Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

¿Qué ocurre cuando en un sitio detestable y pútrido se encuentra quien amas? Todo se pudre, se rompe y descompone. Es inevitable. No se puede desarrollar nada bueno en un mal lugar.

También somos la tierra que pisamos.
Los detalles son muy importantes, los detalles pueden estropearlo todo.
Y cuando has disfrutado de la soledad, ya no hay vuelta atrás a la piedad. Te has hecho fuerte y egoísta. El tiempo importa tanto como los detalles, aprendes a deshacerte rápidamente de lo que ha dejado de gustarte o lo que no te gustó nunca y debías soportar porque no había otra salida; y eso incluye personas.
No puedes, no debes perder el tiempo en cosas ingratas; no más del estrictamente necesario para la supervivencia.
Humíllate y piensa que llegará el momento de saldar cuentas.
También está la opción de adaptarse, de sonreír al mal tiempo.
Yo no me adapto, no me doblego.
Hay personas y animales que han muerto y he resistido. Puedo soportar cualquier ruptura.
Y si no la soporto me jodo.
Yo no soy un viejo afable; ya no voy a pensar en nada bueno a estas alturas.
No reparo errores porque no hay tiempo. Por otra parte, los errores no se pueden reparar, solo se cubren de polvo con el tiempo.
Si queda poco tiempo de vida no es bueno tirarlo en causas perdidas.
Fue bonito mientras duró…
Ahora dicen que soy frío. Que no pensaban que pudiera ser así. Tan, Tan… Y no saben definirme sin un insulto.
Sonrío con decidida vanidad. Ser lo contrario de lo que se esperaba de ti es toda una victoria. Una medalla con cuya aguja, perforo el glande que cabecea inquieto, nervioso, a punto de escupir llevado por mi atávica animalidad.
Bueno… Nadie ha creído de lo que soy capaz hasta que me han puesto a prueba.
Si no puedes con ellos, jamás te unas.
Mándalos a la mierda aunque tengas que comer gusanos, porque no hay nada que te puedan hacer que no te hayan hecho ya.
Y recuerda, estás absolutamente solo, si algo no te gusta quémalo.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Cuando los deseos no se sacian la mente lucha contra la ausencia creando sueños que son perturbaciones psicosomáticas, y éstas hacen el deseo más vertiginoso y desatado. Es una espiral de amor, una caída sin fin.
De tal modo que cada una de las palabras que se me derraman por los dedos tienen la exacta turgencia y calor de tu piel.
Aún no entiendo cómo no es posible ir de tu mano y en un momento dado, morder y besar tus labios desesperadamente encelado de ti.
Eres mi súcubo, mi amor de magia erótica y de inhumana belleza. La seducción que solo puede darse en otra dimensión, en otros universos. Entre los conjuros escarificados en mi piel con tus uñas que han recorrido toda mi carne, todas mis venas verticales.
Soy tu libro de hechizos… Estoy tatuado todo de ti.
Eres una deidad carnal.
Cuando tomaste posesión de mi mente, desalojaste de ella mi aplomo; y ahora la serenidad es un recuerdo lejano que gotea caduca al cerrar el puño con fuerza cuando invado tu boca con la lengua en un delirio incontrolable.
Me faltas tangible en mi dimensionalidad para abrazarte y susurrarte una sorpresiva ternura, conduciendo tu mano a mis cojones que hierven dentro del pantalón; en cualquier lugar especialmente hermoso que no comparto contigo y me fuerzo a soñarte desesperado.
Es por esos salmos carnales que has tatuado en mi cuerpo y mente ¿verdad, mi amada súcubo?
Con un golpe de cadera entraste en mi vida y por una oreja salieron expulsadas lejos de mí la determinación y mi coraza defensiva. Cuando desperté, tenía sangre en un oído…
Y ahora estoy sometido a ti, mi súcubo. Siento que junto con el semen te tragas mi alma con cada mamada cuando en las noches me posees.
Si hubiera maldad sería tarde para salvarme, porque no podría negarte jamás.
Cuando tu coño se desliza a lo largo de mi falo exprimes todas mis emociones hasta un placer agónico que se tambalea en la frontera del dolor, por muy dulce y pequeña que pueda ser una muerte.
Y cuando te desprendes de mí, por tus muslos bajan espesos y brillantes ríos de amor, el que me has extraído…
Ha valido la pena vivir tantos años para llegar a este momento en el que de tu coño, mana mi paroxismo viscoso de amor y deseo.
Me convenzo de que no es sueño, porque tengo el rabo empapado de ti. Es otra dimensión a la que me arrastras cuando es tu volición.
Mi súcubo, mon amour…
¿Y sabes, cielo? Que no cese esta locura, este ansia que aniquila toda humanidad que pudiera haber en mí.
Reniego de cualquier gen humano ante ti.
Porque si ahora me faltaras, si desocuparas mi mente, estaría perdido e indefenso.
No me dejes.
Por favor…
Por mucho que mis palabras hablen de la agonía de los deseos que apenas nacen, a la luz del día mueran en una opaca realidad cuyo aire no puede transmitir tu sonrisa.
Mi hermosa súcubo…
Nunca una magia negra pudo haber sido tan luminosa.
Sueño que tus labios son frescos y húmedos, un agua pura que no me sacia. Soy el sediento errante en mi planeta.
Agotado, al llegar la noche concilio un sueño que me llevará a ti. O seré arrastrado por la magia de tu alma y tu coño.
Y lo más gracioso, es que creen que soy un solitario.
No me dejes, aunque escriba que duele un poco amarte.
Un mucho…

