Posts etiquetados ‘amor’

Encontrar cosas buenas es una tarea ingrata e infructuosa. No soy negacionista (palabra muy de moda en la era del bozal y el pánico al resfriado del coronavirus), simplemente pragmático.
Digo que las cosas buenas aparecen por casualidad; muy distinto a la causalidad que solo trae cosas malas.
Si te empeñas en buscar cosas buenas, por mucha espiritualidad que le eches, te sentirás timado y luego mierda.
Que tú mismo te times, es lo peor que puede acontecer.
Los amores aparecen de improviso, cuando menos piensas en ello. Aunque yo preferiría una buena pluma o reloj de lujo.
No es solo por materialismo, es que inevitablemente el amor da dolor de cabeza y te pasas el día masturbándote para combatirlo. Si no te haces pajas no es amor, es amistad, es tu médico o, simplemente estás viendo una de esas películas españolas que necesita subtítulos, porque no saben pronunciar y no te enteras de lo que los actores rajan sin cesar. ¿Dónde fueron a parar las clases de dicción?
A pesar de ello, no puedo evitar caer en los dulces y mortificantes brazos (de mujer, no jodamos que hoy dan por hecho que todos los machos son maricas) del amor cuando toca por una absurda casualidad.
En el fondo soy un romántico. ¡Qué asco!

Iconoclasta

Qué caliente está… Como ama a su montaña.
¿Ves? Así te cubriría, así te amaría.
Aquí y ahora.
Qué desesperación por follarte, mi amor.
Con la lluvia rociando los labios que jadean, la piel que se eriza, los sexos trémulos…
Invadir tu coño cubriéndote toda, mostrando al planeta cuánto te deseo.
Qué envidia… Quiero ser vapor cubriendo tus pechos y tu piel toda.
Agua cálida y dura en tu sexo…
Chapotearte obscenamente.
Y luego, respirar al fin a tu lado el rocío del otoño.
Y ya…

Iconoclasta

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Érase una mariposa boba que revoloteando tontamente se posó en mi bici y me preguntó con cierta picardía: ¿Me llevas?
Le dije que sí, farfullando como un idiota. Muy nervioso, pensando en la magia con la que la paranoia te premia en la intimidad del planeta.
Ocurrió una vez que la diosa del mar me preguntó si me gustaban las mariposas. Aparte del sobrenatural nexo común entre ambos sucesos; si fue mágico hablar con la diosa, hablar con una mariposa me pareció de lo más normal.
Mi cerebro está bien, lo malo es el corazón y esa arritmia de amor y ternura que me provoca cierta dificultad para respirar el aire de la realidad.
Cuando me colgué la mochila (hace unos segundos ya) para emprender la marcha con mi mariposa, voló. Se marchó.
Y una lagartija me sacó la lengua desde el borde del bosque.
Está bien, puede que esté loco, o que mi cigarro presentara trazas de marihuana o algo así; pero la cuestión es que la mariposa se llevó mi corazón y quedé boqueando.
Me pegué dos puñetazos en el pecho para lanzar sangre al cerebro.
Me quité la mochila y me senté, de repente ya no tenía donde ir.
La tristeza muy afanosa ella, un poco harta de tener que salvarme el pellejo día sí y otro también; hizo crecer un corazón que comenzó a latir como un motor de dos cilindros de nuevo, mientras la imaginación se retiraba muy lejos de mis ojos, al fondo del cráneo; asustada por el riesgo que habíamos corrido todos los que soy por una pequeña mariposa bonita y un poco descarada.
Escupí sangre residual que se había metido por algún agujero de los que dejó el corazón que se llevó la mariposa y pedaleé sin alegría de nuevo a casa.
Y aún así, no podía evitar sonreír.
Hubiera sido una muerte linda, mejor que la que se me echa encima, el camión está demasiado cerca de mis ojos y yo en el carril equivocado, la tristeza no podrá reparar semejantes daños.
Si existen las almas ¿revolotean como mariposas alrededor de las dio…

