Posts etiquetados ‘Pablo López Albadalejo’

Quisiera amarte con serenidad, no escribiendo y describiendo con brutalidad la tristeza, lo mierda que me siento cuando te leo sin mirarte, cuando las palabras carecen de tu sonido. Cuando el aire no está ionizado de ti.
No mirarte, no oírte, no besarte, no joderte…
La serenidad ha desaparecido de la faz de la tierra.
Es normal que este colapso de amor conduzca a la duda: ¿Y si no me amas?
Observar tu lenguaje corporal y oír las palabras escritas moduladas por tus labios… Es lo necesario para verificar la concordancia de los gestos y la entonación de tus palabras con el amor. No es lógico enamorarse tan perdidamente sin esos datos.
Si no me amaras, qué ridículo…
Sin embargo, la otra lógica dice que me amas, porque no hay nadie al otro lado del universo amenazándote con un arma para que escribas las palabras de amor y deseo.
Nuestras intimidades no certificadas.
Si no me amaras, no tendría sentido este intercambio de sueños y deseos.
Cuando algo no está bien, cuando algo me falta no puedo pensar con objetividad y mucho menos con un eufórico optimismo. Solo me permito ser medidamente ingenuo.
Y así y todo, soy tu más demente número uno.
Durante el acto de leerte y unas horas después, son los momentos de más lucidez y serenidad en mí.
Y descanso de todo este estrés con las manos sucias de mi leche jadeando aún el placer que se me permite.
Cuando el semen se seca, vuelta al tormento…
Si te he de ser sincero, cuando leo tus sorprendentes y excitantes obscenidades, con las que indefectiblemente acabo corriéndome; no te amo. Es puro instinto animal, incluso siento ferocidad no solo por metértela, sino de ser tu amo. De sentirte de mi propiedad.
Todo está bien en ese momento primigenio, instintivo. Puramente animal.
Sin más complicaciones, por favor.
Sabes explotar y no es tu naturaleza reprimir tu sensualidad hasta hacer hervir mis cojones. Eres mi amada microondas.
Incluso ahora, concentrado en escribir todo lo que no te siento y no te tengo, no ceso de separar y cerrar la piernas intentando dar consuelo a un pene que duele al intentar expandirse en el pantalón con un glande mojado y resbaladizo.
Padezco la compulsiva ansiedad de irrigar tu monte de Venus y el coño con mi leche y luego desfallecer, escupir los últimos de deseos dentro de ti, con el movimiento peristáltico de tu vagina perfecta e impía extrayendo las últimas gotas de mi animalidad.
Esto no es una misa y tú eres la más mujer de todas las mujeres. Es un deseo violento y ancestral, no es posible describirlo con delicadas palabras. Es más, quiero herir tu sensibilidad, la de tu coño. Y que separes los muslos leyéndome.
A la diosa, lo que es de la diosa: la carne cruda de un celo húmedo y desatado.
O un beso robado en la paz de un amanecer aromatizado con el íntimo café.
Quisiera amarte con la serenidad de despertar junto a ti. Y hacer emerger tu conciencia dormida lamiéndote dulcemente entre los muslos.
¿Has visto? Se me derrama la ternura y el deseo en avalancha. Haces de mí el caos.
Vivir como yo es una monstruosidad, es desvivir. Pagar una condena por un delito no cometido.
Tu condenado te ama.

