Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Esta noche de nuevo se celebrará la verbena de San Juan: petardos, hogueras, bailes y embriaguez.
Los más afortunados o con más dinero para gastar, una mamada o un mal polvo en el coche.
Bueno, lo de la embriaguez es cotidiano.
Se celebra el solsticio de verano, una fiesta pagana que la iglesia católica enmascaró con la onomástica de San Juan. No importa, sea cual sea el origen de la celebración, festejar con fuego y pirotecnia es bueno.
Hay una violencia obvia en las hogueras y petardos.
Un deseo de reventar con pólvora e incinerar lo cotidiano, lo esclavizador.
Al menos para mí, que no creo en paganías ni santerías.
Las verbenas de fuego son las válvulas de seguridad programadas por los gobiernos desde el primer contrato social de la historia: “Tú me pagas una parte importante de lo que ganes y yo te administro, te rijo, te dejo vivir y te protejo”.
Solo se cumple la primera parte del contrato la que hace mención al pago del jerarca de turno. Todo lo demás es mentira, robo y abuso.
Tiene sentido que los que pagan sientan necesidad de hacer arder y explotar todo lo que se les permita una noche al año.
Los antiguos paganos celebraban y daban las gracias a sus dioses estivales, una forma de conducir el malestar de la frustración y el robo de los frutos del trabajo hacia lo divino.
Lo cierto es que la verbena tiene su esencia en la violencia, en su control. Aunque dado el declive de la especie humana, se ha convertido en una celebración infantil y pueril; porque los esclavos no son conscientes de serlo.
Por ello, o se regala a la chusma unas horas anuales para ejercer una metafórica y controlada violencia, o los jerarcas corren el riesgo de perder sus riquezas y la vida.
Sean católicas o paganas, las verbenas tienen el único fin de proteger la estabilidad del poder: los amos dan permiso a los perros para que salgan a cagar y mear.
Hay que dar salida toda esa presión de la mediocre vida de los trabajadores.
El fuego no purifica nada, solo quema, carboniza en las hogueras verbeneras las frustraciones de los humanos convertidos en vacas y borregos. Lo de la purificación es un cuento infantil y sentimentaloide de los estafadores que gobiernan.
No me dejaron siempre; pero yo quería quemar los libros del colegio, de esa prisión a la que me obligaban a ir todos los días. La verbena marcaba el fin del curso, de los profesores malos y aburridos. Del hastío de estar siempre amenazado en clase: no hables, no te muevas, pide permiso para ir a mear. Amenazas y castigos.
Me gustaría volver al pasado siendo hombre y decirle a un profesor: “Castígame, cabrón”.
Sin los petardos y sus violentas y expansivas explosiones, con toda probabilidad me hubiera convertido en un asesino. Cada petardo que hacía -y aún hoy- hago explotar, imaginaba que era una bomba que les arrancaba la cabeza a aquellos malos profesores, rectos, severos y aburridos como una mierda al sol. Una bomba que hacía explotar en mil pedazos el puto colegio.
Nunca se me ocurrió pensar en Juan o en el dios sol de mierda.
En las hogueras metíamos botellas de vidrio, uralita, petardos sin mecha, pilas… Todo aquello que pudiera explotar y lanzar metralla.
Todas aquellas explosiones que a medida que crecía se hacían más violentas y peligrosas cada año, tenían el único fin de reventar en mil pedazos todo cuanto pudiera de aquella infancia y adolescencia mierdosa del oscurantismo escolar.
Enciendo la mecha de un petardo y sigo pensando en lo bueno que sería meterlo en la boca de alguien de quien se lo merece y lanzar su cadáver al fuego incinerador.
Solo hay algo incruento y dulce en la verbena de San Juan: la coca.
Por lo demás, no encuentro ningún tipo de alegría en ella, solo un rencor viejo como yo mismo.

