Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Dije que hay cosas que no tienen discusión, que no deben ser cuestionadas.
Hay afanes inquebrantables, misiones sagradas.
Un destino que yo creé, que yo mantengo vivo.
Si has pensado que tu cuerpo no será mío, no sabes lo que soy.
Si por un momento has pensado que toda esta acumulación de pensamientos, deseos y locuras son simples recursos literarios; estás perdidamente desorientada.
Tu alma sé que es mía, sé que te la he doblegado con amor. Tu cuerpo se resiste porque es palpable como el mundo.
Y la propiedad oculta de lo palpable es no creer hasta tocar. Porque el pensamiento está a años luz del músculo, la víscera, la piel y el hueso.
Divina es tu alma; pero tu cuerpo es mi burdel, no existe la retórica para tus pechos, para tu boca y vagina que son sima y precipicio.
La suerte está echada.
Alea jacta est, yo digo.
Y tu cuerpo será sometido como tu alma. ¡A mí!
Y acabará esa tristeza y la sensación de piel fría que deja. No buscarás un sol que te caliente, porque tu piel estará tan templada como hidratada por mis labios.
Y de la misma forma que las palabras de amor calan profundas en tus oídos y ojos, mi mano se arrastrará pesada y recia por tus rodillas hasta lo más íntimo del interior de tus muslos, allá donde mantienen un brillo húmedo.
¡Oh, dios! Tu coño…
No ocurrirá de otra manera.

Iconoclasta

Vale, de acuerdo, me pongo un tanto nervioso al hablar contigo; seguro que no te parece extraño. No soy el único que tartamudea; pero es que esta erecci… Quiero decir, esta admiración, confunde mi aparato fonador y mi cerebro.
Eres diosa y yo mortal… Es normal mi estado nervioso, acostumbrarme a ti y tu sensualidad divina requiere tiempo.
Y tiempo no me queda, por ello permite este acto de superficialidad que es penetra… Quiero decir, pedirte un beso en la boca y acariciar tu vagi… tu pálida y suave piel.
¿Ves? Esto no tiene arreglo, mi diosa. No puedo acostumbrarme a ti.
Solo me queda prometerte mi ansiedad eterna.
Como no soy elegante, me puedes esconder en algún lugar para que no te avergüence y luego, en la intimidad nos relajamos y te la met… te beso, quería decir.
Y aunque no te lo parezca, no busco solo sexo, busco tu alma… Está bien, sé que el bulto en el pantalón no me da credibilidad; pero si supieras lo agitado que está mi pensamiento, te preocuparías más por tu cordura, que pienso arrebatarte.
Estaré nervioso, histérico, descontrolado y ansioso; pero hay una inteligencia emocional que me lleva a hacerte mía.
Ser un tanto ansioso, incluso psicótico es muy distinto a ser idiota.
Te invito a foll… ¡A cenar quería decir!
Qué manera de sudar…
Y no te rías, tanto diosa cruel.

Iconoclasta

Llueven hojas secas…
Es normal, es otoño, coño.
Quisiera sonreír; pero el sonido de las pequeñas hojas al caer me evocan los besos que nunca sucedieron, que no llegaron.
Como ternuritas que apenas nacer, murieron.
Así que cierro los ojos ante la fría y suave brisa. Y escucho ese crepitar rodante de las hojas por el suelo, sintiendo que realmente son los besos tiernos que se secaron en mis labios.
Y deseo pedirte perdón entre este íntimo rumor de tristeza.
Perdón por los besos secos que ruedan a ninguna parte.
Te pido perdón, cielo, por haber nacido mucho antes que tú, muy lejos de ti.
Las hojas ruedan sonoras y juguetonas y con ellas llevan un trozo de mi alma, un jirón que se ha desprendido también seco.
El otoño pone en jaque mi entereza, cielo.
Tal vez, al menos esa seca piel de mi amor pueda llegar hasta ti antes de pulverizarse.
No sé, mi diosa… El otoño templado es la cuenta atrás que lleva a la gelidez y a la exaltación del amor que es imposible abandonar por mucho que duela.
Te pido perdón, sin dejar de amarte.
Misericordia…
Seré entre las hojas que pisas, lo juro.

Iconoclasta

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Encontrar cosas buenas es una tarea ingrata e infructuosa. No soy negacionista (palabra muy de moda en la era del bozal y el pánico al resfriado del coronavirus), simplemente pragmático.
Digo que las cosas buenas aparecen por casualidad; muy distinto a la causalidad que solo trae cosas malas.
Si te empeñas en buscar cosas buenas, por mucha espiritualidad que le eches, te sentirás timado y luego mierda.
Que tú mismo te times, es lo peor que puede acontecer.
Los amores aparecen de improviso, cuando menos piensas en ello. Aunque yo preferiría una buena pluma o reloj de lujo.
No es solo por materialismo, es que inevitablemente el amor da dolor de cabeza y te pasas el día masturbándote para combatirlo. Si no te haces pajas no es amor, es amistad, es tu médico o, simplemente estás viendo una de esas películas españolas que necesita subtítulos, porque no saben pronunciar y no te enteras de lo que los actores rajan sin cesar. ¿Dónde fueron a parar las clases de dicción?
A pesar de ello, no puedo evitar caer en los dulces y mortificantes brazos (de mujer, no jodamos que hoy dan por hecho que todos los machos son maricas) del amor cuando toca por una absurda casualidad.
En el fondo soy un romántico. ¡Qué asco!