P.D.: Sé que no puedes sentirte como yo porque tú ya te tienes. Qué envidia…

Iconoclasta

Parece ser que el pensamiento silencioso global humano es el de los ñus: mueren muy pocos humanos para los miles de millones que viven.
Cuando la cantidad de individuos de una especie alcanza la categoría de plaga, no importan los seres ajenos que mueren a tres o cuatro metros de ellos. La humana es otra especie animal, la premisa es adecuada e idéntica por convicción y experiencia, para ella.
Hasta tal punto se manifiesta la insensibilidad, que piensan acerca del cadáver “Bastante tengo yo con lo mío”.
Estoy seguro de que esa indiferencia hacia las muertes ajenas, es una cualidad instintiva, impresa en el cerebro de reptil del ser humano y todos los animales para preservar la especie de su masiva reproducción y la falta de depredadores para equilibrar el ecosistema.
Las manifestaciones que hace la sociedad, son por y para los políticos y personajes del poder que necesitan notoriedad y piden los llantos hipócritas de la masa humana en nombre de la paz, de la justicia y para un futuro mejor para los que no han nacido. Ante su amo o ídolo la masa humana ve en el acto de fingido duelo algo festivo con el que pasar el tiempo; pero no le interesa lo muerto; solo si hay buena música y cosas amenas que fotografiar para subir al perfil de feisbuc o tuiter.
Y cuanto más sometidas se encuentran las cabezas humanas a las restricciones, prohibiciones y robos del estado o gobierno, más se reduce el radio de indiferencia a los cadáveres.
Llegará un día que caminarán pisando muertos sin sentirse especialmente incómodos por ello.
Sólo en internet, en sus redes sociales, se dedican bendiciones y memes a algunos muertos porque hay que hacerse “oír” y usar el teléfono que ocupa sus manos y su mirada más tiempo del que su inteligencia puede funcionar.
Solo en internet y medios de comunicación (ya no son informativos, sino doctrinales) hacen gala las reses humanas superiores y esclavas de esa emotividad tan pía y bondadosa, que dan ganas de purgarse metiéndose los dedos en la boca.
La realidad es que los diversos rebaños de seres humanos repartidos por el planeta, se comportan como los de ñus en la sabana, que pastando con indiferencia en el mismo lugar donde también cagan, a escasos metros uno de los suyos joven, adulto, viejo, lisiado o gestante; es devorado aun mugiendo por los leones.
El número de reses humanas en los diferentes rebaños es tan numeroso que los individuos se insensibilizan a las muertes que ocurren ante sus ojos y en el fondo, algo les dice que es necesaria la muerte.
Y no en tan poca cuantía.
Esta indiferencia o trabajada insensibilidad (al menos la mía) a la muerte ajena explica el porqué las guerras se prolongan tanto tiempo.
La guerra es la máxima expresión de la libertad: matar a otro humano sin consecuencia alguna, como arte cinegético. Sin dar cuentas por ello.
Se desarrolla así cierto orgullo instintivo por conseguir la medalla de ser el mejor matando. Le llaman valor también; pero es solo el lógico embrutecimiento del esclavo al que se le ha dado libertad suprema. Sin mandamientos o leyes que pesen en su comportamiento condicionado por el estado mismo durante la infancia y adolescencia.
El trauma o psicosis de guerra llega cuando al lerdo le arrebatan su libertad de matar.
Hemingway dijo que no hay nada más apasionante que la caza del hombre y quien la prueba no la puede dejar.
Quiere decir esto, que una vez se acaba tu libertad de matar, cualquier otra actividad conduce al hastío.
En la guerra el humano desciende a su más primitivo instinto de caza de supervivencia y una muerte representa, tal vez, un minuto más de vida y más espacio a su alrededor.
Y cuanto más fuerte es la presión, la extorsión y las prohibiciones que el estado ejerce contra él, más humanos cazará o matará con ansia.
Es fácil comprender que sentirá también el honor de ser un medio de selección natural de la especie humana. Una especie de enviado para eliminar individuos que podrían denigrar la evolución de la especie con su mensaje genético defectuoso. Esto es a nivel instintivo, porque no abundan los mínimamente inteligentes para llegar al razonamiento de este ensayo.
Así pues, mejor muerto que volver de nuevo a la paz de la mediocridad y esclavitud de la moral tributaria del estado.
Y que deje de mugir el puto ñu que se están comiendo los leones desgarrando el ano y el vientre, les da dolor de cabeza su congénere mientras pastan aburridos en su ciudades o granjas.
Es como el “Algo habrá hecho”, de las reses humanas adaptadas a las dictaduras y sus crímenes y genocidios.