Iconoclasta

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Eres montaña, mar y viento.
Eres mucho más. Solo quiero expresar con mi torpeza que cuando te beso, cuando me roza tu piel y su calidez se extiende como un aceite por mi carne y mi alma o cuando en el silencio escucho tu respiración; estoy donde debo y tengo todo lo necesario.
Eres mi naturaleza, eres una parte de mí.
El viento me susurra cosas que no entiendo, solo intuyo. Y los ojos se entrecierran con un placer sereno.
Como cuando tu voz me habla directa al pensamiento y es capaz de modificar el ritmo cardíaco.
Escucharte es sentirme derrotado y abandonarme a ti con desidia.
Estar a tu lado es caer repentinamente en la cuenta de lo muy cansado que estoy. De lo muy viejo que soy ya.
Todo dolor y toda tristeza, cuando estás, cuando usurpas mi pensamiento con tu potente presencia; queda repentinamente muy atrás en el tiempo.
Es el vértigo de amarte.
Es precioso sentir ese vértigo ¿verdad cielo?
Cuando estás en mi pensamiento, me siento afortunado.
El viento vuelve a hablarme y le digo “te amo”. A ti que eres viento y montaña y aire y mar y mi sangre misma.
Está bien, sé que no es necesario; pero tengo que decirlo otra vez: tú eres más voluptuosa que el planeta. Eres carnal hasta mi desesperación.
Por ello no pienso en la naturaleza cuando estoy donde debo. Pienso en ti como la fuerza que rige el planeta que me contiene.
Siempre es necesario redactar cláusulas con letra pequeña en el contrato de amar para que no quede un solo rincón de ti por mencionar.
Ahora las nubes son oscuras y densas como una tragedia colosal y hermosa.
Y me refugio en ti, las veo a través de tus grandes ojos que serían capaces de empequeñecer los del lobo feroz y no tengo miedo a que me parta un rayo. Eres tú mi tragedia, mi nube oscura, densa y preciosa que me sopla amor y esperanza con su vientos esclavos.
No podría tener miedo jamás, porque soy tu hombre. Necesito que te sientas orgullosa de mí, amor; porque yo solo atino a pensar que soy un mierda.
Necesito ser tu hombre, porque si soy tuyo, soy completo.
Ya llueves, cielo, no quiero dejar de escribir; pero la tinta se emborrona en el papel y no puedo permitirme perder ni una sola palabra de las que escribo evocándote.
Mójame todo, amor; mientras camino a una casa donde no estás ; pero que tiene la soledad suficiente para conjurarte a cada instante.
Que el viento, tu viento te lleve todo mi amor, todas mis letras.
Todo irá bien, cielo.

Iconoclasta

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Desde este lugar angosto, oscuro, sórdido y absolutamente anodino, es donde perpetro todas mis agresiones literarias contra la humanidad y los actos sexuales que podría cometer sino fuera tan lelo y tan cojo.
El ordenador es de juguete al igual que el teléfono (comprado en un bazar chino). Carezco de medios económicos para acceder al cochino mundo de la informática. El espejo es real porque va incluido con el alquiler del piso. (Por inbox, si estáis interesadas/os, os pasaré el número de cuenta bancaria para que me ingreséis dinero de una forma absolutamente desinteresada y yo os daré las gracias y una dedicatoria en mi próxima diarrea mental).
Tengo multitud de cosas inservibles que hacen que no pueda concentrarme como es debido a la hora de reflexionar. En las cuestiones más metafísicas siempre acabo con el pensamiento disperso cuando me deja bizco la gran cantidad de desperdicios que, aunque convenientemente organizados, no tienen razón digna alguna de ocupar espacio.
Incluso me lo aplico a mí mismo porque soy así de chulo e intolerante con todos por igual.
Y por hoy ya he dicho demasiadas estupideces.
Desde el locutorio de internet del moro de la esquina, un abrazo.

Estoy debajo de un puente mientras llueve.
Entre montañas y seres vivos que no son humanos.
Son instantes que se viven cada mucho tiempo.
Instantes de una belleza indescriptible.
Un lujo que no puedes gozar si no estás en el lugar adecuado, o no tienes el valor y la entereza para vivir momentos de intensa soledad y frío.
Hay pájaros que cantan sin miedo y árboles que rugen eufóricos con las rachas de viento que intentan tumbarlos.
Y de vez en cuando el cielo se ilumina con un rayo y el trueno llega sacudiendo la tierra y erizando los vellos de la piel.
Tengo suerte de ser lo que soy, me siento orgulloso de mi fracaso social y de mi absoluto triunfo en el individualismo y total autonomía.
No importa la ropa mojada o la piel fría, importa estar allá, ser con la naturaleza por dura que pudiera ser.
Ni amo ni dios, ni miedo ni pudor.
Si hay que morir se muere, coño.
Y si puedes escribir y describir el momento íntimo entre el planeta y tú, ya no necesitas conocer nada más.
Porque todo lo demás es más de lo mismo, artificial e hipócrita.

