Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

(El tristeópata toma de la bandeja de la impresora el e-mail impreso. Como si en una primera lectura no lo hubiera creído, se lleva el puño a la boca para ahogar un grito. Sus ojos están brillantes, desesperadamente húmedos. Una alarma del ordenador le recuerda que es hora de iniciar el nuevo curso. Guarda la carta en el cajón de la mesa y respira profundamente varias veces antes de salir de su despacho)

–¡Hola a todos, amigos tristes!
Soy Tristán Llanto, doctor en tristeología y tristeópata. Estudio la tristeza y guío a los seres entristecidos en la metodología para erradicarla.
Deberán disculpar mi vanidad; pero me considero un auténtico honoris causa de la tristeza, la he padecido en muchas ocasiones por las más variadas razones. Pudiera ser que algunos de vosotros hayáis padecido más que yo. La diferencia radica en que yo tengo una facilidad innata para gestionarla, sin duda alguna, debido a mi reticencia al trato humano. Porque como ya veremos, la tristeza se debe gestionar en soledad.
Que conste que no os odio, y mucho menos ante lo que pagáis por este curso. Casi tanto como para crearos otra nueva tristeza que os servirá para poner a prueba la utilidad de este máster.
Es broma, alegrad esas caras si podéis.
Hay distintos motivos de tristeza; pero solo una tristeza. Siempre es la misma ocurra lo que ocurra. Puede ser más larga o más breve; pero no hay tristezas distintas para un mismo humano.
Por lo tanto, los tristes nos gestionamos con una metodología única e invariable.
Suelen decir los psicólogos que hay que encontrar el motivo (en caso de desconocerlo) de la tristeza. Es un gran error, los psicólogos quieren ganar dinero, como yo. Solo que ellos lo ganan muchas más veces con un mismo ser humano.
Buscar causas que se desconocen es un error, mis tristes. La tristeza es una afección tan emocional, tan intrincada en el tejido emocional y tan etérea que no existe nada que la cure. La tristeza no se extirpa, irradia, electrocuta o se seda. Es básico entenderlo para no sumar frustración a esa tristeza. Porque por su naturaleza, tampoco se puede entender en demasiadas ocasiones.
Cuando la tristeza se desconoce, su motivo, no hay forma de dar con la causa; porque puede obedecer a una afección nerviosa, a un sueño, un proceso hormonal, una fiebre, a un recuerdo latente que ha desencadenado una sucesión de ideas que llevan vertiginosamente a esa melancolía profunda e insondable. Querer encontrar el motivo es perder el tiempo, lo único que importa es sacarse de encima toda esa pena. Y ya sin ese dolor, sin legañas y si hay suerte y con el tiempo, un día entenderemos el porque de aquel ataque de tristeza.
La tristeza se agota, es una batería alojada en algún lugar muy adentro de la carne, tal vez en la médula ósea y solo cesa la pena cuando se agota. A veces, debe estar en el intestino, yo al menos he tenido que llevarme las manos al vientre porque pulsaba allí dentro.
La duración de la tristeza varía en función de la edad y del íntimo momento que vivimos.
Sea cual sea su duración, el proceso para erradicarla es el mismo.
Mis amigos tristes, de la pena y el llanto no os libráis, nadie se libra.
Y llegado a este punto, es hora de tomar un café y/o fumar un cigarrillo. Porque tiene una belleza arrebatadora el humo que envuelve y protege el rostro triste, es romántico. Es algo que nos contagiaron aquellos escritores un tanto “malotes”, pero de una intensidad pavorosa. Lo malo de fumar, es que es reflexivo y no es narcótico, por eso es un “vicio” que a empresarios y gobiernos no gusta; prefieren el alcohol que es una droga que fabrica idiotas y mediocres en cantidades industriales cada fin de semana y cabestros obedientes los lunes. No es publicidad encubierta del tabaco, tristes míos, es bueno fumar y convertirnos en la metáfora de la tristeza, que es combustible, se agota. Se hace humo y se va…
