En las noches del toque de queda marcial del nuevo fascismo español, a pesar de la maravillosa lluvia, las calles huelen a rancio, añejo y mierda. La lluvia no puede con toda esa indignidad que cubre como un manto de mierda las calles nocturnas de prisión. No puede la pobre lluvia, arrastrar el hedor de la dictadura y su cobardía. Su asfixiante presión. No es por el bozal (o mascarilla como pretenden que se le llame) por lo que cuesta dios y ayuda respirar; es por los mezquinos carceleros que lo apestan todo. La dictadura pudre hasta la mismísima lluvia. Pobre amiga… En mi pueblo la lluvia no es ácida, es tóxica y huele a excrementos y suciedad de prisión. A viejas muertes que ya nadie recuerda de otra dictadura cuyas estelas de olor a mierda, siguen flotando en el aire como las de los reactores en el cielo. Y así una noche, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra… Hasta inevitablemente vomitar desde el balcón a la sucia calle fascista empapada de miserias. Literalmente el dedo del fascista que te lleva a la náusea. Mierda con mierda se paga. Mi pobre lluvia que han podrido… Buenas noches de mierda a los puercos.
No sé si tengo una innata capacidad, una facilidad semántica y sintáctica para ser absolutamente obsceno en mis pensamientos y sus palabras; o es que tú y tus hermosos pezones, tu coño perfecto y tu culo precioso, son los que provocan esta pornográfica verborrea de la que hago alarde sin asomo alguno de pudor. Más concretamente sin piedad para todos aquellos mediocres capaces de sentir la polla en la boca cuando simplemente la leen. ¿Sabes que tengo el rabo lleno de heridas? Te pienso, te evoco y me agarro al nabo con fuerza, como esas veces que te pido que lo cojas con el puño y me hagas daño, que lo aprietes y lo retuerzas hasta que se me escapa un dolor baboso por entre los labios y se me encogen los cojones del trallazo doloroso. Y tú lo haces con tanta fuerza, mi puta… Yo mismo podría ser tu Jesucristo, que pide ser crucificado ante ti con la polla tiesa. Ya sabes lo delicada que es la piel que cubre esas venas por las que circula la sangre y el semen, a veces el organismo se confunde con todo este puto deseo; me has mamado la polla tantas veces, que la has dejado perfectamente tonificada. A veces le hago fotos solo para pensar como tus labios cubren el pijo y sorben… Bueno, cuando cierro el puño al soñarte, es inevitable que las uñas se claven en la piel con cierto furor y empiezo una frenética masturbación que acaba escupiendo una leche rosada que se queda prendida, aún latente entre los pelos del pubis y los huevos. La primera vez, por un instante me asusté ante la posibilidad de que tuviera cáncer de cojones; pero vi la piel de la polla en mis uñas y me sentí feliz. Derramé alcohol en ella y rabié, porque cuando siento dolor y grito, es como liberar a la bestia y no hay mayor libertad que ser lo que uno es realmente. ¿Estás segura de que algunas noches no te sientes violada con la presión de algo que te llena el coño mientras te mana una baba espesa por la raja? Y dormida llevas las manos entre los muslos y sin pretenderlo rozas el clítoris que emerge agresivo de tu vulva cremosa, tan erecto para ser aspirado con fuerza rozándolo con los dientes. ¿Recuerdas como aferras mi pelo cuando te como el coño y me obligas a lamer con más fuerza y casi me asfixias? Pues eso, puta… La presión que tu vagina ejerce en mi rabo herido, hace del joderte algo balsámico que da un mortificante descanso a la desgarrada piel de mi pene que tanto busca tu agujero. Cualquiera de los tres que luces, mi amor, mi puta diosa… ¿Has visto, cielo, con que naturalidad y amor te escribo? Pues eso, mi hermoso coño, te amo y cada noche te jodo esté o no a tu lado. Y en tu despertar te imagino húmeda, con el chocho resbaladizo y pegajoso que ha dejado una mancha en la sábana. Y yo lamiendo todo ese caos con la boca en tu llaga divina. No sé, tal vez alguien pueda decir que esto no es literatura. Y tendrá razón, porque el único y premeditado fin de mis palabras es joderte, tanto y tan profundamente que el ojo ciego de mi pijo llegue a atisbar tu alma. ¡Psé! Se pueden meter el Nobel en el culo, me suda la polla. Hasta la próxima follada, mi amada, mi puta.
