiera de sus películas. Ahora resulta que a los timadores los llaman epidemiólogos. Pinche fascismo… Por lo que respecta al tal Sutton, no sé quien es y me suda la polla quien quiera que sea.
Quién iba a decir que serían los jueces los verdaderos demócratas, los que plantan cara al gobierno cobarde fascista español y sus caciques autonómicos, auténticos talibanes contra la libertad. Quién iba a decir que un juez sentenciara que la cobardía desmesurada no justifica estrangular las más básicas libertades, entre ellas la salud. Las mascarillas son la forma más vil y rastrera de minar la libertad y la salud pública. Ahora el juez de Ciudad Real, debería dictar orden de prisión contra los políticos fascistas cobardes y las familias colaboracionistas en el robo de las libertades. Debería dictar prisión contra el gobierno español y los presidentes autonómicos por el genocidio cometido durante la prisión que decretaron como confinamiento y que mató a miles de personas que precisaban atención médica por afecciones mucho peores que un simple coronavirus. Bravo por el juez, su decencia y sentido común libre de la cobardía que infecta a España como el peor virus.
He soñado contigo; pero no te besaba, no te follaba. Permanecía silencioso acostado en la cama, a tu lado mientras dormías. Miraba los minutos luminosos avanzar en el reloj con mi mano entre tu cabello. Solo así. No quería dormir porque temía despertar solo. Y tomar solo el primer café del día. Y fumar solo el primer cigarrillo tras el amanecer. Quería romper la maldición de los días sin ti. Y el mundo se resquebrajó como un espejo roto, con un estruendo de angustia. No sé si el estruendo fue de los cristales o fueron mis blasfemias desesperadas. No sé si le grité al universo mi odio y mi frustración. Desperté solo y triste. Todo salió mal, amor. Tomé el primer café en soledad. Y fumé solo el cáncer de la ausencia. Otra vez… No tengo suerte ni con los sueños. La próxima vez te abrazaré, te besaré, te lameré el coño hasta que arañes mi cuero cabelludo oprimiendo mi cabeza entre tus piernas, desesperada por correrte. Y te follaré con violencia animal. No puedo arriesgarme a que pase lo mismo otra vez, te despertaré, cielo. No podría volver a sufrir la insoportable desolación de soñarte, de estar a tu lado y no tener ni siquiera entre mis dedos la calidez de tu piel al despertar. En mi despertar de mierda… En este mundo de mierda.
Esta rosa es especialmente roja, sus pétalos son afilados y cortantes. Es peligrosa en su belleza doliente.
Es una rosa especial, la de Sant Jordi, única y real.
Sus pétalos son agudos y templados como el arma que mató al dragón.
Cada año renace para cumplir su milenario sacrificio: bendecir con sangre un libro.
Nació de la sangre y de la sangre vive.
Y cada año alguien la encuentra y sin saberlo alguien la corta del rosal, alguien la comprará, alguien la llevará en su mano.
Un tipo cansado de una jornada de trabajo compra la rosa para su mujer.
No siente especial predilección por las flores. Y piensa que las flores no son felices de ser cortadas por mucha tradición que sea hacerlo.
A él le regalará un libro su mujer, una cosa muerta, algo que no sufre, algo que no siente. Lo prefiere así.
El olor dulce y empalagoso de la rosa lo pone nervioso. Normalmente no huelen tanto, son años ya los que lleva cumpliendo con el ritual en Sant Jordi.
A esas horas del día ya no huelen, ya hace muchas horas que fue amputada de su rosal.
Tal vez sea que la primavera está resultando especialmente cálida. Tal vez sea el calentamiento global que tiene la culpa de todo.
O tal vez sea que la rosa se resiste a morir y lanza su fragancia como un último suspiro.
Las agudas puntas del tallo traspasan el papel de aluminio con la que está envuelta y mortifica la piel de la mano. Como cada año.
Tienen derecho a defenderse las flores: al fin y al cabo están muriendo.
Atraviesa un parque vacío de gente, son las cuatro y media de la tarde y el sol aplasta con su calor el ánimo.
Hay un banco a la sombra de un árbol y se levanta una brisa de aire cálido. Decide sentarse y fumar. Sentarse y refrescar la piel a la sombra.
La rosa perfuma cada paso que da.
A su mujer le gustará. Este año huele especialmente bien.