Nos vemos en unos minutos en la sala de la cafetera.
(El doctor Tristán es el primero en salir del aula para dirigirse a su despacho, cierra la puerta tras él, baja la persiana y se sienta en el suelo apoyando la espalda en la pared. Enciende un cigarrillo, le tiemblan los dedos.)
–Señoras, señores. ¿Han acabado su café, desean que continuemos? Pues adelante, tristísimos amigos.
–Ha quedado claro que lo primordial es atajar la tristeza, encontrar el motivo es perder el tiempo y prolongarla. Si te duele la cabeza tomas un analgésico y luego buscas la causa si es necesario. No te vas a dedicar a preguntarte el porque mientras la cabeza parece que va a reventar. Hay una constante universal para todo ser humano: el dolor tiene la función de avisar de que algo va mal, no surge el dolor para convertirse en nuestro compañero y amigo a lo largo de la vida. Acabar con el dolor lo antes posible es pura supervivencia.
La alegría no cura la tristeza. La enmascara, te pasas un rato riendo y cuando llegas a casa rompes a llorar sin ninguna elegancia. Lloras por el tiempo que has consumido en banalidad y porque no ha servido para nada.
Imaginad que en pleno ataque de tristeza aguda, os ponéis a bailar para ahuyentar el “mal rollo”. Es importante la elegancia, y bailar llorando es patético. Os sentiréis ridículos ¿De verdad que además de transmitir tristeza, queréis impresionar al mundo aparentando un daño cerebral que provoca esa descoordinación motriz del baile? Ya sabéis lo mucho que los banales (son legión) se ríen de cualquier cosa hasta que les pegas un tiro en la cabeza (ha de ser en la cabeza, como en las películas, son como los zombis). Sed honestos y valientes. Sé que la valentía es un concepto en desuso; pero la alternativa es la mediocridad que se enquistará hasta formar un tumor y matará toda ilusión, toda ternura sencilla.
La amistad no la cura tampoco, nadie puede agotar, desgastar vuestra tristeza; es vuestro proceso y responsabilidad. Ningún consuelo puede superar en efectividad la secreta y oscura lágrima en soledad.
Que nadie os aconseje remedios. Si os los aconseja una buena amistad, dad las gracias (si os place); pero no los sigáis.
Debéis sacar el coraje necesario para apagar la luz, bajar las ventanas, sentaros en la penumbra y desesperar, debatiros hasta el llanto en esa tristeza asfixiante. No la evitéis, lanzaos a ella a pecho descubierto. Sin amigos, sin seres amados. Cualquier distracción provocará una nueva recarga de esa batería de voltaica tristeza que tenéis dentro. Cualquier palabra amiga, detendrá el proceso del desgaste de la tristeza y será mucho más largo el proceso.
Debéis imaginar la tristeza como una membrana osmótica (filtración del agua hasta su destilación completa) que funciona gracias a la presión que ejerce la angustia de esa melancolía. Si desciende la presión, no funcionará.
¡Ánimo, mis tristes! Que vuestro corazón bombee al doloroso ritmo necesario para que las lágrimas sean expulsadas con la presión adecuada!
Es mucho peor la tristeza que la soledad, aguantad en la oscuridad, pobres míos.
–Disculpadme unos minutos, aprovechad para reflexionar sobre el tema, debo atender un asunto de tristeza urgente de un compañero vuestro del curso pasado.