Iconoclasta

No lo puedo negar, a veces tengo suerte. Buena, quiero decir, buena suerte.
Hoy ha sido el mejor día de Sant Jordi (San Jorge) o día del libro que he vivido.
Estoy harto de encontrar sólo literatura de consumo, automatizada, estereotipada, sin alma o simplemente infantil. Lo que las grandes editoriales publican como misioneras de un dogma que han de extender. El dogma de la globalización y el pensamiento insectil, banal y pueril. Fácil y sin sobresaltos, sin inquietud alguna; parábolas de tolerancias e inclusiones artificiosas y doctrinales de corte fascista. Lo que antes se conocía como simple educación y hoy elevan a pretenciosos decretos y preceptos pagano-religiosos. De esos que se convertirán en audiolibros para que aprendas lo que debes y pienses lo que quieren, sin entender siquiera como se escriben las palabras que tragas.
Hace años, desde inicios de los ochenta del siglo pasado, que no consigo encontrar literatura de verdad, limpia de la búsqueda de la fama o el “me gusta” o los refritos histórico-esotéricos. Sin adoctrinamientos para mentes simples.
Liturgias que insultan a la inteligencia.
Así que en una bonita tienda de antigüedades y ojeando en una vintage caja de madera (restaurada al efecto) he encontrado esta edición bilingüe (catalán-castellano) de Jacinto Verdaguer de ¡1909!

Además de mi económico, pequeño y pueril capricho de comprar un libro de ciento catorce años. Al abrirlo me he dado cuenta de que tras más de un siglo, no lo ha leído nadie.
Al llegar a casa, hemos sido mi hijo y yo los primeros en comenzar a leer sus páginas, cortando cuidadosamente con una afilada navaja los pliegues de las páginas aún unidas de cuatro en cuatro.
Me he sentido como un ingenuo y torpe explorador ante un descubrimiento. He vivido una sorprendente y gran odisea.
No está mal para un tullido.
Yo no sé escribir ni quiero, de la piedad y la bondad, de la amabilidad, la ingenuidad y ternura desenfadadas y humildes. De una fe o una aceptación a lo establecido.
Pero me gusta conocer aquellos estilos que jamás podría emplear. E intuir el fascinante proceso de aquellos autores, para construir instantes que contagiarían de su pasión o paz a los lectores.
Así que me fascina Lorca y su cuasi metafísica poesía. Y también me conmueve que escritores como Jacinto Verdaguer, dedicaran una parte de su ilusión a escribir poemas de instantes amables, bellos en su simplicidad. Donde se siente en cada verso el fruto de la experiencia mística de la soledad o recogimiento, y el contacto con la naturaleza.

Hoy ha sido un día bonito. Dos veces bien.
No puede hacer daño.
Y ahora a ver cuanto me cobra la usurera vida por el buen momento.