En el otro extremo del parque hay un puesto de libros y el vendedor se cobija adormilado bajo la sombrilla.
La bandera catalana que cubre la mesa muestra unos colores sin matices debido al exceso de luz.
El único color que destaca es el rojo sangre de la rosa, lo cual le hace sentirse orgulloso.
Se enciende el cigarrillo y cruza las piernas echando atrás la espalda. Ha dejado la rosa en el banco y ambos descansan como dos viejos conocidos.
Ha sido una jornada dura, como cada día. Nada fuera de lo normal.
Tiene sed; pero la fragancia de la rosa parece calmarle. Y el que la fuente esté en pleno foco del sol no ayuda a que mueva sus piernas para beber un agua caliente.
Mirando a ninguna parte, distraídamente, roza uno de sus pétalos y siente un pequeño dolor en el dedo índice: un pequeño corte en el que se ha formado una gota de sangre.
Cree que ha sido la punzada de una espina. Los pétalos son suaves, a veces incluso se comen. No mira ni siquiera la rosa, simplemente mantiene los ojos cerrados para no ver más luz. Para no ver como el calor hace hervir el aire.
Una brisa repentina mueve su cabello cano y arrastra la saturada esencia de la rosa. Parece seda que entra en su nariz para derramarse como un aceite espeso en algún lugar de su pecho.
Le apetece dormir.
Y duerme.
La rosa se acerca a su mano sigilosamente, el tallo se enreda entre los listones que forman el asiento del banco, se afianza.
La flor se abre, sus pétalos se extienden como si flotaran en el aire y rasgan indoloramente la fina piel que cubre las venas de las muñecas. Y las propias venas.
La sangre está a la misma temperatura que el exterior, mana lenta y perezosa, se podría confundir con sudor si no fuera roja.
Un pétalo especialmente grande cubre la herida como una aterciopelada caricia. Y sorbe la sangre con fruición. Las espinas del tallo laten y crecen dejando prendidas en sus puntas pequeñas gotas de un rocío hemoglobínico.
Cada inspiración del hombre se hace más profunda y lenta, sus párpados pesan y la anemia de sangre lo lleva a un sueño cada vez más profundo.
Ya no importa si la sangre es de dragón o de humano. Ya murió el último dragón. Y la rosa roja que cada año florece, continúa con su sacrificio cruento.
El hombre muere sumido en un sueño de narcótico aroma.
La rosa henchida de sangre, lanza al viento microscópicas semillas que en algún momento y en algún lugar germinarán para continuar otro nuevo ciclo, otro nuevo año. Y ante el sol que ahora ha esquivado las ramas del árbol, se marchita con un vapor rojizo que parece flotar con un destino determinado.
A las seis de la tarde, cuando el calor parece dar tregua al planeta, la gente sale a la calle, el parque se llena.
Parece un hombre borracho dormido. Pasan los minutos y la gente se acerca a él; se dan cuenta de que está demasiado pálido, que no hay movimiento alguno en su cuerpo. Alguien le toca la mano que cuelga del banco y lo siente increíblemente frío. La otra mano está junto a la rosa marchita y ambas descansan en un charco espeso de sangre ya negra. Los dedos están amoratados.
La mujer mira con asombro la portada del libro: se ha teñido de rojo y no encuentra explicación a ello, ni a la demora de su marido.
De alguna forma, el hombre ha recibido su regalo del día de Sant Jordi, la sangrienta fragancia ha llevado por el aire y la luz la sangre hasta el libro. La rosa ha cometido un acto de piedad antes de morir.
El forense no encuentra el filo que provocó la herida.
Junto con el reloj, la cartera y un bolígrafo, a la mujer le entregan una rosa marchita en una bolsa de plástico.
El forense sentía una inopinada tristeza por la muerte del hombre y de la rosa. La mujer debía saber que era para ella, todo ese sacrificio, toda esa sangre no merecen ser ignorados.
La rosa marchita parece estar hecha de trozos de carbón y brasas que prometen renacimiento. Su cadáver descansa junto al libro que aún espera ser leído y un llanto desesperado de la viuda.