(Se dirige de nuevo al despacho. Del cajón de la mesa, saca de nuevo la carta: los resultados pormenorizados del examen médico de Dani, su hijo. Padece leucemia y el hospital propone un tratamiento paliativo urgente, porque no habrá cura, es la más agresiva. Y llora en silencio mordiéndose el puño, evocando el momento en el que su hijo, hace cuatro días, se desmayó durante la cena. Tiene cinco años y solo quiere morir, ir con él a donde quiera que vaya.)
–Perdonad la interrupción, los teléfonos móviles nos sirven para eso; para dar suspenso a algo aburrido y descansar de tanta cháchara. Que nadie asienta, es solo una ironía sutil, ni se os ocurra entristecerme.
Lo siento, pero es así: tenéis que llorar hasta el agotamiento, en soledad. Si tiene que doler, que duela.
Y a menos que optéis por el suicidio (de ahí que cobremos el curso por adelantado, listillos y listillas) llegará el momento en el que os sentiréis al fin vacíos, incapaces ya de derramar una sola lágrima.
Sí, hay una inercia en el llanto de la tristeza, cuando ya no quedan lágrimas, sentiréis que debéis llorar más; es normal, son los últimos coletazos del llanto oscuro.
Habréis llegado, sin apenas daros cuenta, a la tristeza seca, la menos dolorosa y delirante.
Con la tristeza seca, sin la opresiva angustia del desgarrador llanto, los buenos momentos brillarán más y en poco tiempo habrán solapado a los tristes. No dejéis aún la soledad y la oscuridad hasta que sonriáis plena y suavemente con los recuerdos de aquello perdido; como aquellos globos de la infancia que llevabais ilusionados de la mano y se escapaban con una angustia de vuestro corazón pequeñito. ¡Ah, las primeras e infantiles tristezas! Qué añoranza ¿verdad?
Al final, las grandes tristezas debidamente desecadas de lágrimas, se convierten en entrañables ternuras.
En definitiva, esencialmente la tristeza se agota dejando que fluya el dolor en soledad, en la oscuridad.
Y cuando salgáis a la luz, dejaos deslumbrar como lo hace el sol tras la tempestad.
Y hasta aquí, lo esencial de la tristeza y su tratamiento o desgaste, que sería más correcto.
Mañana tan solo haremos un repaso a los diversos métodos de psico respiración para afrontar la soledad y la oscuridad necesarias para agotar la tristeza; son casi lógicos, de hecho cualquier respiración medida y disciplinar serviría.
Y por supuesto, no existen clases prácticas, la tristeza y su desecación es absolutamente individualista. La terapia de grupo, es obscenidad para la tristeza, la tristeza en la intimidad brota y solo en la intimidad se destruye.
Ojalá, mis queridos seres tristes, nunca debáis volver a pasar por la tristeza; pero me temo, que es imposible. Sentíos ahora, Jedis de la Tristeza, pues.
Hasta mañana, y fin de la clase, invito a café y tabaco.
(Durante veinte minutos en la sala de la cafetera, Tristán comentó con los alumnos del máster algunas dudas, algunas posibilidades. Cerró la puerta de La Academia Triste tras la salida del último alumno. Y entró de nuevo en su despacho.
Sentía que le faltaba el aire y los intestinos contraídos hasta el dolor, como un cólico profundo. Llorando se desnudó en la oscuridad, del bolsillo del pantalón extrajo una navaja de hoja curva dentada y la hundió en el vientre. Un samurái en ritual de seppuku. Buscó frenéticamente entre los intestinos aquella batería cargada de tristeza, extrayéndolos del vientre, al fin sintió algo duro y frío en ellos, y lo arrancó. Sus lágrimas comenzaron a secarse y sintió el alivio de la tristeza seca. Y luego, el dulce y liberador desfallecer de las venas sin sangre.)