Amar es una tarea banal producto de una sociedad acomodada.
No estoy seguro de que en tiempos de supervivencia exista el amor; en el mejor de los casos reproducción.
Creo sinceramente que en las sociedades prehistóricas no existía el concepto de amar.
No tenían tiempo para ello.
Ni para el arte.
En cambio, sí creo que dedicaban tiempo a rezar, el miedo siempre es más fuerte que el amor.
A los dioses no se les ama, solo se les pide cosas y blasfema.
La enfermedad y su dolor dan una repentina fe religiosa al enfermo.
Y la riqueza deja en la cuneta a los dioses. Para que eso no ocurra se inventaron brujos, chamanes, santones, ulemas, rabinos, monjes, sacerdotes, curanderos, etc… Para que los ricos pagaran a los dioses sus honorarios a pesar de no necesitarlos.
La homosexualidad como forma habitual de amar llega cuando la sociedad acomodada alcanza la decadencia. Aparece cuando los humanos ya ignoran que un día fueron comida para otras bestias y potenciales cazadores.
Yo escribo porque me sobra tiempo. No sabría cazar, no podría sobrevivir sin dinero; solo con suerte. Y si hay algo que tengo claro, es que no soy afortunado.
Aunque si matar es sobrevivir…
Me conforta la posibilidad.

Iconoclasta

Aunque más que perdiz, me gustaría compararme con algo más exótico, como un ornitorrinco.
No importa tanto la estética como la exclusividad.
Es pura especulación infructuosa, porque ni la perdiz, ni el ornitorrinco, ni yo tenemos esa característica llamada felicidad todos los cochinos días.
Dijéramos que soy feliz como una perdiz cuando el bosque me rodea y no hay a mi alrededor ningún idiota con mascarilla, un policía tocando los cojones o el puto presidente pidiendo encarcelamiento y represión, llamándolas prórrogas del estado de alarma por coronavirus de la puta madre que lo parió.
A mí si me dejan en paz y no se me acerca nadie, incluso puedo cometer un amago de sonrisa.
Pero que nadie se fie, soy de naturaleza hosca y si sonrío es porque realmente estoy solo.
Las ardillas no cuentan, ni los jabalíes, ni las putas moscas…
Bueno, como ya he realizado mi reflexión del día, voy a seguir fotografiando con mi costosa cámara porque soy odiosamente vanidoso también.
Y después de montar en bici, fumo más a gusto que dios si existiera, un alarde de mi vitalidad y generosidad con mi propia salud.
Joder, no puedo parar de hablar de mis virtudes…
Es un asco ser tan asquerosamente fascinante.
Al menos no ocurre los que a los héroes Marvel de las películas Disney, que se deprimen como mariconas por la responsabilidad de su poder.
Y…
¡Ya! ¡Shhh!

Neil Diamond canta a los mejores años de nuestras vidas.
Pues no sé… He vivido demasiado y se amontonan tristezas sobre frustraciones; no consigo recordar semejantes años buenos.
Ni siquiera estoy seguro de que hayan ocurrido.
Es descorazonador. ¿Si no recuerdas un mejor año, quiere decir que es hora de dejar de vivir?
¿Que he fracasado?
Es como una tristeza que cubre a otra y debajo hay otra, y otra, y otra…
Me gusta la canción porque es hermosa la existencia de los mejores años que puedan ser celebrados con una canción.
Maldita suerte la mía…
Me contagia una euforia melancólica y triste.
Quisiera creer que hubo un año especialmente memorable, hermoso.
¡Pero, cuál!
Es como si quisiera llorar y estoy seco.
Duelen en el corazón las lágrimas que no brotan.
¿Es posible que existan periodos tan largos de plenitud?
El mejor año de mi vida….
Algo ha ido terriblemente mal, no hay nada semejante en mi vida.
Un buen año se merece una canción; pero unos minutos, incluso unas horas tan solo merecen un pésame.
Las canciones que se escuchan cuando eres joven son amables y no acaban en un precipicio. Y al cabo del tiempo, se convierten en un refinado y rítmico sarcasmo.
O una broma un tanto pesada.
Y sin embargo, se me cierran los ojos suavemente ante el placer de lo que no sucedió mientras la canción dice cosas.
Nadie sabe de mí, no puedo hacer el ridículo por escenificar algo inexistente.
Es solo una mentirijilla venial sentir que tengo algo que ver con esa canción. No puede hacer daño.
No debería ser castigado por ello, sería prevaricación por parte de Dios.