Iconoclasta

Lo más triste de la vida, lo que la hace verdaderamente puta, es que si eres medianamente feliz (si es posible semejante estupidez) ese instante tuyo suele ser el dolor de alguien querido.
De hecho, suele ser la tristeza de muchos; pero los desconocidos no importa si sangran o ríen.
De alguna forma la vida se teje con hilos de alegría y tristeza. Y es desesperanzador cuando conoces su patrón: invariablemente el hilo de la alegría forma trama con uno de tristeza. Tal vez la relación sea mayor, tres de tristeza, uno de alegría.
Porque no es de recibo que tu buen momento sea el dolor de otro ser a quien estimas. Es como una certeza, porque pagas la felicidad de otros con un dolor, cualquiera que sea.
¿Es la tan cacareada interconexión entre los seres del planeta?
Debería ser ilegal que su felicidad me haga daño, que realmente sea un dolor de imposibilidades, un aborto de las ilusiones que aún tenían cabida.
La vida es una bordado no tan bello, con hilos torcidos que atraviesan flores segando sus brillantes pétalos de esperanzas y sueños.
Y te encuentras que la dicha ajena, por alguna razón te asfixia. No es maldad, ni siquiera pesimismo; es dramática empírica.
La vida es un continuo esnifar de cocaína en el que todo es genial, hasta que te gotea sangre la nariz.
Y se forman rojos ríos en las escleróticas.
Tiene sentido eso de que la vida es una mierda y luego te mueres.
Solo que en verdad, hacía tiempo que eras cadáver.
Cuando suena el trueno, el rayo ya hace tiempo que ha calcinado el amor o la alegría.
No sé, hay días en el que no concibo nada bueno, como si un hilo de tristeza me cortara las córneas. Y da miedo decir que la amo por si el planeta o los que lo llenan me hiciera pagar tamaña emoción hermosa.