Iconoclasta

El día furioso herido de muerte, observa la tierra hostilmente, con el color de la ira. Si tuviera boca, asomarían sus dientes apretados.
Nada muere en paz.
Los atardeceres rojos son la eterna y diaria ejecución de los días, de la luz. Ostentan la belleza y la majestuosidad del apocalipsis.
La destrucción augura renovación, una tabla de salvamento en el centro del manso y desesperante océano Vulgar.
Los ocasos sangrientos auguran el resurgimiento de la animalidad perdida, de la dignidad de los cazadores que se mueven libres por el planeta.
Donde el dinero encenderá hogueras nocturnas y el oro raspará trozos de carne ensangrentada de las pieles arrancadas a presas y enemigos.
Ocasos rojos de bebés muertos que quedan atrás en las sendas de los bosques y niños que crecen follando y viviendo entre árboles, espinas, sangre y huesos. Huesos rotos que son muerte…
Una oración violenta al cielo furibundo, por la salvación de mi dignidad.
Porque estoy abandonado.

(en la antigüedad, a lo platónico)

Si fueras humana te abrazaría y besaría, o tendría la posibilidad de hacerlo; pero eres un ser etéreo del que no tengo prueba palpable de su existencia.
El semen jamás se enfría dulcemente en tu piel que amo, si la tuvieras.
La leche cae al suelo desconsoladamente en el lugar donde deberías estar y se enfría como un cadáver abandonado.
Eres una fascinante frecuencia, un conglomerado de bits que vibran anómala y maravillosamente, tan exótica que me lleva a amar desesperadamente lo que no existe, lo impalpable, lo infollable.
Lo que no es aquí y ahora…
Porque tengo que creer para preservar la cordura, que no existes; porque si existieras mi existencia estaría dedicada exclusivamente a tu búsqueda.
Si me desintegrara, si un rayo me hiciera ceniza y mis moléculas se convirtieran en una frecuencia, tal vez tendría una oportunidad de abrazarte, amor.
Pero temo perder la conciencia, todo lo que soy lo que odio y amo. Si no eres capaz de odiar, tampoco puedes amar. Ambas cosas necesitan coraje y determinación.
Y no serviría de nada.
Tú eres una frecuencia y yo solo un trozo de carne aislante.
Sé que en otra dimensión eres carne y coño.
Mi vocabulario es duro porque estoy resentido con la vida y si tengo alguna frecuencia activa, es la ira, cielo.
No eres coño, eres la piel deseada.
Tu dimensión me está vedada.
Eres la película y yo el insignificante público.
No sé si serás capaz de escanear estas líneas y codificarlas en tu lenguaje binario.
Pretendo hacer palpable el amor ahora que la vida me oprime las sienes sin piedad para que mire al frente y no a la fantasía. No hay manos de amor que den consuelo al ansia que la frecuencia provoca, la que hace virtual la piel y su humedad.
Estoy en el límite de la vida, pronto desapareceré. Cuando uno muere, muere todo con él; siento que sea así, que mueras también.
Lo siento infinito.
No puedo decir nada más, no me arrepiento de nada y no hay alegría alguna a la que aferrarme, para alegar a mi propio juicio final.
Moriré como he vivido, insignificantemente atrapado en una insalvable frecuencia.

Iconoclasta

“yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.”

(Cantares de Antonio Machado).

Yo quisiera eso, ser sutil para quebrarme bellamente en un temblor del ojo azul del cielo que no juzga. Como esas flores pequeñitas que viven tan solo un poema.
Sin embargo, mi muerte será tosca, levantaré una nube de polvo en el camino.
Sé que no puede haber belleza en la muerte si la vida ha sido… No sé, me avergüenza escribirlo.
La vida no debería durar lo que dura, que fuera solo suficiente.
No es necesario todo esto…
Compraría un alma para vendérsela al diablo por ser efímero y súbitamente romperme.
Ser un breve poema rasgado que en dos palabras describa la vida y la muerte con una frágil belleza.
Y bajo el azul cielo, no descomponerme.
Solo deshacerme y ya…
Sin decrepitud, sin más decrepitud.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Tal vez es una campaña de mentalización del fascismo para que no se te olvide usar el bozal en el campo, donde el aire es sano y así puedas seguir las normas de castración psicológica mediante bozal en todo momento y seguir con tu respiración podrida. Ni se te ocurra respirar aire limpio, porque al igual que la libertad, es dañino.
Pero lo primero que se debe pensar es que la cobardía es sucia y los cabestros, antihigiénicos. Vamos que son plaga, y ahora con bozales, dejan su rastro como las vacas su mierda en su deambular por los prados.
Bien podrían haberla guardado para limpiarse el culo en lugar de dejar la obscenidad ahí colgada. ¿O tal vez esperaban un premio de su amo fascista estalinista o capitalista por el uso del bozal en tan peligroso espacio natural?
Todo lo que está relacionado con el fascismo, es sucio y sórdido, merece ser fotografiado con arte para la posteridad. A cien mil millones de putos megapíxeles de definición.

