Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

A veces ocurre que me olvido de respirar porque interpreto como sería besarte en ese mismo instante en el que me apremia la necesidad de ti.
Dichosas apneas de amor…
Por ello me da no sé qué imaginar que te follo; el corazón es cosa seria, no puedo ponerlo a prueba tan osadamente.
Y aun así, tengo la sensación de inminente fatalidad porque será inevitable que un día me deje llevar por esa ilusión.
Pensarás que exagero; pero a mi médico se le ha escapado un grito cuando ha reventado el manguito del tensiómetro en mi bíceps..
Le he dicho que no se preocupe, que es solo cuestión de amor, pensaba en mi novia.
Y de repente ha gritado “hostia puta” porque manaba sangre de una de mis orejas.
No podía parar de reír al ver su expresión, cielo.
Y por eso se me ha escapado un vómito.
Se lo han llevado de la consulta por el ataque de nervios que ha sufrido. Ya sabes son tiempos del puto coronavirus y los médicos no se eligen por ser valientes, es cosa de que ofrezcan la titularidad adecuada y tener un buen padrino si quieren acceder a trabajar para el gobierno.
Bueno, pues antes de ponerme la camisa para salir de la vacía consulta, me he tomado la temperatura por si tuviera algo de fiebre; al pensar en tus cuatro labios he fundido la pantallita digital.
Como olía a quemado, ha llegado una enfermera a la consulta y me ha dicho que o me iba por las buenas, o llamaban a un exorcista.
Y tal vez sea ese el problema: que me has poseído, mi bella diablesa.
En otro momento ya te contaré de lo mucho que me crecen las uñas en las noches de luna llena (sobre todo las de los pies, que me hacen sentir como una iguana), cuando imagino tu piel desnuda bajo su luz, concretamente tus magníficos pezones.
Te dejo, que el teléfono empieza a humear.
“¡El poder de Cristo te obliga!” ¡Ja! Me encanta tenerte dentro de mí; pero espera y verás cuando yo te la meta, listilla… Besos, mi amor.

Iconoclasta

Si tienes verdadera necesidad de amor y lo buscas, no lo encontrarás.
El amor es un animal que caza al acecho a víctimas desprevenidas, como cualquier otro depredador.
Así que, relájate y déjate matar; porque de morir no te libras.

Los amores llegan, se instalan, desprenden sus esporas de fantasía y luego, se marchan.
Sin embargo, las esporas siguen actuando en el córtex hasta que te das cuenta, ya demasiado tarde, de que no tienes a quien amar.
Es lo que se conoce como narcosis de amor y se cura extirpando el cerebro.

Soy un roto

No existe nada tan fervorosamente religioso como soy yo ante ti.
Y dentro de ti.
Soy monoteísta y ti me debo. Eres mi tótem, mi cruz, mi aire y el fuego donde ardo en sacrificio a tu coño bendito por los siglos de los siglos.
Ni quiero ni me apetece adorar ídolos, porque cualquier dios es una figurita amasada con mentiras e ignominias.
Soy absolutamente ajeno a los Diez Excrementos.
Ningún dios ha prometido jamás en la vida un paraíso como tú lo eres.
Diosa y paraíso…
Se podría decir que pagas por adelantado y comulgo con el miembro henchido de sangre.
No es sacrificio cruento, es cremoso y cálido. En tu cuerpo no hay un solo rincón de infierno.
Llevo la condenación, el estigma del obsceno amor a mi divinidad; mi semen brota sorpresivamente, como una meada que no se puede retener, sin tocarme. Solo con pensarte se me escapa un gemido imposible de contener y en mis calzoncillos la hirviente leche se enfriará lentamente hasta la siguiente e incontenida lefa.
Metértela es mi bucle temporal, soy un moderno y cremoso condenado eterno.
Todas estas venas palpitantes aquí abajo…
Duelen, cielo.
Mi Diosa, mi Paraíso.

Iconoclasta

Me abraza con el aire que me envuelve.
Es la razón de buscarla en las hojas secas que revolotean, en la espuma que el viento arranca a las crestas de las olas, en los rayos de sol que entran a través de los polvorientos cristales de mi ventana, en el humo de un cigarro, en los torbellinos de arena y polvo del camino que me lleva inexorablemente a ella.
Un destino de amor al que no podré llegar.
No es una queja, caminar hacia ella es mi privilegio. Solo hago constar un hecho para frenar mi poderosa imaginación. Duele un millón amar a distancias inhumanas y si te crees tus propios sueños, te perderás para siempre en la locura.
Perderás el rumbo y a ella.
Un hecho como la voluptuosidad de sus labios que provocan pequeñas distorsiones en la claridad del aire cuando susurra sus palabras de amor y ternura, con la frecuencia precisa para destruir mi cultivada serenidad llevándome a acelerar el paso; porque si ha deformado el aire con sus palabras, debe estar cerca, es posible llegar…
Es solo un espejismo de amor, cuando el aire deja de ondularse invisiblemente, la distancia se hace sobrecogedora de nuevo y continúo caminando sin esperanza porque es lo que debo hacer, no hay otra opción. Intentar llegar como sea, a pesar de que el tiempo me erosiona arrancándome jirones de carne y piel cada vez más grandes.
Así que durante el viaje espero con trágica ilusión que me envuelva de nuevo un aire, como un conjuro, como el canto de una sirena… Y cuando eso ocurra de nuevo, detenerme y cerrar los ojos al sol musitando la oración del amor.
Sonrío, a menudo se me escapa una sonrisa porque le digo al aire que me abraza que soy un enamorado errante, una bella condena; pero condena al fin.
¡Shhh…! Un aire bendito.