El gobierno español de los caudillos Sánchez e Iglesias, junto a sus afectos responsables y sus caciques (presidentes autonómicos); deberían ser acusados y juzgados de secuestro de las libertades más básicas, delito contra la salud pública y genocidio. Además del personal médico, sanitario y del ejército y policía que actuó con complicidad. Y por supuesto, los medios de comunicación y la prensa española, encargados de crear y mantener el pánico y la histeria entre la población con mentiras y desinformación. El fascismo español se defiende de su negligencia y la inutilidad de los cuatro meses de prisión y acoso al ciudadano, alegando que la culpa de los rebrotes es por causa de la juventud y sus botellones. Pero fue la prisión a la que sometió a la población la que debilitó el organismo de los habitantes durante esos cuatro meses de inmovilidad forzada con severa coacción. Millones de personas se estresaron, se creyeron enfermas y no respiraron aire libre ni realizaron sus actividades diarias. Quedaron estabulados como animales de granja durante casi dieciséis semanas. Y su organismo quedó débil e indefenso. Y esos cuatro meses fueron premeditación y alevosía del nuevo fascismo español. Cuando por fin el acaudillado gobierno español instauró La Nueva Normalidad Española, impuso el uso indiscriminado y salvaje de la mascarilla a todas horas y en todo lugar; negando a la población que pudiera respirar correcta y decentemente y por ello, provocando un fulgurante rebrote de contagiados de coronavirus (verdaderos y falsos más que verdaderos). La mascarilla impide que a los pulmones llegue la necesaria flora y fauna microbiana; y por lo tanto, a la sangre. Por si eso fuera poco, la mascarilla empobrece el aire, contaminándolo con el propio anhídrido carbónico que normalmente se espira; si no obligaran bajo amenaza policial a llevar semejante bozal. El gobierno español y sus afectos son los únicos responsables de los “rebrotes” ante su continuo acoso al ciudadano; pero sobre todo, los presidentes autonómicos se han convertido en los talibanes del fascismo del coronavirus, actuando contra las libertades de una forma mucho más radical y fanática. Por otro lado, si la cobardía fuera delito, el gobierno de La Nueva Normalidad Española debería ser condenado a muerte. No, no son los jóvenes, ni los niños los que propagan el virus. El gobierno, sus ministros, sus generales, sus policías y sus médicos tienen la absoluta responsabilidad del deterioro de la salud pública. Y por supuesto, deberían ser acusados de genocidio: negaron el acceso al tratamiento médico y la cirugía de mucha gente grave, sobre todo vieja; que sin duda estaba padeciendo afecciones mucho más graves que el coronavirus (es lógico así que no se realizaran autopsias que los pudiera delatar como asesinos). Por el gran número de muertos, se les puede acusar de genocidio sin ninguna duda. Así como a los altos funcionarios del ejército, policía y sanidad que actuaron con complicidad para llevar a cabo semejante masacre. Que nadie se engañe: que el gobierno de La Nueva Normalidad Española sea juzgado de secuestro y detención ilegal, delito contra la salud pública y genocidio; no podría ocurrir jamás. Ya que el mismísimo poder legislativo, autorizó semejantes crímenes. Abreviando: perro no come perro. Pero lo importante para la propia dignidad, seguridad y salud, es identificar correctamente el timo y a los delincuentes. Porque de justicia jamás la ha habido ni la habrá. La ley es lo más lejano de la justicia. Es incluso un escupitajo a la justicia. Porque ahora, debería ser todo tan honrado y sencillo como: quien tenga miedo, que use la mascarilla y quien no, que lo dejen tranquilo y respeten su libertad. Así los cobardes estarán “protegidos” y los decentes libres. Pero un solo valiente deja en evidencia a millones de cobardes, y la envidia es el peor virus que existe.