Iconoclasta

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Las cosas mínimas suaves y hermosas existen para avergonzar la vanidad de las cosas grandes y cárnicas y sus miedos banales.
Las cositas mínimas existen y es imposible no preguntarles: “Hola pequeñas. Sois tan valientes… ¿No tenéis miedo a morir?”.
“A veces dan ganas de llorar al veros, pequeñas mías. No sé porque…”
Me provocan una lástima, una pena pequeñita como ellas; que florece en mi corazón incoloro.
Una lástima porque me duele que mueran, son muy frágiles.
Aunque no más que yo. ¿Está ahí mi vergüenza?
Las cosas mínimas viven hermosamente y mueren en tecnicolor, la muerte no puede robarles en un segundo lo que un día fueron. La muerte no les roba el color que las hace bellas como deja fría la carne de las cosas grandes, en apenas un pétalo desprenderse y caer a la tierra como una lágrima de amor y melancolía.
¿Cómo lo hacéis para marchitaros tan bellamente?
Las cosas pequeñas son como el amor que siento, oculto entre la fronda nemorosa, silencioso, con los colores de la pasión y el valor, ancladas a la tierra y tan libres y potentes que irisan mis retinas pintando mi pensamiento. Y sin miedo a la muerte, la de nadie.
Tal vez amo como ellas viven: con un terciopelo violeta que no hace daño a nadie, solo ¿conmueve? (me aterra la duda). Sin gritos, sin molestar.
Tal vez me quiero mentir. Tal vez quiero amar y no sé.
Mierda…
No sé porque quieren las cosas grandes que no ame, lo hacen todo para que odie.
Porque si no amas, no encuentras las mínimas cosas bellas y esa penita hermosa.
Esa ternura que la soledad te regala en la inmensidad del planeta en una mirada secreta; un dolor también pequeñito para no sentirte del todo un trozo de carne de color infame.
Si no amas, te ahogas en tus propias lágrimas, que atascados los ojos, te inundan por dentro.
Ojalá de mi carne marchita surja una violeta pequeñita, una piedad por un pensamiento que ya murió.
Hasta pronto bonitas, ojalá viváis más que yo, lo hacéis mejor.

Iconoclasta

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El ritmo del tiempo de los amantes es una distorsión, una aberración del tiempo mediocre e insignificante que rige a los humanos adocenados. Una maravillosa y trágica trampa temporal.
Pura entropía.
El tiempo del amor es voluble: en la ausencia de los amantes, los segundos se hacen horas y los días erosionan la vida hasta dejar la tristeza desnuda.
Pero cuando los amantes se encuentran, un cronómetro diabólico inicia la cuenta y los minutos se transforman en milésimas de segundo. Se crea un tiempo que es un látigo azotando sus pieles sin misericordia. Y mientras la arena se escurre indecentemente rápida, la piel ensangrentada del amante se desliza inevitablemente entre los dedos amados convirtiendo en tragedia lo que una vez fue el encuentro ansiado.
Y se levantarán costras de tristeza allá donde el tiempo les arrancó la piel.
Tornarán las largas horas de nuevo con una esperanza absurda que posiblemente durará más que sus propias vidas.
Es tan desesperanzador como hermoso.
Tan inevitable como un destino aciago.

Iconoclasta

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¿Has visto, amor? El sol quiere amar a sus montañas como yo te amo, como te observo fascinado y radiante.
Como yo te admiro invisible desde alguna distancia insalvable. Deberías sentir el calor de mis haces de amor en toda tu piel, en el corazón y entre los muslos.
Te ilumino con mis rayos de amor rasgando el cielo como desgarraría tus ropas; para que la pasión llegue precisa y potente a ti. Que se derrame en ti…
El sol quiere ser como yo, sabe de la fuerza de mi amor y rinde honores a sus amadas montañas antes de que la noche lo borre.
Hace de las montañas sus deidades, de la misma forma que tú eres mi diosa.
Y así todos los días rasgamos furiosos sin esperanza de vencer, el telón que la noche y sus nubes ciernen sobre la tierra.
Y es precioso, ¿verdad, amor?
Eres preciosa.
Pinche sol envidioso…