Iconoclasta

–Ico, mira que he escrito: La soledad es el estado de equilibrio en el que no necesitas a nadie. Y así el amor adquiere la cualidad de lo desinteresado, sin frustraciones y miedos que lo puedan desvirtuar.
–Es perfecto. ¿Estás un poco triste, Jade?
–¿Verdad que es difícil estar solos? Tal vez un poco cansada de tantas amigas, de tantas risas. Soy una loba solitaria que no encuentra soledad. ¡Eh, no tengo la regla! Es que hoy me siento existencialista.
–El amor es una soledad compartida. Los enamorados dejan el mundo fuera de sí, y se hacen extraños en el planeta. Son uno contra todo. Es difícil, realmente difícil encontrar una soledad de amor, Jade Negro.
–¡Exacto! Amar es lo más difícil, Ico. Te lo dice una lobita que ha vivido siglos.
–Es un hecho extraordinario, rarísimo; pero a veces sucede que una loba hermosa te arranca el corazón y sangrando la besas. Esas cosas ocurren, Jade.
–¡Ladrón! ¿Me amas?
–No, es tarde para esas cosas. Pero es difícil no amarte, me pones en un aprieto.
–Te muerdo, te hago lobo y ya está; así cuando me emborrache, no te mato. Y te quedas conmigo, porfi.
–Has tenido muchos amores, cielo.
–Ya, pero tomo mucho vodka, aparece la luna llena y me como al amante. Nunca aprenderé.
–No necesitas amar: quieres amar. Quieres estar con una persona todo el tiempo posible y cerrar la puerta de salida al mundo.
–¿Y qué más da querer que necesitar?
–Si necesitas, corres el riesgo de quedarte con algo como yo. Pero si simplemente quieres serenamente amar, esperas y aparece lo que no necesitas, sino lo que es imposible negar. Si buscas amor por miedo a la soledad, tu miedo e hipocresía serán dañinas.
–Vaya, Ico, si llevara bragas se me mojarían escuchándote. Di que me amas.
–No.
–Un día te morderé y me besarás sangrando. ¡Cómo me gusta!
–Estás en celo, lobita hermosa.
–¡Ah, cabrón! ¿Te he dicho que no llevo bragas?
–¿Dónde has estado, Jade, mientras yo corría veloz hacia la muerte?
–No sigas ¿eh? Te morderé.