Iconoclasta

Bueno, algo deben tener para que puedan morir ¿no?
Es anecdótico tener algo en común con los árboles.
Las anécdotas sórdidas siempre son sorprendentes.
Me alegro de que el mío esté dentro. No soy amigo de llamar la atención sobre mí sin vivir en mí.
Si el árbol tuviera que caminar como yo, me gustaría ver si se mantiene tan estoico.
Nunca he sentido una tristeza de esas de enmarcar en el cuarto de las lágrimas.
Yo soy más de blasfemar, es cultural, no es una cuestión religiosa.
Cuando algo duele, simplemente me encabrono.
Asaz…
Y menos mal que la procesión va por dentro y no tengo que pasar horas lijando el tumor.
Dale que te pego sangrando…
Aunque el cáncer no duele, duele aquella carne a la que no le llega la sangre.
Una carne negra que parece, precisamente, el tronco de un árbol con cáncer.
¡Vaya, menuda reflexión! Soy la alegría de la huerta.
Los hay que escriben cosas edificantes. Está visto que yo estaba destinado a ser el contrapeso del himno a la alegría.
Los hay que se comen el bistec y yo la carroña.
No es casual, es algo que me propuse en algún momento, no sé cuál.
Fue mucho antes de que pensara que el árbol y yo teníamos algo malo en común.
Mucho antes.
Siempre fui precoz para lo sórdido.
Podría ser peor: que alguien no dejara de cotorrear a mi lado y me distrajera de las maravillas y grandes ventajas de los cánceres de los árboles y los hermosos nudos que dejan a la posteridad para la producción de muebles lujosos.
Porque del de mi pata no me puedo distraer, no soy un indolente, desgraciadamente.
De cualquier forma, yo y yo mantenemos suficientes charlas para hacer amenas las caminatas dolientes, cancerígenas.
Espero que el ladrillo de Tolkien, hiciera a sus Hobbits libres de cáncer, bastante tienen con las plantas de los pies peludas y las uñas como las de las águilas…
Se me escapa la risa…
No sé quién inventó aquello de que el dolor te hace piadoso. Algún mártir con serios problemas de humildad.
Tal vez algún trastorno neurológico que les da esa apariencia imbécil.
Y desconocimiento absoluto del dolor.
Yo no padezco ninguna parafilia respecto al dolor, si me duele, no follo y punto.
Hay más días que subnormales y entre ellos los días que duele poco.
Vas a meterla precisamente cuando te duele con solo correrte…
Idiotas.
Otra vez… ¿No estaba yo hablando del cáncer de los árboles?
Lo de ser absurdo e inestable no tiene que ver con los bultos, siempre he sido así. Lo sé porque cuando hablaba demasiado, mi padre miraba al cielo buscando no sé qué.
Cuando me hice un poco adolescente, llegué a pensar que cuando le daban esos pasmos, debía ser que su cigarrillo estaba contaminado y se quedaba en animación suspendida escuchándome embelesado.
Resulta que el muy querido (grrr…) buscaba paciencia.
Maldita sea…
Me largo, me duelen los dedos de escribir.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me gustan esos repentinos silencios que me hacen creer por unos segundos que el planeta y lo que contiene se ha detenido. Un breve espejismo de paz en la granja humana.
Un regalo al azar.
El silencio es soledad y serenidad.
No precisas decir u oír nada.
Es el perfecto ser.
Solo te diferencias de una estatua por la respiración.
Y los ojos cansados, cerrados.
La diferencia entre un budista y yo en el silencio está en que no busco nada.
No necesito mejorar, trascender o encontrarme conmigo mismo.
Ni controlar emoción alguna, porque estoy íntimamente fundido con el planeta.
Hay aves que me siguen piando durante breves trechos saltando de rama en rama.
Tal vez quieren arrancarme un sonido. No pueden creer que una bestia que respira sea tan hermética.
Y yo no me explico como he llegado a tener tantos años acumulados en mis huesos. Por qué la vida no me dejó tiempo atrás.
Le hablo demasiado al universo y no le daré tiempo a darme las respuestas que no quiero escuchar. Yo hablo y él que escuche. Cuando pretenda responder no existiré.
Sé jugar bien mi brevedad.
El universo es un vertedero de luz vieja, de algo que sucedió. Una luz innecesaria y falta de energía.
Y quien lo mira demasiado un día no sabrá siquiera que ha muerto. Y el infeliz esperará el próximo amanecer con ansiedad.
Nunca llegará.
Lo único que me fascina del universo es su sepulcral silencio que dicen que tiene.
Más que silencio es simple muerte, eso es trampa.
Estoy seguro de que si el sonido se propagara por el cosmos, no habría vida alguna, no sería posible la vida en ningún lugar con todo ese fragor de destrucción y desintegración.
¿Cuál sería el sonido de las galaxias y planetas venenosos?
No importa, es solo un pensamiento silencioso entre caladas de tabaco que no requiere respuesta.
A veces pienso que soy cruel con mi desdén hacia el universo, arrasando atávicas ilusiones.
No puedo evitar una sonrisa taimada y vanidosa por ello.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

No es grande, no llega a tocar el cielo; pero al final logró ser dios y ahora rige solitario, en una bola de cristal invisible, su eterno y exclusivo mundo donde luce majestuoso, entre cielo y rocas. Y a su espalda, los miles de adocenados árboles del bosque hacinados, lo observan con desdén lucir su fronda de miles de pequeñas flores radiantes.