Iconoclasta

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Veo películas de ciencia ficción e inevitablemente sueño con viajar al pasado y reparar el error del tiempo y el espacio que se cometió conmigo. Imagino vívidamente lo que haría para conseguir nacer allá donde tú lo harás unos años más adelante y así, encontrarnos sin perder tiempo y vida con otros amores que de nada han servido.
Mis sueños de ciencia ficción giran siempre en torno a esa galaxia inalcanzable que eres tú, cielo.
A veces mis sueños salen mal y soy un astronauta que ha debido abandonar su nave rota y flota en el espacio esperando que se agote el aire de su traje, con la mirada clavada en la lejana galaxia a la que ya no podré llegar.
No podré llegar a ti y moriré asfixiado y fracasado aquí en la nada, lejos de ti.
En otros sueños sobrevivo al viaje y cuando alcanzo tu galaxia todo es luz, esa cegadora luz de tus grandes ojos que me fascinan, la gruta carnal que forman tus labios para que bese la entrada. La increíble calidez que preciso después de tanto tiempo viajando por el gélido espacio, está toda en tu piel.
Y después de eso, despierto y no estás. Quisiera arrancarme los ojos.
La realidad fue todo un error, amor.
Ahora solo queda engañar a la vida luciendo una sonrisa que es puro quebranto, por mantener la más mínima dignidad ante la frustración de una vida sin ti.
Pienso en bebés muertos, no fui uno de ellos; pero nací en un espacio triste y deformado sin ti. Sin posibilidad alguna de reparar un daño que no cometí.
Los bebés muertos no sufren, solo viajan congelados como asteroides alrededor de estériles astros, con los ojos muy abiertos, como cuentas de cristal translúcido. Yo que sobreviví, no quiero nada de lo que hay en este mundo, ni siquiera la alegría; sino lo que está desesperadamente lejos de mí. Lejos en el tiempo y sus circunstancias.
Tan lejos de ti…
Mis películas de ciencia ficción son las más tristes que se han hecho jamás.

Iconoclasta

En el vasto páramo de las letras, sé cuidadoso al pisar.

Las equis te expulsan y las as te pueden amar y abandonar.

Atento porque los dedos corren apremiados por la emoción y el amor es traicionero.

Podrías escribir la historia errónea con la palabra fallida o la indescifrable.

¿Y no querrás eso, verdad? No quieras añadir a la saña con la que te trata el planeta, tus errores. Las emes son de muerte, y las efes de fracaso. Apenas de felicidad si ella no está cerca pronunciando alguna belleza de las suyas. De esas que deja caer suavemente en tu oído y luego al teclado, como las flores de los cerezos tapizan la vida con mantos de nata y fresa.

Cuando camines entre palabras y letras, no te apresures. Te va la dicha en ello. Pulsas por error y se desata el apocalipsis: las tristezas transmiten un temblor a los dedos, el miedo a pisar la tecla/mina que ahora pudiera ser fatal, la que aunque borres de la pantalla, quedará grabada en tu retina como un mal presagio.

Y piensas en sus dedos con esperanza, ella te guiará por el desierto de las letras que las lágrimas de una tristeza tan vieja como tú desenfocan. Porque sus dedos son precisos y preciosos y un día siguieron el camino de tu rostro. Resiguieron sensualmente tus labios. Sellaron tras el beso su conjuro de amor: “¡Shh… No digas nada amor! Solo ámame”. Fuiste condenado a amarla y la buscas en todas las cosas, en todas las palabras, en todas las letras.

En todas las teclas peligrosamente desenfocadas.

Es la más hermosa condena de amor jamás contada.

Y escribes: ¿Cómo lo hago para describir mi sonrisa si la pena me come ahora? Y el miedo a que una letra me devore una falange, para que no te pueda enviar el amor necesario de una forma tridimensional y tangible, que trascienda las sutiles frecuencias del amor al aire mismo que respiras.

Te hamo.

¿Has visto amor? Peligro es mi apellido. Estoy seguro de que si lo repitiera, si te “hamara”, de alguna forma la vida me golpearía furiosa como aquellos maestros cuando era niño.

Y las teclas me arrancarían los dedos…

¡Te hamo!

¡Shhhh…! Que se jodan las teclas.

Iconoclasta

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El viento es malo, no te fíes de él.
Sopla como un abrazo que pasa de largo.
Un beso que se deshace antes de rozar la piel.
Una palabra hecha jirones.
Una piel arrancada, una mirada desenfocada, un latido perdido, la lágrima robada, un pecho indefenso, unos ojos desesperados, un cristal esmerilado…
Y aun así, a pesar de todo ese drama, mi mente invencible sueña que un día te traerá hasta a mí.
Cuando en la montaña ruge el viento entre la fronda del bosque, sueño que escucharé tu voz, todas las veces, todos los segundos.
Y cuando eso ocurra estaré preparado.
Llevaré en mi espalda el más potente de los ventiladores para provocar otro viento opuesto que lo contrarreste y jamás te vuelva a llevar lejos de mí.
Sé que parecer que arrastro un ultraligero le resta algo de glamour al encuentro, cielo.
Pero solo hasta llegar a casa, unos minutos. Y allí también te liberaré de las cadenas que te sujetarán a mí…
¡Que no! No te ocultaba lo de las cadenas. Es que con este asunto del jodido viento y el ventilador me he acordado ahora. Es otro detalle sin importancia; pero si el ventilador se averiara, al menos podría mantenerte cerca de mí hasta llegar a cubierto.
Es que ese viento pérfido me lleva por el camino de la amargura, cielo.
Además, me mola verte encadenada.
Que no, nada de látigos ni cosas raras, imagínate que soy un voluntario de protección civil y ya está.
¿Sabes, cielo? También he soñado que esa risa tuya pasaba rápidamente ante mí y se convertía en un velo triste en mis ojos. Esa misma risa que me desespera no besar.
¿Sabes qué? Mejor construyo un refugio allá donde sopla el viento más fuerte y cuando te traiga, te agarro en un abrazo y te fol… te meto en casa rápidamente.
No te rías, no puedo besarte, mujer del viento.
Bye, amor.