Iconoclasta

El amor está formado por dos frecuencias para aquellos que lo asumen con fuerza, con pasión: euforia y compulsión.
Saben muy bien por esa inteligencia instintiva que habrá dolor y abrazos cansados. Y tras ello, tal vez un fracaso.
Y se van a lanzar a las fauces de la tragedia porque les da sentido a sus vidas.
Mejor esa posibilidad de fracaso que un paseo aburrido por unos grandes almacenes. Mejor la locura irracional que un medido y aséptico cariño de mierda.
El cinismo es un acto de crueldad con los sentimientos necesario para no caer en una indolente complacencia o ingenuidad. Jamás debes caer en un marasmo de amor como el que padecen los más ineptos seres del planeta, los reproductores que dejan sus vidas y su pensamiento en manos de una abeja reina y se mueven en direcciones estrictamente indicadas, con fe.
Así que no te dejas embaucar por ningún amor de teleserie hasta ser consciente de que vas a vivir un drama y no una película de princesas para todos los públicos apestosos. Sé un cínico con el amor hasta que sepas que te come la médula de los huesos.
Y cuando sea ya absolutamente insoportable no amar, supera tu propio cinismo, ese escepticismo cultivado día a día, y sucumbe a esa punzada que te roba un latido del corazón por una simple palabra; reconociendo que el amor te va a destrozar tarde o temprano.
Otra vez…
El amor ha de doler, ha de calar en los huesos y provocar mareos, temblores, miedos y besos que duran eternidades.
Y has de llorar y lamentar los tristes cafés que vas a tomar en la plaza mayor del pueblo en soledad, sin ella. Con una media sonrisa que es un medio dolor.
Y esperarás y lucharás por hacer realidad eso que te hace doblar el estómago, como un cólico de necesidad perentoria.
Fin de tu alma, ahora es suya, de ella…

Iconoclasta

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Qué caliente está… Como ama a su montaña.
¿Ves? Así te cubriría, así te amaría.
Aquí y ahora.
Qué desesperación por follarte, mi amor.
Con la lluvia rociando los labios que jadean, la piel que se eriza, los sexos trémulos…
Invadir tu coño cubriéndote toda, mostrando al planeta cuánto te deseo.
Qué envidia… Quiero ser vapor cubriendo tus pechos y tu piel toda.
Agua cálida y dura en tu sexo…
Chapotearte obscenamente.
Y luego, respirar al fin a tu lado el rocío del otoño.
Y ya…

Iconoclasta

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–¿Qué te sorprende, Jade?
–Nada, solo me callo.
–No me lo creo, tú nunca harías algo así.
–Eso tampoco es cierto, si estás haciendo una mamada no puedes hablar.
–Está bien, suéltalo de una vez.
–Estoy caliente.
–Siempre, como yo. ¿Y qué más?
–Pues follemos y dejemos de hablar.
–Primero quiero saber qué callas, ya me has liado.
–Anoche me hice amiga de una bollera y después de hacernos unas tijeras en su casa, me entró hambre y le desgarré el cuello. Y me he dejado en la mesita de la cama el monedero con mis tarjetas y carnet de identidad…
– Pues sí que lo pasaste bien para olvidarte algo tan importante.
–Estuvo bien; pero como se colocó con unos cuantos ácidos en el pub, al tragarme parte de su sangre me he colocado.
–¡Vamos! Te acompaño a su casa y recuperas tus cosas antes de que la policía se entere. Y a la vuelta paramos a beber algo y tomar unas tapas.
–¿De verdad no te importa cuando mato a un humano?
–Solo me preocupa que algo salga mal para ti, Jade.
–Te quiero, Ico.
–Y yo más, Jade. Tanto, que serás tú la que cierre la tapa de mi ataúd.
–¡Oh, qué romántico, cabrón! Escritor tenías que ser.
–Bueno… También me gusta que te hayas olvidado las bragas. Tu culo es más suave al tacto.
–Ico… Dime que de verdad me quieres, estos tripis me están dando un poco de bajón.
–Claro que te quiero mucho, muñeca de culo respingón. Salgamos a tomar el aire.
–¡Estás loco! Te voy a comer.
–¡Bah! Tienes mejoras cosas que comer que mi carne añoja; pero vigila los condimentos.
–Ico…
–Dime y levántate ya, cotorra.
–¿Quieres ver como meo en la calle y me haces una foto de frente?
–No me hagas reír, lobita putita.