Si dios no ha castigado su vanidad partiéndolo con un rayo, se debe a que tenía razón en su vanidad: es tan bello como un dios.

Y bueno, aunque pedantes, ciertas perfecciones se agradecen en este sórdido mundo de fealdades banales e intrascendentes, a duras penas vivas.

Iconoclasta

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Los caballos tristes, hastiados de tan poco espacio para galopar, cansados de la humanidad que los observa, hartos de siempre el mismo pasto; se vuelven de grupa a la gente.
Están cansados de los humanos apostados ante la alambrada electrificada. De que les pidan acercarse para ser tocados.
Yo también le doy la espalda a mis opresores y me alejo cuanto puedo de ellos; y puedo alejarme más que los pobres caballos.
Están tan habituados a los humanos que, a pesar de la tristeza que les cubre el pelaje, no pueden alejarse de la alambrada. De aquellos que los privaron de su esencia animal.
Los humanos hacen lo mismo consigo mismos, a pesar de la necesidad de intimidad y espacio se amontonan en los mismos lugares. Se aborregan en pequeños espacios aunque saben que es indigno.
Sus almas se han infectado también.
¡Pobres, caballos! Les rompieron el alma.
No me gusta que los animales tristes no se alejen de quien les pervirtió su esencia.
Y me gusta que se acerque, en secreto, cuando nadie nos ve el que está en pie. Y se deje dar un saludo en la cara.
Hay una escalofriante y tristísima semejanza entre los caballos melancólicos y los humanos grises.

Iconoclasta

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El planeta ya no es La Tierra.
Es la Taquilla C-18 de la película Hombres de Negro II.
La especie humana se ha convertido en algo parecido a esos pequeñitos alienígenas peludos, con ojeras como pandas y antenas con bolas luminosas, como estaban tan de moda en las discos de los ochenta del siglo pasado.
Solo que ellos tienen gracia, los humanos de La Tierra, también la tenían.
Pero estos humanos actuales de la Taquilla C-18 sucios del nazismo del coronavirus, la sanidad y el homosexualismo ideológico. De miedo, fe ciega, obediencia religiosa, infantilismo, aplausos a los dictadores…
Todos pensando igual, diciendo lo mismo que les emiten por televisión e internet. Repitiendo con el rostro convencido las mismas consignas que sus amos ganaderos les transmiten las veinticuatro horas al día sin cuestionar nada, asumiendo el lema nazi de que la libertad es enfermedad y acatando serviles las prohibiciones de todo tipo y los dogmas eclesiásticos de mansedumbre, homosexualismo, nutrición, sexo, ocio y cambio climático…
Estos no son humanos reales u operativos para la especie. Ya no quedan seres humanos de La Tierra, son los habitantes de la Taquilla C-18.
Sin gracia, todos haciendo colas en los mismos lugares para pincharse con el rostro compungido de miedo, silenciosos… Comprar las mismas cosas de oferta, las mismas películas de super héroes repetidas hasta el hastío profundo.
Tristes, átonos, amorfos…
Asomados a las ventanas para espiar a los que pudieran salir a la calle cuando los encarcelamientos por coronavirus, calzando bozal en el hocico como si en ello les fuera la vida, aplaudiendo al régimen.
Con sus “yo me quedo en casa”, “yo me vacuno”, “yo confío en mi dictador”, “el estado me protegerá y dará de comer”, escuchando con esperanza palurda la tonta canción de “Resistiré”…
No son seres humanos, definitivamente.
Al menos los habitantes de la C-18 de la película tenían gracia, hablaban como catetos pueblerinos con las miradas idiotas, en un acertado sarcasmo y caricatura cinematográfica de lo que sería la especie humana en el 2020. Me meo de risa al ver la escena, es mi clásico desde el primer día que la disfruté.
En lo demás, los habitantes actuales de la Taquilla C-18 dan pena en su infantilismo y temor conejil, su fe en los salvadores de sus vidas y ladrones que les roban el sustento y la respiración. Y a sus hijos la identidad, la cultura, su naturaleza y biología; y la determinación y creatividad.
Recordad que es de bien educados rebobinar las cintas antes de entregarlas al video club. Y ahora, corred que las entradas son dos por uno.
Y no os olvidéis de cantar a vuestros dioses y amos, cabestros.
Es que me parto el rabo con los ciudadanos de la C-18, los peludos con cara de panolis… ¡Qué risa!