Iconoclasta

Hoy me siento un poco triste y he pensado cosas… Sé que borrarás enseguida este guasap, pero no importa, lo importante es que te llegue.
Si tuviera tan solo dos minutos de tiempo antes de morir, los dedicaría a escribir mis últimas palabras en una carta para ti, mi amor.
Palabras que afortunadamente no te llegarían porque no existe nada tan triste como unas palabras moribundas a las que no se puede dar respuesta. Así que si algún leyera mi carta de dos minutos, no sabría a quien iba dirigida, sería perfecto en su discreción.
De hecho, siempre ha sido así nuestro amor: secreto.
Pero morir sabiendo que soy amado debe quedar escrito, mi vanidad me obliga.
Y si algún día supieras de mi muerte, sabrías así que te dediqué mi última respiración.
Mientras todo esto ocurre, te envío por mensajería uno de mis anillos, sin marcas, sin dirección de remitente. Le dices a tu marido que se lo meta en el culo, o se lo metes tú cuando folléis, puta.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

No se puede entender el amor como ocurre en las películas, la literatura, la música o el arte.
Se debe tener muy presente, porque las artes existen para evadirse de la realidad. De la mediocridad.
Ir a un museo o al cine para ver más de la misma decepcionante realidad sería un asesinato a la imaginación.
El amor real (si lo hubiera) no alimenta el cuerpo ni construye decorados preciosos.
El amor real se diluye, se asfixia con mil y un problemas que lo sepultan todos los días a lo más ignorado del pensamiento. Cuando el amor debe compartir espacio con la supervivencia, ésta lo pisa, le mete la cabeza en el barro. Porque la supervivencia es feroz, nada puede oponerse a la instintiva lucha por la vida.
Podríamos pues, concluir que el amor, el romanticismo es el producto de una sociedad acomodada, ergo decadente. Tal vez… Pero para eso existen las artes y el cine, para proteger el amor de la decadencia y la indignidad.
Y la dura realidad es que solo unos pocos privilegiados decadentes pueden vivir del amor bohemiamente.
Además de esto, el amor es sesgado porque el hedonismo va de su mano. Y la búsqueda del placer per sé, es una de las grandes aspiraciones de cualquier ser humano.
Es lógico pedir otro amor, y otro, y otro. Renovación. Es tan bello tan trascendente que, sería estúpido castigarse, castrarse.
Y también es cierto que la lealtad es una virtud hermosa: ahí radica también la lucha, la tragedia de amar.
El mundo, la vida está llena de posibilidades y cuanto mayor es la imaginación, las ansias de amar son más voraces.
El único amor, esa unión religiosa de por vida, es una imposición de los poderes políticos, religiosos y económicos que pretende limitar la felicidad y el placer para dedicar todo el tiempo de vida posible del trabajador al enriquecimiento de los que ostentan esos poderes.
Tampoco hay que confundir la búsqueda de amores con la poligamia; el amor debe ser único en su justo momento, es su naturaleza voraz y acaparadora; fiel hasta que se extingue y dure lo que dure. La poligamia es solo ganadería, reproducción. Putas y putos en un corral de gallos y gallinas ponedoras que follan como si cagaran.
Necesitamos la literatura, las películas, la música y las artes para que nuestros sueños e ilusiones adquieran el tinte de la posibilidad, aunque solo sea por un par de horas un día en el cine, frente al televisor, escuchando esa música preciosa que nos transporta a un tiempo y lugar que está lejano, tanto en el pasado como en el futuro. Un par de horas de amor hermoso en esta vida inmersa en una sociedad venenosa que es pura mezquindad y mediocridad, puta mentira y abuso.
Y estafa.
Hay mentiras hermosas por las que vale la pena abandonarse un tiempo y solazarse en una desinhibida ingenuidad.

Iconoclasta

Amar, en sí mismo no es un problema.
Su logística es lo complicado ya que es proverbial que existan grandes distancias entre los enamorados, distintos husos horarios y también un desfase de edad generacional.
Si no hay dinero para resolver el asunto logístico; la determinación y la ilusión lo resolverán todo (esta última estupidez es mero romanticismo facilón para retrasar un suicidio hasta que llegue el hastío de los enamorados, cuando ya no exista riesgo de muerte por frustración).
Fuera de estas naderías, el amor y sus obscenidades de video mensajería son dicha pura.