La electricidad se me ha dado bien, como las técnicas de fluidos obscenos; de una forma innata.
Será por ese instinto natural, que me hice electricista. Y vi en la electricidad la vida y el amor que contiene.
Cargas eléctricas desplazándose por los átomos de todos los seres y todas las cosas…
De ahí a conocerte y follarte viajando a velocidades lumínicas electrizando el aire, se hizo consecuencia lógica. Como violarte, joderte, invadirte, robarte el alma si pudiera, mientras duermes, mientras el hombre que no quieres duerme a tu lado y te corres conmigo convirtiéndolo en un simple cenicero. Amar nos hace voraces y crueles ¿no es la más maravillosa sinceridad?
Violarte furioso por la dependencia que creas en mí, tu absoluto dominio que me lleva a pensarte en todo momento, en todo lugar.
Me has hecho esclavo; pero tu coño, tu piel, tus ojos y tus labios son míos. Y me clavo en ti todas las noches con la furia del deseo desatado, a duras penas contralado.
Con el que no quieres durmiendo en la misma cama… El cornudo duerme mientras jodo a su hembra.
No podía ser más perfecto.
Respiras con jadeos contenidos, luchando por el silencio y no ser oída por el que apenas existe, el que nunca quisiste.
Y que ahora detestas ¿verdad, cielo?
Un día lo carbonizaré para que no esté ya nunca junto a ti.
¿Será que amarte tanto me llevó a evolucionar miles de años por delante de la humana mediocridad? Soy un hombre de un futuro milenario.
¿Eso has hecho de mí, mi puta hermosa? Derramaría cera caliente por tus ingles para castigar a mi puta amada, que es mi puta vida.
Sé que es locura; pero no me interesa la cordura. Solo quiero ser eléctrico follándote. Y follarte es poseerte. Es el fin que justifica el semen derramado en tu monte de Venus negando la reproducción.
Así que acelero mi cerebro y creo un rayo que electriza el aire para viajar a la velocidad de la luz y cruzar el mar rompiéndolo. Llego hasta tu nuca y soy un beso tierno que dice “He llegado, mi amor”. Soy una corriente que invade tu sistema nervioso y erizando tu piel, llego a tus labios que se entreabren, se muerden a si mismos, salivan abundantemente y dejan tu lengua indefensa a la mía eléctrica y voraz.
Me divido en otra corriente que baja por tu cuello, besando las venas que laten furiosas estrangulándote amenazadora y suavemente por una casi incontenible ansia.
Acaricio tus clavículas milímetro a milímetro con inquietos rayos que mortifican la piel enviando señales a tu coño, que se humedece.
Mi cerebro enamorado, genera más voltaje y una chispa surge en cada uno de tus pechos, anidándose con fuerza en cada pezón, endureciéndolos como vidrios. Y quieres pellizcarlos, consolar esa tensión. No lo puedo permitir, mi puta hermosa. Tienes que sufrir el calvario al que tú me sometiste.
Así tu saliva mana cuello abajo por el mentón y las comisuras de la boca. Las uñas apresan la sábana, mientras los pezones parecen a punto de estallar por la presión.
Y los succiono, no entiendo lo que dicen tus gemidos, no importa… Te hacen brutal, abandonada al placer. Si vieras como se aplastan y se agitan los pezones castigados por mi lengua voltaica e invisible…
Creo un nuevo ramal que baja veloz por el abdomen y me detengo para escupir en tu ombligo y chapotear en él con la lengua, hasta que rebosa para crear un río que baja tibio hacia el vientre, se desliza por el monte de Venus y amenaza ya por derramarse por el vértice de tu coño, en el que un poco más abajo late la perla del placer, dura, brillante, lamible…
Aplico la tensión necesaria, tengo ya electrizados tus labios, los pezones y ahora ataco directamente el clítoris. Con un espasmo del vientre sincronizas la pelvis con las frecuencias que maltratan el clítoris. Eres una diosa perfecta jodiendo. No puedes evitar esa sensualidad avasalladora, por fuerte que sea la corriente. Eres invenciblemente obscena.
Dos corrientes más avanzamos por cada una de las ingles. Forzamos a que se separen los muslos, a pesar de que ya lo hubieras hecho antes, estás ansiosa… La vulva se desflora y los labios se despegan rompiendo tenues filamentos de baba sexual. Y sientes el aire fresco como una lengua, se nota en como te palpita el coño.
Me duele la cabeza; pero he de generar una diferencia de potencial más fuerte, a la medida de tu coño dios.
Me formo en un pene radiante que te embiste sin cuidado, que llena tu vagina y con cada embestida, arrastra adentro y afuera esos labios de carne elástica y húmeda dando a mi rabo venoso el placer que tanto he buscado. Por el que me desintegro por ti.
Tus nalgas se agitan violentas e impúdicas y veo entre tus dedos liberados como duelen los pezones erizados por la brusquedad de la penetración.
Aumento la presión en la misma medida que la leche se abre paso entre los conductos seminales que duelen mortificándome.
Desearía que masajearas los cojones pesados y contraídos, me duelen tanto, tan plenos…
Muy zorra, elevas con maestría la pelvis, dirigiendo mi rabo hacia esa pequeña zona de mayor densidad en la vagina, como un secreto… Como un tesoro.
Y golpeo en ella con fuerza, guiado por ti; para ser catapultada al orgasmo susurrando: “Me corro, me corro”.
Mis eléctricos dientes, clavados en tus pezones, yo clavado en ti y tus piernas haciendo presa en mí, exprimiéndome sin piedad. La baba orgásmica mana de tu coño para hacer un charco en la sábana…
Es un cuadro de una pornografía rampante, hermosa. Lujuriosa…
Codifico una frecuencia en tu oído, una lengua te susurra: “Te amo. Te amo, mi vida. Mi puta, mi puta, mi puta…”.
Y cuando en mi soledad adquiero conciencia de mi carne, extiendo perezosamente el semen derramado en mi vientre, por mi polla aun latiendo por espasmos que son ecos de un placer aún caliente.
Y susurro al aire: “Hasta la noche, mi amor. Duerme, mi diosa, duerme…”.
Mi eléctrico amor.

Iconoclasta

El odio no es extraordinario, es otra cosa mediocre, cotidiana. Por ello pasa desapercibido odiar es de lo más adocenado; sobre todo en su versión más suave aunque más infecciosa: la envidia.
El amor no puede pasar desapercibido: causa una extraña inquietud, es un aire fresco y picante en la nariz, como menta o cítricos. Provoca un nerviosismo del que no acabas de entender su causa, no sabes si nace del estómago, de los pies o de las manos que se abren y cierran continuamente.
En los amaneceres, al despertar, por el amor tienes la angustiosa sensación de que te falta alguien. Te has despertado tan solo…
El odio te hace maldecir y desconfiar de los nuevos días, todos.
Hasta que llega el extraño y exótico amor y desbarata tu cultivado cinismo.
Por eso el amor no puede pasar jamás desapercibido, cuando aparece rompe la nauseabunda percepción de mediocridad que te provoca la humanidad en masa y su uniformidad.
Te ofrece a alguien a quien localizar si no sabes su origen y si lo sabes, a alguien con quien descubrir las cosas bellas que entierra la humanidad bajo sus excrementos.
Alguien con quien escapar de este momento y lugar al que te han condenado.
Sientes algo que podría ser esperanza si tu mente cínica se permite jugar con la ingenuidad.
Podrías no hacer caso de él, no buscarlo o no pensarlo; es tan fácil ignorar como odiar; es tu íntima decisión. Haz lo que quieras.
Sea lo que sea lo que hagas con el amor, recuerda el momento y fija en tu memoria las emociones. Es necesario que quede constancia de algo tan extraño en tu vida. Tan inusual.
Serán archivos importantes que pueden dar paz a tu mente cuando lo nauseabundo te acorrala; cuando la puta vestida de amor te ofrece sus servicios con las bragas llenas de mierda.
Mantén los datos localizables porque hay días que te agarrarías a un clavo ardiendo donde sujetarte de cansancio. Que no te engañe la puta.
Y haz lo que debas.