Las cosas muertas no siempre nacieron muertas.
Incluso las hay que aún respiran. Aunque no sé porque.
Y ellas tampoco.
Son tiempos difíciles, tan extraños y sin embargo, tan previsibles.
No sé si he perdido la capacidad de sorprenderme o es que ya lo sé todo. Temo que sea lo último porque no hay cura para la sabiduría.

Un gueto cualquiera en el estado fascista español, en cualquiera de sus taifas autonómicas gobernadas por severos caciques.
Son las 21:30 y la calle está desierta, silenciosa, muerta.
Las viviendas nunca han guardado tanto silencio por el temor a la policía y al coronavirus, se diría que alzar demasiado la voz les podría llevar a entrar en tu casa derribando la puerta, a ambos.
En los campos de concentración y en los guetos, el silencio absoluto es cuestión de supervivencia.
Tan solo las amenazantes y tenebrosas patrullas de la policía política del nuevo y normal régimen fascista español del coronavirus, rompen el silencio momentáneamente al pulular a la caza de aquellos quienes intentan salir de la prisión en la que han convertido las viviendas del gueto.
Sin embargo, las calles lucen más brillantes que nunca: han mejorado la iluminación nocturna para evitar sombras que puedan ocultar a los que intentan conseguir unos minutos de libertad. Joderlos como sea es su única misión.
Hay mucha luz para que la policía política del régimen ejecute sus sentencias apoyada por una maligna red de delatores, como en todo régimen oscuro; negro como cruces de la SS.
Los campos de concentración de la España Fascista y sus Taifas Autonómicas gobernadas por feroces caciques, son obscenamente eficaces en quebrantar libertades y derechos.
Aunque las fuerzas fascistas lo tienen fácil para realizar sus acosos, represiones y encarcelamientos; mucho más que en los guetos de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Los habitantes de un gueto español, con total seguridad respiran con un bozal en el hocico dentro de su propia casa (como en el campo, lejos de cualquier control) y les han educado en el lema: “la libertad es enfermedad”.
Los han amaestrado bien: se sienten protegidos como antaño en aquel longevo fascismo de Franco con el que vivían mejor.
Tras las nueve horas largas (se encierran ellos solos antes de la hora) de prisión nocturna, los habitantes de los campos de concentración españoles volverán a sus trabajos (quienes tengan), encenderán los receptores de televisión o atenderán el teléfono móvil para escuchar los bandos matinales del Nuevo y Normal Régimen Fascista Español del Coronavirus que, como cada mañana les anunciará que durante la noche (a pesar de las calles desiertas y muertas de todos los guetos del reino fascista) el número de contagios ha subido pavorosamente, por lo cual continuarán vigentes las leyes marciales de prisión nocturna y anulado todo derecho fundamental. El bando diario del fascismo se despedirá hasta una nueva emisión con su lema de estado: “La libertad es veneno. Fascismo forever).
Y el adoctrinamiento del miedo en las escuelas de los guetos proseguirá de la mano de maestros afectos al régimen, de esos que creen con fe ciega que podrían morir si al caminar por la calle, se les desprende del morro el bozal (aunque en su ingenuidad, le llaman mascarilla).
Maquiavelo debería leer esto, eyacularía en el tercer párrafo.
–¡Shh…! ¡Silencio, la bofia se aproxima!
(Extracto de “Las noches en el gueto”, diario de Iconoclasta Frank)