Antes de que se fundara el actual conjunto de sociedades industrializadas, tecnificadas y mercantiles, algunos viejos tenían un gran valor por su experiencia y acumulación de conocimientos. Los seres humanos que llegaban a la vejez, lo hacían gracias a su fortaleza física e inteligencia para sobrevivir hasta tan tardía edad. Tenían la autoridad de la genética, la fuerza y la determinación. Eran escuchados por su valiosa experiencia y juicio. Aquellos humanos ancianos, transmitían los valores del esfuerzo, el valor y la resolución con la historia de su propia vida. Quedan muy pocos o ninguno con valores éticos como aquellos. En la actual sociedad la vejez se ha convertido en algo anodino. Un tiempo y lugar donde los más débiles, tontos, mezquinos y cobardes se han reproducido para luego envejecer hasta edades injustamente longevas; dejando a la estirpe humana varios estadios por debajo de lo que era antes de que se iniciara la estabulación humana indiscriminada en forma de grandes ciudades y su endogamia. Ha llegado artificiosamente a la vejez lo peor de hombres y mujeres. Y son legión… De ahí que los actuales viejos se comporten como niños asustados y tontos por el calor, el frío, la lluvia, el café o una gripe. Y todos esos temores, toda esa ignorancia y esa debilidad; nietos y padres las han convertido en virtudes. Porque la mayor parte de los ancianos de esta decadente y degenerada sociedad, transmiten la debilidad, el miedo y la ley del mínimo esfuerzo (salvo cuando van en manada como turistas jubilados y arrasan los bufés libres de restaurantes y hoteles como auténticas fieras, incluso te muerden si acercas la mano). Y padres y nietos, están de acuerdo con ellos. Lo que nace y crece con indignidad, indigno envejece y muere. Una vejez cobarde y anodina es el producto de una vida con las mismas cualidades. Lo peor que podía pasar ha ocurrido: no todos los abuelos deben cuidar de sus nietos, es antinatural. Los niños son una esponja que absorbe rápidamente lo bueno y lo malo indistintamente. Algunos (muchísimos) abuelos deberían vivir a centenares de kilómetros de sus nietos. La decadencia de la actual sociedad se ha propagado como una enfermedad infecciosa desde los viejos a los jóvenes. De abuelos a nietos y de hijos a padres, canibalizando cualquier asomo de determinación e inteligencia entre ellos. Una marea negra de mediocridad que devora la fuerza, el valor y la dignidad. La vejez actual es un virus letal para la humanidad. Mezquindad inyectada en vena. Y los más preocupante es que los actuales líderes políticos y jefes de estado, son nietos de una vergonzosa decadencia; de esos vejestorios apáticos y pusilánimes que han vivido injustamente demasiado tiempo. Si yo tuviera setenta años y alguien me dijera que fuera con cuidado con el calor, lo envío a la mierda. Nadie puede enseñarme o aconsejarme como he de vivir al sol o al frío. Si no puedes soportar el sol o la vida; mejor muere. Te lo está pidiendo el cuerpo, hazle caso. Es tan horrenda la evidente degeneración de la vejez humana de la actual sociedad, que me parece absolutamente natural que nadie haya escrito de ello en estos términos. Supongo que alguien con demasiados escrúpulos y absolutamente integrado en esta pútrida colonia insectil, se sentiría incómodo describiendo esto, la verdad. Alguien tenía que hacerlo (emoji de carita tímida). No lo digo con resignación, es amor propio. Un poco de narcisismo siempre sienta bien sea lo viejo que seas. Mucho mejor que llorar como un niño de tres años por un descafeinado. Ser viejo y tratado como un bebé, con condescendencia y aceptarlo beatíficamente; es la peor de las películas que pueda imaginar. Seré macho hasta morir.
No quiero vivir rodeado de alegría, es tan banal, mi amor… Porque la vida está plagada de tragedia y la continua alegría del miedo la ridiculiza. La sonrisa injustificada de infantiles esperanzas y debilidad le roba la dignidad a la vida, como un cáncer se come una víscera. Si ha de doler que duela y cuando dejemos de sufrir, reiremos, follaremos, dormiremos juntos nuestro cansancio. Si ellos ríen siempre, pienso en patéticos e imbéciles. Porque vivir es morir y desgastarse. No le veo la puta gracia. Incluso nacer es trauma. Cazar o trabajar es causa de heridas y desaliento. De muerte misma. Yo quiero habitar el Planeta Triste que rinde respeto al esfuerzo y el drama. Al amor verdadero que nace del agotamiento y la lucha. Y beber de tus pechos tu esencia, cansado y hambriento. De tu coño el aceite de la resurrección… Si amas sonriendo eres un idiota e ineficaz actor o actriz porno. Los amores mueren en el Planeta Triste. Y los tristianos caminan apenados como si el mundo les pesara en los hombros, buscando otro nuevo amor. Jamás sonríen cuando duele. Solo ríen por motivos justificados, como la muerte. No quieren hacer de su vida una ridícula película de superación y final feliz.