Iconoclasta

No sé si tengo una innata capacidad, una facilidad semántica y sintáctica para ser absolutamente obsceno en mis pensamientos y sus palabras; o es que tú y tus hermosos pezones, tu coño perfecto y tu culo precioso, son los que provocan esta pornográfica verborrea de la que hago alarde sin asomo alguno de pudor.
Más concretamente sin piedad para todos aquellos mediocres capaces de sentir la polla en la boca cuando simplemente la leen.
¿Sabes que tengo el rabo lleno de heridas? Te pienso, te evoco y me agarro al nabo con fuerza, como esas veces que te pido que lo cojas con el puño y me hagas daño, que lo aprietes y lo retuerzas hasta que se me escapa un dolor baboso por entre los labios y se me encogen los cojones del trallazo doloroso. Y tú lo haces con tanta fuerza, mi puta…
Yo mismo podría ser tu Jesucristo, que pide ser crucificado ante ti con la polla tiesa.
Ya sabes lo delicada que es la piel que cubre esas venas por las que circula la sangre y el semen, a veces el organismo se confunde con todo este puto deseo; me has mamado la polla tantas veces, que la has dejado perfectamente tonificada. A veces le hago fotos solo para pensar como tus labios cubren el pijo y sorben…
Bueno, cuando cierro el puño al soñarte, es inevitable que las uñas se claven en la piel con cierto furor y empiezo una frenética masturbación que acaba escupiendo una leche rosada que se queda prendida, aún latente entre los pelos del pubis y los huevos.
La primera vez, por un instante me asusté ante la posibilidad de que tuviera cáncer de cojones; pero vi la piel de la polla en mis uñas y me sentí feliz. Derramé alcohol en ella y rabié, porque cuando siento dolor y grito, es como liberar a la bestia y no hay mayor libertad que ser lo que uno es realmente.
¿Estás segura de que algunas noches no te sientes violada con la presión de algo que te llena el coño mientras te mana una baba espesa por la raja? Y dormida llevas las manos entre los muslos y sin pretenderlo rozas el clítoris que emerge agresivo de tu vulva cremosa, tan erecto para ser aspirado con fuerza rozándolo con los dientes. ¿Recuerdas como aferras mi pelo cuando te como el coño y me obligas a lamer con más fuerza y casi me asfixias? Pues eso, puta…
La presión que tu vagina ejerce en mi rabo herido, hace del joderte algo balsámico que da un mortificante descanso a la desgarrada piel de mi pene que tanto busca tu agujero. Cualquiera de los tres que luces, mi amor, mi puta diosa…
¿Has visto, cielo, con que naturalidad y amor te escribo?
Pues eso, mi hermoso coño, te amo y cada noche te jodo esté o no a tu lado.
Y en tu despertar te imagino húmeda, con el chocho resbaladizo y pegajoso que ha dejado una mancha en la sábana. Y yo lamiendo todo ese caos con la boca en tu llaga divina.
No sé, tal vez alguien pueda decir que esto no es literatura.
Y tendrá razón, porque el único y premeditado fin de mis palabras es joderte, tanto y tan profundamente que el ojo ciego de mi pijo llegue a atisbar tu alma.
¡Psé! Se pueden meter el Nobel en el culo, me suda la polla.
Hasta la próxima follada, mi amada, mi puta.