Iconoclasta

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Hola, cielo.
Te escribo una carta que nunca llegará. Hasta que te entregue en mano las cientos que te he escrito. Porque escribirte me acerca a ti, eres mi misión.
Tenemos unos asuntos pendientes urgentes de resolver.
Hay una cantidad preocupante de abrazos y besos suspendidos en el aire, congelados por imposibilidades que no vale la pena enumerar y porque la bendita muerte no nos despeja el camino que invaden tantos seres humanos que injustamente respiran, deambulan y ocupan espacio.
Así que en cuanto hayan muerto los que deben y los cimientos de esta sociedad se desintegren por su propia degeneración; estaremos juntos para poner en marcha el asunto de los besos y abrazos suspendidos.
Y en cuanto haya llorado lo suficiente ante ti y sobre tu piel (el tiempo ha sido demencialmente inmóvil, cielo) tendremos el más desesperado y sucio sexo.
Y eso no es todo.
Queda lo más precioso…
Culminaremos nuestros asuntos pendientes con unas silenciosas tazas de café al amanecer, dejando que el alma y el pensamiento tan comprimidos durante estos milenios sin ti, se expandan a nuestro alrededor con ese sosiego que nos hemos ganado a pulso.
No te engaño. La cuestión del sexo no se resolverá de una sola vez en una noche.
No es por alardear, cielo. Es que tengo un hambre ancestral de ti.
De hecho, tengo cierto temor a que me digas después del primer asalto: ¿Y para esto tanto follón?
Que mi sonrisa llegue a ti, amor.
No recuerdo ya los días en los que no era consciente de tu existencia. Lo ocupas todo en mi memoria, como si no hubiera sido niño jamás.
No te amo, es solo sexo.
¡Ja! ¿A que soy borde?
Con todo mi amor, cielo.
Resolveremos esos asuntos pendientes de una vez por todas.

Iconoclasta

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¿Ves por qué soy un salvaje, cielo?
El sol incinera los árboles al salir.
Y a mí si no soy cauto y astuto.
Los taladra como un torturador agujerea los dientes.
Si los árboles tuvieran huesos, serían radiografías…
Es un mundo sin piedad, un nuevo día es arrasador.
Soy un salvaje porque sobrevivo en un lugar donde los árboles tienen que soportar la cremación como el bautismo de un nuevo día. Soy un salvaje porque nada me da miedo. Aunque temo mi ira autodestructora.
Aprendo de los árboles su resistencia, para amarte, para tenerte. Para florecer junto a ti aunque duela.
Y del sol aprendo su crueldad, no tiene piedad, no tiene cuidado. Así te follo.
Los árboles incinerados y yo despertamos furiosos al nuevo día, no hay motivo de alegría. Si vives, no esperes dicha; solo determinación para sobrevivir cada amanecer, hasta que la noche nos enfríe, nos de paz.
Susurrándote al oído un día del carajo mientas un tanto cansado, acaricio tus regios muslos obscenamente cerca de tu coño.

Yo no necesito que ningún idiota me diga que distancia de seguridad he de guardar.
Siempre he guardado una inimaginable distancia de seguridad de todo humano.
Y no por temor a contagios, simplemente por misantropía congénita. Me distancio de ellos como del veneno.
Guardo la misma distancia de los humanos que las nubes de mí.
Ellas saben que no soy buena cosa.
Bueno… Follar ni que decir tiene que junto con agredir, es una excepción a la distancia social de mierda.
Qué más quisieran contagiarse algo de mí.
No lo permitiré.