Video de la escena: https://youtu.be/WFF6BEM_7ng

Iconoclasta

Soy pura numerología nihilista; sumas y restas de cantidades y cosas indefinibles, incorpóreas. Y ya sabemos que sin cuerpo no vales una mierda.
Tal vez soy cadáver y por ello las cuentas no salen.
La puta verdad es que solo estoy compuesto de quebrados y raíces que se clavan en mi cerebro. Y resto más que sumo.
Puta mierda…
Una ecuación de segundo grado que malo el positivo, malo el negativo. Una parábola estúpida, sin sentido.
Como las de Jesucristo.
Nunca me ha angustiado elegir el resultado de una aburrida y árida ecuación, ni de cualquier otra operación matemática o no. No odio las matemáticas, simplemente no me sirven para nada.
Solo es mala hierba para los imprevisibles sueños y deseos.
Hay quien ve en ellas un universo, yo veo la eternidad del tedio y la esclavitud.
Cuando faltan palabras usan los números para llenar los espacios en blanco de su imaginación con indeterminaciones y ambigüedades.
Cuando he de elegir lo hago rápido. Siempre elijo mal porque siempre te dan malas elecciones. Así que digo mierda y señalo una.
Y en un acto final de inocua rebeldía, me quedo con la otra; con la sabiduría final de que no importa. No razono las estupideces.
Otros a mi sabiduría la llaman destino o la voluntad de dios; pero sé que tras las elecciones hay un imbécil más de tantos que es quien las propone.
Hicieron de la vida una galería de feria de idioteces monstruosas y elijas la puerta que elijas, tendrás un mal positivo, un peor negativo o una fracción de tu vida tirada a la basura.
Si te amputan media pierna, solo queda desangrarse. A descansar de una vez por todas…
¿O vas a arrastrarte como un gusano a los pies de otros?
La metafísica matemática tiene consuelos desconsoladores.
Es el nihilismo consecuente, el pensamiento estropeado de una matemática estéril.
No preguntes para que no te den elecciones.
Haz lo que debas.
Cuenta absurdos que siempre serán más graciosos que unos algoritmos que miden el papel que usas para limpiarte el culo en días de lluvia, de sol o de mierda; según con quien, según donde…
El error está en el acierto.
Y un acierto y otro más son dos aciertos, dos errores. Nada por lo que dar saltos maricones de alegría.
Un error y otro error son dos errores (ídem de la parte final del párrafo anterior).
Dos putas no suman dos placeres, solo un robo seguro. Un negativo que en la parábola de la ecuación de un enfermo mental, podría ser también un positivo. Porque si las cosas ocurren es por algo ¿verdad, idiota? Y el viento arrastra una rama que te abre la cabeza por alguna razón que no habías resuelto.
Que te den por culo y por la boca mierda, listillo.
Y a las derribadas o como cojones quiera que se llamen.
Dicen los nihilistas que el conocimiento no existe. Qué sabrán ellos…
Yo digo que la humanidad son los electrones estúpidos de un átomo y que de tanto orbitar, han ocurrido azares sin mediar inteligencia alguna.

Iconoclasta