Iconoclasta

“Quién no escribió un poema
huyendo de la soledad.
Quién a los quince años
no dejó su cuerpo abrazar.
Y quién cuando la vida se apaga
y las manos tiemblan ya,
quién no buscó ese recuerdo
de una barca naufragar.”

(Canción Amores, de Mari Trini)

Mi lluvia no es agua.
Riega los campos y la piel con un compuesto diluido de soledad, serenidad y melancolía.
Es de una inusitada belleza.
Me apresuro a salir de casa cuando llueve, angustiado por ser lento y que pueda cesar.
A través del paraguas percibo su líquido sonido, los ritmos del cielo son implacables, te llegan hasta los más recónditos tuétanos.
Es el íntimo sonido del silencio…
Entiendo el goteo de las varillas, son las lágrimas tranquilas de un hombre que perdió la capacidad de llorar.
Mi lluvia limpia las cosas orgánicas e inorgánicas, las que reptan o vuelan.
Resucita los colores marchitos de la polvorienta luz y lava la mediocridad de la faz de la tierra. De ahí que sea soledad y serenidad, te quedas solo en un mundo mojado y frío que apenas unos pocos soportan. La melancolía llegará con el íntimo aislamiento al evocar todo lo que no fui y lo que perdí, ilusiones rotas cuyos cadáveres es necesario que el agua limpie, arrastre.
A veces amaina tanto, que se suspenden los latidos del corazón y le pides: “Aún no, quedan cosas por sentir”.
Un águila vuela sobre el prado. Le pasa como a mí, quiere ser cosa lavada de polvo y un exceso de luz, aspirar los olores que suben de la tierra mojada.
Es uno de esos escasos momentos que la vida reserva para mostrarse bella.
Solo dos cosas somos entre tanto cielo y tanta tierra…
Lo que no ves no existe (es la ley primera de la ilusión y la serenidad), nada prueba la vida de las cosas resguardadas de la lluvia. Sino están aquí y ahora no puedo dar fe de vida de lo ajeno a mí y a mi lluvia. Niego cualquier otra existencia bajo mi lluvia.
Y no quiero que estén.
La lluvia me abandona a mí mismo. No entiendo el lenguaje de sus gotas, solo mi alma comprende y con eso me basta.
El alma es muda, el alma siente y tú te retuerces con ella sin saber con precisión porque.
Todo es un hermoso misterio, todas estas emociones que me calan…
Y mientras todo eso sucede los colores se saturan en verdes todopoderosos, los ocres tienen la profundidad de las tumbas, la grisentería densa del cielo hace rebotar el pensamiento en ecos caleidoscópicos y los árboles en sus negrísimos troncos esconden crucifijos que nadie se atreve a tallar.
He clavado la navaja en la corteza de un tronco y no sangra.
Es lógico que escondan crucifijos muertos y sus oraciones a nadie. No mueren en la escala humana, son capaces de esconder miserias intactas durante cientos de años dentro de si.
Inventaron dioses secos y ahora la lluvia tiene que solucionar el problema.
Sin darme cuenta, en algún momento he cerrado el paraguas. Lo sé porque por dentro de la camisa, brazo abajo, desciende un pequeño río de agua que se precipita al suelo escurriéndose por mis dedos.
Un hechizo húmedo me convierte en montaña.
Los regueros de agua en el camino descubren tiernas y pequeñas muertes. ¿Cómo es posible que toda esa muerte quepa en el ratoncito que parece dormir? Los pequeños cadáveres provocan una angustia vital, la desesperanza de saber que no hay piedad, porque piedad es solo un nombre que dan los humanos a su miedo. Tal vez sea que mi lluvia haga más profundas las mínimas tragedias de la misma forma que hace los colores del planeta más dramáticos
No es lo mismo que observes al pequeño muerto, a que te lo haga sentir el alma que habla con la lluvia. Es un poco duro, el alma tampoco tiene piedad.
En la soledad de mi lluvia, no hay voces que vulgaricen la vida y la muerte.
No quisiera que ella estuviera ahora conmigo, no quiero que se sienta sola a mi lado, la amo demasiado. Asaz…
¡Shhh…! Bajo la lluvia no se canta, no se baila. No debes romper el líquido silencio; es crimen y te podría partir un rayo en justo castigo.
Pobres aquellos que ven llover a través del cristal, como reos de la apatía.
Pobres ellos con sus colores apagados.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.