Dios está roto, el crucifijo asoma entre pieles de frutas en un contenedor de basura. Solo queda un trozo de brazo clavado en la cruz rota y sucia. Y aún no ha acabado todo, le espera el infierno, la incineración. No es trágico, no para mí. Incluso me parece una divertida ironía. Tan solo me pregunto cuántas veces han de machacar a un mártir para que alguien le preste la suficiente atención como para rezarle.
–¿Qué ha ocurrido, Jade? –Me he peleado en el gym con una guarra, en el vestuario. Llegó una tetona hiper tonificada y me dijo que debía llevar la mascarilla. –¿En la ducha? No te pueden obligar. –¡No! Cuando me estaba vistiendo. –Aun así, vaya borde la tipa. –¡Sí! Le arranqué la mascarilla y la pegué en mi coño peloncito y mojado. –¿Aún lo tienes mojado? –Méteme los dedos y verás. –Vale… Y ella que hizo. –Se me tiró encima y me arañó. –Te quedan muy sexys las heridas. –Me las he maquillado para resaltarlas, sabía que te gustarían. –¿Y qué pasó después? –Le desgarré la garganta, la decapité y le arranqué los pezones a bocados. Me queda uno ¿quieres probarlo? –No. La carne de idiota no me va. –¡Me meooo! ¡Jajajaja! Pero ahora tendré que buscar otro gym. –Hay muchos, Jade. No hay problema. –Ico… –Dime. –Me pica el chocho ¿será coronavirus de la guarra? –Y si lo fuera ¿qué? –¡Jajajaja! –Ico… –¿Qué? –¿Me lo rascas o me lo comes?
Hay momentos en los que siento que me falta algo. Y me niego a pensar de que se trata. Tener plena conciencia de lo que se carece es echar leña al fuego de la frustración. Esa certeza provocará un nudo en la garganta que imposibilitará respirar decentemente. Si a una determinada edad te falta algo, tienes ya la certeza de que morirás sin ello. No es necesario darle más vueltas y es mejor que la ignorancia lo suavice. Así que busco en Amazon algún producto inservible en oferta flash y distraigo toda esa tristeza de una forma banal e incruenta para acto seguido, convencerme de que no eres tú quien me falta, que no me falta nadie. Es un pequeño conato de paz durante unos minutos, hasta que llega la sensación de que he tirado el dinero. Entre que me pregunto como puedo ser tan imbécil y de que me puede servir la cosa que he comprado, no pienso en ti. Lo juro. Porque la otra opción sería sopesar largarse de aquí, de este lugar, de este momento, de este planeta; y creo que sería excesivo. La desesperación es mala consejera. Mejor confiar en Amazon y sus baratas frustraciones en oferta.
Se sentó encima de mi plumier y me dijo: –¡Hola! Soy Jade Negro. –¡Hola! Yo soy Nadie. –Te adoro –dijo con una soltura antigua como la tierra misma. –Es mentira. –¡Astuto! ¿Te pongo nervioso? –Sí, demasiado hermosa. Incluso pareces sintética ¡Ja! –Bobadas. Tengo cosas húmedas ¿sabes? –Por ser una bellísima licántropo de juguete tienes demasiado desparpajo y descaro. –Tengo más años que la biblia, cielo. –Lo sé. Acomódate donde quieras, es tu casa. –¿Hasta que mueras? –¡Claro! Ya pronto. –Te morderé, no podrás. –Eres un encanto de mentira.
Esto es puro teatro. Es una cuestión de territorialidad, el que mea más alto y más oloroso, manda. Y ése sin duda alguna es el Caudillo Sánchez, ningún cacique autonómico de cualquiera de sus taifas, puede imponer semejante ley. De ahí que la corrupta legalidad española suspenda esa ley gallega de vacunación obligatoria muera quien muera. Más adelante, será el gobierno quien obligue a vacunarse a todo el mundo y como tendrá vía libre, de la misma forma seleccionará a que ciudadanos castrar genitalmente y esterilizar para evitar que tengan hijos. La cuestión de la vacuna es solo un tímido asomo de la más visceral y peligrosa de las dictaduras que se hayan instaurado hasta la fecha con el coronavirus como medio golpista de las libertades más básicas.