Érase una mariposa boba que revoloteando tontamente se posó en mi bici y me preguntó con cierta picardía: ¿Me llevas?
Le dije que sí, farfullando como un idiota. Muy nervioso, pensando en la magia con la que la paranoia te premia en la intimidad del planeta.
Ocurrió una vez que la diosa del mar me preguntó si me gustaban las mariposas. Aparte del sobrenatural nexo común entre ambos sucesos; si fue mágico hablar con la diosa, hablar con una mariposa me pareció de lo más normal.
Mi cerebro está bien, lo malo es el corazón y esa arritmia de amor y ternura que me provoca cierta dificultad para respirar el aire de la realidad.
Cuando me colgué la mochila (hace unos segundos ya) para emprender la marcha con mi mariposa, voló. Se marchó.
Y una lagartija me sacó la lengua desde el borde del bosque.
Está bien, puede que esté loco, o que mi cigarro presentara trazas de marihuana o algo así; pero la cuestión es que la mariposa se llevó mi corazón y quedé boqueando.
Me pegué dos puñetazos en el pecho para lanzar sangre al cerebro.
Me quité la mochila y me senté, de repente ya no tenía donde ir.
La tristeza muy afanosa ella, un poco harta de tener que salvarme el pellejo día sí y otro también; hizo crecer un corazón que comenzó a latir como un motor de dos cilindros de nuevo, mientras la imaginación se retiraba muy lejos de mis ojos, al fondo del cráneo; asustada por el riesgo que habíamos corrido todos los que soy por una pequeña mariposa bonita y un poco descarada.
Escupí sangre residual que se había metido por algún agujero de los que dejó el corazón que se llevó la mariposa y pedaleé sin alegría de nuevo a casa.
Y aún así, no podía evitar sonreír.
Hubiera sido una muerte linda, mejor que la que se me echa encima, el camión está demasiado cerca de mis ojos y yo en el carril equivocado, la tristeza no podrá reparar semejantes daños.
Si existen las almas ¿revolotean como mariposas alrededor de las dio…

Iconoclasta

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Las cosas mínimas suaves y hermosas existen para avergonzar la vanidad de las cosas grandes y cárnicas y sus miedos banales.
Las cositas mínimas existen y es imposible no preguntarles: “Hola pequeñas. Sois tan valientes… ¿No tenéis miedo a morir?”.
“A veces dan ganas de llorar al veros, pequeñas mías. No sé porque…”
Me provocan una lástima, una pena pequeñita como ellas; que florece en mi corazón incoloro.
Una lástima porque me duele que mueran, son muy frágiles.
Aunque no más que yo. ¿Está ahí mi vergüenza?
Las cosas mínimas viven hermosamente y mueren en tecnicolor, la muerte no puede robarles en un segundo lo que un día fueron. La muerte no les roba el color que las hace bellas como deja fría la carne de las cosas grandes, en apenas un pétalo desprenderse y caer a la tierra como una lágrima de amor y melancolía.
¿Cómo lo hacéis para marchitaros tan bellamente?
Las cosas pequeñas son como el amor que siento, oculto entre la fronda nemorosa, silencioso, con los colores de la pasión y el valor, ancladas a la tierra y tan libres y potentes que irisan mis retinas pintando mi pensamiento. Y sin miedo a la muerte, la de nadie.
Tal vez amo como ellas viven: con un terciopelo violeta que no hace daño a nadie, solo ¿conmueve? (me aterra la duda). Sin gritos, sin molestar.
Tal vez me quiero mentir. Tal vez quiero amar y no sé.
Mierda…
No sé porque quieren las cosas grandes que no ame, lo hacen todo para que odie.
Porque si no amas, no encuentras las mínimas cosas bellas y esa penita hermosa.
Esa ternura que la soledad te regala en la inmensidad del planeta en una mirada secreta; un dolor también pequeñito para no sentirte del todo un trozo de carne de color infame.
Si no amas, te ahogas en tus propias lágrimas, que atascados los ojos, te inundan por dentro.
Ojalá de mi carne marchita surja una violeta pequeñita, una piedad por un pensamiento que ya murió.
Hasta pronto bonitas, ojalá viváis más que yo, lo hacéis mejor.

Iconoclasta

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El ritmo del tiempo de los amantes es una distorsión, una aberración del tiempo mediocre e insignificante que rige a los humanos adocenados. Una maravillosa y trágica trampa temporal.
Pura entropía.
El tiempo del amor es voluble: en la ausencia de los amantes, los segundos se hacen horas y los días erosionan la vida hasta dejar la tristeza desnuda.
Pero cuando los amantes se encuentran, un cronómetro diabólico inicia la cuenta y los minutos se transforman en milésimas de segundo. Se crea un tiempo que es un látigo azotando sus pieles sin misericordia. Y mientras la arena se escurre indecentemente rápida, la piel ensangrentada del amante se desliza inevitablemente entre los dedos amados convirtiendo en tragedia lo que una vez fue el encuentro ansiado.
Y se levantarán costras de tristeza allá donde el tiempo les arrancó la piel.
Tornarán las largas horas de nuevo con una esperanza absurda que posiblemente durará más que sus propias vidas.
Es tan desesperanzador como hermoso.
Tan inevitable como un destino aciago.

Iconoclasta

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