Iconoclasta

Cuando los deseos no se sacian la mente lucha contra la ausencia creando sueños que son perturbaciones psicosomáticas, y éstas hacen el deseo más vertiginoso y desatado. Es una espiral de amor, una caída sin fin.
De tal modo que cada una de las palabras que se me derraman por los dedos tienen la exacta turgencia y calor de tu piel.
Aún no entiendo cómo no es posible ir de tu mano y en un momento dado, morder y besar tus labios desesperadamente encelado de ti.
Eres mi súcubo, mi amor de magia erótica y de inhumana belleza. La seducción que solo puede darse en otra dimensión, en otros universos. Entre los conjuros escarificados en mi piel con tus uñas que han recorrido toda mi carne, todas mis venas verticales.
Soy tu libro de hechizos… Estoy tatuado todo de ti.
Eres una deidad carnal.
Cuando tomaste posesión de mi mente, desalojaste de ella mi aplomo; y ahora la serenidad es un recuerdo lejano que gotea caduca al cerrar el puño con fuerza cuando invado tu boca con la lengua en un delirio incontrolable.
Me faltas tangible en mi dimensionalidad para abrazarte y susurrarte una sorpresiva ternura, conduciendo tu mano a mis cojones que hierven dentro del pantalón; en cualquier lugar especialmente hermoso que no comparto contigo y me fuerzo a soñarte desesperado.
Es por esos salmos carnales que has tatuado en mi cuerpo y mente ¿verdad, mi amada súcubo?
Con un golpe de cadera entraste en mi vida y por una oreja salieron expulsadas lejos de mí la determinación y mi coraza defensiva. Cuando desperté, tenía sangre en un oído…
Y ahora estoy sometido a ti, mi súcubo. Siento que junto con el semen te tragas mi alma con cada mamada cuando en las noches me posees.
Si hubiera maldad sería tarde para salvarme, porque no podría negarte jamás.
Cuando tu coño se desliza a lo largo de mi falo exprimes todas mis emociones hasta un placer agónico que se tambalea en la frontera del dolor, por muy dulce y pequeña que pueda ser una muerte.
Y cuando te desprendes de mí, por tus muslos bajan espesos y brillantes ríos de amor, el que me has extraído…
Ha valido la pena vivir tantos años para llegar a este momento en el que de tu coño, mana mi paroxismo viscoso de amor y deseo.
Me convenzo de que no es sueño, porque tengo el rabo empapado de ti. Es otra dimensión a la que me arrastras cuando es tu volición.
Mi súcubo, mon amour…
¿Y sabes, cielo? Que no cese esta locura, este ansia que aniquila toda humanidad que pudiera haber en mí.
Reniego de cualquier gen humano ante ti.
Porque si ahora me faltaras, si desocuparas mi mente, estaría perdido e indefenso.
No me dejes.
Por favor…
Por mucho que mis palabras hablen de la agonía de los deseos que apenas nacen, a la luz del día mueran en una opaca realidad cuyo aire no puede transmitir tu sonrisa.
Mi hermosa súcubo…
Nunca una magia negra pudo haber sido tan luminosa.
Sueño que tus labios son frescos y húmedos, un agua pura que no me sacia. Soy el sediento errante en mi planeta.
Agotado, al llegar la noche concilio un sueño que me llevará a ti. O seré arrastrado por la magia de tu alma y tu coño.
Y lo más gracioso, es que creen que soy un solitario.
No me dejes, aunque escriba que duele un poco amarte.
Un mucho…

Iconoclasta