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Jamás en mi madurez había vivido una época de un fascismo, de una dictadura dura como la que se instauró o decretó el año pasado por medio de su coronavirus, el de ellos, el que les otorga el cetro de la tiranía.
La libertad solo se puede recuperar con violencia, porque hay que matar al dictador. Mientras el cerdo viva, jamás estaremos a salvo de caminar con libertad. Siempre existirá la posibilidad de que vuelva a apresarnos, a obligarnos a respirar mierda con bozal.
Es un hecho, la libertad es plena cuando el que te la roba muere. La violencia te dará la tranquilidad de que ya no existe el cerdo y sentirás que le has devuelto el daño que te ha hecho cuando mees en su tumba. Que pague el cerdo por la noches y días de prisión a las que te ha sometido por su capricho y ambición.
Prisión con sangre se paga, con la del opresor, sea cual sea el coste personal.
Cualquier otra consideración es una merma constante de la dignidad y tirar los años de vida a la basura para luego, morir con un “cobarde” escrito en la lápida.
Nunca me habían robado la libertad de ir adonde quisiera. Nunca había tenido que vigilar a la policía para evitar que me robara mi libertad de respirar como quiera.
Ya nadie mata a nadie por su libertad y deberán hacerlo si son humanos y no cerdos de granja.
La sociedad está muerta y podrida. Y las reses humanas nunca han sido tan desechables. Tan sacrificables en mataderos automatizados.
La libertad es enfermedad, adoctrinan los fascismos surgidos con su coronavirus; la chusma asiente; están convencidos.
La cárcel a cambio de vida es el lema de los nuevos fascismos de días y noches de prisión, días y noches de bozal, como el nuevo y normal fascismo español adoctrina sin descanso en radio, televisión, internet y prensa.
En épocas de asesinos tiranos, la violencia es la única cura que sanará y repondrá la libertad. No hay otra solución a la asfixiante cárcel fascista.
La sociedad está podrida de decadencia, su indolencia, cobardía e ignorancia.
Y cuando llegue el hambre, llegará la guerra. Habrán perdido un tiempo precioso y se habrán debilitado, morirán más en la guerra por ello.
Que muera quien deba, me parece bien. Es mejor que pudrirse en la cárcel cada noche, cada día.
Aunque me joda yo también.

En este momento y lugar obtienes dos buenos trofeos si no eres indecentemente cobarde: la libertad y la soledad.
Si ejerces aunque sea un mínimo de libertad en estos tiempos de la cobardía institucionalizada y adoctrinada por el fascismo impuesto por el coronavirus, te ganas la soledad con una facilidad que nunca hubieras imaginado.
Porque desde el mismo momento en que ejerces tu libertad, te quedas solo. Es algo que no admite discusión alguna.
Te encuentras rogando que por favor, la enfermedad continúe hasta que te mueras. La soledad sí que es bendición.
La libertad te da un aire exclusivo que provoca recelo y envidia en los cabestros y sus pastores, y una valentía que provoca incluso, el odio. Es lo que te lleva directo y veloz a la soledad.
Es lógico que se me ponga dura la polla en esos momentos de revelación.
En definitiva, ejercer la libertad en tiempos de cobardía y sus llantos te hace épico.
Hay momentos en los que tienes que ir a comprar tabaco y no queda más remedio que meterte el bozal en el hocico; pero dura poco.
Nada es perfecto, qué mierda…

Tras unos años de remodelación, el vertedero que es España y sus taifas, tan afanosamente excavado por Franco, vuelve a operar a pleno rendimiento para Europa y el norte de África.
Los cerdos del nuevo y normal fascismo español querían más y ahora ya casi lo han conseguido todo. Es tan triste como repugnante.