“Quién no escribió un poema huyendo de la soledad. Quién a los quince años no dejó su cuerpo abrazar. Y quién cuando la vida se apaga y las manos tiemblan ya, quién no buscó ese recuerdo de una barca naufragar.”
Mi lluvia no es agua. Riega los campos y la piel con un compuesto diluido de soledad, serenidad y melancolía. Es de una inusitada belleza. Me apresuro a salir de casa cuando llueve, angustiado por ser lento y que pueda cesar. A través del paraguas percibo su líquido sonido, los ritmos del cielo son implacables, te llegan hasta los más recónditos tuétanos. Es el íntimo sonido del silencio… Entiendo el goteo de las varillas, son las lágrimas tranquilas de un hombre que perdió la capacidad de llorar. Mi lluvia limpia las cosas orgánicas e inorgánicas, las que reptan o vuelan. Resucita los colores marchitos de la polvorienta luz y lava la mediocridad de la faz de la tierra. De ahí que sea soledad y serenidad, te quedas solo en un mundo mojado y frío que apenas unos pocos soportan. La melancolía llegará con el íntimo aislamiento al evocar todo lo que no fui y lo que perdí, ilusiones rotas cuyos cadáveres es necesario que el agua limpie, arrastre. A veces amaina tanto, que se suspenden los latidos del corazón y le pides: “Aún no, quedan cosas por sentir”. Un águila vuela sobre el prado. Le pasa como a mí, quiere ser cosa lavada de polvo y un exceso de luz, aspirar los olores que suben de la tierra mojada. Es uno de esos escasos momentos que la vida reserva para mostrarse bella. Solo dos cosas somos entre tanto cielo y tanta tierra… Lo que no ves no existe (es la ley primera de la ilusión y la serenidad), nada prueba la vida de las cosas resguardadas de la lluvia. Sino están aquí y ahora no puedo dar fe de vida de lo ajeno a mí y a mi lluvia. Niego cualquier otra existencia bajo mi lluvia. Y no quiero que estén. La lluvia me abandona a mí mismo. No entiendo el lenguaje de sus gotas, solo mi alma comprende y con eso me basta. El alma es muda, el alma siente y tú te retuerces con ella sin saber con precisión porque. Todo es un hermoso misterio, todas estas emociones que me calan… Y mientras todo eso sucede los colores se saturan en verdes todopoderosos, los ocres tienen la profundidad de las tumbas, la grisentería densa del cielo hace rebotar el pensamiento en ecos caleidoscópicos y los árboles en sus negrísimos troncos esconden crucifijos que nadie se atreve a tallar. He clavado la navaja en la corteza de un tronco y no sangra. Es lógico que escondan crucifijos muertos y sus oraciones a nadie. No mueren en la escala humana, son capaces de esconder miserias intactas durante cientos de años dentro de si. Inventaron dioses secos y ahora la lluvia tiene que solucionar el problema. Sin darme cuenta, en algún momento he cerrado el paraguas. Lo sé porque por dentro de la camisa, brazo abajo, desciende un pequeño río de agua que se precipita al suelo escurriéndose por mis dedos. Un hechizo húmedo me convierte en montaña. Los regueros de agua en el camino descubren tiernas y pequeñas muertes. ¿Cómo es posible que toda esa muerte quepa en el ratoncito que parece dormir? Los pequeños cadáveres provocan una angustia vital, la desesperanza de saber que no hay piedad, porque piedad es solo un nombre que dan los humanos a su miedo. Tal vez sea que mi lluvia haga más profundas las mínimas tragedias de la misma forma que hace los colores del planeta más dramáticos No es lo mismo que observes al pequeño muerto, a que te lo haga sentir el alma que habla con la lluvia. Es un poco duro, el alma tampoco tiene piedad. En la soledad de mi lluvia, no hay voces que vulgaricen la vida y la muerte. No quisiera que ella estuviera ahora conmigo, no quiero que se sienta sola a mi lado, la amo demasiado. Asaz… ¡Shhh…! Bajo la lluvia no se canta, no se baila. No debes romper el líquido silencio; es crimen y te podría partir un rayo en justo castigo. Pobres aquellos que ven llover a través del cristal, como reos de la apatía. Pobres ellos con sus colores apagados.