No ha conocido jamás una época de tanto trabajo.
Ni de tantos desengaños.
Hay cientos de miles de almas que se han encontrado entre los circuitos electrónicos, con una inmediatez que supera sus esencias humanas y por tanto su vida. Los cuerpos no pueden moverse a la velocidad de la luz; por ello hay tanta frustración y crean necesidades que realmente no lo son para entenderse a si mismos, para curarse.
Los expedientes de amor se acumulan y son tantas las esperanzas infundadas, que la tristeza le contagia.
Tantos amantes desincronizados en el tiempo y en el lugar…
La tecnología es una apisonadora que no da un respiro; descuartiza a los amantes en partículas infinitesimales que vagan en frecuencias que no importan a nadie más que a lo que queda de ellos. Y mueren amores, las pieles vagan por un limbo de penas, insensatez y locura.
No hay un respiro para reflexionar y que la madurez guíe en consecuencia a esos hombres y mujeres entre todas las posibilidades y lo imposible.
Pero él es quien dicta sentencias y cree en el amor y su fuerza que, trasciende más allá de lo que la razón pueda aconsejar. Y aunque duela, el amor necesita una oportunidad; que sea efímero o no es una cuestión que no sopesa ningún amante. Se ama en presente, sin fin.
Se ama con una fuerza sísmica; la misma que un día arrasará todas las ilusiones.
San Valentín solo quiere un descanso a todas esas contagiosas melancolías y tristezas de esperas y soledades compartidas mediante impulsos eléctricos.
Se siente pringado de desesperaciones y anhelos.
Las almas que antaño no llegaban siquiera a sospechar la existencia de quien hoy aman, son legión buscando el ansiado encuentro entre palabras fulgurantes y suspiros que empañan las pantallas.
Son muchas melancolías que gestionar.
Fuma y observa desde la ventana de su despacho en el ministerio del amor, en el octavo coro celestial, a los amantes sorteando como buenamente pueden sus horas de soledad.
Y como en casa del herrero, cuchillo de palo; San Valentín está solo, solo y triste, solo y agotado.
Solo y abandonado.
Sentencia un amor por vía ejecutiva y respira aliviado, la número ochocientos mil quinientos seis en lo que va de jornada.
No quiere mirar a su izquierda, donde hay pilas de expedientes que suben hasta el techo. No quiere pensar que muchos amantes, cuando dicte sentencia, ya estarán muertos.
San Valentín desearía que las computadoras ardieran, es inhumano tanto trabajo. Es cruel.
Tantos perfiles que acarician punteros inútiles, tantas necesidades y mensajes y promesas y sueños…
Sabe muy bien que muchas de las peticiones de encuentro de amor que se han solicitado con tanta urgencia, acabarán en un desengaño. Y deberá anular la sentencia que ayer dictó.
Muchos de ellos llegan a la decepción de que no son especiales cuando los besos no son lo que soñaban, lo que sus labios pedían; cuando el abrazo no llega al tuétano de los huesos. Y sentirán vergüenza de su infantilismo y del padecimiento de meses de angustia de espera que han empleado en nada.
Solo un microscópico porcentaje durará el tiempo suficiente para llenar años juntos o hasta su muerte. Aquellos pobres románticos que añoran escribir al ritmo de su pensamiento, reflexionando sobre cada idea y emoción que traza la pluma en la carta que envían a su amor. Aunque tarde en llegar.
Que los amantes tengan una prueba tangible de amor entre sus vacías y necesitadas manos, es el único consuelo a esas distancias y tiempos aterradores que tienen por delante. Esas palabras en un papel bastarán para alimentar la fuerza necesaria para afrontar las esperas. Y para llorar la muerte con cierto consuelo cuando se da el caso.
Por poco que vivan, habrá valido la pena el agotamiento de San Valentín.
El amor vale lo suficiente para merecer un papel escrito con amor, algo a lo que aferrarse cuando la soledad y la desesperanza los aplasta. Es un sacrificio hermoso, si lo fuera. Porque lo que amas no es sacrificio. El amor solo exige ilusión y determinación.
Qué menos que tener la esencia de alguien en el papel que ha tocado, leer las palabras que salen directas de su sangre. Y llevar toda esa triste pasión al pecho cuando duele.
Bálsamos de amor de tinta y papel aplicados al pecho, al corazón… ¡Qué belleza!
Y eso se acabó… San Valentín piensa que incluso se ha banalizado el amor.
San Valentín no tiene quien le escriba.
Ni tiempo para amar.
Está agotado y no sabe si podrá continuar por más tiempo dictando sentencias de amor.
San Valentín piensa que se han vuelto todos locos.
Y él es solo uno.
Y está solo.
Y un revólver descansa junto a su tabaco, para dictar su propia sentencia de paz.

Iconoclasta